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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Bibliotecas de escritores


A propósito de la lectura de
'Los reinos de papel', de Jesús Marchamalo

Siento debilidad por las bibliotecas. Cuando era chico, competía secretamente con Chago, mi compañero de pupitre, para ver quién la tenía más grande. La biblioteca, digo. Y si para poner más volúmenes en el estante de casa había que robarlos en una librería o incluso sustraerlos de una biblioteca pública, pues se hacía. Todo fuera por emular a esos escritores que salían en el periódico o en las revistas fotografiados en habitaciones forradas hasta el techo de libros que probablemente nunca leyeron en su totalidad y que en muchos casos acabaron siendo pasto de la humedad.

En las casas de mi infancia -en la mía y en las de mis familiares y amigos- escaseaban los libros. El libro era un objeto de lujo adquirido muchas veces no para ser disfrutado en apacible lectura, sino para simbolizar las aspiraciones de la familia de turno. Igualmente pasaba con los discos y con aquellas primeras y pomposas colecciones de CD de música clásica. El que podía compraba enciclopedias bellamente encuadernadas o colecciones literarias de aire lujoso para aparentar una cultura (libresca) que no tenía. La biblioteca, si existía, era un símbolo de estatus, como lo podía ser el coche, el colegio de los niños o el lugar de vacaciones.

Hoy, el libro ha dejado de ser una marca de estatus social e incluso intelectual porque lo intelectual, hasta cierto punto, ha pasado de moda o está bajo sospecha, o da sopor a nuestros hijos. El prestigio del libro exhibido en la biblioteca familiar, adquirido a plazos a un vendedor a domicilio de la Larousse, o del Círculo de Lectores, simplemente desapareció y no fue reemplazado por nada. Casi sin que lo advirtiéramos, la letra impresa fue pasando a un segundo plano, un declive acentuado en los últimos años por los brillos hipnóticos de las tabletas y los teléfonos móviles.

Los reinos de papel, del periodista y escritor Jesús Marchamalo, recupera este gusto (casi antiguo) por el libro como objeto físico y por las bibliotecas familiares, moldeadas por los gustos y fetichismos de su dueño, pero también por los traslados, las estrecheces o las ausencias de los volúmenes nunca devueltos.  

Marchamalo visita las bibliotecas de escritores como Javier Gomá, Julio Llamazares, Rosa Montero, Juancho Armas Marcelo, Luis Antonio de Villena, Luis Goytisolo o Miguel Delibes, para cuya fundación escribe este volumen. De los libros a la vida, y vuelta a los libros. Somos los libros que hemos leído, como venía a decir Marguerite Yourcenar, pero también los que no hemos leído por prejuicio, por las anteojeras ideológicas que algún día nos pusimos o simplemente por falta de tiempo o la testaruda dejadez.

En el libro de Marchamalo la biblioteca es identidad personal. Rastro del periplo de su dueño o de su familia, de las mudanzas que ha tenido que hacer con los libros a cuestas o de los expurgos obligados por la falta de espacio. También es rastro de su personalidad, más o menos caótica, juguetona o maniática, según se ordenan o no los volúmenes en los estantes, el suelo o el trastero. También son las bibliotecas que visita Marchamalo, cómo no, una muestra de los gustos literarios del propietario, o de sus idolatrías, como esas fotos de actrices de Hollywood que proliferan por las estanterías de la casa de Marta Sanz, o ese ejemplar firmado por Ezra Pound de su propia ‘Antología poética’, que enseña como un tesoro el poeta leonés Antonio Colinas, o esa edición de ‘Impresiones y paisajes’, primer libro de Federico García Lorca, escrito cuando sólo tenía 20 años, que guarda celosamente Luis García Montero en esa biblioteca inmensa que comparte en Madrid con su mujer, la también escritora Almudena Grandes.


Al parecer Marchamalo ha escrito ya dos libros contando sus visitas a las bibliotecas de escritores de renombre. Como sucede en este caso, lo de husmear, de la mano del periodista, en la casa de Julio Llamazares, Bernado Atxaga o Elvira Lindo, conociendo al personaje al tiempo que descubrimos sus referencias literarias, está bien. Pero creo que no estaría mal juntar en un libro las visitas a las casas de lectores anónimos que hayan dedicado un buen dinero y un gran esfuerzo a conformar y mimar la “biblioteca de su vida”. Seguro que tendríamos historias tan buenas (o más) como las que conforman estos reinos de papel.

miércoles, 14 de agosto de 2013

La biblioteca de mis sueños




Lo confieso: he robado. Pero no joyas, ni dinero, ni información privilegiada, ni helados, sino libros. Me crié en una casa de trabajadores analfabetos donde los únicos lomos en la estantería eran los del álbum de fotos de la boda de mis padres y el de un libro desmembrado sobre el drama de las mujeres de la familia Kennedy escrito por Pearl S. Buck, probablemente un regalo de la caja de ahorros por domiciliar la nómina intermitente de mi padre.

