lunes, 8 de febrero de 2016

La enmienda al pasado de Miguel-Antxo Murado



A propósito de la lectura de
'La invención del pasado', de Miguel-Antxo Murado


Una escena. En Misión Imposible 2, nada más empezar la película Tom Cruise llega a una Sevilla un tanto siniestra y oscura, donde hay gente bailando en la calle y quemando cosas, y donde la Semana Santa se mezcla con las Fallas valencianas. Puro (y habitual) kitsch hollywoodiense, pero que a uno, quizá por la familiaridad con el escenario, no deja de producirle vergüenza ajena.

Otra escena. Durante el rodaje de El Cid, de Anthony Mann, en 1960, vemos cómo un joven y guapo Charlton Heston, que encarna a Rodrígo Díaz de Vivar, le tiende una espada a un anciano de aspecto venerable que la mira cortésmente. Se supone que es una réplica exacta de la tizona que blandió el héroe castellano. El anciano es Ramón Menéndez Pidal, patriarca de la historia y la filología española de buena parte del siglo XX.

El periodista y escritor gallego Miguel-Antxo Murado publicó hace un par de años un libro interesante, La invención del pasado, que se puede encontrar sin problemas en librerías y que muestra hasta qué punto la Historia de España y, por extensión, las historias oficiales de muchos países, son en una parte sustancial una mera invención, un pastiche de datos y elementos ciertos, menos ciertos, dudosos y claramente falsos, tendente a explicar y legitimar una cierta visión del presente, y no tanto a acercarnos de forma cabal al pasado.

El libro de Murado es una enmienda a la totalidad del relato histórico vigente, y en sus algo más de 200 páginas el autor se encarga de desentrañar los intereses que lo han hecho posible. Murado nos recuerda que una gran parte de la historia de este país y de las narraciones que la jalonan data del siglo XIX, un periodo que coincide con el auge de los nacionalismos y la necesidad de los estados-nación europeos de contar con un relato compartido (y admirado) por todos sus compatriotas.

Murado sigue la pista de los cuatro o cinco historiadores que en España se han encargado de construir ese relato nacional, una línea que va del Padre Mariana a Menéndez Pidal, pasando por romántico Modesto Lafuente. La literatura y sobre todo la épica se mezclan más de la cuenta en los relatos de la Historia de España con las fuentes originales y los datos contrastados por la historiografía más rigurosa para dar fuerza a unas narraciones que sospechosamente se repiten una y otra vez, y que insistentemente mezclan héroes arquetípicos, invasiones de extranjeros y restauraciones del orden. Armazones argumentales que aparecen aquí y allá, y donde casi lo único que varían son los nombres de los protagonistas y los detalles secundarios. Puro Hollywood, nos viene a decir Murado.

Murado pone en cuestión casi todo en La invención del pasado. La victoria de Pelayo ante los moros es la fábula de un monje que mezcla vidas de santos y escenas bíblicas. La batalla de las Navas de Tolosa está sobrevalorada, como la unión de Isabel y Fernando (“tanto monta, monta tanto…”), en la que siempre se ha querido ver el embrión del actual estado español. La “tormenta milagrosa” que acabó con la Armada invencible en las costas británicas no fue tal. La insistencia de Sánchez Albornoz de emparentarnos con los visigodos, y, por extensión, con la pureza de raza alemana, es una perversión interesada de su tiempo. También nos recordará Murado que Menéndez Pidal modificó el Cantar del Mío Cid para hacerlo parecer más antiguo y auténtico, al objeto de convertir al protagonista del poema en el héroe fundacional al que una gran nación europea no puede renunciar. Y así ad nauseam.

Además, estas perversiones, que se han incrustado en el saber popular, luego han encontrado eco en las obras hasta nuestros días de pintores, escritores o cineastas. Artistas que, lejos de cuestionar el viciado relato original, han ahondado en el mito, muchas veces por estar al servicio de los poderes públicos interesados en mantener ese relato y otras por el deseo de conectar con una audiencia amplia.

La rendición de Breda, de Velázquez, es realismo engañoso. Ni las lanzas que dominan el cuadro se usaban por la época, ni hubo siquiera batalla y rendición donde se nos cuenta. Murado también se detiene en la imagen de héroe sabio y a contracorriente que hemos heredado de Cristóbal Colón, y que todavía pudimos ver en las películas que con dinero público se hicieron con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América. También duda de esa imagen que nos ha llegado de Goya como “periodista gráfico” de su tiempo, o del relato de pasión y fervor revolucionario que aborda Garci en la superproducción “Sangre de mayo” para conmemorar el segundo centenario de unos de los tantos levantamientos que hubo en Madrid contra las tropas francesas. O de la que da Vicente Aranda de la reina Juana la Loca en 2001, a la que presenta en su película como una celosa patológica.


En fin, supongo que muchas de las tesis del libro de Miguel-Anxo Murado son discutibles, pero su lectura es recomendable y supone una sana inyección de escepticismo. Murado demuestra que gran parte de ese relato histórico generalmente aceptado, que nos ha llegado en muchos casos por libros de texto, por el trabajo de algún especialista o por obras artísticas muy reconocidas, es pura leyenda urbana. Definitivamente, después de leer La invención del pasado, contemplar un cuadro en un museo, escuchar un relato fundacional o ver una película "histórica" ya no será lo mismo. 



lunes, 25 de enero de 2016

La charlas TED, ahora en libro



Se puede decir que en España tenemos un déficit grande de elocuencia. Uno oye a un aspirante a presidente de Gobierno en este país y tiende al bostezo. Lo mismo cabe decir de los empresarios cuando salen en televisión o tienen que dar una charla sobre los planes de futuro de su compañía o sobre la justicia en el mundo. Muchos líderes locales no despegan los ojos del papel en que sus asesores han plasmado unas ideas que muchas veces no van más allá de cuatro lugares comunes. Creo que a la élite local le falta poder de seducción, lo que probablemente esté detrás de algunos de los problemas que tiene el país.

