domingo, 6 de marzo de 2016

El testamento de Chirbes



Por lo que cuentan, Rafael Chirbes estuvo 20 años escribiendo y reescribiendo esta historia mínima sobre el amor esporádico entre dos hombres y el poso de dolor que indefectiblemente deja tras de sí. Paris-Austerlitz, que aparece justo después de la muerte del autor y que muy bien podría ser una trama secundaria en alguno de los brillantes frescos polifónicos que sobre la sociedad española y sus miserias escribió en las dos últimas décadas, es la confesión de un pintor madrileño de buena y acaudalada familia que se muda a París y conoce a Michel, un obrero corpulento y mucho mayor que él.

Chirbes nos cuenta los mejores momentos de esa extraña pareja, la plenitud erótica y afectiva que tiene lugar en el piso angosto y mal iluminado de Michel, en el extrarradio parisino. Pero también el proceso de derrumbe de esa relación, motivado por las dudas del pintor y la incompatibilidad entre la vida tierna y satisfecha con las pequeñas cosas que le ofrece el operario bretón y las aspiraciones profesionales del artista. Una caída finalmente subrayada por la fulminante enfermedad que socaba el cuerpo deseado de Michel, ese sida al que el protagonista se refiere como “la plaga”, quizá en un guiño a Camus. 

Como en sus obras anteriores, esta novela, en definitiva el testamento literario de Chirbes, se sostiene en una larga confesión, la del joven pintor -quizá un alter ego del propio escritor valenciano, que en su juventud también pasó un año en la capital francesa-. Chirbes vuelve a mostrar su maestría para hacer avanzar la acción, retroceder o detenerse en algún punto siguiendo el hilo del bien armado discurso interior de sus personajes, como ya ocurrió en Crematorio o En la orilla.

Sin embargo, no se trata de un solipsismo total, y en el relato del artista que guía el relato se mezclan las voces del propio Michel; de su desconsiderado padrastro; de Jeanine, amor de juventud del obrero y ángel de la guarda cuando la enfermedad le lleva a la postración; o de la propia madre del pintor, que va a buscarle a París con el fin de que vuelva al confortable redil burgués madrileño que ha sacrificado por una incierta carrera artística.  

Algunos pasajes de Paris-Austerlitz son puñetazos, golpes de lucidez que desvelan la felicidad o la amargura que esconden los silencios o las palabras pronunciadas por la pareja. Con la misma contundencia con que hablaba Chirbes en sus anteriores novelas de la ciénaga moral en que se ha convertido este país antes de la crisis, un territorio abandonado a la voluntad de constructores y políticos sin escrúpulos, ahora nos cuenta, también de forma descarnada, una muy creíble historia de amor y odio, de sentimientos confusos que se pueden verbalizar, pero no dominar. 


Paris-Austerlitz es también el reverso de ese París de cliché que nos han dejado el cine y la iconografía de los últimos 100 años. La ciudad por la que deambulan Michel y su pareja no tiene el brillo que el imaginario colectivo le ha ido otorgando a la capital francesa, que aquí es un sitio mugriento y de cielos grises y plomizos, de largas jornadas de trabajo y madrugones para coger el autobús que devuelve cada mañana a los somnolientos operarios a las fábricas del extrarradio, de humildes menús en café-tabacs y de borracheras con vino malo en bulliciosos bares de emigrantes. Chirbes nos cuenta la historia de un amor que florece con la intensidad de las cosas únicas e inolvidables y se marchita antes de tiempo, en medio del paisaje miserable de las banlieues parisinas. Una maravilla.

lunes, 29 de febrero de 2016

Poesía para leer en silencio


Javier Lerena publica el poemario 'El silencio en su hueco'
Javier Lerena, poeta de vocación y de verbo, ganó en noviembre pasado la I Edición del Concurso de Poesía “Manuel Cabral” con su poemario El silencio en su huecoEste concurso está organizado por el Centro Cultural Juan Bosch y la prestigiosa poeta dominicana Rosa Silverio, y está auspiciado por el Consulado de la República Dominicana en Valencia.
Licenciado en Filosofía, Lerena, cuya dedicación a la escritura no es profesional, ha ganado ya varios concursos de poesía, ha sido incluido en diversas plaquettes y antologías, y ha colaborado en diversas publicaciones. El autor posee un blog propio. Éste es su primer poemario y está publicado en Huerga y Fierro
La obra está estructurada en tres partes que comienzan con una evocación de la paz del útero materno (“acuática gravedad de otro mundo donde habita el silencio”), para dejarnos en la calma final de la muerte (“hasta aquí hemos vivido”). Entre ambos, el poemario se asoma a la vida y sus límites, no a través de imágenes sino de ideas y sugerencias. A través de lo minúsculo (gota, piedra, gusano, hoja, zarcillo…) y de lo ingente  (silencio, armonía, abismo, hueco, miedos, llanto, inquietud..). La dedicatoria “a mis padres” parece casi la única concesión al sentimentalismo
 No son poemas optimistas, de canto y de amor. No son composiciones de alegría exhibida, convexa ni estridente. Pero hay un atisbo de luz, de serenidad, de observación calmada y lejana. Las poesías son muy breves, con una sintaxis sencilla, pero con un léxico escogido, rico y vibrante. El autor confiesa que intentaba encontrar la manera de que “el comienzo no permita prever el final”.
 Es además un poemario abierto, para leer en cualquier “hueco” y que permite alcanzar con cada lectura un significado renovado, una sugerencia sobre nuevos matices y alusiones. Para terminar os transcribo mi preferido, aunque probablemente no el más representativo:

