lunes, 29 de septiembre de 2014

La utopía colaborativa de Jeremy Rifkin




A propósito de la lectura de La sociedad de coste marginal cero 


En otra entrada de este blog, Mariano Oliveros, comentando el anterior libro de este autor, se pregunta si con Rifkin estamos ante un visionario o un cantamañanas. Yo diría que ni una cosa ni la otra, y también diría que las dos a la vez. Esta vez, el autor, un cruce de gurú, agitador de ideas, asesor de políticos de primer nivel, profesor, economista, empresario y divulgador medioambiental, por señalar algunas de sus ocupaciones, nos viene a decir que el capitalismo, que tanto nos ha servido a organizar la vida social y económica en los dos últimos siglos, va a quedar definitivamente superado. Es más, este fin de época de hecho ya está sucediendo, casi sin que nos demos cuenta.  

El motor de esta transformación no es ningún agente extraño en forma de meteorito, ni está alentado por intereses en principio contrarios al mismo capitalismo, sino que está en el engranaje del propio sistema, forma parte de su naturaleza. Los incrementos de productividad que se han alcanzado en las últimas décadas, sobre todo por la revolución de las nuevas tecnologías y de Internet, están haciendo que el coste marginal de producir muchos bienes o servicios se esté aproximando a cero, lo que permite que los productores los puedan ofrecer (o mejor: no tengan más remedio que ofrecerlos) casi gratuitamente. Y en un negocio donde no hay márgenes ni rentabilidades a la vista, el sistema capitalista se bate en retirada por el desinterés de los inversores. Siempre habrán algunas parcelas de actividad con altos márgenes, concede Rifkin, pero cada vez serán menos, con lo que el capitalismo acabará siendo una fuerza residual.

En su lugar, está emergiendo la economía colaborativa, que ancla sus orígenes en la Edad Media y que llega con un sentido menos acusado de la propiedad, y donde el motor de avance será la capacidad de cada uno de nosotros para producir y compartir, bien sea nuestra información personal, el sofá de casa, el coche o unos euros para financiar un proyecto de crowfunding.

Pero esa economía social no se puede sostener solamente en el boom de Internet y de las plataformas de colaboración. Cualquier cambio de paradigma económico en el pasado necesitó una revolución energética. Por eso Rifkin nos viene a decir que el “eclipse del capitalismo” no será real hasta que no se encuentren los medios para crear una Internet de la energía, donde millones de personas productoras de energía verde encuentren el marco para compartirla de forma eficiente, lo que permitirá matar dos pájaros de un tiro: la inquietante dependencia del petróleo y de los oligopolios que los gestionan, y la también inquietante insostenibilidad del sistema actual y su corolario: el calentamiento global.




Rifkin nos anuncia la llegada de un sistema en que la estructura vertical de las corporaciones, con unos beneficios a la baja, será sustituida por otra horizontal dominada por millones agentes que serán a la vez productores y consumidores. Pero la buena nueva de Rifkin no está exenta de paradojas. De entrada, no hay que olvidar que en estas primeras etapas de asentamiento de la economía colaborativa (o procomún colaborativo, como él lo llama) y de la sociedad del coste marginal cero, son los viejos inversores los que se mantienen en el centro de la escena. Al fin y al cabo, redes sociales como Facebook o Twitter, que hacen posible que cientos de millones de usuarios muchos puedan compartir información, son empresas empujadas por los viejos tycoons y que mueven en Bolsa muchos miles de millones de dólares. Lo mismo pasa en el ámbito de la publicidad con Google; en el mundo de las compras de segunda mano con eBay; en el turismo con Airbnb; o en el transporte con Uber, por poner unos cuantos ejemplos. 

Rifkin lo asume, aunque nos viene a decir que el capitalismo también dejará de sacar provecho a esta economía colaborativa. Y para ello trae a colación decenas de casos de organizaciones (casi siempre operativas en Estados Unidos), muy próximas en su funcionamiento a una ONG, y que facilitan los microcréditos, el acceso a la información médica o a la ropa usada, o que permiten que muchos profesionales compartan su tiempo y conocimientos, o que ciudadanos concienciados con el medio ambiente compartan la energía sobrante en su hogar con los otros miembros de la comunidad virtual.

Como punto a favor de este libro, está la capacidad que muestra el sagaz Rifkin para captar el espíritu de unos tiempos (el famoso zeitgeist hegeliano) de profunda desconfianza en el sistema capitalista, tan deslegitimado sobre todo entre los jóvenes tras la debacle de 2008. También está que, a pesar de sus excesos y de la utopía informativa y energética que lo sostiene, se trata de una obra de divulgación que suscita muchas cuestiones y aporta muchas entradas para seguir informándonos (con un aparato de notas casi interminable). En su contra, como he dicho antes, juega que Rifkin apueste todo a una economía social que por el momento no tiene peso o sigue siendo testimonial en muchos ámbitos. También es osado Rifkin al subestimar la versatilidad y la capacidad de reacción de un capitalismo que ha probado a lo largo de la historia tener más vidas que un gato.




lunes, 22 de septiembre de 2014

Una familia americana



Es posible que lo inusual del proyecto que hay detrás de Boyhood haya dejado en segundo plano a la película. Se ha hablado mucho de la tenacidad y del espíritu aventurero de Richard Linkater, de los actores y de su equipo, que durante 12 años han rodado secuencias para construir esta historia de una familia americana. Y es verdad que cuando uno empieza a ver Boyhood no puede evitar pensar que lo que está viendo fue rodado en 2002, poco después de la caída de las torres gemelas, y que ahora esas primeras escenas del protagonista en bicicleta recorriendo el suburbio le llegan como la luz de una estrella lejana que ya ni siquiera existe.

Sin embargo, al rato todo eso queda en segundo plano. Boyhood no es una película “descomunal y sin precedentes”, como nos anuncian enfáticamente los carteles publicitarios, y tampoco es perfecta. Sin embargo, a uno se le queda grabada en la retina, y los interrogantes y ese sosegado y reflexivo existencialismo que destila te acaban acompañando cuando sales del cine, e incluso mucho después. Aunque dura casi tres horas, uno se podría pasar seis, nueve o doce horas siguiendo la peripecia de Mason y su familia, tan fuera de norma en la forma, pero tan común y reconocible en el fondo. Linklater capta con su cámara un buen trozo de vida, inventada, improvisada a ratos, supongo, pero verdadera. Y la enriquece y le da profundidad con el tiempo que no vemos, tan o más protagonista en esta historia que el que sí nos enseña. Y es que Boyhood (o Momentos de una vida, como la han llamado en español) avanza a golpe de inevitable elipsis, para dejar claro que el gran asunto que pone sobre la mesa es la vida, el paso del tiempo y el sinsentido al que nos aboca.  

Casi sin quererlo, y evitando los subrayados, Linklater te regala metáforas donde materializa esa terca verdad, y la huella que va dejando. A los pocos minutos de empezar, Patricia Arquette,que interpreta a la atractiva y abnegada madre de Mason (Ellar Coltrane), pide al chico que le ayude a adecentar la casa de alquiler en la que viven, y que tienen que abandonar para reunirse en Houston con la abuela. Una de las tareas para Mason será borrar las marcas de estatura que ha ido dejando en el marco de la puerta de su habitación, líneas que son testigos mudos del paso de unos años que no hemos visto, pero que ya, sin darnos cuenta, hemos asumido.  