En esto, como en otras muchas cosas, los anglosajones nos ganan por goleada. En Estados Unidos, sobre todo, el storytelling y la charla seductora se empieza a cultivar casi desde el parvulario, y eso se nota en los discursos de políticos y hombres de negocios, muchas veces deudores de una ficción asumida por todos. Y si no me creen, comparen los discursos de Rajoy con los de Obama. 

En vivo y en directivo he podido comprobar el poder de seducción que desplegaban políticos tan distintos como Arnold Schwarzenegger o Rudolph Giuliani ante auditorios poco cómplices que al final acababan volcados y riendo a mandíbula batiente con esos dos dirigentes con dotes de showman. Si nos vamos al mundo de los negocio, tampoco aguantamos la comparación. Y si no, enfrenten a Aliertas y Botines con personajes como Steve Jobs, Richard Branson o Steve Ballmer (el de “developers, developers, developers...”).

Una muestra de los poderes de esa elocuencia anglosajona se puede encontrar en la página web de TED, una organización sin ánimo de lucro creada en 1984 con la intención de difundir las mejores ideas de las mejores cabezas pensantes del planeta. En TED.com hay colgados monólogos –que nunca duran más de 18 minutos- de 1.800 personalidades destacadas del mundo de la tecnología, los negocios, la política, los derechos humanos, el periodismo, las artes, la ciencia o el diseño que han hablado prácticamente de todo, y de una manera rigurosa, pero también persuasiva, entretenida y asequible a cualquiera con un mínimo de curiosidad intelectual. Bill Gates, Edward Snowden, Stephen Hawking o Bill Clinton han pasado por TED.  

La novedad ahora es que, desde finales del año pasado, Ediciones Urano está publicando una colección de libritos donde varios de los speakers de TED desarrollan su charla, aunque sin perder la capacidad de síntesis, pues los títulos están pensados para ser leídos de una sentada. Así, casi de una sentada, me leí El arte de la quietud, del periodista de viajes estadounidense Pico Iyer, que nos habla de una de las grandes paradojas de la vida moderna: la necesidad de parar y prestar atención a nuestros sentidos en un mundo donde cada vez estamos más atareados, recibimos más información, viajamos más y también tenemos la sensación de trabajar más.



Pico Iyer nos explica por qué el viaje más fascinante puede ser el de no ir a ninguna parte, recuperando el famoso pensamiento de Pascal: "Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Además de Pascal, por las páginas del librito de Iyer pasan algunos de los que han encontrado la verdadera riqueza en el autoconocimiento que promete la quietud, como Marcel Proust, Emily Dickinson, Leonard Cohen o Phillipe Starck.   

En fin, que promete la colección de Urano con varias de las mejores charlas que se pueden encontrar en la estimulante página de web de TED. Hace poco apareció Las matemáticas del amor, donde la científica británica Hanna Fry intenta demostrar que dar con nuestra media naranja tiene que ver con los números. Recientemente también Urano ha publicado una librito de Marc Kushner donde nos propone un viaje por cien edificios de todo el mundo con el fin de que luego seamos capaces de exigir una arquitectura en nuestras ciudades que mejore nuestro bienestar y nuestra salud.


Y para los próximos meses están previstos títulos tan sugerentes como ¿Por qué trabajamos? En busca de sentido, del psicólogo Barry Schwartz; ¿Cómo viviremos en Marte?, del divulgador tecnológico Stephen Petranek: El futuro de las grandes ideas. En busca del próximo Jefferson, Darwin o Marx, de David Rothkopf, editor de la revista Foreign Policy; o Desde tu intestino. La gran influencia de los diminutos microbios, de Rob Knight, profesor de la Universidad de la California. En fin, unas buenas pildoritas de divulgación, elocuencia y entretenimiento con el sello TED.


martes, 19 de enero de 2016

Lecciones de Borgen



Ando estos días seducido por la actriz Sidse Babett Knudsen, que interpreta a la primera ministra danesa Birgitte Nyborg en la serie Borgen. Y también por las muchas cosas que pasan a su alrededor: en el palacio de Christiansborg, donde se cuece gran parte de la vida pública del país nórdico, y en las redacciones de los periódicos y televisiones de Copenhagen que siguen al minuto los avatares de la mandataria y de su gobierno.   
Borgen –en realidad apodo del palacio que acoge a la oficina del primer ministro,  y la sede del Parlamento- no es una serie audaz en cuanto a las formas, ni tampoco de tramas excesivamente complejas. Además, sus creadores no han renunciado a ciertos clichés, algo que no verán con simpatía los puristas y amantes del riesgo audiovisual, siempre tan difíciles de satisfacer, pero sí el resto de la audiencia.  
Sin embargo, esta radiografía más o menos asumible de la vida política de Dinamarca, y, por extensión, de cualquier democracia moderna y mediática, se ve con creciente interés. Birgitte Nyborg, líder del centrista partido Moderado, sintoniza, por ideales y coraje político, con el demócrata Josiah Bartlet (Martin Sheen) de El ala oeste de la Casa Blanca. Pero Borgen da una visión más desencantada de la política y nos muestra hasta qué punto el poder puede aniquilar a aquellos que lo detentan y pasar por encima de ideas, adhesiones aparentemente inquebrantables y afectos familiares.

