lunes, 30 de septiembre de 2013

La Maleta de Portbou, una nueva revista



Sorprende ver cómo algunos tiran hacia adelante y ponen en marcha nuevos proyectos a pesar de la crisis de caballo por la que atraviesa el mundo del libro y la edición cultural. Es el caso de Josep Ramoneda, encargado durante más de una década del  Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y colaborador habitual de El País o la Cadena Ser, que en estas semanas presentaba el número 1 de la revista La maleta de Portbou, que él dirige y que cuenta con el apoyo de Galaxia Gutenberg y su director Joan Tarrida, así como de los exquisitos libreros de La Central.

Tras el sugerente anacronismo de la cabecera –que es un homenaje al Walter Benjamin que se suicidó en 1940 en la frontera hispanofrancesa cuando huía de la persecución nazi- tenemos una revista que quiere, según su fundador, tomar distancia de la actualidad y los enfoques que le dan los medios de comunicación, pero sin obviar las fracturas económicas y sociales que está abriendo la crisis.

Los grandes gurús del mundo de hoy son los economistas. Los técnicos de la economía o las finanzas aparecen en todas las tribunas dispuestos a responder las desesperadas preguntas que nos hacemos todos por lo que nos está pasando desde hace un lustro. Los economistas se han convertido en los nuevos guías espirituales de un mundo al borde del colapso.

Sin embargo, como decía hace unos días el catedrático de economía Antón Costas en la presentación de la revista en Madrid, la voz de los economistas no es suficiente y su andamiaje técnico se queda corto para explicar lo que nos está pasando. Con la pretensión de corregir esta carencia y contraponer a la razón económica las aportaciones que pueden llegar desde la filosofía, la sociología, la ciencia política o el arte, aparece La Maleta de Portbou.

Todo hace pensar, por el corte ideológico de su director, que la línea de La Maleta de Portbou será muy socialdemócrata. Ya en su lanzamiento lleva una entrevista al exprimer ministro socialista francés  Michel Rocard que parece ser una declaración de intenciones. También hay un artículo sobre Schumpeter firmado por Joaquín Estefanía. Pero la fusión de humanidades y economía que propone La Maleta de Portbou también la emparenta con el liberalismo fundacional de Adam Smith, que consideraba que un país no podía salir adelante sin comercio, pero tampoco sin buenas instituciones y sin sólidas convicciones morales.

La Maleta de Portbou se presenta como un espacio para el debate reposado y como un antídoto al guirigay ideológico de los medios tradicionales y al ruido eterno de las redes sociales y los medios online. Por el momento, la revista y sus impulsores desdeñan la Red y su presencia online es meramente testimonial. Creo que en este punto no deberían mostrarse muy intransigentes.

Una publicación que busca influir y ofrecer “una guía para moverse entre tanta cantidad de información” debería tener más presencia en la plaza electrónica. Una revista como esta no debería estar dirigida únicamente a los especialistas del mundo académico o a los viejos acólitos y simpatizantes de la cuestionada socialdemocracia española.

En el primer número hay un artículo de Marina Garcés sobre nuevas formas de politización que es un claro guiño al 15-M, y otro un tanto críptico de Judith Batler (Universidad de California) que se inicia con una sugerente pregunta: ¿Cuál es este “nosotros” que se reúne en la calle y se afirma a veces por la palabra y por la acción? Ahí, en ese espacio indefinido e incierto, pero superador de la socialdemocracia y la izquierda institucional, deben situar Ramoneda y su equipo los debates de la nueva revista si realmente quieren contribuir a un debate actual y evidenciar las fracturas de la crisis.



miércoles, 25 de septiembre de 2013

Intriga en el corazón de Inglaterra



A propósito de la lectura de El oscuro invierno, de David Mark

C. A. G.

Unas semanas, con motivo del fallecimiento de Elmore Leonard, se han vuelto a recordar en distintas publicaciones las 10 reglas que el popular escritor americano de novela negra seguía a la hora de elaborar sus textos. Se puede o no estar de acuerdo con este decálogo, pero lo cierto es que cada autor tiene su librillo.

A la hora de escribir El oscuro invierno, David Mark, que ha trabajado como periodista durante quince años, siete de ellos en la sección de sucesos del diario The Yorkshire Post, en la localidad británica de Hull, tuvo claro que lo más importante era la historia, los personajes y el lugar donde discurría la acción. “No se trataba de demostrar lo buen escritor que era, sino de escribir algo que la gente no pudiera dejar de leer”, ha dicho.

Parece que tal premisa le ha ido bien. El oscuro invierno ha sido la novela policiaca revelación del último año en Reino Unido, con más de 100.000 ejemplares vendidos, y ya cuenta con una segunda entrega, pendiente de traducción, Original skin, en la que vuelve a repetir como protagonista el sargento Aector McAvoy. 

En el primer libro de la serie, McAvoy se ve implicado en la investigación de tres asesinatos: el de un viejo pescador, que es hallado muerto en el mar; el de una joven de 15 años, acuchillada dentro de una iglesia; y el de un drogadicto, que resulta abrasado en un incendio en un barrio de viviendas de protección oficial. Aunque en un principio estos crímenes no parecen tener relación, McAvoy encontrará la conexión entre ellos y el hilo que debe seguir para llegar hasta el culpable.



