lunes, 27 de junio de 2011

El largo invierno de la izquierda


Cuando la crisis económica azotaba con más fuerza, los trabajadores británicos, viendo peligrar sus empleos, se movilizaron en varios puntos del país contra la presencia de ciudadanos procedentes de la Unión Europea y empleados, como ellos, en centrales nucleares, fábricas de coches o refinerías de todo el país. Era el mundo al revés. Con una crisis financiera de tamaño colosal a los trabajadores no se les ocurre otra cosa que tirar los trastos al vecino.
Aunque es un ejemplo extremo de extravío ideológico (prueba de ello es que en las semanas siguientes los sindicatos europeos no dejaron de poner el grito en el cielo tachando de xenófoba la reacción de sus colegas isleños, que en vez de arremeter contra el poder político y la oligarquía económica y financiera, culpable última del desaguisado de la crisis, la emprendieron con sus colegas), el hecho pone en evidencia la decadencia de la izquierda y de sus valores fundacionales, precisamente en su feudo de siempre, el de la working class.
El momento lo recuerda con tristeza Irene Lozano en un librito con título que suena a obra a autoayuda (Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles) y que, en realidad, es un pequeño manual, una brújula, para aquellos que se declaran de izquierdas, pero sólo encuentran en los partidos que los representan políticas incongruentes que ahondan su decepción.
¿Cuáles son esos valores irrenunciables que hoy, al decir de la autora, han sido olvidados por la izquierda oficial, incluido el PSOE? Precisamente la visión ecuménica de la que adolecieron los trabajadores británicos, una idea universal de la justicia que se marque como fin último erradicar la lacerante desigualdad en todo el planeta debería ser el eje vertebrador de una política de progreso. Suena a viejo, pero es que sigue siendo una tarea pendiente descomunal.
La cita de Bobbio traída por Lozano deja las cosas claras: “La distinción entre derecha e izquierda, para la que el ideal de igualdad siempre ha sido la estrella polar a la que ha mirado, es muy clara. Basta con desplazar la mirada de la cuestión social en el interior de cada estado, de la que nació la izquierda en el siglo XIX, hacia la cuestión social internacional, para darse cuenta de que la izquierda no sólo no ha concluido su propio camino, sino que apenas lo ha comenzado”.
Lozano, que no disimula su preferencia por un humanismo a lo Camus, critica que la deriva nacionalista de la izquierda institucional o su adhesión a los múltiples particularismos que, desde los años 60, han copado el discurso político, como el feminismo o el multiculturalismo en los países ricos, hayan abocado a esta miopía. Además de los nacionalismos, el discurso progresista ha estado lastrado en las últimas décadas, al decir de Lozano, que fue articulista habitual del diario ABC y editorialista de El Mundo, por el ataque de una posmodernidad que inauguran Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración.
La izquierda oficial, enfrascada en mil batallitas y más preocupada por perpetuarse en el poder a golpe de leyes sensacionalistas que sólo la legitimarán ante su parroquia más fiel, ha perdido el norte y va perdiendo por el momento la gran guerra con la derecha y con el poder económico. Prueba de ello, como recuerda la autora, es que, de haber tenido buenos fundamentos, se habría embarcado, aprovechando la que está cayendo, en un cambio profundo del capitalismo. Sin embargo, su debilidad sólo le da para esperar a que escampe, con la esperanza, eso sí, de que la crisis sea “un corto invierno”.    
Lozano ha escrito un libro directo, ameno (la autora conversa con gentes tan diversas como Montaigne, Condorcet, Camus, Russell, Weil, Woolf o Hayek)  y de fácil lectura que servirá de brújula para izquierdistas desnortados y decepcionados, y para los que en los últimos años se han podido sentir tentados por una derecha más pragmática que sale sin rubor a pescar en caladeros ajenos. La línea argumental de Lozano es sólida, aunque es interrumpida en muchos momentos por  soliloquios sentimentales que, aunque dan frescura al texto, restan contundencia al discurso.  



Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles
Irene Lozano
Editorial Debate
Octubre 2009
205 páginas
17,90 euros

lunes, 20 de junio de 2011

Memoria del hambre



A Ignacio y Lourdes, mis padres, por sus recuerdos

Muchas veces, frente a una mesa colmada, rebosante de pan, fruta y papas guisadas con pescado salado, mis padres me recordaron que hubo “un tiempo del hambre”. Mientras terminaban de comer degustando una manzana o una pera limonera, mis padres hacían un repaso mental de las miserias de otra época, tan lejanas para mí, pero tan próximas y tangibles para ellos, que las habían sufrido en su infancia.

Me hablaban del millo podrido procedente de Argentina que durante la posguerra alimentó a tantos canarios; de una dieta que, a falta de muchas cosas, debía recurrir a todas horas a los plátanos guisados, duros como leños de lo verde que estaban; de las madrugadas para hacer cola en los decomisos donde se repartía, con disciplina marcial, los escasos víveres que con suerte había disponibles para aquellos que portaban una cartilla de racionamiento. El dinero, con las tiendas en penuria, no valía para nada.

Difícil de creer. Curiosamente, a mí aquellos relatos me transportaban, pero no al tiempo preciso del que me hablaban mis padres, sino a uno figurado y “más literario”: el de los campos de concentración, anegados siempre de barro, inanición y atropello moral. En esas comidas familiares también conocí, de primera mano, cómo se ganaban la vida los niños de la primera posguerra.

Las interminables jornadas de mi padre y sus hermanos, que subían, todavía sin despuntar el sol, a la cumbre a por “jaces de cisco” de retama que luego servirían como abono en las plataneras. Con una pelotita de gofio como todo sustento y un frío en los pies y en las manos que muchas veces tuvieron que mitigar con su propio orín, mi padre y muchos como él resistieron en el tiempo más oscuro de la historia de España del siglo XX. La necesidad de llevar algo a casa que se pudiera cambiar por jabón, huevos o alpargatas llevó a abandonar muy temprano la escuela a toda una generación, la de la inmediata posguerra, que el resto de su vida tuvo que sobrellevar con disimulado sonrojo su analfabetismo y esa memoria de la miseria.   

