martes, 29 de noviembre de 2011

La crisis en primera persona



A propósito de 'El muelle de Ouistreham', de Florence Aubenas

Julio Fernández

La autora, periodista francesa para más señas, nos propone una inmersión en el mundo de la actual crisis financiera y de sus consecuencias inmediatas. Para ello entra en las interminables filas de las personas que buscan trabajo en un entorno donde éste escasea cada vez más. Aubenas entra a formar parte de una clase social que no es la suya, y lo hace  con tal habilidad que en ningún momento se aprecia el engaño. Se mete en la piel que representa y no hará gala de sus conocimientos o su situación social por ahorrarse la dureza de algunos trabajos o el despotismo de algunos jefes. Llega a hacer amistad con algunas compañeras y compañeros de trabajo y nos muestra  cómo son sus  vidas,  sus hogares, sus esperanzas y sus fracasos; todo en un clima de escasez.

Aubenas se transforma en otra persona con la finalidad de empaparse de la experiencia y de la vida de de un determinado entorno social. A diferencia de otros libros donde el escritor cuenta una historia que no es la suya, esta obra no trata de personajes marginados, minorías étnicas o personas en estado de exclusión social; estamos hablando en este libro de una ciudadana francesa en una provincia de la Bretaña, concretamente en Caen, escenario que escoge con del fin de desvincularse de su pasado.

El libro se ordena en diferentes las historias que le van sucediendo a lo largo de su búsqueda de trabajo, esto hace que su lectura resulte amena. Desde su primer contacto con  las oficinas del paro al contrato fijo, pasando por la entrevista de trabajo y los primeros empleos.

Está presente en toda la obra el derrumbamiento del estado de bienestar; cómo éste se ve incapaz de hacer frente a tantas personas que rápidamente van engrosando la lista de desempleados. El parado se reduce a un número incómodo para las  estadísticas de empleo; las condiciones de trabajo  se van deteriorando y su regulación incomoda al empleador que prefiere la improvisación.

La protagonista tiene más de cuarenta años, sin experiencia laboral y sólo ha completado el Bachillerato; su baja cualificación le impide elegir, tiene que aceptar lo poco que se le ofrece y que se reduce a los trabajos de limpieza. Se mezclan en estos relatos mezquindad y generosidad, la fraternidad entre los compañeros y un claro  machismo que deja para las mujeres los trabajos más duros. De sus compañeros de trabajo destaca las dificultades que sufren para poder llegar a fin de mes, las fatigas de los trabajos de limpieza y su “invisibilidad” para las personas que se cruzan en su camino.

En definitiva, un interesante documento para conocer una parte de la realidad de esta crisis de la mano de una escritora que sabe captarla viviendo entre las personas que más la sufren.



El muelle de Ouistreham

Florence Aubenas

Editorial Anagrama


Barcelona, 2011

248 páginas

17,50 euros




lunes, 21 de noviembre de 2011

Ritmo caribeño




A propósito de 'Cuba a cámara lenta', de César González-Calero


Cualquiera que haya visitado Cuba de manera apresurada habrá disfrutado, breve pero intensamente, de la belleza de la isla tanto como sufrido el acoso de jineteros y jineteras, ávidos de dólares con los que superar su crónica parquedad de ingresos. César González-Calero, periodista y escritor español, con gran experiencia como reportero en numerosos medios nacionales e internacionales, nos propone otra forma de descubrir Cuba, en base a sus propias experiencias vitales desde 2003 a 2008, pues fue corresponsal en la Habana para “El Universal” de Méjico, entre otros medios. 

En palabras del propio autor, el libro pretende “rendir homenaje al periodismo narrativo, un género que, en España, hunde sus raíces en los textos de autores como Manuel Chaves Nogales, en los años treinta”. Las primeras impresiones al comenzar a leer el libro pueden inducirnos al error de etiquetar a su autor como “procastrista”, por cuanto entre los cubanos entrevistados en su periplo a lo largo y ancho de la isla se cuentan muchas viejas glorias olvidadas de la “revolución socialista”. 

Sin embargo, conforme avanzamos en su lectura descubrimos que Cuba a cámara lenta se aleja, de forma ecuánime, de los tópicos más manidos. Mediante la técnica del reportaje narrativo, con un estilo ágil y directo, González-Calero ilumina nuestra mirada sobre algunos de los lugares más conocidos de la isla así como, de modo mucho más interesante, sobre un sinnúmero de rincones escondidos y su población. El autor manifiesta una vasto conocimiento de Cuba al servicio de su obra, reforzado mediante su don de gentes y el respeto por la población local. Tales virtudes le granjean las simpatías de los cubanos, que le hacen partícipe, en consecuencia, de sus opiniones y sus anhelos.

El viajero independiente reconocerá muchas de sus propias impresiones sobre Cuba en el testimonio de González-Calero: las maravillas de Pinar del Río y Baracoa, las leyendas urbanas, el calor húmedo del Caribe, la sencilla candidez de los pobladores rurales y sus penalidades cotidianas para conseguir sobrevivir con ingresos paupérrimos, la intransigencia de las autoridades tanto como el eco heroico de la revolución, la pesadilla de los balseros, el delirio del peso convertible, la ruina de la Habana Vieja, el escénico ambiente del Malecón…

Pero el autor va mucho más allá. Conoce Alamar, la ciudad de los poetas;  visita pueblos ignotos, atraído por las resonancias de sus insólitos nombres (“Macondo”, “España Republicana”, “Julián Grimau”), para descubrir en ellos inagotables anécdotas, contadas por sus propios habitantes; revive el viaje de Federico García Lorca a Santiago; viaja hasta la finca Manacas, cuna de los Castro; frecuenta las “vallas”, los escenarios de las populares peleas de gallos y se pierde por carreteras secundarias. Por el camino, González-Calero nos expresa sus propias opiniones sobre Batista y sobre la política actual y nos describe, en suma, con erudición y curiosidad inagotables, sin aburrirnos nunca, las pasmosas contradicciones y sorpresas de la vida en la isla, mientras cita a Virgilio Piñera, a José Martí, al propio García Lorca, a Alejo Carpentier...

