viernes, 23 de septiembre de 2011

Fiel a sí mismo




Leí Últimas Tardes con Teresa con el deslumbramiento propio de los 18 años y desde entonces he disfrutado de los desalentados personajes de nuestro autor y de sus intensos y, tantas veces, inalcanzables sueños, casi siempre enmarcados por las miserias y las esperanzas de la Barcelona de la postguerra. Marsé no ofrece nunca obras menores: en todas ellas, las sorpresas de la narración, la perfecta estructura y el aliento, entre cómico y patético, de los protagonistas, nos dejan un poso perdurable en la memoria.  ¿Cómo olvidar los frustrados sueños del Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, el trágico destino de Java en Si te dicen que caí o la mala fortuna que hace de Ringo, el protagonista de Caligrafía de los Sueños, un pianista de nueve dedos?

La condición de perdedores que es común a los personajes más recordados de nuestro Premio Cervantes, no obstante, obvia su esencia de soñadores románticos, irrenunciablemente fieles a sí mismos. En un determinado momento de Caligrafía de los Sueños, Ringo observa, a través del  ventanal del bar donde se refugia para leer, escribir  y lamerse las heridas, cómo un niño de corta edad, diligente en su afán por convertirse en un muchacho, lucha por quitar los ruedines de su bici. 

Contumaz, el niño intenta una y otra vez, incluso a pedradas, aflojar las tuercas sin conseguirlo y solicita con insistencia la ayuda de los viandantes, que le acarician suavemente la cabeza sin atender a sus deseos o bien, simplemente, pasan de largo. Ringo contempla, fascinado, los denodados esfuerzos del chavalín por desembarazarse de aquello que le impide su advenimiento al mundo de los auténticos ciclistas. El niño consigue, finalmente, eliminar los ruedines, sólo para enzarzarse en una nueva lucha sin cuartel, esta vez contra su propio sentido del equilibrio. 

Así, intenta una y otra vez deslizarse calle abajo sin ayuda, a costa de darse trompadas sin cuento. Magullado, zaherido por las chanzas de los adultos que pasan por su lado, pero no por ello desalentado, el chaval logra, al enésimo intento, su ansiado sueño de aprender a montar en bici, tras romperse la crisma repetidas veces contra el asfalto. El niño regresa a casa haciendo cabriolas con su bici no sin antes dedicar una mirada triunfante a Ringo. Su triunfo, no obstante, es contingente: el relato podría continuar con nuevas citas diarias de nuestro chaval y los afilados bordes de las aceras sin que se alterara en los más mínimo nuestra admiración por su tenaz empeño en conseguir lo que desea, ni nuestro placer en la lectura de páginas tan bien escritas.

Los deseos de los protagonistas de Caligrafía de los Sueños, y los del resto de las novelas de Juan Marsé, están hechos de la propia pasta informe de la que surgen nuestros más profundos, oscuros y esquivos sueños de amor, grandeza o éxito. Lo que nos diferencia de los personajes de Marsé es que ellos, pese a estrellarse una y otra vez contra el duro asfalto o contra los desdenes de sus amores imposibles, nunca dejan de ser, irrenunciablemente, fieles a sí mismos, inasequibles al rigor de su cruel destino incluso, en último extremo, aunque no consigan nunca  sus más bellos sueños. 

Esa es una de las razones por las que Marsé nos llega tan hondo: porque nos enseña que, por muy adversos que sean los vientos, nunca debemos declinar en nuestras más íntimos afanes, ni renunciar a nuestra propia esencia, fracasemos (lo más común en sus novelas y en la vida) o no. Vicky, la cuarentona crepuscular entrada en carnes, no ceja en su empeño de ser amada por  un viejo resultón, pese a los desdenes de éste. Ringo, trasunto del joven que una vez fue Marsé, pese a haber perdido uno de los dedos de su mano izquierda en un desdichado accidente laboral sigue practicando, indesmayablemente, sus escalas de pianista sobre la tabla de una mesa. “Matarratas”, padre de Ringo, persiste en sus afanes de contrabandista y resistente rojo pese a constatar que está “en el culo del mundo”. 

Todos ellos permanecen en nuestra memoria, tras leer Caligrafía de los sueños, mucho más por su calidad de soñadores impenitentes que por su desoladora fortuna. El resto, la perfecta madurez literaria de uno de los escritores más destacados en lengua castellana, es, como siempre, puro placer para el lector.


Caligrafía de los sueños
Juan Marsé
Editorial Lumen
436 páginas
22,90 euros


domingo, 18 de septiembre de 2011

Paradojas del consumo



El consumo es casi tan vital como el aire que respiramos y, sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en sus manifestaciones y en cómo nos afecta individual y socialmente. Resulta sospechoso que un tema tan central no llegue a entrar en la agenda de los medios de comunicación o de los partidos políticos, tan dados, por otro lado, a encumbrar las cuestiones más intrascendentes con tal de atraer a la audiencia o de satisfacer las aspiraciones de su clientela. Es paradójico, por ejemplo, que la iglesia no tenga el consumo entre ceja y ceja, toda vez que hoy, como propuesta de sentido, ha ganado por goleada a cualquier cosmovisión tradicional. 

Porque cabe hacerse una pregunta: ¿No es el individualismo hedonista que fomenta la sociedad de consumo, y no una política a favor de los derechos de gays y lesbianas, la verdadera bestia negra de la familia? La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo (Anagrama), de Gilles Lipovetsky, una de las estrellas de la sociología francesa, es una excelente oportunidad para profundizar en la cuestión. Hay que advertir que el trabajo de Lipovestky no satisfará a los catastrofistas que consideran el consumo la fuente de todos los males. Olvídense de una crítica visceral al consumismo (de hecho el autor se cuida de no utilizar este término).

Lipovestky empieza su largo volumen asegurando que el homo consumericus ha entrado en su tercera etapa. Ya no es, como en los años sesenta o setenta, la obsesión por el standing o la distinción lo que nos mueve a adquirir bienes. El consumo como ostentación, como vía para situarnos en la jerarquía social, ha pasado a mejor vida. La democratización de los bienes en las sociedades desarrolladas (hoy casi todo el mundo tiene televisión y una casa llena de electrodomésticos) han convertido el acto de consumir en algo más imprevisible. No es tanto un reflejo de lo que los demás esperan de uno, sino una proyección de nuestras inquietudes y decisiones más personales. 

El hiperconsumidor new age se ha vuelto sobre sí mismo. Aunque se pueda discutir a Lipovetsky la intensidad del proceso, las motivaciones privadas reinan sobre el objetivo de la distinción. “El consumo se organiza cada día un poco más en función de objetivos, gustos y criterios individuales” (pág. 36). Al hiperconsumidor le importa menos lo que  piensen lo demás y está más pendiente su propio bienestar físico y espiritual.