Ese tiempo es precisamente el que recupera (o reinventa) el poeta Antonio Gamoneda, premio Cervantes en 2006, en su último libro, Un armario lleno de sombra, una autobiografía donde el autor leonés da cuenta de su peripecia vital hasta los 14 años, cuando empieza a trabajar como meritorio y recadero en el hoy desaparecido Banco Mercantil, después de abandonar el colegio religioso de los Padres Agustinos. Con una prosa despojada, sin preciosismos, siempre buscando la palabra justa, el autor se adentra en un mundo duro, de frío y de hambre, de humillaciones y represión, pero donde emerge, de tarde en tarde, la felicidad y la solidaridad.

“No existe la memoria real, sino interpretaciones de la memoria. No hay diferencia entre lo que recuerdas y crees recordar”, decía hace poco el veterano escritor norteamericano Sam Savage. Gamoneda parece aplicarse esta enseñanza. Los recuerdos que plasma en Un armario lleno de sombra, vertebrados siempre por la figura omnipresente de su madre –“Hice entrar mi cabeza en la oscuridad del armario y entonces ocurrió algo que me envolvió en su realidad física: sentí el olor de mi madre. Viva”-, se van construyendo al tiempo que escribe, muchas veces con hechos que son recuerdos heredados, como el de su padre, poeta de un solo libro que murió al año de nacer el autor.

En fin, estamos ante un libro que, sin estridencias, pero también sin sentimentalismos, recorre el primer mundo que vio la generación perdida de la posguerra.  



Un armario lleno de sombra
Antonio Gamoneda
Editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
Barcelona, 2009
237 páginas
18 euros

martes, 14 de junio de 2011

Los trabajos y los días



¿Qué tienen que ver un atunero de las Islas Maldivas, un pintor de paisajes del sur de Inglaterra, un constructor japonés de aviones comerciales, un auditor de cuentas del centro de Londres, el director de proyectos de una fábrica de galletas o el inventor iraní de unos zapatos que permiten caminar por el agua? Todos son interlocutores del autor de este libro, Alain de Botton, un fino observador de la cultura contemporánea y sus contradicciones. 

Con mirada atenta, pero descreída, y una sutil ironía, De Botton intenta descubrir los mecanismos invisibles que mueven nuestro mundo y las mercancías que en él se producen. Cómo se lleva la energía desde una central a la tostadora de casa o qué camino sigue una idea desde que es concebida hasta que se convierte en un producto en los estantes de una gran superficie son asuntos que interesan a De Botton y centran las horas de trabajo (y los anhelos) de sus entrevistados.

De Botton ilumina en su libro, un trabajo (raro por estos pagos) donde se mezclan el apunte filosófico con las notas de viaje, la trastienda de esta sociedad de consumo que hace posible que en cualquier lado podamos disfrutar productos y servicios de cualquier lugar del planeta, eso sí, debidamente empaquetados, etiquetados y despersonalizados.

En vez de buscar en los museos, las salas de arte o los teatros las claves para entender cómo vivimos, el autor acude a oficinas, hangares, almacenes o fábricas, y habla con los hacedores de esos objetos de consumo a los que tan poca importancia damos, pero que tanto pueden revelar a una mente despierta sobre el zeitgeist que nos ha tocado vivir. 

También rehuye la opinión del académico. La materia de este libro, el trabajo y los procesos productivos que lo articulan, suelen ser objeto de sesudos mamotretos de pensamiento, sociología o economía que acaban perdiéndose en abstracciones. Con arma de reportero, De Botton se desentiende de este bagaje y pone los pies en la tierra para acercarnos a las personas corrientes que sostienen la tramoya sobre la que se asienta la sociedad de consumo, como hiciera en cierta medida Richard Sennet en La corrosión del carácter.  

Un apunte, De Botton, autor de Las consolaciones de la filosofía (Taurus, 2003) o La arquitectura de la felicidad (Lumen, 2008), trufa su libro de excursos filosóficos y acaba su análisis del trabajo contemporáneo con un toque trascendente que no quiero pasar por alto porque da idea de su capacidad para mezclar lo concreto con lo general, y del distanciamiento y la mordacidad de los que hace gala en todo momento. 

“Considerar que somos el centro del universo, y que el tiempo presente es la cumbre de la historia, pensar que nuestras próximas reuniones tienen una importancia abrumadora, no hacer caso de las lecciones de los cementerios, leer solo con moderación, sentir presión de los plazos de entrega, hablar con rudeza de los compañeros, sobrevivir a horarios de congresos en los que está anotado ‘de 11.00 a 11.15: pausa para el café’, comportarse descuidada y codiciosamente y luego arder en la batalla; quizá todo esto, al final, sea la sabiduría del trabajo. Dejemos que la muerte nos pille mientras hacemos algo para la vida”. 

Es el consejo irónico de quien lleva años poniendo al descubierto las paradojas de nuestra vida moderna. Miserias y esplendores del trabajo es, en definitiva, un libro singular, sobre todo en el panorama editorial español, donde faltan académicos con dotes para la divulgación, y periodistas y ensayistas con el rigor y el afán intelectual necesarios para destriparnos el tiempo que nos ha tocado vivir.


Miserias y esplendores del trabajo
Alain de Botton
325 páginas
20,90 euros

domingo, 12 de junio de 2011

Un paseo por la Feria del Libro de Madrid



Cuentos de Chejov. Llegué a Chejov tarde (como siempre) y por el cine (Vania en la calle 42, de Louis Malle), pero me he hecho un adicto y creo que no tiene solución.
Editorial Pretextos


Sobre la tumba del poema. Antología esencial de Leopoldo María Panero.
Editorial Huerga y Fierro

“…oh poema que cuelgas de mis piernas,
oh falo barrido por el viento”.