La de Linklater es una película sobre la familia americana y sobre la vida de la gente corriente en aquel país, con sus traslados de casa en casa y de suburbio en suburbio, siempre en busca de mejores oportunidades laborales y del ansiado estatus. También es una historia sobre el matrimonio y el divorcio recurrente como camino para la reinvención, y sobre la vida escolar y sentimental de unos chicos de ahora (o de hace una década, lo mismo da) que se enfrentan con sorprendente estoicismo y lucidez al desorden en que les han instalado sus mayores. Linklater también nos habla del desencantamiento que la madurez trae consigo. En un momento dado, el niño que creció fascinado por las historias de Harry Potter pregunta a su padre dónde ha quedado esa magia en un mundo que se le empieza a hacer incomprensible. Sin aspavientos, Mason intuye que esa magia nunca va a retornar.


Casi al final de la película, uno de los protagonistas se pregunta: ¿y todo esto para qué? La verborrea de los personajes de Linklater (como ya pasaba en su famosa trilogía de amaneceres, atardeceres y anocheceres) y el prosaísmo de las situaciones los pone a salvo de cualquier trascendentalismo pretencioso. Aquí, la búsqueda de sentido es atropellada por la circunstancia del momento: unas facturas que hay que pagar, el inminente traslado a otra ciudad por una separación inesperada de la madre o la entrada en la universidad del joven Mason. Pasar por los rituales que impone cada edad y situación, cumplir con los convencionalismos, madurar, envejecer, o ver cómo los otros van cambiando y también nos van percibiendo de forma diferente, llena de preguntas a Mason y su hermana, y al tiempo les aleja de cualquier certidumbre. Linklater rehúye las respuestas. Sólo el padre ausente, el lenguaraz y contradictorio Ethan Hawke, hace casi siempre de contrapunto, dando lecciones que él mismo desoye o es incapaz de suscribir. Quizá en eso consista la sabiduría: en hacer las preguntas pertinentes y en no fiarnos del todo de las respuestas definitivas.

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NOTA: Se ha dicho que Boyhood tiene un antecedente en Up Series, un documental del británico Michael Apted producido por Granada Television. Yo creo que tiene muy poco que ver, pero agradezco la asociación que muchos han hecho porque me ha acercado a esta joya irrepetible y –ésta sí- monumental del documentalismo británico y mundial. Y es que desde 1964, Apted y su equipo han seguido la pista a 14 niños británicos de muy diversos orígenes, entrevistándoles cada siete años. En principio, el trabajo partió con la idea de demostrar cómo las condiciones sociales y el entorno determinan las posibilidades vitales de cada uno. Hoy, 50 años más tarde, se ha convertido en una obra casi inabarcable, pero desbordante de humanidad y compasión.





martes, 16 de septiembre de 2014

España-USA: una final inventada



Lo reconozco. Todavía estoy en estado de shock. La más grande España de todos los tiempos, la de Gasol, Navarro y compañía, uno de los más grandes conjuntos de la historia de la FIBA, cayó estrepitosamente contra Francia. Es, con diferencia, el peor partido que le recuerdo a esta brillante generación. Hay que remontarse más de 40 años atrás para ver un tanteador tan escaso de la selección de baloncesto. Difícil de creer y digerir.

Yo estuve en el Palacio de Deportes Madrid, y tengo que decir que los 15.000 camisas rojas nunca dejamos de animar, a pesar de tener la sensación de íbamos entrando en un túnel muy oscuro o en una pesadilla horripilante en el definitivo cruce de cuartos. Estoy seguro de que ninguno de los que allí estuvimos y muchos de los que lo vieron por televisión olvidaremos nunca la noche del 10 de septiembre de 2014.

La noche de Francia se unirá a una lista de momentos estelares, como las finales de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y de Pekín (quizá el mejor partido internacional de siempre), o la del Mundial de Japón, pero también de batacazos históricos, como el famoso "angolazo", que frustró nuestras aspiraciones en los Juegos de Barcelona, o los cuartos de final de la Olimpiada de Atenas, cuando Estados Unidos, en su único partido decente, nos apeó, con un Wade espléndido, de la carrera por el oro. 

Creímos que el Mundial de basket de España iba a ser cosa de dos, como antes nos creímos a pies juntillas que las casas nunca bajarían de precio y que el euro era lo mejor que nos podía pasar en la vida. En los últimos meses, han sido muy pocos los que no se han dejado llevar por la histeria colectiva y han puesto en entredicho esa interesada previsión que nos emparejaba, sí o sí, con la NBA, y que, además, nos daba como favoritos en ese superpartido de las estrellas que debía cerrar el campeonato.

Se ha hablado hasta la saciedad de lo bueno que era el equipo español, de su poderosísimo juego interior, de sus múltiples recursos tácticos, de la extraordinaria forma que mostraban algunos de sus miembros y de toda la experiencia acumulada por los Gasol y compañía en la liga estadounidense, lo que hacía que sumaran más años en la NBA que los inexpertos, que no imberbes, jugadores de coach K. Sólo muy de pasada nos enteramos en la prensa de los valores del equipo USA. Y, por supuesto, nadie nos contó cómo se presentaba el resto de equipos de la competición, como si no existieran o sólo vinieran como comparsas o teloneros de esa España mágica de los Gasol y compañía. Los ignoramos con esa suficiencia que muestran los países incultos y desconocedores de lo que se cuece a su alrededor. Con ese desparpajo tan español que nos lleva a menospreciar a los demás sólo por la pereza que nos produce la idea de conocerles.

Analistas y comentaristas que estimo y que leo con asiduidad también se dejaron llevar por el entusiasmo y las simplificaciones. Incluso lo hicieron algunos entrenadores de postín y también el propio Juan Orenga, el preparador de España, quien, en un esfuerzo por parecer ambicioso, siempre vendió la piel del oso antes de cazarlo. Muy pocos, como el trotamundos Paul Shirley, fueron cautos. 

En todo caso, este tipo de encantamientos colectivos no es exclusivo del baloncesto. Ni tan siquiera del deporte profesional. Es algo que está más extendido. La necesidad de los periodistas y otros acólitos de tener acceso a entrevistas y a una buena cobertura de los eventos hace que florezca el compadreo y entre todos inflen el globo, a veces deliberadamente, y otras casi sin darse cuenta. Sin ir más lejos, en el cine español, lo que es una buena película se acaba convirtiendo en una obra maestra a los ojos del crítico-amigo. Y lo que es malo de verdad, termina siendo un producto digno. ¡Cuántas veces no he salido del cine maldiciendo al crítico de turno! 

También es verdad que el conservadurismo de los comentaristas deportivos tampoco es un pecado exclusivamente local. Según me cuenta un amigo, escuchando en la televisión por cable estadounidense los comentarios de McEnroe y Brad Gilbert, uno siempre piensa que sólo Federer y Djokovic tienen opciones de ganar. En el Open de Estados Unidos, nadie dio un duro por el croata Cilic o por el japonés Nishikori, los dos jugadores de segundo nivel que se disputaron la final.

