martes, 27 de enero de 2015

Todos somos Marco



A propósito de 'El impostor', de Javier Cercas

Siempre me fascinaron las historias de farsantes, quizá porque yo no sería capaz de mantener una impostura más de cinco minutos sin ser descubierto. O eso creo. Cada cierto tiempo, me pongo El extraño, de Orson Welles, una de sus películas menos personales. En la película, el propio Welles interpreta a Frank Kindler, jefazo del nazismo, que después de la guerra huye sin dejar rastro de Alemania y recala en un pequeño pueblo de Connecticut. Allí se gana la confianza de los lugareños a base de exhibir unos modales exquisitos, al tiempo que se enamora de la bella hija del juez y dedica el tiempo a una de sus grandes pasiones, los relojes antiguos. Todo va bien hasta que llega al pueblo el agente Wilson, interpretado por Edward G. Robinson, de la comisión de crímenes de guerra, que anda buscando a un amigo de Kindler. 


Como en Soldados de Salamina, Cercas vuelve a escribir una novela redonda tomando como eje varios episodios oscuros del pasado y haciendo avanzar la trama conforme lo hace su indagación: autobiográfica, detectivesca e histórica al tiempo. El caso Marco tuvo transcendencia en Cataluña, en España y en el extranjero. Ocurrió a principios de 2005. Por esas fechas, un oscuro historiador llamado Benito Bermejo descubrió el engaño de Enric Marco. Marco no era quién decía ser. No había estado en ningún campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo pasó por una cárcel alemana por irse de la lengua cuando se ganaba la vida como mecánico en una fábrica que servía a los propios nazis.


El caso trascendió porque Marco no era un cualquiera. Se había convertido en una estrella mediática al calor de recuperación de la llamada memoria histórica. Marco era la representación ante la sociedad de los supervivientes del exterminio nazi en España, la voz ardorosa y seductora que los humillados habían elegido para dar cuenta de la barbarie y para que nadie, en el futuro, volviera a alimentar a la bestia. Pero Marco los engañó a todos: a sus compañeros de las asociaciones de deportados, a los periodistas que siempre estaban dispuestos a entrevistarle, seducidos por su cháchara novelesca y por su capacidad para dar sabrosos titulares, e incluso a las más altas instituciones, pues se le impuso la Cruz de Sant Jordi, máxima distinción civil en Cataluña, llegó a hablar en el Congresos de los Diputadossobre su paso por las campos del horror, y estuvo a punto de hacerlo en un gran homenaje internacional en Mauthausen, en presencia del presidente Zapatero.

La historia de Enric Marco es la historia de un impecable y compulsivo farsante, que no sólo logró engañar a los ancianos supervivientes del Holocausto, sino también a los jóvenes anarquistas que refundaron con la vuelta de la democracia a España la histórica CNT, que lo consideraron el eslabón perdido entre el legendario Durruti y la modernidad. El torrencial y enérgico Enric Marco construyó su gran mentira, la historia de su vida, con ardides de novelista: a base de medias verdades, de mezclar hechos ciertos con otros completamente falsos logró darle verosimilitud a una existencia que cualquier investigación histórica habría puesto en duda mucho antes. 

A desenmascarar a Marco se aplica Cercas en El impostor. En 400 páginas que se leen con creciente fascinación, Cercas da cuenta de sus encuentros durante meses con el propio Marco y de sus indagaciones para desarticular las muchas mentiras en que Marco se instaló para vivir confortablemente y querido por los demás. Como en Soldados de Salamina, la trama histórico-novelesca se ensancha con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con otros en los que, a modo de ensayo literario, le sirven para establecer paralelismos con El Quijote. Como en Soldados de Salamina, Cercas ensancha el campo de la novela, y lo hace con un discurso en primera persona franco, envolvente y cautivador, y con una peripecia vital, la de Marco, que es un buen reflejo de la historia de España en los últimos 80 años.

La historia del impenitente Marco contada por Cercas es una metáfora sobre la impostura generalizada en la que vivimos, y sobre la necesidad que tenemos de aderezar nuestra existencia con mentiras o medias verdades, si de esta forma se nos vuelve más comprensible, edulcorada y, finalmente, épica. También ilustra lo fácil que es engañar durante años, con la aquiescencia generalizada de periodistas, intelectuales, políticos o instituciones, los supuestos garantes de la verdad en una sociedad democrática.

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, el oxímoron que alentó el presidente Zapatero para marcar distancias con una derecha que nunca dio el paso de reconocer los atropellos del Franquismo, y una ola a la que el avispado Marco se subió para convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados. La memoria es personal, interesada y manipulable, nos viene a decir Cercas, y de los prejuicios y las invenciones del pasado que genera sólo nos puede poner a salvo el trabajo riguroso del historiador.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes. A aquellos que dijeron no y lucharon por sus ideales a pesar de la ignominia y del cambio de tercio histórico, al contrario del arribista y camaleónico Marco, o de los muchos que durante el Franquismo o la Transición se reinventaron y borraron las huellas de su pasado para confundirse con la mayoría y tener una vida confortable. Porque, de alguna manera, todos somos Marco.


lunes, 5 de enero de 2015

En el día que asesinaron a Martin Luther King



A propósito de "Como la sombra que se va", 
de Antonio Muñoz Molina

Quizá buscando nuevos caminos, o quizá seducido por la modernidad de los cocineros de prestigio o de novelistas como Javier Cercas (¿quién sabe?), Muñoz Molina se aplica al ejercicio de construir y deconstruir la novela en su último libro. La peripecia del asesino de Martin Luther King en Lisboa, donde recala huyendo de la policía y del FBI, se entremezcla con el recuerdo del autor de las circunstancias que rodearon la escritura de El invierno en Lisboa, la historia de músicos de jazz y amores imposibles que le cambió la vida y le abrió tantas puertas en el mundo editorial a mediados de los ochenta, cuando era funcionario municipal en Granada.

