martes, 28 de junio de 2016

A mí el Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

El Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

lunes, 20 de junio de 2016

Las tribulaciones de Dmitri Shostakóvich



A propósito de la lectura de
'El ruido del tiempo', de Julian Barnes

Desde su muerte, en 1975, hay un debate abierto entre historiadores y especialistas en el mundo de la música que intenta aclarar hasta qué punto Dmitri Shostakóvich fue sobre todo un compositor disidente en toda regla o más bien aprovechó su cercanía al régimen soviético para vivir en los beneficios de la cultura oficial, a pesar de no comulgar con ella ni en lo estético ni en lo político.


Lo que sí es verdad, y ese es el punto de partida de 'El ruido del tiempo', la última novela de Julian Barnes, es que Shostakóvich vivió siempre vigilado y amenazado, y eso se notó en su peripecia vital y en música, escrutada al detalle y censurada por el régimen, y autocensurada por el autor, quien en muchas ocasiones mandó al cajón las piezas que componía para no levantar las sospechas de los guardianes de la ortodoxia. Shostakóvich alternó la audacia de sus cuartetos de cuerda con el compromiso que le demandaba el aparato estalinista, y que le llevó a componer música para películas oficiales y sinfonías que, como la Quinta, fueron entendidas por el stablishment soviético como un loa al sistema.


‘El ruido del tiempo’ es un monólogo interior –en tercera persona- que se detiene en varios momentos clave de la vida de Shostakóvich y que nos dan idea del alcance de sus tribulaciones. El primer episodio es el del estreno en el Bolshoi de Moscú de su ópera 'Lady Macbeth de Mtsensk', con el demoledor editorial posterior del diario Pravda -quizá escrito por el propio Stalin- que tacha al joven y dotado músico de San Petersburgo de decadente y le acusa de producir “caos en lugar de música”. Un encontronazo que marcará de por vida la relación de Shostakóvich con el dictador y con el poder soviético.


Más tarde, en 1948, Barnes relata el viaje forzado a Nueva York que hace el músico para representar a su país en un congreso internacional sobre cultura y ciencia, una encerrona que le lleva a leer ante los muchos admiradores extranjeros de su obra un discurso propagandístico escrito por los burócratas del régimen para poner en evidencia a las democracias occidentales. Y, ya en tiempos Nikita Jrushchov, cuando “los tiempos difíciles” habían acabado y el régimen se afanaba en legitimarse ante el mundo rehabilitando a algunas de las figuras que Stalin condenó, Barnes sitúa las páginas finales de su novela. Como colofón nos cuenta el tira y afloja de la burocracia oficial con Shostakóvich para que éste aceptara la presidencia de la Unión de Compositores Rusos, algo que finalmente hizo muy a regañadientes porque llevaba como condición previa su afiliación al partido comunista, un gesto que había evitado toda su vida y que a partir de ese momento iba a quedar como una muestra inasumible de su cobardía.


Este libro, que algunos han tachado de fallido, banal e ingenuo, nos deja en la memoria una estampa inquietante, la del músico atemorizado que cada noche, durante meses y años, se viste y sale, maleta en mano, al rellano de la escalera del piso donde vive para esperar, en la oscuridad interrumpida por la brasa de un cigarrillo nervioso, la llegada del agente que lo detendrá y lo apartará para siempre de su familia y de sus seres queridos. Dmitri Shostakóvich vivió, como tantos otros, el miedo eterno de los que no se dedicaron en cuerpo y alma a cantar con su arte las grandezas de la revolución obrera, y, sólo bajo amenaza, se avinieron a mostrar su adhesión al régimen sanguinario de Stalin.


Es posible que la imagen del Shostakóvich inconformista y atormentado en lo íntimo que nos deja Barnes sea rebatible. Al fin y al cabo, el músico, admirador confeso de Stravinsky, tuvo cintura siempre para adaptarse y vivir cómodamente. Lo hizo componiendo una música asequible para la que en realidad estaba demasiado dotado, o firmando unos artículos complacientes que no salieron de su puño y letra, o evitando amistades que lo habrían puesto en el punto de mira de unos burócratas sin escrúpulos. De hecho, el compositor de sinfonías que hoy se tocan regularmente en todo el mundo y son admiradas por muchos, murió apaciblemente, pero con todos los honores, en un hospital de Moscú, aquejado de un cáncer de pulmón que le dejó su adicción al tabaco. Su obituario fue firmado por 85 personalidades entre las que estaba el jefe supremo en ese momento del régimen, Leonidas Brezhnev.


Es verdad que muchos otros, cientos de miles o millones, fueron maltratados y exterminados anónimamente en campos de trabajo. En el mundo de la cultura, también fueron muchos los compañeros de Shostakóvich que no tuvieron suerte y desaparecieron una noche, sin despedirse, mientras quizá esperaban vestido y, con maleta en ristre, en el rellano de la escalera. Sin embargo, las tribulaciones y los miedos de Dmitri Shostakóvich, referidos por Barnes con precisión y sin subrayados, son un buen recordatorio de lo difícil que pueden ser las relaciones entre el poder y el arte. Y, a pesar de su aparente frialdad, el libro nos transmite ese aire opresivo que se cierne sobre los que no sucumben al fanatismo y luchan por guardarse un gramo de dignidad en medio del oprobio, aunque sea en la intimidad más inconfesable y oscura.      

lunes, 13 de junio de 2016

Lo sensato es dejar de escribir


"Lo sensato es dejar de escribir", dice Vicente Verdú en este certero artículo sobre las miserias del mundo editorial, donde unos pocos se hacen de oro y los más van "empobreciéndose hasta acercarse a la exclusión social".