En este punto, la brillante serie danesa está más en la línea de House of cards (¡el tema musical de entrada es sospechosamente muy parecido!). Es verdad que Nyborg -por lo que dicen, personaje inspirado en la comisaria europea Margrethe Vestager- es bambi comparada con el retorcido Frank Underwood que interpreta Kevin Spacey en la serie estadounidense, pero a través de la peripecia de ambos conocemos los tejemanejes y continuas traiciones que forjan la política de un país, inaceptables para un ciudadano corriente, pero perfectamente verosímiles, como recordaba en una entrevista el que fuera corresponsal de TVE en Washington, Lorenzo Milá.

Y es que después de Borgen, nadie verá igual una rueda de prensa desde La Moncloa, un debate televisado o una comparecencia en el Congreso del presidente o del líder de la oposición. Si uno sospechaba que la política es sobre todo representación y muchas veces juego sucio, aquí tiene la triste constatación.
Pero para mí lo más interesante de Borgen llega cuando se comparan los usos y costumbres políticos (y sociales) de la modélica Dinamarca con los que tenemos en España. Borgen, que para la mayoría de los daneses refleja fielmente el sistema político de su país, aporta unas cuantas enseñanzas que no conviene olvidar en el nuestro, sobre todo en un periodo tan incierto como el que se ha abierto desde las pasadas elecciones en Cataluña y las Generales del 20D. Aquí van unas cuantas que se me ocurren:
-Un gobierno de coalición no es el fin del mundo. Llegar a pactos es tan legítimo y respetable como gobernar con mayoría absoluta. La primera ministra Nyborg, del centrista partido Moderado -Cuidadanos es lo que más se le puede parecer por estas latitudes- se pasa todo el tiempo buscando apoyos para consolidar su frágil gobierno de coalición, donde se integran ministros de tres o cuatro partidos, a veces con puntos de vista muy divergentes. El asunto es fiel reflejo de lo que pasa en Dinamarca desde tiempo inmemorial. De hecho, la última mayoría absoluta por allí se consiguió hace más de un siglo (en 1901).

No por pactar con señores de distinto signo uno tiene necesariamente que renunciar a sus ideas para mejorar el país. Nyborg -liberal en lo económico, pero también ferviente defensora del estado del bienestar- lo recuerda una y otra vez. Sólo hay que asumir que se pondrán en marcha de forma parcial o no tan inmediata. La política es este caso negociación y deseo de consenso. No hay otra cuando los electores andan tan divididos. Es lo que pasa en casi todos los países europeos y convendría que lo tuvieran en cuenta nuestros políticos, que por primera vez se enfrentan a aritméticas complejas.  

-No existe el plasma. Ni se contempla siquiera. Lo de no aparecer en una rueda de prensa, en un debate o en un telediario dando explicaciones sobre la polémica del día no le cabe en la cabeza a la primera ministra danesa, o al resto de políticos que hacen pasillos en Borgen. En Dinamarca, acudir a la televisión a afrontar un debate a pecho descubierto con los incisivos periodistas de la cadena estatal, pagada por todos los daneses, está en la agenda. Las espantadas de Rajoy -en los debates a cuatro de las últimas elección- o sus salidas del Congreso por la puerta de servicio para evitar a los señores de micro simplemente dejarían estupefactos a Birgitte Nyborg y sus colegas.
-El poder corrompe y hace que los que llegan arriba se aferren a la silla como si les fuera la vida en ello. La en principio pragmática y consecuente Birgitte Nyborg también sucumbirá al efecto corrosivo de la poltrona. Algunas de las frases que abren los 30 capítulos de la serie y dan el tono de lo que va a pasar en los 50 minutos siguientes son bien ilustrativas: “Casi todos podemos soportar la adversidad; pero si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle el poder” (Lincoln); “Cuando se hace daño es menester hacerlo de tal modo que sea imposible la venganza” (Maquiavelo); “Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que ser amado” (Maquiavelo); “La política es la guerra sin efusión de sangre; la guerra es política con efusión de sangre” (Mao Tse-Tung); “Algunos cambian de partido para defender sus principios; otros de principios para defender su partido” (Churchill). De todo esto, por desgracia, sobran ejemplos en España.

-La política es puro cinismo. En Borgen, todos escenifican en público sus diferencias, mientras que, petit comité, de puertas adentro, en las cómodas estancias del palacio de Christiansborg, con un café humeante en la mano, trabajan para llegar a muy calculados acuerdos y mantener así su cuota de poder, a pesar de que eso signifique dar la razón al oponente al que públicamente acaban de desacreditar. Borgen es una verdadera lección de negociación, de cómo se mueven las piezas en el complicado tablero de la política actual, con el poder tan repartido. Birgitte Nyborg se muestra más audaz cuanto más complicada se pone la partida. La primera ministra danesa exhibe siempre un discurso brillante y persuasivo. Cuesta no comprarle la mercancía.

