martes, 27 de agosto de 2013

Lanzarote y el testamento de Manrique



Tengo un vago recuerdo de César Manrique. Su activismo le llevaba con frecuencia a la televisión y los periódicos cuando yo era un chaval. En mi cabeza guardo la imagen de un hombre pizpireto, desinhibido, alejado siempre del apocamiento que se les supone a los canarios. Siempre yendo o viniendo, con el pecho descubierto o con el mono azul, cargando afanosamente un par de cacharros de pintura, o haciendo equilibrios con su cuerpo atlético, subido a alguna roca volcánica de forma imposible o al campanario de su casa de Tahiche.

Tengo que reconocer que su vehemencia y ese don para estar en tantos sitios a la vez me causaban un rechazo infundado. Hoy no puedo decir lo mismo. Viendo el álbum de fotos personales que se exhibe en la fundación que lleva su nombre, en Tahiche, en medio de un mar de lava, me llama la atención una instantánea en la que aparece, megáfono en mano, arengando a un grupo de ciudadanos hartos como él de las tropelías urbanísticas de unos políticos casi siempre movidos por la codicia y el cortoplacismo. Manrique nunca se identificó con los artistas que vivían de espaldas al mundo y a los problemas de los vecinos.

Manrique fue un pionero en muchos sentidos. Ya durante la década de los 70 advirtió de la catástrofe que para Canarias y su frágil naturaleza suponía la proliferación como setas de hoteles, bungalós y chalets. Los ojos de Manrique veían cómo las primeras oleadas de turismo en masa que llegaban a Tenerife o Las Palmas arruinaban sus costas y empezaban a desequilibrar el frágil entorno insular.  

A la vuelta a su Lanzarote natal a finales de los sesenta, y después de haber pasado un par de años en Estados Unidos, se mueve con determinación para evitar esta degradación también en su isla. Había que evitar los errores de las islas mayores y marcar un modelo propio. “No tenemos que copiar a nadie”, era el eslogan que Manrique y los responsables del Cabildo lanzaroteño pregonan por aquella época. Es un milagro que la vanguardia estética y ecológica de Manrique fuera entendida al mismo tiempo por las autoridades –ahí fue clave la sintonía del artista con Pepín Ramírez, presidente del Cabildo- y por los vecinos de la isla, y que lograra así vencer los intereses de empresarios y políticos miopes sometidos a la dictadura del beneficio rápido.

Sin embargo, ya en los ochenta, Manrique declara que las cosas no están yendo como debieran. En un significativo texto que lleva por título “Lanzarote se está muriendo” ve con alarma el desproporcionado aumento de coches en la isla, la falta de espacios naturales en los pueblos y el deterioro de los volcanes a consecuencia de la extracción de picón. “A Lanzarote no viene la gente para ver semáforos, ni automóviles en fila, ni a descansar en baratos y chapuceros apartamentos, pues esto no es atractivo para nadie. Lanzarote se está convirtiendo en un suburbio turístico”.

Por los escritos del artista que recoge Fernando Gómez Aguilera en el libro La palabra encendida, tengo la impresión de que Manrique, que muere en el año 92 en un accidente de coche, se va con el convencimiento lacerante de que sus esfuerzos por preservar el paisaje de la isla y armonizar la presencia del hombre en el entorno austero, pero de sensacional cromatismo de Lanzarote, había sido en balde.

Sin embargo, y a pesar de algunos desmanes, Lanzarote hoy es una isla “diferente”, “con encanto”, como subrayan con monótona retórica los folletos turísticos, y bastante preservada. El turismo masivo de hoteles, apartamentos y bungalós existe. Solo hay que ver el ir y venir de aviones de Ryanair o de compañías de charter en el aeropuerto de Arrecife. Pero también es cierto que está concentrado en una franja reducida de costa alrededor de la capital, y que la urbanización caótica y descontrolada en montañas, valles y barrancos, que se ve en otros puntos de Canarias, aquí es inexistente.

Además, siguiendo una tradición centenaria, las casas blancas de trazado esquemático y de una sola planta son moneda corriente en todos los pueblos de la isla, excepto en la capital, Arrecife, lugar de llegada para muchos inmigrantes atraídos por el último boom de la construcción.

En 1974, Manrique, en su afán de combatir la estandarización que promueve el turismo internacional, publica un libro, Lanzarote, arquitectura inédita, donde elabora un catálogo de elementos a mantener de la vivienda tradicional. Su propia casa, hoy convertida en museo y fundación, marca el camino de esta recuperación. La horizontalidad, los amplios ventanales con los que se abre al paisaje de lava joven en el que se inserta y los chillones muebles pop del gusto del artista que se reparten por las grutas volcánicas que aprovecha la vivienda conviven con las techumbres de madera o las vistosas chimeneas lanzaroteñas, de cierto aire oriental. 

Es verdad. Lanzarote no ha escapado al turismo de masas, como quería Manrique. Son millones los europeos que recalan allí cada año buscando el sol eterno de la isla y las piscinas de los complejos de apartamentos de Puerto del Carmen o Costa Teguise. Sin embargo, el que quiera encontrar esa isla primigenia y eterna que tanto sedujo a Manrique solo tiene que coger un coche y conducir 15 o 20 kilómetros. Se dará de bruces con el paisaje volcánico y barroco del Parque Nacional de Timanfaya, agreste, duro y subyugante a la vez. Es el mismo paisaje que inspira las rugosidades abstractas o declaradamente funerarias de su pintura. 

