domingo, 22 de febrero de 2015

'Dónde no estás', de Gustavo Martín Garzo




Novela coral protagonizada y narrada por mujeres, que el propio autor nos describe como “una historia sobre el mundo de los secretos, sobre todo aquello que callamos y no decimos sobre nosotros mismos, pero también sobre lo que nos gustaría enterarnos”.

Donde no estás se desarrolla en los años 60, en el pueblo vallisoletano de Villalba de los Alcores. A él llega Ana, una muchacha de 15 años que, tras perder a su madre, se traslada hasta allí para pasar el verano junto a su abuela enferma, su tía Josefina y Fernanda, la criada.

Gustavo Martín Garzo nos recibe, junto a otros tres periodistas, en un céntrico hotel de Madrid. Día intenso de promoción en el que seguramente le tocará explicar más de una vez cuál es el origen de esta novela.

“Esta novela surge de otra novela, La carta cerrada, en la que una mujer, tras tener una crisis con su marido, le abandona y escribe una carta a su hijo supuestamente explicándole por qué lo hace. El hijo no la lee temeroso de que le cause demasiado dolor. Mientras tanto, la madre se arrepiente y regresa, y el niño le devuelve la carta sin haberla leído. Como novelista, me dejo la frustración de saber cómo sería esa carta”.

Por eso, en Donde no estás, vuelve haber una; en este caso, la que la madre de Ana le escribe narrándole ciertos hechos de su vida. “Le habla justo de aquello que probablemente una madre o un padre no cuentan nunca a sus hijos, que es lo más escondido, lo más íntimo, lo más decisivo, pero también probablemente lo más perturbador”.

Ese mundo del secreto, del silencio, de lo no dicho, es el que trata de explorar un libro cargado de preguntas. ¿Quién es esa Señora que se le aparece a Ana? ¿Por qué se separaron sus padres? ¿Quién es y dónde está la amiga loca de su madre? ¿Qué esconde la casa maldita del tío Orestes y Mariana? Para conocer las respuestas, habrá que esperar hasta el final, pero, ni aun así, los lectores podrán estar seguros de que son las correctas.

Y es que una de las peculiaridades de este relato es que está narrado en primera persona, pero no por un único narrador, sino por varias de las mujeres protagonistas. “Es una novela de voces. Las cosas se cuentan de distintas maneras, según quien las cuenta, y hay unos personajes que a veces desmienten a otros. Hay versiones distintas de los hechos, como sucede realmente en la vida, que no hay una sola mirada sobre un acontecimiento, sino miradas diferentes. Todas estas voces, como no hay un relato central, componen como una especie de puzle que el lector tiene que armar, para sacar sus propias conclusiones. No se le dice realmente lo qué pasó de una manera clara”.

A la pregunta de por qué un libro con tanta carga femenina, Martín Garzo nos confiesa que cree que las mujeres son “más literarias”, por lo menos en el tiempo en el que transcurre su obra. “No podían tener la vida que querían. Vivían más en lo escondido, en el terreno del secreto, de los sueños. Se las arreglaban porque siempre han tenido una habilidad especial para poder sacar adelante sus deseos, las cosas que querían, pero todo transcurría un poco en ese segundo plano, donde no era visible nada, porque vivían completamente sometidas al imperio y a la ley del varón. De alguna forma no podían vivir la vida que hubieran deseado vivir con libertad”.

Los deseos, pero carnales, y los muertos también tienen cabida en esta historia, que por tener tiene hasta fantasma. “En esta novela está muy presente el mundo del deseo. Ese deseo que se niega a extinguirse. Hay un fantasma que regresa porque aún vive en el mundo del deseo. Quiere recuperar algo que ha perdido, quiere ser tenido en cuenta, que se le mire, que se le reciba de alguna forma”.

Esta presencia del fantasma es, para Martín Garzo, “absolutamente clave”, porque habla de los desaparecidos y de los muertos. Y si en el libro escribe “los vivos lloraban a los muertos, pero enseguida los apartaban de su lado para seguir adelante con sus asuntos", en persona corrobora que nuestra época les ha dado probablemente la espalda. “Se los trata de quitar de encima, pero el mundo está lleno de muertos”.

A la hora escribir, Martín Garzo se describe como “sistemático” y nos explica que, cuando está metido en una novela, procura trabajar todos los días un buen número de horas. “Es importante esa continuidad y estar concentrado en tu historia. Hemingway daba un consejo muy bueno: siempre hay que procurar dejar el trabajo en un buen momento, en un momento en el que esté fluyendo bien, porque así el día siguiente, cuando lo retomas, no te encuentras con un tapón, sino que te encuentras el impulso de algo que está fluyendo”.


Para terminar, a la pregunta de qué diferencias percibe con el Martín Garzo que empezó a escribir hace 30 años, contesta que no lo sabe y que quizás lo tendría que decir el lector. No obstante, añade que a veces tiene la sensación de escribir siempre el mismo libro. “El mismo libro cambia en función de la historia que estoy contando y del punto de vista que adopto para contarlas, pero yo creo que es el mismo libro siempre. Son tentativas para acercarme a algo que a veces he sentido muy cerca, pero que siempre se me escapa. Y tal vez por eso, porque se me escapa, tengo que volver a intentarlo con un libro nuevo”. 