Cualquier libro de Dietrich Bonhoeffer, cura alemán que fue encarcelado por los nazis en 1943 y murió asesinado por ellos dos años más tarde. Editorial Sígueme.


“La Iglesia permanecía muda, cuando tenía que haber gritado… La Iglesia reconoce haber sido testigo del abuso de la violencia brutal, del sufrimiento físico y psíquico de un sinfín de inocentes, de la opresión, el odio y el homicidio, sin haber alzado su voz por ellos, sin haber encontrado los medios de acudir en su ayuda. Es culpable de las vidas de los hermanos más débiles e indefensos de Jesucristo”.

Lo que yo creo. Hans Kung.
Editorial Trotta


Selección de textos fundamentales de José Luis L. Aranguren. Edición de Carlos Gómez.
Editorial Trotta


El declive del hombre público. Richard Sennet.
Editorial Anagrama


Libertad y prensa. Walter Lippman. A pesar de Internet y las redes sociales, los enemigos del buen periodismo siguen siendo los mismos que hace un siglo.
Editorial Tecnos


Hambre. Knut Hamsun. Una novela que he tenido en mis manos decenas de veces, pero que nunca he leído. No sé por qué. 
Editorial Nórdica


Obra poética completa. Antonio Colinas.
Editorial Siruela

“De repente hoy me pareció que todos los libros que me rodeaban, y en los que aprendí, se habían como congelado, eran de hielo. Mientras, en mi pecho, sentía una fuerte hoguera de amor”  


Relatos Reales. Javier Cercas.
Editorial Acantilado


El desierto de los tártaros. Dino Buzzati. La leí en la adolescencia. Me impresionó. Habrá que volver a ella.  
Editorial Gadir


Al final del amor. Marcos Giralt Torrente.
Me gustó su anterior libro, Tiempo de vida, donde habla del padre perdido, y de los buenos y de los malos momentos que tuvo con él.
Editorial Páginas de Espuma


Sin heroismos, por favor. Raymond Carver.
Editorial Bartleby




Un par de apuntes

Primavera inusualmente verde en el Retiro madrileño. Amenaza de tormenta y lluvia. ¡Cómo no! Lo primero que encuentro es un autor de novela única y sin caseta. Expone con pulcritud varios ejemplares en un banco de madera en las inmediaciones de la feria. Es la autoedición (en papel) que algunos veían como el futuro hace unos años, pero que ahora, con el libro electrónico pisando fuerte, ha perdido fuelle.

Creo que los tesoros de la feria del libro están en las casetas de las editoriales, que muestran allí buena parte de sus fondos. Son esos fondos que, por la vorágine del mercado, raramente encontramos en una librería. Salvo contadas excepciones, las librerías, que también acuden en buen número al Retiro, aportan poco. Casi todas despliegan el catálogo de los 30 o 40 títulos “más vendidos” y dejan poco margen para la sorpresa. Entiendo que quieran rentabilizar la inversión.  

Hay vida más allá de las grandes editoriales. Está en Trotta, Alba, Alpha Decay, Errata Naturae, Blackie Books, Periférica, Bartleby...


sábado, 4 de junio de 2011

Los antecedentes del gran Millares



Mi primer encuentro con la pintura de Manolo Millares tuvo lugar en Madrid en 1992. Aquel año, el Museo Reina Sofía organizó por todo lo alto una exposición con obras de madurez del artista traídas de todo el mundo. Hacía 20 años que el pintor había muerto, pero su fama, cimentada en esas series de cuadros desoladores y esenciales creados a base de arpillera y una escala cromática bastante básica, ya era universal.

Lo que sucedió en Madrid en aquel invierno fue una reivindicación del gran Millares, el que a finales de los años 50 iba a ponerse al frente de la vanguardia estética en España con la creación del grupo El Paso y más tarde explora las posibilidades del expresionismo abstracto. Es el Millares que se fotografía en alpargatas y que esconde su expresión tras una barba de ermitaño y un sombrero de paja, una figura -a mí particularmente me recuerda a Omero Antonutti en El Sur- en plena sintonía con una obra que se inspira en lo primitivo, en la arqueología de las momias o cerámicas guanches.



Sin embargo, hasta llegar ahí, Millares dio muchas vueltas (vitales y artísticas). De eso precisamente da buena cuenta el documental que entre 2004 y 2005 rodó su sobrino Juan Millares Alonso, que toma como base las notas autobiográficas que el pintor fue plasmando en unos cuadernos de contabilidad ya al final de su vida. Los cuadernos de contabilidad de Manolo Millares– a los que pone voz su hija Eva- nos descubren a un Millares dotado también para la palabra.

Son unas memorias solventes y (novedad por estos pagos) nada indulgentes consigo mismo y con la familia. De hecho, Juan Millares Alonso tuvo que andar con pies de plomo a la hora de seleccionar los recuerdos, por si alguien podía sentirse ofendido, y aún así la cinta provocó algún enfrentamiento. Aunque sin llegar a la sangría emocional y al patetismo que transmite El desencanto de los Panero, el documental también escarba en las heridas y desencuentros de una familia de burgueses ilustrados cuya paz se ve de repente alterada por la Guerra Civil.