-Paradójicamente, en las modernas democracias mediáticas que se han impuesto aquí y allá, es el periodismo el primer damnificado. El periodismo, un barco de papel en medio de un mar encrespado. Después del palacio de la primera ministro, el segundo escenario de Borgen, y donde se desarrolla buena parte de la intriga de la serie, son precisamente los estudios de la televisión pública danesa. Allí, sus profesionales luchan por dar buena y rigurosa información política. Aunque lo tendrán todo en contra: la puerilidad que imponen los índices de audiencia, unos directivos más pendientes de la hoja de cálculo que de la calidad del producto, el amarillismo de la competencia, las filtraciones interesadas, la escasez de recursos en la redacción por los indefectibles recortes de presupuesto o la excesiva proximidad al poder de los propios medios. Es un fenómeno global y en Borgen está maravillosamente expuesto.  


-No hay manera de conciliar vida profesional y familiar en el mundo de la política. Ni allí -en el modélico estado del bienestar nórdico- ni aquí -donde tanto queda por hacer-. Uno de los grandes conflictos de la serie Borgen reside en este punto. Durante las tres temporadas, Birgitte Nyborg lucha para mantener su matrimonio y la complicidad de sus hijos tras jornadas maratonianas cargadas de reuniones con políticos taimados y ambiciosos, sesiones en el parlamento, viajes al extranjero o lecturas de complejos informes sobre las más variadas cuestiones. Aunque la primera ministra danesa en la ficción se las ingenia para abandonar su despacho temprano y preparar la cena, o también nos la muestran repartiendo los cereales por la mañana a su prole, la verdad es que la conciliación siempre se le pone muy cuesta arriba y le va a traer quebraderos de cabeza y ansiedades múltiples.     
-En Borgen, las reuniones duran poco y son efectivas. Los puntos de vista se exponen con rapidez y contundencia, y los acuerdos y las decisiones se toman pronto. Sé que es una ficción y que muchas veces las cosas son más complejas y requieren más tiempo y detalle, pero tengo la impresión de que en España todo es más prolijo y hay verdadera dificultad para ir al grano y acabar pronto lo que sea. Da gusto ver a la primera ministra Nyborg despachar temas cruciales con sus ministros o con su jefe de gabinete en las caballerizas del palacio de Christiansborg mientras dan un corto paseo para estirar las piernas y coger aire. En Borgen no hay largas y opíparas comidas en restaurantes de lujo. Lo más, un café y un croasán en una mesa de trabajo durante la hora del desayuno. Y luego, a otra cosa mariposa.

martes, 12 de enero de 2016

Peligrosas lecciones desde Florida


A propósito de la lectura de 'Las Lecciones peligrosas', de Alissa Nutting


Mariano Oliveros

En 2004, los medios de comunicación estadounidenses se hicieron eco del caso de Debra Lafave,  una atractiva mujer de veinticuatro años que aprovechó su condición de profesora de inglés de middle school (el equivalente a nuestra ESO) en Temple Terrace (Florida) para seducir y acabar manteniendo relaciones sexuales con un alumno de catorce años. 

La fascinación que sobre la opinión pública ejercen en Estados Unidos los delitos sexuales se vio reforzada por la deslumbrante belleza de la profesora, lo que tiñó el caso de un morbo tal que hasta Owen Lafave, en ese momento marido de la violadora de adolescentes, se atrevió a producir un documental sobre el caso. 

Alissa Nutting, la autora de las Lecciones peligrosas (mucho más explícitamente titulada Tampa en el original, por el lugar donde fue juzgada la profesora), que apareció en la editorial Anagrama, había estudiado en el mismo instituto en el que fue también alumna Debra Lafave y decidió novelar el caso. En esta charla la autora explica muy bien lo que persigue con su novela: dar la vuelta a nuestras obsesiones sobre el poder, el sexo y la violencia, para mostrarnos cómo resulta socialmente aceptable que una mujer sea tan agresiva como un hombre siempre que ello forme parte de su “arsenal” femenino.

Como afirma Alissa Nutting, “si un personaje femenino obedece a la regla social primaria de resultar sexualmente atractiva para los hombres, su comportamiento violento se fetichiza”, es decir, se convierte en uno más de los instrumentos destinados a la excitación masculina, como la mera belleza física o la ropa. 

Y, de hecho, muchas de las escenas de  Las lecciones peligrosas son tan eficaces con el lector, por lo menos en mi caso, como una buena novela erótica. Sin ir más lejos, el libro comienza, directamente, con una escena de masturbación de Celeste, la protagonista, pensando en su primer día como profesora de tiernos jovencitos imberbes, mientras su marido duerme a su lado. Pero la novela es mucho más que eso.

Celeste narra la historia en primera persona y no muestra ningún reparo en describirnos su absoluta dependencia de sus deseos sexuales, su obsesión por no envejecer (lo que le lleva a aplicarse los más caros y sofisticados tratamientos de belleza y cirugía), su dominio de las técnicas de manipulación psicológica para engañar a sus jóvenes víctimas, y su desprecio por el futuro de éstas, por su marido y por sus compañeros de docencia. 

La compulsiva descripción de la persecución de chicos jóvenes que realiza la protagonista es directa, casi brutal, sólo aligerada por los detalles mordaces, como los elogios que reciben las dotes pedagógicas de Celeste por parte de otros profesores, que salpican el relato y que sirven para mostrar la miopía social ante la impostura cuando se disfraza de seductoras formas femeninas.

Cuando el progreso de la trama conduce a las terribles consecuencias que eran esperables desde el principio, te ves forzado a reflexionar sobre la excitación que te produjo la lectura, teniendo en cuenta que siempre quedó claro que la protagonista era un monstruo insensible.

