lunes, 4 de marzo de 2013

El héroe de los indignados



A propósito de la lectura de Liquidación final
de Petros Márkaris


En un país donde la corrupción ha campado a sus anchas, la evasión de capital es moneda corriente,  no es extraño que un justiciero que ejecuta a aquellos individuos que se han beneficiado de la venialidad burocrática y han desviado del fisco enormes cantidades de dinero, ganadas al albur de un sistema corrupto, termine siendo un héroe popular. 

En una Atenas congestionada por las manifestaciones permanentes, los disturbios sociales y las protestas de los ciudadanos, la figura del detective Kostas Jaritos emerge como el punto de vista de la sensatez. Es la proyección de su propio autor, Petros Márkaris (1937), un izquierdista que sufrió la Dictadura de los Coroneles (1967-1974) que asoló el país heleno, y que con los años ha tamizado sus ideales.

Hay varias razones de peso para leer esta novela. La historia, en sí misma, engancha. No es solamente las peripecias de un asesino vengativo que utiliza la simbología clásica y el cianuro socrático para cometer sus crímenes. Es la historia de un policía otoñal que se encuentra en un momento clave de su vida profesional, con opciones de promocionar aunque con la espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza por su tendencia a chocar con los intereses de sus superiores. 

Pero a la vez, sufre un problema familiar que vertebra la novela, y la realidad de su país, su hija quiere emigrar en busca de una posición y un salario acorde con su preparación. Él y su mujer, el gran eje de su vida y de su concepción de la realidad, están a punto de zozobrar,  
Los suicidios de personas desesperadas por su situación también aderezan esta novela, como el dardo que mortifica a la sociedad griega. Es el retrato de un país inoperante, varado en una incapacidad crónica, en un viaje a la negación de sí mismo.

Pero la etiqueta de novela policíaca no debe llamar a engaño. Que nadie espere persecuciones espectaculares, escenas de violencia al estilo Hollywood o el más mínimo erotismo. Si acaso chispas de un humor tirando a negro y un sentimiento trágico de la vida, en la línea del más puro ortodoxo cristianismo heleno. La construcción de la historia es buena, consistente y está cimentada por la realidad social y la veracidad de sus personajes. 

La visión del protagonista (alter ego del autor) marca la historia, la define y determina de forma endogámica. El protagonista domina la situación y no quiere que nada se le escape. Juega una partida de ajedrez programada y no deja nada fuera de su voluntad. Solo de vez en cuando hace concesiones al resto de personajes, pero para reforzar su condición de personaje omnisciente.

Quizá esta es la principal debilidad de la novela. Estaba predeterminada y su resolución resulta forzada, rápida y poco efectista. Es como si un torero quisiera matar rápido después de realizar una faena casi magistral. Tocar en hueso para un novelista puede ser un fracaso, igual que para el diestro. Aunque el público siempre podrá saborear esos deliciosos pases con los que ha aderezado su narración. 

Hay que quedarse con lo bueno, y Márkaris opta por la juventud, representada en su hija y una antigua compañera suya de universidad que ayudará a resolver el enigma; son la juventud en las que pone sus grandes esperanzas para la recuperación del país. En el fondo, Márkaris, conocedor de los infiernos que ha visitado el hombre, nos deja traslucir que no hay que caer en el derrotismo de la tragedia griega. Hay un futuro, y todavía podemos luchar por él.


lunes, 25 de febrero de 2013

Jordi Évole




Cuando pensábamos que periodismo y televisión eran términos irreconciliables (al menos en España), aparece un señor con pintas de chavalete, que calza zapatillas de marca y da mandobles con un iPad, y nos demuestra que la causa no está perdida. Jordi Évole, con su programa Salvados (en La Sexta, por si alguno no lo sabe a estas alturas), ha descubierto la fuerza y el efecto benéfico del periodismo a muchos españoles.   

No hay que fiarse de la pinta de Évole. A pesar de su aire pretendidamente ajeno y despistado, el programa está muy trabajado. Évole básicamente hace preguntas y escucha (qué rareza) a sus interlocutores. Son preguntas aparentemente improvisadas, pero siempre pertinentes y fruto de la labor de un equipo que prepara a fondo los temas que aborda. Si no fuera de esta manera, si no hubiera un buen trabajo de documentación y de selección de fuentes, sería muy difícil, en poco más de media hora, abordar las complejidades y disfunciones de un país que naufraga con un formato a la vez riguroso y entretenido.

Lo de Évole no es periodismo de investigación. Évole no nos dice nada que no sepamos o no esté a la vista si buscamos los datos por aquí o por allá. El logro de este periodista, que también fue humorista, dio la nota en mil sitios como follonero y escribió chistes para otros, es que sus preguntas –las mismas que nos formulamos todos desde que empezó una crisis que está devastando el país- ponen en evidencia la mala construcción de la casa nacional y el descaro y las paradojas en que viven instaladas sus élites.

Hace lo que todo periodista que se precie debiera: preguntar y preguntar a los poderes para que se entere hasta el último mono. Y lo hace con modestia, con simulada timidez, sabiendo de antemano que solo va a encontrar evasivas, pero con la obstinación del que está convencido de que su oportunidad llegará al final, cuando su contrincante, harto de dar explicaciones, sucumbe al desliz y desvela sus intenciones.   