“CAMINAR con la cara al cielo
pisando tierra derramada

sentir extenderse azul en domingos plenos

poder reír
el corazón cuajado

no llamar por su nombre a tanta luz  
no romper su sonido”

miércoles, 24 de febrero de 2016

Por qué somos los españoles tan ineficientes



A propósito de la lectura del libro de 
Carlos Sebastián 'España estancada'

El enchufe sigue siendo la primera vía de acceso a un trabajo en España. Hace unas semanas se publicaban los resultados de una macroencuesta (más de 13.000 alumnos consultados en 46 campus privados y públicos de todo el país) que decían que más de un tercio de los universitarios recurre a los conocidos para hallar empleo. Es la vía más rápida y segura, muy por delante del contacto directo con las empresas, los portales especializados o los servicios de prácticas de las universidades, los COIE.

Es una disfunción inasumible y lanza un mensaje bastante desalentador, pues al final lo que se les dice a nuestros jóvenes y, por extensión al resto de la sociedad, es que los méritos son secundarios y la igualdad de oportunidades una quimera. Y que, en su lugar, lo que cuenta por encima de todo son las relaciones, en muchos casos determinadas por el nivel económico heredado y por las posibilidades de los padres y de la familia. Estamos ante una manifestación más del bajo rendimiento económico que tiene el conocimiento cualificado en España.
También el dato deja en evidencia la gestión de las universidades, y concretamente de sus oficinas de orientación laboral y colocación, los famosos COIE, que en algunos campus son inexistentes y que en otros siguen sin conectar a los alumnos con las empresas que les podrían contratar.
La pervivencia desde la noche de los tiempos del enchufismo es una muestra clara de que en este país fallan sobre todo las instituciones y los incentivos, y no tanto la formación de los alumnos o incluso las inversiones destinadas a educación, por más que en los últimos años se hayan resentido y los recortes hayan sido drásticos.
Carlos Sebastián, catedrático de Economía con experiencia en la política y que fue primer director de Fedea, ha escrito un libro, España estancada, por qué somos tan ineficientes, que insiste en la idea de que nuestro gran problema está sobre todo en el marco institucional, en las normas y leyes que nos hemos dado para organizarnos.

Sebastián sigue la tesis de Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países) de que la prosperidad de un país depende mucho más de sus instituciones y de la confianza que tengan sus ciudadanos en ellas, que del petróleo o el gas que tenga su subsuelo, la posición estratégica, la cultura que atesore o el clima que disfrute, por benigno que éste sea.
En este sentido, la historia reciente de este país es un fracaso reiterado si se atiende al desarrollo de su armazón institucional. Desde principios de los 90, mantiene Sebastián, España sufre un deterioro imparable. El impulso reformista de la Transición se fue perdiendo con los años y, en su lugar, empezó a consolidarse un estado clientelar, jurídicamente inseguro y profundamente ineficiente. 
Al cabo de los años, las consecuencias son conocidas por todos: las cúpulas de los partidos han colonizado una buena parte de la vida pública y han neutralizado o eliminado los organismos de control, creando una estructura clientelar por todo el país; los políticos también han intentado ocultar sus intereses con una producción legislativa elevada y bien publicitada, pero confusa y de escasa calidad; y también ha pervivido y medrado una élite empresarial alrededor del poder político, de oscuros contratos públicos y del BOE.
Carlos Sebastián ha escrito un libro bien documentado y que, pese a su corta extensión (algo más de 200 páginas) baja al detalle jurídico y económico para ilustrar los males del reciente diseño institucional español, que, por poner unos cuantos ejemplos, se ven a las claras en la mal planteada y escasamente efectiva Ley de Emprendedores, lanzada a bombo y platillo por el Gobierno para promover la actividad empresarial en tiempos de crisis; en las mil y una modificaciones de la Ley Concursal; en el indefectible retraso con que se adaptan las directivas europeas por estos pagos; en la defensa de los intereses de las grandes empresas que destila la regulación energética en España; en el oscurantismo que dominan los contratos públicos o en los fraudes de ley en que incurre la propia Administración, que, sin ir más lejos, incumple reiteradamente la legislación en materia de plazos de pago, abocando a la bancarrota de tantas pymes y autónomos.
Volviendo al tema de la educación, Sebastián insiste en que, llegado a ciertos umbrales de inversión, los incrementos del gasto se notan poco en la mejora del sistema, y que son más efectivos cambios institucionales que tienen que ver con la gestión de los centros y el incentivo del trabajo de los profesores y del esfuerzo de los alumnos. 
Sebastián cree que está sobrevalorada la relación entre educación y crecimiento económico. Y que la ecuación se escribe más bien al revés. Será una sociedad de leyes claras y justas, basada en el mérito y el esfuerzo y en la audacia de sus empresarios, la que tirará necesariamente del sistema educativo.