En su conjunto, el libro nos deja la sensación de que Cuba, marcada por su insularidad y su situación geográfica y política, vive ajena a los ritmos y las preocupaciones que en otros lugares nos extenúan, lo que constituye toda una invitación a conocerla de manera pausada, para lograr una visión más profunda y sin prejuicios.


Cuba a Cámara lenta. Retrato de una isla imprevisible
César González-Calero
RBA Libros
Barcelona, 2011
192 páginas
16 euros

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La educación y sus peligros


A propósito de "Creer en la educación", de Victoria Camps


Este es un librito enormemente interesante para los padres, cada vez más desorientados en la tarea de educar a sus hijos, para los profesores, acogotados por la falta de medios en los colegios e impotentes ante unos chavales que van perdiendo hábitos de buena conducta, y para los políticos, ensalzados en cuestiones marginales de “ciudadanías” y "religiones" y olvidados de los asuntos centrales que deberían guiar el debate educativo. 

Con un lenguaje directo y llano, con los toques de erudición justos (las referencias a los especialistas y a los libros canónicos están muy medidas y son siempre pertinentes), Victoria Camps intenta ahuyentar falsos debates y recuperar la fe en la educación entendida en su sentido más estricto, como ese trabajo lento que tiene como propósito extraer lo mejor que lleva dentro una persona. 

Para lograrlo, Camps, que es catedrática de filosofía de la Universidad de Barcelona y que ha escrito una monumental Historia de la Ética, cree que es necesario ir renunciando al ideal progresista que ha antepuesto durante décadas la espontaneidad del niño a valores como la disciplina, el esfuerzo, el respeto a la autoridad o la tolerancia. Eso sí, advierte, sin llegar a los rígidos esquemas del franquismo, que, por otro lado, no serían entendidos hoy en día. 

Recordando a un perspicaz divulgador de todos estos temas como Salvador Cardús, Camps concede que los obstáculos son muchos, aunque teme sobre todo uno (o dos o tres, según se mire): la sociedad de consumo y su mayor escaparate, la publicidad con la que martillea constantemente la televisión. ¿Cómo inculcar valores como el esfuerzo, la disciplina o la contención, o formas de pensar como el autoconocimiento, cuando la publicidad, ubicua hasta decir basta, enaltece precisamente lo contrario? ¿Cómo es posible que las cadenas de televisión, que al fin y al cabo son un servicio público, hayan olvidado sus obligaciones para con los más pequeños y hoy haya desaparecido literalmente la programación infantil de las atestadas parrillas televisivas? 

Tampoco ayuda a plantear en los términos adecuados la cuestión educativa la opulencia en la que se han instalado en las últimas décadas las familias españolas y que, como poco, ha dado lugar a varias generaciones de niños consentidos. Para recuperar el terreno, la autora de Creer en la educación propone un debate serio y maduro de todas las partes implicadas, desde la familia a las instituciones y los medios de comunicación, pasando por los docentes, que hoy se sienten, ay, más desprestigiados y confundidos que nunca.


Creer en la educación. La asignatura pendiente
Victoria Camps
Editorial Península
Barcelona, 2008
220 páginas
17,50 euros

domingo, 6 de noviembre de 2011

Another year, de Mike Leigh



Viendo Another year, la última película de Mike Leigh, uno tiende a pensar que llevar un trozo de vida a la pantalla del cine es relativamente sencillo. Que se pone la cámara en un rincón de ese jardín de clase media londinense donde transcurre buena parte de la acción, se encuadra a los actores y todo empieza a funcionar. Sin embargo, sospecho que esa capacidad para captar la vida corriente e insertarla en una trama cinematográfica sin convertirla en un triste remedo o una parodia está al alcance de muy pocos.

Another year es una película que desazona doblemente. La felicidad del matrimonio protagonista contrasta con el desamparo del resto del reparto. Además, el origen de la desdicha es muy poco “literario”. No tiene origen en la pobreza, el exilio o la marginación social. Los desamparados de Mike Leigh son más prosaicos, viven con nosotros, son nuestros amigos y familiares, gente corriente que sufre como nadie la soledad, la vejez o la desidia que llevan al alcoholismo. Y lo hacen evitando la queja.   



Mike Leigh retrata como pocos una Inglaterra íntima de hogares angostos y lúgubres de clase media baja. No es, desde luego, la Inglaterra del cliché; del té a las cinco y de la aristocracia. Tampoco es el país luminoso (vaya paradoja) que le llamó la atención a Woody Allen en Match Point, ni tampoco el juguetón de la frívola Cuatro bodas y un funeral o de la lograda Notting Hill. A Mike Leigh no le interesa el Londres de los hippies venidos a más y de los mercados callejeros, o ése groseramente opulento de los financieros, las galerías de arte y los restaurantes de lujo.