Évole no da nada por sabido. Eso es lo que hace posible su conexión con una audiencia millonaria incluso cuando trata los asuntos más abstrusos. Ese dar las cosas por sabidas y hablar la jerga de los políticos o los empresarios es precisamente uno de los motivos que ha alejado a los periodistas de la gente y los ha puesto, en muchos casos, en el lado de los poderosos y los interesados.  

Somos un país dominado por la pereza mental y, en general, poco instruido. Sabemos muy poco o nada de cómo funcionan los bancos, la administración, la justicia, la educación, la sanidad o las empresas, aunque nos cuesta poco emitir un juicio categórico sobre esto y aquello. Por no saber, no sabemos siquiera cuánto nos cuestan la limpieza de las calles, los medicamentos que tomamos o los profesores de nuestros hijos. Somos un país contradictorio que quiere pagar pocos impuestos y recibir muchos servicios a cambio. Los españoles somos perezosos cuando se trata de conocer (cabalmente) nuestra realidad más cercana. Preferimos recurrir a alguna anteojera ideológica que nos sirva para ponerlo todo en entredicho, sin hacer el esfuerzo de conocer los mecanismos de esa la realidad que se nos escapa y acaba traicionándonos.

Con su tenaz inquisición, Évole nos ha ayudado estos últimos años a saber un poco más cómo funcionan todas estas las cosas. Nos ha dado a conocer el mundo de los juzgados, el cabalístico universo de las eléctricas, el surrealista Tribunal de Cuentas, gestionado por matusalenes, o el Senado, retiro dorado de políticos que nadie se atreve a tocar. También nos ha dado argumentos para valorar nuestro sistema educativo, la necesidad de privatizar o no la sanidad o la calidad del servicio al consumidor que nos dan muchas empresas. Y nos contó, por boca de las víctimas y de expertos, las tropelías de los bancos con las preferentes o las hipotecas.

Pero una pega habría que hacerle a Évole. Como buen periodista, pregunta intentado apartar la venda que sobre la realidad ponen los poderes y los interesados. Hasta ahí, perfecto. Sin embargo, muchas veces, su programa de los domingos ya viene con las cartas marcadas. La investigación tiene ya un punto de llegada prefijado. Évole hace un periodismo de tesis que para brillar evita la opinión del que diverge. Cuando recurre al disidente, es muchas veces para parodiarlo. Ganaría mucho su Salvados si incluyera voces disonantes de peso y dejara que fuera el espectador el que se formara su juicio. Con Évole el partido está decidido desde mucho antes del final, y eso es trampa. De todas formas, dudo de que los de Salvados rectifiquen en este sentido, pues sería como espantar a tu clientela habitual (la que comparte con otros programas de la Sexta) sin tener garantizado el reemplazo.   

En cualquier caso, creo que este tipo maduro con cara y pintas de chaval, ataviado con vaqueros, camisa a cuadros y chaqueta de Decathlon (el patrocinio manda), y que se defiende a fogonazos informativos de iPad, nos ha (re)descubierto las posibilidades de periodismo, y eso es impagable.  Últimamente su programa del domingo por la noche me emociona más que una canción de amor.



domingo, 17 de febrero de 2013

¡La exclusiva!, de Annalena McAfee



Claroscuros del periodismo
Son muchos los libros, películas o series de televisión que tienen como telón de fondo la redacción de un medio de comunicación. Debido a su influencia, al periodismo se le considera el cuarto poder, y quizás haya que buscar ahí la atracción que ejerce sobre el gran público. Además, para conseguirlo, ni escritores ni guionistas han dudado en mitificar a quien ejerce esta profesión, como bien ejemplifica la serie norteamericana Newsroom, creada por Aaron Sorkin y protagonizada por Jeff Daniels, y que es el último intento exitoso de acercar el día a día de estos profesionales a la pequeña pantalla. 
Pese al magnetismo de cada capítulo, en los que se van narrando la historia reciente de Estados Unidos, no deja de sorprender que la editora y el presentador del informativo estelar de la cadena de ficción ACN se arroguen el papel de Don Quijote, siempre dispuestos a luchar contra las injusticias del mundo, sin importar que puedan salpicar a corporaciones todopoderosas o ir en contra de los intereses de su propio grupo editorial.
Aunque en ¡La exclusiva!, la primera novela de la británica Annalena McAfee, también queda claro la alta consideración que la autora tiene por esta profesión ("el periodista tiene el deber de defender a los débiles e iluminar con un faro los rincones más oscuros de la experiencia humana"), tampoco se priva de hacer un buen repaso por las prácticas que considera menos afortunadas (espionaje, sustracción de documentos, difamación...) o de subrayar la hipocresía que se esconde bajo "las caóticas vidas privadas de los periodistas, de los problemas con el alcohol y del consumo de drogas", para luego afrontar "cualquier historia de la más leve falta conyugal como solteras eduardianas". 
Y no es precisamente un mundo que desconozca, tras 30 años trabajando en The Financial Times o The Guardian, principalmente como crítica literaria, o por las muchas portadas que ha acaparado su marido, el escritor Ian McEwan, con motivo del divorcio de su primera mujer o las acusaciones de plagio en algunas de sus novelas.
¡La exclusiva! está protagonizada por dos periodistas: Tamara Sim y Honor Tait. La primera es una joven freelance que trabaja para varios medios y que recibe el encargo de la revista dominical Sunday de escribir 4.000 palabras sobre la vida y obra de la segunda, una octogenaria descrita como "la gran dama del periodismo británico", con ocasión de la publicación de un recopilatorio con algunos de sus artículos más célebres, incluido el relato sobre la liberación de Buchenwald que le valió el premio Pulitzer. 
Muy alejada de la figura del superhéroe, Sim es caricaturizada al máximo, subrayando constantemente su "ignorancia impasible" (cuando se menciona la biblioteca de Alejandría, se pregunta quién es Alejandría y qué le pasó a su biblioteca) y lo nada quijotesco de su trabajo ("entregar una noticia de dos frases, una lista de doce líneas o una columna de dos párrafos sobre los contratiempos de los famosos"). Sim es, sin duda, un exponente de lo que el periodista no debería ser, pero también representante de un tiempo en el que "se habían arrojado por la borda la historia y la seriedad".
Y es que en todo el texto subyace una crítica a la sociedad de finales del siglo XX que retrata (sitúa el libro en 1997, antes del sunami de Internet). Y para ello lo confronta con la época que le tocó vivir a Tait, a la que describe como "diferente, más auténtica y vital". Es en este papel de testigo de un tiempo en el que McAfee acierta plenamente. Es una narradora valiente, inteligente y divertida, que acerca al lector al mundo de los tabloides y las exclusivas. 
Portentoso es el primer encuentro entre ambas periodistas, en el que la joven reportera termina llorando y exclamando "¿qué le gustaría que le preguntara?" o ese especie de "travelling literario" que realiza por las distintas secciones del The Monitor. No obstante, en su afán desmitificador, en parte parecido al que ha llevado a cabo McEwan en Solar con el mundo científico, peca de malicia, creando personajes estereotipados y alguna que otra trama que terminan por desmerecer un texto notable.