lunes, 16 de febrero de 2015

La terrible belleza del fracaso



A propósito de 'Lúcidos bordes de abismo', de Luis Antonio de Villena
En un país tan pudoroso como España, los Panero son una valiosa excepción, a pesar de sus excesos, teatralidades, malditismos, esnobismos, señoritismos y demás poses literarias y pseudoliterarias.
Desde El desencanto, en 1976, el documental de Jaime Chávarri que los convirtió en un mito (o en su reverso), los Panero han sido protagonistas (en otras películas, en libros de apologetas varios o en volúmenes de memorias) de las páginas biográficas más descarnadas del mundillo literario hispano. La publicación del último texto de Luis Antonio de Villena vuelve a ponerles de actualidad.
Como dice el propio autor muy al final de este volumen, los Panero “tuvieron muchos defectos, [pero] ninguno fueron tibios o pacatos. Se saltaron –y merecen aplauso- esa moral de sacristía que (Cernuda dixit) abunda en el corazón de tantos españoles”. Eso sí, lo hicieron a costa de creerse una leyenda que les dio cierta popularidad, pero que también los arruinó; los Panero no escaparon a la seducción de su propia destrucción y de la muerte.
Luis Antonio de Villena, poeta novísimo y muy próximo en su juventud a Juan Luis y Leopoldo María Panero, no ha escrito un libro exhaustivo, erudito y distante. Villena, como dice en el subtítulo de este volúmen, narra muy en primera persona. Sus Lúcidos bordes de abismo es una memoria personal guiada por los recuerdos. Villena nos cuenta las andanzas de ese fin de raza que fueron Panero, pero lo hace desde el epicentro del drama y la impostura.
Un libro vivencial, en fin, que a ratos entra en intimidades de alcoba (casi siempre para reivindicar la homosexualidad como modus vivendi), pero que no rehúye la valoración literaria de los tres poetas de la familia, o las notas sociológicas para calibrar el impacto que tuvo el rodaje y el estreno de El desencanto en la propia familia y en una sociedad española, mojigata y desnortada y que, no bien había enterrado a Franco, se enfrentaba a la pesada digestión de la modernidad.
Para Villena, el punto de interés de los Panero bascula con el paso de los años. En El Desencanto, cuando todavía está abierta la herida de la muerte del patriarca, del poeta oficial del franquismo, el protagonista en la sombra es un padre autoritario, dipsómano y mujeriego (un producto de su tiempo, no hay que olvidarlo).
En aquel documental muchos vieron un furibundo ataque, y desde el seno del sistema, a los valores de la familia burguesa y nacional-católica. Sin embargo, más tarde el centro del drama familiar lo ocupará el deterioro físico y mental de Leopoldo María Panero y la relación de amor-odio que mantiene con su madre hasta la muerte, en soledad, de ésta. Una relación edípica, violenta, presidida por el exceso y la autodestrucción.
De forma más evidente que en los dos documentales sobre los Panero que firmaron Jaime Chávarri y Ricardo Franco (Después de tantos años, de 1994), brilla en el libro de Villena la figura de la madre, Felicidad Blanch, niña bien en tiempo de la República que cae seducida por el poeta oficial, pero que luego tiene que sufrir al marido autoritario y egoísta.
Como recuerda Villena, la dulce Felicidad, quien colaboró en el derribo de la figura pública del poeta del Régimen (algo que Luis Rosales nunca le perdonó) para halagar a sus hijos, acabó siendo devorada por su personaje y también sucumbió, como el resto, “a la terrible belleza del fracaso”.
Villena ha escrito un libro sin demasiada estructura, donde el poder evocador de los recuerdos y las sensaciones perdidas guía la escritura. Un libro en algún punto farragoso, pero que, en cualquier caso, levanta un interesante testimonio y que leerán de un tirón los amantes de ese lúcido culebrón que hemos construido alrededor de Panero.
El autor se desnuda (literal y metafóricamente), y desnuda a sus amigos de antaño, pero siempre rehuyendo el ajuste de cuentas, algo que es de agradecer. Al final, el paso del tiempo y la deriva destructiva alejaron a Villena de la familia Panero, y a la familia Panero de Villena, aunque siempre quedó la literatura como forma de vida y la poderosa seducción de las ruinas.


martes, 10 de febrero de 2015

'Los marineros perdidos', de Jean-Claude Izzo




Jean-Claude Izzo se definía a sí mismo como un marsellés puro, mitad italiano, mitad español y con gotas de sangre árabe en las venas. Antes de que un cáncer se lo llevara al otro barrio, a la relativamente temprana edad de 54 años, Izzo tuvo tiempo de escribir algunas muy buenas novelas ambientadas en la ciudad donde siempre vivió y de la que era un apasionado, especialmente Los marineros perdidos y la muy famosa trilogía policíaca compuesta por Total Kheops, Chourmó y Soleá, que otro día comentaremos en este blog.

Los marineros perdidos es una novela sobre barcos abandonados por sus armadores y marineros que no navegan y, sobre todo, es un canto a la Marsella canalla, penetrada por la luz y el color del Mediterráneo y una loa al mestizaje, el cosmopolitismo y el ansia de vivir que caracterizan a los pueblos del Mare Nostrum y a su historia.

Los tres protagonistas, un turco, un griego y un libanés, se debaten entre el deseo casi enfermizo de volver a navegar y la atracción fatal de la vida en tierra, mientras esperan en vano que alguien se ocupe de refletar el carguero donde trabajaban, ahora amarrado y sin destino en un apartado muelle marsellés. Cada uno por separado recorre el puerto, las tabernas y los prostíbulos de Marsella mientras se enfrenta con sus viejos fantasmas, buscando una explicación íntima para los errores de su pasado. Izzo va entrelazando la historia personal de cada protagonista y el origen de su obsesión por el mar, en sucesivos círculos que van y vuelven del pasado al presente, en el contexto de la Marsella popular, áspera y fea pero intensamente vital.

Los marineros, sus parejas circunstanciales y sus lejanos y abnegados familiares, pareciera que sometidos al embrujo caprichoso del Mediterráneo, viven con pasión lo que les toca, son ardientes, incluso violentos, capaces de lo mejor y de lo peor. Un mismo personaje es capaz, en un determinado momento de la novela, de reflexionar sobre la belleza de las antiguas cartas náuticas y su sentido profundo, para, más adelante, perseguido por sus obsesiones, emborracharse de forma salvaje hasta perder el control y agredir a sus compañeros. Por esa misma razón, la historia acaba en drama de manera natural, como una consecuencia inevitable de los conflictos vitales de sus protagonistas.