A mí me interesa mucho más el segundo relato que el primero, en el que se ha fijado toda la mercadotecnia de esta novela. Y es que no me transmite Muñoz Molina la fascinación que siente por James Earl Ray, el enigmático racista sureño que acabó con la vida del activista más famoso de la historia de Estados Unidos un día de abril de 1968 en el Hotel Lorraine de Memphis, y que le llevó a leer durante años libros de especialistas, a rebuscar en archivos y periódicos de la época y a visitar finalmente la ciudad de Tennessee, donde se produce el emblemático asesinato, en busca de inspiración. El relato que hace Muñoz Molina de Earl Ray es exhaustivo, pero también acartonado y mecánico. Tanta repetición de datos (me pregunto qué habrá pensado el editor sobre el asunto), acaba por convertirlo en soporífero, y uno tiene en muchos momentos la tentación de pasar página en busca de un cambio de registro.

En mi caso, encuentro mucho más cercana, atractiva y conmovedora la historia de ese funcionario de bajo rango en el Ayuntamiento de Granada, padre primerizo y confundido, que todavía no ha asumido las exigencias y renuncias de la paternidad, y que al mismo tiempo sigue alimentando, casi de forma furtiva, ambiciones literarias y se sigue dejando seducir por la vida crápula del soltero, los delirios de la farándula provinciana y alcohólica y el cine clásico en blanco y negro.

Al echar la vista casi 30 años atrás, Muñoz Molina escribe las mejores páginas de este libro, que, como acertadamente sugiere el título, va de la fugacidad del tiempo y de la vida, de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo, y de lo que ya no somos. "¿Qué podemos amar que no sea una sombra?", dijo Hölderlin. Ahí el protagonista es el joven escritor que termina, en los ratos de paz en que duerme su hijo recién nacido o en horas que le gana al sueño, una novela repleta de cinefilia, clichés y venerada bohemia. “Soy y no soy el hombre que viajó a Lisboa”, dice el autor a toro pasado, en pasajes que suenan a ajuste de cuentas consigo mismo. Antonio Muñoz Molina, el hijo de labriegos excepcionalmente dotado para la narración, vuelve a convertirse en uno de los mejores personajes del autor, algo que claramente vimos en Ardor guerrero, y también en El viento de la luna o El jinete polaco.

Muñoz Molina también nos da una clase magistral de escritura. Como la sombra que se va es una invitación al taller del escritor. En otro guiño moderno, Muñoz Molina nos cuenta la teoría literaria y el origen de personajes y situaciones de El invierno en Lisboa, la novelita con el que el joven padre de provincias se convierte de la noche a la mañana en un autor de éxito: vendiendo decenas de miles de ejemplares, ganando el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y un poco más tarde siendo llevado al cine.   


En la parte final del libro, es el propio Luther King el que cobra protagonismo, y ahí el relato vuelve a coger cierto vuelo. Me interesa ese personaje de resonancias míticas (ésta vez sí), pero contradictorio. El Luther King que Muñoz Molina nos presenta es el gran líder de los derechos civiles en Estados Unidos, el hombre que pone en pie de guerra un país devastado por siglos de segregación y desigualdad. Pero también es un personaje con dobleces, que en su juventud estuvo a punto de renunciar a todo para convertirse en un acomodado profesor de universidad en la costa este y que en su momento de máximo esplendor mediático, cuando muchos ya lo veneraban, se entrega a los placeres terrenales, alimenta un romance con una colaboradora y difícilmente puede ocultar el hastío que le producen la política y la trepidante agenda pública,

Lisboa es el punto en el que convergen todas las historias de esta novela: la del asesino de Luther King en los remotos años sesenta; la del joven escritor de provincias que deja a su hijo recién nacido en Granada y acude allí unos días, a mediados de los ochenta, en busca de inspiración para una novela sobre músicos autodestructivos y relaciones abocadas al fracaso; y la del escritor consagrado y felizmente casado que vuelve a la ciudad de calles estrechas y fachadas cariadas por el salitre para revivir la peripecia de James Earl Ray y, de paso, encontrarse con el hijo que también ha recalado allí en la primera etapa de su independencia. Creo que este artificio lastra hasta cierto punto la novela, que queda demasiado encorsetada, pero también permite al autor crear una fábula sobre la fugacidad del instante, la importancia de lo fortuito y sobre ese siempre delicado momento que es llevar la vida, tal cual fluye, al papel.





lunes, 22 de diciembre de 2014

Los libros que más me han gustado en 2014

Estamos en tiempos de despedidas (de año) y muchos aprovechan para dar cuenta de lo mejor que se ha publicado en los últimos 12 meses . Estas son las joyitas que me he encontrado en este 2014. Espero que a alguien le deparen también buenos momentos de lectura: 






“El balcón en invierno”, de Luis Landero. 

