martes, 25 de abril de 2017

La vuelta al mundo a pie de Ignacio Dean


Ignacio Dean cuenta en 'Libre y salvaje' su periplo de 33.000 kilómetros caminando alrededor del mundo

Entre 2013 y 2016, Ignacio Dean recorrió el mundo a pie. En ese tiempo, y tirando siempre de su carrito “Jimmy” (un trasunto quizá del Wilson de ‘Naúfrago’ o del Viernes de ‘Robinson Crusoe’), Ignacio Dean caminó 33.000 kilómetros que le llevaron a 31 países, algunos con un clima y una orografía dura y extrema, como Armenia, Irán o Australia, y otros muy peligrosos para el turista y para el viajero solitario, como Honduras, México o El Salvador, donde unos maras lo intentaron asaltar con machetes.

Las peripecias de ese viaje inusual y casi eterno están contadas por Dean de forma minuciosa en Libre y salvaje, un libro que acaba de editar el sello Zenith (del Grupo Planeta). Ese relato, casi siempre interesante, aunque también reiterativo, no es el de un curtido viajero, ni siquiera el de un tipo con mil recursos, sino el diario de un chaval que quiere dar la vuelta al globo y que para ello va con el dinero y el conocimiento justo y se da unas palizas de 50 o 60 kilómetros diarios para cruzar cada país en el tiempo escaso de tránsito al que le da derecho cada visado. Dean pasa miedo, frío y calor en su tienda, desplegada muchas noches en los sitios más inoportunos, pero también se deja invitar por los cientos de personas que le salen al paso y le sacan de la dura e incierta intemperie y de la soledad, ofreciéndole de vez en cuando un techo, un plato de comida caliente y un buen rato de conversación.



Ignacio Dean no es un literato o un hombre excesivamente documentado que acompañe su periplo por ciudades, desiertos, selvas, valles o llanuras cultivadas de referencias culturales o de datos sociológicos, económicos o políticos. Este no es un libro para saber cómo está el mundo, aunque sí para reparar en lo diverso que es y en lo diferente que puede llegar al ser si nos salimos de los márgenes estrechos del turismo convencional. Casi siempre, su empeño está en dar cuenta del viaje como forma de superación personal, en lo físico y en lo psicológico. Al fin y al cabo, Dean pasa tres años fuera de casa, recorre lugares inhóspitos como el desierto de Atacama o el interior de Australia, sube cordilleras como lo Andes o el Cáucaso, y empuja su carrito por las carreteras y caminos de muchos países en los que difícilmente, y por la barrera del idioma, se puede comunicar con los lugareños, o donde tiene complicado hablar con su familia y amigos por andar “fuera de cobertura”.

De vez en cuando, y para reponer fuerzas y abastecer o reparar su carro, o poner a punto su tienda, Dean para en ciudades en las que hace turismo al uso, acompañado de amigos o de gente que sabe de él por las redes sociales y se ofrece a ayudarle. Visita monumentos, come los platos típicos y se divierte al son de la música local. Sin embargo, su decisión de recorrer el planeta a pie y de hacerlo muchas veces por las rutas menos transitadas, deja ver a las claras la perversión y la falta de sustancia del turismo de masas y de los viajes low-cost a los que hoy aspiramos todos, por lo menos una vez al año.

La aventura de Ignacio Dean nos hará ver de otra manera esos folletos de viajes que nos dicen, sin el más mínimo pudor, que en una semana conoceremos países y culturas exóticas, y que al final nos tienen yendo de aeropuerto en aeropuerto o nos mantienen prácticamente inmovilizados en un hotel “todo incluído” donde la comida, la bebida y la animación son parte de una fiesta interminable. La vuelta al mundo que Ignacio Dean nos cuenta en Libre y salvaje es la clara antítesis del confort hotelero, recupera el gusto por el conocimiento lento y duradero de las personas y de los paisajes que se adquiere al andar, cuando nos perdemos por los caminos o por las calles y no queda más remedio que abrir los ojos y prestar atención a los demás. Cuando importa más el camino que el destino.

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El viaje de Ignacio Dean está explicado, documentado y fotografiado en este blog.


lunes, 17 de abril de 2017

Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?



A propósito de la lectura de
'Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?',
de Joaquín Estefanía

Título sugerente el del último libro del periodista Joaquín Estefanía sobre la crisis económica y las consecuencias que ha tenido y tendrá sobre la población, pero sobre todo sobre las (malogradas) expectativas vitales de los jóvenes. Como casi siempre hace en sus libros, Estefanía no desvela nada que no se sepa o de lo que en estos años no hayan informado los medios de comunicación y otros cronistas de la gran Recesión.

Estamos, pues, ante una crónica de lo ocurrido que a cualquiera que haya estado un poco al tanto le será familiar. Un ágil reportaje que no aporta nuevas luces sobre el origen, desarrollo y desenlace de la crisis económica. Sin embargo, el valor de ‘Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?’ está en la capacidad de Estefanía para sintetizar y escribir un relato comprensible, que se aleja en lo posible de la jerga de los expertos, dirigido a esos nietos de la agraciada generación de los baby boomers y que hoy llaman a las puertas del mercado de trabajo y nadie parece contestarles.  