¡La exclusiva!
Annalena McAfee
Editorial Anagrama
395 páginas
18,90 euros

domingo, 10 de febrero de 2013

Es verdad: Intemperie, de Jesús Carrasco, es una excelente novela







La promoción que ha hecho Seix Barral de esta novela casi me disuade de leerla. Y es que tiendo a desconfiar cuando el marketing lo inunda todo y me dicen, sin sonrojo, que estamos ante el autor revelación del año, lo no visto en mucho tiempo, una mezcla de Delibes, del Cormac McCarthy de La carretera o del Juan Rulfo de Pedro Páramo. Además, cuentan que el libro de este extremeño que acaba de entrar en los 40, que vive en Sevilla y al que no conocen más allá de su barrio, ha interesado a editores de medio mundo y que se va a publicar en 13 países casi al mismo tiempo que en España.

Seix Barral lo está haciendo de maravilla. El libro, en realidad una novelita de apenas 200 páginas que se lee en un par de tardes, se está promocionando estupendamente y ahora muchos se acercan a las librerías a comprarlo con una mezcla de curiosidad y certidumbre mercadotécnica.

Pues bien, una vez leído, y a pesar de todo, tengo que decir que Intemperie vale la pena. Con muy pocos elementos y un lenguaje trabajado y preciso, Jesús Carrasco construye una historia esencial, desbordante de humanidad. Un niño huye de su pueblo y de su familia y se echa al camino, deambula por un campo intemporal asolado por la sequía. En su busca va un villano, el alguacil del pueblo, arquetipo de la maldad. En su peregrinar por el llano desierto se topa con un pastor de cabras con el que establece una distante pero creciente sociedad. Ese chico que pasa por mil calamidades intentando salvar el pellejo permanece en la retina mucho después de haber terminado el libro.



La literatura que más me gusta es aquella que sugiere, pero evita mostrarlo todo. Es lo que pasa con el buen erotismo. Es la literatura de Chejov, donde millones de dramas apenas esbozados componen esa imagen tan suya del crepúsculo personal y social. Es también la del cine de Ozu, donde los conflictos, casi nunca reconocidos, se materializan en una mueca que rompe el protocolo o en una pregunta que en algún momento se queda sin respuesta.

Fue Hemingway el que con sus relatos puso de moda la teoría del iceberg. Una buena historia, venía a decir, no debe mostrar más que una mínima parte del universo emocional o moral que propone. A Hemingway eso le sirvió para hacer literatura desde el periodismo y distanciarse de sus personajes. Creo que el relato de Jesús Carrasco también es la punta visible de un festín humano y literario que no se acaba de mostrar.

No llegamos a saber del todo por qué ese chico huye despavorido y arriesga incluso su vida para no caer en las manos del alguacil. Nada sabemos tampoco del cabrero que, ya en sus últimos días, sigue yendo de aquí para allá en un llano baldío donde sus cabras nunca encontrarán una brizna de hierba tierna con la que alimentarse. Tampoco queda claro por qué ese alguacil sin escrúpulos persevera,  en compañía de dos temibles lacayos, en la busca de un chico que nadie más reclama. [De psicoanalista: cuando aparece el oficial de justicia no puedo dejar de imaginar en su lugar a Correa, el empresario que estaba al mando de la trama Gürtel].

Intemperie es una historia de supervivencia, con grandes momentos de lirismo, pero es sobre todo una atmósfera opresiva, marcada por el miedo, la soledad y la carestía, y también un lenguaje. Carrasco encuentra siempre la palabra precisa para dar cuenta de un mundo que se extinguió hace mucho tiempo. Aunque nos dice que el alguacil va en moto, con lo que se puede situar la historia en el siglo XX, quizá después de la Guerra Civil, el mundo y las palabras a las que acude para describirlo nos trasladan a la Edad Media, a un tiempo remoto en que la civilización estaba por llegar y la barbarie dominaba los caminos.