Lipovestky ve bien el cambio de tercio, pero detecta algunas de las paradojas. Y es que estamos en una sociedad que, por un lado, fomenta el hedonismo, el narcisismo y los estados de euforia y, por otro, no puede evitar la sensación de vértigo ante un tiempo que se nos escapa, la ansiedad, la decepción o el fracaso en las relaciones personales. El autor no ahorra en ejemplos que nos ilustran este sinsentido. Dos bastarán. Lo moderno conlleva una preocupación creciente por la salud, lo que está dando lugar a una sociedad hipermedicalizada. Aparte de dejarnos la vida en la cinta del gimnasio, cada vez vemos más al médico y tomamos más cócteles multivitamínicos. Nos hemos transformado, según Lipovetsky, en hipocondriacos con buena salud. 

También están en franca expansión los alimentos sanos: bio, probióticos, light… Lo que Lipovetsky llama “epicureismo gargantuesco” definitivamente ha pasado de moda. Más que llenar la tripa, como en el pasado, la cocina debe proporcionar hoy un plus de salud, pero también de experiencia y placer. Debe emocionarnos y trasladarnos (Ratatouille y Ferrá Adriá son hijos de la misma posmodernidad). Lo peor es que todo esto ocurre a la vez que prolifera la glotonería producida por la ansiedad, el estrés o la soledad.  

El autor de La era del vacío no duda, pues, de los efectos desestructuradores y deprimentes de la sociedad de consumo, sin embargo, no se regodea en el fango del nihilismo. Por el contrario, ve indicios de que se cocina algo distinto, de que muchos buscan sentido más allá de las ilusiones que da el consumo. Y es que a la par que estamos en un momento de individualización extrema, donde se imponen el egoismo, la ambición o la delincuencia económica y financiera, también se da, como compensación, una eclosión de principios morales “disidentes” que nos llevan a enaltecer el trabajo bien hecho y la creación personal, que nos hacen más solidarios con las víctimas de catástrofes y que prefiramos el “comercio justo” a la voracidad de las grandes superficies. Por no hablar de la búsqueda de nuevos horizontes espirituales en los movimientos religiosos de nuevo cuño. 

Lipovetsky cree que la superación de la sociedad de hiperconsumo llegará por la vía lenta de la educación (no dice si en la escuela, en la familia o en la sociedad civil). De esta manera pone terreno de por medio con los apocalípticos. “La crítica no debe fijarse tanto en la espiral de las necesidades comerciales como en las instituciones de base, encargadas idealmente de montar a los individuos, de formarlos y pertrecharlos con los útiles necesarios para pensar, obrar y perfeccionarse” (pág. 351). Lipovetsky está convencido de que existen reservas espirituales para dar a luz lo que el llama el “poshiperconsumo” y acabar con las paradojas a las que da lugar. “Llegará el día en que la búsqueda de la felicidad en el consumo no tendrá el mismo poder de atracción, la misma positividad: la búsqueda de la autorrealización acabará por desviarse del camino sin fin de los placeres del consumo” (pág. 353).



La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo
Gilles Lipovetsky
399 páginas
Editorial Anagrama
Barcelona, octubre 2007
Precio: 20 euros


domingo, 11 de septiembre de 2011

La tercera vía china



Muy oportunamente la editorial Siruela ha vuelto a editar este librito del poeta leonés Antonio Colinas, que es en realidad un cuaderno elaborado con las notas tomadas durante el viaje que en 2002 le llevó por varias universidades de Xi´an, Pekín y Shanghai. El pasado, el presente y el futuro de China. Y digo que la aparición de La simiente enterrada es oportuna porque propone una aproximación en clave cultural y espiritual a un país que, ahora más que nunca, está en boca de todos, pero que en realidad sigue siendo un perfecto desconocido para la mayoría. 


Y es que aunque se habla mucho del gigantismo económico que está adquiriendo, de su  prominente perfil geopolítico o de lo pernicioso que resulta su desarrollo para el equilibrio medioambiental del planeta, poco o nada se nos dice de la China más íntima, de esa corriente interior que es un punto de confluencia del taoísmo con el budismo y que (bien visto por Colinas) tantas cosas en común tiene con el misticismo cristiano.    


Aunque está esbozado al final del libro, el punto de partida elegido por el autor de Tratado de armonía es claro: en pleno proceso de transición de un maoísmo obsesionado por la organización del estado y por el culto a la ideología a un capitalismo depredador, ¿será la China de nuestros días capaz de desenterrar su sepultada y rica tradición taoísta? ¿Podrán encontrar los chinos una tercera vía “entre las lacras del pasado y la euforia desarrollista y consumista del presente”? ¿Hay un lugar para la espiritualidad y la poesía en un mundo que está transitando a toda prisa desde el materialismo extremo del comunismo al materialismo no menos radical del mercado? 


Colinas cree que aún es posible que las tornas cambien y confía en que la espiritualidad del continente asiático emerja y contagie a un mundo donde “hemos renunciado al rito, al símbolo, al respecto al cuerpo y al medio natural, al sentido sagrado de ambos, al misterio”. Para encontrar esos vestigios de una espiritualidad milenaria, Colinas emprende un viaje “sin informaciones previas ni guías de ningún tipo”, y, cuaderno de notas en mano, encuentra esas huellas en la pintura china tradicional, donde tan primorosamente queda reflejada la naturaleza en armonía; en los jardines, microcosmos que explican la totalidad; en la música de instrumentos ancestrales; en los templos dedicados a la meditación y el recogimiento; o en la existencia de movimientos tan denostados por las autoridades chinas como Falun Gong, una práctica con la que cultivan mente y cuerpo millones de ciudadanos de aquel país y que tiene como base un símbolo como el del Yin y Yang, capital en el taoísmo.  


Pero el viaje que propone Colinas no es solo geográfico, sino también interior. El Colinas de La simiente enterrada habla en una muy íntima primera persona, muchas veces en susurros. Con una escritura muy directa, nos lleva de paseo por la intrincada geografía de las grandes urbes chinas, da cuenta de encuentros con intelectuales y estudiantes e incluso evoca una experiencia religiosa propiciada por la compra de un viejo Buda en un mercadillo. Si el dialogo con profesores y estudiantes es interesante, no menos estimulante es el que provoca Colinas entre los textos fundacionales del pensamiento oriental, con el I Ching o Libro de las Mutaciones, una de las piedras angulares del confucianismo y muy admirado por el Hermann Hesse de El juego de los abalorios, a la cabeza, con la filosofía griega o el pensamiento de C. G. Jung.


En fin, el autor de Sepulcro en Tarquinia o Libro de la mansedumbre se va al otro extremo del mundo para hablarnos de cuestiones que le son muy cercanas y que, en muchos casos, están en el centro de sus preocupaciones morales y estéticas desde hace décadas. Ahí están otra vez lo religioso y lo trascendente como forma plena de existencia, la búsqueda de la armonía, la contemplación y el silencio como actitudes vitales legítimas, el enaltecimiento de la naturaleza y lo sensible frente a las propuestas más culturalistas y urbanas de otros compañeros de generación poética… Y todo ello sugerido con un lenguaje muy directo, desnudo, aunque no menos preciso y meditado. En fin, un libro muy recomendable para los seguidores del poeta, pero también para aquellos que pensamos que ahí arriba hay algo más.     