Su Inglaterra es ese interminable paisaje suburbial y grisáceo que rodea al cogollo de relumbrón que nos venden en las agencias de viajes. Como hiciera en Secretos y mentiras o El secreto de Vera Drake, Mike Leigh se adentra sin hacer ruido y sin subrayados en ese mundo íntimo y de espacios estrechos donde sus moradores (tan british o más que esos otros que nos venden los folletos turísticos) sufren en silencio el atropello de los años y la soledad.

Another year tiene algo de chejoviano. El drama, siempre velado, tiene lugar en los estrechos límites de la vida cotidiana. Además, la mirada de Mike Leigh es compasiva. Sin embargo, el sarcasmo y la ironía casi desaparecen. Another year es una película contenida porque (y en eso sí que es muy british) los buenos modales que engrasan las relaciones sociales, incluso las más cercanas, silencian en todo momento cualquier exabrupto. Bendita cortesía que, además, permite un mayor lucimiento del reparto. Es memorable el largo y callado encuentro (cinematográfico) de Mary, funcionaria cincuentona y alcohólica que todavía está de buen ver, y Ronnie, jubilado que se acaba de quedar viudo.

La otra noche, la sala en la que vi Another year estaba a rebosar de gente mayor. Sospecho que la media de edad de los espectadores de esta película será muy alta. Es una pena. Que esta joyita llena de verdad y humanidad pase desapercibida para muchos es quizá el precio a pagar por tantos años de cine frívolo destinado a un público de gusto infantil.







martes, 1 de noviembre de 2011

Todo va a cambiar, de Enrique Dans


El mañana ya está aquí

No hay muchos divulgadores en este país del complejo mundo de las nuevas tecnologías e Internet. Por eso es de agradecer el esfuerzo de síntesis y buena escritura de Enrique Dans, profesor del Instituto de Empresa y uno de los blogueros que más se ha significado en el espinoso debate de los derechos de autor en la red. Dans aborda con un lenguaje bastante llano muchos asuntos que hasta ahora han sido coto vedado de tecnólogos y entusiastas de la informática, pero que, en realidad, están afectando muy seriamente al modelo de sociedad que está a la vuelta de la esquina. 

El punto de partida de Dans es que Internet está cambiado a paso de gigante la forma de relacionarnos, de trabajar, de acceder al conocimiento, de hacer política o de producir y vender bienes y servicios. Además, estos cambios se van a acelerar en el medio plazo, cuando los denominados por Marc Prensky nativos digitales (aquellos que han nacido y se han educado con Internet de fondo) vayan asumiendo puestos de responsabilidad en empresas e instituciones. El ejemplo está en las enciclopedias: ¿Quién se acuerda hoy de la jactanciosa Britannica, o incluso de la solvente pero limitada Encarta de Microsoft, que hace tan solo una década era todo un referente? 



El modelo que se impone en Internet, y que Dans defiende con su característica vehemencia, es abierto y prima la colaboración. Es el que ha dado como resultado que hoy la gran enciclopedia del saber para el común de los mortales sea, con todas sus limitaciones, la Wikipedia, y que los servicios más demandados sean los de las redes sociales, donde cada uno es proveedor y destinatario de información al mismo tiempo. Dans nos avisa de que estamos abandonando a toda pastilla el mundo de ayer, caracterizado por la masificación y la comunicación unidireccional y controlada (un político que arenga desde el escenario, un profesor que da su clase magistral desde la tarima, un periodista que nos sirve las noticias desde un plató de televisión…), y adoptando uno más personal, líquido, ubicuo y complejo que está poniendo en cuestión todos los esquemas mentales. 

En su ánimo por difundir la cultura digital, Dans derriba algún cliché, herencia del mundo analógico. A los padres les aconseja no imponer a sus hijos prohibiciones con el ordenador o filtros de control, sino enseñarles a caminar por el ciberespacio, algo ya tan básico como saber moverse por la calle. A los renuentes a adoptar las nuevas tecnologías les invita a lanzarse sin complejos, a hacerse con un portátil desde ya y crear un blog, comprar por Internet o entrar a formar parte de una red social. Los beneficios serán infinitos y los problemas, en contra de la imagen que difunden los medios, muy escasos.

El autor de Todo va a cambiar advierte de que en la red, donde de una u otra forma tendremos o deberemos estar, se impone una economía de la atención que premiará al que más miradas concite y sepa, posteriormente, transformar ese protagonismo en negocio. El no entenderlo es lo que está llevando a ciertas industrias a planteamientos insostenibles. Como nos tiene habituados en su blog, Dans no ahorra palos contra los gestores culturales y la industria de la música y el cine, empeñados en mantener el modus operandi de los últimos cuarenta años, basado en la venta de CD. En este punto cabe hacer alguna objeción al autor, que se deja llevar por el apasionamiento cuando asegura que el coste del canon digital supone el traspaso de miles de millones de euros desde los bolsillos de los usuarios a los autores, cuando en realidad son unos 100 millones al año, como reconocen las patronales del sector y declaran las propias entidades de gestión.