"Pura alegría. Es lo que sentí cada noche, durante una semana, con la lectura de este libro pequeño, pero maravilloso, de Luis Landero, que habla de tantas cosas sustanciales, aunque se nos presenten como menudencias y vaguedades de un recuerdo caótico y fatigado. El balcón en invierno es un libro dolorosamente bello y sincero que nos habla de la lucha de una memoria que se resiste a perecer en ese mar de olvido que es la vida y el paso del tiempo".




“La urna rota”, de los autores del blog Politikon.es


“La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas,  del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración”.




“Alguien dice tu nombre”, de Luis García Montero

"La España que describe el poeta Luis García Montero en su novela, que se lee de un tirón y gustosamente, es un país conocido por muchos, pero ya difícil de explicar a un chaval de hoy. Un país anclado en el tiempo, amodorrado, provinciano y prisionero de las convenciones, donde un pantalón en unas piernas femeninas era un atrevimiento muchas veces intolerable. Es una España menesterosa, de gente cauta y agradecida por la incipiente riqueza que se empieza a filtrar a las capas más desfavorecidas, más pendientes del pago de las letras del televisor o de la enciclopedia que de aventuras políticas".



“El dilema de España”, de Luis Garicano

"El momento es crucial.  Garicano nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o, por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable, pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es nuestra".  



“El viento en las hojas”, de José Ángel González Sainz



“Con pocos pero trabajados recursos, González Sainz nos presenta instantes de existencias despojados de cualquier referencia temporal y casi espacial, momentos que, al fin y al cabo, hacen la vida misteriosa, pero plena. Las palabras, su musicalidad e incluso la puesta en cuestión de su sentido son los elementos con los que el escritor crea la tensión que nos mantiene atentos al relato hasta la última línea. El miedo de una madre que ve cómo su hija se acerca al precipicio mientras juega a hacer pompas de jabón; el anciano que anuncia su muerte a sus amigos de tertulia en el café y espera que éstos la acepten como si nada; el padre de familia que es seducido por la embriagadora sonrisa de la vendedora de helados a que acude con su hijo; el excursionista que no sabe cómo abordar el encuentro con otro andante solitario camino del río... Y, como los de Alice Munro, los relatos de González Sainz toman el giro definitivo a la vuelta de una frase, cuando uno menos se lo espera”. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El fin de la 'Trilogía del Baztán' no supone el adiós de Amaia Salazar



'Ofrenda a la tormenta', de Dolores Redondo


Casi dos años después de la publicación de El guardián invisible y uno de Legado en los huesos, Dolores Redondo ha culminado su Trilogía del Baztán con la llegada a las librerías de Ofrenda a la tormentaAunque pone punto y final a una saga que ha conseguido convencer a más de 400.000 lectores, la propia autora nos explica, con ocasión de la presentación de la novela en Elizondo, que la resolución del caso no significa el adiós a Amaia Salazar.

“No será mi próximo proyecto, porque ahora va otro trabajo, que además estaba en cola, ya que lo tenía en la cabeza a la vez que la trilogía y, en su momento, me decidí por escribir esta. Pero ahora llama a la puerta urgentemente y hay que abrirle y dejar que salga ya. Pero Amaia Salazar está ahí. Me encanta. Es un personaje con el que estoy comodísima, sé mucho sobre ella y lo tengo que contar, aunque no sea ahora”, adelanta la escritora donostiarra.

Además, a la pregunta de si su ámbito de actuación será siempre Navarra, responde rotundamente que no. “Ya desde la primera novela vemos que va a los cursillos a EE UU. Tiene un referente que le ayuda por la parte perceptiva, que es el agente Dupree, que está allí. Siempre está abierta la posibilidad a que se pueda mover. De todas formas, en esta novela se mueve mucho. Está en coche todo el día”.

Eso sí, lo próximo que llevará su nombre también será una novela negra, porque es el género negro que más le me gusta, pero “un negro mestizo, de esos que hago yo”, comenta Redondo.

Mientras que llega, los lectores ya tienen en sus manos desde el 25 de noviembre Ofrenda a la tormenta, el cierre de la trilogía que vuelve a estar protagonizado por la inspectora de la Policía Foral Navarra Amaia Salazar, que en esta ocasión dirige la investigación de varias muertes de recién nacidos producidas en el valle de Baztán durante las últimas décadas.

Todo comienza tras la muerte súbita de un lactante y el comportamiento sospechoso del padre, que es detenido por intentar robar el cuerpo de la niña. A partir de esta investigación, la inspectora Salazar y su equipo van descubriendo otros casos de muerte súbita en el valle, que apuntan a una especie de secta que pudiera llevar a cabo sacrificios humanos.

Aunque no conviene revelar mucho más, lo que sí se nota es que en esta novela disminuye la carga mítica de las anteriores y aumenta la trama policiaca. Redondo matiza esta apreciación recordando que, para ella, se trata de una sola novela. “Yo lo vería como que en esta parte de la novela ha bajado la carga mitológica. No hay tres novelas. Esta parte de la novela es más policiaca porque es en la que se tiene que resolver todo al final y es la parte en la que tienen que confluir todo lo que ha ido investigando hasta ahora”.