Y lo hace desde la polifonía. Su hermano José María, sus hermanas, su amigo de siempre Martín Chirino, su viuda Elvireta Escobio… Son muchos los que aportan su testimonio. La infancia en la Playa de las Canteras (“una orilla de mar siempre sobre mis ojos”), el primer amor, el inopinado destierro y la felicidad de la familia en Lanzarote del 36 al 38, el hambre de la posguerra, los problemas con la Falange, el tedio abortado de una vida de oficinista, los coqueteos con el impresionismo y el surrealismo, la precariedad de los primeros años en Madrid… En Los cuadernos de contabilidad tenemos el ADN de Manolo Millares, un hombre que, como contaba su viuda hace poco, siempre se tomó la vida muy en serio: “Sabía que iba a morirse pronto y no tenía tiempo para tonterías”.


lunes, 30 de mayo de 2011

Pensamiento novelado



Cuenta Pilar Reyes, directora de la editorial Alfaguara, que la primera vez que Javier Marías habló de su última obra fue en noviembre de 2009. Entonces, la describió como “una novela pesimista” y el único dato que adelantó fue que por primera vez en sus cuarenta años de carrera literaria estaba narrada por una mujer. Ahora, tras su lanzamiento a principios de abril, ya sabemos más sobre Los enamoramientos, su undécima o decimotercera novela, dependiendo si se considera una sola o no los tres volúmenes que conforman Tu rostro mañana.

Lo primero que sabemos es que la narración corre a cargo de María Dolz, la protagonista, cuya vida va a cambiar a raíz de la muerte de un hombre al que no conoce pero con el que suele coincidir en una cafetería a la hora del desayuno. Su asesinato, a manos de un desequilibrado “gorrilla”, le acercará a su viuda, Luisa Alday, y a su mejor amigo, Javier Díaz-Varela. Desde su quinta novela, El hombre sentimental, Marías ha recurrido siempre a la primera persona para narrar sus historias. 

En esta ocasión vuelve a hacerlo, pero con la diferencia de que se decanta por una voz femenina para articular el relato. El autor ha explicado que lo ha hecho por necesidad, porque la historia no hubiera sido creíble teniendo un hombre como protagonista, pero que en el fondo hace básicamente lo mismo que sus predecesores masculinos en el cargo: “Observar, contar y reflexionar”. 

Y es que, aunque una sinopsis más detallada puede llevar a pensar que estamos ante un thriller, Marías no está interesado en escribir una novela de género. Así, desde las primeras páginas, adelanta mucho de lo que ha sucedido, para centrarse en los que temas que verdaderamente le interesan: “El secreto, las ventajas de callar, la traición, la envidia, la maldad, el azar, la dificultad de conocer la verdad, la impunidad…”. Y uno que sobrevuela sobre todos ellos: la paradoja que se produce al descubrir que la muerte de un ser querido que nos destrozó puede ser incluso una tragedia mayor (“una desdicha absoluta”) si se revela años después que no se produjo. Como fondo de esa reflexión, Marías recurre a la novela El coronel Chabert, de Balzac, que cuenta la historia de un coronel napoleónico que fue dado por muerto y que reaparece años después ante su mujer, casada de nuevo al creerse viuda.


Todos esos temas conforman el barniz pesimista al que se refería el autor, pero también se debe subrayar que hay ciertos resquicio para la ironía, como cuando tira piedras contra su propio tejado al detallar lo maniáticos que pueden llegar a ser los escritores (uno pedirá dos gramos de coca a la protagonista, que a la sazón trabaja en una editorial, porque “esa noche los va a necesitar el libro” que está escribiendo) o al incluir un personaje real y tan pintoresco (o así lo describe) como el profesor Francisco Rico junto a otros de ficción. Además, también hay espacio para que los lectores que siguen su columna semanal escuchen de forma indirecta la voz del autor, por ejemplo, cuando califica a la ciudad de Madrid de negligente o compara al presidente francés con Louis de Funès.

En definitiva, Marías celebra sus 40 años de vida literaria con una novela marca de la casa, en la que las digresiones y reflexiones (incluso llegamos a escuchar las supuestas meditaciones del asesinado) trasladan a un segundo plano una trama quizás no muy original pero ciertamente entretenida. Aunque es difícil que iguale en alabanzas a las cosechadas por su trilogía anterior, la gran baza de Los enamoramientos es que resulta más accesible, y no porque sea simple, sino por la genialidad de Marías a la hora de poner sobre el papel lo que él denomina “pensamiento literario”, esa manera tan suya de pensar literariamente sobre cualquier cosa. Seguro que muchos lectores que se vieron superados por su personal Negra espalda del tiempo o por la descomunal Tu rostro mañana disfrutarán reencontrándose con esa prosa tan genuina.

Los enamoramientos
Javier Marías
Editorial Alfaguara
408 páginas
19,50 euros          

domingo, 29 de mayo de 2011

El mundo de ayer



Un inciso: la editorial Seix Barral organizó un encuentro con Muñoz Molina en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes de Madrid. El escenario venía al pelo, pues la sobrecogedora historia de amor que vertebra La noche de los tiempos tiene su punto de partida en ese preciso lugar en un remoto día de 1935, cuando ya la radicalización de los discursos dejan entrever que la Segunda República tiene los pies de barro.

Esa noche de noviembre, Muñoz Molina, en vez de “vender”  su libro (para eso la editorial le había llevado allí), se pasó más de una hora agradeciendo a aquellos que le habían inspirado las casi mil páginas de su novelón. Lo que contó con desenfado el autor, una retahíla de anécdotas chisposas y experiencias que ocuparon su vida en los últimos tres años, un tiempo en el que buceó con obstinación, de forma obsesiva, por novelas, libros de historia, memorias, cartas y lugares reales (una casa en el centro de Madrid, una playa de Cádiz, un viaje en tren desde Nueva York…), bien valdría otro relato de semejantes proporciones, aunque en esta ocasión en primera persona. Quizá algún día lo aborde.  