Estefanía denuncia el silencio que se ha establecido alrededor de una de las heridas más sangrantes que ha dejado la crisis: que es, sin comerlo ni beberlo, la peor parte se la han llevado los jóvenes. Se han salvado las pensiones, hasta cierto punto se han salvado también los empleos de los trabajadores más veteranos, pero se han sacrificado millones de puestos de trabajo temporales mayoritariamente ocupados por jóvenes que han tenido que posponer sine die sus proyectos vitales y sus planes de emancipación.

Más allá de esa denuncia o de reivindicar el papel de los sindicatos, el keynesianismo y el efecto benéfico de la igualdad económica, el libro de Estefanía vuelve a los escenarios de la hecatombe financiera (el neoliberalismo del dúo Thatcher-Reagan, la globalización financiera, las subprimes, Madoff, la crisis griega…) y nos deja una interesante guía de lecturas: Keynes, Judt, Roubini, Missé, Rogoff, Rodrik, Akerlof, Shiller… También pasa por encima de algunos debates actuales, aunque sea de puntillas, como el efecto de la robotización en el mundo del trabajo.

Objetivamente, es difícil negar que vivimos en el mejor mundo posible. Los avances científicos y tecnológicos han multiplicado el confort y han disparado la esperanza de vida. Sin embargo, crece la sensación de que no es así, de que, por primera vez en mucho tiempo, hemos retrocedido y que no se percibe salida a este embrollo. De que a nuestros hijos no les quedará más remedio que tener una vida más precaria e incierta que la nuestra. Joaquín Estefanía ha escrito un libro que no va más allá de un repaso a lo que ha ocurrido con la economía en la última década, pero sus preocupaciones sobre lo que va a quedar para los que vengan serán compartidas por muchos padres y abuelos que también creen que otro mundo era posible.

martes, 4 de abril de 2017

Gloria Fuertes antes de la televisión




Para muchos de los que empezamos a ver la televisión en los setenta y en los ochenta, Gloria Fuertes siempre fue aquella señora pizpireta que aparecía por las tardes con chaquetas y corbatas de colores cantarines contándonos cuentos en verso y mirándonos con condescendencia por encima de la gafas mientras hacía rimar con gracia palabras de todos los días.


Al final de su vida, Gloria Fuertes se convirtió en un icono que alternaba con artistas y gentes de la farándula y que nos dejó la letra de sintonías que se han quedado para siempre en nuestra memoria, como aquella que nos amenizaba las tardes al ritmo de “un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó”.  


Pero aquel personaje televisivo que tanta repercusión social le dio a Gloria Fuertes y que contribuyó a que en muchos hogares no faltase una copia de “El dragón tragón” o “El camello cojito”, ensombreció a la escritora que había detrás.


Gloria Fuertes tuvo que salir adelante en una familia pobre del barrio de Lavapiés, en Madrid, y vio cómo moría su hermano pequeño y compañero de juegos en un bombardeo de la Guerra Civil. “Yo estaba sana, pero el hombre y el hambre me dolían todos los días”, escribió a mediados de los años 30. “No tenía más que un traje, un cuaderno y mucho miedo a que se gastara el lápiz”, reconoce en otro momento. Más tarde, y hasta los 70, se refugió en empleos de secretaria y chica de los recados para sobrevivir, mientras en la intimidad se iba forjando una carrera como poeta de estilo directo y conciso, de rima marcada, e irónica y ajena a los intelectualismos de sus compañeros varones de generación. “Escribo sin modelo a lo que salga, escribo de memoria de repente… escribo a lo que salga”.  


En la exposición que ahora le dedica el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa, en Madrid, está su poesía para niños, pero también están sus versos y confesiones de un tiempo de formación en la sombra, cuando la literatura era para ella una forma de responder al horror de la guerra o al machismo ambiental, o de reivindicar una forma de mirar la realidad cristalina, juguetona, alejada del experimentalismo o de la floritura verbal de sus compañeros de generación.    


Gloria Fuertes lo guardó todo, y por eso la exposición que ahora le dedica el ayuntamiento de Madrid para conmemorar el centenario de su nacimiento traza un completo recorrido vital, sentimental y literario de la poeta. Allí están expuestas las cartillas de racionamiento de la posguerra, las cartas de rechazo de las editoriales cuando todavía no era una celebridad televisiva y se ganaba la vida dando clases de inglés y hasta una lista de posibles novios escrita con lápiz y a mano en la década de los 40. También encontramos la notificación de la concesión de la beca Fullbright que le fue otorgada gracias a la intermediación del amor de su vida, la profesora americana Phyllis Turnbull, o la cartilla del banco con los ingresos que le hacía la universidad americana donde dio clases a principios de los sesenta. En fin, todo un arsenal documental que muy bien podrían servir ahora para que alguien novele la vida de esta escritora que vivió a contracorriente y fue mucho más que la creadora de aquellos globos televisivos que tanto nos entretuvieron a mediados de los setenta cuando salíamos del colegio.


Acercarse a la exposición es acercarse a la Gloria de nuestros recuerdos, pero también a esa mujer solitaria (“Todos los míos han muerto hace años y estoy más sola que yo misma”) que nunca pudimos intuir cuando la veíamos sentada en su trono de mimbre. Década a década, a través de sus poemas y de una documentación tan abundante, es imposible no sorprenderse y salir de sus salas reconociendo que la persona era infinitamente más interesante que el personaje de nuestros recuerdos.  