Por otro lado, los organizadores de estos eventos, que mueven cifras multimillonarias, disponen de potentes maquinarias de marketing para vendernos humo y entradas, y para atrapar nuestro interés si lo vemos por televisión. Hay demasiado dinero en juego, y, al fin y al cabo, es su trabajo. ¿Quién en Brasil se habría interesado por el Mundial de Fútbol si les dicen que su selección iba a ser de las más mediocres del torneo? Ya se encargaron la FIFA y alrededores de hacernos creer que la canarinha jugaría la final y la ganaría, como también aquí nos vendieron que el equipo de Casillas estaría otra vez entre los grandes.



En fin, y volviendo al Mundial de basket, fue un pésimo día para la España de Gasol el de su partido con Francia. Como el angolazo del 92, que acabó con la dirección casi eterna de Díaz-Miguel, lo de ayer en el Palacio de Deportes marca un fin de época. Me temo que este Mundial será el de la despedida de dos de los equipos que han dominado con más claridad la escena internacional en los últimos 15 años: la Argentina de Ginobili (aunque el jugador de los Spurs finalmente no vino) y la España de Gasol, Navarro y compañía.

Por todo lo que nos ha dado la generación de oro, un millón de gracias. Pero ahora toca una travesía del desierto que esperemos no se prolongue demasiado. Mientras tanto, tendremos que abrir los ojos y disfrutar del baloncesto del resto del mundo y del espectáculo de los segundones, y pensar que ningún campeonato lo gana un director de marketing antes de jugarse.

martes, 9 de septiembre de 2014

El viaje interior de Murakami

Los años de peregrinación del chico sin color, 
de Haruki Murakami




A Haruki Murakami le precede cierta fama de “escritor raro”. Así, cuando intentas recomendar esta pequeña joya entre amigos o familiares, es frecuente encontrar a alguno que enumere lecturas previas de este autor para excusarse y no atender la recomendación.
Al intentar descubrir de dónde proviene el rechazo, es probable que unos lo achaquen a su prosa, que a veces se atraganta, no por difícil, sino por la afición de Murakami  a las ensoñaciones y a la mezcla de realidad e irrealidad.

También tiene que ver esa fobia con el tono sombrío y los ejes temáticos que vertebran su obra. Cuando lo que vende es la literatura de evasión, es complicado que el suicidio, la soledad o la alienación que acompañan como una sombra a sus personajes, consigan la atención perpetua e incondicional de los lectores.

En Los años de peregrinación del chico sin color, el escritor japonés bucea en aguas conocidas. No hay nada más que leer la primera frase para comprobarlo: “Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir”.

No obstante, si le dan una oportunidad, se encontrarán ante una novela introspectiva, pero también entretenida, bien narrada y con un protagonista que revolverá muchas cosas dentro de ellos. Ese protagonista es Tsukuru, un ingeniero de 36 años que se dedica a diseñar y construir estaciones de tren en Tokio. Tiempo atrás, cuando tenía 19 años, pensó en acabar con su vida. “La razón por la que la muerte atrajo hacia sí con tanta fuerza a Tsukuru Tazaki estaba clara: un buen día, sus cuatro mejores amigos, con los que tantas cosas había compartido, le comunicaron que no querían volver a verlo, y tampoco hablar con él”, escribe Murakami.

17 años después, siguiendo el consejo de una amiga, emprenderá el camino de vuelta hacia su ciudad natal, Nagoya, para intentar hablar con los cuatro y hallar las razones de una separación que le ha marcado y atormentado durante toda su vida. “Me volví una persona diferente en varios sentidos (…). Creo que me convertí en un tipo anodino y aburrido”.

Aunque en algunos momentos los pasos que va dando Tsukuru para descubrir la verdad pueden darle un aire de recuerdan a una novela de misterio, Murakami está más interesado en trazar un retrato psicológico del protagonista. ¿Arrastra algún problema a raíz del rechazo de sus amigos? ¿Por qué no quiso saber la verdad? ¿Cómo reaccionará cuando lo sepa? Son algunas de las preguntas que irán surgiendo en sus páginas.

El lector que se atreva a acompañar a Tsukuru en este viaje, que le trasladará al pasado, a analizar sus sueños, su amistad posterior con Haida o sus noviazgos, averiguará que lo importante no será descubrir la razón que les llevó a acabar con toda relación, sino emprender el camino junto a un personaje trazado a la perfección, con sus miedos, anhelos y virtudes.

Y es que Tsukuru es el alma mater de esta pequeña joya, que, aunque lleve el sello inconfundible de su autor tanto en la forma como en el contenido, o en su gusto por proporcionarle al texto un hilo musical que suene de fondo (en este caso Le mal du pays, de Liszt), no defraudará a sus incondicionales, pero tampoco a los que le lean por primera vez, ni aquellos que les daba miedo volver a intentarlo.






martes, 2 de septiembre de 2014

El difícil negocio de ser contemporáneo




Ejemplaridad pública, de Javier Gomá (ed. Taurus)


A pesar de lo que su título y la ilustración de portada pudieran llevar a pensar, Javier Gomá no habla casi de los políticos. Sólo muy al final, y más bien de pasada, se refiere a la necesidad de que los gobernantes (y también los funcionarios) ayuden a consolidar una buena sociedad a través de su ejemplo personal. La ejemplaridad que propone Gomá como vertebradora de una verdadera democracia no está asociada solamente a la vida de unas cuantas personas influyentes o con cargos públicos, y, menos aún, a la de esos deportistas o personajes del show business que hoy tan efectivos son en la difusión de modelos de vida.

La ejemplaridad que reclama Gomá para consolidar la democracia es la del hombre corriente, la del ciudadano maduro y responsable que ha asumido su finitud y la de los demás, su lugar en el mundo, recordando el título de aquella bella película. O también la del trabajador que se toma en serio su desempeño. Como es entendible a estas alturas de la película, en su reivindicación del ejemplo como camino para la socialización, Gomá rehúye los planteamientos elitistas y aristocráticos de Nietzsche u Ortega, o los convencionalismos y pacaterías de las religiones institucionales. En su lugar, busca vía interesante, pero también complicada, quizá por poco transitada. 

Su ética es igualitaria y persuasiva, y los códigos se difunden en un plano horizontal, y no de arriba abajo, como era la norma hasta la Ilustración. Todos, nos viene a decir Gomá, somos iguales por la simple condición de seres mortales y sufrientes que nos ha sido dada. Y, por eso, somos ejemplos para los demás, al tiempo que también debemos recurrir a los otros para guiar nuestra vida. También aboga Gomá, para su reconstrucción del edificio democrático y de la vida en común, por una revalorización de las costumbres, otra palabra muy devaluada por décadas de vendaval nihilista y sesentayochista.

El libro de Gomá es de largo alcance, y echa la vista atrás dos o tres siglos para identificar el origen de la desmembración actual de la sociedad y de la dificultad que tenemos para vertebrarla y acordar metas colectivas. No deja de reconocer el autor el valor de la Ilustración y la Modernidad como momentos clave para la consecución de la libertad individual y la eliminación progresiva de ataduras y opresiones que parecían eternas.