Desgraciadamente, estamos en una economía que valora poco la competencia y el esfuerzo y que considera sobremanera la cercanía al poder y las relaciones de amistad, el dichoso enchufismo que hoy sigue siendo la vía más segura para conseguir un empleo o ascender en el escalafón. Algo que tan bien siguen entendiendo nuestros universitarios. Y eso, me temo, es un nefasto mensaje y son malas noticias para todos en el largo plazo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Femenino plural



A propósito de 'Todo ese fuego', de Ángeles Caso


Sumergida en una época en la que muchas féminas creen que mostrar sus tetas en la capilla de una universidad o exhibir a un hijo (o hija) en los escaños de nuestro templo de la democracia es la mejor manera de defender los derechos de la mujer, leer un libro dedicado a las hermanas Brontë, como es Todo ese fuego, de Ángeles Caso, te hace reflexionar acerca de cuánto nos pueden enseñar aún unas señoras que vivieron casi dos siglos antes que nosotras, en la Inglaterra victoriana y en un ambiente rural que marcaba, a fuego, que la frontera de cualquier vocación femenina se ubicaba en el felpudo de su hogar.

Charlotte, Emily y Anne, las Brontë, podrían servir de perfecta imagen de pancarta de cualquier proclama feminista. Empujadas y educadas por un padre, completamente atípico, que en pleno siglo XIX cree que sus hijas tienen que crecer libres y cultas, se convirtieron, talento mediante, en féminas absolutamente brillantes. Este progenitor, reverendo para más inri, les concede libertad completa para leer todo lo que les apetezca y para debatir asuntos religiosos, sociales y políticos. 

Con un par (en este caso, sí, de buenas tetas). Y las “niñas” responden: piensan por sí mismas, sueñan, crean, sufren y… como bien señala Ángeles Caso, “escriben, y escriben, y escriben, y dejan que la voz de la imaginación las dominase”. Ahí es nada a mediados del XIX. Eso sí que es reivindicar la identidad femenina.

Acuciada siempre por la falta de dinero y por la estrechez económica, la familia Brontë, a la que hay que unir un calavera de hermano (el más talentoso si hacemos caso al sentir de las muchachas) y dos hermanas que fallecen adolescentes, siempre se mueve en el terreno de “lo políticamente incorrecto”. Las tres Brontë sufren si tienen que abandonar el hogar familiar, escriben juntas, no creen que pasar por el altar sea la única manera de dar sentido a una vida y viven en unas condiciones absolutamente inadecuadas para dar a luz unos libros tan increíbles. Pero lo hicieron. Y no una sola sino el trío. 



Parieron tres pedazos de novelas (hay más) que aún hoy te revuelven las tripas: Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey. Una triada que se erige en arenga feminista sin pretender serlo, lo que le concede mucho más valor. Y razón. Novelas con féminas rebeldes, con ideas propias y que huyen de la sumisión. Y publicadas en la Inglaterra que se pinta sin sufragio femenino y sin apenas mesas en las aulas para las mujeres.


Todo ese fuego defiende, sin ninguna pretensión de rigor histórico (aunque sí está adecuadamente documentada), que la fuerza creadora, cuando se desata, desborda cualquier dique. Y está por encima de cualquier género. Ángeles Caso nos conduce con agilidad por la historia novelada de la familia Brontë, parándose más en lo que sentían que en lo que hacían. 

El hilo conductor principal es Charlotte (que escribe Jane Eyre) y que se erige en la hermana más reivindicativa. Es ella la que las empuja a publicar (bajo seudónimo masculino, por supuesto) y la que encuentra, primero, el éxito. Anne sí que llega también a paladear el reconocimiento, pero Emily, la autora de Cumbres borrascosas (con mucho, el libro más rotundo, más rebelde y más perturbador) muere sin saber que con los años se convirtió en una novela de culto. 

No creo que le importara lo más mínimo. Como tampoco le importaría que tras su muerte y la de Anne, prematuras ambas, Charlotte decidiera desvelar que en lugar de tres hermanos (hasta en el engaño se mantuvieron juntas) las autoras verdaderas eran un trío femenino. Sin ínsulas feministas hicieron más por las mujeres que algunas que portan pancartas. A veces, de verdad, es mejor enarbolar libros como símbolo reivindicativo. Eso sí, después de leerlos. 


lunes, 8 de febrero de 2016

La enmienda al pasado de Miguel-Antxo Murado



A propósito de la lectura de
'La invención del pasado', de Miguel-Antxo Murado


Una escena. En Misión Imposible 2, nada más empezar la película Tom Cruise llega a una Sevilla un tanto siniestra y oscura, donde hay gente bailando en la calle y quemando cosas, y donde la Semana Santa se mezcla con las Fallas valencianas. Puro (y habitual) kitsch hollywoodiense, pero que a uno, quizá por la familiaridad con el escenario, no deja de producirle vergüenza ajena.

