lunes, 10 de febrero de 2014

Periodismo a la deriva



A propósito de la lectura de Memorias líquidas, de Enric González



Hace no mucho Lluís Bassets, periodista de El País, publicó un librito de título sugerente e inquietante, El último que apague la luz, que adelantaba el duro trance que nos aguarda a los periodistas con la imposición de los formatos digitales y sus inciertos modelos de negocio. En los últimos tiempos, han sido muchos los que se han dedicado a analizar el futuro de la profesión en un mundo dominado por Google y donde se impone la cantidad (y la rapidez) a la calidad. Hace unos años, David Simon, en la excepcional quinta temporada de la serie The wire, también abría en canal la profesión valiéndose de la peripecia de los periodistas del Baltimore Sun, unos chicos con todo en contra para hacer una buena y trabajada información, por las prisas que impone Internet, por el afán de protagonismo de los redactores (el Pulitzer fuerza a los periodistas en Estados Unidos a inventarse las historias) y por la imposición del criterio empresarial como principal vara de medir la excelencia de un medio.

Memorias Líquidas, de Enric González, es otro libro sobre el estado de la profesión, aunque está escrito en primera persona y muchas de sus páginas son en realidad un ajuste de cuentas con la dirección de El País, donde trabajó 30 años. Los libros de Enric González acaban demasiado pronto. Es una pena porque están dominados por una inteligencia elegante y sincera. Hoy es fácil encontrar en las librerías sus libros: tres o cuatro volúmenes de crónicas (desde Londres, Roma o Nueva York, ciudades en las que fue corresponsal). Todos ellos nos dejan con la miel en los labios. González lanza dardos certeros, pero no se recrea. Escribe libros como durante más de tres décadas escribió sus artículos, sin una línea de sobra.

Estas Memorias líquidas son una pequeña crónica de su vida profesional, desde que empezó en La hoja del lunes de Barcelona a mediados de los setenta, siguiendo el consejo de su padre, porque él quería ser veterinario, hasta su cantada salida de El País en el ERE de 2012, cuando ya era pública y notoria su oposición a la gestión de Juan Luis Cebrián, el mandamás de Prisa. Ante de empezar con los chascarrillos de El País, el libro habla de un mundo que existió, pero que ya es leyenda, el de las redacciones de los años setenta y principios de los ochenta, tan llena de profesionales borrachuzos y crápulas del tardofranquismo, pero ya empezaban a estar controladas por los nuevos reyes el mambo, por los delfines del pujolismo en Cataluña o por el emergente partido socialista en Madrid.

Estas mini-memorias rehúyen la complacencia que durante tantos años manifestaron los periodistas de El País o de los que han estado cercanos a aquel proyecto, el más influyente del periodismo español en las últimas cuatro décadas, todo hay que decirlo. González nos habla del tiempo en que la redacción del periódico de Polanco era el centro del mundo y un modelo a seguir, pero también de cómo el tiempo, la inercia, la endogamia y los errores de gestión fueron socavando su futuro. A muchos les interesarán los episodios en que cuenta sus desencuentros con la dirección del periódico. Desde la primera (y premonitoriamente fría) reunión con Cebrián, cuando le fichó para el periódico, a principios de los ochenta, a los encontronazos con el actual director, Javier Moreno, cuando los dardos de sus columnas eran rechazados y censurados sin miramientos y rubor por la dirección.

Reproduzco un párrafo del libro que me llamó la atención, y que habla de la incapacidad que sagaces y experimentados periodistas, curtidos en mil batallas, manifiestan para ver los cambios que se están produciendo ante sus narices y que están acabando con la profesión que tanto les ha enganchado. El exceso de confort, la cercanía al poder político y económico, la lejanía con los lectores y con la calle, la burocratización, la inercia… son males que, junto al cambio tecnológico, han dejado en trance de muerte al periodismo, y El País donde González pasó tres décadas no ha sido una excepción. Creo que es un cuento que nos podemos aplicar los que seguimos (cada vez somos menos) ganándonos la vida como periodistas.