  


sábado, 19 de enero de 2013

El atrevimiento de mirar, de Muñoz Molina





Encontrar un lenguaje propio para hablar del arte que encontramos en los museos exige haberse encontrado antes como espectador y mucho entrenamiento. También requiere una mirada atenta, siempre alerta, curiosa, y demorada. Con todo eso, y con una notable capacidad para verbalizar los pensamientos e intuiciones que le surgen mientras contempla un cuadro de Hopper, un grabado de Goya o una fotografía de Nicholas Nixon, construye Antonio Muñoz Molina los textos que componen El atrevimiento de mirar, un librito que recopila un puñado de escritos elaborados en el transcurso de 20 años, casi siempre por encargo de museos y galerías.

Los textos de Muñoz Molina son rigurosos y están llenos de erudición (aunque no necesariamente pictórica o artística), pero nadie que los lea los encontrará inaccesibles y distraídos de la obra a la que atienden. Muñoz Molina rehúye la jerga del profesor o del experto en arte, esa lengua tan particular que parece concebida para acomplejar a los aficionados y alejarlos finalmente de los centros del arte.



“Puedo atestiguar”, dice el autor en las primeras páginas, “que estudié historia del arte en la segunda mitad de los años setenta y que la mayor parte de mis profesores no consideraban una prioridad la observación atenta de los cuadros, los edificios, las esculturas o las películas que incansablemente teorizaban, y si lo hacían era para detectar en ellos pruebas evidentes de la lucha de clases, o de la transición entre el feudalismo y el capitalismo, o cosas así”.      

Como hiciera en Pura Alegría (1998), donde rendía homenaje a Faulkner, Max Aub o Juan Carlos Onetti, Muñoz Molina vuelve a mostrar en este librito sus admiraciones. Las obras de Goya, Georges de La Tour, Hopper, Juan Genovés, Miguel Lacaya o Christian Schad son blanco de su mirada con el deseo, inconfesado, de que al terminar de leer saltemos del sofá para irnos al Prado, al Thyssen o a Internet a disfrutarlas. Para contemplar los Desastres de la Guerra, esa serie fundacional del horror moderno que nos dejó Goya, o esos  lienzos aparentemente ligeros en los que Hopper volcó décadas de oficio para “apresar” sensaciones verdaderas y salvarlas de la erosión del tiempo, o los retratos sombríos con los que un desconocido La Tour convierte la intimidad en protagonista de la pintura europea.  



En 1975, el fotógrafo estadounidense Nicholas Nixon empieza una obra que hoy todavía está inconclusa. Es una serie compuesta por los retratos que cada año le hace a las cuatro hermanas Brown, una de las cuales, Bebe, es su mujer. Hablando de esta obra, que “muestra el estupor de que nada se mantenga y todo parezca estar destinado a la ruina”, Muñoz Molina aprovecha para reivindicar el oficio de Nixon y localizar los tres males del arte contemporáneo: “la ironía forzada, la distancia emocional y el desdén hacia los fundamentos artesanales del oficio”.



El entusiasmo, esa pura alegría de mirar con curiosidad, esperando a que sea el cuadro el que nos revele el secreto, y no el comentario del experto o la chapita informativa, lleva en algunos momentos a Muñoz Molina a convertir al artista en materia novelesca. Ocurre cuando habla del valenciano Juan Genovés, hijo de carbonero y que acabó en el partido Comunista, y que en los sesenta se convierte en pintor internacional con unos cuadros en los que decenas, cientos de figuras sin rostro huyen o levantan los brazos, siempre sobre un espacio indeterminado. El retrato que hace Muñoz Molina de Genovés acaba siendo una pieza envolvente, primorosamente escrita y que bien podría convertirse en el germen de un relato.  



También levanta cierto vuelo literario Muñoz Molina cuando se pone delante del Retrato del Doctor Haustein, de Christian Schad, que está en la exposición permanente del Thyssen en Madrid y que, a pesar de compartir espacio con maravillas de Grosz o Dix, resulta mucho más perturbador. La mirada triste pero serena del médico judío y berlinés que pinta Schad unos años antes de la Segunda Guerra Mundial da pie a Muñoz Molina para abrirnos una ventana al agitado y sombrío mundo de entreguerras.  

domingo, 13 de enero de 2013

España, a examen




A propósito de Informe sobre España, de Santiago Muñoz Machado
Esta crisis está haciendo que se tambaleen los cimientos de todo aquello que considerábamos esencial para el futuro común y firmemente asentado en España. La esperanza de que vuelva a haber trabajo en abundancia se desvanece por momentos, las bases del “Estado del bienestar” no parecen resistir la persistente merma de los ingresos públicos e incluso la unidad del país parece amenazada por tendencias centrífugas de huida ante el desastre (o para precipitarse hacia él).

Santiago Muñoz Machado nos explica en su magnífico Informe sobre España.Repensar el Estado o destruirlo, de manera clara, aunque rigurosamente jurídica, que la crisis institucional que asola España es una parte sustancial del problema. Para Muñoz Machado, jurista de gran renombre y larguísima trayectoria profesional, el funcionamiento de las instituciones del Estado no es correcto desde hace muchos años, circunstancia que las épocas de bonanza disimulaban pero que ahora resulta muy evidente. Ni las comunidades autónomas, ni el Tribunal Constitucional, ni la larga lista de órganos de administración y gobierno del conjunto del Estado cumplen con sus funciones de manera adecuada, dominadas por el sectarismo, la falta de estrategia y reflexión a largo plazo y los intereses mediáticos y políticos inmediatos.