Otra escena. Durante el rodaje de El Cid, de Anthony Mann, en 1960, vemos cómo un joven y guapo Charlton Heston, que encarna a Rodrígo Díaz de Vivar, le tiende una espada a un anciano de aspecto venerable que la mira cortésmente. Se supone que es una réplica exacta de la tizona que blandió el héroe castellano. El anciano es Ramón Menéndez Pidal, patriarca de la historia y la filología española de buena parte del siglo XX.

El periodista y escritor gallego Miguel-Antxo Murado publicó hace un par de años un libro interesante, La invención del pasado, que se puede encontrar sin problemas en librerías y que muestra hasta qué punto la Historia de España y, por extensión, las historias oficiales de muchos países, son en una parte sustancial una mera invención, un pastiche de datos y elementos ciertos, menos ciertos, dudosos y claramente falsos, tendente a explicar y legitimar una cierta visión del presente, y no tanto a acercarnos de forma cabal al pasado.

El libro de Murado es una enmienda a la totalidad del relato histórico vigente, y en sus algo más de 200 páginas el autor se encarga de desentrañar los intereses que lo han hecho posible. Murado nos recuerda que una gran parte de la historia de este país y de las narraciones que la jalonan data del siglo XIX, un periodo que coincide con el auge de los nacionalismos y la necesidad de los estados-nación europeos de contar con un relato compartido (y admirado) por todos sus compatriotas.

Murado sigue la pista de los cuatro o cinco historiadores que en España se han encargado de construir ese relato nacional, una línea que va del Padre Mariana a Menéndez Pidal, pasando por romántico Modesto Lafuente. La literatura y sobre todo la épica se mezclan más de la cuenta en los relatos de la Historia de España con las fuentes originales y los datos contrastados por la historiografía más rigurosa para dar fuerza a unas narraciones que sospechosamente se repiten una y otra vez, y que insistentemente mezclan héroes arquetípicos, invasiones de extranjeros y restauraciones del orden. Armazones argumentales que aparecen aquí y allá, y donde casi lo único que varían son los nombres de los protagonistas y los detalles secundarios. Puro Hollywood, nos viene a decir Murado.

Murado pone en cuestión casi todo en La invención del pasado. La victoria de Pelayo ante los moros es la fábula de un monje que mezcla vidas de santos y escenas bíblicas. La batalla de las Navas de Tolosa está sobrevalorada, como la unión de Isabel y Fernando (“tanto monta, monta tanto…”), en la que siempre se ha querido ver el embrión del actual estado español. La “tormenta milagrosa” que acabó con la Armada invencible en las costas británicas no fue tal. La insistencia de Sánchez Albornoz de emparentarnos con los visigodos, y, por extensión, con la pureza de raza alemana, es una perversión interesada de su tiempo. También nos recordará Murado que Menéndez Pidal modificó el Cantar del Mío Cid para hacerlo parecer más antiguo y auténtico, al objeto de convertir al protagonista del poema en el héroe fundacional al que una gran nación europea no puede renunciar. Y así ad nauseam.

Además, estas perversiones, que se han incrustado en el saber popular, luego han encontrado eco en las obras hasta nuestros días de pintores, escritores o cineastas. Artistas que, lejos de cuestionar el viciado relato original, han ahondado en el mito, muchas veces por estar al servicio de los poderes públicos interesados en mantener ese relato y otras por el deseo de conectar con una audiencia amplia.

La rendición de Breda, de Velázquez, es realismo engañoso. Ni las lanzas que dominan el cuadro se usaban por la época, ni hubo siquiera batalla y rendición donde se nos cuenta. Murado también se detiene en la imagen de héroe sabio y a contracorriente que hemos heredado de Cristóbal Colón, y que todavía pudimos ver en las películas que con dinero público se hicieron con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América. También duda de esa imagen que nos ha llegado de Goya como “periodista gráfico” de su tiempo, o del relato de pasión y fervor revolucionario que aborda Garci en la superproducción “Sangre de mayo” para conmemorar el segundo centenario de unos de los tantos levantamientos que hubo en Madrid contra las tropas francesas. O de la que da Vicente Aranda de la reina Juana la Loca en 2001, a la que presenta en su película como una celosa patológica.


En fin, supongo que muchas de las tesis del libro de Miguel-Anxo Murado son discutibles, pero su lectura es recomendable y supone una sana inyección de escepticismo. Murado demuestra que gran parte de ese relato histórico generalmente aceptado, que nos ha llegado en muchos casos por libros de texto, por el trabajo de algún especialista o por obras artísticas muy reconocidas, es pura leyenda urbana. Definitivamente, después de leer La invención del pasado, contemplar un cuadro en un museo, escuchar un relato fundacional o ver una película "histórica" ya no será lo mismo. 



lunes, 25 de enero de 2016

La charlas TED, ahora en libro



Se puede decir que en España tenemos un déficit grande de elocuencia. Uno oye a un aspirante a presidente de Gobierno en este país y tiende al bostezo. Lo mismo cabe decir de los empresarios cuando salen en televisión o tienen que dar una charla sobre los planes de futuro de su compañía o sobre la justicia en el mundo. Muchos líderes locales no despegan los ojos del papel en que sus asesores han plasmado unas ideas que muchas veces no van más allá de cuatro lugares comunes. Creo que a la élite local le falta poder de seducción, lo que probablemente esté detrás de algunos de los problemas que tiene el país.