Como ya hiciera en Beatus ille, Beltenebros, El jinete polaco o El viento de la luna, Muñoz Molina vuelve a construir su relato alrededor del capítulo más negro de la historia de este país. Sin embargo, no lo hace sobre los rescoldos de la contienda y los odios y humillaciones que llegaron más tarde, sino que adelanta el punto de mira y se centra en sus precedentes, en lo que pasa en España en los meses inmediatamente anteriores a la sublevación del 17 de julio.

Un idilio, un adulterio, el que mantienen un arquitecto de origen humilde pero venido a más y una joven americana con veleidades artísticas de paso por España, es el pilar sobre el que se sostiene La noche de los tiempos. Desde los quiebros de ese amor (y no al revés) es desde donde Muñoz Molina va componiendo el retrato de una época convulsa, donde los fanatismos, de derechas y de izquierdas, van sobreponiéndose al discurso individualista, moderado y pragmático del protagonista o de su mentor, Juan Negrín, que también aparece en la novela. La tragedia del exilio y los sentimientos, de desarraigo, de culpa pero también de liberación, a los que dio lugar en tantos y tantos que tuvieron la suerte o la desgracia de emprenderlo, también ocupan muchas páginas del libro. 

Como es marca de la casa, Muñoz Molina, que está en posesión de un magistral dominio del tiempo novelístico, ha escrito un libro a ratos reposado, prodigiosamente adjetivado y de frases interminables. En La noche de los tiempos lleva al extremo su obsesión por el detalle, no sólo psicológico, sino físico. El autor practica un puntillismo literario que le permite dar cuenta de hasta la última mota de polvo que se columpia por la escena. Es una labor de entomólogo que irritará a más de un lector, pero que hará las delicias de los que han venido disfrutando hasta ahora con sus novelas.  


La noche de los tiempos
Antonio Muñoz Molina
Editorial Seix Barral
24,90 euros
958 páginas     





domingo, 22 de mayo de 2011

No fuimos tan diferentes



Julián Casanova, catedrático de historia contemporánea en la Universidad de Zaragoza, y Carlos Gil Andrés, profesor de secundaria, han escrito un estupendo manual para los que deseen entender la complejidad de este país. Sin farragosas notas a pie de página (para los que deseen profundizar, el volumen se acompaña de un útil índice de nombres y una completa bibliografía al final) y con un estilo muy directo y sintético, Casanova y Gil Andrés dan cuenta de los hitos que jalonan la historia política (y no tanto económica, social o cultural) de este país desde “el desastre del 98” al último gobierno de José María Aznar.

Para los autores, la historia de España del siglo XX, pese a las mistificaciones e idealizaciones que ha sufrido, y que han llevado a muchos a propagar la idea de que vivimos en un país diferente, anormal, abocado a la miseria y a la confrontación permanente, ha tenido muchos paralelismos con el devenir de los países más avanzados. España, como no podía ser de otro modo, vivió zarandeada, en el primer tercio de la centuria, por la fuerza del comunismo y de los demás movimientos revolucionarios, y por la dura contestación de los fascismos.

La transición a la democracia, además, volvió a poner a este país a mediados de los setenta, junto con Portugal y Grecia, en la senda de los vecinos europeos del norte, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial habían experimentado de forma satisfactoria con un sistema donde capitalismo y parlamentarismo representativo convivían sin demasiadas fricciones. Sólo la dictadura de Franco, su excesiva duración y la expeditiva represión a la que dio lugar, han hecho peculiar la historia de este país en el ámbito occidental.

Casanova y Gil Andrés, ponen el acento en este punto cuando aseguran que “la dictadura de Franco fue la única en Europa que emergió de una guerra civil, estableció un estado represivo sobre las cenizas de esa guerra, persiguió sin respiro a sus oponentes y administró un cruel y amargo castigo a los vencidos hasta el final. Hubo otras dictaduras, fascistas o no, pero ninguna salió de una guerra civil. Y hubo otras guerras civiles, pero ninguna resultó de un golpe de Estado y ninguna provocó una salida reaccionaria tan violenta y duradera”.

Aunque esta Historia de España en el siglo XX se lee como una novela (hay que agradecer a los autores el esfuerzo de concisión y la capacidad de exponer toda la complejidad de los hechos sin recurrir a argumentaciones de especialista), no rehúye el debate historiográfico. Casanova y Gil Andrés completan el relato de los hechos con las aportaciones de los historiadores que en los últimos años han abordado, por ejemplo, la cuestión de hasta qué punto la dictadura de Primo de Rivera fue un campo de cultivo del fascismo que iba a venir a continuación y una liquidación del esquema político de la Restauración, y no un mero “paréntesis” de emergencia.

En líneas generales, y pese ese largo lapso de terror que supuso la dictadura franquista, los autores coinciden en señalar que la España opulenta y moderna del año 2000 no tiene nada que ver con aquella rural, pobre y analfabeta de 1900. Sin embargo, no todo está hecho. Aunque la Transición puso en su sitio al Ejército, un origen de conflicto permanente, problemas como el del terrorismo separatista y el desacuerdo en torno al funcionamiento del estado autonómico son cuestiones heredadas sin solución aparente.

Por último, los autores se mojan cuando explican, en las líneas finales del libro, que los debates en torno a la reparación jurídica y moral de las víctimas de la guerra y la dictadura no ponen en entredicho lo logrado ni la convivencia. Más bien al contrario, son “una prueba de madurez de una sociedad democrática que decide enfrentarse sin miedo a los fantasmas de su pasado”.    
  

Historia de España en el siglo XX
Julián Casanova y Carlos Gil Andrés
Editorial Ariel
Barcelona, 2009
29 euros
415 páginas

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cristino de Vera: en el límite



En un mundo donde el arte se cocina en restaurantes con estrellas Michelín o en las lujosas pasarelas de la moda internacional, la figura de Cristino de Vera (1931) no puede pasar desapercibida, a pesar de que llega desde una región lejana y desatendida. Uno está acostumbrado a que, vaya donde vaya, siempre se va a encontrar con alguien dispuesto a venderle humo, alguien que dice más que hace o que habla más que piensa. Es el vocerío ambiental, estimulado por los medios de comunicación y los intereses del dinero.