Quizá esa carestía fue la que, inconscientemente, hizo que, al cabo de los años, ya en la adolescencia, cuando empezaba a cambiar a los héroes del fútbol por los de la pluma, dedicara las tardes a saquear librerías, grandes almacenes y alguna biblioteca pública (de esto es de lo más que me arrepiento) con el fin de contar, al fin, con mi propia colección de literatura. El propósito era sumar volúmenes, y no tanto leerlos. Para eso, pensaba, ya habría tiempo. Todavía recuerdo el placer –más numérico que otra cosa- que sentí cuando pasé de los cien títulos. 

Con el paso de los años, sin embargo, lo de tener una biblioteca ha dejado de ser aquel anhelo que me abocaba al delito reincidente, aunque todavía fantaseo a ratos pensando que en la casa que la familia de mi mujer tiene en Ávila acabaré construyendo un retiro como el de Itzea, el caserón de los Baroja en Bera de Bidasoa, con sus papeles familiares, sus maderas lustrosas, sus maquetas de navío y tantos otros fetiches.

Sin embargo, el otro día, de visita en Lanzarote, volvió a entrarme el gusanillo. Paramos en Tías (cerca del turístico Puerto del Carmen) a ver la casa de Saramago. La vivienda es mantenida ahora por su viuda, Pilar del Río, para divulgar la obra del escritor portugués, que murió en 2010 después de casi dos décadas viviendo en la isla.

El chalet de paredes blancas, flanqueado por un jardín de cactus, palmeras y ceniza volcánica, airea algunas incongruencias con la obra de Saramago. Me sorprendió, por ejemplo, encontrar decenas de cuadros y objetos religiosos en la última morada de uno de los narradores más declaradamente ateos de las últimas décadas. Por lo que nos dijo Enrique, el guía descreído que nos enseñó la casa y nos invitó a café, Saramago era un devoto de los rastrillos de segunda mano y de las tiendas de antigüedades. 

También me llamó la atención la cantidad de cuadros, libros y piezas decorativas con que Saramago inundó cada rincón de la vivienda. Su literatura sintética y despojada, y el hecho de que eligiera para vivir un lugar tan seminal, agreste y apartado como Lanzarote –en otro tiempo lugar de exilio político-, me habían hecho suponer que este hombre viviría como un monje budista.
      
Al otro lado de la calle, en una casa grande y blanca que ahora da a la glorieta que lleva su nombre, Saramago mandó construir labiblioteca de mis sueños. Un amplio espacio rectangular, perfectamente organizado y protegido de la luz cegadora de Canarias, y donde descasan más de 15.000 volúmenes en varios idiomas y formatos, además de otros papeles y decenas de tesis sobre el escritor firmadas por investigadores de todo el mundo, en robustas y estilizadas baldas de madera clara. 

La sala está presidida por una enorme mesa de despacho donde Saramago debió pasar muchas horas “acariciando lomos”, como a él le gustaba decir, y dando cuerpo a sus últimas novelas. En la isla canaria, donde recibió a mucha gente, escribió El ensayo sobre la ceguera, La caverna o Todos los nombres, siempre desde la pantalla iluminada de un ordenador de ultima generación y mientras afuera el viento pertinaz traído por los alisios seguía modelando, con paciencia de artesano, el paisaje volcánico.


La línea moderna del mobiliario y el fondo amarillo chillón del retrato que preside la estancia, y que hizo del autor y su pareja el artista checo Jiri Dokoupil, contrastan con la quietud antigua del lugar, inundado por ese olor a sacristía que tienen las casas bien. Aquella mañana, de visita en la casa de Saramago en Tías, en Lanzarote, en el silencio meloso de su sala de lectura, bajo la mirada atenta de Cervantes, Camoens, Pessoa o Drummond de Andrade, me entraron ganas de echar allí el día, leyendo y regocijándome con la biblioteca que nunca tendré, y desoyendo a mis hijos, que soñaban con una playa de arena fina.