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Blackie Books acaba de editar ‘El libro de Gloria Fuertes’, un volumen de más de 300 poemas y 80 fotografías, y con una investigación acerca de la vida de la poeta por parte de Jorge de Cascante.

martes, 21 de marzo de 2017

El arte de morir



A propósito de la lectura de 
'La imagen de tu vida', de Javier Gomá Lanzón

En este librito, Javier Gomá es fiel a su idea de que el pensamiento tiene que ser mundano, es decir, que no debe abandonarse a la simple erudición y a las exigencias de la academia, sino que, por el contrario, debe abordar sin dilaciones los problemas del hombre corriente. La imagen de tu vida es, por lo tanto, un libro documentado, pero accesible y sentido, que se pregunta por aquello que debe perdurar de una persona cuando ya ha desaparecido.

Gomá nos recuerda que unos pocos privilegiados tienen la habilidad artística para proyectarse en el futuro y ser recordados por sus descendientes por la obra que producen. Aunque Gomá no los nombra, también estarían en este grupo los líderes políticos y sociales que cambiaron con su quehacer los esquemas de su época, o los científicos audaces que gracias a su investigación erradicaron alguna enfermedad, el hambre o la carestía. Pero para aquellos que no son Pericles, Velázquez, Picasso, Thomas Alva Edison u Olof Palme, es decir, para el común de los mortales en busca de un gramo de trascendencia, la única manera de perdurar en la memoria de los que vienen es llevar una vida ejemplar. Porque vivir y envejecer dignamente, la mayor aventura que uno pueda imaginar, está al alcance de todos.

Vuelve así Gomá al tema de la ejemplaridad del hombre corriente. El mismo que lleva perfilando desde hace muchos años y que ha plasmado en media docena de libros. El autor reivindica el capital simbólico de ese ser ajeno al elitismo aristócrata o a la excentricidad artística encumbrados por dos siglos seguidos de romanticismo. En el padre de familia que llega por la tarde a casa después de la jornada de trabajo reside hoy la gloria del antiguo héroe homérico, recuerda provocador Gomá.

En La imagen de tu vida, Gomá se detiene en Cervantes, al que ve como ejemplo de ese vivir y envejecer dignamente. Analizando la gran novela cervantina, pero sobre todo los prólogos donde el autor confiesa sus pecados y debilidades, Gomá identifica la fórmula vital del creador de El Quijote: “Idealismo, cortesía y chiste”. La parodia y la risa es el camino de Cervantes para hablarnos de la ejemplaridad moderna. Además, como su antihéroe, Cervantes es cortés, atento a los otros. Y también, como el ingenioso hidalgo, con el paso de los años no se deja vencer por descreimiento y cinismo de la edad, y se lanza, cumplidos ya los 50, a la aventura de escribir su libro capital con puro entusiasmo otoñal. Gomá acaba concluyendo que Cervantes es un modelo civilizatorio a tener en cuenta, hecho de sabiduría, comedimiento y discreción.

En la última parte del libro, Gomá entra en un terreno nuevo. Aquí no nos habla el filósofo mundano, sino el hijo que busca consuelo por la muerte del padre octogenario. Desde lo alto de un escenario Gomá -ahora actor protagonista- se dirige al lector para trazar en un largo monólogo el perfil de ese padre ejemplar de puertas para afuera, pero que, también a los 50, recibió la visita del “demonio del mediodía”, causando sufrimiento familiar y abriendo una herida en el corazón de su hijo que el tiempo no iba a restañar, y que sólo la muerte inesperada y el duelo acabarían convirtiendo en un ejercicio de sabiduría.




domingo, 26 de febrero de 2017

Los nativos digitales son menos de lo que parecen


¿Quién no se ha encontrado algunas vez con uno de esos padres que, entre desnortado y acomplejado por las supuestas habilidades tecnológicas de su hijo, presume de cómo su vástago se maneja por los menús del iPad o de Android, o explica embelesado cómo, por sí sólo, su pequeño superman digital le instaló una app en su móvil para calcular el número de calorías que se deja subiendo escaleras o corriendo por el autobús?
Los padres tendemos a pensar que los chicos, sólo por el hecho de haber nacido rodeados de ordenadores, tabletas, teléfonos inteligentes, consolas o televisores smart, y por respirar por los cuatro costados Internet y las indefectibles redes sociales, tienen las necesarias competencias digitales, es decir, que saben sacarle todo el partido a la tecnología y además la usan con criterio.
Sin embargo, creo que eso es mucho suponer. Y si no, pidan a su hijo que envíe un e-mail con un fichero adjunto, prepare una tabla de Excel o trabaje un documento de texto en grupo con Google Docs. Muchos no tendrán ni idea. Y es que subir selfies a Instagram o dejar ocurrencias en Snapchat no es, ni mucho menos, lo único que se puede hacer en Internet.
Un libro que acaba de salir, y que se presenta con el provocativo título de Los nativos digitales no existen, pone en cuestión la idea extendida de que los chicos de hoy traen de serie la digitalización, saben usar la tecnología y conocen sus implicaciones. Y es que no por nacer en un país donde se habla el español, un niño habla español. Al contrario, para dominar la lengua, el pequeño tendrá que ir al colegio y leer mucho y estudiar gramática, ortografía y vocabulario también durante muchos años. Pues lo mismo pasará si queremos que los pequeños se conviertan en usuarios competentes de Internet o de tanto gadget a su disposición.
Los nativos digitales no existen es en realidad una guía para que esos padres superados por el tsunami de Internet y de las pantallitas que han robado el alma a sus hijos y los han dejado mudos. Un llamamiento para que superen miedos y complejos y se impliquen en la educación tecnológica de la progenie. No se trata de prohibir, nos vienen a decir los autores del volumen, coordinado por Susana Lluna y Javier Pedreira "Wicho", creador del blog Microsiervos, sino de enseñar a los más pequeños a andar (con cuidado) por el mundo virtual. Y es que de la misma forma que cualquier padre con dos dedos de frente enseñará a su hijo a cruzar la calle cuando el semáforo está en verde, y le advertirá para que no se vaya muy lejos cuando anda solo, así también tendrá que hacer cuando el chico navega por su cuenta o intercambia fotos y datos personales en las redes sociales.
Manejarse en Internet y en las redes sociales requiere un cierto aprendizaje y también prudencia, para saber, por ejemplo, qué contenidos e informaciones conviene compartir, cómo se mantiene un cierto nivel de privacidad en Facebook o Instagram, cuándo una tienda online es de fiar o cómo se mantiene el ordenador o el teléfono actualizado y libre de malware. Por no hablar de la capacidad para distinguir la buena de la mala información en Internet. Y es que no conozco "nativo digital" que se cuestione, mientras hace los deberes, lo que le presenta Google en la primera página de resultados.