De todos modos, confiesa que cuando Destino se interesó por la novela y comprendió que iba a ser un lanzamiento a nivel nacional se asustó. “Tened en cuenta que terminé de escribir la novela en 2010 y se publicó en enero de 2013. Cuando hicimos la reedición final, que ya se había vendido en 10 países, que sonaba mucho, que había creado expectación, ahí me asusté y quería cambiar la novela, quería quitar mucho. Me decía que no lo iban a entender fuera de Navarra y el País Vasco, que no iban a saber dónde iba y que la verían como novela fantástica. Pero Silvia Sesé [su editora en Destino] la defendió más que yo y la novela salió como la conocisteis. Pero es verdad que luego automáticamente, cuando la gente empezó a responder bien, me dio alas, me hizo soltarme. Y no soltarme más a la mitología, sino soltarme a escribir, a narrar, porque yo muy buena escritora no soy, pero narrar creo que lo hago bastante mejor. Y me puse a contar todo eso que quería contar [sobre las tradiciones, las costumbres, las familias matriarcales]”.

Lo que no había aclarado hasta el lanzamiento de esta tercera novela es el punto de partida de la trilogía. “Yo tenía un guión muy claro. Si habéis leído la tercera y la nota de autor, veréis que estaba claro hacia dónde iba y por qué. Barajamos desde el principio la posibilidad de contar que estaba basado en un hecho real que se estaba investigando, pero decidimos que no, que era mucho mejor que el lector tuviese la oportunidad de construir, de juzgarlo, de hacer sus propias cábalas y dejarle libertad… Y ahora, al final, es cuando le hemos contado que este tipo de crímenes que parecen tan enrevesados, tan difíciles, tan oscuros, pues resulta que son tal cual están narrados, y que sólo he cambiado los lugares en los que ocurrieron”, explica Redondo.

Así que atención, mucha atención, porque, al igual que en momento determinado uno de los personajes se refiere al expolio en un cementerio como "un misterio de proporciones épicas", los lectores no podrán menos que quitarse el sombrero ante una trilogía que en su cierre descubre toda su verdadera magnitud.







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lunes, 24 de noviembre de 2014

El egoísmo sale más caro




¿Para qué sirve realmente la ética?, de Adela Cortina


Adela Cortina es pequeña y de físico aparentemente frágil. Sin embargo, lleva décadas moviéndose casi más que nadie en el mundo académico español para llevar las preocupaciones de la filosofía a la opinión pública y al mundo de la empresa, y, al revés, también ha trabajado para llevar a la universidad los problemas de la calle, con el fin de encontrarles soluciones, o, cuando menos, plantearlos con rigor.

No la conozco personalmente, pero diría que una energía incombustible atesora esta mujer menuda que parece que poseer el don de la ubicuidad, porque tan pronto se ve a Adela Cortina, catedrática de la Universidad de Valencia, dando una clase, un máster o una conferencia, como escribiendo un artículo, dirigiendo la Fundación Etnor, que promueve la ética en los negocios, o presentando un libro sobre la que es su obsesión desde hace tres décadas: la fundamentación de una ética ciudadana basada en valores como la libertad, la justicia o la igualdad.

A mí Adela Cortina me recuerda a Hannah Arendt en el físico, pero también por la febril actividad que despliega, por su compromiso con los problemas de su tiempo y por el carácter polifacético de su actividad. Últimamente Cortina ha sido noticia porque el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le ha concedido el Premio Nacional de Ensayo (y ella lo ha aceptado de buena gana) por un librito corto y muy accesible, pero que suscitará en el que lo lea muchas cuestiones. Un libro que ya desde el título es incisivo y elocuente: ¿Para qué sirve realmente la ética?

Dicen que la filosofía es un arte sobre todo de preguntar, y no tanto de dar respuestas. En este volumen, escrito para que no se pierda ni el más despistado o el perezoso (la división del contenido y la bibliografía en cortos capítulos facilita mucho la lectura), la autora no desaprovecha ni una línea en adornos ni complacientes erudiciones, e intenta desde el primer momento darnos las claves que nos permitan calibrar nuestra salud ética y la de la sociedad en la que vivimos. Me da la impresión de que Adela Cortina ha tenido mucho trabajo de edición y ha tirado mucho de tijera para limar lo superfluo.

La intención de Cortina es ponernos sobre aviso, y evitar “cosas como las que están pasando en este país”. La ética, nos dice Cortina, nos enseña que para una sociedad es más rentable y genera menos sufrimiento la cooperación que la lucha de sus agentes por sacar el máximo beneficio individual. Los grupos que triunfan, nos viene a decir, son los que muestran una capacidad de cooperación mayor, han diseñado una economía más recíproca y están dotados de instituciones que castigan al que se salta este deber cooperativo. Cortina encuentra las raíces de esta necesidad del otro en la propia naturaleza del hombre, tan frágil en los años de formación y en la vejez, y en sus estructuras cerebrales y psicológicas. “Si ganan unos pocos, otros muchos salen perdiendo”.

