Mostrando entradas con la etiqueta publicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta publicidad. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de mayo de 2013

Malick, Dios y el amor




Cuando acaba la última película de Terrence Malick y uno no tiene más remedio que dejar el confort de la sala oscura  para salir a la calle, las imágenes hipnóticas y machaconas de To the wonder le llevan en volandas. Soy de los que no se han hartado del poético (y tardío) estilo de hacer cine de Malick, que vuelve a la carga con este poema visual sobre el amor, la felicidad y la fe.

To the wonder, como antes pasó con El árbol de la vida, solo se empieza a apreciar una vez acabada la proyección. El torrente de imágenes y música con que Malick inunda la pantalla permanece en la mente del espectador hasta mucho tiempo después, cuando ya solo es un eco y un hilito de sensaciones imprecisas. To the wonder crece en la cabeza cuando el atrevimiento de sus creadores no puede defenderla.

Creo que Malick es uno de los pocos que hoy se atreve con aquel “estilo trascendental” que teorizó en su mítico librito de principios de los setenta Paul Schrader, donde reivindicaba la mirada despojada de Ozu, Bresson o Dreyer.  Malick -como prescribía Schrader- pone en imágenes el misterio de la existencia sin recurrir a una interpretación convencional. 

Renuncia, como aquellos maestros, a los artificios del cine de siempre, a las elaboradas puestas en escena, a una marcada caracterización  o a verbalizar gracias a trabajados diálogos un drama que apenas intuimos en la pantalla. En cada fotograma, y sin asideros, de forma improvisada, To the wonder intenta apresar esa vida que se nos escapa por entre los dedos, como lágrimas en un día de lluvia.

La vida aparece en las películas de Malick a través de los elementos más inexpresivos. Sin ir más lejos, Ben Affleck, pieza central de ese triángulo de amores contrariados y difusos que sostiene la película,  asiste mudo al torbellino emocional que se desata a su alrededor. Nosotros vemos el mundo a través de los ojos de un hombre mudo y perplejo. Son los otros y las cosas –el agua, las mareas, la tierra, los caballos, los bisontes, los trigales…-, los que marcan el ritmo y se convierten en un descubrimiento permanente para la cámara de Malick. Como en El árbol de la vida, la mirada de Malick es abrumadoramente compasiva y panteísta.  

Para expresar lo inefable –la esencia del amor en la joven pareja o la presencia de Dios en la adversidad y en la pobreza en ese cura católico con aire ausente que interpreta Bardem- Malick recurre a una catarata de imágenes y músicas que llegan de todos sitios, punteadas por voces en off que apenas distinguimos, como susurros, casi incomprensibles y entrecortados. Todo pasa y deja de pasar al mismo tiempo.

Las elipsis son primorosas. Uno no deja de preguntarse qué habrá sido de la bella Jane (Rachel McAdams) cuando su relación con Neil (Affleck), antiguo compañero de juegos, queda repentinamente en suspenso por la aparición de Marina (Olga Kurylenko), que se traslada de la bulliciosa París a la tranquila y suburbial Oklahoma para irrumpir por segunda vez en la vida de Neil.

To the wonder se parece mucho a El árbol de la vida. Y quizá no esté tan lograda, pero sigue siendo una película sobrecogedora sobre el reverso de la felicidad. Es una muestra de cine a contracorriente y libérrimo (los actores improvisan muchas veces y nadie está libre de quedar fuera de una película de Malick tras el paso por la sala de montaje) que nos habla también de las posibilidades inexploradas de un arte, el del cine, sepultado por toneladas de obras de género, clichés e imágenes prefabricadas en los laboratorios de las agencias de publicidad. 


miércoles, 16 de noviembre de 2011

La educación y sus peligros


A propósito de "Creer en la educación", de Victoria Camps


Este es un librito enormemente interesante para los padres, cada vez más desorientados en la tarea de educar a sus hijos, para los profesores, acogotados por la falta de medios en los colegios e impotentes ante unos chavales que van perdiendo hábitos de buena conducta, y para los políticos, ensalzados en cuestiones marginales de “ciudadanías” y "religiones" y olvidados de los asuntos centrales que deberían guiar el debate educativo. 

Con un lenguaje directo y llano, con los toques de erudición justos (las referencias a los especialistas y a los libros canónicos están muy medidas y son siempre pertinentes), Victoria Camps intenta ahuyentar falsos debates y recuperar la fe en la educación entendida en su sentido más estricto, como ese trabajo lento que tiene como propósito extraer lo mejor que lleva dentro una persona. 

Para lograrlo, Camps, que es catedrática de filosofía de la Universidad de Barcelona y que ha escrito una monumental Historia de la Ética, cree que es necesario ir renunciando al ideal progresista que ha antepuesto durante décadas la espontaneidad del niño a valores como la disciplina, el esfuerzo, el respeto a la autoridad o la tolerancia. Eso sí, advierte, sin llegar a los rígidos esquemas del franquismo, que, por otro lado, no serían entendidos hoy en día. 

Recordando a un perspicaz divulgador de todos estos temas como Salvador Cardús, Camps concede que los obstáculos son muchos, aunque teme sobre todo uno (o dos o tres, según se mire): la sociedad de consumo y su mayor escaparate, la publicidad con la que martillea constantemente la televisión. ¿Cómo inculcar valores como el esfuerzo, la disciplina o la contención, o formas de pensar como el autoconocimiento, cuando la publicidad, ubicua hasta decir basta, enaltece precisamente lo contrario? ¿Cómo es posible que las cadenas de televisión, que al fin y al cabo son un servicio público, hayan olvidado sus obligaciones para con los más pequeños y hoy haya desaparecido literalmente la programación infantil de las atestadas parrillas televisivas? 

Tampoco ayuda a plantear en los términos adecuados la cuestión educativa la opulencia en la que se han instalado en las últimas décadas las familias españolas y que, como poco, ha dado lugar a varias generaciones de niños consentidos. Para recuperar el terreno, la autora de Creer en la educación propone un debate serio y maduro de todas las partes implicadas, desde la familia a las instituciones y los medios de comunicación, pasando por los docentes, que hoy se sienten, ay, más desprestigiados y confundidos que nunca.


Creer en la educación. La asignatura pendiente
Victoria Camps
Editorial Península
Barcelona, 2008
220 páginas
17,50 euros