La multiplicación arbitraria de los organismos públicos, las deficiencias del sistema concentrado de control constitucional de las leyes por parte del Tribunal Constitucional, el inextricable universo de la distribución de competencias (“muy oscuro, ineficiente e inadecuado”) y sus indeseables efectos sobre la igualdad entre los españoles y la hiperregulación normativa provocada por las comunidades autónomas con sus graves consecuencias sobre la unidad de mercado, entre otros problemas, provocan que el ordenamiento jurídico general resulte inmanejable y generan graves distorsiones.

Una de las claves de la inadaptación de las instituciones reside en la rigidez de la propia Constitución. Como nos recuerda Muñoz Machado, nunca ha sido posible, desde 1812, una mejora pactada de las constituciones españolas para adaptarse a los cambios históricos. En consecuencia, se han sucedido las rupturas traumáticas provocadas por episodios, habitualmente breves e intensos, de violenta convulsión social y política.



De hecho, afirma el autor, cuando una constitución es estable (como por ejemplo desde 1978 hasta ahora), se debe a que la clase política y las élites sociales han logrado un equilibrio basado en el parasitismo de los recursos públicos, lo que resulta siempre en la petrificación constitucional, en la defensa a ultranza del statu quo. El ejemplo de hoy mismo es palmario; los sucesivos gobiernos lo reforman todo menos lo esencial: el propio Estado.

Muñoz Machado argumenta que ni los inmovilistas ni los separatistas tienen razón, por cuanto es indispensable una reforma integral del ordenamiento jurídico, incluida, idealmente, una reforma constitucional, “para que el Estado quede organizado y funcione de modo correcto”, con el fin de que sirva realmente a los intereses de los españoles. Todo ello implicaría, igualmente, un reconocimiento, aceptado por todos, de los llamados “hechos diferenciales”, de forma que tuvieran un encaje definitivo en la arquitectura jurídica del Estado.

Identificado el problema y propuesta la solución, sólo queda plantearse una pregunta que la elegante contención de Muñoz Machado no expresa de manera explícita, confiado en el juicio de sus lectores: ¿Dónde encontrar el impulso político y social que, con el único objetivo de lograr el bien común, luche por reformar el Estado sin destruirlo?


Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo
Santiago Muñoz Machado
Editorial Crítica
256 páginas
21,90 euros (papel) 

domingo, 6 de enero de 2013

Shalámov en el infierno




Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov


Estamos tan acostumbrados a la literatura menor (menor en ambición, en estilo, en inspiración) que cada vez nos cuesta más atrevernos a leer obras ambiciosas, perdidos en la confusa abundancia de noveluchas y bestsellers con contraportadas laudatorias que domina las estanterías de las librerías y los catálogos virtuales. Por si fuera poco, el fárrago de Internet, donde la mayor parte de los textos más populares, accesibles y divulgados carece de la menor vocación de permanencia, nos tiene atrapados y no nos incita a buscar lecturas reposadas y profundas.

Relatos de Kolimá es una de esas obras que bien merecen la dedicación de unas cuantas tardes invernales, con el ordenador o la tableta apagados. Varlam Shalámov vivió la brutal experiencia de los campos de trabajo soviéticos y consiguió sobrevivir y recordar. El resultado se nos muestra en las terribles, aunque bellísimas, páginas de los Relatos de Kolimá, una obra ciclópea de más de 1.000 páginas publicada en España hace unos años por la editorial Mondadori y, recientemente, por Minúscula.

Shalámov representa en sus relatos un mundo helado, podrido e inhumano, absolutamente desesperanzado y alejado de toda piedad. El libro está lleno de pasajes tremendos, que dan poca tregua al lector, como éste de Sentencia, uno de los mejores relatos:

“Era poca la carne que me quedaba en los huesos. Aquella carne bastaba sólo para la rabia, el último de los sentimientos humanos. No era la indiferencia, sino la rabia el último sentimiento del hombre, el que se hallaba más próximo a los huesos… ¿Qué me quedaba hasta el último momento? La rabia. Y guardándome esa rabia me disponía a morir.”

 O este otro de Carpinteros:

 “A los trabajadores no se les enseñaba el termómetro, aunque tampoco hacía falta: había que salir al trabajo cualesquiera que fueran los grados. Por lo demás, los viejos del lugar calculaban casi con exactitud el frío sin termómetro alguno: si había niebla helada, quería decir que fuera hacía cuarenta grados bajo cero; si al expulsar el aire este salía con un silbido pero aún no costaba respirar, significaba que hacía cuarenta y cinco grados; pero si la respiración era ruidosa y faltaba el aire, entonces era que estábamos a cincuenta. Por debajo de los cincuenta y cinco un escupitajo se helaba en el vuelo. Los escupitajos se helaban en el aire hacía ya dos semanas”.