“Si se introduce una rana en una olla de agua fría y se calienta el agua poco a poco, la rana no hará nada por escapar. Se habituará al ascenso de la temperatura. Y acabará hervida. En El País fuimos ranas. Supimos que muchos de nuestros compañeros eran desplazados hacia empresas de nueva creación como antesala de la calle, pero apenas rechistamos. Nos acostumbramos. Asistimos a la reducción de las tarifas pagadas a los colaboradores hasta convertirlas en un chiste (entre 20 y 50 euros por una crónica larga y bien trabajada), pero nos pareció casi normal porque la prensa estaba en crisis. Nos acostumbramos. Acompañamos en el sentimiento a periodistas muy buenos que fueron arrinconados y despedidos por participar en huelgas o no mostrarse sumisos ante los jefes y luego seguimos a lo nuestro, porque para eso nos pagaban. Nos acostumbramos a eso. Y a compartir redacción con periodistas jóvenes que no podían ni soñar en ser mileuristas. Y a recibir y aceptar amenazas de la dirección si no firmábamos una crónica. Nos acostumbramos”.  

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PS: Una pega. El precio del libro de Enric González, publicado por el excelente magazine cultural JotDown,  es de 24 euros. Demasiado para unas minimemorias que se leen en dos ratos.    


lunes, 3 de febrero de 2014

En el taller de Isabel Allende



A propósito del lanzamiento en España de "El juego de Ripper"

C. A. G.

Aunque de baja estatura y constitución menuda, Isabel Allende no responde al prototipo de septuagenaria frágil. Nos recibe, junto a otros cuatro medios, en una suite del hotel Ritz de Madrid, en la que ejerce de perfecta anfitriona, ofreciendo algo para tomar o preocupándose por que nadie se salte el orden a la hora de preguntar.

La escritora ha pasado tres días en España promocionando El juego de Ripper, su última novela, un thriller que nace por encargo y que traslada a los lectores a San Francisco, ciudad en la que una astróloga televisiva ha vaticinado que habrá un baño de sangre.
“La idea de escribir una novela policial se le ocurrió a mi agente, a Carmen Balcells. Yo le dije que pensaba jubilarme, que ya estaba cansada y le bajó el pánico. Y me dijo no, tienes que escribir una novela a cuatro manos con tu marido. Y como lo que escribe Willie es novela policial, dije que me podía acomodar a lo que él hace. Empezamos a planear una novela juntos, pero ya el primer día vimos que no podía ser (…) Yo iba a hacer todo el trabajo y él se iba a llevar toda la mitad del crédito. No era muy conveniente para mí. Así que nos separamos y él empezó a escribir su sexta novela policial y yo la primera“, explica la autora sobre el germen del texto.

No obstante, reconoce que durante su elaboración contó en todo momento con la ayuda de su marido, el escritor William C. Gordon. “Cuando empecé a escribir la novela, no sabía por dónde iba y él me dijo: `tiene que haber un muerto en la primera página´. Luego, cuando empezamos a discutir distintas partes del libro, también me ayudó a mantener el suspense. Me decía: `no puedes decir eso ahora; si lo dices ahora, van a adivinar quién es el asesino; tienes que guardar eso, pero tienes que poner la clave".

Para la escritora chilena, la novela policial es un contrato entre el lector y el autor a ver quién gana. “Es un juego. Yo como autor te entrego una historia y tengo que darte todas las claves para que tú adivines el final, pero te tengo que distraer para que no las veas. Esas claves tienen que estar escondidas. Y si eres un lector avispado, las vas a encontrar, no importa cómo yo las esconda”, explica.

Allende no cree que exista una fórmula para escribir este tipo de novelas, aunque sí que este género tiene una estructura. “Siempre vence la justicia, hay que mantener el suspense, hay que plantear todas las claves para que el lector las tenga, pero no las vea, distraerlo. Todo esto son requerimientos del género”, responde la autora chilena, para después apuntillar que en el libro hay mucha burla. “La novela está escrita con ironía. Me burlo de las novelas escandinavas, me burlo de muchas cosas. ¿Quién va a tomar en serio la novela policial? Es muy entretenido, pero tampoco vamos a darle un peso transcendental”.