Son cosas que los profesores en la escuela y los padres en casa debemos abordar. Porque, no lo olvidemos, aunque nuestros hijos sean los reyes del mambo en Instagram o Snapchat, o se pasen la vida enganchados a los canales de youtubers millonarios como Elrubius, Vegetta777 o Fernanfloo, siguen siendo unos críos y no tienen idea de casi nada. Nos necesitan.

jueves, 19 de enero de 2017

Las memorias de Juan Luis Cebrián



A propósito de la lectura de 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988', de Juan Luis Cebrián

De un tiempo a esta parte, y por los intereses mediáticos y políticos de cierta parte de la izquierda española, Juan Luis Cebrián, el primer director del diario El País, se ha convertido en un personaje sospechoso, controvertido. Su condición de primer ejecutivo del Grupo Prisa y sus supuestas conexiones con el poder político y económico durante las dos últimas décadas le han convertido en blanco de críticas de todo tipo.


Juan Luis Cebrián hoy gestiona un grupo empresarial que sigue siendo significativo en términos de influencia, empleo y facturación, pero que emocionalmente es el rescoldo de lo que supuso en las dos primeras décadas de la democracia. Por que El País de finales de los 70 y de los 80 fue una historia de éxito, la del periódico que aglutinó a las clases medias españolas deseosas de cambio y modernidad a la muerte de Franco. Pero hoy, se puede decir que El País ya no es lo que era. Por una parte, la evolución política ha llevado a que el relevo generacional de aquellos primeros e incondicionales lectores no lo vean como un medio de referencia y, por otra parte, las nuevas tecnologías también han hecho que se multipliquen los competidores y que sus mensajes se diluyan.   


Primera página. Vida de un periodista 1944-1988 está escrito con el ritmo ágil de una novela de aventuras. Cebrián renuncia a las notas a pie de página y al habitual glosario de nombres, y en las primeras páginas reconoce que abordó el recuerdo de su peripecia profesional “a pelo”, hurgando únicamente en su memoria y ayudándose de consultas a Internet y sólo en ocasiones de alguna agenda de trabajo repleta de citas por otro lado indescifrables. Es decir, que estamos ante unas memorias con ritmo narrativo pensadas para mantener el interés del lector.


Uno lee con creciente interés la peripecia del joven periodista de familia bien franquista que asciende rápido en el escalafón de la prensa franquista madrileña -en Pueblo y en Informaciones- y que, después de pasar brevemente por la dirección de informativos de TVE, acaba, casi por casualidad, dirigiendo el periódico clave de la Transición. Primera página es un testimonio del sometimiento explícito de los periodistas y de los medios de comunicación a los dictámenes de la dictadura, y también de cómo en ese ambiente hostil, los profesionales se las ingeniaban para hacer en ocasiones un periodismo más moderno y contestatario.


Sin embargo, lo mejor llega con el relato de la gestación de El País, un proyecto liberal liderado intelectualmente por la familia Ortega y Gasset, pero muy fragmentado a nivel accionarial. Cebrián da cuenta de las tensiones que se vivían casi a diario en el consejo editorial del periódico, y en el consejo de administración, donde directa o indirectamente pugnaban por el control personajes del franquismo como Manuel Fraga o José María de Areilza, o empresarios como el propio Jesús Polanco. Un forcejeo que fue a menos con los años y que, ya a mediados de los 80, dejó el periódico en manos del binomio Cebrián-Polanco, eso sí, con la ayuda de algún banquero amigo, como Luis Valls Taberner, a la sazón presidente del Popular.

Cebrián vuelve a hacer el viaje que llevó a El País desde el liberalismo inicial a la socialdemocracia felipista, y que con los años iba a convertir a Prisa, la empresa matriz, en el primer grupo de comunicación de España, con intereses en el el mundo editorial, radiofónico o televisivo. Como era de esperar, Cebrián se recrea en ese momento culminante del relato fundacional del periódico que supuso la publicación de una edición exprés la tarde del 23-F, apoyando sin ambages la Constitución y condenando el golpe de Estado. Un episodio que también le permite rebajar la figura del eterno competidor, Pedro J. Ramírez, en aquel momento director de Diario 16 y que no se atrevió a sacar aquel infausto día su periódico a la calle.