La simiente enterrada. Un viaje a China
Antonio Colinas
Editorial Siruela, 2008 (2ª edición)
Páginas: 234
Precio: 20 euros 

lunes, 5 de septiembre de 2011

La trastienda de un periodista




El Juan Cruz (1948) que todos conocemos es el periodista impenitente que descubrió su vocación cuando todavía andaba con pantalón corto y que, desde ese momento, no ha dejado de preguntar, multiplicándose hasta el infinito (“Siento que me esperan en otra parte, es una obsesión y un abismo”, reconoce), apurando las horas del día y de la noche para estar en todos los frentes: la redacción del periódico, la radio, la televisión, su blog en Internet, la presentación de un libro, la charla con los amigos o su propia literatura.

Sin embargo, la docena de libros que este tinerfeño de El Puerto de la Cruz ha escrito desde que sorprendió a todos con la rompedora Crónica de la nada hecha pedazos, allá por 1972, han mostrado siempre el reverso del periodista que está hasta en la sopa. 

Y es que su literatura, de espacios cortos y un punto claustrofóbica, reincidente, obsesiva, se ha movido desde el principio en un territorio íntimo, alejado del ajetreo de la actualidad que tanto sufre (y disfruta) el personaje público. Su escritura, un ejercicio permanente de autoconocimiento (“cuando escribo voy sabiendo, las palabras me van dictando quién fui”), ha sido durante casi 40 años el contrapunto a una vida de trabajo febril y recorrida a salto de mata donde siempre era su interlocutor, el político, el novelista, el poeta o el músico, el protagonista. Gracias a ella, Cruz ha querido recuperar su memoria, encontrar su voz más íntima y la de las personas que más le marcaron: su padre (Ojalá octubre) y su madre (La foto de los suecos).  

Este Muchas veces me pediste que te contara esos años es un libro amargo, rabioso, y el autor se asoma con demasiada frecuencia en sus páginas al abismo, en un ejercicio de memoria que duele. A pesar de ser un hombre entregado a una profesión que adora y que ha sido capaz de llenar su vida de reconocimiento profesional, de amigos y de libros, el periodista no puede ocultar la angustia de pensar en lo que no ha podido hacer. “Me gustaría vivir más tiempo, tener un momento infinito en el que pudiera recoger mi historia y contarla para que ocurriera de otro modo si alguna vez se repite, pero no se va a repetir, yo me iré y quién sabe qué harán los pájaros…”, llega a decir. 

Juan Cruz reconoce, en un largo ejercicio de impudicia, algunos de sus miedos: al tiempo que pasa y que no volverá, al vigor físico para siempre perdido... 
Pero tribulaciones y obsesiones conviven en Muchas veces me pediste… con la celebración de la vida. Y es que, aunque Cruz busca el silencio, le vence siempre la tentación de la palabra, del encuentro con los demás, del bullicio de esa playa del Médano donde tantos ratos pasa. Por eso el libro es también es un rendido homenaje al periodismo de Tenerife con nombres propios de El Día y La tarde en los comienzos de los años setenta, un periodismo precario, pero entusiasta y entregado, que, probablemente, pasó a mejor vida hace muchos años. Quizá con Cruz y su generación se vaya una forma de entender y ejercer esta profesión. 

En Muchas veces me pediste… también hay un recuerdo cariñoso para figuras que, de uno u otro modo, perfilaron al joven periodista, desde aquel gentleman sabio que fue Domingo Pérez Minik, al malogrado poeta Felix Casanova Ayala, pasando por el misterioso y admirado Guillermo Cabrera Infante, que a mitad de los setenta sobrevivía en Londres a su mal de nostalgia caribeña.

En definitiva, es un libro menos logrado que Ojalá octubre, donde hacía un ejercicio brillante de contención estilística y emocional, pero si el lector logra superar las primeras páginas de este Muchas veces me pediste…, algo tentativas y farragosas, el disfrute está asegurado.   



Muchas veces me pediste que te contara esos años
Juan Cruz Ruiz
Editorial Alfaguara
236 páginas
17,50 euros

lunes, 29 de agosto de 2011

El espíritu de América




Tengo amigos que se consideran cultos y que, sorprendentemente, exhiben un antiamericanismo cocinado a base de lugares comunes y prejuicios ideológicos. Bien por pereza mental o bien por la inspiración de cierto pensamiento de una izquierda  paleolítica que fomenta esta visión superficial, estos amigos y conocidos míos siempre han encontrado en América el chivo expiatorio a todos los problemas de la Humanidad.


Según ellos, América es la representación más clara de la decadencia del hombre occidental. América se convierte, en la mente de mis amigos y de muchos españoles que piensan como ellos, en sinónimo de hamburguesas y obesidad, de armas y violencia callejera, de avaricia y consumo desenfrenado, de la cursilería de Hollywood y de un imperialismo que pone en jaque al mundo y que siempre se mueve siguiendo las consignas del temible lobby judío, de las multinacionales o de la industria del armamento.  


César García, que lleva unos años enseñando en una universidad de la costa oeste y que habla de un terreno que conoce bien, ha escrito un librito donde intenta ir más allá para darnos una visión diferente y más enriquecedora de los Estados Unidos. American psique nos habla de los valores (desconocidos o solo intuidos por los españoles) en los que se asienta la moral y la sociedad de aquel país, y que lo han convertido, por más que les pese a algunos, en un ejemplo de convivencia y desarrollo social y personal.


César García captura la atmósfera (de origen religioso y de fuerte componente moral) que los americanos respiran, ese clima, invisible para mucha gente e incluso para los propios americanos, que facilita la confianza en el prójimo, la amabilidad y el buen trato en las relaciones, el asociacionismo, el respeto a la ley, a las reglas del juego y a las opiniones de los demás, y un civismo que se manifiesta en un cuidado exquisito de lo compartido. Ese clima, en fin, difícil de percibir por lo omnipresente que está, que engrasa las relaciones sociales y mantiene el extraordinario dinamismo de los americanos y su incombustible optimismo antropológico. Y lo hace mientras nos habla del universo micro de la universidad en que trabaja, de los ambientes de trabajo en que se desenvuelven sus conocidos o de las actividades que se organizan en su vecindario.    


César García está convencido de que esos valores que conforman la psique americana, el alma de América, pueden ser una guía para una sociedad desnortada como la española. “La crisis económica no se resolverá con una serie de políticas macroeconómicas, sino con una serie de cambios sociales, lentos y difíciles, aunque no imposibles, que requieren un cuestionamiento de nuestra psique personal y colectiva”. El diagnóstico del autor es demoledor. España, en su opinión, es un país sanguíneo, cainita, envidioso, incívico, pesimista por naturaleza, poco comprometido con la ley y con la palabra dada, que desincentiva la iniciativa y el riesgo, esclerotizado por la burocracia y su falta de transparencia…


César García ha escrito un libro de cierto aliento religioso. Esa psique americana que ensalza  se asienta en la profunda vivencia religiosa de las comunidades protestantes, una forma de vida que en España muchas veces se parodia, pero que explica cómo el pueblo estadounidense ha sido capaz de crear sociedad civil más allá del Estado y ha podido sortear el descreimiento, el relativismo y el cinismo que preside la vida pública y privada en España y en Europa.