Pero para que una sociedad cooperativa funcione, no basta con que haya controles y leyes eficaces, sino que también tiene que estar extendida la convicción personal en los ciudadanos de que esto es lo mejor. Al fin y al cabo, todos debemos convertirnos en ejemplos para los demás, profesando buenas prácticas en el ámbito personal y laboral, y llegando a acuerdos con los que opinan diferente, pero también exigiendo unos mínimos económicos y sociales para todos, porque no se puede pedir una ciudadanía implicada si los poderes se han olvidado antes de esa ciudadanía. Adela Cortina aprovecha también para darnos un pequeño recetario de regeneración democrática, en realidad un correctivo a los políticos y al sistema de partidos español.


En fin, Cortina ha escrito un libro que se lee en unas cuantas tardes, que puede ser una buena vara para medir nuestra altura ética y que sobre todo habla de la necesidad que tenemos de los demás. Porque el buen carácter, la libertad o incluso la felicidad dependen del reconocimiento mutuo. Y lo hace con un tono didáctico, pero no condescendiente, mezclando referencias a clásicos en la materia como Aristóteles, Kant, Maquiavelo, Weber, MacIntyre o Sen, con otras a autores ajenos al canon pero que en sus obras han reflejado el vértigo de vivir: Vargas Llosa, Shakespeare, Khaled Hosseini o Mary Shelley. Cortina recurre incluso a artículos periodísticos o testimonios personales para avisarnos de lo cerca que a veces podemos estar del abismo. “El ángel rebelde se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación con amigos y compañeros. Yo estoy solo”, clama la criatura de Frankenstein desde su soledad radical. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mejor hoy que mañana, de Nadine Gordimer




Si tendemos a personificar exclusivamente en Nelson Mandela la lucha contra el apartheid en Sudáfrica no es sólo por la extraordinaria dignidad, dedicación y entereza con la que el padre de la patria sudafricana actual vivió su compromiso con su pueblo, sino por la estratégica decisión de los cuadros dirigentes de la organización, hoy partido político, a la que pertenecía, el Congreso Nacional Africano, que, conscientemente, crearon un ídolo que sirviera de referente a las masas y a la prensa internacional.


Sin embargo, aunque la figura de Mandela fue esencial, el fin del apartheid no hubiera llegado sin el  esfuerzo colectivo de miles de sudafricanos de bien, incluidos algunos blancos como la Premio Nobel de Literatura Nadine Gordimer, fallecida recientemente, a los 90 años, en Johannesburgo.  Gordimer mostró durante toda su vida su compromiso por la justicia en su patria y nunca se cansó de poner de manifiesto públicamente, durante y después del régimen del apartheid, la “impresentable brechasocial sudafricana”.  

A la escritora le gustaba pensar que sería recordada, más que por sus ensayos o su activismo político, por sus obras de ficción, siempre construidas, para lo bueno y para lo malo (al menos desde un punto de vista literario) sobre la base de sus convicciones morales.
Un buen ejemplo lo constituye su última novela, No time like the present, traducida en España como Mejor hoy que mañana. Una pareja (una mujer negra, Jabulile o Jabu,  y un hombre blanco de madre judía, Steve), ambos en su día intensamente implicados en la lucha contra el sistema y unidos en matrimonio cuando tal cosa era ilegal en Sudáfrica, se muda con su hija a vivir a una zona de clase media de las afueras de Johannesburgo, una vez finalizados los tiempos del apartheid.

El contexto de la nueva vida de Steve y Balu es, de hecho, un anticlímax frente a los tiempos más oscuros: hay que preocuparse del colegio de la niña (y, más tarde, del de su nuevo hijo), de las siempre complicadas relaciones con la familia y del resto de los muchos problemas de la vida cotidiana. La historia no depara grandes sorpresas porque a la autora le importa más describir la recién estrenada “normalidad” del país.

Lo mejor de la novela reside, sin duda, en la medida descripción del telón de fondo de la Sudáfrica post apartheid. El país intenta denodadamente lograr la normalidad democrática, pero amplias capas de la población siguen enfangadas en la desigualdad, la violencia y la injusticia social mientras su clase política da palos de ciego (como demuestra la historia del propio Mandela,  los luchadores por la libertad no son necesariamente buenos políticos). Steve y Balu, desde su nueva y acomodada posición y lejos ya de la peligrosa, pero apasionante lucha clandestina, empiezan a tener preocupaciones burguesas y se plantean, incluso, la posibilidad de emigrar a Australia…

No sé si es una cuestión de edad (de la mía o la de la autora), pero encuentro el estilo de la novela demasiado distante, mucho más frío del que yo recordaba de las primeras novelas de Gordimer. Por otra parte, la trama del libro es confusa y poco centrada en los personajes, perjudicada por el frecuente empleo de frases muy largas y, muchas veces, demasiado complejas.


El hilo narrativo se pierde en digresiones y circunloquios sin salida, y el interés por saber más de las vidas de Steve y Balu se desvanece por momentos. El personaje más sugestivo, aunque sea por su incompetencia y su irrefrenable tendencia al abuso del poder, acaba siendo el más lejano a la trama: el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma. Quizá, en el fondo, el activismo de Nadine Gordimer le tendiera una trampa a su autora en este su último libro, que brilla más por sus virtudes como crítica política que por las estrictamente literarias.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Poirot or not Poirot




Agatha Christie y su inefable Hércules Poirot forman parte de mi existencia más íntima. Siestas caniculares o tardes otoñales de mi adolescencia cobraron sentido gracias a la compañía de este detective floripondio y sagaz. Siempre capaz de resolver los misterios más sorprendentes, Poirot era el héroe que hacia posible la felicidad, que todo estuviera en su lugar; en un ambiente puramente burgués controlado por la rutina y las buenas costumbres; garante de la decencia. 