También se encontrará, en la comarca de La Geria, con el relato vivo del vino de malvasía. Allí, con todo en contra, en un mar de ceniza y lava joven, y con el embate permanente de los alisios y la pertinaz sequía, los abnegados agricultores de la comarca han logrado mantener y hacer productivos viñedos en algunos casos centenarios.      

Hay quien dice que Manrique acabó convirtiendo Lanzarote en un parque temático gracias a una arquitectura y una escultora efectistas. Hay quien le ha reprochado la banalización del paisaje que él tanto sacralizó. Podría ser. Sin embargo, hay que reconocerle a este hombre bajito y pizpireto una inusual clarividencia para poner en la agenda, con varias décadas de antelación, cuestiones que hoy nadie, ni el mandatario más insensible, se atrevería a ignorar. Además, Manrique se afanó toda su vida por encontrar un lenguaje artístico con el que cifrar la estupefacción que deja en el visitante el milagro de los ríos de lava, cráteres y grutas volcánicas de Lanzarote. Y creo que lo consiguió.     







   

viernes, 23 de agosto de 2013

El despertar de la señorita Prim




Ahora que tanto pega el calor y tan menguadas están las carteras, no conviene desdeñar el viaje literario, la posibilidad de escapar a través de la lectura. Un buen destino es, sin duda, San Ireneo de Arnois, esa villa anclada en el pasado a la que se traslada Prudencia, la protagonista de El despertar de la señorita Prim, respondiendo a un anuncio en el que se demanda “una bibliotecaria para un caballero y sus libros”.

Pese a que su búsqueda en Google Maps resulta infructuosa, el buen hacer de Natalia Sanmartin Fenollera permite que el lector visualice el pueblo a medida que se han construido sus habitantes, “una especie de forajidos románticos” o “exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural”. 

En esta singular localidad, emparejada espiritualmente con un monasterio benedictino anexo, cabe de todo, desde un club socrático en el que se debate “en vivo o por entregas”, hasta una liga feminista para la que buscar marido resulta una actividad habitual, pasando por niños sin escolarizar que recitan a Homero o Esquilo, y en la que todo el mundo tiene su propio negocio, de modo que se vean liberados de las “limitaciones de todo asalariado”. Como uno de los personajes llega a apuntar, “uno no puede construirse un mundo a medida, pero lo que sí puede es construirse un pueblo”.

A este pequeño reducto “para exiliados de la confusión y agitación modernas”, llega Prudencia Prim, una mujer “intensamente titulada”, con una “nariz dotada de gran sensibilidad” y la permanente sensación de haber nacido en un momento y un ambiente equivocados. Con tan pesado equipaje, no es extraño que buena parte del libro verse sobre el choque que supone para ella tratar con tan extravagantes vecinos, pero, sobre todo, con su empleador, al que la autora no asigna nombre, sino que es descrito como el hombre del sillón (en un guiño a la escritora Elizabeth Von Armin y su libro Elizabeth y su jardín alemán).

Educación, literatura o religión son algunos de los temas que centran las muchas luchas dialécticas a las que se enfrentan la descreída señorita Prim (personaje, todo hay que decirlo, con el que resulta algo complicado empatizar) y su jefe, un especialista en lenguas muertas (domina alrededor de una veintena), al mismo tiempo que enamorado de la vieja liturgia romana. 

Y es que, como ocurre en las novelas de Jane Austen, de las que Sanmartin Fenollera se confiesa deudora, las diferencias, a veces, unen más que las coincidencias. Aunque la autora ha definido este libro, su primera novela, como un cuento para adultos, una especie de fábula en la que se recrea un lugar en el que cobran relevancia las pequeñas cosas y donde se aboga por la vuelta a una economía tradicional, simple y familiar; en muchas ocasiones, vira hacia la novela de tesis, empleando toda la artillería que está en sus manos para reforzar la idea de que otro mundo es posible, como por ejemplo cuando un personaje intenta explicar a Prudencia por qué en el pueblo la educación corre a cargo de los padres y no del colegio: “Si usted estuviese convencida de que el mundo ha olvidado cómo pensar y educar, si creyese que ha arrinconado la belleza de la literatura y el arte, si pensase que ha ahogado la fuerza de la verdad, ¿permitiría que ese mundo enseñase algo a sus hijos?”.

En cualquier caso, ideas como esta, más que una voz propia sorprendente o una narrativa hipnótica, son las que convierten a El despertar de la señorita Prim en un libro recomendable. De lectura fácil y planteamiento algo pueril, su fuerza, más que en su prosa, hay que buscarla en la necesidad de los lectores de sumergirse por unos días en este utópico pueblo. Además, estos también sabrán apreciar el amor de la autora por la literatura, refrendado por la propia profesión de la protagonista, pero también por las continuas referencias a autores o libros. En fin, un libro en el que muchos, más que leer, quisieran vivir.


miércoles, 14 de agosto de 2013

La biblioteca de mis sueños




Lo confieso: he robado. Pero no joyas, ni dinero, ni información privilegiada, ni helados, sino libros. Me crié en una casa de trabajadores analfabetos donde los únicos lomos en la estantería eran los del álbum de fotos de la boda de mis padres y el de un libro desmembrado sobre el drama de las mujeres de la familia Kennedy escrito por Pearl S. Buck, probablemente un regalo de la caja de ahorros por domiciliar la nómina intermitente de mi padre.