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html



jueves, 19 de mayo de 2016

La memoria depurada de Natalia Ginzburg



El azar, y no tanto el marketing o la fuerza de la novedad comercial, me llevó a este libro. Buscando un vídeo para ilustrar el comentario en este blog de Blitz, la última novela de David Trueba, encontré una entrevista en televisión con el autor en el que el periodista, para despedir la charla, le pedía una recomendación literaria, y Trueba habló de Las pequeñas virtudes, de la italiana Natalia Ginzburg.

Las pequeñas virtudes es en realidad una reunión de artículos escritos por Ginzburg para varios periódicos y revistas entre el final de la Segunda Guerra Mundial y los años 60. Como decía Trueba en aquella entrevista, son las reflexiones muy depuradas que sobre la vida y las relaciones familiares nos deja alguien que ha tenido una existencia intensa. 

Nacida Natalia Levi, en Triestre, la escritora se casó Leone Ginzburg, activista antifascista y fundador de la prestigiosa editorial Einaudi, con quien escaparía de la guerra a la región de los Abruzzos. Leone no tuvo suerte y moriría ajusticiado por sus ideas políticas.

Después de la guerra, Natalia Ginzburg, con tres hijos, volvió a casarse. Esta vez con Gabriele Baldini, estudioso de la literatura inglesa, con el que tuvo otros dos vástagos. Ginzburg trabajó para Einaudi y empezó a publicar novelas que en algún caso fueron un éxito de ventas, como Léxico familiar, en realidad una memoria íntima de su infancia y juventud. Viuda de Baldini desde 1969, Ginzburg siguió ahondando en una escritura centrada en el microcosmos familiar, aunque también participó en debates de la vida pública italiana y acabó siendo elegida diputada en el Parlamento por el Partido Comunista en 1983, ocho años antes de morir.

La vida de Natalia Ginzburg es una historia de supervivencia. Primero, por su ascendiente judío en una Italia que legitimaba la solución final. Y, después, por ser mujer en un mundo, el de la literatura de posguerra, dominado por los hombres. Ginzburg fumó, bebió y habló como ellos, las vacas sagradas de la cultura italiana del siglo XX. Eran los tiempos de Alberto Moravia, Giorgio Bassani, Primo Levi o de sus amigos Italo Calvino o Cesare Pavese, ese “eterno adolescente” mortificado por sus pensamientos y que en este libro tiene un sentido recuerdo.

A pesar de sus éxitos comerciales y de los muchos lectores que tenía, en ocasiones fue públicamente menospreciada en Italia por dedicarse a una literatura de “asuntos menores”. Como dice Andrés Trapiello, Ginzburg escribe tan fino que casi no es literatura. Y, además, su escritura está pegada a lo cotidiano y a los conflictos familiares, protagonizados por madres estoicas e hijas desencantadas. Si exteriormente Ginzburg proyectó la imagen de una intelectual en toda regla, su literatura, sin embargo, siempre evitó el culturalismo y los grandes debates filosóficos y estéticos de sus compañeros de generación –suicidio incluido-.

Las pequeñas virtudes se abre con un texto, Invierno en los Abruzos, donde retrata certeramente la Italia pobre y oprimida que había dejado la guerra. Ginzburg aguza el ojo y elige las palabras justas, nunca pretenciosas ni rebuscadas, para hablarnos de su destierro y el de su marido en esa región de Italia, y de la idiosincrasia antigua de sus vecinos, donde los inviernos y las heladas han mantenido la vida congelada prácticamente desde la Edad Media. Desde la primera línea, su territorio es la realidad observada y finamente descrita, con el trasfondo de la historia familiar hecha a base de memoria y cierta fantasía. 

En otro artículo muy emotivo de este libro, El hijo del hombre, publicado originalmente en 1946, nos habla de la confianza perdida y de la angustia que va acompañar de por vida a los que vieron abatida su casa por la guerra y sintieron aporreada la puerta en mitad de la noche y tuvieron que vestir a toda prisa a los niños para salir huyendo.

En otro texto retrata con amable picardía a los ingleses después de observarles tras una estancia en Londres con se segundo marido, que dirigió allí el Instituto Italiano de Cultura. Ginzburg tiene la habilidad de saber leer en la superficie (en el cielo gris, en la disposición de las casas en los eternos suburbios de Londres, en los anuncios de comida, en la monotonía de los pubs o en la conversación esquiva pero educada) para desentrañar el alma de los británicos.

Su manera de entender el oficio de escribir también ocupa algunas páginas de Las pequeñas virtudes. En un revelador texto publicado en 1949, Mi oficio, Ginzburg cifra su estilo y ambición literaria y nos dice que ante todo siempre quiso evitar “el peligro de estafar con palabras que no están verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado ser bastante listos”.

Aunque no fue una feminista furibunda, Natalia Ginzburg tuvo de defenderse de los velados ataques y menosprecios que sufrió por su condición de mujer escritora. En Él y yo, un trabajo que tiene la gracia del contrapunto musical, se venga construyendo un retrato paródico de su marido en esos momentos, Gabriele Baldini, un hombre dominante, extrovertido y con una curiosidad intelectual desmedida. Un retrato que finalmente se vuelve una amarga reflexión sobre los efectos del paso del tiempo en la pareja y la corrosión de lo cotidiano en el amor primerizo.