No existe en el libro un hilo conductor común, más allá del rigor del clima, las penosas condiciones de los presidios y el régimen de trabajos forzados, y cada relato, ya se centre en una anécdota nimia o bien en un hecho trascendente, posee su propia estructura independiente y su propio estilo. El autor apela a todo tipo de recursos literarios y estéticos y no desdeña, incluso, el empleo de la ancestral, y profundamente amarga, ironía rusa, en la línea de Chejov o Bulgakov. Con todo, los relatos siempre se desenvuelven en un tono contenido, salpicado de sutiles metáforas sobre el alma humana y de reflexiones más incisivas y directas de Shalámov.

Siendo mucho más conocidos los siete volúmenes de Archipiélago Gulag, donde otra víctima del sistema represor soviético, el Nobel Aleksandr Solzhenitsyn, describe metódicamente el complejo carcelario de Siberia en toda su extensión, la escalofriante perfección literaria de los Relatos de Kolimá resulta aún más turbadora (por mucho que le pesara al propio Solzhenitsyn, que los consideraba insatisfactorios desde el punto de vista artístico). 

En el Gulag que nos describe Solzhenitsyn los presos mantienen rescoldos de esperanza y solidaridad mutuas. Por el contrario, la descarnada, agudamente pesimista visión del hombre que trasmite Shalámov no admite pactos con el lector, que acaba el libro exhausto ante tanta iniquidad y lleno de admiración ante la proeza personal y literaria de un hombre que, como nos recuerda en el brevísimo y magistral relato introductorio, Por la nieve, tuvo que recorrer dos veces el gélido camino del horror para que podamos conocer la verdad.



viernes, 28 de diciembre de 2012

Atacama: desierto de la memoria




A propósito del documental Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán



En el desierto chileno de Atacama están los telescopios más potentes del mundo para observar las estrellas. Allí, poderosas lentes custodiadas por científicos de medio planeta se afinan y orientan para detectar las débiles señales que nos llegan del universo más lejano, hilitos de luz que salieron de su lugar de origen hace millones de años y que ahora aterrizan en Atacama como susurros casi imperceptibles.

Muy cerca de allí, donde los científicos intentan descubrir el futuro leyendo en haces de luz más viejos que todas las cosas, otros escarban en la tierra. En la llanura pedregosa e inhóspita de Atacama unas señoras remueven la arena y las rocas con sus propias manos o con unas palitas en busca de los restos de sus familiares, desaparecidos de la noche a la mañana durante la dictadura de Pinochet. Llevan años haciéndolo. Es como buscar una aguja en un pajar, pero ahí siguen.

Patricio Guzmán, estrella mundial del documental desde que a principios de los 70 rodó La batalla de Chile, un trabajo de cuatro horas y media sobre el último año de Allende, aprovecha las metáforas y los contrastes terribles del desierto de Atacama. En ese espacio vacío donde el hombre solo ha podido estar de paso o morir, y que hoy es atalaya privilegiada para ver las estrellas, Pinochet mandó a construir un campo de concentración. Allí también el dictador y su gente enterraron y desenterraron (para no dejar constancia de la barbarie) a miles de chilenos.



Guzmán habla con Miguel Lawner. Mientras que estuvo recluido en el campo de concentración de Atacama, este arquitecto se dedicó a tomar nota (mental, pues otro tipo de documentación le habría llevado al paredón) de las dimensiones de los barracones. Marcando una y otra vez los pasos entre un extremo y otro de cada estancia y memorizando cada recoveco, Miguel se llevaba la arquitectura de la barbarie en su cabeza. Años más tarde, y ya como exiliado en Dinamarca, donde ha pasado su vejez, Miguel traslada esos números, que solo están en su cabeza, a formas geométricas y al papel. Al cabo de los años, la testarudez y el esfuerzo denodado de Miguel Lawner mantienen viva la memoria del horror en algo tan tangible y aparentemente inocuo como el plano de una casa. Su mujer, mientras tanto, muere poquito a poco de Alzheimer. Es la metáfora de Chile.

Los astrónomos miran con sus potentes telescopios para descifrar un porción infinitesimal del universo. Al mismo tiempo las mujeres remueven la tierra en busca de una falange o un trozo de hueso que certifique que el hijo o el marido cayeron allí muchos años antes, de un tiro en la nuca o de pura extenuación. Buscan algo que les devuelva la certidumbre perdida y dé sentido a sus vidas. Unos mirando tan alto en busca de tan poco, otros arrastrando la mirada en pos del todo. Es la paradoja que no desperdicia Patricio Guzmán en Nostalgia de la luz.

“Ojalá los telescopios no miraran al cielo, sino que barrieran la tierra para encontrar a los muertos”, nos dice una anciana a la que cuesta mantenerle la mirada, incluso desde el anonimato que da la sala oscura. Es una mujer que, después de tantos años, no ha perdido la esperanza de encontrar a su hermano desaparecido. Habla sin revanchismo (el tiempo sepultó hace mucho ese sentimiento) y solo quiere saber qué fue de los suyos, para morir, ella sí, tranquila.

En otro momento, una joven chilena, que no conoció a sus padres (desaparecieron cuando era un bebé) y que fue criada por los abuelos, mira en las estrellas para mitigar el dolor. Un dolor que, en su caso, ha dejado “falla de fábrica”. Un tara imperceptible para los demás, pero que a ella, en la intimidad, la sigue lacerando.