Pese a ser su primera novela publicada (Mark ha escrito varias que no han conseguido el favor de los editores), El oscuro invierno nos descubre un autor prometedor, que atrapa al lector desde el primer momento y sabe situarle en cada escena, con un lenguaje directo, fresco y natural, apoyado en frases cortas (“Y entonces oye gritos. Fuertes. Penetrantes. De muchas voces. No se trata de una chillona borracha a la que el novio cosquillea o un amigote importuna. Esto es terror desatado”) y profuso en diálogos, que funcionan como motor que hace avanzar la trama. 

Otro acierto de la novela es su protagonista, el sargento de policía Aector McAvoy, miembro de la Unidad de Delitos Graves y Crimen Organizado, que es caracterizado como corpulento, de apariencia triste, trato difícil y obsesionado con que las cosas se hagan según las normas. “La camarera lo analiza con la vista. Un tipo grande, de pecho fuerte y ancho, con el abrigo cruzado a la moda. Bien parecido, pese a su pelo rebelde y su oronda cara de granjero. Debe medir más de uno noventa, pero en sus movimientos, en sus gestos, hay una delicadeza que sugiere que le asusta su propio tamaño; como si constantemente temiera romper todo lo que es más frágil que él. Por su acento solo es capaz de precisar que es pijo y escocés”.
 
Como ha explicado David Mark en la presentación del libro en España, se trataba de buscar la autenticidad, escribiendo sobre “un tipo normal” que, cuando llega a casa, tiene una vida normal. De hecho, al igual que ocurre con los protagonistas de otras populares series de novelas policiacas (por ejemplo, las firmados por Henning Mankell, Asa Larsson o Camila Lackberg), la manera de rebajar la aureola de héroes de película de estos caracteres es abrir la puerta de su hogar, entrometerse en su intimidad, al mismo tiempo que Mark apuesta por no ofrecer una versión idílica del cuerpo de policía. “Nunca he dicho que yo fuera el jodido Sherlock Homes…”, llega a decir uno de los compañeros de McAvoy.

Aunque se trata de una primera incursión notable, a David Mark le queda todavía terreno para crecer como narrador. Sin muchos peros que poner a la primera parte –en la que va desvelándose la personalidad del protagonista y poniendo cadáveres sobre la mesa– , no terminan de convencer ni los encontronazos con el asesino, ni algún personaje que roza el cliché, ni un final poco terrenal. Pequeños inconvenientes que no mitigan las ganas de seguir leyendo las sucesivas entregas de esta serie recién estrenada.




lunes, 16 de septiembre de 2013

A quién no le apetece una hamburguesa de vez en cuando



A propósito de la lectura de 'Ángeles y demonios', de Dan Brown


Me dispongo a cometer una herejía dentro del blog de Juan Cabrera, y de paso a contribuir a llenarlo de perplejidad, haciendo honor a su título. Me siento como un profanador de una cueva sagrada de la cultura; un truhán indocumentado que con alevosía y nocturnidad perpetra un crimen de lesa literatura.

Pero déjenme que me defienda. No me manden a la hoguera sin escuchar mis argumentos, aunque muchos calificarán de peregrinos y propios de una mente ¿perturbada?, ¿mezquina?, ¿ignorante? Salgo a la palestra, a pecho descubierto y sin el sujetador de los prejuicios. Me importa un bledo si me gano el abucheo general; yo no me gano la vida con ello, aunque todos los días leo y corrijo textos. Algo que ha conseguido erosionar mi pasión por la lectura, que ha construido un callo en mi alma de tal manera que me cuesta disfrutar con un buen libro.

De hecho, me siento desesperanzado y frustrado. Sólo autores como García Márquez o Quevedo consiguen reconciliarme con las letras. Tras leerme en julio La Celestina, por momentos reviví, sumergiéndome en un proceloso mundo de sabiduría popular, si bien mis neuronas acabaron maltrechas tratando de desentrañar un castellano renacentista, pétreo y ácido.

Cerré la excelsa obra, exhausto y con agujetas cerebrales, llorando la muerte de la alcahueta y con la promesa de volver a abordar tan apasionante historia en mejores condiciones. Acto seguido, necesitaba un placebo, expulsar de mis venas ese chute de adrenalina clásica.
Miré mi exigua biblioteca, y en un rincón, junto al Código Da Vinci, desafiante, lo vi. El primer libro de Dan Brown, la precuela de todos los Landongs -Angeles y Demonios- lucía su lomo con lascivia. Entiéndanme. Hacía un calor espantoso que me enajenaba. Y pequé ávido de placer, en busca de un orgasmo definitivo para mis vacaciones estivales.

Lo arrebaté del estante con violencia y me sumergí en sus páginas, como en una piscina multicolor que me prometía horas de emoción y aventuras. Quienes hayan disfrutado leyendo El código (si se atreven a confesarlo en público) entenderán mis expectativas y mi debilidad. Una hamburguesa. Una puta hamburguesa con mostaza, pepinillo, queso fundido y bacon.

Porque Dan Brown es un mago configurando aventuras y hamburguesas. Con carne que parece de verdad y si no lo es, me importa un carajo. No pienso decírselo a Carlos Arguiñano, no creo que la literatura destile de sus recetas culinarias. Pero Brown logra cautivar al lector, sabe embaucarlo y trasladarlo a un mundo ¿ficticio? barnizado de ¿conocimiento? y de ¿realidades? que lo meten en su bolsillo mágico.