Hay que reconocerle a César García valentía porque, cuando habla de España, evita cualquier complacencia y hace una crítica muy directa, sin miramientos y sin el tamiz de la corrección política. Ciertamente, estamos necesitados de modelos. Sin embargo, recurre a una visión de América que soslaya muchos de los problemas que tiene sin resolver y que, por ejemplo, desoye todas las advertencias sobre la desintegración moral y social lanzadas por un teórico tan poco sospechoso como Daniel Bell hace nada menos que 40 años. 


El autor lo sabe y lo reconoce en el capítulo final del libro. Y es que ante todo García quiere provocar el debate y la reacción, aunque para ello tenga que dar una visión maniquea donde el supuesto “buenismo” americano siempre o casi siempre sale bien parado frente a la decadente sociedad española.

En American psique se nos dice que “los norteamericanos son probablemente el pueblo más generoso que existe en todo Occidente”, o que “donde el americano ve oportunidades, el español encuentra obstáculos, riesgos”, o que “el americano es, sin duda, el consumidor más desprejuiciado del mundo”, o que “Estados Unidos es el país más seductor” del planeta. Por el contrario, se asegura que, “en comparación con los americanos, los españoles somos una cultura gregaria, colectivista”; que “España es reino de la desconfianza y el cinismo”; y que “la sociedad española sería mucho más abierta y justa si se pareciera más a la norteamericana”.


Es una visión de blancos y negros insostenible si se la confronta con la siempre matizada realidad. Si uno ve la serie The Wire, estupenda y verosímil ficción que centra su atención en la América olvidada y excluida de los grandes suburbios, o lee parte de la última literatura que nos llega de aquel país, pensaría que César García está en la luna. Sin embargo, en las últimas líneas de su trabajo descubre el artificio: “Quizás nos hallemos en un punto de inflexión en la historia del excepcionalismo americano, es posible que los americanos ya no sean tan diferentes a nosotros como en el pasado y aún lo vayan a ser menos en el futuro. Por eso creo que hay que reivindicar la psique americana. Una y mil veces”.


Se pueden poner muchas objeciones a esta visión idílica y primigenia de los Estados Unidos, pero, en cualquier caso, el empeño es loable, toda vez que en juego está el futuro de España como sociedad. El trabajo de César García es todo un correctivo moral con cierto aire noventayochista, aunque esta vez el amigo americano está de nuestro lado.

   

American psique
César García
Madrid 2011
198 páginas
16 euros

martes, 16 de agosto de 2011

Periodistas en la encrucijada





Tengo amigos que trabajan 12 horas diarias en un periódico, pero que siguen siendo mileuristas con problemas para pagar la hipoteca, las facturas o la gasolina. Sé de bloggers que no cobran más de 50 céntimos por cada post (o información) que suben a la Red, lo que supone que el día debería tener 48 horas para poder vivir de lo que hacen. También conozco y he tratado con becarios que se eternizan en una redacción por 300 euros al mes, pero, eso sí, a cambio sacan tanto o más trabajo que un periodista en plantilla. El resultado de todo: profesionales acobardados, exprimidos, desmoralizados y, en algunos casos, alcoholizados, y redacciones con mal ambiente y donde reinan la estupefacción y el desánimo.

La conjunción de la crisis económica y el cambio de modelo impuesto por Internet, donde Google acapara gran parte de la inversión publicitaria y donde las  adhesiones en favor de los diarios tradicionales pierden vigor, dejan un panorama desolador en el mundo de los medios. En la máquina del café o en las ruedas de prensa, los periodistas, que sentimos como el suelo se resquebraja a nuestros pies, nos pasamos la mitad del tiempo intentando desentrañar el tiempo que vivimos y ver hacia dónde va la profesión y si vamos a seguir ganándonos la vida con ella.

Comparto el diagnóstico que lanza Ignacio Ramonet en las páginas iniciales de su último librito La explosión del periodismo, de los medios de masas a las masas de medios: “El periodismo tradicional literalmente se está desintegrando. Nunca ha conocido una edad de oro, ya ha atravesado otras crisis graves y sin duda sobrevivirá. Pero, por el momento, digamos que se encuentra en la misma situación que Gulliver a su llegada a la isla de los liliputienses, amarrado por miles de minúsculos cordeles”.

Ramonet hace recuento de víctimas. Cientos de periódicos cerrados, sobre todo en Estados Unidos, reducciones de plantilla generalizadas y, como consecuencia, un empobrecimiento del trabajo en las redacciones, donde cada vez hay que hacer más con menos y donde la inmediatez que impone Internet hace imposible en muchos casos un periodismo digno.

Por el momento no hay solución a la vista. La publicidad en Internet no da para comer a los profesionales de siempre y es el viejo papel el que soporta casi toda la estructura. Algunos (Murdoch ha sido pionero con The Daily o The Times) están intentado que sus lectores superen el “muro del pago”, pero por el momento los resultados son desalentadores. Quizá las tabletas, como el iPad, y los quioscos digitales, que ahora proliferan en España (Orbyt y Kiosco y Más), cambien las cosas, pero es pronto para decirlo. 

Esos minúsculos cordeles que atenazan al periodismo de siempre de los que habla Ramonet son el ejército de blogueros y aficionados que, con Internet, tienen la oportunidad de emular a los profesionales e introducir el concepto del low-cost en el planeta informativo.

En la parte más interesante del libro, Ramonet echa un vistazo a los últimos experimentos del laboratorio americano: al periodismo sin ánimo de lucro de Voice of San Diego y Texas Tribune; al periodismo que emerge de un ejército de bloggers, como el que hacen The Huffington Post y Politico.com; o a las granjas de contenidos, como Upshot (de Yahoo), o Seed.com, de The Huffington Post, donde no son los periodistas, sino las estadísticas de búsqueda de los internautas, los que determinan la agenda informativa. La traslación al resto del mundo de estos modelos es imprevisible, pero conviene estar atentos.

  
Ramonet no se resiste a responder a la pregunta del millón: ¿va a desaparecer el papel? Él no lo cree, y para justificarlo echa la vista atrás. “Internet no sustituirá a la prensa escrita, igual que la televisión no hay sustituido a la radio o al cine, y éste al teatro o la ópera”. La historia de los medios, dice, es acumulativa y todos caben. Además, para los que anden desnortados, también ofrece un libro de ruta. Aunque la anarquía y el caos informativo durarán y el camino será largo, su receta es bien sencilla. A los medios les dice que se centren y profundicen en lo que saben hacer mejor y en la información que mejor dominan. A los periodistas nos aconseja aprender a elaborar y lanzar la información por muchas vías y en diferentes formatos (redes sociales, Twitter, Youtube…).

Ramonet ha escrito un libro sugerente para los que nos dedicamos a esto, aunque su exposición es algo atropellada y, en su afán por tocar todos los desarreglos del mundo informativo (también habla del maridaje de los media con el poder, las repercusiones de Wikileaks o Anonymous, o las “intoxicaciones” en torno a la guerra de Irak), adolece de profundidad. Además, convendría al editor pulir la traducción y revisar algunos datos (como las cifras de PIB mundial de la página 60) y algunos links que no llevan a ningún sitio.  