Izzo describe de forma directa lo que hacen y piensan sus personajes, con frases cortas y contundentes despojadas de artificios, a la vez que filosofa mediante sentencias lapidarias sobre la vida y la muerte. Persigue así que su novela se mueva en la delgada línea que separa lo sentimental de lo trascendente, lo vulgar de lo pintoresco y, a mi modo de ver, sale airoso.
No sé si soy ecuánime porque los libros sobre el mar y la dura vida de los marinos nunca me han dejado indiferente, pero me ha gustado mucho la novela, me transmite el olor al salitre que carcome los barcos y la cabeza de sus tripulantes y la atmósfera turbia y vibrante de la vieja Marsella.


martes, 3 de febrero de 2015

Miserias de la tribu literaria



A propósito de 'La mala puta', 
de Miguel Dalmau y Román Piña

Los libros de escritores sobre escritores o sobre el mundo de la edición son tan viejos como la propia literatura. El que han escrito Miguel Dalmau, conocido sobre todo por sus biografías de los Goytisolo y de Gil de Biedma, y el editor Román Piña sobre la deriva de la literatura española en los últimos 10 años es devastador.

La mala puta está escrito desde la periferia geográfica, editorial –el volumen lo publica Sloper, que dirige el propio Piña- y sentimental. De otro modo no habrían podido sacar adelante un trabajo que muestra sin tapujos las miserias y precariedades de un oficio y de una industria dominada por el conservadurismo de unos editores más pendientes del balance financiero que de la calidad literaria que pregonan, y donde son moneda corriente las obras de encargo, los premios apañados o los títulos firmados por periodistas de medio pelo, pero de gran proyección mediática y, por tanto, comercial.

Pero no queda ahí la cosa. La mala puta también pone en el punto de mira a los propios escritores, angustiados por la cuenta corriente, anegados por su ego y paralizados por sus inseguridades; y a la crítica, esa que llena suplementos literarios entregados a la promoción y el halago y que rara vez la emprende contra los autores de la casa o de los grandes grupos editoriales, a la espera de migajas en los suculentos presupuestos publicitarios. Como no podía ser menos, al caso Echevarría, paradigma último del “crítico frente al poder”, también van dedicadas algunas páginas.

La primera parte de La mala puta, la que firma Miguel Dalmau, es para mí la más sabrosa. Dalmau no duda en largar chascarrillos sobre el paternal Herralde y sus novelistas estrella, un entorno que conoce bien, y saca a relucir las miserias de las agencias literarias o la miopía (literaria) de Pere Gimferrer, padrino de Muñoz Molina o Llamazares, pero incapaz de valorar a las jóvenes promesas del mundillo literario barcelonés.

A pesar de que Miguel Dalmau nos advierte unas cuantas veces de que este libro no es fruto del resentimiento que le generó el hecho de no poder sacar hace unos años una biografía desmitificadora de Julio Cortázar (los abogados de la viuda del escritor lo impidieron), su discurso suena a duro a ajuste de cuentas. En todo caso, no cuesta aceptar que algo huele a podrido en el mundo de las letras y que los testimonios de Dalmau y Piña tienen su interés. 

Nunca estuvo la cosa para experimentos, pero mucho menos ahora, nos vienen a decir los autores de este réquiem por la literatura española. Para certificar el conservadurismo de los editores y la incapacidad de la propia industria editorial para renovar la nómina de los grandes autores, basta echar un vistazo al Babelia, el suplemento de literatura de El País, que cada sábado –lo reconozco- leo puntualmente. A finales del año pasado el suplemento de marras sacó el listado de las mejores novelas del año. La nómina era bien indicativa: Javier Marías, Javier Cercas, Luis Landero y Antonio Muñoz Molina... Ni rastro de aire fresco en ese particular olimpo, y otra vez una apuesta clara por las marcas de la casa, las denominaciones de origen más laureadas y rentables.

La consecuencia de tanto conservadurismo: que aquellos que pueden renovar el panorama, los nuevos Marsé o Mendoza o Vila-Matas, no tienen hoy opciones de prosperar. Para Ramón Piña, el último capítulo de una edición valiente en España es la irrupción de la “generación Kronen” en los noventa, al calor del Premio Nadal que recibió José Ángel Mañas. Una generación que, pasado el efecto sorpresa inicial, luego se las vio y se las deseó para seguir publicando y que hoy en su mayor parte malvive con la literatura o simplemente la dejó aparcada en el cajón.


Pedro Maestre (Premio Nadal en su momento), Pedro Ugarte, Marta Sanz, David Torres o Montero González acompañan en esta radiografía del fracaso a Mañas, momentáneo 
enfant terrible de las letras españolas que despertó más expectativas que otra cosa y que hoy se gana la vida con trabajos de encargo, triturado por una fama repentina y por un mundo editorial lleno de sueños, pero también de olvido.    

martes, 27 de enero de 2015

Todos somos Marco



A propósito de 'El impostor', de Javier Cercas

Siempre me fascinaron las historias de farsantes, quizá porque yo no sería capaz de mantener una impostura más de cinco minutos sin ser descubierto. O eso creo. Cada cierto tiempo, me pongo El extraño, de Orson Welles, una de sus películas menos personales. En la película, el propio Welles interpreta a Frank Kindler, jefazo del nazismo, que después de la guerra huye sin dejar rastro de Alemania y recala en un pequeño pueblo de Connecticut. Allí se gana la confianza de los lugareños a base de exhibir unos modales exquisitos, al tiempo que se enamora de la bella hija del juez y dedica el tiempo a una de sus grandes pasiones, los relojes antiguos. Todo va bien hasta que llega al pueblo el agente Wilson, interpretado por Edward G. Robinson, de la comisión de crímenes de guerra, que anda buscando a un amigo de Kindler. 