La ironía del caso real de Debra Lafave reside en el hecho de que su abogado consiguió la sustitución de su pena de cárcel por el arresto domiciliario, alegando que su defendida era “demasiado atractiva” para acabar en prisión. Este mismo suceso es recreado en Las lecciones peligrosas desde el terrible punto de vista de la depredadora sexual que es Celeste (que no se arrepiente de nada y vuelve a planear cómo va a satisfacer sus impulsos en el futuro) y sirve para recordarnos que la desigual perspectiva con la que juzgamos a priori a los hombres como violentos y a las mujeres como víctimas no tiene porqué compadecerse con la realidad. 

Una novela, en suma, tremendamente perturbadora, muy bien estructurada y resuelta, y dominada por la gélida, pese a su tórrido envoltorio, narración en primera persona de su ególatra protagonista. La frialdad de Celeste me pareció, de hecho, lo más inverosímil de la novela hasta que escuché en Youtube las explicaciones de la hermosa y manipuladora Debra Lafave y comprendí hasta que punto Alissa Nutting había acertado con las Lecciones peligrosas







jueves, 7 de enero de 2016

La ley del menor, de Ian McEwan




Como en varias de sus últimas novelas (pienso en Sábado o Solar), la protagonista de este libro es una persona con una notable carrera profesional a sus espaldas, sólidamente instalada y hasta cierto punto feliz, pero en conflicto con su inteligencia, sus sentimientos y sus miedos. Fiona Maye, jueza del Tribunal Superior de Justicia de Inglaterra, una mujer que bordea los 60, sin hijos y que durante toda su vida ha trabajado duro para subir en la judicatura, ve como su matrimonio se desmorona. Su marido, Jack,  profesor universitario, le pide educadamente que le deje tener una aventura con una joven, Melanie, a la vista de que el sexo ha desaparecido de la vida conyugal.

Al mismo tiempo –y este es el otro gran conflicto de la novela-, Fiona recibe una solicitud de un hospital donde un joven testigo de Jehová que tiene leucemia está a punto de perder su vida por negarse a recibir una transfusión de sangre, siguiendo sus convicciones religiosas y las de su familia. Antes de decidir sobre el caso, la jueza decide visitar al enfermo, un chaval perspicaz, pero también ingenuo y romántico. De lo que pasa luego no voy a contar más, por aquello de no estropear la lectura y romper la intriga, pero sí diré que tendrá serias consecuencias en la vida de Fiona y en la del joven Adam Henry.

La escritura de Ian McEwan es precisa y sobria, y da cuenta, hasta el mínimo detalle, del paisaje emocional y físico de sus personajes y de los cambios, por microscópicos que sean, que lo van alterando. Frente al desenfreno y a la provocación que destilaron las primeras novelas de McEwan, se puede decir La ley del menor es una obra de estructura bastante clásica y controlada, donde el autor va dosificando los elementos hasta llegar al desenlace, como en una tragedia canónica. Muy premeditadamente el climax de La ley del menor tiene lugar en las tablas de un escenario, a ritmo de la música de Mahler y de los poemas de Yeats.

Ian McEwan recurre al realismo y no duda en detenerse en textos de jurisprudencia o en mil y un detalles sobre los usos y costumbres de ese mundo aparte -y hasta cierto punto sofocante y mezquino- que es la alta judicatura de su país, por aquello –supongo- de hacer más verosímil la historia y asentar profesionalmente a su protagonista. Un material para el que consultó a especialistas en derecho, pero que, no obstante, casi nunca lastra el desarrollo de la trama. 

Pero más allá de este afán documental, creo en el fondo McEwan ha compuesto una alegoría. Una alegoría de la lucha entre razón y fe, o del conflicto entre la moral pública y las convicciones privadas, y de los efectos que tiene en aquellos que, como la jueza Maye, tienen que tomar partido. Y también, en un plano más íntimo, La ley del menor es una metáfora de la lucha entre la realidad y el deseo, entre lo que somos y lo que secretamente anhelamos, y que no nos atrevimos siquiera a decir en voz alta.

Hay ecos del Dublineses de James Joyce en ese final conmovedor de La ley del menor. En esa traca en forma de poemas y cartas adolescentes que quedan sin respuesta, y donde la debilidad se hace carne y un ser desnortado cree encontrar en la dama madura su razón de ser, a pesar de que todo esté en su contra. En fin, no sé si habrá sido una de las novelas del año, como han celebrado algunos, pero sí creo que McEwan vuelve a dejarnos una conmovedora indagación sobre nuestros miedos. Y también sobre los resultados (indeseados) de nuestros actos. Creo que vale la pena su lectura. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

Cuestión de incentivos



A propósito de la lectura de 'Recuperar el futuro', 
de Luis Garicano y Antonio Roldán

Este libro de Luis Garicano y Antonio Roldán podría ser uno más de los tantos que se han escrito en España en los últimos años pidiendo un reseteo general del país. Sin embargo, viendo las posibilidades de Ciudadanos de estar en primera línea de gobierno, a pesar del relativo batacazo que se llevó en el 20D, la cosa cambia.

Conviene pues prestar atención a las propuestas de Garicano, gurú económico del partido naranja, y a su colaborador, que ya no son sólo las de un par de profesores bien informados en materia económica, sino que se pueden convertir en guía para abordar en la práctica las tantas reformas pendientes que tiene este país.