Un bolsillo donde lo mismo resucita una secta mítica (Illuminati), recrea a un assasin que llena la novela de estupor y misterio, transgrede los principios de la física (el CERN y la bomba antimateria), ilustra sobre el cónclave papal o traza una vía láctea clandestina dentro de Roma con Galileo y Bernini como principales resistentes en el combate entre la ciencia y la religión. Y devorando esas infames páginas, uno siente deseos perentorios de conocer aquellas historias de la historia que nunca nos contaron, y que mueven los hilos de todas las conspiraciones.

El argumento de la novela está pormenorizado en la siguiente dirección, lo cual me ahorra más explicaciones: http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81ngeles_y_demonios_(novela).

Los más perezosos pueden optar por la película dirigida en 2009 por Ron Howard y protagonizada por Tom Hanks y Ayelet Zurer, que está muy conseguida. Remato mi crimen. Invito a leer este libro, que también tiene sus excesos (el protagonista tiene más vidas que Tintín), con un final delirante y muy americano. Pero lo dicho, cuando sales de comer una buena hamburguesa, sientes rabia y deseo de buscar un buen confesor que sea capaz de redimirte de tu pecado. Pero pecar a gusto debería desgravar ante las autoridades morales. Que Juan Cabrera disculpe mis faltas y sea comprensivo con la debilidad humana. Errare humanum est.





jueves, 12 de septiembre de 2013

Topografía del terror



Una visita al museo de la memoria en Berlín


En Berlín, a unos cuantos cientos de metros de la bulliciosa Postdamer Platz, un edificio de nueva planta se levanta en el solar que acogió en su día el cuartel general de la SS y de la policía secreta alemana, la Gestapo. Parece una facultad universitaria moderna, hecha de hormigón y cristal (muy al gusto de los alemanes y de los arquitectos de relumbrón) y dividida en amplias salas, bien ventiladas e iluminadas.

La austera mole gris, que emerge del centro geométrico del solar, como si de un buque fondeado en un lago invernal se tratara, y que está flanqueada por el único tramo de muro que no fue demolido por las autoridades o esquilmado por los buscadores de souvenirs, alberga el centro de documentación Topografía del terror, un lugar destinado a recordar a los alemanes y a los turistas despistados las tropelías del nazismo y las consecuencias de la persecución y el exterminio que con tanta vehemencia practicó la dictadura hitleriana.

El cubo de cristal y hormigón que acoge Topografía del terror recibe cada año la visita de cientos de miles de personas, pero que no goza del glamour y la promoción de los centros de arte que se reparten por “la isla de los museos”, donde se encuentra el imponente Museo de Pérgamo, con sus espectaculares frisos griegos o sus pórticos romanos.

Sin embargo, Topografía del terror, un centro financiado por el estado alemán y gestionado por una fundación compuesta por expertos alemanes y judíos de muy diversa orientación, es un ejemplo de coraje cívico y recuperación de la memoria histórica que para sí querríamos los españoles, y que no conviene perderse.

En los 200 metros del muro de Berlín que quedan en pie y que reciben al turista, los gestores del centro tienen desplegados estos días una exposición que da cuenta -con cientos de fotos, recortes de periódico de la época y apuntes históricos- de las tropelías del partido nazi durante 1933.

Esa exposición en la calle, a la que el viandante puede acceder sin pagar entrada o sin mostrar siquiera el carnet de identidad, da cuenta de la lenta pero inexorable caída de la democracia en la Alemania de los años 30, y de la masiva aniquilación del rival político llevada a cabo en todo el país por los más de 400.000 miembros de la SA. Cientos de instantáneas muestran a comunistas, socialistas extremistas, izquierdistas moderados del SPD, sindicalistas y católicos que fueron fatalmente señalados por el nazismo pujante. 
  


Se calcula que ya en 1933, cuando la barbarie sólo estaba en fase de incubación, 80.000 alemanes ingresaron en campos de concentración y unos 600 fueron asesinados por los partidarios de Hitler en todos los rincones del país.  Imagino a los jubilados alemanes que estos días se acercan a Topografía del terror purgando en silencio sus pecados, mientras que a los más jóvenes no les queda más remedio que asumir la barbarie y la inmoralidad promovida o consentida por sus ascendentes.

Ese espacio del horror, ejercicio admirable de una sociedad que se sobrepone a sus vergüenzas a base de rememorarlas con rigor, también muestra estos días cómo el régimen nazi obró en esos años para controlar toda la prensa del país gracias a una estricta censura y a la persecución de los que no mostraban por anticipado su obediencia.

Por lo que leo en los folletos del centro, el año pasado, en estas mismas salas que recorro hoy frenéticamente, absorto con la crónica detallada y exquisitamente documentada de tanto desvarío, los visitantes se toparon con el capítulo inasumible del programa de “eutanasia infantil”. 

Aquel programa –por llamarlo de alguna manera- acabó con la vida de muchos niños y adolescentes alemanes que, por sufrir alguna minusvalía física o psíquica, se alejaban fatídicamente del ideal racial que la intelectualidad nazi se empeñaba en legitimar con toda clase de teorías seudocientíficas. Tan sólo durante 1945, esta derivada del exterminio, que contó con la colaboración de pediatras de todo el país, acabó con la vida de más de 10.000 niños.