Gente fuerte que vence obstáculos
A pesar de atenerse a las reglas de la novela negra, muchos lectores le han comentado a Allende que nada más empezar a leer la novela se reconoce su voz inmediatamente. “Me ceñí al género, pero eso no significa que tenga que escribir como Stieg Larsson. No. Es una novela que sigue siendo mía, con los temas y personajes que a mí me interesan“. ¿Y qué personajes le interesan? “La gente fuerte que vence obstáculos. Los marginales. Los que no están protegidos por el gran paraguas de la sociedad. Esos son los que me interesan, porque ahí está la historia que vale la pena contar”.

En esta ocasión, la historia está protagonizada por una sanadora hippie, su hija adolescente y aficionada a los juegos de rol, su padre, su ex marido (el policía que está a cargo de la investigación de los distintos asesinatos), su amante actual, un amigo ex navy seal y el perro de este, Atila.

Ante tanta variedad, le preguntamos cómo trabaja los personajes, si se vale de referentes que tiene a su alrededor o los busca, y si emplea fichas en las que va anotando ideas que le ayuden posteriormente. “A veces, hay un modelo que ya conozco. Por ejemplo, el modelo de Indiana es una sanadora argentina que se llama Ana Cejas, una bruja buena. Otras veces necesito el personaje. Aquí necesitaba un héroe. Pensé en un soldado. Estaba muy de moda los navy seals y pensé en un navy seal, pero son muy secretos. A través del amigo de un amigo de un primo conseguí un navy dispuesto a hablar. Así que me fui a Washington, conviví con él durante tres días y le chupé la sangre. Me sirvió para el personaje. Otras veces van saliendo a medida que los necesito. No hago una ficha para cada uno, pero, cuando lo menciono, ya empiezo a imaginarlo: cómo vive, cómo fue su pasado, qué le gusta, qué no le gusta".

Su propia nieta Andrea también le ha servido de inspiración para el personaje de Amanda Martín, la joven que, con la ayuda de sus amigos del juego de rol Ripper, ayudarán a encontrar al asesino en serie que ha secuestrado a su propia madre. “Había empezado la novela pero no sabía hacia dónde iba. Lo único que sabía era que quería burlarme un poco del género y que fuera una novela que tuviera humor e ironía, y que fuera una novela de relaciones, aunque también de crímenes. Y en eso vi a mi nieta Andrea jugando sola en la cocina con unos naipes y unos dados. Me dijo que estaba jugando en línea a un juego de rol. Me explicó qué era, me dijo que los otros estaban jugando por Skype. Me pareció fascinante la idea. Ella me dio la idea del juego de Ripper, pero además el personaje se parece mucho a Andrea cuando tenía 16-17 años”.

Preguntada si le podrían servir de inspiración las mujeres que en Latinoamérica lideran proyectos políticos, la escritora piensa inmediatamente en la presidenta de Chile. “La historia de Michelle Bachelet es una novela. Ójala ella misma algún día la escriba, porque es un personaje extraordinario. Pero, esas vidas no me pertenecen. Les pertenecen a las personas que las están viviendo”.

El ritual del escritor
Al igual que todos sus libros, Allende comenzó a escribir El juego de Rippler un 8 de enero. Una tradición que se remonta a su primera novela, La casa de los espíritus. Aquella vez le fue tan bien que ha decidido no tentar a la suerte y empezar siempre ese día, aunque ahora, nos cuenta, también hay otras razones que le llevan a continuar con esa costumbre. “Empezar todos mis libros el 8 de enero me permite separar mi año, tener unos meses en los que estoy encerrada, en silencio, sola. Y como mi vida se complica mucho y todo tiende a separarme de la escritura, si no peleo esos meses para estar sola, no lo consigo (…). Luego trabajo siempre de día muy temprano en la mañana. Y trabajo muchas horas seguidas hasta que la historia está totalmente contada. Después ya puedo salir, ver gente, ir al cine, porque viene el proceso de corregir, confirmar la documentación…”.