El año pasado vi en Madrid una exposición del fotógrafo Gervasio Sánchez sobre los desaparecidos y parias de América Latina, Asia, los Balcanes y España. Por haberlas visto tanto en la prensa, en los rutilantes informativos de las cadenas extranjeras, en los grandes reportajes o en los libros de historia, palabras como genocidio, exterminio, masacre, fosa común o limpieza étnica adquieren un aire irreal, lejano, casi novelesco. Sin embargo, las fotos de Gervasio Sánchez de esas ancianas que aparecen con el peluche o con la cartilla escolar del niño que se fue tantos años antes, nos muestran una tragedia bien cercana y factible. Creo que Guzmán logra en su Nostalgia de la luz algo de esto.

A pesar de los años (o quizá por ellos) y de los premios, el veterano Patricio Guzmán sigue haciendo las preguntas de un niño, siempre directas y clarificadoras. Preguntas también pertinentes, pues el dolor y la injusticia siguen ahí. La mirada de Guzmán es cristalina y compasiva. Cede a la metáfora que le proponen el desierto, las estrellas y los muertos, pero esquiva cualquier intelectualismo. El sufrimiento de las madres chilenas y la injusticia histórica que encarnan se bastan por sí solos para dejarnos sin aliento.




martes, 11 de diciembre de 2012

Chejov en La Casa de la Portera





En un país como éste, donde los mandamases de la política cultural no han sentido en los últimos años el menor sonrojo al despilfarrar decenas, quizá cientos de millones de euros en levantar imponentes e inútiles ciudades de la cultura o futuristas centros de arte encargados casi siempre al arquitecto de moda, el ejemplo de La Casa de la Portera es reconfortante.

En un bajo del barrio de la Lavapiés, José Martret y Alberto Puraenvidia han convertido un piso oscuro en un espacio escénico atrevido y fresco, despojado de la pompa y la parafernalia que asociamos a la "alta cultura" o a esos espectáculos de nuevo rico que tantos agujeros han dejado en las finanzas públicas. 

Es literal: La Casa de la Portera fue en otro tiempo la residencia de la portera del viejo inmueble de la calle Abades 24. En el piso mal ventilado, oscuro y de pasillos angostos, donde probablemente varias generaciones de señoras humildes sacaron adelante familias numerosas y donde malamente combatieron las humedades y el frío de la posguerra, ahora se abren dos salitas donde los actores y los escasos 20 espectadores que entran en cada sesión comparten el espacio escénico.
 
Supongo que para el actor es una experiencia nueva la de tener tan encima a un público que, a poco que estire los pies o muestre aburrimiento, entorpecerá sus movimientos y pondrá en peligro su concentración. Para el público (y de eso no me cabe duda) la experiencia sí es distinta. Ver una obra en la Casa de la Portera es como ver un partido de baloncesto a pie de pista, donde uno percibe los forcejeos más íntimos de dos gigantes bajo del aro (esos que la tele nunca nos podrá mostrar), y donde también tenemos que estar dispuestos a que nos caiga encima una mole de dos metros o a sentir la llovizna de sudor del jugador que se acerca a la banda en pos de la pelota.

En la Casa de la Portera, con los actores encima de nosotros y nosotros encima de los actores, uno se da cuenta de que el teatro es menos mecánico de lo que parece desde el patio de butacas oscuro, y sí un proceso complejo y matizado. Además del texto, la declamación y los silencios, el actor y quien monta la obra tienen que administrar el espacio (casi siempre escaso) y la intensidad de las miradas y los gestos. Un giro mal calculado o un aspaviento demasiado sobreactuado pueden destrozar un personaje en cuestión de segundos, creando una desconfianza difícilmente recuperable más tarde.

Me gustó el Ivanov de La Casa de la Portera (allí lo han llamado, con un giro moderno pero acertado, Iván-off). Es el primer drama potente de Chejov y anticipa muchas de las preocupaciones que están en sus obras mayores, en los tantas veces representados Tío Vania o La gaviota. Los actores transmiten y emocionan casi siempre, aunque alguno, como el doctor Constan (Roberto Correcher), está demasiado hierático e inexpresivo, y Ana (Sabrina Praga), la mujer del torturado Ivanov, no llega dar rienda suelta a su frustración y perplejidad.

Ivanov (Raúl Tejón), un Hamlet moderno que se regodea en su miseria y que crece a medida que se autodestruye y acaba de paso con los demás, sale bien parado en la puesta en escena de José Martret. Aunque este Iván-off es un drama que pasa por los temas mayores de Chejov (la decadencia social y económica de la aristocracia, los estragos del paso del tiempo y los amores irremediablemente contrariados) y que está enriquecido por buenos secundarios (el descreído Mateo, tío de Ivanov; o el despiadado primo Miguel), uno echa en falta la ironía y el descreimiento que logra Chejov con su inolvidable Vania. Este Ivanov es, para los parámetros de Chejov, drama al cuadrado, y eso a ratos lo asfixia. En todo caso, es un anticipo de su espléndido universo.  

Siguiendo tan de cerca la puesta en escena de La Casa de la Portera, me acordé de Vania en la calle 42, aquel primoroso y revelador homenaje que Louis Malle y David Mamet le dedicaron al dramaturgo ruso en un teatro neoyorquino en ruinas, y que fue tan bien compuesto por Wallace Shawn. Recuerdo perfectamente el día lluvioso de 1996 en que vi aquella película, en un país extranjero. Fue toda una revelación que todavía agradezco a los impulsores de esa extraña y única obra. Si en Lavapiés eran mis ojos y mis oídos los que, como intrusos, robaban las líneas a los actores, en aquella ocasión, era la cámara de Louis Malle la que nos dejaba el Vania más íntimo y susurrado del mundo.