Hoy, en esta tarde soleada y agradable de septiembre en Berlín, todavía me da tiempo para contemplar en este templo del recuerdo instantáneas de dirigentes y burócratas nazis tomadas una mañana cualquiera de hace 70 años.  En una se ve a un grupo de hombres y mujeres en el campo, sonrientes y tocados con un ridículo sombrero infantil. En otra, varios funcionarios posan con cara más seria en una escalera ministerial, quizá apremiados por el trabajo pendiente en sus despachos, rebosantes de expedientes de deportación sin cumplimentar. 

En la instantánea más llamativa, un anciano riega con mimo su jardín. Se nos dice que la foto del viejo nazi de aspecto venerable está tomada en Argentina muchos años después de la Segunda Guerra Mundial. Allí, a miles de kilómetros de distancia de la vergüenza, el tierno y afable abuelo había empezado décadas antes una nueva vida de patricio, seguramente con una identidad renovada.

Viendo estas fotos de gente “normal” en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, viene al pelo la reflexión que Hannah Arendt hace a principios de los sesenta en su libro Eichmann en Jerusalén, que tan de moda se ha puesto por la excelente película que le dedica Margarethe von Trotta:
"El mal no es nunca ‘radical’, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical."     

Una de las salas de la Topografía del terror está presidida por una foto aérea del Berlín de 1945, cuando la guerra estaba acabada o a punto de hacerlo. Uno puede reconocer el trazado de algunas calles y parques principales (Brandenburgo, Unter den Linden, Tiergarten o  Friedrichstrasse), pero nada más. Los edificios decimonónicos del Berlín de entreguerras y los colosales ministerios que salieron de los estudios de los arquitectos nazis habían quedado hechos trizas.

En la foto vemos una ciudad casi irreconocible, fatalmente borrada del mapa y que sería reemplazada más tarde por el vacío de la posguerra y a última hora por la fiebre especulativa de la unificación. Hoy Berlín sigue siendo una ciudad a medio hacer y con un punto kitsch, donde el último ingenio arquitectónico de Foster se mezcla con el bloque de oficinas comunista reconvertido en sede de la cancillería o con las escasas iglesias barrocas que aguantaron el asedio de la aviación aliada. 

Sin embargo, esa reunión de ricos y pobres que trajo la unificación, y sobre todo la omnipresencia de un pasado trágico que se muestra con rigor y sin sectarismos y que va mucho más allá de la recuperación turística del Checkpoint Charlie, convierten a esta ciudad ajetreada y crápula (para los estándares alemanes) en un lugar necesario y en un modelo a seguir, sobre todo en España.            


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martes, 3 de septiembre de 2013

Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton



Durante el bachillerato, la mayoría de estudiantes en España acaba cogiéndole tirria a la filosofía. Las prisas y la necesidad de ver en unos pocos meses a todos los autores que van a salir en la selectividad hacen que el acercamiento sea memorístico, esquemático y descontextualizado. 

La teoría de las ideas de Platón, el racionalismo de Descartes, la ontología kantiana, la reinvención de la moral en Nietzsche o la metafísica del Tractatus de Wittgenstein son asimilados por los chavales de forma mecánica e indiscutida tras la lectura repetida de unos apuntes cargados de frases telegráficas, diagramas y flechas. 

Los folios que releen hasta la saciedad los estudiantes en las atestadas bibliotecas de septiembre me recuerdan esos pizarrines con esquemas de juego que despliegan los entrenadores de baloncesto en los tiempos muertos. 

En campos como los de la filosofía o la literatura, tan dúctiles y llenos de matices, y tan abiertos a nuevas interpretaciones (¿quién puede decir la última palabra o reducir a cuatro ideas La Ética Nicomaquea o El crepúsculo de los ídolos?), los chicos y los docentes economizan esfuerzos y abordan los textos amparándose en certidumbres y fórmulas más propias de la física o la ingeniería de caminos.

Estudiar filosofía así, a base de esquemas reductores y largas listas de epígrafes con “lo más importante” de cada autor que luego son repetidas en el examen, da lugar a un conocimiento muy parcial y fragmentado, cuando no a una confusión monumental. Esta forma de proceder, síntoma de males mayores que afligen a la educación en España, hace que la mayoría acabe detestando los libros de pensamiento, quizá porque nunca los entendieron y disfrutaron.



Precisamente, Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton (un libro que tiene ya unos años y que Taurus vuelve ahora a editar), podría devolver el gusto por los asuntos de la filosofía a aquellos que quedaron irremediablemente confundidos y decepcionados en el bachillerato y que se prometieron que nunca más iban a saber de Tomás de Aquino, Locke o Wittgenstein. El libro de De Botton, un escritor estrella especializado en detectar los males del alma contemporánea, sintetiza ideas complejas y hace un acercamiento ameno y perspicaz a media docena de autores que, como se nos dice en la misma solapa del libro, nos pueden ayudar “a vivir mejor”. Estamos pues ante un manual de autoayuda, aunque, eso sí, escrito con gracia, talento y bagaje intelectual.
 