Por último, cabe reprochar también a Enrique Dans un cierto maniqueísmo a la hora de analizar las trayectorias de Microsoft y Google. Por que ni el primero es el origen de los siete males ni el buscador, una empresa que empieza a ser investigada por las autoridades antimonopolio y que tendrá que ser muy cauta con el uso de la información de los usuarios que atesora, la gran panacea universal. Dans, que califica a Microsoft como un caso paradigmático de “falta de adaptación”, no tiene en cuenta que los intereses de esta compañía van mucho más allá de Windows y Office y hoy está presente en casi todos los ámbitos de la gestión de la información en las empresas. Además, también soslaya el hecho de que Microsoft ahora mismo está construyendo centros de datos en todo el mundo para ofrecer servicios desde la nube de Internet, siguiendo el modelo de la propia Google, de Amazon o de IBM. En fin, ni tanto ni tan calvo.


Todo va a cambiar
Tecnología y evolución: adaptarse o desaparecer
Enrique Dans
Editorial Deusto
Barcelona, 2010
277 páginas
19,95 euros

domingo, 23 de octubre de 2011

Brooklyn, de Colm Tóibín



Lección para novelistas aprendices
Mariano Oliveros

Imaginémonos en el papel de aprendices de novelista - ¿qué lector no ha deseado emular las proezas estéticas de Faulkner o Borges?-. Ebrios de brillantes ideas procedentes de nuestra amplia y envidiable trayectoria vital y tras habernos decidido por escribir la gran novela del perplejo hombre postmoderno (seguidor infatigable de este blog), descubriremos, para amarga sorpresa de nuestra alma lectora, que somos incapaces de empezar por el principio: escoger cuál será el punto de vista más apropiado para nuestra narración.

Atraídos pero, a la vez, desbordados, por las oscuridades y sutilezas de los cuatro narradores de ¡Absalón, Absalón! tanto como por la, aparentemente sencilla pero inasequible a nuestras escasas fuerzas literarias, narración en primera persona de El Aleph,  acabaremos, quizá, intentando repetir los Ejercicios de estilo de Queneau, para descubrir,  consternados, que solo son factibles para un sosia del propio Queneau.  Exasperados por nuestra torpeza, probablemente recalemos, con íntimo escarnio, en las clases de creación literaria que ofrecen, u ofrecían, los centros culturales en cualquier lugar de España.

Aunque, tal vez, para nuestra fortuna, salga antes a nuestro encuentro Brooklyn, de Colm Tóibín. El fiel narrador de Brooklyn nos detalla la experiencia de Eilis, una joven irlandesa que se decide a emigrar a Estados Unidos porque recibe una oferta de trabajo en firme desde Nueva York, muy preferible a las tareas de tendera eventual que realiza en su diminuto Enniscorthy natal (el lugar de nacimiento del propio Tóibín). Se trata de una novela de iniciación que nos muestra el camino de la progresiva independencia de Eilis frente a los dictados de su entorno inmediato, de su familia y de su iglesia.

El punto de vista del narrador define totalmente la novela, por cuanto solo se nos muestran, parcialmente, las emociones y los pensamientos de Eilis; al resto de los personajes los conocemos únicamente a través de sus actos, de sus diálogos y de las opiniones de la propia Eilis. Con un esfuerzo permanente de contención, Tóibín nos desgrana, sin concesiones artificiosas, la odisea de la protagonista, sometida a las duras experiencias del emigrante que debe dejar atrás todo cuanto ama en busca de un futuro mejor. 

La descripción de los hechos es, en ocasiones, tan parca en detalles subjetivos que parece más propia de un notario que de un novelista. Ello no impide que transiten, a lo largo de todo el relato, corrientes emocionales de gran intensidad que resuenan solamente de forma sutil en el curso de la narración, como en sordina: la intensa humanidad de todos los personajes es uno de los puntos fuertes de la novela.



La perspectiva restringida del narrador nos impide ser los videntes del futuro de Eilis, por eso nos resulta tan impactante el dilema final de la protagonista. La clave de la novela, el conflicto moral de Eilis descrito en las últimas páginas, trasciende su propia anécdota para hacernos reflexionar sobre el fiel de la balanza de nuestras vidas, ¿qué pesa más en nuestro destino, las circunstancias externas o nuestras íntimas decisiones personales?

Tras haber recibido esta soberbia lección sobre la importancia del punto de vista en la narración y deseosos, a nuestra vez, de convertirnos en dueños del secreto, quizá deseemos discutirle a Tóibín el uso del truco de mostrarnos lo subjetivo solo cuando a él le interesa. Pero, amigos, para discutir hay que tener argumentos: ¡a escribir, aprendices de novelista!


Brooklyn
Colm Tóibín
Editorial Lumen
315 páginas
18,90 euros

domingo, 16 de octubre de 2011

La niña de Rajoy



Retrocedamos cuatro años. Es muy probable que lo que más se recuerde de los dos debates que Zapatero y Rajoy mantuvieron a principios de 2008, en la recta final de la anterior campaña presidencial española, no sea la dura recriminación del candidato del PP al socialista por haber olvidado a las víctimas del terrorismo, o la andanada de cifras que uno y otro dieron para justificar su más o menos pesimista visión de la economía.

Lo más probable es que si hoy se pregunta por aquellos cara a cara televisivos muchos vuelvan a hablar de "la niña de Rajoy", el personaje de ficción con el que el líder de la derecha debía coronar su intervención, en un intento de mostrar su lado más humano. "El otro día hablé de una niña, de una niña que tiene que crecer, y en esa niña pienso, porque esa niña mueve mi sentimiento y mi corazón", sentenció Rajoy para cerrar el segundo debate televisado. 