El libro se cierra con dos textos luminosos y que, como decía Trueba en televisión, demuestran hasta qué punto las reflexiones en primera persona de Natalia Ginzburg son vida depurada, con sus complejidades, miserias y esplendores, reflexiones con las que cualquiera podrá identificarse. En  Las relaciones humanas nos habla de esa cadena vital que va de los miedos infantiles al aturdimiento de ser padre, pasando por las imposturas juveniles. Esa cadena de emociones que identificamos cuando nuestro hijo en plena pubertad empieza a mirarnos con los mismos ojos de piedra con que nosotros miramos a nuestros padres tantos años atrás, en un retorno inesperado del desencuentro. 

Y en Las pequeñas virtudes, el trabajo que da título a todo el volumen, nos da una lección a los padres que volcamos en nuestros hijos nuestras frustraciones para convertirlos en la obra que nunca pudimos acabar, como si, “por haberlos procreado una vez, pudiéramos seguir procreándolos a lo largo de toda la vida”.

Aunque Natalia Ginzburg escribió los textos de Las pequeñas virtudes en los tiempos ya remotos y grises de la posguerra mundial, con un continente que a duras penas dejaba atrás la devastación del fascismo, sospecho que sus reflexiones dirán mucho más a los lectores de hoy –jóvenes y mayores- que muchas de las cosas que dejaron escritas las vacas sagradas a las que Ginzburg secretamente envidiaba y con las que compartió charla, tabaco y alcohol. Yo ya me he marcado como próxima lectura su Léxico familiar, que recientemente volvió a publicar Lumen. En fin, todo un descubrimiento.

domingo, 8 de mayo de 2016

Manual de ciudadanía de Gomá Lanzón



A propósito de la lectura de ‘Filosofía mundana: microensayos completos’, de Javier Gomá Lanzón


Como su título indica, no estamos ante uno de esos áridos libros de filosofía escritos para iniciados en la disciplina o para un reducido número de académicos. Javier Gomá Lanzón lleva años defendiendo la necesidad de que el pensamiento se asome al mundo y aborde los problemas, paradojas (y gozos) a los que nos enfrentamos por el simple hecho de vivir. En la línea del pensamiento claro, diverso y aireado de Ortega y Gasset.

Si se pasan por alto algunos pasajes de este volumen excesivamente culturalistas (Gomá no oculta sus conocimientos de la filología clásica), se puede decir que estamos ante un libro accesible, útil y estimulante para el hombre corriente. Gomá saca de paseo a una disciplina, la filosófica, que en las últimas décadas se ha vuelto estéril socialmente, y que, lejos de abordar los dilemas del vivir, se ha dedicado a dar vueltas sobre sí misma, intentando sacudirse el complejo de inferioridad ante la ciencia, o ha sucumbido al pesimismo o la sospecha posmoderna. Gomá no concibe la filosofía como un acto privado, sino compartido, de pura comunicación.

Para Gomá, la filosofía se ha hecho poco edificante y se ha alejado de la calle en un momento en que hay una gran tarea pendiente: la de aprender (o re-aprender) a vivir una buena vida en sociedad. Precisamente, ese lazo es el que quiere recuperar en muchos de estos microensayos, que se pueden leer en el tiempo que dura un viaje en metro. Un cuestión que también fue el meollo de su tetralogía sobre la ejemplaridad (Taurus, 2014).

Gomá reclama que la filosofía vuelva a elevar sus miras y nos sirva como guía para vivir juntos, para recuperar el poder vertebrador de las buenas costumbres y las convenciones, términos cargados de connotaciones moralizantes poco gratas y desgastados por dos siglos de romanticismo y revoluciones del yo. “La cuestión moral ahora pendiente ya no es cómo ampliar la libertad subjetiva, sino cómo crear las condiciones para una convivencia pacífica entre millones de individualidades liberadas, fomentando entre ellas hábitos de amistad cívica”.

Y es que, en su opinión, el camino de la emancipación y la liberación del yo ya está agotado, y se impone un viaje de vuelta que nos haga reflexionar sobre lo que tenemos en común y sobre cómo podemos articular y gozar esa vida compartida. Porque, como recuerda el autor a menudo, ir de transgresor hoy “es como hacer topless en una playa nudista”, a pesar de tanta retórica publicitaria y tanta letra de canción invitándonos a ser uno mismo, cueste lo que cueste.

Como no podía ser de otro modo, puesto que Gomá defiende una comunicación directa y clara, sus reflexiones siempre están escritas en primera persona e incluso van salpimentadas por momentos con alguna confesión impúdica, como cuando proclama su vanidad literaria y reconoce sin ambages que siempre que escribe busca el halago del lector y se entristece cuando no llega. Se agradece la sinceridad.

En las perlas de filosofía mundana que Gomá Lanzón nos deja con esta reunión de microensayos, que reúne 63 piezas escritas para periódicos y libros en los últimos años, no sólo se aborda la necesidad de repensarnos en sociedad, sino que también hay reflexiones sobre el amor, la amistad, el dinero, la felicidad, el poder, la universidad, la belleza de un atardecer, el paso del tiempo, la prisa de la vida moderna o el sexo. Siempre de forma directa, breve y amena. Una buena lectura.


lunes, 2 de mayo de 2016

Inés y el genitivo sajón



A la memoria de Inés, profesora de EGB 


Hace unas semanas me enteré por el Facebook -ese chivato universal- de la muerte de Inés, mi profesora de inglés en los tiempos remotos de la segunda etapa de la EGB, una sigla que hoy no dice nada a nuestros hijos pero que ha vuelto a poner de moda un libro nostálgico y edulcorado de dos blogueros perspicaces.