Carta a un joven periodista

Iñaki Gabilondo también analiza las turbulencias de la profesión en El fin de una época. El que habla es un Gabilondo íntimo, casi profesoral, y no el periodista estrella. Es un Gabilondo que asegura entender los problemas de los becarios o el servilismo y la obediencia de muchos profesionales obligados por una boca que alimentar. El libro, contenido, preciso y de escritura impecable, tiene la fuerza de un editorial y plantea una deontología con la que es difícil no estar de acuerdo.

A Gabilondo, al contrario que Ramonet, no le interesan tanto las cifras, la influencia de los conglomerados mediáticos, los posibles modelos de negocio de éxito o el “cacharrito” que se va a imponer en el acceso a la información. Su librito, en cambio, es más esencialista y tiene un marcado tono didáctico y moral. Es la carta que dirige al joven periodista el profesional curtido en mil batallas. “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son esas las razones, entonces es un oficio mal elegido”.

Gabilondo le pide al profesional de la información compasión para ponerse en el pellejo de los demás y humildad para cederle siempre el protagonismo, y echa de menos el aliento “aventurero, comprometido, casi misionero” del que hablaba Kapuscinski. Y vuelve a insistir: “Ningún periodista puede serlo si no está animado por una especie de fuego que le conecte con el hombre, con el otro, que le importe la condición ajena, la vida de los demás”.

Gabilondo detecta una paradoja sangrante. La profesión vive en un tiempo de estupor. Precisamente cuando el mundo es más complejo que nunca y está más lleno de matices, al periodismo, urgido por las prisas de Internet y por el titular impactante que asegure una mínima repercusión, se le complica mucho la tarea de relatar y dar cierta coherencia a esta complejidad.

En cualquier caso, la historia tendrá final feliz: Gabilondo es optimista y está convencido de que el buen periodismo regresará una vez que dé con el modelo de negocio adecuado. Mientras tanto, ve inevitable que las páginas de los grandes medios pasen a ser de pago. “Los empresarios descubrirán que en la necesidad social que entraña el periodismo subyace un negocio importante”. En fin, un libro para (re)encontrar las esencias de una profesión en la encrucijada. 



La explosión del periodismo
Ignacio Ramonet
Clave intelectual
Madrid 2011
151 páginas
15 euros 

El fin de una época
Iñaki Gabilondo
Editorial Barril y Barral
Barcelona, 2011
174 páginas
20 euros

martes, 2 de agosto de 2011

El eterno aprendiz



Sorprende el bullicio, más propio de un aeropuerto en hora punta que de un museo, que inunda, en un mediodía de finales de julio, las salas que acogen las obras Antonio López en el Thyssen-Bornemisza de Madrid. Sin embargo, a pesar de las aglomeraciones, uno tarda muy poco en quedar cautivado por la mirada demorada y limpia, pero también inacabada del artista. Y es que la gracia de esta retrospectiva, todo un hito si se tiene en cuenta que la última vez que se vieron en España tantas obras juntas del pintor fue en 1993, es que nos da la oportunidad de entrar en el taller del esquivo y monacal Antonio López. 

No estamos ante la obra acabada y cerrada de un artista que ya lo ha dicho todo. Estamos, por el contrario, ante eso tan posmoderno y cibernético del work-in-progress. Uno se encuentra ante cuadros sin terminar, surcados de marcas y líneas de horizonte trazadas a lápiz que siguen al descubierto, esperando a que el pintor se decida algún día a volver sobre ellas y rematar lo que comenzó tantos años antes. En el Thyssen, uno tiene la impresión de zambullirse en ese espacio íntimo de trabajo y se imagina a López fijando los pies en el suelo, frente al caballete, y alzando la mirada ante el horizonte, tranzando las líneas imaginarias con las que parcelar la vista. 

Esa misma sensación de que nos inmiscuimos por un momento en el lugar de trabajo del artista y casi tocamos las herramientas con las que compone su obra la he tenido recientemente con la lectura de Verano, de Coetzee, o de El primer hombre, de Camus, aunque en el primer caso, el efecto es buscado, y, en el segundo, fue producto de las circunstancias.

Siempre pensé que en El sol del membrillo, la película en la que Víctor Erice inmortalizó el trabajo concienzudo, casi obsesivo, de Antonio López, la posibilidad de que el cuadro quedara inacabado por el empeño frustrado de reflejar la luz de otoño sobre la fruta madura era una exigencia del guión, una demanda de la intriga cinematográfica. Sin embargo, contemplando los cuadros del pintor en las salas abarrotadas del Thyssen, uno se da cuenta de que esa exigencia venía del propio pintor, incapaz de asegurar nunca que llevará a término su idea inicial. En los últimos 30 años, este hombre ha empezado cientos de obras que hoy yacen en su estudio, porque empezar, como él dice, no cuesta, es después cuando vienen los problemas, al “entrar en un laberinto complicadísimo”.

Su pintura es eternamente tentativa. Sus lienzos (por lo menos los de las tres últimas décadas) son siempre un ensayo de una obra que no acaba de llegar, que siempre está en producción. La vista de Vallecas desde la torre de bomberos, un enorme lienzo que el pintor fue ampliando sobre la marcha y que tardó 16 años en culminar, viene precedido de toda una serie de ensayos, de la línea del horizonte, del cielo, del enjambre de edificios que se acumulan en la parte central… Uno se pregunta qué le pasa a Antonio López por la cabeza cuando está ante esa fabulosa vista, vertebrada por cientos o miles de puntos de referencia y cargada de infinitos detalles que quizá nunca serán llevados al lienzo en su integridad. 
   
López es un artista de la luz. Busca con ahínco esos rayos mañaneros de primeros de julio sobre las fachadas de la Gran Vía madrileña, los del sol de otoño sobre el membrillo cinematográfico, o la canícula agosteña en su vista del sur de Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas. Precisamente, esa luz esquiva de las mañanas de verano o de la puesta de sol sobre la muralla de edificios de la Plaza de España o sobre la Avenida de América desde Torres Blancas es la que hace que la obra de Antonio López sea una aventura de siempre dudoso resultado.

Aunque a primera vista se puede decir que es el pintor de Madrid, su pintura va más allá del costumbrismo; su tema es la modernidad urbana vista con una cierta melancolía. Esos paisajes abigarrados, pero sordos y desiertos, de una ciudad que se extiende más allá del cuadro recuerdan a Hooper. Los habitantes expulsados de esa ciudad bañada por el sol de la mañana o del mediodía somos nosotros, que tantas veces hemos transitado sus calles. Uno no puede dejar de buscarse en esa ciudad achantada por la perspectiva. Como también se busca al contemplar esa nevera que, en sus cajones, guarda la margarina de la infancia.