Quizá esa carestía fue la que, inconscientemente, hizo que, al cabo de los años, ya en la adolescencia, cuando empezaba a cambiar a los héroes del fútbol por los de la pluma, dedicara las tardes a saquear librerías, grandes almacenes y alguna biblioteca pública (de esto es de lo más que me arrepiento) con el fin de contar, al fin, con mi propia colección de literatura. El propósito era sumar volúmenes, y no tanto leerlos. Para eso, pensaba, ya habría tiempo. Todavía recuerdo el placer –más numérico que otra cosa- que sentí cuando pasé de los cien títulos. 

Con el paso de los años, sin embargo, lo de tener una biblioteca ha dejado de ser aquel anhelo que me abocaba al delito reincidente, aunque todavía fantaseo a ratos pensando que en la casa que la familia de mi mujer tiene en Ávila acabaré construyendo un retiro como el de Itzea, el caserón de los Baroja en Bera de Bidasoa, con sus papeles familiares, sus maderas lustrosas, sus maquetas de navío y tantos otros fetiches.

Sin embargo, el otro día, de visita en Lanzarote, volvió a entrarme el gusanillo. Paramos en Tías (cerca del turístico Puerto del Carmen) a ver la casa de Saramago. La vivienda es mantenida ahora por su viuda, Pilar del Río, para divulgar la obra del escritor portugués, que murió en 2010 después de casi dos décadas viviendo en la isla.

El chalet de paredes blancas, flanqueado por un jardín de cactus, palmeras y ceniza volcánica, airea algunas incongruencias con la obra de Saramago. Me sorprendió, por ejemplo, encontrar decenas de cuadros y objetos religiosos en la última morada de uno de los narradores más declaradamente ateos de las últimas décadas. Por lo que nos dijo Enrique, el guía descreído que nos enseñó la casa y nos invitó a café, Saramago era un devoto de los rastrillos de segunda mano y de las tiendas de antigüedades. 

También me llamó la atención la cantidad de cuadros, libros y piezas decorativas con que Saramago inundó cada rincón de la vivienda. Su literatura sintética y despojada, y el hecho de que eligiera para vivir un lugar tan seminal, agreste y apartado como Lanzarote –en otro tiempo lugar de exilio político-, me habían hecho suponer que este hombre viviría como un monje budista.
      
Al otro lado de la calle, en una casa grande y blanca que ahora da a la glorieta que lleva su nombre, Saramago mandó construir labiblioteca de mis sueños. Un amplio espacio rectangular, perfectamente organizado y protegido de la luz cegadora de Canarias, y donde descasan más de 15.000 volúmenes en varios idiomas y formatos, además de otros papeles y decenas de tesis sobre el escritor firmadas por investigadores de todo el mundo, en robustas y estilizadas baldas de madera clara. 

La sala está presidida por una enorme mesa de despacho donde Saramago debió pasar muchas horas “acariciando lomos”, como a él le gustaba decir, y dando cuerpo a sus últimas novelas. En la isla canaria, donde recibió a mucha gente, escribió El ensayo sobre la ceguera, La caverna o Todos los nombres, siempre desde la pantalla iluminada de un ordenador de ultima generación y mientras afuera el viento pertinaz traído por los alisios seguía modelando, con paciencia de artesano, el paisaje volcánico.


La línea moderna del mobiliario y el fondo amarillo chillón del retrato que preside la estancia, y que hizo del autor y su pareja el artista checo Jiri Dokoupil, contrastan con la quietud antigua del lugar, inundado por ese olor a sacristía que tienen las casas bien. Aquella mañana, de visita en la casa de Saramago en Tías, en Lanzarote, en el silencio meloso de su sala de lectura, bajo la mirada atenta de Cervantes, Camoens, Pessoa o Drummond de Andrade, me entraron ganas de echar allí el día, leyendo y regocijándome con la biblioteca que nunca tendré, y desoyendo a mis hijos, que soñaban con una playa de arena fina. 


miércoles, 24 de julio de 2013

El coste humano de la crisis


A propósito de la lectura del libro Por qué la austeridad mata, de David Stuckle y Sanjay Basu


En 2009, The Economist publicó un beligerante editorial (“Mass murder and the market”, disponible en  http://www.economist.com/node/12972677) en el que rebatía ácidamente la interpretación que sobre los datos de mortalidad en Rusia se planteaba en un artículo (“Mass privatisation and the post-communist mortality crisis: a cross-national analysis”) publicado en la prestigiosa revista de investigación médica The Lancet por parte, entre otros, de David Stuckler.

La tesis que defendían en su artículo David Stuckler, un investigador especializado en la economía de la salud pública, y sus colegas, relacionaba, en base al estudio intensivo de los datos estadísticos, las rápidas y masivas privatizaciones acometidas en los países postcomunistas (la conocida como “Terapia de Choque”) con una significativa reducción en la esperanza de vida. Como guardián espiritual de las esencias del liberalismo económico, The Economist  pontificaba que el problema de las reformas en Rusia fue ¡su lentitud! y llegaba a sugerir que la culpa del exceso de mortalidad era achacable a los excesos de los borrachines rusos…

La recurrente participación de David Stuckler en esa y otras muchas polémicas sobre la relación entre la economía y la sociedad le ha conferido una gran notoriedad, que ha aprovechado junto con Sanjay Basu, un experimentado epidemiólogo, para escribir Por qué la austeridad mata, un libro a medio camino entre el ensayo científico y el panfleto keynesiano (como proclama desde el propio  título).