En esto, como en otras muchas cosas, los anglosajones nos ganan por goleada. En Estados Unidos, sobre todo, el storytelling y la charla seductora se empieza a cultivar casi desde el parvulario, y eso se nota en los discursos de políticos y hombres de negocios, muchas veces deudores de una ficción asumida por todos. Y si no me creen, comparen los discursos de Rajoy con los de Obama. 

En vivo y en directivo he podido comprobar el poder de seducción que desplegaban políticos tan distintos como Arnold Schwarzenegger o Rudolph Giuliani ante auditorios poco cómplices que al final acababan volcados y riendo a mandíbula batiente con esos dos dirigentes con dotes de showman. Si nos vamos al mundo de los negocio, tampoco aguantamos la comparación. Y si no, enfrenten a Aliertas y Botines con personajes como Steve Jobs, Richard Branson o Steve Ballmer (el de “developers, developers, developers...”).

Una muestra de los poderes de esa elocuencia anglosajona se puede encontrar en la página web de TED, una organización sin ánimo de lucro creada en 1984 con la intención de difundir las mejores ideas de las mejores cabezas pensantes del planeta. En TED.com hay colgados monólogos –que nunca duran más de 18 minutos- de 1.800 personalidades destacadas del mundo de la tecnología, los negocios, la política, los derechos humanos, el periodismo, las artes, la ciencia o el diseño que han hablado prácticamente de todo, y de una manera rigurosa, pero también persuasiva, entretenida y asequible a cualquiera con un mínimo de curiosidad intelectual. Bill Gates, Edward Snowden, Stephen Hawking o Bill Clinton han pasado por TED.  

La novedad ahora es que, desde finales del año pasado, Ediciones Urano está publicando una colección de libritos donde varios de los speakers de TED desarrollan su charla, aunque sin perder la capacidad de síntesis, pues los títulos están pensados para ser leídos de una sentada. Así, casi de una sentada, me leí El arte de la quietud, del periodista de viajes estadounidense Pico Iyer, que nos habla de una de las grandes paradojas de la vida moderna: la necesidad de parar y prestar atención a nuestros sentidos en un mundo donde cada vez estamos más atareados, recibimos más información, viajamos más y también tenemos la sensación de trabajar más.



Pico Iyer nos explica por qué el viaje más fascinante puede ser el de no ir a ninguna parte, recuperando el famoso pensamiento de Pascal: "Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Además de Pascal, por las páginas del librito de Iyer pasan algunos de los que han encontrado la verdadera riqueza en el autoconocimiento que promete la quietud, como Marcel Proust, Emily Dickinson, Leonard Cohen o Phillipe Starck.   

En fin, que promete la colección de Urano con varias de las mejores charlas que se pueden encontrar en la estimulante página de web de TED. Hace poco apareció Las matemáticas del amor, donde la científica británica Hanna Fry intenta demostrar que dar con nuestra media naranja tiene que ver con los números. Recientemente también Urano ha publicado una librito de Marc Kushner donde nos propone un viaje por cien edificios de todo el mundo con el fin de que luego seamos capaces de exigir una arquitectura en nuestras ciudades que mejore nuestro bienestar y nuestra salud.


Y para los próximos meses están previstos títulos tan sugerentes como ¿Por qué trabajamos? En busca de sentido, del psicólogo Barry Schwartz; ¿Cómo viviremos en Marte?, del divulgador tecnológico Stephen Petranek: El futuro de las grandes ideas. En busca del próximo Jefferson, Darwin o Marx, de David Rothkopf, editor de la revista Foreign Policy; o Desde tu intestino. La gran influencia de los diminutos microbios, de Rob Knight, profesor de la Universidad de la California. En fin, unas buenas pildoritas de divulgación, elocuencia y entretenimiento con el sello TED.


martes, 19 de enero de 2016

Lecciones de Borgen



Ando estos días seducido por la actriz Sidse Babett Knudsen, que interpreta a la primera ministra danesa Birgitte Nyborg en la serie Borgen. Y también por las muchas cosas que pasan a su alrededor: en el palacio de Christiansborg, donde se cuece gran parte de la vida pública del país nórdico, y en las redacciones de los periódicos y televisiones de Copenhagen que siguen al minuto los avatares de la mandataria y de su gobierno.   
Borgen –en realidad apodo del palacio que acoge a la oficina del primer ministro,  y la sede del Parlamento- no es una serie audaz en cuanto a las formas, ni tampoco de tramas excesivamente complejas. Además, sus creadores no han renunciado a ciertos clichés, algo que no verán con simpatía los puristas y amantes del riesgo audiovisual, siempre tan difíciles de satisfacer, pero sí el resto de la audiencia.  
Sin embargo, esta radiografía más o menos asumible de la vida política de Dinamarca, y, por extensión, de cualquier democracia moderna y mediática, se ve con creciente interés. Birgitte Nyborg, líder del centrista partido Moderado, sintoniza, por ideales y coraje político, con el demócrata Josiah Bartlet (Martin Sheen) de El ala oeste de la Casa Blanca. Pero Borgen da una visión más desencantada de la política y nos muestra hasta qué punto el poder puede aniquilar a aquellos que lo detentan y pasar por encima de ideas, adhesiones aparentemente inquebrantables y afectos familiares.