Como en Soldados de Salamina, Cercas vuelve a escribir una novela redonda tomando como eje varios episodios oscuros del pasado y haciendo avanzar la trama conforme lo hace su indagación: autobiográfica, detectivesca e histórica al tiempo. El caso Marco tuvo transcendencia en Cataluña, en España y en el extranjero. Ocurrió a principios de 2005. Por esas fechas, un oscuro historiador llamado Benito Bermejo descubrió el engaño de Enric Marco. Marco no era quién decía ser. No había estado en ningún campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo pasó por una cárcel alemana por irse de la lengua cuando se ganaba la vida como mecánico en una fábrica que servía a los propios nazis.


El caso trascendió porque Marco no era un cualquiera. Se había convertido en una estrella mediática al calor de recuperación de la llamada memoria histórica. Marco era la representación ante la sociedad de los supervivientes del exterminio nazi en España, la voz ardorosa y seductora que los humillados habían elegido para dar cuenta de la barbarie y para que nadie, en el futuro, volviera a alimentar a la bestia. Pero Marco los engañó a todos: a sus compañeros de las asociaciones de deportados, a los periodistas que siempre estaban dispuestos a entrevistarle, seducidos por su cháchara novelesca y por su capacidad para dar sabrosos titulares, e incluso a las más altas instituciones, pues se le impuso la Cruz de Sant Jordi, máxima distinción civil en Cataluña, llegó a hablar en el Congresos de los Diputadossobre su paso por las campos del horror, y estuvo a punto de hacerlo en un gran homenaje internacional en Mauthausen, en presencia del presidente Zapatero.

La historia de Enric Marco es la historia de un impecable y compulsivo farsante, que no sólo logró engañar a los ancianos supervivientes del Holocausto, sino también a los jóvenes anarquistas que refundaron con la vuelta de la democracia a España la histórica CNT, que lo consideraron el eslabón perdido entre el legendario Durruti y la modernidad. El torrencial y enérgico Enric Marco construyó su gran mentira, la historia de su vida, con ardides de novelista: a base de medias verdades, de mezclar hechos ciertos con otros completamente falsos logró darle verosimilitud a una existencia que cualquier investigación histórica habría puesto en duda mucho antes. 

A desenmascarar a Marco se aplica Cercas en El impostor. En 400 páginas que se leen con creciente fascinación, Cercas da cuenta de sus encuentros durante meses con el propio Marco y de sus indagaciones para desarticular las muchas mentiras en que Marco se instaló para vivir confortablemente y querido por los demás. Como en Soldados de Salamina, la trama histórico-novelesca se ensancha con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con otros en los que, a modo de ensayo literario, le sirven para establecer paralelismos con El Quijote. Como en Soldados de Salamina, Cercas ensancha el campo de la novela, y lo hace con un discurso en primera persona franco, envolvente y cautivador, y con una peripecia vital, la de Marco, que es un buen reflejo de la historia de España en los últimos 80 años.

La historia del impenitente Marco contada por Cercas es una metáfora sobre la impostura generalizada en la que vivimos, y sobre la necesidad que tenemos de aderezar nuestra existencia con mentiras o medias verdades, si de esta forma se nos vuelve más comprensible, edulcorada y, finalmente, épica. También ilustra lo fácil que es engañar durante años, con la aquiescencia generalizada de periodistas, intelectuales, políticos o instituciones, los supuestos garantes de la verdad en una sociedad democrática.

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, el oxímoron que alentó el presidente Zapatero para marcar distancias con una derecha que nunca dio el paso de reconocer los atropellos del Franquismo, y una ola a la que el avispado Marco se subió para convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados. La memoria es personal, interesada y manipulable, nos viene a decir Cercas, y de los prejuicios y las invenciones del pasado que genera sólo nos puede poner a salvo el trabajo riguroso del historiador.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes. A aquellos que dijeron no y lucharon por sus ideales a pesar de la ignominia y del cambio de tercio histórico, al contrario del arribista y camaleónico Marco, o de los muchos que durante el Franquismo o la Transición se reinventaron y borraron las huellas de su pasado para confundirse con la mayoría y tener una vida confortable. Porque, de alguna manera, todos somos Marco.


lunes, 5 de enero de 2015

En el día que asesinaron a Martin Luther King



A propósito de "Como la sombra que se va", 
de Antonio Muñoz Molina

Quizá buscando nuevos caminos, o quizá seducido por la modernidad de los cocineros de prestigio o de novelistas como Javier Cercas (¿quién sabe?), Muñoz Molina se aplica al ejercicio de construir y deconstruir la novela en su último libro. La peripecia del asesino de Martin Luther King en Lisboa, donde recala huyendo de la policía y del FBI, se entremezcla con el recuerdo del autor de las circunstancias que rodearon la escritura de El invierno en Lisboa, la historia de músicos de jazz y amores imposibles que le cambió la vida y le abrió tantas puertas en el mundo editorial a mediados de los ochenta, cuando era funcionario municipal en Granada.

A mí me interesa mucho más el segundo relato que el primero, en el que se ha fijado toda la mercadotecnia de esta novela. Y es que no me transmite Muñoz Molina la fascinación que siente por James Earl Ray, el enigmático racista sureño que acabó con la vida del activista más famoso de la historia de Estados Unidos un día de abril de 1968 en el Hotel Lorraine de Memphis, y que le llevó a leer durante años libros de especialistas, a rebuscar en archivos y periódicos de la época y a visitar finalmente la ciudad de Tennessee, donde se produce el emblemático asesinato, en busca de inspiración. El relato que hace Muñoz Molina de Earl Ray es exhaustivo, pero también acartonado y mecánico. Tanta repetición de datos (me pregunto qué habrá pensado el editor sobre el asunto), acaba por convertirlo en soporífero, y uno tiene en muchos momentos la tentación de pasar página en busca de un cambio de registro.