La exposición, que reúne 130 cuadros cuadros, también muestra al Antonio López previo a esa etapa de paisajes urbanos que inauguró la vista de los acantilados de La Gran Vía de Madrid y que le ha convertido en un artista cotizadísimo. Al contrario de lo que sucede en su madurez, donde casi todo queda inacabado, a la espera de un añadido revelador o del abandono definitivo, los cuadros del López veinteañero sí tienen principio y fin. La mirada austera de sus últimas obras desaparece y sus lienzos, más intencionados y deudores de un cierto costumbrismo, se llenan de color. Son los años en que retrata a sus padres y a los amigos inspirándose en la perspectiva de las fotografías de estudio, esas donde las miradas adoptaban la gravedad y la elegancia que solo dan los acontecimientos extraordinarios. 

También acoge la exposición del Thyssen los coqueteos del pintor con el realismo, un realismo áspero con el que, ya en la década de los 60, empieza a encontrar su lenguaje. Es una época de despojamiento en todos los sentidos. Pinta a lápiz y sobre papel y vuelve su vista a los paisajes más íntimos. Sin embargo, en esas habitaciones destartaladas que rescata su vista ya se hace palpable la obsesión por la luz que le iba a marcar después.  


La retrospectiva de Antonio López estará en el Museo Thyssen-Bornemisza hasta el 25 de septiembre.  

lunes, 25 de julio de 2011

El crítico sale a escena



Me ha sorprendido este librito de Marcos Ordoñez (toda una vida de crítico de teatro y ahora en las páginas de El País). No mantenía grandes expectativas y me ha gustado. Ordoñez, con el desenfado que dan la edad y el haber visto mucho teatro (del bueno y del malo, del experimental y del comercial, del clásico y del sospechosamente vanguardista, del comprometido y del más frívolo) habla de las grandes imposturas del mundo de las tablas, pero da también algunas pistas para encontrar, y apreciar, esos momentos de verdad en que este arte de lo efímero atrapa la vida.   


Aunque da algunos nombres, uno se queda con las ganas de encontrar un pequeño canon con el que orientarse por las guías de estrenos, una lista de autores, actores o montajes (con nombres y apellidos) que le ayuden a elegir. En cualquier caso, en este Telón de fondo encontramos algunas pistas (no oculta cierta admiración por Bódalo, Espert, Landa, Pou, Flotats, Hipólito, Brook, Tolcachir…), aunque supongo que Ordoñez nos diría que para conocer del todo sus debilidades está el periódico donde escribe y que paguemos religiosamente el euro con veinte, que de eso vive. Sospecho también que, como el teatro en España es una familia donde florecen envidias y rencores, el crítico hace mutis para no herir a nadie y mantener las amistades.   


De todas maneras, y aunque nunca llega a hacer sangre, Ordoñez, muestra su aversión a cierta fauna que se mueve en el mundillo, como la de los directores estrella, esos seudo-divos que son capaces de echar una bronca al público que no se interesa por sus creaciones. También critica la política de subvenciones de la que se beneficia desde hace muchos años el teatro español porque, en su opinión, ha abortado la creación de un sector medianamente maduro y autónomo. Eso sí, llega un momento en que Ordoñez se autocensura porque sabe que pisa “terreno minado”.


Por el contrario, y a pesar de Marx, alaba la labor de los productores, “ese sector injustamente vilipendiado”. Y es que la mayoría de los que se juegan su dinero en esto del teatro no lo hacen porque vayan a hacerse ricos, sino porque lo quieren a rabiar. Para ganar pasta y vivir tranquilo, mejor montar farmacias o hacerse rentista.  


Interesantes son las páginas finales, donde Ordoñéz, comentarista sanguíneo alejado del “notario mudo, inmóvil y exangüe” que muchos identifican con el observador ideal, nos desvela su fórmula mágica para hacer una crítica. Es un cursillo acelerado de escritura y periodismo, pero sobre todo de mirada atenta. Importante: el crítico siempre lleva un pequeño bloc de notas a mano para trasladar al papel cualquier pensamiento que en el fragor o en sopor de una representación se le pasa por la cabeza. Desde que lo leí, yo también cargo una pequeña libreta casi todo el tiempo. Nunca se sabe.


Telón de fondo es un libro ágil y de estilo cambiante, tentativo, construido a base de frases cortas y fogonazos mentales, en la línea de sus críticas sabatinas. Aprecio el desparpajo de madurez de Ordoñez, pero también la sensatez y el criterio que exhibe a la hora de valorar algo tan subjetivo y evanescente como el teatro. Telón de fondo es un libro raro: el crítico se sitúa, por una vez, en primera línea y además nos habla de su educación intelectual, indistinguible muchas veces de la sentimental. En fin, que no me importaría beber un par de whiskys con Marcos Ordoñez para seguir aprendiendo de teatro (y de la vida).


  
Telón de fondo
Marcos Ordoñez
El Aleph Editores
189 euros
15 euros

sábado, 16 de julio de 2011

Larga vida al periodismo



Juan Luis Cebrián anda estos días muy liado diseñando un plan de viabilidad para la endeudada Prisa, el conglomerado de medios que dirige desde hace muchos años y que engloba al diario El País. Antes de que la crisis le tocara de lleno, en 2009, Cebrián juntó en este libro una serie de artículos que muestran a las claras sus preocupaciones profesionales e intelectuales.

Dotado de claridad expositiva, Cebrián no desdeña la fuerza arrasadora del sunami digital y de la imagen, aunque también advierte de que el periodismo serio seguirá siendo el filtro necesario para poner orden en la avalancha de información que Internet genera.

El periodismo de los grandes diarios, ese que nació contando mentiras en la Venecia del siglo XVII, seguirá siendo, en su opinión, el mejor modo de hacerse con una concepción cabal del mundo, “una weltanshaung determinada, que no puede reproducirse en un universo tan convergente, fragmentado y ambiguo como el de Internet”. Sin embargo, el autor de El pianista en el burdel advierte de que andan equivocados los que a estas alturas no cuenten con el ciberespacio para ganar el futuro.

Cebrián también hace una encendida defensa del periodismo como contrapoder. Recuerda el ejemplo que dio a todos el The Washington Post de la corajuda Katherine Graham a principios de los 70 con la investigación de Watergate y también cómo la prensa española contribuyó a asentar la democracia después de la muerte de Franco, aunque siempre de una forma gradual y guiada, en parte, por la inercia.

En este punto,  aprovecha para ensalzar, no sin autocrítica, a El País, “que llegó a convertirse en símbolo de la Transición misma, lo que derivó en un suceso profesional y comercial que algunos competidores tardan en perdonarnos y que es culpable, también, del espíritu arrogante y autosuficiente de muchos de quienes contribuimos a hacerlo”.

En cualquier caso, se echan de menos revelaciones de interés sobre la relación que establece con el poder un grupo periodístico como Prisa. El único episodio digno de mención tiene como protagonista a Aznar, contra el que, por otra parte, Cebrián carga siempre que puede. “Desvelaré una petición que Jesús Polanco y yo recibimos directamente de Moncloa a poco de establecerse en ella el personaje: que dejara de escribir en El País Eduardo Haro Tecglen y abandonara los micrófonos de la SER Iñaki Gabilondo”.

En fin, un libro sobre periodismo (también habla de los límites difusos con la literatura) escrito por alguien que vive en pleno cogollo, pero que, bien sea por ese pudor tan español que sale a relucir cuando hay que hablar en primera persona, o bien por intereses inconfesados, no se atreve a contar mucho de lo que sabe. 