Inés apareció en mi colegio de La Orotava como un elemento extraño y creo que, mientras allí estuvo, nunca dejó de serlo. Inés nunca tuvo el cariño de los chicos ni llegó a congeniar con el resto de profesores. Una prueba es que Inés nunca fue “doña Inés”, un título que en mis tiempos de escolar estaba reservado a los profesores más veteranos o a los que se hacían respetar por su aspecto severo o porque daban muestras de dura intransigencia.

Aunque no creo que pasara de los cuarenta cuando la conocimos, aquella mujer siempre tuvo aires de jubilada del norte de Europa. Siempre con su falda escocesa y un jersey blanco de lana y de cuello alto, una indumentaria quizá heredada de sus tiempos de profesora en las frías tierras castellanas, pero que en Tenerife eran un anomalía que difícilmente podíamos pasar por alto.

A Inés la recuerdo garabateando en la pizarra, con la caligrafía ágil y descuidada de un profesor universitario, los conceptos básicos de aquel inglés que tanto se nos iba a atragantar a los de mi generación. Recuerdo su trabajada dicción y los gestos exagerados de su cara, armonizando la lengua y los labios con el fin de ayudarnos a reproducir las sutilezas de aquella lengua extraña llena de vocales impronunciables.

Hoy el inglés está omnipresente en nuestra vida y parcialmente se ha introducido en las conversaciones a través de la tecnología, el deporte, el cine, las series de televisión o la música. Además, en muchos colegios, los niños balbucean las primeras palabras desde los dos o tres años. Pero a principios de los años 80, cuando Inés apareció en nuestro colegio, un chico tenía el primer contacto con ese idioma a la edad de 11 años, lo que lo condenaba a no dominarlo nunca, y, peor aún, casi siempre quedaba en manos de algún profesor inexperto.

No era el caso de Inés, que marcaba, siempre con un punto de afectación, las sílabas y trabajaba con denuedo la prosodia, y que nos presentaba el genitivo sajón y el verbo “to be” como los pilares de una lengua que ella no sólo podía leer, escribir y hablar, sino también desentrañar intelectualmente.

Desconozco los colegios por los que había pasado antes Inés, pero en el mío, en el de Ramón y Cajal, en La Orotava, Inés fue siempre una incomprendida. Y sus expectativas, me temo, siempre quedaron defraudadas. Mientras Inés escribía en la pizarra con la soltura de un docente sobradamente cualificado, ingenuamente ajena al entorno, nosotros nos pasábamos las tardes alborotando a su espalda, riendo y haciendo volar lápices, tizas o bolas de papel de un extremo a otro del aula. En un guirigay tal que hacía que las esforzadas y prolijas explicaciones de Inés nunca llegaran más allá de la segunda fila de pupitres.  

Un día Inés llamó a mi madre a su despacho. Yo temí lo peor: que la desidia general me hubiera contagiado y que ahora Inés quisiera vengarse de todos imponiéndome un castigo ejemplar. “Inés quiere ponerme en evidencia”, pensaba según nos dirigíamos mi madre y yo a su despacho, un cuarto humilde y un tanto caótico. Inés nos recibió con la cortesía justa y fue al grano. “Su hijo pierde el tiempo en este colegio”, le vino a decir a mi madre, y para solucionar el problema le propuso que el siguiente curso lo empezara en un centro de su agrado, donde, según ella, las clases se desarrollarían sin sobresaltos ni tormentas de lápices y bolas de papel, y donde iba a poder avanzar al ritmo que mi curiosidad exigía. La propuesta nos desconcertó y no supimos qué decir, pero mi madre se comprometió a darle una respuesta rápida, pues el curso acababa y no había mucho tiempo que perder si queríamos iniciar el papeleo que suponía cambiar de colegio.   

Salimos de aquella reunión algo confusos, pero también halagados de que alguien como Inés me tuviera esa consideración y se preocupara por mí. Sin embargo, mi madre no tardó en comunicarle que yo no cambiaría de colegio, alegando que, a aquellas alturas de la EGB, cuando sólo quedaba un año para pasar a la secundaria, no tenía sentido el cambio, y que, además, iba a echar mucho de menos a mis amigos de siempre. Yo estaba de acuerdo.  

Siempre me supo mal que aquella profesora que con tanto ahínco nos intentaba transmitir los rudimentos del inglés, que con tanta vehemencia nos hablaba del genitivo sajón y del verbo “to be”, fuera ignorada por la mayoría y hasta vejada por algún alumno con aire chulesco.

Siempre le estuve secretamente agradecido a Inés, mi profe de inglés, por la atención que me prestó. Hoy la recuerdo paseando por las calles de La Orotava, junto a su marido Hermenegildo, un extravagante catedrático de griego de secundaria, avanzando los dos a paso ligero y agitando los brazos, quizá enfrascados en una amena charla sobre la seducción de Lord Byron por la cultura clásica, o quizá lamentando ambos el escaso interés de los chicos por sus clases. Descanse en paz.


lunes, 4 de abril de 2016

Tragicomedia con la crisis de fondo


A propósito de la lectura de 'Blitz', 
novela de David Trueba

Admiro mucho a los escritores que han creado mundos de fantasía casi de la nada, o que se han documentado hasta la saciedad para recrear un episodio de la historia lejana, del tiempo de los romanos, de la Edad Media o de los gloriosos siglos imperiales, siempre con irreprochable detalle y verosimilitud. Sin embargo, a mí me han interesado más los escritores que, a través de la ficción o no, me han hablado del tiempo confuso y quizá poco novelesco que nos ha tocado vivir. Por eso me he leído Blitz, la última novela de David Trueba, casi de una sentada y sin pestañear. Y es que Blitz engancha desde la primera línea precisamente por la cercanía de lo que cuenta, de los tipos que describe, perfectamente reconocibles, y por el trasfondo social y económico que, por desgracia, los envuelve, también tan próximo.