Muchas han sido sus aventuras y sus desafíos, de los que salió vencedor, salvo en la novela Telón, donde fue 'ejecutado' por su autora, hastiada de un personaje que devoraba sus entrañas. El té como factor aglutinador de las relaciones humanas, la modélica sociedad postvictoriana, el equilibrio permanente, las debilidades humanas, los instintos criminales… componen los ingredientes de un cóctel que Christie dominaba como nadie. Magistral y única.

Cuando supe que los herederos de la autora más vendida de la historia habían decidido resucitar al detective belga, enseguida sentí sentimientos cruzados. Poirot vuelve a la vida, pero ¿en qué condiciones?, ¿era un ser postizo que se aparecía ante sus incondicionales buscando una segunda oportunidad?, ¿o era más bien producto del ingenio marketiniano que busca aprovechar el bagaje del detective para seguir explotando la mina de oro? 

Hay personajes que superan a sus autores. James Bond, Asterix, Superman, Batman, Tarzán, Frankestein… todos ellos tienen la fuerza suficiente para obviar a sus creadores y proyectarse al mundo como paradigmas autónomos y con vida propia. Pero, con Poirot, me costaba desligarlo de la dama británica y se abría ante mí el reto de leer una novela espúrea, con todos mis prejuicios en guardia y con la sensibilidad a flor de piel.

Pero al mismo tiempo sentí una emoción especial al abrir los lomos de una edición muy cuidada y que me invitaba a despojarme de cualquier recelo. Y así empecé a leer esta historia que prometía, ambientada en aquel Londres inmortal de Scotland Yard y tiempo inclemente. No desvelaré ningún elemento clave del argumento que disuadiría su lectura. Pero puedo decir que mis percepciones han ido variando a medida que devoraba sus páginas.

La escritora Sophie Hannah ha demostrado ser una más que digna alumna de Agatha, superándola en sentido del humor y enrevesamiento temático. Poirot ha vuelto a la vida, aunque no siempre reconocible, por más que su autora se empeñe en modelarlo a imagen y semejanza de su estereotipo. Ha rizado el rizo, ha sido más papista que el papa, más poirotista que el propio Poirot.

Captar el alma es el ejercicio más complicado y aquí el resultado ha sido desigual. Hannah se ha visto en la necesidad de retorcer una historia para hacerla reconocible y sostenible frente a su original. En gran parte de la novela ha logrado perpetrar el engaño y los lectores así se lo reconocerán. En otros momentos de la novela, Poirot me se me antoja demasiado perfecto, demasiado maquillado.
  
Tras leerme la última página de esta novela, conducida por un nuevo secundario (el inspector Catchpool de Scottland Yard), no quedo convencido de si estoy de acuerdo con perpetuar un personaje que alcanzó todos los desafíos imaginables. Me ha gustado la novela, he disfrutado, ha captado la esencia y con una traducción impecable nos abre de nuevo las puertas de la ilusión de recuperar a un mito novelesco. 

Pero ¿hasta qué punto era necesario desempolvar el bombín y el bigote engominado? ¿liberarlo del auspicio maternal de Agatha Christie? ¿Tiene licencia para ser una marca libre de tutelas culturales? Me cuesta decidirme. La respuesta está en manos de los lectores… yo prefiero callar mi veredicto, atormentado por dos sentimientos contradictorios.


martes, 21 de octubre de 2014

La ridícula idea de no volver a verte... y la estúpida idea de amarte siempre



Rosa Montero, a vueltas con el dolor y la esperanza


Orquestar una novela bajo la batuta del fallecimiento de alguien cercano no es un hecho original en la historia de la literatura. Sin apelar a tiempos remotos, El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince, nacido a la sombra del asesinato del combativo padre del escritor; o Camino de Hierro, en el que Nativel Preciado ensaya un desnudo emocional tras la muerte de su marido (aunque en la novela lo disfraza de abandono), son solo dos ejemplos cercanos. 

Por ello no llama la atención, literariamente hablando, que Rosa Montero decidiera hilar su última creación literaria con la madeja de la desaparición de su compañero, el también periodista Pablo Lizcano. Lo que sí resulta original es que decida hacerlo de la mano del escueto diario que la genial Marie Curie escribió a la muerte de su marido, con quien también compartía profesión. A lo largo de 16 capítulos, la Montero va desgranando escenas del diario de la física, entrelazando con ellas sus propios pensamientos, sentimientos y vivencias. Dos ramas, muy diferentes y de tiempos distintos, que sin embargo brotan del mismo árbol de dolor.

Para la cohorte de fieles de la escritora madrileña, este libro sin embargo representa a la Montero en estado puro. Alcanzamos a conocerla a través de sus opiniones vertidas, martes tras martes en su columna de El País, pero nunca se había mostrado tan falta de pudor ante su público. Sí, es cierto, en el libro se nos aparece la Montero de siempre: la reivindicativa del papel de la mujer en la sociedad, la entusiasta, la irónica, la narradora eficaz... Y junto a esta descubrimos una nueva faceta: la amante, la amiga o la esposa que nos desvela, con su tradicional pluma ágil, anécdotas íntimas y pasajes personales de su vida en pareja. Se queda en cueros.