Ni que decir tiene que el intento de Rajoy de emocionar y ganarse a la audiencia con esa historia fracasó y algunos le tacharon incluso de cursi. La voz del candidato transmitió poca convicción y sus dotes de actor quedaron en entredicho. La mirada esquiva del político, siempre más pendiente del papel que de la cámara, tampoco ayudó. En realidad, siempre pareció que Rajoy leía un texto y que ese texto, además, no era para él.

Sin embargo, la famosa niña del político gallego es muy de nuestro tiempo, mucho más, en todo caso, que el discurso más tradicional de Zapatero. Y es que la teoría que sostenía el planteamiento de los asesores del candidato conservador reconoce el papel central del storytelling, o arte de contar historias, que durante siglos estuvo circunscrito al ámbito de la literatura, pero que en las últimas décadas se ha convertido en un arma de persuasión y encantamiento a la que han recurrido líderes políticos y empresariales de todo el mundo.

En este libro, el escritor francés Christian Salmon, que no se hace eco del caso de Rajoy, hace un repaso por algunos de las manifestaciones del storytelling en vida política americana y francesa, explicando incluso cómo se lo ha apropiado el Pentágono, que cada vez recurre más a guionistas de Hollywood y al mundo del videojuego.

Salmon examina los efectos de esta ficcionalización del mundo en dos ámbitos básicamente: el económico y el de la política. En el mundo de la empresa, este "imperialismo narrativo", que impone un acercamiento a la realidad a través de una story cercana y emotiva y nunca gracias a un análisis riguroso de los hechos, ha producido una metamorfosis profunda en el modo de comunicar de las corporaciones.

Ya no vale el producto o la marca a secas. La imagen de la compañía tiene que ir asociada a un relato, a una historia de superación. Como la del fabricante de ordenadores que empezó en un garaje o la destilería de wisky que ha salido adelante gracias al trabajo sincero, abnegado y respetuoso con la tradición de una familia. Esta capacidad del storytelling para crear mundos de color rosa en la empresa, denuncia Salmon recordando a Richard Sennet, han llevado a creer en el cambio constante como algo incuestionable o a asumir la ficción (movilizadora) de que nadie compite con nadie y todos somos iguales en el seno de las compañías.
  
Más jugosos si cabe son los capítulos que Salmon dedica a los presidentes de los EEUU que, en mayor o menor medida, han recurrido al storytelling para transmitir su visión (interesada) del mundo. Porque si algo tienen en común Ronald Reagan (un actor al fin y al cabo), George W. Bush y Barack Obama, es precisamente su confianza absoluta en el discurso-ficción como vehículo para motivar a la ciudadanía.

El ejemplo de Obama es iluminador. Los muy estudiados discursos que, durante los dos años previos a su elección, le sirvieron para darse a conocer por todo el país están trufados de tiernas historias, como la de Ann Nixon Cooper, una anciana activista de color que nació poco después de la abolición de la esclavitud y que, con 107 años cumplidos, se  convirtió en la materialización, como el propio Obama, del sueño americano.

Christian Salmon también dedica unas páginas finales a la política en su país, Francia, para recordar que en las últimas elecciones presidenciales, que enfrentaron a Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, también se impuso la confrontación de historias personales al estricto debate de ideas. Sarkozy con la del hijo rebelde que rompe con el padre-presidente y Royal con la de la atractiva mujer que derriba a los viejos elefantes de su partido.

Es un punto de inflexión en Francia que hace pensar que hay larga vida para el storytelling político también en el viejo continente. Eso sí, con la connivencia de unos medios dispuestos a aprovechar el amarillismo que todo esto genera. En fin, el libro de Salmon, que está bien documentado y que recurre a una prosa sobria y culta, ayuda a desentrañar y desenmascarar el sentido de las historias que hoy dirigen el mundo y que, en periodo de elecciones, siempre vuelven al primer plano.   


Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes
Christian Salmon
Prólogo de Miguel Roig
262 páginas
20,90 euros

martes, 11 de octubre de 2011

A vueltas con el trabajo



En La mano invisible, la última novela de Isaac Rosa, una teleoperadora consume toda su jornada laboral realizando encuestas de satisfacción laboral. Entre otras cuestiones, pide a sus interlocutores que digan su grado de acuerdo, puntuando de uno a cinco, para cada una de estas afirmaciones: “Una persona solo llega a realizarse por medio del trabajo. Me encantaría tener un trabajo remunerado incluso si no necesitara el dinero. El trabajo es solo un medio de ganarse la vida. El trabajo es una maldición”.

Si en la muy recomendable El país del miedo, su anterior texto, Rosa abordaba de forma muy original las mil preocupaciones y traumas que pueden perseguir a sus contemporáneos, en la última todo gira alrededor del trabajo, que se convierte en el verdadero protagonista. Así, los distintos personajes que aparecen no tienen nombre y serán identificados por sus oficios: el albañil, el carnicero, el mecánico, la costurera, la operaria de una cadena de montaje, el mozo de almacén… 

Y para subrayar aún más el peso del entorno laboral en esta obra, los coloca a todos en el centro de una nave abandonada, abierta al público por no se sabe quién (esa mano invisible del título y del capitalismo desde los tiempos de Adam Smith, que les va exigiendo más y más conforme pasan las semanas), para que desde las gradas sean observados mientras realizan sus tareas.