A primera vista el libro parece uno más de la miríada de ensayos que describen las muchas consecuencias de la Crisis, esta vez las que produce sobre la salud pública. La novedad estriba en que, en este caso, las contundentes afirmaciones de los autores (“según los criterios del propio gobierno español, la austeridad no ha dado resultado”, “es sabido desde hace mucho tiempo que los mercados no funcionan bien en materia de atención sanitaria”, “las medidas de austeridad estaban causando estragos en la salud del pueblo griego”…) aparecen siempre relacionadas con las abundantísimas citas científicas que aparecen en las Notas finales del libro.

El recorrido del libro por las políticas internacionales de salud parte de Estados Unidos en la Gran Recesión, explora los países comunistas antes y después de la caída del Muro y acaba citando (¡cómo no!) los deletéreos efectos de la crisis en Grecia, España e, incluso Gran Bretaña. También muestra ejemplos positivos, como el de Islandia, donde la decisión de no restringir el gasto social ha permitido mantener los estándares de salud pública sin graves daños.

Stuckler y Basu no se andan por las ramas y, partiendo del análisis comparado de las políticas públicas descritas, acusan sin componendas a las reformas estructurales y a las restricciones presupuestarias practicadas actualmente en tantos y tantos países de provocar graves problemas de salud (medibles de manera estadísticamente significativa en la incidencia de depresiones y otras muchas enfermedades) y, directamente, de matar, por sus efectos en la reducción de la esperanza de vida.


De las continuas disputas entre los partidarios y los detractores de la austeridad el perplejo ciudadano de a pie sólo extrae confusión.  El libro de Stuckler y Basu, aunque se decanta por los segundos, nos recuerda, de la manera más categórica, que la austeridad, por sí misma, no tiene por qué provocar efectos significativos en la salud de los ciudadanos siempre y cuando su calidad de vida sea prioritaria para los políticos. Sólo por este recordatorio merece la pena leer este libro.



jueves, 11 de julio de 2013

La clase política en el punto de mira



A propósito de la lectura de Qué hacer con España
de César Molinas

Qué hacer con España es un libro honesto desde el título. César Molinas, un rara avis por cuanto ha tocado durante su vida profesional muchos palos (ha sido profesor universitario, directivo de banca de inversión, emprendedor y funcionario de alto rango), ha escrito un libro de emergencia. La situación del país no es para menos. Molinas está convencido de que España va a estar muchos años sin crecer, y de que si no se toman medidas y se hacen reformas de calado la crisis se prolongará no años, sino décadas, y que finalmente habrá que salir del euro.

Molinas culpa de la mayor parte de nuestros males a la clase política local, más preocupada de crear burbujas para desviar rentas en beneficio propio que del interés general. Es lo que Acemoglu y Robinson han llamado las élites extractivas, un término de gran repercusión mediática, y otros simplemente chorizos. “Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”. Pero también culpa Molinas de los males del país al excesivo protagonismo de los “agentes sociales” y a los corporativismos de toda laya que frenan cualquier intento reformista allá de donde surge.

Aunque es probable que Molinas no comulgue con muchos de los planteamientos del movimiento 15-M, su crítica a la excesiva politización de la instituciones del país (desde los organismos reguladores y de control al poder judicial, pasando por la educación) bien podría ser suscrita por los muchos de los simpatizantes de la sentada de la Puerta del Sol de Madrid.

El futuro de cualquier nación es su gente y la preparación que exhiban, y más para un país como el nuestro sin grandes recursos naturales que explotar. Por eso Molinas no entiende como en España se da la espalda de manera crónica a la educación, la ciencia, el emprendimiento o la innovación. Otra vez aparece la miopía de unas élites “de vuelo muy rasante, ortodoxas, conformistas y muy conservadoras, cuando no reaccionarias, y satisfechas de sí mismas”.

El autor de Qué hacer con España identifica una triple crisis: económica (originada por las burbujas); institucional (ausencia de una verdadera regulación del sistema político y territorial) y moral (desmedido énfasis en los derechos y olvido de los deberes). Pero el libro no se queda en identificar problemas y culpables, sino que, respondiendo a las urgencias del título, se presenta como un completo recetario escrito desde el sentido común, aunque también desde la ingenuidad y la extravagancia del que piensa que “por pedir que no sea”. He aquí algunas de las propuestas de Molinas para regenerar el país:

Reforma de la Ley de Partidos que imponga a estos un alto grado de democracia interna y transparencia. Hay que regular a los partidos desde fuera, como pasa en Alemania. Aunque Molinas no lo cita, el caso Bárcenas es bastante elocuente de los males del sistema actual.

Cambio de la Ley Electoral. No hay sistema perfecto, pero aboga por un sistema mayoritario donde los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones nominales, como en Inglaterra. De esta manera, la lealtad sería con los electores, y no con el dirigente del partido. 

Los integrantes de los organismos reguladores (CNMV, Banco de España, CNC, CMT…) deben ser seleccionados por su valía, y no por su adscripción política. Se acabó la negociación de cuotas o el “ayúdame a poner a mi candidato y yo te ayudo a poner al tuyo”.

Despolitización de los órganos superiores, como el Tribunal Supremo o el consejo General del Poder Judicial. Para cubrirlos, Molinas propone un sistema de lotería entre aquellos magistrados con la suficiente antigüedad.