En Recuperar el futuro nos encontramos buena parte del programa político y económico de Ciudadanos y su justificación: defensa del contrato único y del complemento salarial para los que menos ganan, formación a la carta para los parados, reforma fiscal para descargar a las clases medias, reforma de la administración que supondrá la eliminación de las diputaciones y una reducción drástica del número de ayuntamientos, eliminación de las trabas a la creación de empresas, reducción de las cuotas a la Seguridad Social de los autónomos…

Luis Garicano y Antonio Roldán, quien es hijo, por cierto, de uno de los redactores del primer programa del PSOE, parten de la idea de que no hay que inventar la rueda o echarlo todo abajo para que este país funcione y supere sus problemas, sobre todo el de la vergonzosa tasa de paro que mantiene fuera del sistema a tantos millones de familias y a uno de cada cuatro personas en edad de trabajar. España no está condenada por designio divino -o cosa que se le parezca- a sufrir lacras como ésta, y está en nuestra manos -vienen a decirnos- revertir la situación, siempre y cuando se toquen las teclas adecuadas.

El modelo no hay que buscarlo al otro lado del Atlántico, sino en el norte de Europa, donde el sistema hace compatibles la eficiencia económica y una política de igualdad y redistribución aceptada por todos. Como ya adelantaba Luis Garicano en El dilema de España, mucho mejor Dinamarca que Venezuela, e incluso que los países anglosajones, donde un discurso a favor del estado del bienestar pagado con fondos públicos tiene un recorrido limitado y suele ser boicoteado por políticos de derechas. 

¿Cómo alcanzar la meta? En la línea de Acemoglu y Robinson en el celebrado Por qué fracasan los países, los autores de Recuperar el futuro nos recuerdan que el desarrollo y el bienestar de una nación dependen sobre todo de contar con una población formada y con unas instituciones sanas, unas reglas del juego claras y una atribución correcta de los incentivos que se ofrecen a los agentes, para que florezcan las buenas prácticas y dejen de ser interesantes las malas e ineficientes. Así, por ejemplo, nos advierten Garicano y Roldán de que la corrupción política no será erradicada o llevada por lo menos a niveles tolerables con el simple reemplazo de los viejos dirigentes por unos nuevos cargados de buenas intenciones y despojados de deudas con el sistema.

A la corrupción institucionalizada hay que responder con una combinación de endurecimiento de las penas, rechazo social y moral para el corrupto y beneficios económicos para el que lo hace bien. En fin, que contra la corrupción funciona mejor un buen entramado institucional que el mero recambio generacional o castigos ejemplarizantes que son flor de un día.

Otro ejemplo de que en España lo que fallan son los incentivos lo encontramos en el mundo universitario, que para los teóricos de Ciudadanos bordea la ruina. Para subir el nivel docente e investigador y acercar la oferta de la universidad a la demanda de la sociedad y las empresas, Garicano y Roldán proponen vincular la financiación a los resultados académicos
y las investigaciones de sus miembros. También una mejor distribución de incentivos debería subsanar defectos en los niveles básicos de educación, lastrados por una inasumible tasa de abandono escolar. En este punto, los autores ponen el énfasis la mejora del profesorado a base de mejores retribuciones para los maestros más capaces y más autonomía en los centros también para, entre otras cosas, contratar a los docentes que más destacan.


En fin, Luis Garicano y Antonio Roldán han escrito un libro de fácil compresión y que va al grano, con la dosis de datos justa para ilustrar los problemas y no convertirlo en un trabajo sólo para eruditos o lectores avezados en materia económica. Es interesante el apartado de notas bibliográficas, donde uno puede encontrar bastante de la literatura que en los últimos 6 o 7 años se ha escrito en todo el mundo sobre meritocracia, cooperación, justicia, calidad institucional, corrupción, tributación, mercado de trabajo o innovación. Recuperar el futuro compendia bien estas aportaciones. Sólo por eso convendría echarle un vistazo.  



lunes, 14 de diciembre de 2015

Crónica de una crisis que no ha hecho más que empezar





A propósito de la lectura de 
'Estos años bárbaros', de Joaquín Estefanía


El periodista Joaquín Estefanía ha escrito una crónica bien contada y documentada de una crisis que –y ésta es la tesis del libro- no ha hecho más que empezar y terminará siendo estructural, contrariamente a lo que nos dicen los agoreros de la recuperación y los que sólo ven luces al final del túnel. A pesar del derrumbe económico y social acaecido en España desde 2007, la crisis ha llegado para quedarse una buena temporada. Todo indica que los que han caído al pozo (alrededor de un 30% de la población) difícilmente se va a reenganchar al bienestar en los próximos años.

Denuncia Estefanía, socialdemócrata convencido y glosador último de los textos de Keynes, que las políticas de austeridad que están en la base de la gestión que han hecho los Gobiernos durante buena parte de la Gran Recesión se han vuelto permanentes y han mutado el ADN de la economía y de la sociedad. Las consecuencias son de todos conocidas: paro estratosférico, salarios a la baja, precariedad en el empleo y desaparición de las carreras profesionales, recortes en los servicios públicos y en el gasto en el estado del bienestar…

El que vaya buscando nuevos enfoques sobre lo ocurrido en España, en Europa o en el mundo en el último lustro, encontrará el libro de Estefanía decepcionante. Sin embargo, el que fuera en su momento director de El País hace un recuento clarificador de lo acaecido, con una prosa ágil y grandes dosis de divulgación. Y aunque recurre a muchas estadísticas, la lectura no se vuelve por ello farragosa. ¡Todavía se esfuerza Estefanía en explicar con términos muy básicos el colosal embrollo de las subprime que puso al mundo al borde del colapso financiero, en la línea didáctica que inauguró el popular Leopoldo Abadía!