Aunque pueda parecer descabellado que la gente se reúna para ver, por ejemplo, cómo un carnicero descuartiza una vaca muerta, un mecánico desmonta un coche, un albañil construye una pared o una operaria coloca piezas de distintas formas en una caja, lo cierto es que no faltan “los turistas del trabajo”, como alguna vez son calificados, pero tampoco los analistas que vilipendian ese “zoológico” o aquellos otros que lo comparan con un concierto, definiéndolo como “la sinfonía del trabajo humano”. Teatro, circo, arte, experimento, broma, galera con condenados o campaña publicitaria son otros términos a los que se recurre para intentar describir lo que ocurre en esa especie de Gran Hermano que han montado en la nave.

Estamos ante una novela de tesis, con una idea muy clara sobre la alienación que trae consigo el trabajo. Sus páginas están plagadas de diálogos y situaciones que así lo corroboran, como cuando la costurera se arrepiente de nunca haberle dicho a su madre que “está harta de su viejo cuento de la dignidad del trabajo, la decencia del trabajo, la felicidad del trabajo, porque yo no he conocido nada de eso, y no creo que tú lo hayas conocido después de cincuenta años trabajando como una burra…”. Y si, como es previsible, los jefes no salen muy bien parados, tampoco los trabajadores, que se volverán despóticos en el momento que tengan el mando o intentarán que el compañero de al lado asuma alguna de las tareas que en principio les correspondían a ellos.

Aunque, como les ocurre a los protagonistas, el lector puede estar interesado en saber qué y quién hay detrás de ese montaje, el objetivo de este libro no es tanto explicarle lo qué está pasando como abrirle los ojos ante la hipocresía general, ayudarle a reflexionar sobre el mundo laboral y también sobre el ser humano, que desde luego no sale muy bien parado. No estamos ante una novela complaciente, que ayude a pasar el rato. 

Tal y como ocurría en El país del miedo, Rosa remueve muchas cosas en aquellos que se acercan a sus obras, pero quizás en la anterior era más fácil empatizar con Carlos, recordar situaciones en las que nos hemos encontrado tan indefensos como su protagonista; mientras que la sucesión de arquetipos que pueblan esta y una trama demasiado delimitada por el mensaje no la hagan tan recomendable como aquella. De todos modos, aquellos que lleguen hasta el final tendrán mucho material sobre el que reflexionar.



La mano invisible
Isaac Rosa
Editorial Seix Barral
Barcelona, septiembre 2011
380 páginas
19,50 euros

domingo, 2 de octubre de 2011

Houellebecq en los arrabales




No había leído antes ningún libro de Michel Houellebecq, pero la presión (mediática, por una parte, y de algún amigo, por otra) me ha vencido. En cualquier caso, El mapa y el territorio se lee compulsivamente, y se disfruta. No quiero ponerme pedante, pero tengo que soltarlo: Houellebecq anda como pocos por los arrabales emocionales del mundo occidental, por esos escenarios poco transitados por los novelistas con aspiraciones intelectuales, y lo hace sin grandilocuencias y sin forzar la estructura y el tono del relato. 

Una Nochebuena en soledad y sin palabras, una clínica donde se practica la eutanasia en Zurich (“un distinguido moridero”, como se nos dice en alguna parte de la novela), un asesinato tremebundo que revuelve las vísceras de los mismos agentes que lo investigan… Son esos lugares y momentos los que marcan el periplo de los dos personajes que sostienen el libro: el introvertido Jed Martin, estrella sin querer del mundo del arte, y un tal Michel Houellebecq (¿les suena?), personaje huraño y solitario, desterrado por voluntad propia a un pueblo fantasmal de Irlanda y, por qué no, vaca sagrada de las letras francesas y lo mejor del olimpo literario quizá desde Sartre. Entre esos dos seres se establece una amistad efímera, pero provista de una inefable sintonía. Ambos, solitarios de mediana edad, comparten el reconocimiento artístico, pero también el alejamiento de un mundo mentiroso y cínico.

Si en la primera parte del libro Houellebecq centra la atención en el fotógrafo y pintor Jed Martin y aprovecha su peripecia para hablarnos de la impostura que preside el mundo del arte, de los medios de comunicación y de la empresa, o para denunciar que toda Francia se haya convertido en una parada turística de cartón piedra; en la segunda da un giro radical y nos propone una investigación policial en toda regla. En ese momento, Houellebecq centra la atención en el comisario Jasselin, un policía vocacional y felizmente casado, que tiene que afrontar un caso siniestro y aparentemente irresoluble justo al borde de su jubilación. Ahí, el ritmo demorado de la primera parte se hace vibrante.

Aunque la introversión, la frialdad o la melancolía marcan el universo Houellebecq, un deseo de redención preside secretamente todo el libro. El ejemplo más palpable es el del desencantado Jed Martin, que anhelará el amor casi siempre esquivo de la bella Olga durante años.

El estilo al que recurre Houellebecq es descuidado, como muchos le critican. Por otra parte, el autor reconoce deudas con la versión francesa de la Wikipedia (lo que llevó a algunos a decir que había plagio y a su editorial a defenderse en los tribunales). Todo es cierto. Pero tengo la impresión de que Houellebecq, al que sus enemigos han visto en estos años como “reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso”, plagia y escribe de esta forma para provocar. El mapa y el territorio es una visión a contracorriente y amarga de la vida actual, pero sobre todo respira verdad en cada línea. 
Además, Houellebecq no solo amplía el ángulo de visión de la novela aireando los sentimientos más íntimos e inconfesables de sus personajes, sólidamente construidos, sino que también se ayuda de cualquier elemento externo para reforzar su caracterización: sus hábitos en el supermercado, el coche que conducen, los aparatos tecnológicos que pulsan, el mobiliario doméstico que les rodea o la última prótesis a la que acuden para alegrar su vida sexual… (“Aunque no supiera nada de su vida, a Jed le sorprendió ver llegar a Jasselin al volante de un Mercedes Clase A. El Mercedes Clase A es el automóvil ideal para una pareja sin niños que vive en una zona urbana o periférica y que no ve con malos ojos, sin embargo, concederse de  vez en cuando una escapada a un hotel con encanto…”, dice en la página 312). 
En fin, Houellebecq nos desafía con una visión dura y desengañada de la realidad, pero llena de matices y hallazgos. Hasta un cierto punto, novelar de esta manera pone en entredicho la capacidad de entendimiento que la cultura burguesa tradicional puede tener de un mundo, el contemporáneo, tan complejo y subterráneo.