Pero también recuerda que ese mismo proceso no ha dado lugara la autonomía moral que pregonaron sus valedores. En su lugar, el romanticismo situó al yo y sus manifestaciones estéticas por encima de todas las cosas, llevándonos a anteponer el proyecto personal al colectivo, e impidiendo convertir la vulgaridad de origen del hombre y esa “ociosidad subvencionada, típica de la minoría de edad” en un proyecto de vida plenamente civilizado. En definitiva, a falta de las vías de socialización que siempre hemos encontrado en las buenas costumbres y en las vidas ejemplares, el proyecto democrático se nos ha puesto muy cuesta arriba.  

Gomá lleva más de una década dándole vueltas a conceptos como imitación, ejemplaridad o costumbre como ejes para consolidar un buen sistema de convivencia, y, al mismo tiempo, denunciando a los defensores de la transgresión por la esterilidad de sus propuestas. En Ejemplaridad pública ha vuelto a la carga, para llamar otra vez la atención sobre el proceso civilizatorio que truncó el romanticismo y el omnipotente subjetivismo que éste legitimó.Transgredir hoy, le he oído decir a Gomá en alguna charla, es como ir en topless por una playa nudista. Todo inventado por ese camino. Pero, por el otro, el que nos debe llevar a construir una sociedad de individuos plenamente autónomos en el plano moral y con capacidad para acordar un destino común, casi no hemos empezado a andar. 

El autor de Ejemplaridad pública pone todas las cartas sobre la mesa en un espléndido prólogo que roba título a un libro de artículos de Emilia Pardo Bazán: “la cuestión palpitante”. Después, mezcla capítulos sugerentes y dominados por la claridad expositiva con otros más farragosos donde el autor, abusando de las citas, enredándose en sociologías y llevado por su erudición sobre la filosofía del derecho, nos hace perder hasta cierto punto el interés. Otra pega: Gomá culpa de casi todos los males de la civilización occidental al subjetivismo romántico y la excentricidad del artista, y, sin embargo, exculpa por omisión a la codicia capitalista y al hedonismo materialista resultante, potenciadores y legitimadores en muchos casos de ese yo desbocado e inmaduro que ha acabado imponiendo sus pataletas. En cualquier caso, es un libro interesante porque “quizá no haya negocio más difícil que el de ser contemporáneo”.








lunes, 25 de agosto de 2014

Pérez Reverte contra sí mismo



Rufino Contreras

Escoger a Arturo Pérez Reverte de lectura veraniega es una baza hasta cierto punto fácil, pero también conflictiva. Buscamos una novela de aventuras y evasión, y al mismo tiempo un producto que nos remueva la conciencia, que tan encallada tenemos, y que nos aporte cultura, emociones y un punto de vista diferente. Eso lo tienes asegurado con Reverte, un best seller que al menos se acerca a una interpretación de las cosas que nos satisface como punto de partida.

Pero también te metes en el mundo tumultuoso de un Don Quijote narcisista, que te remueve como una ola gigantesca y te lleva acá y acullà, como un pelele, y te deja a su merced, rendido, ante un autor que se acrecienta poniendo unas reglas de juego, que tienes que aceptar, y someterte a ellas. Si no aceptas el envite, es mejor que no te embarques en sus aventuras. Es lo que tiene este cartagenero. Si te dejas llevar, sin condiciones, te apasionará. Pero si osas a contravenir sus normas, se desmonta su encanto y su prevalencia.

El tango de la vieja guardia es un producto de bella factura. Es de lo mejor que ha creado este novelista, con un lenguaje maduro, un estilo cinematográfico y una capacidad de recreación de la belle epoque admirable. Pero te deja cierto amargor, como los cócteles que tan bien describe en la narración.

Para un apasionado de los tangos, de las historias de espías, de los amores románticos, de la intriga y la acción… esta obra cumple todos los requisitos para triunfar. Son tres partes bien diferenciadas, con Buenos Aires, Niza y Nápoles como escenarios básicos. Un amor imposible de dos personajes que nunca encontrarán un camino común. Aromas del Gran Gastby, Jardiel Poncela, Titanic, Desayuno con diamantes, Casablanca o de un Clint Eastwood otoñal…

Todo ello lo conjuga Reverte con maestría. Pero su obsesión omnisciente, su necesidad de crear una obra inmortal que le aleje de su catalogación de autor comercial, termina traicionándole. Pérez Reverte lleva tiempo buscando la novela que le consagre en el olimpo que ya alcanzaron Vargas Llosa o Ana María Matute. En mi modesta opinión (perdón por el atrevimiento), sólo volviendo a las fuentes de El Húsar podría alcanzar su propósito. Para mí, es su obra insuperable.




jueves, 24 de julio de 2014

El viento en las hojas, de José Ángel González Sainz



Conviene leer los siete cuentos que componen este librito de José Ángel González Sainz muy despacio, o quizá dos veces. Por el misterio que envuelve a las historias y por la exquisitez de su prosa, puro deleite. La escritura de González Sainz es precisa y está muy trabajada, y casi siempre se impone a la minúscula trama de sus relatos. Es probable que lo que nos llega finalmente publicado por Anagrama, en este caso 130 páginas que se leen en dos tardes, sea el producto de un arduo ejercicio de contención y también de cribado. Intuyo que González Sainz trabaja como el poeta o el músico que saca adelante un tema a base de tachar y tachar en la libreta y repetir acordes hasta la extenuación.

Algunos relatos son sencillamente perfectos, aunque se nos escape su sentido o éste se multiplique por la indefinición en la que los deja el autor, lo que los hace aún más atractivos. El poco comercial González Sainz nos habla de un mundo (provinciano y rural) periclitado y suspendido en el tiempo, sin referentes más allá del discurso interior de unos personajes perplejos, siempre a la busca de respuestas en unas palabras -esquivas, provisionales- que le dan poderío al texto, pero que perpetúan sus dudas sobre el amor, la muerte, la soledad, el paso del tiempo, la libertad o el deseo. “De existir con independencia de mi mente, qué pinto entonces yo”, se pregunta sin afanes filosóficos el protagonista de Durante el breve momento que se tarda en pasar, un padre hipnotizado por la figura perfecta de una mujer detrás de un escaparate.

Con pocos pero trabajados recursos, González Sainz nos presenta instantes de existencias despojados de cualquier referencia temporal y casi espacial, momentos que, al fin y al cabo, hacen la vida misteriosa, pero plena. Las palabras, su musicalidad e incluso la puesta en cuestión de su sentido son los elementos con los que el escritor crea la tensión que nos mantiene atentos al relato hasta la última línea. El miedo de una madre que ve cómo su hija se acerca al precipicio mientras juega a hacer pompas de jabón; el anciano que anuncia su muerte a sus amigos de tertulia en el café y espera que éstos la acepten como si nada; el padre de familia que es seducido por la embriagadora sonrisa de la vendedora de helados a que acude con su hijo; el excursionista que no sabe cómo abordar el encuentro con otro andante solitario camino del río... Y, como los de Alice Munro, los relatos de González Sainz toman el giro definitivo a la vuelta de una frase, cuando uno menos se lo espera. 