En este punto, la brillante serie danesa está más en la línea de House of cards (¡el tema musical de entrada es sospechosamente muy parecido!). Es verdad que Nyborg -por lo que dicen, personaje inspirado en la comisaria europea Margrethe Vestager- es bambi comparada con el retorcido Frank Underwood que interpreta Kevin Spacey en la serie estadounidense, pero a través de la peripecia de ambos conocemos los tejemanejes y continuas traiciones que forjan la política de un país, inaceptables para un ciudadano corriente, pero perfectamente verosímiles, como recordaba en una entrevista el que fuera corresponsal de TVE en Washington, Lorenzo Milá.

Y es que después de Borgen, nadie verá igual una rueda de prensa desde La Moncloa, un debate televisado o una comparecencia en el Congreso del presidente o del líder de la oposición. Si uno sospechaba que la política es sobre todo representación y muchas veces juego sucio, aquí tiene la triste constatación.
Pero para mí lo más interesante de Borgen llega cuando se comparan los usos y costumbres políticos (y sociales) de la modélica Dinamarca con los que tenemos en España. Borgen, que para la mayoría de los daneses refleja fielmente el sistema político de su país, aporta unas cuantas enseñanzas que no conviene olvidar en el nuestro, sobre todo en un periodo tan incierto como el que se ha abierto desde las pasadas elecciones en Cataluña y las Generales del 20D. Aquí van unas cuantas que se me ocurren:
-Un gobierno de coalición no es el fin del mundo. Llegar a pactos es tan legítimo y respetable como gobernar con mayoría absoluta. La primera ministra Nyborg, del centrista partido Moderado -Cuidadanos es lo que más se le puede parecer por estas latitudes- se pasa todo el tiempo buscando apoyos para consolidar su frágil gobierno de coalición, donde se integran ministros de tres o cuatro partidos, a veces con puntos de vista muy divergentes. El asunto es fiel reflejo de lo que pasa en Dinamarca desde tiempo inmemorial. De hecho, la última mayoría absoluta por allí se consiguió hace más de un siglo (en 1901).

No por pactar con señores de distinto signo uno tiene necesariamente que renunciar a sus ideas para mejorar el país. Nyborg -liberal en lo económico, pero también ferviente defensora del estado del bienestar- lo recuerda una y otra vez. Sólo hay que asumir que se pondrán en marcha de forma parcial o no tan inmediata. La política es este caso negociación y deseo de consenso. No hay otra cuando los electores andan tan divididos. Es lo que pasa en casi todos los países europeos y convendría que lo tuvieran en cuenta nuestros políticos, que por primera vez se enfrentan a aritméticas complejas.  

-No existe el plasma. Ni se contempla siquiera. Lo de no aparecer en una rueda de prensa, en un debate o en un telediario dando explicaciones sobre la polémica del día no le cabe en la cabeza a la primera ministra danesa, o al resto de políticos que hacen pasillos en Borgen. En Dinamarca, acudir a la televisión a afrontar un debate a pecho descubierto con los incisivos periodistas de la cadena estatal, pagada por todos los daneses, está en la agenda. Las espantadas de Rajoy -en los debates a cuatro de las últimas elección- o sus salidas del Congreso por la puerta de servicio para evitar a los señores de micro simplemente dejarían estupefactos a Birgitte Nyborg y sus colegas.
-El poder corrompe y hace que los que llegan arriba se aferren a la silla como si les fuera la vida en ello. La en principio pragmática y consecuente Birgitte Nyborg también sucumbirá al efecto corrosivo de la poltrona. Algunas de las frases que abren los 30 capítulos de la serie y dan el tono de lo que va a pasar en los 50 minutos siguientes son bien ilustrativas: “Casi todos podemos soportar la adversidad; pero si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle el poder” (Lincoln); “Cuando se hace daño es menester hacerlo de tal modo que sea imposible la venganza” (Maquiavelo); “Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que ser amado” (Maquiavelo); “La política es la guerra sin efusión de sangre; la guerra es política con efusión de sangre” (Mao Tse-Tung); “Algunos cambian de partido para defender sus principios; otros de principios para defender su partido” (Churchill). De todo esto, por desgracia, sobran ejemplos en España.

-La política es puro cinismo. En Borgen, todos escenifican en público sus diferencias, mientras que, petit comité, de puertas adentro, en las cómodas estancias del palacio de Christiansborg, con un café humeante en la mano, trabajan para llegar a muy calculados acuerdos y mantener así su cuota de poder, a pesar de que eso signifique dar la razón al oponente al que públicamente acaban de desacreditar. Borgen es una verdadera lección de negociación, de cómo se mueven las piezas en el complicado tablero de la política actual, con el poder tan repartido. Birgitte Nyborg se muestra más audaz cuanto más complicada se pone la partida. La primera ministra danesa exhibe siempre un discurso brillante y persuasivo. Cuesta no comprarle la mercancía.