El mapa y el territorio
Michel Houellebecq
Editorial Anagrama
Barcelona, 2011
379 páginas
21,90 euros

viernes, 23 de septiembre de 2011

Fiel a sí mismo




Leí Últimas Tardes con Teresa con el deslumbramiento propio de los 18 años y desde entonces he disfrutado de los desalentados personajes de nuestro autor y de sus intensos y, tantas veces, inalcanzables sueños, casi siempre enmarcados por las miserias y las esperanzas de la Barcelona de la postguerra. Marsé no ofrece nunca obras menores: en todas ellas, las sorpresas de la narración, la perfecta estructura y el aliento, entre cómico y patético, de los protagonistas, nos dejan un poso perdurable en la memoria.  ¿Cómo olvidar los frustrados sueños del Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, el trágico destino de Java en Si te dicen que caí o la mala fortuna que hace de Ringo, el protagonista de Caligrafía de los Sueños, un pianista de nueve dedos?

La condición de perdedores que es común a los personajes más recordados de nuestro Premio Cervantes, no obstante, obvia su esencia de soñadores románticos, irrenunciablemente fieles a sí mismos. En un determinado momento de Caligrafía de los Sueños, Ringo observa, a través del  ventanal del bar donde se refugia para leer, escribir  y lamerse las heridas, cómo un niño de corta edad, diligente en su afán por convertirse en un muchacho, lucha por quitar los ruedines de su bici. 

Contumaz, el niño intenta una y otra vez, incluso a pedradas, aflojar las tuercas sin conseguirlo y solicita con insistencia la ayuda de los viandantes, que le acarician suavemente la cabeza sin atender a sus deseos o bien, simplemente, pasan de largo. Ringo contempla, fascinado, los denodados esfuerzos del chavalín por desembarazarse de aquello que le impide su advenimiento al mundo de los auténticos ciclistas. El niño consigue, finalmente, eliminar los ruedines, sólo para enzarzarse en una nueva lucha sin cuartel, esta vez contra su propio sentido del equilibrio. 

Así, intenta una y otra vez deslizarse calle abajo sin ayuda, a costa de darse trompadas sin cuento. Magullado, zaherido por las chanzas de los adultos que pasan por su lado, pero no por ello desalentado, el chaval logra, al enésimo intento, su ansiado sueño de aprender a montar en bici, tras romperse la crisma repetidas veces contra el asfalto. El niño regresa a casa haciendo cabriolas con su bici no sin antes dedicar una mirada triunfante a Ringo. Su triunfo, no obstante, es contingente: el relato podría continuar con nuevas citas diarias de nuestro chaval y los afilados bordes de las aceras sin que se alterara en los más mínimo nuestra admiración por su tenaz empeño en conseguir lo que desea, ni nuestro placer en la lectura de páginas tan bien escritas.

Los deseos de los protagonistas de Caligrafía de los Sueños, y los del resto de las novelas de Juan Marsé, están hechos de la propia pasta informe de la que surgen nuestros más profundos, oscuros y esquivos sueños de amor, grandeza o éxito. Lo que nos diferencia de los personajes de Marsé es que ellos, pese a estrellarse una y otra vez contra el duro asfalto o contra los desdenes de sus amores imposibles, nunca dejan de ser, irrenunciablemente, fieles a sí mismos, inasequibles al rigor de su cruel destino incluso, en último extremo, aunque no consigan nunca  sus más bellos sueños. 

Esa es una de las razones por las que Marsé nos llega tan hondo: porque nos enseña que, por muy adversos que sean los vientos, nunca debemos declinar en nuestras más íntimos afanes, ni renunciar a nuestra propia esencia, fracasemos (lo más común en sus novelas y en la vida) o no. Vicky, la cuarentona crepuscular entrada en carnes, no ceja en su empeño de ser amada por  un viejo resultón, pese a los desdenes de éste. Ringo, trasunto del joven que una vez fue Marsé, pese a haber perdido uno de los dedos de su mano izquierda en un desdichado accidente laboral sigue practicando, indesmayablemente, sus escalas de pianista sobre la tabla de una mesa. “Matarratas”, padre de Ringo, persiste en sus afanes de contrabandista y resistente rojo pese a constatar que está “en el culo del mundo”. 

Todos ellos permanecen en nuestra memoria, tras leer Caligrafía de los sueños, mucho más por su calidad de soñadores impenitentes que por su desoladora fortuna. El resto, la perfecta madurez literaria de uno de los escritores más destacados en lengua castellana, es, como siempre, puro placer para el lector.