En educación Molinas apuesta fuerte: propone cerrar la universidad española dos o tres años y volverla a construir partiendo de cero. No cree que el principal problema de la educación sea de financiación, sino de definir el modelo de aprendizaje, potenciando la excelencia y la calidad. Critica la igualación por abajo que padece el sistema educativo nacional y propone más rendición de cuentas, más tasas y más movilidad de estudiantes y profesores.

En materia de pensiones, Molinas propone recuperar los planes privados, visto lo ineficiente y arriesgado que ha sido el mercado inmobiliario como vía para canalizar el ahorro y la inversión a largo plazo.

 También aboga por el contrato laboral único, con costes de despido crecientes en función de la antigüedad. Se apunta a las tesis de Fedea. La reforma del mercado laboral debe ir dirigida a que los ajustes se hagan vía salarios, y no con puestos de trabajo


En fin, estamos ante el recetario propio de un liberal juicioso que concibió este libro en un coqueto bar del barrio londinense de Belgravia y que evita los rodeos y las medias tintas con el fin de hacerse entender y no restar urgencia a las tareas pendientes. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero hay que reconocerle honestidad, common sense y una defensa siempre del interés general, todo eso que a las élites extractivas que atenazan al país se les suele olvidar.  


  

jueves, 20 de junio de 2013

Los últimos días del periodismo


A propósito del libro "El último que apague la luz", de Lluís Bassets


Desde que empecé en esto del periodismo, a finales de la década de los 90, llevo oyendo la cantinela de que a los medios en papel le quedan dos días. A esta tesis se apunta Lluís Bassets, director adjunto de El País, con este librito, en realidad una miscelánea de artículos y conferencias escritas en los últimos años donde también son protagonistas Wikileaks y su fatuo líder, Julian Assange.

El asunto es que ahora, por el efecto de la tormenta perfecta que azota a los medios, y que es una conjunción de cambio tecnológico, huida de los anunciantes del papel -que ya probablemente no volverán-, falta de un modelo de negocio alternativo y la progresiva pérdida de influencia social y política de los propios medios, el tono apocalíptico de Bassets suena a verdad; se ha hecho desgraciadamente creíble.

El autor adelanta un par de décadas el final de la prensa escrita que profetizó Philip Meyer en su ya clásico The Vanishing Newspaper, donde pronosticaba que el último ejemplar del último periódico en papel del mundo saldría de los talleres en algún momento del año 2043.

Eso sí, conviene tener en cuenta que Bassets habla de la defunción de una institución (las grandes cabeceras en papel), y no la de una profesión que, como estilo literario y como necesidad vital y social, siempre va a estar ahí. El fin de fiesta se anuncia pues para esas multitudinarias y bulliciosas redacciones, como la del mismo diario al que acude cada mañana Bassets, que durante dos siglos han organizado la vida y han dado forma a la visión del mundo de millones de lectores de medio planeta.

Bassets no se anda por las ramas y nos deja perlas escalofriantes: “No hay modelo de negocio y, lo que es peor, ya no existirá nunca más”; “será difícil que vuelvan a existir en el futuro empresas periodísticas que alcancen simultáneamente las cotas de excelencia profesional, prestigio político y social y los altos niveles de ingresos que han caracterizado a las grandes editoras del último siglo y medio”; “estamos más cerca que nunca del paraíso de la información en cuanto a acceso y disponibilidad de los medios para informarse.
Pero esto queda limitado e incluso entre graves interrogantes por el desplome del precio de la información y la correspondiente expansión de la cultura de la gratuidad, que sitúa al borde de la extinción a los medios de comunicación tradicionales”; “no hemos olido la que se nos venía encima”…

Con más intuición que otra cosa –el autor no respalda sus aseveraciones con datos sobre la evolución de medios, a pesar de la mucha información que se ha vertido sobre el asunto-, Bassets certifica un final de época y el comienzo de un tiempo de incertidumbre en el que, sin embargo, ya empiezan a emerger algunos perfiles. El periodista de un futuro que se espera “más modesto y austero” –¿quién podría decir lo contrario a estas alturas?- será una marca de sí mismo, sometida al escrutinio constante de sus lectores. “Vales lo que escribes y lo que produces, no la firma para la que trabajas”. Se acabó el tiempo, pues, de las redacciones bien pagadas y con cientos de profesionales trabajando al unísono para dar cuerpo a ese intelectual colectivo que durante siglos han orientado a sociedades y familias.

El mundo que tenemos por delante es el mismo que desde hace unos años nos anticipan la legión de blogueros e informantes de las redes sociales, ese que, a la chita callando, ha ido colonizando los medios de siempre y que, en algunos casos, ha inventado fórmulas nuevas, aunque de dudosa eficacia “periodística”, como The Huffington Post. La irrupción de las redes sociales y el papel protagonista que han tenido en los últimos tiempos, en los movimientos de protesta anticrisis y en las revueltas de la Primavera Árabe, llevan a Bassets a depositar el futuro del periodismo en manos de cualquiera con los medios técnicos necesarios. “Periodista, editor y patrono de sí mismo, ese es el destino del oficio”, nos dice al final del libro. 