Creo que Cebrián acierta a la hora de describir ese ambiente de las redacciones en los estertores del franquismo y los primeros años de la democracia. También su relato ayuda a ver hasta qué punto los poderes políticos y económicos sofocaban a unas empresas periodísticas dependientes por decreto o incapaces por estructura empresarial para hacer una labor de contrapoder, problemas que con el paso de los años no se han acabado de resolver. Sin embargo, también creo que unas buenas memorias son la oportunidad perfecta para reconocer errores. Y ahí Cebrián ha escatimado. En sus 13 años al mando del periódico Cebrián reconoce haber tomado decisiones erróneas y censurables desde el punto de vista deontológico sólo un par de veces: cuando por la presión del nacionalismo catalán metió en el cajón y dejó sin publicar una crónica con información de Banca Catalana que comprometía a Jordi Pujol; y cuando permitió la publicación de un reportaje que intentaba demostrar que la banca y los poderes más oscuros de la derecha estaban detrás del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976.


Cebrián promete el segundo volumen de sus memorias para cuando se jubile al frente de Prisa, algo que, según él, será más pronto que tarde. Creo que si sigue la línea de éste, será un libro sin desperdicio. La guerra de las plataformas digitales y el enfrentamiento de Prisa con el binomio Aznar-Villalonga/Telefónica, y después la llamada “guerra del fútbol”, que le ha enfrentado a Mediapro y Jaume Roures, un conflicto no sólo empresarial sino también por un bocado del lectorado de centro izquierda en España, son cuestiones que no deberían faltar en ese volúmen, por no hablar de la grave crisis financiera en la que entró el grupo hace unos años y de la que todavía no ha salido. Aunque todo eso será otra historia.

martes, 10 de enero de 2017

La patria rota de Fernando Aramburu


A propósito de la lectura de 'Patria',
de Fernando Aramburu

Hubo en tiempo, a finales de los 70, en que los asesinatos de guardia civiles y militares a manos de ETA casi no tenían repercusión en la prensa. Más tarde, la escalada de los atentados y la sinrazón del fanatismo ideológico en el País Vasco hizo a muchos percibir que aquello era intolerable y que, además, de una u otra manera, nos afectaba a todos. Sin embargo, y a pesar de la crudeza de los coches bomba que sembraban de cadáveres calles y plazas de todo el país, de los artefactos detonados en las casas-cuartel o de los secuestros con final trágico, como el de Miguel Ángel Blanco, en el País Vasco se instaló durante décadas una violencia silenciosa que siguió pasando desapercibida, una guerra civil larvada entre los autoproclamados defensores de la patria y los que, por no compartir su fanatismo, quedaban al otro lado y eran marcados con la cruz eterna de la sospecha y la ignominia.

Este libro de Fernando Aramburu nos habla de esa herida abierta, lacerante, que no ha sido tan protagonista en los medios de comunicación, pero que, como una lluvia fina que acaba calando, ha terminado por devastar la vida de tanta gente corriente en tantos pueblos de Guipúzcoa o Vizcaya, y ha obligado a callar a muchos y a dejar su tierra a otros que no pudieron con el miedo y el amedrentamiento.
   
No sé si Patria es el mejor libro del año en España, pero entiendo que a muchos les hayan enganchado y emocionado hasta la médula las peripecias y los sentimientos encontrados de esas dos familias de un pueblo de Donostia, amigas en otro tiempo, y condenadas a enfrentarse por la deriva fanática de algunos de sus miembros. Aramburu da muestras de un excelente oído para dar cuenta del discurso interior de los muchos personajes de su novela, tan variados como pueden ser las opciones vitales y políticas en una sociedad compleja, por más que algunos se hayan afanado durante décadas para imponer un discurso de buenos y malos, de integrados y periféricos, de purasangres y maquetos/españolitos.

El relato se articula en torno a la complicidad primero y el enfrentamiento más tarde de Miren y Bittori, las dos amas que en primer plano o en la sombra marcan el tono emocional del relato y que en ocasiones me recuerdan a aquella espléndida Carmela Soprano de la popular serie de televisión. El drama en Patria es más sentido y cercano porque Aramburu no nos habla de militares o políticos que, sabedores de las consecuencias, aceptaron el riesgo de llevar la contraria, sino de gente corriente que va a trabajar, que cultiva el huerto y que se divierte montando en bici o preparando un pescado al horno en una sociedad gastronómica, y que, por la sinrazón y el resentimiento de clase de algunos, amigos antaño, tendrán que sufrir años de escarnio, humillaciones y pintadas premonitorias antes de acabar con sus huesos en la tumba de un cementerio que no es el suyo, para no levantar suspicacias entre los matones.

Patria es un cuento de 600 páginas sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón, una historia inolvidable y que uno no quiere que se acabe a pesar del dolor contenido.  Un cuento que parte de la realidad más cotidiana y creíble, pero que, en algún momento, y por exigencia de un guión que vuelve al punto de retorno, consigue trascender, suspender esa oscura de realidad de partida y convencernos de que después de tantos años de lluvia y ventarrón, el sol sigue estando ahí arriba.  