Caligrafía de los sueños
Juan Marsé
Editorial Lumen
436 páginas
22,90 euros


domingo, 18 de septiembre de 2011

Paradojas del consumo



El consumo es casi tan vital como el aire que respiramos y, sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en sus manifestaciones y en cómo nos afecta individual y socialmente. Resulta sospechoso que un tema tan central no llegue a entrar en la agenda de los medios de comunicación o de los partidos políticos, tan dados, por otro lado, a encumbrar las cuestiones más intrascendentes con tal de atraer a la audiencia o de satisfacer las aspiraciones de su clientela. Es paradójico, por ejemplo, que la iglesia no tenga el consumo entre ceja y ceja, toda vez que hoy, como propuesta de sentido, ha ganado por goleada a cualquier cosmovisión tradicional. 

Porque cabe hacerse una pregunta: ¿No es el individualismo hedonista que fomenta la sociedad de consumo, y no una política a favor de los derechos de gays y lesbianas, la verdadera bestia negra de la familia? La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo (Anagrama), de Gilles Lipovetsky, una de las estrellas de la sociología francesa, es una excelente oportunidad para profundizar en la cuestión. Hay que advertir que el trabajo de Lipovestky no satisfará a los catastrofistas que consideran el consumo la fuente de todos los males. Olvídense de una crítica visceral al consumismo (de hecho el autor se cuida de no utilizar este término).

Lipovestky empieza su largo volumen asegurando que el homo consumericus ha entrado en su tercera etapa. Ya no es, como en los años sesenta o setenta, la obsesión por el standing o la distinción lo que nos mueve a adquirir bienes. El consumo como ostentación, como vía para situarnos en la jerarquía social, ha pasado a mejor vida. La democratización de los bienes en las sociedades desarrolladas (hoy casi todo el mundo tiene televisión y una casa llena de electrodomésticos) han convertido el acto de consumir en algo más imprevisible. No es tanto un reflejo de lo que los demás esperan de uno, sino una proyección de nuestras inquietudes y decisiones más personales. 

El hiperconsumidor new age se ha vuelto sobre sí mismo. Aunque se pueda discutir a Lipovetsky la intensidad del proceso, las motivaciones privadas reinan sobre el objetivo de la distinción. “El consumo se organiza cada día un poco más en función de objetivos, gustos y criterios individuales” (pág. 36). Al hiperconsumidor le importa menos lo que  piensen lo demás y está más pendiente su propio bienestar físico y espiritual.

Lipovestky ve bien el cambio de tercio, pero detecta algunas de las paradojas. Y es que estamos en una sociedad que, por un lado, fomenta el hedonismo, el narcisismo y los estados de euforia y, por otro, no puede evitar la sensación de vértigo ante un tiempo que se nos escapa, la ansiedad, la decepción o el fracaso en las relaciones personales. El autor no ahorra en ejemplos que nos ilustran este sinsentido. Dos bastarán. Lo moderno conlleva una preocupación creciente por la salud, lo que está dando lugar a una sociedad hipermedicalizada. Aparte de dejarnos la vida en la cinta del gimnasio, cada vez vemos más al médico y tomamos más cócteles multivitamínicos. Nos hemos transformado, según Lipovetsky, en hipocondriacos con buena salud. 

También están en franca expansión los alimentos sanos: bio, probióticos, light… Lo que Lipovetsky llama “epicureismo gargantuesco” definitivamente ha pasado de moda. Más que llenar la tripa, como en el pasado, la cocina debe proporcionar hoy un plus de salud, pero también de experiencia y placer. Debe emocionarnos y trasladarnos (Ratatouille y Ferrá Adriá son hijos de la misma posmodernidad). Lo peor es que todo esto ocurre a la vez que prolifera la glotonería producida por la ansiedad, el estrés o la soledad.  

El autor de La era del vacío no duda, pues, de los efectos desestructuradores y deprimentes de la sociedad de consumo, sin embargo, no se regodea en el fango del nihilismo. Por el contrario, ve indicios de que se cocina algo distinto, de que muchos buscan sentido más allá de las ilusiones que da el consumo. Y es que a la par que estamos en un momento de individualización extrema, donde se imponen el egoismo, la ambición o la delincuencia económica y financiera, también se da, como compensación, una eclosión de principios morales “disidentes” que nos llevan a enaltecer el trabajo bien hecho y la creación personal, que nos hacen más solidarios con las víctimas de catástrofes y que prefiramos el “comercio justo” a la voracidad de las grandes superficies. Por no hablar de la búsqueda de nuevos horizontes espirituales en los movimientos religiosos de nuevo cuño. 

Lipovetsky cree que la superación de la sociedad de hiperconsumo llegará por la vía lenta de la educación (no dice si en la escuela, en la familia o en la sociedad civil). De esta manera pone terreno de por medio con los apocalípticos. “La crítica no debe fijarse tanto en la espiral de las necesidades comerciales como en las instituciones de base, encargadas idealmente de montar a los individuos, de formarlos y pertrecharlos con los útiles necesarios para pensar, obrar y perfeccionarse” (pág. 351). Lipovetsky está convencido de que existen reservas espirituales para dar a luz lo que el llama el “poshiperconsumo” y acabar con las paradojas a las que da lugar. “Llegará el día en que la búsqueda de la felicidad en el consumo no tendrá el mismo poder de atracción, la misma positividad: la búsqueda de la autorrealización acabará por desviarse del camino sin fin de los placeres del consumo” (pág. 353).



La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo
Gilles Lipovetsky
399 páginas
Editorial Anagrama
Barcelona, octubre 2007
Precio: 20 euros