En su demoledora crónica-denuncia de la crisis, da cancha Estefanía a los autores que en los últimos años se han erigido en portavoces de cierto pensamiento crítico, como Stiglitz y Piketty (por su denuncia de la desigualdad), Gaggi y Garduzzi (por la depauperación de las clases medias), Christopher Lasch (por la indiferencia de la élites) o Bárbara Ehrenreich (por el fetichismo de la sonrisa eterna), entre otros muchos. No en vano, Estos años bárbaros es una buena guía de lectura. De hecho, creo su principal interés reside en el índice bibliográfico que figura al final y en cómo el periodista va a introduciendo en su línea argumental las principales aportaciones de sus autores de cabecera. 

En el libro es recurrente una idea que Estefanía ha repetido mucho en estos últimos años. Y es que el primer responsable de la crisis, el capitalismo financiero, se ha ido de rositas. En cuanto la crisis financiera se convirtió en una crisis de deuda, y fueron los políticos los que tuvieron que ponerse al timón del barco en plena marejada, los causantes del colapso pasaron a segundo plano, cuando no fueron olvidados o incluso salvados de la quema en forma de rescates bancarios pagados por los estados y destinados sobre todo a garantizar las posiciones de los acreedores. Estefanía no ahorra tinta para recordar una y otra vez que los desmanes de la élite de Wall Street los han acabado asumiendo los ciudadanos. Y reprocha a los dirigentes que hayan acabado siendo víctimas del “gran engaño” moral (Krugman) perpetrado por los han querido ver los problemas de Grecia y de los países del sur como el justo desenlace a los tiempos de excesos.


En una línea más secundaria en el libro, también valora Estefanía la deriva de la socialdemocracia desde la Caída del Muro de Berlín y desde que se hizo patente el dominio de la política conservadora de Thatcher y Reagan, a partir de los 80. Su análisis no es muy esperanzador. Si de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial salimos con una teoría (el keynesianismo) y un modelo de convivencia potente (la socialdemocracia), de esta crisis vamos a salir sin guía, nos viene a decir. Todo lo más con la irrupción de partidos que al menos van a agitar el statu quo en los próximos años. Menos es nada. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Elogio del padre bueno



A propósito de la lectura de 
'El olvido que seremos', de Héctor Abad Faciolince


Siempre ha tenido buena prensa (literaria quiero decir) la figura del padre autoritario, despótico o adúltero, cuando no simplemente distante, huidizo o ausente. Pienso en la Carta al padre, de Kafka, en origen un centenar de páginas manuscritas que nunca llegaron a su destinatario pero donde Kafka intenta (infructuosamente, en su opinión) verbalizar los miedos que le provocaba su progenitor. Pienso también en el padre protector, pero irascible, neurótico y nada comprensivo, de las tragedias de Arthur Miller, o en el Pedro Páramo de Juan Rulfo, faldero y tiránico. 

Por el contrario, mucho menos predicamento literario ha tenido la celebración de la relación paterno-filial, y, en general, la celebración de la felicidad familiar. Sin embargo, El olvido que seremos es, como dice su autor, el colombiano Héctor Abad Faciolince, el reverso luminoso de la carta kafkiana. Es la exaltación del padre bueno, cariñoso y ejemplar que a todo niño le gustaría tener como espejo. Ese modelo que los padres hoy nos marcamos como meta, sin rubores, pero que en la Colombia machista y reaccionaria de los años 60 desentonaba, despertaba sospechas en los vecinos y dudas en sus más directos beneficiarios.

 Aunque como en el caso de Kafka, aquí tampoco las palabras del hijo secretamente agradecido llegan a oídos de su destinatario. “Este mismo libro no es otra cosa que una carta a una sombra”, dice el autor muy al principio del volumen. Y es que Héctor Abad Faciolince necesitó muchos años para contar la historia de su familia, vertebrada en torno a la figura del padre y su asesinato a manos de paramilitares en 1987. Antes lo intentó, pero siempre el relato adquirió un tono lacrimoso y sentimental impropio, según él, para este tipo de literatura. Y fue al cabo de dos décadas de asistir a la muerte de su padre en Medellín, y cuando ya se contaban 35 años de la pérdida prematura de su hermana Marta a causa de un cáncer de piel, cuando Abad Faciolince dio con esa escritura “más seca, más controlada, más distante”. Sólo cuando la herida había cicatrizado del todo, se vio finalmente capaz Abad Faciolince de enfrentarse a sus fantasmas. 

Y lo hizo sin que el ejercicio literario o el lapso de tiempo mermaran el poder evocador de los hechos narrados. El olvido que seremos es un libro absolutamente conmovedor y valiente, escrito desde el dolor de dos tragedias sin sentido ni consuelo posible: la de la muerte de un niño y la de la desaparición de un hombre que enamora, optimista e ingenuo por naturaleza, pero finalmente víctima del mismo terrorismo de Estado que en los años 80 se llevó a casi todos los que como él alzaron la voz para dignificar el país y las condiciones de vida de los más desfavorecidos, y que nunca se plegaron a las exigencias del poder y huyeron con igual ahínco de los extremismos y la demagogia. 