De Botton se acerca a textos, ideas y episodios biográficos de Sócrates, Epicuro, Séneca, Nietzsche, Montaigne, Schopenhauer, pero sin ánimo de hacer un repaso exhaustivo, y sí con la voluntad de interrogarles desde el presente y extraer lecciones de sus obras que nos ayuden a enfrentarnos a problemas que fueron formulados hace siglos, sí, pero que, por más que nos pese, siguen siendo contemporáneos.

El volumen está estructurado en seis capítulos y en cada uno de ellos De Botton llama la atención sobre una virtud. Así, Sócrates, condenado a muerte por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud, es ejemplo de aquel que vive hasta las últimas consecuencias conforme a sus convicciones y dedica sus esfuerzos a la búsqueda de la verdad, independientemente de la opinión de la mayoría. [De Sócrates me acordé hace poco viendo la película sobre Hannah Arendt, por el coraje intelectual que muestra la pensadora de origen judío cuando aborda el juicio en Jerusalén al dirigente nazi Adolf Eichmann a principios de los sesenta].

A Epicuro recurre De Bottom para recordarnos que la felicidad no es cuestión de dinero, sino de un profundo ejercicio de autoconocimiento. De Séneca recupera el triste episodio de su suicidio, motivado por su supuesta participación en un complot para derrocar al emperador Nerón, protegido suyo en otra época. El pensador romano concibe la filosofía como una vía para superar las frustraciones y reconciliarse con el mundo a pesar de las adversidades.

Las reflexiones de Michel de Montaigne, un autor que curiosamente no entra en los planes de estudio de secundaria, son un buen ejemplo de la lucha contra la ineptitud del prejuicioso y del que ensalza la razón por encima de todas las cosas. Y es que Montaigne, siglos antes de que el Holocausto dejara un mar de dudas sobre el proyecto ilustrado, ya puso en entredicho la gran ilusión moderna de que la racionalidad y la educación, por el solo hecho de hacernos más cultos, nos hará más felices o sensatos.

De Schopenhauer y sus devaneos sentimentales deberíamos aprender que el rechazo amoroso no debe suponer un trauma, pues la negativa de la otra persona está más fundamentada en una corriente inconsciente emanada de la voluntad de vivir y asegurar la reproducción, y no tanto en el hecho de que nuestro carácter o aspecto sea un repelente. Las uniones fracasan, según el autor de El  mundo como voluntad y representación, porque no son aptas para engendrar al hijo ideal. Un consejo útil para los que sufren con las aventuras amorosas. El rechazo sentimental, que consideramos único e intransferible, es parte de un proceso universal tendente a perpetuar la especie.

Por último, en las estancias de Nietzsche en el pueblo alpino de Sils-Maria, a casi 2.000 metros de altura y donde el filósofo se daba auténticas palizas subiendo cumbres imposibles, De Bottom localiza el germen de esa idea, también formulada en Montaigne, de que el arte de vivir radica en sacar provecho de las adversidades, y que la sabiduría se alcanza cuando respondemos a las mimas. Adiós, por tanto, a los espíritus remilgados (y beodos). 





martes, 27 de agosto de 2013

Lanzarote y el testamento de Manrique



Tengo un vago recuerdo de César Manrique. Su activismo le llevaba con frecuencia a la televisión y los periódicos cuando yo era un chaval. En mi cabeza guardo la imagen de un hombre pizpireto, desinhibido, alejado siempre del apocamiento que se les supone a los canarios. Siempre yendo o viniendo, con el pecho descubierto o con el mono azul, cargando afanosamente un par de cacharros de pintura, o haciendo equilibrios con su cuerpo atlético, subido a alguna roca volcánica de forma imposible o al campanario de su casa de Tahiche.

Tengo que reconocer que su vehemencia y ese don para estar en tantos sitios a la vez me causaban un rechazo infundado. Hoy no puedo decir lo mismo. Viendo el álbum de fotos personales que se exhibe en la fundación que lleva su nombre, en Tahiche, en medio de un mar de lava, me llama la atención una instantánea en la que aparece, megáfono en mano, arengando a un grupo de ciudadanos hartos como él de las tropelías urbanísticas de unos políticos casi siempre movidos por la codicia y el cortoplacismo. Manrique nunca se identificó con los artistas que vivían de espaldas al mundo y a los problemas de los vecinos.

Manrique fue un pionero en muchos sentidos. Ya durante la década de los 70 advirtió de la catástrofe que para Canarias y su frágil naturaleza suponía la proliferación como setas de hoteles, bungalós y chalets. Los ojos de Manrique veían cómo las primeras oleadas de turismo en masa que llegaban a Tenerife o Las Palmas arruinaban sus costas y empezaban a desequilibrar el frágil entorno insular.  

A la vuelta a su Lanzarote natal a finales de los sesenta, y después de haber pasado un par de años en Estados Unidos, se mueve con determinación para evitar esta degradación también en su isla. Había que evitar los errores de las islas mayores y marcar un modelo propio. “No tenemos que copiar a nadie”, era el eslogan que Manrique y los responsables del Cabildo lanzaroteño pregonan por aquella época. Es un milagro que la vanguardia estética y ecológica de Manrique fuera entendida al mismo tiempo por las autoridades –ahí fue clave la sintonía del artista con Pepín Ramírez, presidente del Cabildo- y por los vecinos de la isla, y que lograra así vencer los intereses de empresarios y políticos miopes sometidos a la dictadura del beneficio rápido.