Muchos dicen que, ahora que ETA ha dejado de matar y que se vislumbra un futuro en paz en el País Vasco, está por escribirse el relato que va a quedar a nuestros hijos de los años negros de terrorismo independentista. Que está en juego el recuerdo que va a quedar para la posteridad de estos tiempos de barbarie. Si es así, el libro de Aramburu llega en buen momento. Con su prosa cristalina y recurriendo siempre a personajes y situaciones creíbles y emotivas, Patria va a contar a los que vengan el drama oculto del terrorismo en el País Vasco.


martes, 13 de diciembre de 2016

Aquellos gloriosos años 80



Los 80 han vuelto como un tsunami que todo lo invade. O quizá nunca se fueron del todo, porque, al fin y al cabo este país, tal como lo conocemos, se refundó en aquella década, y el capitalismo global que gobierna el mundo también hunde sus raíces en aquellos años. Los 80 están en cada esquina. Un libro de título bien anodino, Yo fui a EGB, se reedita una y otra vez para recordarnos que una vez fuimos seducidos por Los Ángeles de Charlie, lloramos con la muerte de Chanquete, hacíamos mecanografía en una Olivetti o calzamos unas Yumas.

En el cine se han dado cuenta del filón emocional (y comercial) que puede suponer cada capítulo de este eterno revival ochentero. Pienso en el remake de Cazafantasmas. También la vuelta al mundo guerrero y galáctico de Star Wars tiene mucho de esa recuperación que tantos frutos económicos promete a sus promotores. No me extrañaría nada que en breve tengamos una continuación de aquella Loca academia de policía que llevó a millones de españoles a los cines en busca de la risa desenfrenada. Aquí, Almodóvar, que se nos vende como el producto más irreductible y ambicioso de aquellos años rebosantes de aparente locura y descaro, va camino de convertirse en un monumento nacional, por más que a algunos el director manchego les produzca urticaria.

En la televisión, la eterna serie Cuéntame es un género en sí mismo y ha enganchado a millones de nostálgicos de cuando los niños jugaban en la calle, nos abrigábamos con parkas recias y piadosas e íbamos toda la familia de excursión en un Seat 127. En la música que hoy más suena también están los 80. Los Secretos, el grupo del malogrado Enrique Urquijo, da ahora más conciertos y hace más giras que en sus primeros tiempos. Loquillo se desprendió de los Trogloditas, maduró y ahora va vendiendo mesura y sensatez. Por no hablar de la indefectible Alaska (y Mario Vaquerizo), que está hasta en la sopa y es fija en cualquier programa de televisión o fiesta que se organiza en Madrid. Precisamente, ahora en la capital los promotores del musical Hole Zero llenan cada noche con un espectáculo, mezcla de circo, buslesque y cabaret, que nos traslada a la nochevieja de 1979 y donde se nos promete un viaje cargado de drogas y liberación sexual.

Me pregunto si realmente fueron tan brillantes los fabulosos 80. Yo más bien los recuerdo grises. Al fin y al cabo, el país salía de una dictadura cargando unos lastres que nos ha costado mucho soltar, y que, en algunos casos, todavía siguen impidiendo que cojamos vuelo. En aquella época del golpe de estado de Tejero, del naranjito o de los GAL, los profesores seguía zurrando a los alumnos díscolos, las mujeres que trabajaban todavía eran una excepción y viajar al extranjero, con nuestra devaluada peseta, era un timo. Éramos, por más que nos pese, un país más pobre y paleto.

Me pregunto quién está detrás de este revival de los años 80. No sé si se trata de un grupo de astutos empresarios que recurren a la nostalgia para meter la mano en la cartera de esa legión de cuarentones y cincuentones faltos de referentes y acomplejados por los displicentes millennials que se dejan las pestañas en la pantalla del móvil y el corazón en las redes sociales. O si más bien tiene que ver con la habitual vuelta a los orígenes que ha hecho cualquier generación de hombres y mujeres desde que estamos en la tierra, ese comprensible echar la vista atrás para explicarnos mejor el presente, o para resguardarnos de esa fina lluvia que es el paso del tiempo, y que acaba calando.

Hace poco me emocionó ver unreportaje del exfutbolista Michael Robinson en el Canal Plus sobre la vida de Nate Davis, un jugador de baloncesto estadounidense que brilló en los 80 y pulverizó récords en España y en su club del Ferrol, con sus mates y su juego atlético, nunca visto antes por estos pagos. Luego, cuando acabó el reportaje me di cuenta de que, más que la emotiva historia de Davis, que se retiró para cuidar de su mujer enferma y que acabó ganándose la vida limpiando oficinas, me emocionó sobre todo la vuelta que proponía el reportaje a una época en que fuimos jóvenes y soñadores, y todo nos podía pasar. O eso pensábamos.





martes, 15 de noviembre de 2016

Propuesta para desactivar el turbocapitalismo


A propósito de la lectura de ‘Contra el tiempo’,
de Luciano Concheiro, y de 'Ser sin tiempo', de Manuel Cruz

El joven profesor de filosofía mexicano Luciano Concheiro ha quedado finalista del Premio Anagrama de Ensayo con un librito excelentemente escrito y que detecta un mal silencioso, pero tan extendido como dañino: el de la aceleración del tiempo. Sabedor de que sus potenciales lectores también sufren esa aceleración vital, Concheiro ha escrito un ensayo exprés donde va al grano desde la primera línea y evita largas argumentaciones y exhibicionismos de erudición.