Dice Jon Juaristi que González Sainz es un maestro del idioma que se prodiga menos de lo que sería deseable. Probablemente tenga razón. En 25 años ha sacado cuatro libros, historias que, fiel a su estilo, quedan condensadas en libritos de pocas páginas pero exquisita literatura. Ojos que no ven, el anterior, tuvo cierta repercusión porque nos hablaba de las heridas que deja el nacionalismo en una familia de emigrantes en el País Vasco. Ahí, la política era pretexto para hablar del eterno conflicto paterno-filial y del destierro interior que sufren los que viven ajenos a las fascinaciones de la mayoría.  



martes, 1 de julio de 2014

Una historia (real) para no dormir



A propósito de Hermosa juventud, de Jaime Rosales


Del "drama del paro" habla todo el mundo. Se ha convertido en un trending topic. Lo hacen los políticos cuando valoran las raquíticas cifras de empleo que dejan las encuestas. Pero también lo hacen los periodistas, los economistas, los sociólogos y últimamente los reyes salientes y entrantes. Sin embargo, y a pesar de los muchos años ya de crisis y de que la desesperanza empiece a cundir en millones de familias, pocos intentos ha habido en el cine o en la novela española de mostrar de forma convincente el drama de ver pasar la vida mano sobre mano, y sin un euro en el bolsillo.

Uno de los últimos ha sido el de Jaime Rosales con su película Hermosa juventud, retrato de una pareja de veinteañeros en la periferia de Madrid, dos ni-nis sin grandes aspiraciones, sólo las de tener trabajo, emanciparse y formar una familia, sueño múltiple de casi imposible consumación en los tiempos que corren. La película de Rosales remueve las tripas mostrando la vida misma, sin estridencias ni subrayados, sin acudir a marginalidades extremas ni retorcimientos del guión. Y es que hoy la realidad para muchos jóvenes (y no tan jóvenes) en España es lo suficientemente escalofriante como para que un cineasta o un escritor no tenga que buscar más allá, y Rosales se las ingenia para que esa deriva entre en su película sin aspavientos.

Frente a Natalia y Carlos (muy bien interpretados por Ingrid Garcia Jonsson y Carlos Rodríguez), un panorama desolador de estudios sin terminar, falta de vocación, jornadas en la obra a 10 euros/día o currículums que van a la papelera o al saco sin fondo del desempleo infinito, que va anulando cada intento de la pareja por salir adelante. También habla la película de Rosales de la emigración que lleva a la sordidez, el camino emprendido por muchos españoles desinformados y lo suficientemente desesperados para dejarlo casi todo por el camino.

La cámara de Rosales entra en los pisos angostos y superpoblados de hermanos, hijos, padres y novios sin ocupación, por los que transitan Natalia y Carlos. Esos pisos donde las conversaciones quedan ahogadas por el rumor de la televisión o de las consolas, y que la pobreza sobrevenida por la crisis ha convertido en miserables antes de tiempo, con muebles de cocina destartalados y rancios, y con sofás de escay que nunca se renovaron y que remiten a una época que creíamos superada.

Rosales nos muestra la deriva con naturalidad. Casi sin sobresaltos. No notamos su cámara, salvo cuando mantiene el plano para enseñar los escenarios vacíos del drama. Es una marca de la casa de la que abusó en La soledad, su película más popular. Memorables son las dos bellas elipsis que construye a base de Whatsapp, Skype y videojuegos, y que suponen saltos decisivos en la historia.

Los actores están bien, sobre todo Ingrid Garcia Jonsson, que marca el tono y hace avanzar la historia desde la contención, lo que no es nada fácil, y que ha tenido también que trabajar para reflejar los andares y el discurso deslabazado y carente de dicción de una persona sin estudios. El rostro luminoso de Ingrid y el sol peremne en el cielo de Madrid ponen feliz contrapunto a una historia para no dormir.
 
Rosales nos habla de las miserias de un país recurriendo a un realismo sin estridencias, sobrio, siempre fiel a su manera de contar. Se aleja así de esa tradición sainetera y paródica que fundaron Berlanga y Azcona, y que sigue teniendo en España muchos seguidores e imitadores, algunos muy brillantes, como Alex de la Iglesia. Para hablar de un drama como el del paro, yo me quedo con la sobriedad Rosales, que a ratos me recuerda el cine duro de los hermanos Dardenne y también al más reivindicativo de Ken Loach.

lunes, 23 de junio de 2014

Ciencia política al rescate de un país contra las cuerdas



A propósito de la lectura de La urna rota, de Politikon.es


En los años de las vacas gordas, la ciudadanía española se olvidó de los asuntos públicos, hipnotizada por la marea de crédito y el supuesto bienestar que traía consigo. Sin embargo, el final del encantamiento, que llegó (a pesar de Zapatero) en 2009, hizo que el país cambiara de actitud y que cualquier sitio -el bar, el aula universitaria, la máquina del café en el trabajo o el taxi- se convirtiera en un lugar propicio para recordar desde la nostalgia los buenos tiempos y también para enredarnos en disputas con cierto aire regeneracionista. Todos, de repente, nos dimos cuenta de que el país, el Estado, las instituciones y la economía, hacían agua por todos lados, de que no funcionaban, y salimos en busca de soluciones. Con más intuición que otra cosa, eso sí.

El mundo editorial vio el filón. Y en estos años la literatura regeneracionista también ha sido abundante en las librerías, dando lugar a títulos que en ocasiones han llegado a trascender para convertirse en bestsellers. Fue en lo que ocurrió en una primera etapa con los panfletos movilizadores de Stephane Hessel o de José Luis Sampedro. Y más tarde con Todo lo que era sólido, reflexión en voz alta de Muñoz Molina sobre la crisis que nadie vio venir, o las novelas Democracia, de Pablo Gutiérrez, y la muy brillante En la orilla, de Rafael Chirbes, quizá el mejor ejercicio de estilo con el descalabro de telón de fondo. O también con el sugerente análisis del jurista Santiago Muñoz Machado. Tampoco han faltado los diagnósticos de los economistas, los verdaderos gurús del momento, y sus recetarios para salir del atolladero. Pienso en los visionarios Santiago Niño Becerra y Nouriel Roubini, en el mediático Paul Krugman, o en libros posteriores de José Carlos Díez o Luis Garicano, cabeza más visible del grupo de analistas reunidos en torno al blog Nada es gratis. En definitiva, ha habido para dar y tomar, y llegarán muchos más, toda vez que la crisis va para largo. Incluso los políticos que llevaron al desastre o que en su momento hicieron bien poco para evitarlo se dieron el capricho editorial: el mismo Zapatero, Solbes, Felipe González, Ramón Jáuregui...

La urna rota también se sube al carro de la regeneración, aunque sus autores son unos desconocidos treintañeros interesados por la sociología, las ciencias políticas y la  estadística, y que combaten los lugares comunes que sufre el debate público sobre el futuro de España desde el blog Politikon.es. El punto de partida del libro es claro: la crisis ha hecho saltar las costuras del país, pero no sufrimos un castigo divino del que no podamos redimirnos y salir fortalecidos. No estamos condenados, por la genética, la historia o la cultura, a tener un país siempre al borde del precipicio. Al contrario, los analistas de Politikon.es aseguran que estamos ante una crisis no tanto económica como institucional, y que se puede resolver si hay voluntad por parte de todos. Han fallado los políticos, el modelo de representación y los resortes con que cuenta la sociedad para sanear la democracia. España es un país fracasado porque sus instituciones no están a la altura y no hay incentivos en las élites y en la propia ciudadanía para que las cosas funcionen. En este sentido, el libro parte de tesis transitadas antes por Acemoglu y Robinson en Por qué fracasan las naciones, aunque allí el análisis de la situación es mundial.