Beto, un arquitecto-paisajista que anda por la treintena, viaja con su novia Marta a Munich con la esperanza de ganar un concurso de diseño de jardines, quizá el último cartucho para salvar su empresa, un proyecto al borde del naufragio. Sin embargo, allí descubre que Marta tiene un amante y está decidida a abandonarlo. Beto opta quedarse unos días más de los planeados en el congreso para tratar de asumir, en la espesura gris y fría de la ciudad alemana, y en soledad, el golpe recibido. Pero cuando estaba dispuesto a dejarse arrastrar por la corriente del desamor y el abandono, conoce a Helga, la azafata que se encarga de atenderle en el congreso de arquitectos, una alemana prejubilada que hace voluntariado y vive sola con su gato.

En el cogollo del relato, contrapone Trueba la visión de la vida y el sexo de Beto, un treintañero algo pueril, falto de estima y aficionado al derrotismo, y Helga, una mujer madura, muy organizada y un punto maternal, y que no espera ya mucho de la vida ni de las relaciones. Blitz es una novela que describe un conflicto generacional, pero también que habla de expectativas vitales insatisfechas, del paso del tiempo y de las carencias afectivas que nos dejó la infancia.

David Trueba ha escrito una deliciosa tragicomedia romántica que, por su carácter episódico, por los giros de la acción y por las elipsis de su tramo final, bien podría ser el germen de un guión de cine. Pero Blitz va más allá del existencialismo de urgencia de un relato breve, y la caída sentimental de ese joven profesional tan dado a la melancolía y la autocompasión tiene como telón de fondo la cruda realidad que ha dejado la crisis económica en España, un paisaje gris de mileuristas venidos a menos, contratos basura, alquileres inasumibles, emprendedores desnortados, emigración forzosa y planes casi siempre pospuestos de formar una familia.



Cualquier joven de esta España de hoy que lea el libro podrá identificarse con ese diseñador de jardines que, a pesar del glamour pasado de la arquitectura en los tiempos de vacas gordas del boom inmobiliario y los presupuestos municipales disparatados, hoy anda sin blanca en la ciudad extraña en la que su novia la ha dicho ahí te quedas. Con ese Beto insensato que invierte los últimos euros que le quedan en la cuenta corriente en el móvil más caro de la tienda y que, más tarde, apenas gana para pagarse en Barcelona una habitación cerca de la oficina donde un colega le ha ofrecido un trabajo que huele a última oportunidad.  
Blitz es una novela sugerente que, como decía, engancha por la cercanía de sus personajes y de las situaciones que aborda, donde la precariedad laboral se mezcla con la autoindulgencia y la dificultad del protagonista para aceptar la madurez. Como ha demostrado en la miniserie Qué fue de Jorge Sanz o en las novelas Cuatro amigos o Saber perder, a Trueba se le dan bien los retratos de perdedores que viven en la cuerda floja y que se redimen por la amistad y el amor cuando menos lo esperan.     


martes, 29 de marzo de 2016

En el taller de Miró



En su taller, el aclamado Joan Miró siempre coleccionó todo tipo de objetos aparentemente inservibles y banales: figuritas de pesebre, piezas de artesanía folclórica, de esas que uno puede encontrar en cualquier tienda de souvenirs, juguetes, dibujos infantiles, huesos, piedras o trozos de metal. Desde la década de los años 20, y hasta su muerte, el taller de Miró se llenó de materiales de derribo.

Pensaba Miró que cada mota de polvo contenía el alma de alguna cosa maravillosa y, guiado por ese panteísmo militante y tenaz, se prohibió cualquier desperdicio. Miró siempre se dejó llevar por el magnetismo de los objetos, pero no el de las piezas sofisticadas, pulidas y caras que acaso le llegaban de admiradores de todo el mundo, sino el de las cosas sencillas que veía a su alrededor: un platillo de acero elaborado por campesinos, un balón de fútbol, un zapato, un cuenco para tomar la sopa, un cartón de huevos, una caja de madera para almacenar o transportar botellas de vino o cualquier pedrusco informe en busca de cincel. Cosas que en sus manos cogían un vuelo insospechado y acababan formando parte de extrañas y sugerentes combinaciones escultóricas, o que revestía de los cromatismos puros, perfectamente delimitados y provocadores con que los niños acaban sus dibujos.

Casi todo valió a Miró para declarar la guerra a la pintura oficial, a la figuración realista que era norma en los museos o que contaba con la aceptación de la mayoría. Su interés por los objetos domésticos ya está en sus primeras naturalezas muertas de 1916, que un tanto recuerdan a las de Cezanne, pero que también dejan entrever su adhesión al cubismo. A finales de los años 20, Miró había asumido plenamente su propósito de “asesinar la pintura”. Sus cuadros de la época son figuras tachadas, emborronadas como las de un niño que se desespera, y que simbolizan su renuncia al arte oficial que, paradójicamente, le iba a encumbrar.