Sin embargo, tengo mis dudas sobre si esa legión de voceros solipsistas o de animados tuiteros vayan a enmendar la plana al periodismo (defectuoso) de siempre. Muchas preguntas me hago cuando toca imaginar un mundo dominado por esos productores solitarios de la información y del punto de vista: ¿es esto realmente periodismo? ¿Están en disposición estos blogueros, vocacionales y casi siempre sin ingresos, de producir una información seria, veraz y contrastada que sea capaz de hacer de contrapeso de los poderes? ¿Quién verificará, como ha ocurrido en las redacciones jerarquizadas de toda la vida, el trabajo de unos señores que casi siempre producen desde el sofá de casa? ¿Quién saldrá a ver el mundo y contarlo con rigor, y quién financiará esas salidas? ¿Quién nos garantizará que nos van a dar una información contrastada y marcada por el interés general y no por los intereses particulares y cada vez más diminutos del blogger? 

¿Habría sido posible en un universo de periodistas cibernéticos y autosuficientes una investigación como la del caso Watergate, que obligó a dimitir a Richard Nixon y que salió adelante después de meses de concienzudo trabajo de reportero y cientos de entrevistas? Porque no nos engañemos: las redes sociales son un extraordinario vehículo de protesta y pueden incendiar un país en poco tiempo, pero casi toda la información que manejan sigue saliendo (kamikazes como Manning y Snowden son casos aparte) de las diezmadas y cuestionadas redacciones de los diarios de siempre.  
 
En cualquier caso, hay que reconocerlo: la crisis del periodismo de siempre nos ha sobrevenido, pues la debacle económica nos cogió a todos a por uvas, pero también es autoinducida, pues durante décadas los medios han hecho muy poco para mantener la credibilidad y el prestigio que un día disfrutaron y tampoco han aprovechado los años de vacas gordas para responder con soluciones innovadoras al reto de Internet –“las dificultades de los medios tradicionales para rentabilizar sus contenidos en Internet parecen insalvables”, presagia Bassets-. En occidente, los medios se han aliado a las élites económicas y políticas para repartirse las migajas del poder, cuando no han sucumbido a una endogamia que no ha hecho más que acrecentar las sospechas de sus lectores. En el resto del mundo han actuado en connivencia con sátrapas y dictadores, en detrimento otra vez del bien más sagrado del periodista: su audiencia, sus lectores.


En El último que apague la luz, Bassets no  dice nada que no hayamos oído antes sobre la crisis del periodismo, pero muestra capacidad de síntesis a la hora de hacer balance de la situación. Tampoco presagia cuál va a ser el modelo de negocio qué va a mover el mundo de la información en Internet -la pregunta del millón que desde hace una década intentan responder gurús y los gestores de los grandes grupos mediáticos-, aunque sí está convencido de que la pelota está en el tejado de las tecnológicas de Silicon Valley, cargadas de ideas, innovación y cash, y no en el de los grupos de comunicación de toda la vida, lastrados por deudas insuperables [¿Prisa?] y por la parálisis que supone tener que cambiarlo todo de arriba abajo. “Las agencias de prensa, las grandes cabeceras institucionales y las cadenas de televisión se verán sustituidas por las multinacionales tecnológicas, los agregadores y difusores…”, adelanta Bassets. 

Casi todo lo que aporta este libro lo hemos oído aquí o allá. Sin embargo, el volumen puede ser muy útil a aquellos que siguen apoltronados pensando que por ellos nunca van a doblar las campanas.


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martes, 11 de junio de 2013

En la Feria del Libro de Madrid




En primer término, en las casetas de la Feria del Libro de Madrid, los libros, primorosamente editados algunos, bastante dignos el resto. Clásicos, contemporáneos, novelas, ensayos, autoayuda, poesía (no mucha), manuales de economía y de negocios, esotéricos, históricos, para niños, para coleccionistas, de fotografía, de deportes…

En segundo término, los libreros y los editores, allí, de pie derecho, abanicándose y demostrando que la literatura, incluso la más grande e intemporal, está ahí, en las casetas de la Feria del Libro de Madrid, gracias al trabajo callado y sin brillo de un batallón de gente y colaboradores (unos con contrato y bien pagados y otros sin él y que van casi por amor al arte, freelance con ganas de aprender o de ganarse unos euros en tiempos de apreturas).

Mientras bajo la vista y la fijo en las portadas relucientes de los libros, y finjo que sólo ellos me interesan, me llegan trozos de conversación o de llamadas telefónicas de los pacientes libreros: que si hay que pedir un taxi para traer a fulanito o menganito del aeropuerto, que si hay que reservar un par de noches más en el hotel o en la pensión, que si hay que avisar a la furgoneta para que repongan no sé qué título que se ha acabado… Es la trastienda de la literatura (grande, pequeña, mediana).

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Una chica hojea un libro. Luego mira a un lado y al otro. Debe estar indecisa y probablemente sienta un cosquilleo en el estómago. Pregunta el precio del volumen que tiene entre las manos: 17 euros. Levanta la cabeza y se fija en el número de la caseta, como queriendo memorizarlo. Quizá para venir otro día. Se va sin nada.  

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En otro tiempo, en esta feria, a principios de junios que recuerdo mucho más cálidos y sofocantes que el de este año, a la sombra de un pino del Retiro, solía quedar con un amigo para hablar de libros, del trabajo y de mujeres irresistiblemente idiosincráticas e imposibles.   

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Algunos libros que han pasado por mis manos mientras, pero que no he comprado. Por si a alguien le sirven para dar con una buena lectura.

Del amor, de Alain de Botton (RBA). Un mapa de los sentimientos amorosos. Un libro de un tío muy dotado para enlazar la vida cotidiana con las grandes corrientes estéticas, filosóficas o religiosas.

Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente, de Carl Honoré (RBA). Para padres hiperexigidos y con la mosca detrás de la oreja.