Es de agradecer a los autores de La urna rota el esfuerzo empleado para plasmar las cuestiones y debates en muchos casos académicos con una lenguaje al alcance de cualquiera, sin renunciar por ello al rigor y los datos estadísticos para apuntalar los argumentos. Se nota en la escritura que los promotores de Politikon.es están fogueados por el debate en Internet y la escritura sintética de Twitter. Es un trabajo que localiza los puntos de fuga del sistema, empezando por unos partidos políticos monolíticos y cerrados que compromete la elección de líderes. También analiza el sistema electoral español y la idoneidad de abrir las listas o trasladar a España el sistema mayoritario británico, donde el político electo se debe antes que nada a sus electores. Asimismo, denuncia los estrechos vínculos entre los políticos, sobre todo locales, y la administración, causa de buena parte de los asuntos de corrupción que han aparecido en los últimos años.

La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas,  del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración.

Aunque las élites son causante de buena parte de los males que aquejan al país, los analistas de Politikon.es creen que el alejamiento de los españoles de la cosa pública ha empeorado la situación y retrasado la llegada de soluciones. La Transición blindó a las élites, en un modelo que va de "arriba abajo", y hoy seguimos padeciendo las consecuencias de ese planteamiento, que ha dejado al país sin contrapesos a los partidos. La sociedad civil española está poco vertebrada y los medios de comunicación se mantienen rehenes del poder. Como resultado, la contestación siempre es puntual, vaga y poco efectiva. El 15-M es un buen ejemplo de ello. E iniciativas como los asociaciones antidesahucio, un motivo para la esperanza.

En fin, estamos ante un buen libro de ágil lectura y que puede ayudar a muchos a poner en el contexto adecuado y sin dogmatismos muchos temas que son tratados con frivolidad en los medios. Y, de paso, elevar el nivel de esas conversaciones regeneracionistas del bar o de la máquina de café del trabajo, a las que tan aficionados nos hemos hecho. Y quién sabe si también a fomentar la participación en unas instituciones y en un futuro que nos pertenecen a todos. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Libros ni regalados





Cuando las cosas que uno aprecia cuestan poco dinero, es que uno ha comenzado a envejecer. Cuando un disco, o un CD, que uno valora cuesta 4 o 5 euros es porque uno se va convirtiendo o se ha  convertido en eso que antes se llamaba cariñosamente en un carroza y que hoy suena tan cursi.

Pero nada se ha devaluado tanto como un libro, ni los pisos de ladrillo visto que se acumulan en los secarrales de la periferia de las ciudades españolas.

Cuando uno va, casi con sentimiento de culpa, a donar una buena colección de libros a una biblioteca pública y se le dice, con la amabilidad que se dicen las cosas al loco inofensivo, que no interesan, es que la cosa va en serio.

Pocas cosas nos hacen cobrar más conciencia de obsolescencia que la pérdida de valor de los libros. Cuando voy caminando a la universidad por las mañanas paso delante de varios casas delante de las cuáles hay un pequeño expositor con libros para que el viandante preste o se lleve para siempre los que quiera sin permiso. Pocos hacen uso de su derecho ya que siempre parecen quedar los mismos aunque haya buenas ediciones de Moby Dick, Herman Hesse y muchos otros autores en otros tiempos considerados de postín.

Pasan las estaciones, las lluvias y los libros siguen allí, achacosos por la humedad, más solitarios, si cabe, que cuando el dueño tomó la decisión de deshacerse de ellos por primera vez.

Y es que los libros, excepto unas cuantas novedades y libros de texto que los estudiantes compran por obligación, no valen casi nada. Se han convertido en una molestia que hay que quitarse de encima . En un compromiso molesto, como cuando alguien nos presta un libro que le ha cambiado la vida para que lo leamos. No digamos si un colega ha escrito una novela y nos pide una sincera (e imposible) opinión de amigo.

Los libros son un molesto y áspero trago al final del día, ya cansados, con la conciencia intranquila de haberlo malgastado en tareas inocuas pero que consumen nuestras energías con fruición. Los libros se han transformado en un sentimiento de culpa que sentimos por no apetecernos agarrarlos en lugar de ponernos a navegar por Internet sin rumbo.

Los libros se han convertido en un coñazo que nos recuerda nuestras promesas incumplidas. Los libros que no hemos leído, que no hemos escrito ni escribiremos, que hemos comprado y vemos día a día como acumulan polvo mientras aplazamos perpetuamente su supuesto gozo con nimiedades.

Los libros son un tostón para la gente de la industria, los distribuidores y las editoriales que llaman por teléfono o mandan un correo electrónico a sus desconocidos autores preguntándoles que hacer con tanta copia sin vender en una nave industrial en Loeches o cualquier poblacho a las afueras de Madrid. Incinerarlos, reciclarlos, cualquier solución parece buena para deshacerse de lo inservible.

Mientras tanto los autores,  a los que nadie conoce, ni admira, que se ganan su vida con otros trabajos y encima ligan poco, se sienten culpables y felices de haber engañado al editor. Editores por vocación, que siguen cumpliendo su cometido porque sienten necesidad pero sin ilusión como el que se come un plátano a media mañana para matar el hambre.

El futuro ya no es lo que era, y escribir y publicar tampoco. Crecimos pensando que los libros eran un bien escaso que sólo podía disfrutarse efímeramente utilizando el servicio de préstamo de una biblioteca municipal. Que los libros eran lo máximo para aquellos que eran lo mínimo, que no sabían hacer la o con un canuto, como nosotros.

Hoy nos hemos dado cuenta de que los libros eran un bodrio, aunque no nos podamos pasar sin ellos, nos joda su declive y los añoremos.


No ha hecho falta la iglesia o la dictadura perfecta, como señalaban los agoreros, para acabar con el interés por los libros, tan sólo la pasión que sentimos la mayoría por los deportes y las series de HBO.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Playgrounds en el Reina Sofía




A mi padre, su padre nunca le llevó a un parque. Sencillamente no existían en la primera posguerra en la que mi padre se hizo hombre antes de tiempo. Mi padre también me cuenta, con cierta tristeza y buscando en mí una mirada de asombro, cómo unos Reyes Magos generosos un año le dejaron un par de naranjas y el carrito muchas veces soñado, un artilugio rudimentario que dejaría perplejo a cualquier niño de hoy, y que en realidad era una lata de sardinas reciclada y ensamblada a base de alambres, y con una caña de azúcar en un extremo que hacía de tracción.

La generación de mis padres no tuvieron parques infantiles, la mía empezó a experimentarlos con recias y metálicas instalaciones hijas de un desarrollismo atropellado y mis hijos se han pasado media vida en ellos, en estos de ahora, perfectamente delimitados y estudiados, con los columpios y los toboganes ergonómicos, con el metal recubierto de confortable plástico o de madera, protegiendo siempre a sus pequeños usuarios temerarios de los salientes o las rebabas traicioneras. Parques recubiertos de suelo sintético, para amortiguar los golpes, y con las salidas y las entradas bien visibles, para facilitar el control de los progenitores. Esos parques que las madres tanto agradecen, pero que los sociólogos y los estudiosos critican porque, según dicen, restringen la creatividad de los niños e impiden sacar provecho a las ilimitadas energías de ese homo ludens que, nos recuerdan, todos llevamos dentro.