La vida y obra del pintor Cristino de Vera nos proponen un feliz contrapunto a tanto simulacro y tanta insensatez indiscutida. “No será el silencio total la mayor armonía?”, se preguntaba hace unos meses, en una noche inesperadamente gélida, ante un reducido grupo de seguidores en el Espacio Canarias de Madrid. El paso del tiempo, el dolor, la muerte, el misterio… Son los temas de su vida y sus cuadros, siempre abordados con una austeridad que no transige y desde un terreno fronterizo, más allá de las modas y los focos.  No en vano, la obra de Cristino, de cocción lenta y fruto de una misma mirada impenitente traída de sus viajes por Oriente, siempre ha buscado más los espacios silenciosos de las iglesias que el brillo metálico de las galerías de arte.

Ese ser angustiado que desde niño vivió subyugado por la conciencia de la muerte es el que, con trazo fino, ha ido hilando una obra que desnuda el tiempo y la vida y los proyecta sobre el infinito. Una vela encendida que se yergue como un ciprés, un cráneo de perfectas curvaturas, una lápida en un cementerio desierto. Son los elementos, sencillos y humildes, que sirven a este místico (¿cristiano? ¿oriental?) para enfrentarnos al misterio que es vivir. A veces su pintura, siguiendo la estela de Mark Rothko, se construye yuxtaponiendo planos de color. Otras nos recuerda la sobriedad escénica de Zurbarán.

Como él reconocía en el largo y divertido monólogo del Espacio Canarias de Madrid, desde niño fue un aprensivo. Le costó participar en la alegría de correr y saltar de los demás niños en aquel Tenerife de la inmediata posguerra. La reclusión en un manicomio de dos tíos le llevaron inevitablemente a la melancolía. Sin embargo, esa angustia –“vamos muriendo poco a poco”-, la conciencia del dolor y la incertidumbre –“vivir es un misterio, ¿ha sabido uno vivir?”- son los engranajes de una incontestable lucidez: “En el laberinto circular de la existencia todos acabamos siendo invisibles”.

Cristino, que en Madrid, en una noche gélida de marzo, cogió carrerilla y habló de Bergman, de Malraux, de Weil, de Valente, de Groucho Marx…, niega esa idea moderna del progreso ético en el hombre y sugiere, en cambio, enseñar a nuestros hijos el sentido del límite, “hacer pedagogía de nuestra finitud”. Porque somos necesariamente pequeños y estamos condenados a repetir nuestros errores. Su pintura, como hizo Dreyer en La palabra, materializa la muerte y le quita ese halo de punto sin retorno. “La muerte es una cosa preciosa; no entiendo por qué nos aterra”. La palabra y la obra de Cristino, en un mundo abotargado por lo efímero, es una luz necesaria. En fin, un valioso contrapunto, humilde y sincero, en un mundo que se ahoga en ruido.



Al silencio, Cristino de Vera
Director: Miguel G. Morales
Año de producción: 2005
Duración: 50 minutos 

lunes, 16 de mayo de 2011

La izquierda tantos años después



Aunque se ha insistido mucho en que este librito supone el testamento político de Tony Judt, historiador británico autor del monumental y aclamado Postguerra, su sustrato es más moral que otra cosa. Efectivamente, Judt parte del hecho de que la izquierda se ha quedado sin discurso y que no ha sabido en los últimos 20 años atajar la ola neoliberal que trajeron Thatcher y Reagan y, más recientemente, ha sido incapaz de dar una respuesta apropiada a la crisis económica en la que todavía estamos inmersos, y todo a pesar de que, paradójicamente, son los estados los que están saliendo al rescate del sistema capitalista.

Y eso ha sido así porque la izquierda se ha quedado sin margen para operar y ha preferido centrarse en “preocupaciones más autorreferentes” –así las denomina el autor-, como el feminismo, los derechos de los gays y la política de identidad, evitando cuestiones clave como la igualdad o la defensa de lo público. Pero no queda ahí la cosa, Judt cree que la conversación pública debe recuperar cierta enjundia moral. “Los seres humanos necesitamos un lenguaje en el que expresar nuestros instintos morales”, señala al hablar del fabuloso poder de atracción de Juan Pablo II. No es gratuito que el historiador, izquierdista convencido, dialogue en el libro con Keynes o Orwell, pero también con liberales de primera hornada y de profundas convicciones como Adam Smith o Stuart Mill, e incluso con Hayek.

“La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”. La cita rescatada por Judt es de Mill. “Incluso si admitimos que la vida no tiene otro fin superior, es necesario que adscribamos a nuestros actos un sentido que los trascienda”, asegura en otra parte. Además de aportar un sentido colectivo y ético, la izquierda debe también ampliar sus miras desde un punto de vista geográfico. “Hay algo profundamente incoherente en una política radical que descansa en aspiraciones de igualdad o justicia social y que es sorda a desafíos éticos más amplios y a los ideales humanitarios”. Orwell vuelve a rondar.

Judt encuentra, paradójicamente, el germen de la ofensiva neoliberal en los movimientos juveniles de los 60, que al tiempo que se declaraban entusiastas de la revolución cultural de Mao Zedong y las colectivizaciones en el tercer mundo, buscaban con ahínco su propia individualidad. Por decirlo con palabras de Judt, el narcisismo de los 60 puso en bandeja una revolución conservadora que acabó con el consenso de la posguerra en Occidente. Un consenso que coincidió con una etapa de prosperidad económica que quizá no se repita pero que a la vez nunca discutió el papel del Estado como garante de la igualdad.  