Los collages le permiten acercarse al lenguaje enigmático y primitivo de las pinturas rupestres o de los dibujos infantiles. A partir de la década de los 30 empieza a incorporar a sus cuadros materiales inusuales que volvían cuestionar las convenciones de su mundo artístico. Fibrocemento, conglomerados, alquitrán y arenas para volver a proclamar la antipintura. 

Ahora, en el CaixaForum de Madrid, se puede hacer el recorrido de la obra de Miró por los objetos, en una exposición que estará abierta hasta el 22 de mayo. En un momento de la misma uno se topa con dos cuadros adquiridos por el artista en algún mercadillo. Son representaciones banales de una campiña y de unas gráciles bailarinas, de esas que cuando éramos niños encontramos presidiendo cualquier salón de casa, con el acabado del indefectible marco de madera dorada con florituras en los ángulos. Miró sobrescribe los gestos de las bailarinas con trazos esquivos que en algún caso desbordan el límite del lienzo, o emborrona, como un niño enfadado, la imagen pastoril con tinta roja, para reivindicar otra vez la muerte de la pintura.

En 1974, Miró presenta más de 150 obras realizadas expresamente para una gran retrospectiva que le dedicarán en el Gran Palais de París. Parte de esa producción, donde vuelve a desplegar su espíritu más iconoclasta, también se puede ver en el CaixaForum de Madrid. Como el cuadro quemado que, suspendido del techo, domina la sala principal de la exposición. Miró reinventaba la pintura a base de fuego o rasgando el lienzo con una cuchilla, quizá para invitar al espectador a mirar más allá o a simplemente preguntarse sobre lo que había más acá. En una esquina de esa misma sala del CaixaForum que acoge la muestra Miró y el objeto se puede contemplar un marco sin lienzo del que cae un bolita de aluminio que se convierte en protagonista del espacio vacío dejado por la pintura. Otra vez, la antipintura, o el objeto supuestamente banal convertido en estrella.





domingo, 6 de marzo de 2016

El testamento de Chirbes



Por lo que cuentan, Rafael Chirbes estuvo 20 años escribiendo y reescribiendo esta historia mínima sobre el amor esporádico entre dos hombres y el poso de dolor que indefectiblemente deja tras de sí. Paris-Austerlitz, que aparece justo después de la muerte del autor y que muy bien podría ser una trama secundaria en alguno de los brillantes frescos polifónicos que sobre la sociedad española y sus miserias escribió en las dos últimas décadas, es la confesión de un pintor madrileño de buena y acaudalada familia que se muda a París y conoce a Michel, un obrero corpulento y mucho mayor que él.

Chirbes nos cuenta los mejores momentos de esa extraña pareja, la plenitud erótica y afectiva que tiene lugar en el piso angosto y mal iluminado de Michel, en el extrarradio parisino. Pero también el proceso de derrumbe de esa relación, motivado por las dudas del pintor y la incompatibilidad entre la vida tierna y satisfecha con las pequeñas cosas que le ofrece el operario bretón y las aspiraciones profesionales del artista. Una caída finalmente subrayada por la fulminante enfermedad que socaba el cuerpo deseado de Michel, ese sida al que el protagonista se refiere como “la plaga”, quizá en un guiño a Camus. 

Como en sus obras anteriores, esta novela, en definitiva el testamento literario de Chirbes, se sostiene en una larga confesión, la del joven pintor -quizá un alter ego del propio escritor valenciano, que en su juventud también pasó un año en la capital francesa-. Chirbes vuelve a mostrar su maestría para hacer avanzar la acción, retroceder o detenerse en algún punto siguiendo el hilo del bien armado discurso interior de sus personajes, como ya ocurrió en Crematorio o En la orilla.

Sin embargo, no se trata de un solipsismo total, y en el relato del artista que guía el relato se mezclan las voces del propio Michel; de su desconsiderado padrastro; de Jeanine, amor de juventud del obrero y ángel de la guarda cuando la enfermedad le lleva a la postración; o de la propia madre del pintor, que va a buscarle a París con el fin de que vuelva al confortable redil burgués madrileño que ha sacrificado por una incierta carrera artística.  

Algunos pasajes de Paris-Austerlitz son puñetazos, golpes de lucidez que desvelan la felicidad o la amargura que esconden los silencios o las palabras pronunciadas por la pareja. Con la misma contundencia con que hablaba Chirbes en sus anteriores novelas de la ciénaga moral en que se ha convertido este país antes de la crisis, un territorio abandonado a la voluntad de constructores y políticos sin escrúpulos, ahora nos cuenta, también de forma descarnada, una muy creíble historia de amor y odio, de sentimientos confusos que se pueden verbalizar, pero no dominar. 


Paris-Austerlitz es también el reverso de ese París de cliché que nos han dejado el cine y la iconografía de los últimos 100 años. La ciudad por la que deambulan Michel y su pareja no tiene el brillo que el imaginario colectivo le ha ido otorgando a la capital francesa, que aquí es un sitio mugriento y de cielos grises y plomizos, de largas jornadas de trabajo y madrugones para coger el autobús que devuelve cada mañana a los somnolientos operarios a las fábricas del extrarradio, de humildes menús en café-tabacs y de borracheras con vino malo en bulliciosos bares de emigrantes. Chirbes nos cuenta la historia de un amor que florece con la intensidad de las cosas únicas e inolvidables y se marchita antes de tiempo, en medio del paisaje miserable de las banlieues parisinas. Una maravilla.