La exposición Playgrounds, reinventar la plaza, que está hasta finales de septiembre en el Museo Reina Sofía, da cuenta de las transformaciones que ha tenido el parque infantil desde mediados del siglo pasado hasta hoy. Y también de la contradicción que para muchos existe entre la domesticación propuesta por los promotores del parque moderno, y el ideal de libertad que debe buscar una sociedad a través del juego.

La muestra recorre la evolución del parque de juegos desde los tiempos en que estos espacios solo estaban en la mente de avanzados arquitectos y urbanistas nórdicos, y los niños no tenían más remedio (o la suerte, según se mire) de pasar su infancia en los descampados y los estercoleros de una Europa en ruinas, devastada por la guerra. Esos lugares que sublimó el neorrealismo italiano y que dieron lugar a películas inolvidables como Alemania año cero, de Roberto Rosellini.



Precisamente, la muestra del Reina Sofía recuerda la figura del danés Carl Theodor Sorensen o la de la inglesa Lady Allen of Hurtwood, la promotora de los adventure playgrounds, que recuperan terrenos residuales y zonas bombardeadas como espacios destinados a promover la autonomía infantil. Pero también rescata la del artista y activista sueco Palle Nielsen, que en 1968 construyó un parque libre de la mirada de padres y educadores, en mismo interior del Moderna Museet de Estocolmo; o la del arquitecto holandés Aldo van Eyck, que en las décadas más espléndidas de la socialdemocracia construyó en Amsterdam más de 700 parques infantiles, guiados todos ellos por la integración en el tejido urbano y por una concepción de la ciudad como terreno de juego. También se pueden ver en las frías salas del Reina Sofía referencias al avanzado movimiento holandés Provo, que a medio de los sesenta reclamaba la gratuidad de la vivienda y del reparto de bicicletas, y combatía "la apatía social y la naturaleza alienante de la sociedad del espectáculo" con la conciencia del presente y del juego participativo. Ideas seminales para un Mayo del 68 que estaba a la vuelta de la esquina.

Playgrounds también nos habla de la recuperación de los espacios públicos de las ciudades, casi siempre amenazados por los intereses económicos. Y más en concreto, de la conversión de la plaza en un lugar de reivindicación política, como evidencian el activismo reciente de Tahrir, en El Cairo, el 15M de la Puerta del Sol o las protestas de Syntagma, en Atenas, o de Liberty Square, en Wall Street. Si en el siglo de los extremos y las luchas de clases, como le llamó Eric Hobsbawn, las protestas políticas y sociales acababaron con el derramamiento de sangre y la aniquilación del adversario, en este siglo XXI que empieza la vertiente lúdica de los parques infantiles ha contagiado las reivindicaciones de los adultos, que en plazas de medio planeta piden la renovación o el derribo definitivo del statu quo con tamboradas, bailes y performances, en otra variante laica del poder transgresor del carnaval.  Y es que, al fin  al cabo, niños exultantes y mayores descontentos o humillados por el sistema económico y político coinciden en buscar en el playground o en la moderna street-party la gozosa suspensión de la realidad.


NOTA: la foto que abre este post es de Joan Colom y está datada entre 1958 y 1961. 

lunes, 12 de mayo de 2014

El mundo propio de Jhumpa Lahiri

A propósito de la lectura de La hondonada, de Jhumpa Lahiri


Mariano Oliveros

Desde su primera novela, El buen nombre, la obra de la escritora norteamericana Jhumpa Lahiri, hija de emigrantes bengalíes y actualmente residente en Italia, se centra en el choque cultural de los hindúes expatriados en los Estados Unidos a la busca de oportunidades y en las consecuencias que provoca el desarraigo en sus descendientes.

Lahiri, siguiendo el camino de tantos grandes escritores, utiliza sabiamente el reducido mundo de sus obsesiones y experiencias personales para trasmitirnos sentimientos y conflictos universales. Los bellísimos cuentos de Tierra desacostumbrada, su libro más conocido en España, son un buen ejemplo. El brillante relato que da título al libro y que gira en torno a las dificultades de comunicación entre un padre y su hija, descendientes de hindúes de segunda y tercera generación, es un prodigio de delicadeza en la exploración de los afectos.

En La Hondonada, Jhumpa Lahiri profundiza en los recovecos de las relaciones filiales y amorosas, con el telón de fondo de la emigración bengalí a la costa de Nueva Inglaterra. La pareja protagonista (Subhash y Gauri) vive sus primeros años en su Calcuta natal para luego asentarse en Rhode Island (donde residió la propia autora). Subhash y Gauri, pese a triunfar en su vida profesional como investigadores universitarios, arrastran durante toda su existencia sus experiencias y errores de juventud. El título de la novela hace mención a una laguna estacional de Calcuta donde ocurren algunos de los hechos que marcan la vida de los personajes.

El estilo de Lahiri es simple y directo y su lenguaje sencillo y accesible. Por contra, sus personajes poseen perfiles psicológicos complejos y aciertan y yerran en sus vidas sin ser nunca juzgados por su creadora, que prescinde de imponerles las ataduras morales del narrador omnisciente. La relación con sus padres, apegados a las tradiciones, y con su hermano Udayan, simultáneamente su reverso y su complemento, influye profundamente en la conciencia de Subhash, que colma sus aspiraciones profesionales sin conseguir nunca librarse de las ataduras del pasado.

Gauri, por el contrario, es un espíritu libre (al menos en apariencia), un personaje femenino de una fuerza extraordinaria, comparable a esas irreductibles protagonistas de los mejores cuentos de Alice Munro, capaces de sacrificarlo todo para mantener, ferozmente, su independencia contra las reglas de sus ancestros.

La novela parece, en ocasiones, imperfecta, por cuanto a ratos se nos narran prolijos detalles de la vida cotidiana cuando en otras ocasiones pasan varios años en dos páginas. Acabamos, por ejemplo, conociendo en profundidad la vida académica de Gauri, centrada en la filosofía alemana tras Kant, mientras que no sabemos casi nada de la dedicación de Subhash a la biología marina.

La hija de ambos, Bela, atraviesa su adolescencia en tres patadas, pese a lo trascendente de esa etapa de su vida. Sin embargo, poco a poco uno se va dando cuenta de que a Lahiri no le interesa verdaderamente la construcción formal de personajes “realistas”, sino más bien la indagación en las causas de las emociones humanas. De esa forma, las circunstancias concretas de las vidas cotidianas resultan importantes en la medida en que sugieren, de manera deliberadamente imperfecta, explicaciones para el comportamiento y las motivaciones de los protagonistas. Por esa razón, el hilo temporal de los hechos, al servicio de la exploración psicológica de Lahiri, se rompe cada vez con más frecuencia a lo largo de la obra.