El olvido que seremos es también un libro de una honestidad pavorosa. Una honestidad que le lleva a Abad Faciolince a reconocer sus miedos más inconfesables y también la deriva suicida de su padre a partir de la desaparición prematura de la hija amada y admirada, su huida hacia adelante con la exposición sin cortapisas de sus ideas en un país violento y revanchista, a sabiendas de que de esa manera metía el dedo en el ojo a los militares y a los reaccionarios que mandaban con mano de hierro en Colombia y que, por desgracia, ya le habían incluido en la lista negra. “Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”, dirá Abad Faciolince para ilustrar el martirio cívico en que se convirtió el último tramo de su vida el doctor Abad Gómez, a partir de la pérdida de la pequeña Marta.

El olvido que seremos podría ser la historia de los muchos que allí y aquí han combatido a los pistoleros con palabras y argumentos, y que pagaron con la muerte su civismo y probidad moral, acribillados a balazos en una acera o en el bar donde cada mañana iban a desayunar. Leo el libro de Abad Faciolince casi una década después de su primera publicación, y me alegra comprobar, por lo bien y mucho que se habla de él, que sigue vigente y conmoviendo a lectores de todo el mundo. Tiene aires de literatura imperecedera, aunque eso sea mucho decir en los tiempos que corren.

Foto: Héctor Abad Gómez, procedente de http://www.hectorabadgomez.org

domingo, 29 de noviembre de 2015

Elogio de la desilusión



A propósito de la lectura de 
'Biografía del silencio' de Pablo D´Ors
Mi llegada a Biografía del silencio dePablo D´ors no pudo ser más antitética con lo que el propio autor proclama en el libro. Leo una entrevista con D´Ors en El Mundo e inmediatamente voy a Amazon y compro la versión electrónica del mismo (por cierto al ridículo precio de $4,90). Sucumbo al deseo compulsivo y a la gratificación inmediata que es una de las cosas que, implícitamente D´Ors rechaza en su libro.

Bien podría haberse llamado Elogio de la desilusión en lugar de Biografía del silencio este libro acerca de las posibilidades que ofrece meditar para llevar una vida plena. Escrito con una prosa cercana y asequible propone sumergirse, que no refugiarse, en el silencio y en la autoconsciencia como forma de acceder a la realidad.

El libro tiene muchas virtudes pero, en un mundo lleno de falsas promesas, una de las principales sea demostrar que un libro puede ser de autoayuda, aunque el autor probablemente se rebelara con razón contra el uso de esta terminología, sin caer en la indignidad. Para empezar, al contrario que los tradicionales libros de autoayuda, el autor niega la mayor, que no es otra que el hecho de que los problemas que nos plantea la vida tengan solución como sugieren la mayoría de los vendedores del Bálsamo de Fierabrás. Vivir va a seguir consistiendo en sentir que uno no ha desarrollado todo su potencial en la vida, que nuestras mujeres o maridos no nos entienden, que nuestros hijos nos decepcionan o que envejecer es un fastidio. Y eso está bien.

Aparte, o como forma de ajustar las expectativas vitales, Pablo D’ Ors sugiere la meditación, que no es nada más ni nada menos que sentarse en un banco o un cojín en una habitación vacía y en silencio, tal vez a la luz de una vela, durante tiempo indeterminado para observarse a uno mismo. La meditación bien hecha lleva a la persona a aceptar los beneficios que reportan los infortunios como forma eliminarlos ya que su imposible solución no constituye un desafío.

El autor, nieto del filósofo Pablo D’Ors, sacerdote y recientemente elegido por el Papa miembro del Consejo Pontificio de Cultura del Vaticano, se desnuda para contarnos su experiencia en el mundo de la meditación. Aunque no reniega de su condición de cristiano, curiosamente el libro utiliza un lenguaje más zen que bíblico, cosa que fastidia a algunos. Lo realiza con seguridad, pero sin arrogancia, con certezas pero admitiendo numerosas dudas, manifestando su gozo, pero sin desmentir la existencia de aguas procelosas en el intento. De hecho, uno de sus presupuestos es que lograr la absoluta consciencia de ser es casi imposible y solo se manifiesta, lo admite a título personal, en escasas ocasiones. Pese a todo apuesta por seguir intentándolo en lugar de conformarse con las migajas que nos ofrece la vida del hacer.

En un mundo dominado por la cantidad, D´Ors apuesta con valentía por la calidad, con frecuencia por lo mínimo. A mí, que nunca he meditado, me cautiva el pensamiento a contracorriente de D´Ors que confirma mis sospechas, cuestionando los lugares comunes de la época que nos ha tocado vivir. Niega la importancia per se de vivir nuevas experiencias, de viajar, de estar siempre en movimiento, involucrados en nuevos proyectos, planificando el futuro. La meditación propone lo contrario, que el tesoro principal sea haya en no huir de uno mismo en el presente, estar en una habitación vacía (sí, quizás la dichosa habitación vacía a la que se refería Pascal), en disfrutar del silencio, de la quietud, del existir en estado puro. El que prueba mucho, el que está en muchos sitios, el que cambia un montón no sólo no vive sino que se aleja de si mismo y de la vida.

Todo ello, D´Ors lo cuenta con sinceridad, sin amaneramientos y en un lenguaje transparente como el silencio, al que uno escucha de forma distinta cuando acaba la lectura de la obra.