Diario de Greg. Monta tu propio diario (RBA). Un libro donde tu hijo puede aprender al tiempo que inicia un bonito viaje de autoconocimiento.

¿Para qué servimos los periodistas (hoy)?, de José María Izquierdo (editorial Catarata). De vez en cuando, en los momentos en que el mundo se tambalea y el día se oscurece, esta pregunta me atormenta.  

La divina comedia, de Dante Alighieri (Ed. Gadir). Cada año, cuando vengo a esta feria del libro, paso mis manos por sus páginas, pero nunca la compro. No es muy cara (25 euros) y puede servir para que toda la familia (es una edición para todas las edades) conozca este clásico.

Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares (Alfaguara). Un padre y su hijo (adolescente) se reencuentran en Ibiza. Puede servir de preparación para futuras batallas y melancolías.

A corazón abierto, de Elie Wiesel (ed. Sígueme). Sobre Dios y la enfermedad. Muy cortito y sentido.

Diccionario de bolsillo de la lengua española (ed. Anaya). Le compro un diccionario de bolsillo a mi hijo. No puede con el María Moliner que tenemos en casa. El de Anaya es pequeño, manejable y a prueba de golpes y manos grasientas. Cuando estoy pagando, me viene el recuerdo de aquel primer Sopena que me compró mi madre en la librería Miranda de La Orotava, con la portada llena de banderitas nacionales y un intenso olor a imprenta.

Qué hacer con España, de César Molinas (Ed. Destino). Imposible no fijarse en él con la bombo que le han dado. El autor, a ratos extravagante y polémico, dice que la economía nacional ha estado dominada por el “capitalismo castizo”. Tiene buena pinta

Cómo sobrevivir a un despido y volver a trabajar, de Pilar Tena (editorial Pirámide). Un libro quizá premonitorio.

Elogio de lo cotidiano, de Tzvetan Todorov (Galaxia Gutemberg). Sobre cómo la pintura holandesa del siglo XVII, en su afán de evocar las virtudes, sustituye a los santos y mártires de la iglesia por la gente corriente.

El editor de Libertarias me intenta endosar los dos volúmenes de La araña negra, primera novela de Blasco Ibáñez. Realismo y denuncia social con el clero de la España de finales del siglo XIX en el punto de mira. Es un dos por uno (como el de los supermercados). El tenaz editor de Libertarias me da la posibilidad de llevarme 1.000 páginas por el precio de 500. Me echo atrás.

Juan Roig. El emprendedor visionario. De cómo Mercadona devino en Imperio, de Manuel Mira. (Editorial La Esfera de los libros). Ya que compro tanto en estos supermercados, lo menos que podría hacer es saber un poco sobre quién me da de comer y cómo lo hace.

Las ilusiones, de Jonás Trueba (Ed. Periférica). Una novelita, hecha de retazos e improvisaciones, sobre el cine y sobre ese tiempo en la vida, entre los 25 y los 30 años, en que uno cree que todo es posible. Vi la película que la inspira (Los ilusos, 2013) hace poco y es realmente evocadora. 

Hay vida más allá de Planeta y las megaeditoriales:









miércoles, 5 de junio de 2013

Manuel Vicent y los azares de la Historia



A propósito de la lectura de El azar de la mujer rubia


Como en su anterior libro, Aguirre, el magnífico, esa particular crónica del último franquismo a través de la peripecia del Duque de Alba, Vicent vuelve a mezclar realidad y ficción en un juego literario donde es imposible saber dónde empieza una y acaba la otra.

Sin embargo, mientras que en Aguirre había una visión ácida y corrosiva del personaje y de su entorno –algunos hablaron de un ajuste de cuentas y la Duquesa llamó envidioso al autor y dejó el librito a la altura de una hez-, en El azar de la mujer rubia la escritura de Vicent es compasiva. El autor reflexiona sobre la España de las últimas cuatro décadas desde la mirada perpleja de dos fantasmas: un Adolfo Suárez que anda perdido entre las brumas de su enfermedad y una enigmática y rediviva Carmen Díez de Rivera, supuesta muñidora de la relación entre el político abulense y el Rey.    

Conviene aceptar el juego que nos propone Vicent porque vale la pena. Una vez uno empieza el libro no puede dejarlo hasta el final. Pero echo en falta más desarrollo en algunos puntos. Vicent nunca a ha sido un corredor de fondo y siempre parece tener prisa por acabar. Como en sus columnas periodísticas, en El azar de la mujer rubia se obliga a condensar hasta el extremo la información y los detalles que maneja.  Es su estilo: bello, preciso y, como el de Valle Inclán, deformante. Sin embargo, ese mismo estilo le lleva a pasar de puntillas por episodios clave de la historia de este país y hurta al lector una mejor comprensión y alguna página más de deleite.



El armazón de El azar de una mujer rubia son unos cuantos hechos históricos conocidos y algunos chascarrillos de dominio público. No hay mucha más información en la novela sobre Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera que la que hay disponible en las biografías que les recuerdan en la Wikipedia.  

Vicent se vale del punto de vista de un Adolfo Suárez anciano, desmemoriado y perplejo. Es ese Adolfo Suárez que en una tarde de julio de 2008 recibe al Rey en su casa para recibir la condecoración de más alto rango y, con aire ausente, le espeta: “No te conozco, no sé quién eres, pero creo que te quiero”.  