Sin embargo, ya en los ochenta, Manrique declara que las cosas no están yendo como debieran. En un significativo texto que lleva por título “Lanzarote se está muriendo” ve con alarma el desproporcionado aumento de coches en la isla, la falta de espacios naturales en los pueblos y el deterioro de los volcanes a consecuencia de la extracción de picón. “A Lanzarote no viene la gente para ver semáforos, ni automóviles en fila, ni a descansar en baratos y chapuceros apartamentos, pues esto no es atractivo para nadie. Lanzarote se está convirtiendo en un suburbio turístico”.

Por los escritos del artista que recoge Fernando Gómez Aguilera en el libro La palabra encendida, tengo la impresión de que Manrique, que muere en el año 92 en un accidente de coche, se va con el convencimiento lacerante de que sus esfuerzos por preservar el paisaje de la isla y armonizar la presencia del hombre en el entorno austero, pero de sensacional cromatismo de Lanzarote, había sido en balde.

Sin embargo, y a pesar de algunos desmanes, Lanzarote hoy es una isla “diferente”, “con encanto”, como subrayan con monótona retórica los folletos turísticos, y bastante preservada. El turismo masivo de hoteles, apartamentos y bungalós existe. Solo hay que ver el ir y venir de aviones de Ryanair o de compañías de charter en el aeropuerto de Arrecife. Pero también es cierto que está concentrado en una franja reducida de costa alrededor de la capital, y que la urbanización caótica y descontrolada en montañas, valles y barrancos, que se ve en otros puntos de Canarias, aquí es inexistente.

Además, siguiendo una tradición centenaria, las casas blancas de trazado esquemático y de una sola planta son moneda corriente en todos los pueblos de la isla, excepto en la capital, Arrecife, lugar de llegada para muchos inmigrantes atraídos por el último boom de la construcción.

En 1974, Manrique, en su afán de combatir la estandarización que promueve el turismo internacional, publica un libro, Lanzarote, arquitectura inédita, donde elabora un catálogo de elementos a mantener de la vivienda tradicional. Su propia casa, hoy convertida en museo y fundación, marca el camino de esta recuperación. La horizontalidad, los amplios ventanales con los que se abre al paisaje de lava joven en el que se inserta y los chillones muebles pop del gusto del artista que se reparten por las grutas volcánicas que aprovecha la vivienda conviven con las techumbres de madera o las vistosas chimeneas lanzaroteñas, de cierto aire oriental. 

Es verdad. Lanzarote no ha escapado al turismo de masas, como quería Manrique. Son millones los europeos que recalan allí cada año buscando el sol eterno de la isla y las piscinas de los complejos de apartamentos de Puerto del Carmen o Costa Teguise. Sin embargo, el que quiera encontrar esa isla primigenia y eterna que tanto sedujo a Manrique solo tiene que coger un coche y conducir 15 o 20 kilómetros. Se dará de bruces con el paisaje volcánico y barroco del Parque Nacional de Timanfaya, agreste, duro y subyugante a la vez. Es el mismo paisaje que inspira las rugosidades abstractas o declaradamente funerarias de su pintura. 

También se encontrará, en la comarca de La Geria, con el relato vivo del vino de malvasía. Allí, con todo en contra, en un mar de ceniza y lava joven, y con el embate permanente de los alisios y la pertinaz sequía, los abnegados agricultores de la comarca han logrado mantener y hacer productivos viñedos en algunos casos centenarios.      

Hay quien dice que Manrique acabó convirtiendo Lanzarote en un parque temático gracias a una arquitectura y una escultora efectistas. Hay quien le ha reprochado la banalización del paisaje que él tanto sacralizó. Podría ser. Sin embargo, hay que reconocerle a este hombre bajito y pizpireto una inusual clarividencia para poner en la agenda, con varias décadas de antelación, cuestiones que hoy nadie, ni el mandatario más insensible, se atrevería a ignorar. Además, Manrique se afanó toda su vida por encontrar un lenguaje artístico con el que cifrar la estupefacción que deja en el visitante el milagro de los ríos de lava, cráteres y grutas volcánicas de Lanzarote. Y creo que lo consiguió.     







   

viernes, 23 de agosto de 2013

El despertar de la señorita Prim




Ahora que tanto pega el calor y tan menguadas están las carteras, no conviene desdeñar el viaje literario, la posibilidad de escapar a través de la lectura. Un buen destino es, sin duda, San Ireneo de Arnois, esa villa anclada en el pasado a la que se traslada Prudencia, la protagonista de El despertar de la señorita Prim, respondiendo a un anuncio en el que se demanda “una bibliotecaria para un caballero y sus libros”.

Pese a que su búsqueda en Google Maps resulta infructuosa, el buen hacer de Natalia Sanmartin Fenollera permite que el lector visualice el pueblo a medida que se han construido sus habitantes, “una especie de forajidos románticos” o “exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural”. 

En esta singular localidad, emparejada espiritualmente con un monasterio benedictino anexo, cabe de todo, desde un club socrático en el que se debate “en vivo o por entregas”, hasta una liga feminista para la que buscar marido resulta una actividad habitual, pasando por niños sin escolarizar que recitan a Homero o Esquilo, y en la que todo el mundo tiene su propio negocio, de modo que se vean liberados de las “limitaciones de todo asalariado”. Como uno de los personajes llega a apuntar, “uno no puede construirse un mundo a medida, pero lo que sí puede es construirse un pueblo”.