-Paradójicamente, en las modernas democracias mediáticas que se han impuesto aquí y allá, es el periodismo el primer damnificado. El periodismo, un barco de papel en medio de un mar encrespado. Después del palacio de la primera ministro, el segundo escenario de Borgen, y donde se desarrolla buena parte de la intriga de la serie, son precisamente los estudios de la televisión pública danesa. Allí, sus profesionales luchan por dar buena y rigurosa información política. Aunque lo tendrán todo en contra: la puerilidad que imponen los índices de audiencia, unos directivos más pendientes de la hoja de cálculo que de la calidad del producto, el amarillismo de la competencia, las filtraciones interesadas, la escasez de recursos en la redacción por los indefectibles recortes de presupuesto o la excesiva proximidad al poder de los propios medios. Es un fenómeno global y en Borgen está maravillosamente expuesto.  


-No hay manera de conciliar vida profesional y familiar en el mundo de la política. Ni allí -en el modélico estado del bienestar nórdico- ni aquí -donde tanto queda por hacer-. Uno de los grandes conflictos de la serie Borgen reside en este punto. Durante las tres temporadas, Birgitte Nyborg lucha para mantener su matrimonio y la complicidad de sus hijos tras jornadas maratonianas cargadas de reuniones con políticos taimados y ambiciosos, sesiones en el parlamento, viajes al extranjero o lecturas de complejos informes sobre las más variadas cuestiones. Aunque la primera ministra danesa en la ficción se las ingenia para abandonar su despacho temprano y preparar la cena, o también nos la muestran repartiendo los cereales por la mañana a su prole, la verdad es que la conciliación siempre se le pone muy cuesta arriba y le va a traer quebraderos de cabeza y ansiedades múltiples.     
-En Borgen, las reuniones duran poco y son efectivas. Los puntos de vista se exponen con rapidez y contundencia, y los acuerdos y las decisiones se toman pronto. Sé que es una ficción y que muchas veces las cosas son más complejas y requieren más tiempo y detalle, pero tengo la impresión de que en España todo es más prolijo y hay verdadera dificultad para ir al grano y acabar pronto lo que sea. Da gusto ver a la primera ministra Nyborg despachar temas cruciales con sus ministros o con su jefe de gabinete en las caballerizas del palacio de Christiansborg mientras dan un corto paseo para estirar las piernas y coger aire. En Borgen no hay largas y opíparas comidas en restaurantes de lujo. Lo más, un café y un croasán en una mesa de trabajo durante la hora del desayuno. Y luego, a otra cosa mariposa.

martes, 12 de enero de 2016

Peligrosas lecciones desde Florida


A propósito de la lectura de 'Las Lecciones peligrosas', de Alissa Nutting


Mariano Oliveros

En 2004, los medios de comunicación estadounidenses se hicieron eco del caso de Debra Lafave,  una atractiva mujer de veinticuatro años que aprovechó su condición de profesora de inglés de middle school (el equivalente a nuestra ESO) en Temple Terrace (Florida) para seducir y acabar manteniendo relaciones sexuales con un alumno de catorce años. 

La fascinación que sobre la opinión pública ejercen en Estados Unidos los delitos sexuales se vio reforzada por la deslumbrante belleza de la profesora, lo que tiñó el caso de un morbo tal que hasta Owen Lafave, en ese momento marido de la violadora de adolescentes, se atrevió a producir un documental sobre el caso. 

Alissa Nutting, la autora de las Lecciones peligrosas (mucho más explícitamente titulada Tampa en el original, por el lugar donde fue juzgada la profesora), que apareció en la editorial Anagrama, había estudiado en el mismo instituto en el que fue también alumna Debra Lafave y decidió novelar el caso. En esta charla la autora explica muy bien lo que persigue con su novela: dar la vuelta a nuestras obsesiones sobre el poder, el sexo y la violencia, para mostrarnos cómo resulta socialmente aceptable que una mujer sea tan agresiva como un hombre siempre que ello forme parte de su “arsenal” femenino.

Como afirma Alissa Nutting, “si un personaje femenino obedece a la regla social primaria de resultar sexualmente atractiva para los hombres, su comportamiento violento se fetichiza”, es decir, se convierte en uno más de los instrumentos destinados a la excitación masculina, como la mera belleza física o la ropa. 

Y, de hecho, muchas de las escenas de  Las lecciones peligrosas son tan eficaces con el lector, por lo menos en mi caso, como una buena novela erótica. Sin ir más lejos, el libro comienza, directamente, con una escena de masturbación de Celeste, la protagonista, pensando en su primer día como profesora de tiernos jovencitos imberbes, mientras su marido duerme a su lado. Pero la novela es mucho más que eso.

Celeste narra la historia en primera persona y no muestra ningún reparo en describirnos su absoluta dependencia de sus deseos sexuales, su obsesión por no envejecer (lo que le lleva a aplicarse los más caros y sofisticados tratamientos de belleza y cirugía), su dominio de las técnicas de manipulación psicológica para engañar a sus jóvenes víctimas, y su desprecio por el futuro de éstas, por su marido y por sus compañeros de docencia. 