Por lo demás, el libro, que fue dictado por un Tony Judt ya postrado por la enfermedad que acabaría con su vida, destaca por su capacidad de síntesis. Aunque estamos ante un manifiesto a favor de las esencias de la izquierda y, sobre todo, de lo público frente al capitalismo desregulado que nos ha llevado al borde del abismo, y eso se nota en el lenguaje directo del autor, al libro no le falta perspectiva (histórica). Judt se vale de su portentosa formación académica para poner al habla el pasado con el presente de Europa y Estados Unidos y suscitar así el debate en las jóvenes generaciones acerca de qué sociedad queremos.


Algo va mal
Tony Judt
Editorial Taurus, 2010
220 páginas

domingo, 15 de mayo de 2011

Coetzee visto por los demás


J. M. Coetzee da un giro de tuerca en Verano, la tercera parte de una autobiografía que comenzó hace unos años con Infancia (1998) y siguió con Juventud (2002). En Verano, un libro en el que encontramos a un Coetzee justo a las puertas de la madurez, el escritor tiene la audacia literaria de quitarse de en medio y dejar que sean cinco personas allegadas (entre ellas una ex amante, una prima a la que atrajo durante una época y una bailarina brasileña que le sedujo) las que vayan trazando su perfil sentimental.

El autor sólo aparece con “voz propia” en unas notas que abren y cierran el volumen, y, entremedias, es su biógrafo el que va indagando y buscando confesiones.  Más que un libro acabado, Verano es, en realidad, un proyecto de libro que no vemos terminado. Coetzee nos abre su taller y nos deja tocar las herramientas con las que fabrica su literatura. En ese sentido, estamos ante una propuesta bastante innovadora.

La literatura de Coetzee, como es marca de la casa, es amarga. El juicio al que se somete a sí mismo en Verano es severo. En muchas ocasiones es un ajuste de cuentas amoroso o emocional, pero en otras los juicios personales se entreveran con los literarios y sirven a Coetzee para poner también en tela de juicio su aclamada obra. Sin ir más allá, así se expresa Sophie, que coincidió, al menos en esta ficción, con Coetzee en su etapa de profesor universitario en Ciudad del Cabo: “Después de Desgracia perdí el interés. En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión. Eso es todo”.

Efectivamente, la imagen que transmite Coetzee de su sí mismo es fría y desapasionada, y contrasta con el relato ardoroso de algunas de las mujeres que tienen voz en el relato. El pulcro y contenido Coetzee nos regala varios retratos de mujer madura que huelen a verdad. Y lo hace verbalizando la rabia o la frustración que produjo su acercamiento a ellas. En fin, Verano es literatura sin complacencias. Un fogonazo de verdad.

Verano
J. M. Coetzee
Editorial Mondadori
255 páginas
18,90 euros

Héroes del día a día



Celia Almorox

Las novelas de cuatro autoras españolas llevan semanas en la lista de libros más vendidos. Mientras que María Dueñas, Julia Navarro y Almudena Grandes firman proyectos muy ambiciosos, tanto por volumen como por la madeja de personajes e historias narradas, Elvira Lindo triunfa con un texto más personal y fácil de confundir con sus propias memorias, al servirse de su peripecia la vida como primera materia prima.

No obstante, ella misma ha repetido durante la gira promocional que Lo que me queda por vivir es ficción y que la protagonista no es ella, aunque sus voces se parezcan mucho. Todo el peso del texto recae en Antonia, una mujer separada y a cargo de un niño de cuatro años en el Madrid de los años ochenta. Nada de heroínas que ayuden a los servicios de inteligencia británicos o recorran medio mundo luchando contra el fascismo.

Estamos ante una historia sencilla y fundamentalmente evocadora, plagada de saltos en el tiempo que unas veces sirven para describir a esa joven de provincias que llega a la capital cargada “con sueños calcados de otros sueños”, y otros para descorrer la cortina que permite adentrarnos en una relación de pareja con sus buenos y malos momentos (“sería injusto no admitir que hubo algún momento por el que todo mereció la pena…”).

La intimidad es tal que resulta complicado no empatizar con un personaje que nos habla fundamentalmente en primera persona; animarle cuando las cosas no van bien o sonreír cuando toca. De todos modos, no estamos ante la Elvira Lindo del “dominical” o de Manolito Gafotas. El tono es otro y hay poco margen para la hilaridad. Quizás el personaje que nos devuelve a la Lindo más conocida es el padre “narcisista” de la protagonista, que, aunque lejos de la caricatura, resulta un tanto cómico.

El resto están más contenidos, desde ese hijo que impregna todas las páginas hasta las figuras femeninas (madre, tía o hermana) que son retratadas con sumo cariño. En definitiva, un texto intimista y evocador que nos traslada, mediante el retrato cercano de la heroína, a un pasado no tan lejano, en el que es fácil que el lector pueda verse retratado.  


Lo que me queda por vivir
Elvira Lindo
Seix Barral
270 páginas
18 euros

El Holocausto desde el Hudson



La superación literaria del genocidio nazi ha dado muchas variantes: desde los relatos casi notariales, pero a la vez desgarradores, de Primo Levi o Imre Kertész, a la recreación “más literaria” de la barbarie de Jorge Semprún, pasando por el enfoque filosófico de Jean Améry. Edgar Hilsenrath (Alemania 1926) aborda el cataclismo con una receta propia que se ve a las claras en este Fuck America, que ha tardado 30 años en ser traducido al castellano.

Aquí la necesaria distancia para comprender los efectos de la barbarie en la generación de europeos a la que pertenece Hilsenrath, la que sufrió en su más tierna infancia el exterminio, se consigue con un relato burlesco, irónico y exagerado. Es el humor como antídoto a la tragedia. Jacob Bronsky, alter ego de Hilsenrath, ha visto cómo su vida feliz dentro de una acomodada familia de comerciantes judíos saltaba por los aires con el ascenso de Hitler.