De forma contraria a lo que pueda parecer, Laridícula idea de no volver a verte no es un libro sobre la muerte. Ni sobre el duelo. Bueno, al menos, como deja claro Rosa desde el primer capítulo, no sólo gira sobre esos dos términos. Fundamentalmente es un texto (me niego a catalogarlo dentro de una categoría narrativa: ¿novela? ¿ensayo?) que proclama, a gritos, el amor a la vida. No esperen encontrar valles de lágrimas o pasajes hiperdramáticos.

La dureza y el dolor asoman, como no podía ser de otra manera, pero deslizados siempre en raíles de esperanza. Es el talento de Rosa que no deja de indagar en nuevos temas y personajes, incluso traspasando en esta ocasión su tradicional papel de espectadora para ejercer de co-protagonista. Una labor de indagación y curiosidad incansable que incluso le ha conducido a atreverse con la ciencia ficción con novelas como Lágrimas en la lluvia, que huele a homenaje a Blade Runner desde la primera letra.


Para los que no son fieles a la Montero hay que puntualizar que este no es un libro reciente. Tiene más de año y medio. Y les aseguro que leído cuando el lector atraviesa un duelo semejante al que narra esta pareja, lejos de amarrar en el masoquismo conduce a la complicidad y a lo que algún místico define como “afinidad espiritual”. No creo que se le pueda exigir más a un libro. 


Y quizás tan ridículo como le parece a Rosa Montero pensar en no volver a ver nunca más a alguien es asegurar que le amarás para siempre. Pero es posible. Tras experiencia propia, me defino ridícula por partida doble. 



lunes, 13 de octubre de 2014

Un grano de alegría, un mar de olvido




El balcón en invierno, de Luis Landero


Pura alegría. Es lo que sentí cada noche, durante una semana, con la lectura de este libro pequeño, pero maravilloso, de Luis Landero, que habla de tantas cosas sustanciales, aunque se nos presenten como menudencias y vaguedades de un recuerdo caótico y fatigado. El balcón en invierno es un libro dolorosamente bello y sincero que nos habla de la lucha de una memoria que se resiste a perecer en ese mar de olvido que es la vida y el paso del tiempo. 

Landero vuelve la mirada a su infancia en la década de los cincuenta en el campo extremeño y a la vida de esa familia de labriegos a la que perteneció. También a los años, pobres, inciertos pero gozosos, de juventud en el barrio madrileño de La Prosperidad, al que llegó en los sesenta con toda su familia, tras un viaje idéntico al que hicieron millones por aquella época y que supuso, de una forma inconsciente y en un abrir y cerrar de ojos, el final de una civilización, la de una España rural que en lo esencial se había mantenido idéntica desde la Edad Media.

Landero también recrea los orígenes de una pasión por la literatura que germinó, como flor en invierno, en una casa sin libros, y en un ambiente sin canon, referencias o padrinos. Un milagro, se podría decir, pero también la consecuencia de haber crecido en un mundo analfabeto pero felizmente entregado al relato oral y a la invención. Y es que el niño que se refugiaba en el desván y disfrutaba en secreto del rumor procedente de la conversación de mujeres en el patio de la casa solariega, o que escuchaba atentamente los cuentos de la abuela Francisca, encuentra al cabo de los años, en pleno solipsismo adolescente, el mismo gusto en la palabra escrita.



El libro de Luis Landero es bello y conmovedor, y uno lo lee con el temor a que, de repente, llegue la última línea, y a que esa memoria propia y ajena (quizá inventada, qué más da) deje de indagar y dé paso al silencio y por tanto al olvido definitivo. Desde la madurez y la distancia sideral que le imponen décadas de vida profesional tranquila y las rutinas de la edad adulta, Landero se las ingenia para revivir las inquietudes y fascinaciones del hijo de labriegos que descubre el mundo, al tiempo que rehace la figura escurridiza y enigmática del padre abatido por la temprana enfermedad y encuentra en la madre la mejor encarnación de ese mundo antiguo y enternecedoramente ingenuo, de esa generación que padeció la guerra y que más tarde encajó con tanta dignidad, y sin histerismos, las contrariedades y las despedidas que la vida le tenía reservada.

Landero intenta recuperar la memoria de ese campo español que, con el paso de los años, también se hizo urbanita y suburbial, anhelante de las comodidades de la vida moderna en la ciudad. Y también aguza el oído para recuperar un habla que está a punto de extinguirse y que irremediablemente se irá cuando la generación de la guerra y de la primera posguerra, heredera de una cultura oral milenaria, ya no esté con nosotros.

El balcón en invierno es un canto de amor a la infancia y a la juventud, a ese tiempo de sueños en que todo es posible, y que lleva al protagonista a trabajar en talleres, a vivir la farándula como guitarrista o a estudiar en academias nocturnas. Y es un homenaje a la literatura por su poder de evocación y por su capacidad para poner orden y sentido “en el oscuro y errático devenir de los años”.