lunes, 29 de febrero de 2016

Poesía para leer en silencio


Javier Lerena publica el poemario 'El silencio en su hueco'
Javier Lerena, poeta de vocación y de verbo, ganó en noviembre pasado la I Edición del Concurso de Poesía “Manuel Cabral” con su poemario El silencio en su huecoEste concurso está organizado por el Centro Cultural Juan Bosch y la prestigiosa poeta dominicana Rosa Silverio, y está auspiciado por el Consulado de la República Dominicana en Valencia.
Licenciado en Filosofía, Lerena, cuya dedicación a la escritura no es profesional, ha ganado ya varios concursos de poesía, ha sido incluido en diversas plaquettes y antologías, y ha colaborado en diversas publicaciones. El autor posee un blog propio. Éste es su primer poemario y está publicado en Huerga y Fierro
La obra está estructurada en tres partes que comienzan con una evocación de la paz del útero materno (“acuática gravedad de otro mundo donde habita el silencio”), para dejarnos en la calma final de la muerte (“hasta aquí hemos vivido”). Entre ambos, el poemario se asoma a la vida y sus límites, no a través de imágenes sino de ideas y sugerencias. A través de lo minúsculo (gota, piedra, gusano, hoja, zarcillo…) y de lo ingente  (silencio, armonía, abismo, hueco, miedos, llanto, inquietud..). La dedicatoria “a mis padres” parece casi la única concesión al sentimentalismo
 No son poemas optimistas, de canto y de amor. No son composiciones de alegría exhibida, convexa ni estridente. Pero hay un atisbo de luz, de serenidad, de observación calmada y lejana. Las poesías son muy breves, con una sintaxis sencilla, pero con un léxico escogido, rico y vibrante. El autor confiesa que intentaba encontrar la manera de que “el comienzo no permita prever el final”.
 Es además un poemario abierto, para leer en cualquier “hueco” y que permite alcanzar con cada lectura un significado renovado, una sugerencia sobre nuevos matices y alusiones. Para terminar os transcribo mi preferido, aunque probablemente no el más representativo:

“CAMINAR con la cara al cielo
pisando tierra derramada

sentir extenderse azul en domingos plenos

poder reír
el corazón cuajado

no llamar por su nombre a tanta luz  
no romper su sonido”

miércoles, 24 de febrero de 2016

Por qué somos los españoles tan ineficientes



A propósito de la lectura del libro de 
Carlos Sebastián 'España estancada'

El enchufe sigue siendo la primera vía de acceso a un trabajo en España. Hace unas semanas se publicaban los resultados de una macroencuesta (más de 13.000 alumnos consultados en 46 campus privados y públicos de todo el país) que decían que más de un tercio de los universitarios recurre a los conocidos para hallar empleo. Es la vía más rápida y segura, muy por delante del contacto directo con las empresas, los portales especializados o los servicios de prácticas de las universidades, los COIE.

Es una disfunción inasumible y lanza un mensaje bastante desalentador, pues al final lo que se les dice a nuestros jóvenes y, por extensión al resto de la sociedad, es que los méritos son secundarios y la igualdad de oportunidades una quimera. Y que, en su lugar, lo que cuenta por encima de todo son las relaciones, en muchos casos determinadas por el nivel económico heredado y por las posibilidades de los padres y de la familia. Estamos ante una manifestación más del bajo rendimiento económico que tiene el conocimiento cualificado en España.
También el dato deja en evidencia la gestión de las universidades, y concretamente de sus oficinas de orientación laboral y colocación, los famosos COIE, que en algunos campus son inexistentes y que en otros siguen sin conectar a los alumnos con las empresas que les podrían contratar.
La pervivencia desde la noche de los tiempos del enchufismo es una muestra clara de que en este país fallan sobre todo las instituciones y los incentivos, y no tanto la formación de los alumnos o incluso las inversiones destinadas a educación, por más que en los últimos años se hayan resentido y los recortes hayan sido drásticos.
Carlos Sebastián, catedrático de Economía con experiencia en la política y que fue primer director de Fedea, ha escrito un libro, España estancada, por qué somos tan ineficientes, que insiste en la idea de que nuestro gran problema está sobre todo en el marco institucional, en las normas y leyes que nos hemos dado para organizarnos.

Sebastián sigue la tesis de Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países) de que la prosperidad de un país depende mucho más de sus instituciones y de la confianza que tengan sus ciudadanos en ellas, que del petróleo o el gas que tenga su subsuelo, la posición estratégica, la cultura que atesore o el clima que disfrute, por benigno que éste sea.
En este sentido, la historia reciente de este país es un fracaso reiterado si se atiende al desarrollo de su armazón institucional. Desde principios de los 90, mantiene Sebastián, España sufre un deterioro imparable. El impulso reformista de la Transición se fue perdiendo con los años y, en su lugar, empezó a consolidarse un estado clientelar, jurídicamente inseguro y profundamente ineficiente. 
Al cabo de los años, las consecuencias son conocidas por todos: las cúpulas de los partidos han colonizado una buena parte de la vida pública y han neutralizado o eliminado los organismos de control, creando una estructura clientelar por todo el país; los políticos también han intentado ocultar sus intereses con una producción legislativa elevada y bien publicitada, pero confusa y de escasa calidad; y también ha pervivido y medrado una élite empresarial alrededor del poder político, de oscuros contratos públicos y del BOE.
Carlos Sebastián ha escrito un libro bien documentado y que, pese a su corta extensión (algo más de 200 páginas) baja al detalle jurídico y económico para ilustrar los males del reciente diseño institucional español, que, por poner unos cuantos ejemplos, se ven a las claras en la mal planteada y escasamente efectiva Ley de Emprendedores, lanzada a bombo y platillo por el Gobierno para promover la actividad empresarial en tiempos de crisis; en las mil y una modificaciones de la Ley Concursal; en el indefectible retraso con que se adaptan las directivas europeas por estos pagos; en la defensa de los intereses de las grandes empresas que destila la regulación energética en España; en el oscurantismo que dominan los contratos públicos o en los fraudes de ley en que incurre la propia Administración, que, sin ir más lejos, incumple reiteradamente la legislación en materia de plazos de pago, abocando a la bancarrota de tantas pymes y autónomos.
Volviendo al tema de la educación, Sebastián insiste en que, llegado a ciertos umbrales de inversión, los incrementos del gasto se notan poco en la mejora del sistema, y que son más efectivos cambios institucionales que tienen que ver con la gestión de los centros y el incentivo del trabajo de los profesores y del esfuerzo de los alumnos. 
Sebastián cree que está sobrevalorada la relación entre educación y crecimiento económico. Y que la ecuación se escribe más bien al revés. Será una sociedad de leyes claras y justas, basada en el mérito y el esfuerzo y en la audacia de sus empresarios, la que tirará necesariamente del sistema educativo.