Después de haber pasado por el gueto rumano de Czernowitz y haberse salvado por los pelos de la persecución nazi, ha vagado por media Europa ganándose la vida en empleos de mala muerte. El destino, sin embargo, le lleva a Nueva York, donde se codeará con vagabundos, putas y chulos en bares sórdidos abiertos toda la noche. Este es el mundo de desheredados, muchas veces europeos que también han sido víctimas del Holocausto, que retrata Hilsenrath con un estilo muchas veces delirante.

Bronsky sólo se redime gracias a la literatura: trabaja de día donde puede y escribe de noche los capítulos de un libro que lleva el provocador título de El pajillero. Al tiempo que el autor despliega una escritura sardónica y procaz  para dar cuenta de las andanzas del protagonista entre el lumpen neoyorquino – onanista confeso, Brodsky fantasea con el culo de la secretaria de su futuro editor-, también va perfilando su desamparo y la nostalgia de una vida que pudo ser plena en otra parte y de otra forma.

Hilsenrath, que siempre escribió en alemán y que volvió a Berlín en 1975, ofrece un relato rabelesiano que casi siempre provocará una carcajada, pero que al final dejará un amargo sabor de boca. “He habitado en seis millones de cuerpos, habité en ellos hasta que se borraron sus nombres”, confesará Brodsky. La tragedia que aborda no merece menos.

Fuck America
Edgar Hilsenrath
Traducción de Iván de los Ríos
Errata Naturae
264 páginas
19,90 euros

Vargas Llosa en la frontera



No es una de las novelas más memorables de Mario Vargas Llosa, a pesar de que el autor vuelve a mostrar un oficio incuestionable que el Premio Nobel no ha hecho más que confirmar. El sueño del celta, en la línea de otros trabajos suyos en los que indaga sobre las circunstancias que rodearon a un personaje histórico (La fiesta del chivo o El Paraíso en la otra esquina), sitúa en el centro de la escena a un ser contradictorio y fronterizo.

Aquí la escritura de Vargas Llosa nos acerca a Roger Casement, irlandés de origen, pero que trabajó muchos años para el Gobierno británico, y que pasó a la historia por su denuncia, en los albores del siglo XX, de las tropelías del colonialismo europeo. Primero en el Congo Belga, donde el Gobierno de Leopoldo II esclavizó a los nativos empleados en la extracción del caucho; y luego en el Putumayo peruano, donde los indígenas empleados por las compañías de la metrópoli sufrían una opresión incluso más salvaje.

Vargas Llosa llega a Casement por la literatura. El aventurero es el que inspira a su adorado Conrad en el Corazón de las tinieblas, un texto algo críptico, pero inquietante, que sirvió a su autor para descender a los límites de barbarie e ilustrar el reverso del sueño ilustrado europeo. Pero este Vargas Llosa no tiene la fuerza literaria que muestra en otras novelas del estilo, como La fiesta del chivo, con su retrato maestro del despiadado dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. El relato de la peripecia de Casement, un ser instalado en la frontera física, pero también emocional e incluso política, es demasiado notarial.

Se nota demasiado en la escritura del flamante Nobel de Literatura el lastre de la ingente labor de  documentación que hizo el autor en los últimos años en los lugares por los que pasó un siglo antes el protagonista: Londres, Irlanda o el mismo Congo. En ocasiones logra Vargas Llosa transmitir la zozobra que atenaza a un personaje que se enfrenta a la cara más oprobiosa de la colonización y que tiene que reprimir su homosexualidad en una sociedad que no está preparada para ella. Pero no es la regla. Hablando al final de libro de los diarios (Black Diaries) de Casement, sobre los que planea la duda de si fueron escritos verdaderamente por él o fueron falsificados por los servicios secretos británicos para estigmatizar a su autor por sus tendencias sexuales, Vargas Llosa dice que “es imposible llegar a conocer de manera definitiva a un ser humano, totalidad que se escurre siempre de todas las redes teóricas y racionales que tratan de capturarla”.

Lo cierto es que el relato, por su tibieza y por sus aspiraciones de crónica histórica total (las páginas de El sueño del celta están trufadas de cientos de nombres de personas, partidos políticos, compañías y organizaciones), no logra reconciliarnos del todo con ese personaje sanguíneo, contradictorio y  finalmente desamparado. Ciertamente Casement tiene atractivo, pero no logramos meternos en su pellejo, sentir como nuestro el vértigo que lo atenaza ante la barbarie institucionalizada que es norma en los territorios de ultramar. En definitiva, no llegamos a mirar con sus ojos al monstruo que la selva o la avaricia han propiciado en los confines del mundo.

Lo que sí logra, sin embargo, Vargas Llosa es poner a la vista los resortes del poder en una Europa que se prepara para la Primera Guerra Mundial, y cómo la civilización y la justicia se desvirtúan en los territorios de las colonias. Técnicamente no estamos ante una novela de grandes alardes. No está la polifonía de La fiesta del chivo ni la experimentación de Conversación en La Catedral.

Se contraponen capítulos de tempo reposado en los que un Casement condenado a muerte y recluido en una cárcel de Londres reflexiona y dialoga (con su carcelero, con un sacerdote) sobre su vida y busca el amparo de la religión, con otros de ritmo vertiginoso donde el narrador omnisciente da cuenta de sus aventuras diplomáticas (y sexuales) en África y Perú, y de su conversión última al nacionalismo irlandés menos complaciente, el que le lleva a buscar, con la colaboración de los alemanes, el levantamiento en armas del pueblo de Eire contra la dominación británica. En fin, estamos ante una novela menor de Vargas Llosa, pero en cualquier caso interesante.    



El sueño del celta
Mario Vargas Llosa
Editorial Alfaguara
Madrid, 2010
454 páginas
22 euros