Concheiro, nieto intelectual de Karl Marx, considera en Contra el tiempo que la aceleración de la vida que experimentamos desde hace dos siglos, desde los tiempos de la Revolución Industrial, tiene un origen claro: el capitalismo y su ansia insaciable de beneficios permanentes. Consumimos más: cambiamos el sofá o el coche antes de que agoten su ciclo vital, tiramos la vieja nevera antes de que dé su último servicio y renovamos armario cada dos meses, siguiendo el ritmo trepidante que impone Zara. Vivimos más atropelladamente porque al capitalismo, con los almacenes siempre repletos de supuestas novedades, le interesa este ritmo frenético de reposición, nos recuerda Concheiro.  

Concheiro es un marxista clásico por cuanto para explicar el fenómeno del tiempo hipermoderno recurre en primer lugar a la economía, que es la que luego modela la subjetividad, la cultura o la política. El estrés moderno no es psicológico ni cultural, sino que tiene su origen en los balances de resultados de las grandes corporaciones, esas que cada trimestre tienen que sorprender a los analistas de mercado con ventas y beneficios al alza. Es el turbocapitalismo.

Todos vivimos obligados por “el imperativo social de lo nuevo”. Las consecuencias de esta vida acelerada se dejan ver por todas partes. Sin ir más lejos, el flujo informativo trepidante que proponen Internet y los medios de comunicación erosiona la memoria y complica la elaboración de un relato coherente. Las políticas también son cada vez más cortoplacistas, por no hablar de los planes industriales e incluso educativos.

Como dice Giorgio Agamben, no es posible una nueva cultura sin una modificación de la experiencia del tiempo. Luciano Concheiro identifica el problema y se atreve a proponer una guía de acción para parar este tiempo desenfrenado de la modernidad. Pero el mexicano, traductor de autores como Slavoj Zizek, no es amigo de grandes resistencias organizadas y premeditadas. En su opinión, cualquier transformación radical corre el peligro de ser engullida por el propio capitalismo, como hasta cierto punto ha ocurrido con el movimiento slow que pregonan gurús como Carl Honoré.

Concheiro, en cambio, propone cambiar las cosas desde el ámbito privado, simplemente viviendo el instante, que es lo que nos aparta de la realidad circundante y que, precisamente por eso, es pura subversión. La risa, la danza, la música o la contemplación de una fotografía de Gabriel Orozco son puro instante, que congelan el turbocapitalismo.

En fin, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante es un libro sugerente por cuanto identifica una de las notas más definitorias de la sociedad contemporánea y de la vida de cualquier hijo de vecino, y también es sugerente por la propuesta de contemplación meditativa que nos hace. Una revolución silenciosa para acabar con un mal asumido por todos.

Un librito de Manuel Cruz

Otro libro reciente que toca en algún momento este tema es Ser sin tiempo, del filósofo y ahora político socialista catalán Manuel Cruz. Para Cruz, la aceleración de la vida moderna también responde a un cambio estructural que tiene sus raíces en el primer capitalismo. Un giro que, en su opinión, ha multiplicado hasta tal punto las vidas posibles que nos ha vuelto seres profundamente insatisfechos precisamente por la imposibilidad de experimentarlas todas. Para Cruz, la combinación de este tiempo vertiginoso con las nuevas tecnologías también ha dinamitado la memoria y los planteamientos a largo plazo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Bibliotecas de escritores


A propósito de la lectura de
'Los reinos de papel', de Jesús Marchamalo

Siento debilidad por las bibliotecas. Cuando era chico, competía secretamente con Chago, mi compañero de pupitre, para ver quién la tenía más grande. La biblioteca, digo. Y si para poner más volúmenes en el estante de casa había que robarlos en una librería o incluso sustraerlos de una biblioteca pública, pues se hacía. Todo fuera por emular a esos escritores que salían en el periódico o en las revistas fotografiados en habitaciones forradas hasta el techo de libros que probablemente nunca leyeron en su totalidad y que en muchos casos acabaron siendo pasto de la humedad.

En las casas de mi infancia -en la mía y en las de mis familiares y amigos- escaseaban los libros. El libro era un objeto de lujo adquirido muchas veces no para ser disfrutado en apacible lectura, sino para simbolizar las aspiraciones de la familia de turno. Igualmente pasaba con los discos y con aquellas primeras y pomposas colecciones de CD de música clásica. El que podía compraba enciclopedias bellamente encuadernadas o colecciones literarias de aire lujoso para aparentar una cultura (libresca) que no tenía. La biblioteca, si existía, era un símbolo de estatus, como lo podía ser el coche, el colegio de los niños o el lugar de vacaciones.

Hoy, el libro ha dejado de ser una marca de estatus social e incluso intelectual porque lo intelectual, hasta cierto punto, ha pasado de moda o está bajo sospecha, o da sopor a nuestros hijos. El prestigio del libro exhibido en la biblioteca familiar, adquirido a plazos a un vendedor a domicilio de la Larousse, o del Círculo de Lectores, simplemente desapareció y no fue reemplazado por nada. Casi sin que lo advirtiéramos, la letra impresa fue pasando a un segundo plano, un declive acentuado en los últimos años por los brillos hipnóticos de las tabletas y los teléfonos móviles.

Los reinos de papel, del periodista y escritor Jesús Marchamalo, recupera este gusto (casi antiguo) por el libro como objeto físico y por las bibliotecas familiares, moldeadas por los gustos y fetichismos de su dueño, pero también por los traslados, las estrecheces o las ausencias de los volúmenes nunca devueltos.  