La compulsiva descripción de la persecución de chicos jóvenes que realiza la protagonista es directa, casi brutal, sólo aligerada por los detalles mordaces, como los elogios que reciben las dotes pedagógicas de Celeste por parte de otros profesores, que salpican el relato y que sirven para mostrar la miopía social ante la impostura cuando se disfraza de seductoras formas femeninas.

Cuando el progreso de la trama conduce a las terribles consecuencias que eran esperables desde el principio, te ves forzado a reflexionar sobre la excitación que te produjo la lectura, teniendo en cuenta que siempre quedó claro que la protagonista era un monstruo insensible.

La ironía del caso real de Debra Lafave reside en el hecho de que su abogado consiguió la sustitución de su pena de cárcel por el arresto domiciliario, alegando que su defendida era “demasiado atractiva” para acabar en prisión. Este mismo suceso es recreado en Las lecciones peligrosas desde el terrible punto de vista de la depredadora sexual que es Celeste (que no se arrepiente de nada y vuelve a planear cómo va a satisfacer sus impulsos en el futuro) y sirve para recordarnos que la desigual perspectiva con la que juzgamos a priori a los hombres como violentos y a las mujeres como víctimas no tiene porqué compadecerse con la realidad. 

Una novela, en suma, tremendamente perturbadora, muy bien estructurada y resuelta, y dominada por la gélida, pese a su tórrido envoltorio, narración en primera persona de su ególatra protagonista. La frialdad de Celeste me pareció, de hecho, lo más inverosímil de la novela hasta que escuché en Youtube las explicaciones de la hermosa y manipuladora Debra Lafave y comprendí hasta que punto Alissa Nutting había acertado con las Lecciones peligrosas







jueves, 7 de enero de 2016

La ley del menor, de Ian McEwan




Como en varias de sus últimas novelas (pienso en Sábado o Solar), la protagonista de este libro es una persona con una notable carrera profesional a sus espaldas, sólidamente instalada y hasta cierto punto feliz, pero en conflicto con su inteligencia, sus sentimientos y sus miedos. Fiona Maye, jueza del Tribunal Superior de Justicia de Inglaterra, una mujer que bordea los 60, sin hijos y que durante toda su vida ha trabajado duro para subir en la judicatura, ve como su matrimonio se desmorona. Su marido, Jack,  profesor universitario, le pide educadamente que le deje tener una aventura con una joven, Melanie, a la vista de que el sexo ha desaparecido de la vida conyugal.

Al mismo tiempo –y este es el otro gran conflicto de la novela-, Fiona recibe una solicitud de un hospital donde un joven testigo de Jehová que tiene leucemia está a punto de perder su vida por negarse a recibir una transfusión de sangre, siguiendo sus convicciones religiosas y las de su familia. Antes de decidir sobre el caso, la jueza decide visitar al enfermo, un chaval perspicaz, pero también ingenuo y romántico. De lo que pasa luego no voy a contar más, por aquello de no estropear la lectura y romper la intriga, pero sí diré que tendrá serias consecuencias en la vida de Fiona y en la del joven Adam Henry.

La escritura de Ian McEwan es precisa y sobria, y da cuenta, hasta el mínimo detalle, del paisaje emocional y físico de sus personajes y de los cambios, por microscópicos que sean, que lo van alterando. Frente al desenfreno y a la provocación que destilaron las primeras novelas de McEwan, se puede decir La ley del menor es una obra de estructura bastante clásica y controlada, donde el autor va dosificando los elementos hasta llegar al desenlace, como en una tragedia canónica. Muy premeditadamente el climax de La ley del menor tiene lugar en las tablas de un escenario, a ritmo de la música de Mahler y de los poemas de Yeats.

Ian McEwan recurre al realismo y no duda en detenerse en textos de jurisprudencia o en mil y un detalles sobre los usos y costumbres de ese mundo aparte -y hasta cierto punto sofocante y mezquino- que es la alta judicatura de su país, por aquello –supongo- de hacer más verosímil la historia y asentar profesionalmente a su protagonista. Un material para el que consultó a especialistas en derecho, pero que, no obstante, casi nunca lastra el desarrollo de la trama. 

Pero más allá de este afán documental, creo en el fondo McEwan ha compuesto una alegoría. Una alegoría de la lucha entre razón y fe, o del conflicto entre la moral pública y las convicciones privadas, y de los efectos que tiene en aquellos que, como la jueza Maye, tienen que tomar partido. Y también, en un plano más íntimo, La ley del menor es una metáfora de la lucha entre la realidad y el deseo, entre lo que somos y lo que secretamente anhelamos, y que no nos atrevimos siquiera a decir en voz alta.

Hay ecos del Dublineses de James Joyce en ese final conmovedor de La ley del menor. En esa traca en forma de poemas y cartas adolescentes que quedan sin respuesta, y donde la debilidad se hace carne y un ser desnortado cree encontrar en la dama madura su razón de ser, a pesar de que todo esté en su contra. En fin, no sé si habrá sido una de las novelas del año, como han celebrado algunos, pero sí creo que McEwan vuelve a dejarnos una conmovedora indagación sobre nuestros miedos. Y también sobre los resultados (indeseados) de nuestros actos. Creo que vale la pena su lectura.