En mi caso, encuentro mucho más cercana, atractiva y conmovedora la historia de ese funcionario de bajo rango en el Ayuntamiento de Granada, padre primerizo y confundido, que todavía no ha asumido las exigencias y renuncias de la paternidad, y que al mismo tiempo sigue alimentando, casi de forma furtiva, ambiciones literarias y se sigue dejando seducir por la vida crápula del soltero, los delirios de la farándula provinciana y alcohólica y el cine clásico en blanco y negro.

Al echar la vista casi 30 años atrás, Muñoz Molina escribe las mejores páginas de este libro, que, como acertadamente sugiere el título, va de la fugacidad del tiempo y de la vida, de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo, y de lo que ya no somos. "¿Qué podemos amar que no sea una sombra?", dijo Hölderlin. Ahí el protagonista es el joven escritor que termina, en los ratos de paz en que duerme su hijo recién nacido o en horas que le gana al sueño, una novela repleta de cinefilia, clichés y venerada bohemia. “Soy y no soy el hombre que viajó a Lisboa”, dice el autor a toro pasado, en pasajes que suenan a ajuste de cuentas consigo mismo. Antonio Muñoz Molina, el hijo de labriegos excepcionalmente dotado para la narración, vuelve a convertirse en uno de los mejores personajes del autor, algo que claramente vimos en Ardor guerrero, y también en El viento de la luna o El jinete polaco.

Muñoz Molina también nos da una clase magistral de escritura. Como la sombra que se va es una invitación al taller del escritor. En otro guiño moderno, Muñoz Molina nos cuenta la teoría literaria y el origen de personajes y situaciones de El invierno en Lisboa, la novelita con el que el joven padre de provincias se convierte de la noche a la mañana en un autor de éxito: vendiendo decenas de miles de ejemplares, ganando el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y un poco más tarde siendo llevado al cine.   


En la parte final del libro, es el propio Luther King el que cobra protagonismo, y ahí el relato vuelve a coger cierto vuelo. Me interesa ese personaje de resonancias míticas (ésta vez sí), pero contradictorio. El Luther King que Muñoz Molina nos presenta es el gran líder de los derechos civiles en Estados Unidos, el hombre que pone en pie de guerra un país devastado por siglos de segregación y desigualdad. Pero también es un personaje con dobleces, que en su juventud estuvo a punto de renunciar a todo para convertirse en un acomodado profesor de universidad en la costa este y que en su momento de máximo esplendor mediático, cuando muchos ya lo veneraban, se entrega a los placeres terrenales, alimenta un romance con una colaboradora y difícilmente puede ocultar el hastío que le producen la política y la trepidante agenda pública,

Lisboa es el punto en el que convergen todas las historias de esta novela: la del asesino de Luther King en los remotos años sesenta; la del joven escritor de provincias que deja a su hijo recién nacido en Granada y acude allí unos días, a mediados de los ochenta, en busca de inspiración para una novela sobre músicos autodestructivos y relaciones abocadas al fracaso; y la del escritor consagrado y felizmente casado que vuelve a la ciudad de calles estrechas y fachadas cariadas por el salitre para revivir la peripecia de James Earl Ray y, de paso, encontrarse con el hijo que también ha recalado allí en la primera etapa de su independencia. Creo que este artificio lastra hasta cierto punto la novela, que queda demasiado encorsetada, pero también permite al autor crear una fábula sobre la fugacidad del instante, la importancia de lo fortuito y sobre ese siempre delicado momento que es llevar la vida, tal cual fluye, al papel.





lunes, 22 de diciembre de 2014

Los libros que más me han gustado en 2014

Estamos en tiempos de despedidas (de año) y muchos aprovechan para dar cuenta de lo mejor que se ha publicado en los últimos 12 meses . Estas son las joyitas que me he encontrado en este 2014. Espero que a alguien le deparen también buenos momentos de lectura: 






“El balcón en invierno”, de Luis Landero. 

"Pura alegría. Es lo que sentí cada noche, durante una semana, con la lectura de este libro pequeño, pero maravilloso, de Luis Landero, que habla de tantas cosas sustanciales, aunque se nos presenten como menudencias y vaguedades de un recuerdo caótico y fatigado. El balcón en invierno es un libro dolorosamente bello y sincero que nos habla de la lucha de una memoria que se resiste a perecer en ese mar de olvido que es la vida y el paso del tiempo".




“La urna rota”, de los autores del blog Politikon.es


“La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas,  del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración”.




“Alguien dice tu nombre”, de Luis García Montero

"La España que describe el poeta Luis García Montero en su novela, que se lee de un tirón y gustosamente, es un país conocido por muchos, pero ya difícil de explicar a un chaval de hoy. Un país anclado en el tiempo, amodorrado, provinciano y prisionero de las convenciones, donde un pantalón en unas piernas femeninas era un atrevimiento muchas veces intolerable. Es una España menesterosa, de gente cauta y agradecida por la incipiente riqueza que se empieza a filtrar a las capas más desfavorecidas, más pendientes del pago de las letras del televisor o de la enciclopedia que de aventuras políticas".



“El dilema de España”, de Luis Garicano

"El momento es crucial.  Garicano nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o, por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable, pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es nuestra".  