El pianista en el burdel
Juan Luis Cebrián
Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores
202 páginas
21 euros



lunes, 11 de julio de 2011

Un mundo aparte



Por lo que tarda en sacar una novela, se podría decir que los libros de José Ángel González Sainz son de cocción lenta. Este soriano sorprendió a todos ganando en 1995 el Premio Herralde con Un mundo exasperado, donde un hombre de mediana edad, que se debate entre el rechazo y la adaptación a la sociedad, hace repaso de su vida, y casi una década más tarde también lo hizo con Volver al mundo, que analiza el desengaño de las ideologías de los setenta a través de la mirada de una mujer. 

Ahora, en Ojos que no ven, vuelve a lanzar una mirada retrospectiva al pasado que ha ido haciendo este país. Las cavilaciones de Felipe Díaz, un empleado de imprenta que de buenas a primeras se queda sin trabajo y decide emigrar con su familia al País Vasco en busca de un futuro mejor, sirven a González Sainz para dar cuenta del drama de tantos que hicieron lo mismo y que, por no dejarse embelesar por las fascinaciones del nacionalismo y de los discursos de la identidad, tuvieron que sufrir una vida de vejaciones y postergación. 

En este caso, la herida es más sangrante, pues el meditabundo protagonista tiene que ver cómo su mujer y su primogénito sucumben al canto de sirenas del independentismo, lo que crea una brecha insalvable en el seno familiar. González Sainz no aspira a contar el mundo y no da voz a los muchos que podían haberla tenido en un escenario tan complejo. Por el contrario, son las tribulaciones del protagonista, sus preguntas por el sentido de las cosas y su lucha por la dignidad, las que hacen avanzar la narración. 

Contando lo justo (en realidad muy poco) y de una manera muy contenida y metafórica, González Sainz logra crear una tensión que acaba en tragedia. Paralelamente al debate moral, Ojos que no ven también se convierte en una meditación por el sentido de las palabras y muestra cómo su perversión es una forma de barbarie, aparentemente menos dolorosa, pero al cabo del día igual de peligrosa.   


Ojos que no ven
José Ángel González Sainz 
154 páginas
15 euros

jueves, 7 de julio de 2011

A vueltas con la religión






El papel que la religión debe o puede desempeñar en la esfera pública en las sociedades seculares occidentales ha sido un tema de debate durante los últimos años en el mundo intelectual estadounidense y en otros países europeos como Italia o Alemania. En España, a pesar de la polémica pública que ha suscitado el cuestionamiento del marco vigente de algunas de las medidas impulsadas por el actual Gobierno, son curiosamente escasas las obras que abordan este tema desde una perspectiva académica y desapasionada. 

Jurgen Habermas ha sido probablemente el intelectual más influyente en el debate acerca de la función y el significado social de la religión. Su evolución intelectual sorprendió a muchos de sus seguidores que han visto como el principal apóstol del secularismo del pensamiento europeo de la segunda mitad del siglo XX pasó a reconocer el valor epistemológico del pensamiento religioso a comienzos del siglo XXI. 

Esta evolución se puso de manifiesto, entre otras, en su libro Entre naturalismo y religión y posteriormente en Dialéctica de la secularización, una transcripción revisada del debate mantenido con el entonces Cardenal Ratzinger en 2004 en la Academia Católica de Baviera. Cartas al Papa prosigue la misma senda intelectual y reúne los textos adaptados que se han basado en el debate que mantuvo Habermas en Munich en 2007 con cuatro miembros de la Escuela Superior de Filosofía de los Jesuitas.

Tanto en su ponencia principal, titulada La conciencia que nos falta, como en sus conclusiones finales, Habermas vuelve a reiterar el eje, no exento de contradicciones, de su pensamiento al respecto. Por un lado, la necesidad de lograr una simetría entre seculares y creyentes que rompa la situación actual por la cual los primeros  no se sienten llamados ni obligados a escuchar a los segundos en virtud del paradigma del estado secular, pero si viceversa. Y es que “no es lo mismo hablar unos con los otros que los unos sobre los otros” (p. 56) como se encarga el filósofo alemán de recordarnos.

Sin embargo, la articulación de este reconocimiento mutuo se antoja infranqueable ante la clara distinción que Habermas hace entre fe y razón y que le llevan a enunciar tres exigencias al ciudadano religioso para acceder al espacio público. Estas son el reconocimiento de la autoridad de la razón natural, la aceptación de los fundamentos del igualitarismo y la exigencia de la no violencia. Unas premisas que con razón considera Norman Brieskorn, uno de los cuatro jesuitas debatientes, que estigmatizan al ciudadano religioso como “provinciano” y que, después de todo, mantienen el pensamiento habermasiano en las mismas coordenadas que los grandes teóricos del estado liberal, como John Rawls.

Desde una óptica muy distinta, Ulrich Beck se propone en su obra El Dios Personal abordar el rol de la religión en un mundo globalizado. Para ello no duda en adoptar una mirada de sociólogo refractario ya que, como él no duda en señalar, el paradigma sociológico ha entendido históricamente la religión como fruto de la debilidad humana. La principal tesis del libro sería la función positiva capaz de desempeñar por la religión individualizada en la supresión de conflictos. 

Beck parte de la base de que el auge de la religiosidad en todo el mundo no implica una mayor fuerza de las religiones. Para Beck las grandes tradiciones religiosas se hallarían en un permanente declive y estarían siendo reemplazadas por un modelo de religiosidad individualizada basado en la multiplicidad de la oferta alejada de las coordenadas geográficas, temporales y étnicas que estaría dando lugar a un nuevo tipo de ciudadano religioso relativista, dubitativo, y, por tanto, con capacidad para reconocer al otro como igual. 

El libro plantea varios problemas al lector. Aunque escrito en una prosa clara, ágil y brillante, sus presupuestos no están claros. El autor no precisa en ningún momento cuantas personas formarían actualmente parte de esa religión individualizada que, aunque él no lo admita, no deja de ser un trasunto de la sociedad de consumo aplicado al mundo espiritual. El libro no contiene datos al respecto y por si fuera poco Beck cita a Amnistía Internacional como ejemplo del nuevo tipo de iglesia que estaría surgiendo en este contexto, lo cual contribuye más a la confusión.

De la misma forma, Beck privilegia paz sobre verdad, pero no explica como puede lograrse el entendimiento entre las distintas culturas y religiones sin el concurso de representantes o portavoces de las grandes religiones. Por otro lado, su ataque constante a las grandes tradiciones religiosas, en particular al cristianismo, genera dudas acerca de la falta de sinceridad del autor y hacen pensar que el libro se trata  sobre todo de un ajuste de cuentas con las dos grandes tradiciones cristianas alemanas (la protestante y la católica). En todo caso, un libro interesante y que podría anticipar una de las líneas del debate sobre la religión en los próximos años.