A este pequeño reducto “para exiliados de la confusión y agitación modernas”, llega Prudencia Prim, una mujer “intensamente titulada”, con una “nariz dotada de gran sensibilidad” y la permanente sensación de haber nacido en un momento y un ambiente equivocados. Con tan pesado equipaje, no es extraño que buena parte del libro verse sobre el choque que supone para ella tratar con tan extravagantes vecinos, pero, sobre todo, con su empleador, al que la autora no asigna nombre, sino que es descrito como el hombre del sillón (en un guiño a la escritora Elizabeth Von Armin y su libro Elizabeth y su jardín alemán).

Educación, literatura o religión son algunos de los temas que centran las muchas luchas dialécticas a las que se enfrentan la descreída señorita Prim (personaje, todo hay que decirlo, con el que resulta algo complicado empatizar) y su jefe, un especialista en lenguas muertas (domina alrededor de una veintena), al mismo tiempo que enamorado de la vieja liturgia romana. 

Y es que, como ocurre en las novelas de Jane Austen, de las que Sanmartin Fenollera se confiesa deudora, las diferencias, a veces, unen más que las coincidencias. Aunque la autora ha definido este libro, su primera novela, como un cuento para adultos, una especie de fábula en la que se recrea un lugar en el que cobran relevancia las pequeñas cosas y donde se aboga por la vuelta a una economía tradicional, simple y familiar; en muchas ocasiones, vira hacia la novela de tesis, empleando toda la artillería que está en sus manos para reforzar la idea de que otro mundo es posible, como por ejemplo cuando un personaje intenta explicar a Prudencia por qué en el pueblo la educación corre a cargo de los padres y no del colegio: “Si usted estuviese convencida de que el mundo ha olvidado cómo pensar y educar, si creyese que ha arrinconado la belleza de la literatura y el arte, si pensase que ha ahogado la fuerza de la verdad, ¿permitiría que ese mundo enseñase algo a sus hijos?”.

En cualquier caso, ideas como esta, más que una voz propia sorprendente o una narrativa hipnótica, son las que convierten a El despertar de la señorita Prim en un libro recomendable. De lectura fácil y planteamiento algo pueril, su fuerza, más que en su prosa, hay que buscarla en la necesidad de los lectores de sumergirse por unos días en este utópico pueblo. Además, estos también sabrán apreciar el amor de la autora por la literatura, refrendado por la propia profesión de la protagonista, pero también por las continuas referencias a autores o libros. En fin, un libro en el que muchos, más que leer, quisieran vivir.


miércoles, 14 de agosto de 2013

La biblioteca de mis sueños




Lo confieso: he robado. Pero no joyas, ni dinero, ni información privilegiada, ni helados, sino libros. Me crié en una casa de trabajadores analfabetos donde los únicos lomos en la estantería eran los del álbum de fotos de la boda de mis padres y el de un libro desmembrado sobre el drama de las mujeres de la familia Kennedy escrito por Pearl S. Buck, probablemente un regalo de la caja de ahorros por domiciliar la nómina intermitente de mi padre.

Quizá esa carestía fue la que, inconscientemente, hizo que, al cabo de los años, ya en la adolescencia, cuando empezaba a cambiar a los héroes del fútbol por los de la pluma, dedicara las tardes a saquear librerías, grandes almacenes y alguna biblioteca pública (de esto es de lo más que me arrepiento) con el fin de contar, al fin, con mi propia colección de literatura. El propósito era sumar volúmenes, y no tanto leerlos. Para eso, pensaba, ya habría tiempo. Todavía recuerdo el placer –más numérico que otra cosa- que sentí cuando pasé de los cien títulos. 

Con el paso de los años, sin embargo, lo de tener una biblioteca ha dejado de ser aquel anhelo que me abocaba al delito reincidente, aunque todavía fantaseo a ratos pensando que en la casa que la familia de mi mujer tiene en Ávila acabaré construyendo un retiro como el de Itzea, el caserón de los Baroja en Bera de Bidasoa, con sus papeles familiares, sus maderas lustrosas, sus maquetas de navío y tantos otros fetiches.

Sin embargo, el otro día, de visita en Lanzarote, volvió a entrarme el gusanillo. Paramos en Tías (cerca del turístico Puerto del Carmen) a ver la casa de Saramago. La vivienda es mantenida ahora por su viuda, Pilar del Río, para divulgar la obra del escritor portugués, que murió en 2010 después de casi dos décadas viviendo en la isla.

El chalet de paredes blancas, flanqueado por un jardín de cactus, palmeras y ceniza volcánica, airea algunas incongruencias con la obra de Saramago. Me sorprendió, por ejemplo, encontrar decenas de cuadros y objetos religiosos en la última morada de uno de los narradores más declaradamente ateos de las últimas décadas. Por lo que nos dijo Enrique, el guía descreído que nos enseñó la casa y nos invitó a café, Saramago era un devoto de los rastrillos de segunda mano y de las tiendas de antigüedades. 

También me llamó la atención la cantidad de cuadros, libros y piezas decorativas con que Saramago inundó cada rincón de la vivienda. Su literatura sintética y despojada, y el hecho de que eligiera para vivir un lugar tan seminal, agreste y apartado como Lanzarote –en otro tiempo lugar de exilio político-, me habían hecho suponer que este hombre viviría como un monje budista.
      