Para escribir este librito de cuestiones mayores, Landero recurre a una versión muy íntima de lo que los anglosajones llaman non-fiction-novel. La realidad pone la base del relato, la invención la completa. El desorden de los recuerdos y de las confesiones del autor, que prescinde del armazón clásico de la novela, finalmente dan a luz una obra conmovedora, de personajes memorables (como el siempre animoso cuñado Paco, inventor y soñador empedernido) y que afortunadamente recupera para los restos un mundo que se fue. Como dice el propio Landero a modo de despedida, “un grano de alegría, un mar de olvido”. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

La utopía colaborativa de Jeremy Rifkin




A propósito de la lectura de La sociedad de coste marginal cero 


En otra entrada de este blog, Mariano Oliveros, comentando el anterior libro de este autor, se pregunta si con Rifkin estamos ante un visionario o un cantamañanas. Yo diría que ni una cosa ni la otra, y también diría que las dos a la vez. Esta vez, el autor, un cruce de gurú, agitador de ideas, asesor de políticos de primer nivel, profesor, economista, empresario y divulgador medioambiental, por señalar algunas de sus ocupaciones, nos viene a decir que el capitalismo, que tanto nos ha servido a organizar la vida social y económica en los dos últimos siglos, va a quedar definitivamente superado. Es más, este fin de época de hecho ya está sucediendo, casi sin que nos demos cuenta.  

El motor de esta transformación no es ningún agente extraño en forma de meteorito, ni está alentado por intereses en principio contrarios al mismo capitalismo, sino que está en el engranaje del propio sistema, forma parte de su naturaleza. Los incrementos de productividad que se han alcanzado en las últimas décadas, sobre todo por la revolución de las nuevas tecnologías y de Internet, están haciendo que el coste marginal de producir muchos bienes o servicios se esté aproximando a cero, lo que permite que los productores los puedan ofrecer (o mejor: no tengan más remedio que ofrecerlos) casi gratuitamente. Y en un negocio donde no hay márgenes ni rentabilidades a la vista, el sistema capitalista se bate en retirada por el desinterés de los inversores. Siempre habrán algunas parcelas de actividad con altos márgenes, concede Rifkin, pero cada vez serán menos, con lo que el capitalismo acabará siendo una fuerza residual.

En su lugar, está emergiendo la economía colaborativa, que ancla sus orígenes en la Edad Media y que llega con un sentido menos acusado de la propiedad, y donde el motor de avance será la capacidad de cada uno de nosotros para producir y compartir, bien sea nuestra información personal, el sofá de casa, el coche o unos euros para financiar un proyecto de crowfunding.

Pero esa economía social no se puede sostener solamente en el boom de Internet y de las plataformas de colaboración. Cualquier cambio de paradigma económico en el pasado necesitó una revolución energética. Por eso Rifkin nos viene a decir que el “eclipse del capitalismo” no será real hasta que no se encuentren los medios para crear una Internet de la energía, donde millones de personas productoras de energía verde encuentren el marco para compartirla de forma eficiente, lo que permitirá matar dos pájaros de un tiro: la inquietante dependencia del petróleo y de los oligopolios que los gestionan, y la también inquietante insostenibilidad del sistema actual y su corolario: el calentamiento global.




Rifkin nos anuncia la llegada de un sistema en que la estructura vertical de las corporaciones, con unos beneficios a la baja, será sustituida por otra horizontal dominada por millones agentes que serán a la vez productores y consumidores. Pero la buena nueva de Rifkin no está exenta de paradojas. De entrada, no hay que olvidar que en estas primeras etapas de asentamiento de la economía colaborativa (o procomún colaborativo, como él lo llama) y de la sociedad del coste marginal cero, son los viejos inversores los que se mantienen en el centro de la escena. Al fin y al cabo, redes sociales como Facebook o Twitter, que hacen posible que cientos de millones de usuarios muchos puedan compartir información, son empresas empujadas por los viejos tycoons y que mueven en Bolsa muchos miles de millones de dólares. Lo mismo pasa en el ámbito de la publicidad con Google; en el mundo de las compras de segunda mano con eBay; en el turismo con Airbnb; o en el transporte con Uber, por poner unos cuantos ejemplos. 

Rifkin lo asume, aunque nos viene a decir que el capitalismo también dejará de sacar provecho a esta economía colaborativa. Y para ello trae a colación decenas de casos de organizaciones (casi siempre operativas en Estados Unidos), muy próximas en su funcionamiento a una ONG, y que facilitan los microcréditos, el acceso a la información médica o a la ropa usada, o que permiten que muchos profesionales compartan su tiempo y conocimientos, o que ciudadanos concienciados con el medio ambiente compartan la energía sobrante en su hogar con los otros miembros de la comunidad virtual.

Como punto a favor de este libro, está la capacidad que muestra el sagaz Rifkin para captar el espíritu de unos tiempos (el famoso zeitgeist hegeliano) de profunda desconfianza en el sistema capitalista, tan deslegitimado sobre todo entre los jóvenes tras la debacle de 2008. También está que, a pesar de sus excesos y de la utopía informativa y energética que lo sostiene, se trata de una obra de divulgación que suscita muchas cuestiones y aporta muchas entradas para seguir informándonos (con un aparato de notas casi interminable). En su contra, como he dicho antes, juega que Rifkin apueste todo a una economía social que por el momento no tiene peso o sigue siendo testimonial en muchos ámbitos. También es osado Rifkin al subestimar la versatilidad y la capacidad de reacción de un capitalismo que ha probado a lo largo de la historia tener más vidas que un gato.