Las mejores páginas de La Hondonada, las más turbadoras, las que la convierten en una novela profunda y fascinante son, de hecho, las que nos entreabren el mundo de los turbulentos y contradictorios sentimientos de Subhash, Gauri y Udayan, que parecen poseer, merced al oficio de la escritora, un mundo propio más allá de las palabras.

martes, 6 de mayo de 2014

Un país a punto de torcer la esquina de la historia



A propósito de la lectura de Alguien dice tu nombre
de Luis García Montero


Alguien dice tu nombre es una historia menor, música de cámara que, sin embargo, remite a causas mayores. León Egea, estudiante de literatura en Granada y aspirante a escritor, entra en una editorial en el seco y cálido verano de 1963. Allí conoce a Consuelo, la secretaria de la editorial, un encuentro que da lugar a un primer amor torturado por la diferencia de edad, los secretos y la incomprensión. La cita a Marsé en la primera página del libro es reveladora.

La España que describe el poeta Luis García Montero en su novela, que se lee de un tirón y gustosamente, es un país conocido por muchos, pero ya difícil de explicar a un chaval de hoy. Un país anclado en el tiempo, amodorrado, provinciano y prisionero de las convenciones, donde un pantalón en unas piernas femeninas era un atrevimiento muchas veces intolerable. Es una España menesterosa, de gente cauta y agradecida por la incipiente riqueza que se empieza a filtrar a las capas más desfavorecidas, más pendientes del pago de las letras del televisor o de la enciclopedia que de aventuras políticas.

También es Alguien dice tu nombre una novela de formación. García Montero narra en primera persona la zozobra emocional del joven inexperto que cae en brazos de la mujer madura, y también da cuenta de las cavilaciones del aspirante a literato con ganas de vivir, pero sobre todo de aprender a mirar, para luego contarlo. Es el mismo León Egea que, siguiendo las recomendaciones de su misterioso profesor de literatura en Granada, lee con constancia a los rusos y se interesa por Baroja, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez o Galdós, al tiempo que empieza a flirtear con la disidencia política.

El lenguaje de García Montero es preciso, y minucioso a ratos, y le sirve para dar cuenta de los pensamientos íntimos del universitario pobre y de pueblo aspirante a todo en la ciudad provinciana. También nos presenta, a través del prisma atormentado de Egea, a unos personajes aparentemente anodinos, pero cruciales en algún caso para entender el giro final del libro, como Vincente Fernández, el veterano vendedor de enciclopedias, don Alfonso, el editor con amigos influyentes en el Régimen, o Marcelo, el camarero melancólico del bar donde el protagonista y sus amigos pasan el rato.

Alguien dice tu nombre es también una novela con aire cinematográfico, que se manifiesta en la recreación de ambientes en esa Granada aparentemente anclada en el tiempo y deudora sin remedio de un esplendor pasado, o en las persecuciones callejeras y nocturnas de protagonista, siempre a la busca de los fantasmas alentados por sus dudas o por los celos que la incomprensible Consuelo despertará en él.

La peripecia vital de León Egea, quizá alter ego del propio autor, nos traslada a una España remota y abúlica, un país atrasado y olvidado que, sin embargo, está a punto de torcer la esquina de la historia, aunque muchos de sus ciudadanos -incluído el mismo protagonista- no llegaran nunca a sospecharlo.

lunes, 7 de abril de 2014

La derrota de los Panero




Los españoles tenemos fama de ser gente muy abierta y dicharachera. Sin embargo, casi siempre el pudor nos puede. Es posible que muchos siglos de servilismo político y social alentado por la élite nobiliaria y católica nos hayan dejado sin un discurso propio y una literatura potente del yo, como la que sí tienen los países anglosajones o los nórdicos. Pienso en Bergman y en esos personajes torturados por sus dudas y por los pasos mal dados en la vida. Y en la capacidad del cineasta sueco para verbalizar ese torrente de frustración.

Cuando toca hablar de nosotros mismos, cuando toca de verdad retratarse, aquí se nos queda la boca pequeña. Por eso son muy raras las biografías o los volúmenes de memorias que pasan del mero retrato hagiográfico o que no acaban en el ajuste de cuentas. O que van más allá de un recuento notarial y sin sustancia de hechos y recuerdos "supuestamente" decisivos. Los libros de políticos son bastante frustrantes en este sentido. Pocos se atreven a reconocer sus miserias y a dar cuenta de las dobleces del personaje público supuestamente modélico que encarnaron.

Por eso son excepcionales los volúmenes de memorias del periodista Jesús Pardo (que curiosamente pasó muchos años como corresponsal de Efe en Londres). Empezando por ese inolvidable Autorretrato sin retoques, donde, como dice José María Guelbenzu, uno tiende a pensar que "la crueldad bien entendida comienza por uno mismo". También me queda en el recuerdo Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, un librito con claro afán literario, pero descarnado, sincero y conmovedor, sobre los encuentros y desencuentros que mantuvo el escritor con su padre, el pintor Juan Giralt.  

Cuento todo esto porque estos días he vuelto a ver las películas de los Panero. Es algo que suelo hacer cada cierto tiempo, quizá para saber que estoy vivo o para asegurarme de que la inteligencia y la lucidez no se han esfumado definitivamente del planeta tierra. He vuelto a esas dos maravillas filmadas por Jaime Chávarri y Ricardo Franco porque murió hace poco Leopoldo María Panero, el poeta más maldito que ha tenido este país, el último de esa estirpe condenada y sin continuidad, de ese fin de raza  que trajo al mundo Leopoldo Panero, poeta oficial del franquismo y padre sobre todo ausente. La primera, la de Chávarri, El desencanto, es una desmitificación de la familia burguesa y una audacia en un país como España, que en 1976 se debatía entre un pasado de bayonetas y la modernidad. La segunda, Después de tantos años, rodada a mediados de los noventa, es un poema sobre la devastación que produce el paso del tiempo, la locura y -cómo no- la impostura literaria. 

Las dos películas sobre los Panero siguen esa senda de buena, intensa e interesante literatura del yo que tanto ha escaseado en España. O más bien del nosotros, porque aquí los protagonistas son los tres hermanos y la madre Felicidad, que llevan la voz cantante y explicitan los conflictos, y el padre laureado, una vaga presencia que sirve de contrapunto emocional. En El desencanto, el mito se está cociendo. Ahí, los locuaces Panero, a base de literatura y retazos de psicoanálisis, hacen saltar por los aires la institución familiar y hay quien dice que entierran simbólicamente a la dictadura representada por el padre, a la sazón bardo oficial del régimen.

A mí, y a pesar de su estudiada puesta en escena, me interesa más la segunda entrega, la filmada por Ricardo Franco y que es una crónica de caída y sordidez. “Toda vida es un proceso de derrumbe”, nos dice el misantrópico Juan Luis Panero recordando a Scott Fitzgerald en un momento de la película desde su casa del Ampurdán. “Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos”, nos había avisado en la primera entrega el joven Leopoldo María Panero recordando a Artaud, todavía con el brillo en la mirada que más tarde le iba a borrar la esquizofrenia. Y, entre ellos, como un trasunto de la madre muerta, Michi Panero, anulado por el tiempo, la decadencia física, las esperanzas rotas y la leyenda de una familia que, a pesar de las imposturas literarias, es protagonista de una de las mejores páginas autobiográficas que conozco. Ese Michi que al final de la película de Ricardo Franco, mientras recorre en Astorga las ruinas de la casa familiar y suena un tema de Loreena McKennitt, nos deja con una frase marca de la casa: "Lo que es un error es vivir, recién nacido deberías suicidarte". Ahí queda.