Al otro lado de la calle, en una casa grande y blanca que ahora da a la glorieta que lleva su nombre, Saramago mandó construir labiblioteca de mis sueños. Un amplio espacio rectangular, perfectamente organizado y protegido de la luz cegadora de Canarias, y donde descasan más de 15.000 volúmenes en varios idiomas y formatos, además de otros papeles y decenas de tesis sobre el escritor firmadas por investigadores de todo el mundo, en robustas y estilizadas baldas de madera clara. 

La sala está presidida por una enorme mesa de despacho donde Saramago debió pasar muchas horas “acariciando lomos”, como a él le gustaba decir, y dando cuerpo a sus últimas novelas. En la isla canaria, donde recibió a mucha gente, escribió El ensayo sobre la ceguera, La caverna o Todos los nombres, siempre desde la pantalla iluminada de un ordenador de ultima generación y mientras afuera el viento pertinaz traído por los alisios seguía modelando, con paciencia de artesano, el paisaje volcánico.


La línea moderna del mobiliario y el fondo amarillo chillón del retrato que preside la estancia, y que hizo del autor y su pareja el artista checo Jiri Dokoupil, contrastan con la quietud antigua del lugar, inundado por ese olor a sacristía que tienen las casas bien. Aquella mañana, de visita en la casa de Saramago en Tías, en Lanzarote, en el silencio meloso de su sala de lectura, bajo la mirada atenta de Cervantes, Camoens, Pessoa o Drummond de Andrade, me entraron ganas de echar allí el día, leyendo y regocijándome con la biblioteca que nunca tendré, y desoyendo a mis hijos, que soñaban con una playa de arena fina. 


miércoles, 24 de julio de 2013

El coste humano de la crisis


A propósito de la lectura del libro Por qué la austeridad mata, de David Stuckle y Sanjay Basu


En 2009, The Economist publicó un beligerante editorial (“Mass murder and the market”, disponible en  http://www.economist.com/node/12972677) en el que rebatía ácidamente la interpretación que sobre los datos de mortalidad en Rusia se planteaba en un artículo (“Mass privatisation and the post-communist mortality crisis: a cross-national analysis”) publicado en la prestigiosa revista de investigación médica The Lancet por parte, entre otros, de David Stuckler.

La tesis que defendían en su artículo David Stuckler, un investigador especializado en la economía de la salud pública, y sus colegas, relacionaba, en base al estudio intensivo de los datos estadísticos, las rápidas y masivas privatizaciones acometidas en los países postcomunistas (la conocida como “Terapia de Choque”) con una significativa reducción en la esperanza de vida. Como guardián espiritual de las esencias del liberalismo económico, The Economist  pontificaba que el problema de las reformas en Rusia fue ¡su lentitud! y llegaba a sugerir que la culpa del exceso de mortalidad era achacable a los excesos de los borrachines rusos…

La recurrente participación de David Stuckler en esa y otras muchas polémicas sobre la relación entre la economía y la sociedad le ha conferido una gran notoriedad, que ha aprovechado junto con Sanjay Basu, un experimentado epidemiólogo, para escribir Por qué la austeridad mata, un libro a medio camino entre el ensayo científico y el panfleto keynesiano (como proclama desde el propio  título).

A primera vista el libro parece uno más de la miríada de ensayos que describen las muchas consecuencias de la Crisis, esta vez las que produce sobre la salud pública. La novedad estriba en que, en este caso, las contundentes afirmaciones de los autores (“según los criterios del propio gobierno español, la austeridad no ha dado resultado”, “es sabido desde hace mucho tiempo que los mercados no funcionan bien en materia de atención sanitaria”, “las medidas de austeridad estaban causando estragos en la salud del pueblo griego”…) aparecen siempre relacionadas con las abundantísimas citas científicas que aparecen en las Notas finales del libro.

El recorrido del libro por las políticas internacionales de salud parte de Estados Unidos en la Gran Recesión, explora los países comunistas antes y después de la caída del Muro y acaba citando (¡cómo no!) los deletéreos efectos de la crisis en Grecia, España e, incluso Gran Bretaña. También muestra ejemplos positivos, como el de Islandia, donde la decisión de no restringir el gasto social ha permitido mantener los estándares de salud pública sin graves daños.

Stuckler y Basu no se andan por las ramas y, partiendo del análisis comparado de las políticas públicas descritas, acusan sin componendas a las reformas estructurales y a las restricciones presupuestarias practicadas actualmente en tantos y tantos países de provocar graves problemas de salud (medibles de manera estadísticamente significativa en la incidencia de depresiones y otras muchas enfermedades) y, directamente, de matar, por sus efectos en la reducción de la esperanza de vida.


De las continuas disputas entre los partidarios y los detractores de la austeridad el perplejo ciudadano de a pie sólo extrae confusión.  El libro de Stuckler y Basu, aunque se decanta por los segundos, nos recuerda, de la manera más categórica, que la austeridad, por sí misma, no tiene por qué provocar efectos significativos en la salud de los ciudadanos siempre y cuando su calidad de vida sea prioritaria para los políticos. Sólo por este recordatorio merece la pena leer este libro.