Marchamalo visita las bibliotecas de escritores como Javier Gomá, Julio Llamazares, Rosa Montero, Juancho Armas Marcelo, Luis Antonio de Villena, Luis Goytisolo o Miguel Delibes, para cuya fundación escribe este volumen. De los libros a la vida, y vuelta a los libros. Somos los libros que hemos leído, como venía a decir Marguerite Yourcenar, pero también los que no hemos leído por prejuicio, por las anteojeras ideológicas que algún día nos pusimos o simplemente por falta de tiempo o la testaruda dejadez.

En el libro de Marchamalo la biblioteca es identidad personal. Rastro del periplo de su dueño o de su familia, de las mudanzas que ha tenido que hacer con los libros a cuestas o de los expurgos obligados por la falta de espacio. También es rastro de su personalidad, más o menos caótica, juguetona o maniática, según se ordenan o no los volúmenes en los estantes, el suelo o el trastero. También son las bibliotecas que visita Marchamalo, cómo no, una muestra de los gustos literarios del propietario, o de sus idolatrías, como esas fotos de actrices de Hollywood que proliferan por las estanterías de la casa de Marta Sanz, o ese ejemplar firmado por Ezra Pound de su propia ‘Antología poética’, que enseña como un tesoro el poeta leonés Antonio Colinas, o esa edición de ‘Impresiones y paisajes’, primer libro de Federico García Lorca, escrito cuando sólo tenía 20 años, que guarda celosamente Luis García Montero en esa biblioteca inmensa que comparte en Madrid con su mujer, la también escritora Almudena Grandes.


Al parecer Marchamalo ha escrito ya dos libros contando sus visitas a las bibliotecas de escritores de renombre. Como sucede en este caso, lo de husmear, de la mano del periodista, en la casa de Julio Llamazares, Bernado Atxaga o Elvira Lindo, conociendo al personaje al tiempo que descubrimos sus referencias literarias, está bien. Pero creo que no estaría mal juntar en un libro las visitas a las casas de lectores anónimos que hayan dedicado un buen dinero y un gran esfuerzo a conformar y mimar la “biblioteca de su vida”. Seguro que tendríamos historias tan buenas (o más) como las que conforman estos reinos de papel.

lunes, 24 de octubre de 2016

El teatro eres tú



A propósito de la representación en Madrid de 
'Cartas de amor', de A. R. Gurney


15 años. O lo que viene siendo, para que perciban la longitud, más tiempo del que marca la escolaridad obligatoria en España. Eso es lo que ha tardado Julia Gutiérrez Caba en volver a representar una obra de teatro. Que no en subirse a las tablas: hace un par de años apenas nos alivió las ganas de verla leyendo textos de Santa Teresa en un bello proyecto para fomentar la lectura de nuestros clásicos llevado a cabo por la Real Academia de la Lengua, y que entre otros genios incluía a la de Ávila. La Caba leía a la Santa y el público veía a Teresa. Apenas una hora le bastaba a la dama del teatro para transmutarse en la doctora de la iglesia o en la mujer rebelde que puso patas arriba la orden carmelita. Así de sencillo y así de espectacular. Magia teatral.

Ahora, con Cartas de amor, del estadounidense A. R. Gurney, la Caba recuerda que es la mejor actriz de teatro que ha parido este país. Le pese a quien le pese. Durante los tres lustros que han transcurrido desde la última representación de su increíble Madame Raquín, de Zola, en 2001, ella ha explicado que ya no contaba con la energía suficiente para encarar todo lo que supone, día a día, ensayar y, posteriormente, subirse a un escenario para dar vida a un personaje. Sin embargo el milagro ha llegado en forma de un montaje que le viene como anillo al dedo a un genio, como ella, que es capaz de recrear un personaje a través de la lectura de unas cartas. 

Porque la obra se basa en la historia de amor de una pareja a lo largo de 50 años narrada únicamente a través de su correspondencia epistolar: ella es Melissa Gardner, una mujer rica, rebelde, alcohólica y divorciada, y él, Andrew Makepeace, un hombre de clase media, trabajador, responsable y tradicional, que es “leído” por un genial Miguel Rellán, que no se achanta ante la dama.

¿El montaje? Tan espartano como un sillón enorme en el que sentados cada uno de ellos en uno de sus extremos van leyendo (sí, leyendo) las cartas que se van enviando a lo largo de toda una vida. Perfecto para la “falta” de energía de la Caba. Y perfecto también para su talento. Sin moverse, sin dar un paso, sin hacer un aspaviento, Melissa cobra vida en su voz. Y crece en su entonación. Y se cansa en su mirada. Y llora en su modulación. Y a través de su lectura la vemos soñar, madurar, perder, beber, pintar, gritar y reír… vivir, en definitiva; todo un carrusel de emociones provocadas por una señora que permanece sentada casi dos horas y que lee… Sin leer. Y, el público, en el patio de butacas, pendiente hasta de sus silencios. Que en la Caba también hablan.

Es la magia del teatro y la magia de esta dama que siempre se ha revestido de la humildad de los grandes. “No soy buena actriz” decía en el arranque de su carrera, abrumada quizás por ser miembro de una saga que ha hecho grande el oficio de los “cómicos”. Sin pancartas, eso sí, y sobre todo desde las tablas. “Me queda mucho por aprender” dice, ahora, con 83 años, manteniendo incólume su elegancia. Ella es el teatro. Sin más. Ojalá concedieran a algunos el Nobel de la inmortalidad.