Carta al Papa. Consideraciones sobre la fe
Jurgen Habermas
Ediciones Paidós
Barcelona, 2009
256 páginas
14 euros


El Dios personal
Ulrich Beck
Ediciones Paidós
Barcelona, 2009
222 páginas
25 euros



lunes, 4 de julio de 2011

Urueña


Después de buscar algún ejemplar durante un buen rato en la penumbra y de disfrutar del frescor y la paz conventual de la librería, uno sale al exterior y queda cegado por el sol mesetario de finales de junio, que se cuela por cualquier rendija y toma más fuerza si cabe al reflejarse en el adobe ocre de las fachadas. Urueña es un sitio perfecto para el amante de los libros y del sosiego.

Una docena de románticos, al amparo, eso sí, del dinero público, ha convertido este pueblo vallisoletano, que está a un tiro de piedra de Madrid (justo en la salida 211), en un lugar feliz y raro. Urueña está trufado de librerías, algunas de segunda mano, donde uno nota, nada más entrar, el cuidado y el empeño del dueño, el mimo con el que ha decorado el establecimiento y ha dispuesto la iluminación para no dañar el papel o las cubiertas de los volúmenes expuestos y, sobre todo, el esmero puesto en la selección de los títulos. No hay prisa por vender la última novedad porque sencillamente aquí no ha llegado. Todo eso que tanto se echa de menos en las grandes superficies y o en los centros comerciales de la ciudad.

Urueña, situado en un altiplano que emerge sobre un mar dorado de trigales y que en su momento fue fortaleza defensiva de los cristianos, no deja de ser un pequeño parque temático organizado alrededor del libro y del retiro que precede a cualquier lectura. Este pueblo es nostalgia de tiempos en que la vida transcurría sin demasiado sobresalto.

Urueña no deja de ser un ejercicio de voluntarismo para convertirse en una foto de lo que pudo haber sido, pero ya (probablemente) no será, de un mundo que está a punto de fenecer, aunque no lo sepamos con total seguridad. Y es que esas mismas páginas de Internet por las que, en concentrada soledad, pasean sus ojos los libreros a contracorriente de Urueña, mientras los turistas entran y salen de sus apacibles establecimientos, quizá se los lleven por delante.

En el mundo del libro electrónico y de las descargas sin control, el modelo de Urueña, el de ese librero generoso que calcula la presentación de los títulos que vende como si fuera un concienzudo director de escena, está en trance de extinción. Ha pasado en el Reino Unido y en otros países, y todo indica que pasará aquí.

Urueña es lectura sosegada y recogimiento en un  mundo donde Internet impone trepidación y vocerío. También es contrapunto a esa industria editorial que nos tortura con una sucesión mareante (y esteril) de novedades casi siempre destinadas a la máquina trituradora. En fin, Urueña es, en algún sentido, un símbolo de la esquizofrenia que vive el mundo del libro y la cultura en general. Sus calles tranquilas y silenciosas, y la paz monacal de sus puestos de libros, se convierten en añoranza y contrapunto en un mundo que bulle con destino incierto.  

En cualquier caso, vale la pena pasarse por Urueña. Es probable que uno no encuentre el libro que buscaba, pero si sentirá el abismo de vivir a caballo entre dos épocas, una que se resiste a irse y otra que llega como un vendaval.


lunes, 27 de junio de 2011

El largo invierno de la izquierda


Cuando la crisis económica azotaba con más fuerza, los trabajadores británicos, viendo peligrar sus empleos, se movilizaron en varios puntos del país contra la presencia de ciudadanos procedentes de la Unión Europea y empleados, como ellos, en centrales nucleares, fábricas de coches o refinerías de todo el país. Era el mundo al revés. Con una crisis financiera de tamaño colosal a los trabajadores no se les ocurre otra cosa que tirar los trastos al vecino.
Aunque es un ejemplo extremo de extravío ideológico (prueba de ello es que en las semanas siguientes los sindicatos europeos no dejaron de poner el grito en el cielo tachando de xenófoba la reacción de sus colegas isleños, que en vez de arremeter contra el poder político y la oligarquía económica y financiera, culpable última del desaguisado de la crisis, la emprendieron con sus colegas), el hecho pone en evidencia la decadencia de la izquierda y de sus valores fundacionales, precisamente en su feudo de siempre, el de la working class.
El momento lo recuerda con tristeza Irene Lozano en un librito con título que suena a obra a autoayuda (Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles) y que, en realidad, es un pequeño manual, una brújula, para aquellos que se declaran de izquierdas, pero sólo encuentran en los partidos que los representan políticas incongruentes que ahondan su decepción.
¿Cuáles son esos valores irrenunciables que hoy, al decir de la autora, han sido olvidados por la izquierda oficial, incluido el PSOE? Precisamente la visión ecuménica de la que adolecieron los trabajadores británicos, una idea universal de la justicia que se marque como fin último erradicar la lacerante desigualdad en todo el planeta debería ser el eje vertebrador de una política de progreso. Suena a viejo, pero es que sigue siendo una tarea pendiente descomunal.
La cita de Bobbio traída por Lozano deja las cosas claras: “La distinción entre derecha e izquierda, para la que el ideal de igualdad siempre ha sido la estrella polar a la que ha mirado, es muy clara. Basta con desplazar la mirada de la cuestión social en el interior de cada estado, de la que nació la izquierda en el siglo XIX, hacia la cuestión social internacional, para darse cuenta de que la izquierda no sólo no ha concluido su propio camino, sino que apenas lo ha comenzado”.
Lozano, que no disimula su preferencia por un humanismo a lo Camus, critica que la deriva nacionalista de la izquierda institucional o su adhesión a los múltiples particularismos que, desde los años 60, han copado el discurso político, como el feminismo o el multiculturalismo en los países ricos, hayan abocado a esta miopía. Además de los nacionalismos, el discurso progresista ha estado lastrado en las últimas décadas, al decir de Lozano, que fue articulista habitual del diario ABC y editorialista de El Mundo, por el ataque de una posmodernidad que inauguran Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración.
La izquierda oficial, enfrascada en mil batallitas y más preocupada por perpetuarse en el poder a golpe de leyes sensacionalistas que sólo la legitimarán ante su parroquia más fiel, ha perdido el norte y va perdiendo por el momento la gran guerra con la derecha y con el poder económico. Prueba de ello, como recuerda la autora, es que, de haber tenido buenos fundamentos, se habría embarcado, aprovechando la que está cayendo, en un cambio profundo del capitalismo. Sin embargo, su debilidad sólo le da para esperar a que escampe, con la esperanza, eso sí, de que la crisis sea “un corto invierno”.    
Lozano ha escrito un libro directo, ameno (la autora conversa con gentes tan diversas como Montaigne, Condorcet, Camus, Russell, Weil, Woolf o Hayek)  y de fácil lectura que servirá de brújula para izquierdistas desnortados y decepcionados, y para los que en los últimos años se han podido sentir tentados por una derecha más pragmática que sale sin rubor a pescar en caladeros ajenos. La línea argumental de Lozano es sólida, aunque es interrumpida en muchos momentos por  soliloquios sentimentales que, aunque dan frescura al texto, restan contundencia al discurso.  



Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles
Irene Lozano
Editorial Debate
Octubre 2009
205 páginas
17,90 euros