Desgraciadamente, estamos en una economía que valora poco la competencia y el esfuerzo y que considera sobremanera la cercanía al poder y las relaciones de amistad, el dichoso enchufismo que hoy sigue siendo la vía más segura para conseguir un empleo o ascender en el escalafón. Algo que tan bien siguen entendiendo nuestros universitarios. Y eso, me temo, es un nefasto mensaje y son malas noticias para todos en el largo plazo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Femenino plural



A propósito de 'Todo ese fuego', de Ángeles Caso


Sumergida en una época en la que muchas féminas creen que mostrar sus tetas en la capilla de una universidad o exhibir a un hijo (o hija) en los escaños de nuestro templo de la democracia es la mejor manera de defender los derechos de la mujer, leer un libro dedicado a las hermanas Brontë, como es Todo ese fuego, de Ángeles Caso, te hace reflexionar acerca de cuánto nos pueden enseñar aún unas señoras que vivieron casi dos siglos antes que nosotras, en la Inglaterra victoriana y en un ambiente rural que marcaba, a fuego, que la frontera de cualquier vocación femenina se ubicaba en el felpudo de su hogar.

Charlotte, Emily y Anne, las Brontë, podrían servir de perfecta imagen de pancarta de cualquier proclama feminista. Empujadas y educadas por un padre, completamente atípico, que en pleno siglo XIX cree que sus hijas tienen que crecer libres y cultas, se convirtieron, talento mediante, en féminas absolutamente brillantes. Este progenitor, reverendo para más inri, les concede libertad completa para leer todo lo que les apetezca y para debatir asuntos religiosos, sociales y políticos. 

Con un par (en este caso, sí, de buenas tetas). Y las “niñas” responden: piensan por sí mismas, sueñan, crean, sufren y… como bien señala Ángeles Caso, “escriben, y escriben, y escriben, y dejan que la voz de la imaginación las dominase”. Ahí es nada a mediados del XIX. Eso sí que es reivindicar la identidad femenina.

Acuciada siempre por la falta de dinero y por la estrechez económica, la familia Brontë, a la que hay que unir un calavera de hermano (el más talentoso si hacemos caso al sentir de las muchachas) y dos hermanas que fallecen adolescentes, siempre se mueve en el terreno de “lo políticamente incorrecto”. Las tres Brontë sufren si tienen que abandonar el hogar familiar, escriben juntas, no creen que pasar por el altar sea la única manera de dar sentido a una vida y viven en unas condiciones absolutamente inadecuadas para dar a luz unos libros tan increíbles. Pero lo hicieron. Y no una sola sino el trío. 



Parieron tres pedazos de novelas (hay más) que aún hoy te revuelven las tripas: Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey. Una triada que se erige en arenga feminista sin pretender serlo, lo que le concede mucho más valor. Y razón. Novelas con féminas rebeldes, con ideas propias y que huyen de la sumisión. Y publicadas en la Inglaterra que se pinta sin sufragio femenino y sin apenas mesas en las aulas para las mujeres.


Todo ese fuego defiende, sin ninguna pretensión de rigor histórico (aunque sí está adecuadamente documentada), que la fuerza creadora, cuando se desata, desborda cualquier dique. Y está por encima de cualquier género. Ángeles Caso nos conduce con agilidad por la historia novelada de la familia Brontë, parándose más en lo que sentían que en lo que hacían. 

El hilo conductor principal es Charlotte (que escribe Jane Eyre) y que se erige en la hermana más reivindicativa. Es ella la que las empuja a publicar (bajo seudónimo masculino, por supuesto) y la que encuentra, primero, el éxito. Anne sí que llega también a paladear el reconocimiento, pero Emily, la autora de Cumbres borrascosas (con mucho, el libro más rotundo, más rebelde y más perturbador) muere sin saber que con los años se convirtió en una novela de culto. 

No creo que le importara lo más mínimo. Como tampoco le importaría que tras su muerte y la de Anne, prematuras ambas, Charlotte decidiera desvelar que en lugar de tres hermanos (hasta en el engaño se mantuvieron juntas) las autoras verdaderas eran un trío femenino. Sin ínsulas feministas hicieron más por las mujeres que algunas que portan pancartas. A veces, de verdad, es mejor enarbolar libros como símbolo reivindicativo. Eso sí, después de leerlos.