Las ensoñaciones de Suárez y de Carmen Díez de Rivera, una mujer que ejemplifica mejor que nadie las contradicciones de la historia de España (fue hija no reconocida de Ramón Serrano Suñer, se recluyó en un convento a los 17 años al no poder consumar su relación con un hermanastro, huyó a África, reapareció para convertirse en secretaria de Suárez  cuando éste era director general de TVE y un político al alza, y acabó colaborando con Tierno Galván y siendo eurodiputada por el PSOE), no solo sirven para iluminar los claroscuros de la incipiente democracia, sino también para denunciar el delirio posterior, que tuvo como epítome la fastuosa boda de la hija de Aznar en Escorial, que marca el fin de la fiesta y el comienzo de la pesadilla que hoy nos quita el sueño.
 
Antes, la memoria nebulosa de Suárez y la prosa certera de Vicent nos llevan a la legalización del PCE, el 23-F, la guerra sucia contra ETA, la foto de las Azores o la caída de Lehman Brothers. 

El azar de la mujer rubia sirve también a Vicent para reivindicar la figura de los políticos de la Transición, hombres (y mujeres en este caso) que tuvieron que tomar decisiones y dar la cara sin el respaldo del partido y de los complejos aparatos burocráticos en que hoy se guarecen los políticos de este país. Vicent puede haber caído en una visión reduccionista e idealizadora del pasado, pero es una impresión que seguramente compartirán muchos de los que hoy lean su libro.



    

lunes, 27 de mayo de 2013

El hombre que dijo adiós, de Anne Tyler



El año que viene hará cinco décadas que Anne Tyler publicó su primera novela, Si llega a amanecer. Durante ese tiempo, se ha granjeado fama de escritora reacia a conceder entrevistas, publicitar sus obras por medio mundo o frecuentar los círculos literarios; también de crear un universo propio, fácilmente reconocible por los muchos seguidores de su obra, en el que, con las calles de Baltimore como escenario, no faltan los personajes de clase media aparentemente anodinos, la pérdida de algún ser querido como revulsivo para cambiar de trayectoria vital y las siempre complejas relaciones familiares.

Al igual que ocurría en El turista accidental, posiblemente su texto más conocido en España, gracias a la repercusión de la adaptación cinematográfica de Lawrence Kasdan, el personaje central de El hombre que dijo adiós trabaja en el mundo editorial y tiene que hacer frente a la muerte accidental de un familiar, en este caso, la de su mujer. El comienzo no puede ser más revelador: “Lo más extraño del regreso de mi esposa de entre los muertos fue la reacción de la gente”.

Narrada en primera persona, algo inusual en Tyler, su decimonovena está protagonizada por Aaron Woolcott, un hombre de 36 años, con una pierna y un brazo tullidos, que, casi un año después de la muerte de su esposa Dorothy, comienza a verla esporádicamente. El libro se sitúa en los meses posteriores al óbito, en los que Aaron vuelve a su trabajo en la editorial fundada por su bisabuelo y se traslada a vivir a casa de su protectora hermana Nandina, mientras un contratista, Gil Bryan, que irá cobrando peso en la historia, le arregla la suya. No obstante, de forma paralela, Aaron va reconstruyendo los años precedentes a través de pinceladas que van desvelando desde el origen de su discapacidad hasta su primera cita con Dorothy, llena de equívocos, el día de su boda o el del trágico accidente. Pequeñas piezas que van encajando hasta que el puzzle se completa con la reveladora conversación entre la difunta esposa y el protagonista que pondrá fin, tras aparentemente saldar cuentas, a las apariciones.

Aunque El hombre que dijo adiós no tenga la brillantez y riqueza de sus novelas más logradas (Ejercicios respiratorios, Reunión en el restaurante Nostalgia o El turista accidental), no deja de ser fiel representante de la escritura sin imposturas que caracteriza a su autora, definida muchas veces -sin que ello vaya en su menoscabo- como literatura “hogareña” (homely) o “doméstica”. Y es que, una vez más, consigue abrir una ventana en la vida de un posible vecino o compañero de trabajo para demostrar que detrás de cualquier persona hay una historia, reafirmando que la construcción de personajes sigue siendo el territorio que mejor maneja, con una maestría envidiable a la hora de poner en palabras (y silencios) lo que pasa por sus mentes.   

Al margen de la construcción en primera persona del personaje de Aaron (“Antes me he equivocado al emplear la palabra `discapacidad´. `Diferencias´habría sido más adecuado. Les aseguro que no me siento discapacitado en ningún sentido”), el otro gran acierto de esta obra es la ironía para recrear el trabajo en una editorial en la que la mayoría de los autores pagan por ser publicados y que se ha ampliado con una colección “Para principiantes”. “Guía de vinos para principiantes, Economía doméstica para principiantes, Adiestramiento canino para principiantes... Algunas veces iban en la línea de los famosos libros `para tontos´de la colección Dummies, pero sin ese tonito de animadora del equipo; eran más dignos”. Una lista de títulos que va creciendo y creciendo hasta resultar poco menos que inverosímil.

En definitiva, aunque con un planteamiento y una trama menos ambiciosos que los de obras anteriores, Tyler vuelve a un territorio que conoce bien y domina, suministrando a los lectores una novela que devorarán en unas horas y que les dejará un buen regusto, pese a que no les sacie.  


Aquí dejo un link para conocer otras opiniones sobre la escritura de Anne Tyler:
http://www.youtube.com/watch?v=Aa373goSQRk