En fin, id a ver Ivan-off a la Casa de la Portera. Allí actores y público comparten espacio escénico y emociones durante casi dos horas, lo que no es poco para los tiempos que corren.           


jueves, 6 de diciembre de 2012

Sublimación del 15-M




A propósito de 15 M-Te quiero libre, de Basilio Martín Patino

El Pequeño Cine Estudio de la calle Magallanes de Madrid era el último sitio para ver 15 M- Te quiero libre, el documental de una hora de Basilio Martín Patino. La escondida sala de la calle Magallanes –hay que preguntar para llegar a ella; está en un patio interior y no a pie de calle- es un vestigio de un mundo periclitado. Que aguanten sus dueños con un programa hecho a base de cortos y documentales es una proeza. En el Pequeño Cine Estudio resuenan ecos de un mundo de cineclubs, sesiones dobles y mucha mitomanía cultureta difícilmente comprensible para esos chavales de hoy que pasan el día colgados a las pantallitas, irremediablemente lúdicas, de cristal líquido.   

Por lo que cuentan las crónicas, 15 M-Libre te quiero fue muy aplaudida en la Seminci de Valladolid y luego ha tenido una buena cobertura mediática. Si buscamos en Google información sobre el documental nos salen 2,6 millones de resultados. Buena parte de su “trascendencia” se debe al hecho de que su promotor es una de las vacas sagradas del cine en España, Basilio Martín Patino, el mismo que en los años 50, recién salido de la adolescencia, promovió una renovación del casposo cine español de la época en lo que luego se conocería como las Conversaciones de Salamanca y que más tarde haría joyas como Nueve cartas a Berta u Octavia, o documentales como Queridísimos verdugos o Caudillo, sobre Franco, que hizo en la clandestinidad y que tuvieron que esperar a la muerte del dictador para ser estrenados.

Sin embargo, y a pesar de tanto nombre y curriculum, me temo que este trabajo sobre los indignados de la Puerta del Sol no lo han visto ni cien personas en Madrid en los escasos cinco días que ha estado en cartel, en horarios y salas marginales. En el mejor de los casos, 15 M-Libre te quiero aparecerá algún día de madrugada, cuando ya nadie se acuerde, en algún canal especializado de cine de autor, de esos que siguen cuatro gatos, o troceado en Youtube si alguien tiene la osadía (y el buen gusto, y que perdonen la SGAE y los autores) de subirlo. En fin, un mundo a punto de desaparecer. Una pena.  

En todo caso, vamos con la película. Basilio Martín Patino -82 de años ya, aunque no acaba de aparentarlos- se bajó desde el primer momento a la puerta del Sol, cámara en mano, para rodar lo que no era más que el momento final de una manifestación antisistema. En los días siguientes, y hasta que desmantelaron la plaza, rodó 25 horas de tamboradas, debates, convivencias o forcejeos con la policía.  

Martín Patino prescinde de una voz en off que nos guíe y, a pesar de todo, mantiene el interés gracias a un excelente trabajo de montaje. Aunque las imágenes fluyen, sincopadas por esa canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo que le da título a la película, uno no deja de pensar, mientras las disfruta en la sala oscura, en el infinito trabajo que le planteó a su minúsculo equipo de colaboradores la selección del material.
El resultado es pura poesía visual.

Dicen que Martín Patino da una imagen quizá demasiado festiva y feliz del 15-M. Una imagen demasiado lúdica que soslaya la crispación de la multitud y sus aspiraciones de regeneración democrática y justicia social. Puede ser. Pero ¿acaso no fue la sentada del centro de Madrid una gran performance? Como el propio Patino, televisiones y fotógrafos de todo el mundo acudieron allí desde el primer momento para dar cuenta de la primera manifestación de esa ira largamente contenida por la sociedad española tras años de crisis económica.

Esa expectación sentimental y mediática se contagió a los acampados de Sol, que acabaron convirtiéndose en protagonistas de un espectáculo construido a base de de proclamas libertarias y reclamos de (imprescindible) regeneración política –“la revolución es ahora”, “lo queremos todo”, “no nos representa el PPSOE”, “si somos el futuro ¿por qué nos dan por culo?”...-, pero también de música, color e inesperada solidaridad.  

En su peregrinaje por el microcosmos de la puerta del Sol, la cámara de Martín Patino, que deja que sea siempre el espectador el que tenga la última palabra –en esto su propuesta es irreprochable-, se topa con imágenes que quizá se conviertan –qué remedio- en iconos de un movimiento de tan nobles como disparatados y vaporosos ideales. Se me viene a la cabeza esa chica que juega con un globo rosa a los pies una columna de policías. Un gesto tan ingenuo como desafiante, puro 15-M.  




Libre te quiero 
(Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo)

Libre te quiero 
como arroyo que brinca 
de peña en peña, 
pero no mío. 
Grande te quiero 
como monte preñado 
de primavera, 
pero no mío. 

Bueno te quiero 
como pan que no sabe 
su masa buena, 
pero no mío. 

Alto te quiero 
como chopo que al cielo 
se despereza, 
se despereza, 
pero no mío. 

Blanco te quiero 
como flor de azahares 
sobre la tierra, 
pero no mío. 

Pero no mío 
ni de Dios ni de nadie 
ni tuya siquiera. 

No, no, no, no, no, 
no mío. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, 
ni tuyo. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, no, 
no mío.