“El viento en las hojas”, de José Ángel González Sainz



“Con pocos pero trabajados recursos, González Sainz nos presenta instantes de existencias despojados de cualquier referencia temporal y casi espacial, momentos que, al fin y al cabo, hacen la vida misteriosa, pero plena. Las palabras, su musicalidad e incluso la puesta en cuestión de su sentido son los elementos con los que el escritor crea la tensión que nos mantiene atentos al relato hasta la última línea. El miedo de una madre que ve cómo su hija se acerca al precipicio mientras juega a hacer pompas de jabón; el anciano que anuncia su muerte a sus amigos de tertulia en el café y espera que éstos la acepten como si nada; el padre de familia que es seducido por la embriagadora sonrisa de la vendedora de helados a que acude con su hijo; el excursionista que no sabe cómo abordar el encuentro con otro andante solitario camino del río... Y, como los de Alice Munro, los relatos de González Sainz toman el giro definitivo a la vuelta de una frase, cuando uno menos se lo espera”. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El fin de la 'Trilogía del Baztán' no supone el adiós de Amaia Salazar



'Ofrenda a la tormenta', de Dolores Redondo


Casi dos años después de la publicación de El guardián invisible y uno de Legado en los huesos, Dolores Redondo ha culminado su Trilogía del Baztán con la llegada a las librerías de Ofrenda a la tormentaAunque pone punto y final a una saga que ha conseguido convencer a más de 400.000 lectores, la propia autora nos explica, con ocasión de la presentación de la novela en Elizondo, que la resolución del caso no significa el adiós a Amaia Salazar.

“No será mi próximo proyecto, porque ahora va otro trabajo, que además estaba en cola, ya que lo tenía en la cabeza a la vez que la trilogía y, en su momento, me decidí por escribir esta. Pero ahora llama a la puerta urgentemente y hay que abrirle y dejar que salga ya. Pero Amaia Salazar está ahí. Me encanta. Es un personaje con el que estoy comodísima, sé mucho sobre ella y lo tengo que contar, aunque no sea ahora”, adelanta la escritora donostiarra.

Además, a la pregunta de si su ámbito de actuación será siempre Navarra, responde rotundamente que no. “Ya desde la primera novela vemos que va a los cursillos a EE UU. Tiene un referente que le ayuda por la parte perceptiva, que es el agente Dupree, que está allí. Siempre está abierta la posibilidad a que se pueda mover. De todas formas, en esta novela se mueve mucho. Está en coche todo el día”.

Eso sí, lo próximo que llevará su nombre también será una novela negra, porque es el género negro que más le me gusta, pero “un negro mestizo, de esos que hago yo”, comenta Redondo.

Mientras que llega, los lectores ya tienen en sus manos desde el 25 de noviembre Ofrenda a la tormenta, el cierre de la trilogía que vuelve a estar protagonizado por la inspectora de la Policía Foral Navarra Amaia Salazar, que en esta ocasión dirige la investigación de varias muertes de recién nacidos producidas en el valle de Baztán durante las últimas décadas.

Todo comienza tras la muerte súbita de un lactante y el comportamiento sospechoso del padre, que es detenido por intentar robar el cuerpo de la niña. A partir de esta investigación, la inspectora Salazar y su equipo van descubriendo otros casos de muerte súbita en el valle, que apuntan a una especie de secta que pudiera llevar a cabo sacrificios humanos.

Aunque no conviene revelar mucho más, lo que sí se nota es que en esta novela disminuye la carga mítica de las anteriores y aumenta la trama policiaca. Redondo matiza esta apreciación recordando que, para ella, se trata de una sola novela. “Yo lo vería como que en esta parte de la novela ha bajado la carga mitológica. No hay tres novelas. Esta parte de la novela es más policiaca porque es en la que se tiene que resolver todo al final y es la parte en la que tienen que confluir todo lo que ha ido investigando hasta ahora”.

De todos modos, confiesa que cuando Destino se interesó por la novela y comprendió que iba a ser un lanzamiento a nivel nacional se asustó. “Tened en cuenta que terminé de escribir la novela en 2010 y se publicó en enero de 2013. Cuando hicimos la reedición final, que ya se había vendido en 10 países, que sonaba mucho, que había creado expectación, ahí me asusté y quería cambiar la novela, quería quitar mucho. Me decía que no lo iban a entender fuera de Navarra y el País Vasco, que no iban a saber dónde iba y que la verían como novela fantástica. Pero Silvia Sesé [su editora en Destino] la defendió más que yo y la novela salió como la conocisteis. Pero es verdad que luego automáticamente, cuando la gente empezó a responder bien, me dio alas, me hizo soltarme. Y no soltarme más a la mitología, sino soltarme a escribir, a narrar, porque yo muy buena escritora no soy, pero narrar creo que lo hago bastante mejor. Y me puse a contar todo eso que quería contar [sobre las tradiciones, las costumbres, las familias matriarcales]”.

Lo que no había aclarado hasta el lanzamiento de esta tercera novela es el punto de partida de la trilogía. “Yo tenía un guión muy claro. Si habéis leído la tercera y la nota de autor, veréis que estaba claro hacia dónde iba y por qué. Barajamos desde el principio la posibilidad de contar que estaba basado en un hecho real que se estaba investigando, pero decidimos que no, que era mucho mejor que el lector tuviese la oportunidad de construir, de juzgarlo, de hacer sus propias cábalas y dejarle libertad… Y ahora, al final, es cuando le hemos contado que este tipo de crímenes que parecen tan enrevesados, tan difíciles, tan oscuros, pues resulta que son tal cual están narrados, y que sólo he cambiado los lugares en los que ocurrieron”, explica Redondo.

Así que atención, mucha atención, porque, al igual que en momento determinado uno de los personajes se refiere al expolio en un cementerio como "un misterio de proporciones épicas", los lectores no podrán menos que quitarse el sombrero ante una trilogía que en su cierre descubre toda su verdadera magnitud.







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lunes, 24 de noviembre de 2014

El egoísmo sale más caro




¿Para qué sirve realmente la ética?, de Adela Cortina


Adela Cortina es pequeña y de físico aparentemente frágil. Sin embargo, lleva décadas moviéndose casi más que nadie en el mundo académico español para llevar las preocupaciones de la filosofía a la opinión pública y al mundo de la empresa, y, al revés, también ha trabajado para llevar a la universidad los problemas de la calle, con el fin de encontrarles soluciones, o, cuando menos, plantearlos con rigor.

No la conozco personalmente, pero diría que una energía incombustible atesora esta mujer menuda que parece que poseer el don de la ubicuidad, porque tan pronto se ve a Adela Cortina, catedrática de la Universidad de Valencia, dando una clase, un máster o una conferencia, como escribiendo un artículo, dirigiendo la Fundación Etnor, que promueve la ética en los negocios, o presentando un libro sobre la que es su obsesión desde hace tres décadas: la fundamentación de una ética ciudadana basada en valores como la libertad, la justicia o la igualdad.

A mí Adela Cortina me recuerda a Hannah Arendt en el físico, pero también por la febril actividad que despliega, por su compromiso con los problemas de su tiempo y por el carácter polifacético de su actividad. Últimamente Cortina ha sido noticia porque el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le ha concedido el Premio Nacional de Ensayo (y ella lo ha aceptado de buena gana) por un librito corto y muy accesible, pero que suscitará en el que lo lea muchas cuestiones. Un libro que ya desde el título es incisivo y elocuente: ¿Para qué sirve realmente la ética?

Dicen que la filosofía es un arte sobre todo de preguntar, y no tanto de dar respuestas. En este volumen, escrito para que no se pierda ni el más despistado o el perezoso (la división del contenido y la bibliografía en cortos capítulos facilita mucho la lectura), la autora no desaprovecha ni una línea en adornos ni complacientes erudiciones, e intenta desde el primer momento darnos las claves que nos permitan calibrar nuestra salud ética y la de la sociedad en la que vivimos. Me da la impresión de que Adela Cortina ha tenido mucho trabajo de edición y ha tirado mucho de tijera para limar lo superfluo.

La intención de Cortina es ponernos sobre aviso, y evitar “cosas como las que están pasando en este país”. La ética, nos dice Cortina, nos enseña que para una sociedad es más rentable y genera menos sufrimiento la cooperación que la lucha de sus agentes por sacar el máximo beneficio individual. Los grupos que triunfan, nos viene a decir, son los que muestran una capacidad de cooperación mayor, han diseñado una economía más recíproca y están dotados de instituciones que castigan al que se salta este deber cooperativo. Cortina encuentra las raíces de esta necesidad del otro en la propia naturaleza del hombre, tan frágil en los años de formación y en la vejez, y en sus estructuras cerebrales y psicológicas. “Si ganan unos pocos, otros muchos salen perdiendo”.

Pero para que una sociedad cooperativa funcione, no basta con que haya controles y leyes eficaces, sino que también tiene que estar extendida la convicción personal en los ciudadanos de que esto es lo mejor. Al fin y al cabo, todos debemos convertirnos en ejemplos para los demás, profesando buenas prácticas en el ámbito personal y laboral, y llegando a acuerdos con los que opinan diferente, pero también exigiendo unos mínimos económicos y sociales para todos, porque no se puede pedir una ciudadanía implicada si los poderes se han olvidado antes de esa ciudadanía. Adela Cortina aprovecha también para darnos un pequeño recetario de regeneración democrática, en realidad un correctivo a los políticos y al sistema de partidos español.


En fin, Cortina ha escrito un libro que se lee en unas cuantas tardes, que puede ser una buena vara para medir nuestra altura ética y que sobre todo habla de la necesidad que tenemos de los demás. Porque el buen carácter, la libertad o incluso la felicidad dependen del reconocimiento mutuo. Y lo hace con un tono didáctico, pero no condescendiente, mezclando referencias a clásicos en la materia como Aristóteles, Kant, Maquiavelo, Weber, MacIntyre o Sen, con otras a autores ajenos al canon pero que en sus obras han reflejado el vértigo de vivir: Vargas Llosa, Shakespeare, Khaled Hosseini o Mary Shelley. Cortina recurre incluso a artículos periodísticos o testimonios personales para avisarnos de lo cerca que a veces podemos estar del abismo. “El ángel rebelde se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación con amigos y compañeros. Yo estoy solo”, clama la criatura de Frankenstein desde su soledad radical. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mejor hoy que mañana, de Nadine Gordimer




Si tendemos a personificar exclusivamente en Nelson Mandela la lucha contra el apartheid en Sudáfrica no es sólo por la extraordinaria dignidad, dedicación y entereza con la que el padre de la patria sudafricana actual vivió su compromiso con su pueblo, sino por la estratégica decisión de los cuadros dirigentes de la organización, hoy partido político, a la que pertenecía, el Congreso Nacional Africano, que, conscientemente, crearon un ídolo que sirviera de referente a las masas y a la prensa internacional.


Sin embargo, aunque la figura de Mandela fue esencial, el fin del apartheid no hubiera llegado sin el  esfuerzo colectivo de miles de sudafricanos de bien, incluidos algunos blancos como la Premio Nobel de Literatura Nadine Gordimer, fallecida recientemente, a los 90 años, en Johannesburgo.  Gordimer mostró durante toda su vida su compromiso por la justicia en su patria y nunca se cansó de poner de manifiesto públicamente, durante y después del régimen del apartheid, la “impresentable brechasocial sudafricana”.  

A la escritora le gustaba pensar que sería recordada, más que por sus ensayos o su activismo político, por sus obras de ficción, siempre construidas, para lo bueno y para lo malo (al menos desde un punto de vista literario) sobre la base de sus convicciones morales.
Un buen ejemplo lo constituye su última novela, No time like the present, traducida en España como Mejor hoy que mañana. Una pareja (una mujer negra, Jabulile o Jabu,  y un hombre blanco de madre judía, Steve), ambos en su día intensamente implicados en la lucha contra el sistema y unidos en matrimonio cuando tal cosa era ilegal en Sudáfrica, se muda con su hija a vivir a una zona de clase media de las afueras de Johannesburgo, una vez finalizados los tiempos del apartheid.

El contexto de la nueva vida de Steve y Balu es, de hecho, un anticlímax frente a los tiempos más oscuros: hay que preocuparse del colegio de la niña (y, más tarde, del de su nuevo hijo), de las siempre complicadas relaciones con la familia y del resto de los muchos problemas de la vida cotidiana. La historia no depara grandes sorpresas porque a la autora le importa más describir la recién estrenada “normalidad” del país.

Lo mejor de la novela reside, sin duda, en la medida descripción del telón de fondo de la Sudáfrica post apartheid. El país intenta denodadamente lograr la normalidad democrática, pero amplias capas de la población siguen enfangadas en la desigualdad, la violencia y la injusticia social mientras su clase política da palos de ciego (como demuestra la historia del propio Mandela,  los luchadores por la libertad no son necesariamente buenos políticos). Steve y Balu, desde su nueva y acomodada posición y lejos ya de la peligrosa, pero apasionante lucha clandestina, empiezan a tener preocupaciones burguesas y se plantean, incluso, la posibilidad de emigrar a Australia…

No sé si es una cuestión de edad (de la mía o la de la autora), pero encuentro el estilo de la novela demasiado distante, mucho más frío del que yo recordaba de las primeras novelas de Gordimer. Por otra parte, la trama del libro es confusa y poco centrada en los personajes, perjudicada por el frecuente empleo de frases muy largas y, muchas veces, demasiado complejas.


El hilo narrativo se pierde en digresiones y circunloquios sin salida, y el interés por saber más de las vidas de Steve y Balu se desvanece por momentos. El personaje más sugestivo, aunque sea por su incompetencia y su irrefrenable tendencia al abuso del poder, acaba siendo el más lejano a la trama: el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma. Quizá, en el fondo, el activismo de Nadine Gordimer le tendiera una trampa a su autora en este su último libro, que brilla más por sus virtudes como crítica política que por las estrictamente literarias.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Poirot or not Poirot




Agatha Christie y su inefable Hércules Poirot forman parte de mi existencia más íntima. Siestas caniculares o tardes otoñales de mi adolescencia cobraron sentido gracias a la compañía de este detective floripondio y sagaz. Siempre capaz de resolver los misterios más sorprendentes, Poirot era el héroe que hacia posible la felicidad, que todo estuviera en su lugar; en un ambiente puramente burgués controlado por la rutina y las buenas costumbres; garante de la decencia. 

Muchas han sido sus aventuras y sus desafíos, de los que salió vencedor, salvo en la novela Telón, donde fue 'ejecutado' por su autora, hastiada de un personaje que devoraba sus entrañas. El té como factor aglutinador de las relaciones humanas, la modélica sociedad postvictoriana, el equilibrio permanente, las debilidades humanas, los instintos criminales… componen los ingredientes de un cóctel que Christie dominaba como nadie. Magistral y única.

Cuando supe que los herederos de la autora más vendida de la historia habían decidido resucitar al detective belga, enseguida sentí sentimientos cruzados. Poirot vuelve a la vida, pero ¿en qué condiciones?, ¿era un ser postizo que se aparecía ante sus incondicionales buscando una segunda oportunidad?, ¿o era más bien producto del ingenio marketiniano que busca aprovechar el bagaje del detective para seguir explotando la mina de oro? 

Hay personajes que superan a sus autores. James Bond, Asterix, Superman, Batman, Tarzán, Frankestein… todos ellos tienen la fuerza suficiente para obviar a sus creadores y proyectarse al mundo como paradigmas autónomos y con vida propia. Pero, con Poirot, me costaba desligarlo de la dama británica y se abría ante mí el reto de leer una novela espúrea, con todos mis prejuicios en guardia y con la sensibilidad a flor de piel.

Pero al mismo tiempo sentí una emoción especial al abrir los lomos de una edición muy cuidada y que me invitaba a despojarme de cualquier recelo. Y así empecé a leer esta historia que prometía, ambientada en aquel Londres inmortal de Scotland Yard y tiempo inclemente. No desvelaré ningún elemento clave del argumento que disuadiría su lectura. Pero puedo decir que mis percepciones han ido variando a medida que devoraba sus páginas.

La escritora Sophie Hannah ha demostrado ser una más que digna alumna de Agatha, superándola en sentido del humor y enrevesamiento temático. Poirot ha vuelto a la vida, aunque no siempre reconocible, por más que su autora se empeñe en modelarlo a imagen y semejanza de su estereotipo. Ha rizado el rizo, ha sido más papista que el papa, más poirotista que el propio Poirot.

Captar el alma es el ejercicio más complicado y aquí el resultado ha sido desigual. Hannah se ha visto en la necesidad de retorcer una historia para hacerla reconocible y sostenible frente a su original. En gran parte de la novela ha logrado perpetrar el engaño y los lectores así se lo reconocerán. En otros momentos de la novela, Poirot me se me antoja demasiado perfecto, demasiado maquillado.
  
Tras leerme la última página de esta novela, conducida por un nuevo secundario (el inspector Catchpool de Scottland Yard), no quedo convencido de si estoy de acuerdo con perpetuar un personaje que alcanzó todos los desafíos imaginables. Me ha gustado la novela, he disfrutado, ha captado la esencia y con una traducción impecable nos abre de nuevo las puertas de la ilusión de recuperar a un mito novelesco. 

Pero ¿hasta qué punto era necesario desempolvar el bombín y el bigote engominado? ¿liberarlo del auspicio maternal de Agatha Christie? ¿Tiene licencia para ser una marca libre de tutelas culturales? Me cuesta decidirme. La respuesta está en manos de los lectores… yo prefiero callar mi veredicto, atormentado por dos sentimientos contradictorios.