Para la autora chilena, nacida en Perú, pero residente desde hace 26 años en San Francisco, no hay duda de que para ser escritor hay que ser disciplinado. “Para poder escribir un libro, todos los días te sientas y escribes horas y horas. La mitad de eso va a parar a la basura. No se va a usar nunca. Es como el entrenamiento de mi hijo deportista. Escribes, escribes y escribes y de ahí saldrá una página o dos".

Otro requerimiento importante es “tener orejas para las historias“, apunta Allende. “A veces, en forma despectiva, me dicen que soy una narradora. Y a mí me parece tan halagador, porque el saber qué es lo que vas a iluminar, qué es lo que vas a mantener en la sombra, qué es lo qué vas a omitir, cómo mantener la tensión, cómo conectar con el lector… Todo eso es puro oreja. Como el músico, es algo que no se puede enseñar… A los alumnos les puedes enseñar a escribir, pero no les puedes enseñar a contar".

Adaptación cinematográfica
Otro medio por el que está interesada es el cine. Algunas de sus novelas han sido ya adaptadas y no descarta que El juego de Ripper lo pueda ser, al tratarse de una novela muy visual. “Me encantaría ver en el cine cualquiera de mis libros, menos las memorias”, confiesa. Eso sí, pone una condición: “tiene que ser un productor razonable y ofrecerme un contrato razonable”.

Y es que la escritora ha tenido problemas con los derechos de cesión de La hija de la fortuna. “Los productores de Hollywood quieren los derechos para hacer la película y todo lo que se les ocurra. En el mundo que conocemos y otros mundos por descubrir. Con la tecnología que existe y la que está por inventarse”. Además, también le exigían el copyright de los personajes, de modo que si ella misma los volvía a utilizar, tendría que pagarles a ellos un royalty. “Yo no puedo firmar eso”, dice taxativamente, al mismo tiempo que anuncia que El zorro ya está medio en producción y hay un proyecto hispano-chileno para hacer una teleserie con Inés del alma mía.



lunes, 27 de enero de 2014

Entre Venezuela y Dinamarca




A propósito de “El dilema de España”, de Luis Garicano

La crisis ha dejado en España un vago impulso reformista. Está en la tertulia del bar, en los movimientos vecinales (como el de Gamonal, en Burgos), en las mareas verdes y blancas de Madrid, en los rescoldos asamblearios del 15-M, en algunas políticas del Gobierno… Después de unos primeros años de colapso económico en el que proliferaron libros y estudios dedicados a explicar qué nos había pasado, empiezan a aparecer ahora trabajos más orientados a decirnos cómo salir del hoyo. Es el caso de este librito de Luis Garicano, economista de la prestigiosa London School of Economics y colaborador del excelente blog Nada es gratis, de Fedea, un grupo de análisis fundado por Luis ángel Rojo e impulsor de propuestas muy denostadas por algunos como el contrato único indefinido.


Se puede estar más o menos de acuerdo con los economistas de Nada es gratis, pero Garicano y sus colegas se han tomado en serio la tarea de analizar con rigor la situación de España desde que entró en la crisis y aportar soluciones, en algunos casos más allá de la economía, en la línea de una tradición regeneracionista que antes tuvo valedores como Jovellanos o JoaquínCosta.


Garicano es directo e incisivo, y no deja títere con cabeza a la hora de buscar responsables del desaguisado. Dos lacras, en su opinión, ha dejado la fiebre financiera e inmobiliaria que trajo el euro: un país escasamente formado, con un nivel de fracaso/abandono escolar pavoroso; y unas instituciones ineficientes, dependientes de una clase política y dirigente escasamente formada y de cortas miras. Sin educación y sin instituciones de calidad (que rindan cuentas de forma debida y sometidas al arbitraje de organismos reguladores independientes), un país no prospera. Esas son las palancas que, para Garicano, han sostenido el desarrollo de países como Holanda o Alemania, sin ningún recurso natural extraordinario que explotar, pero con un modelo económico y de sociedad al que deberíamos tender.


En la línea de César Molinas, Garicano denuncia todo tipo de corporativismos (conservadores y paralizantes por naturaleza) y el capitalismo castizo que obliga a pasar por el palco del Bernabeú si uno quiere hacer negocios en este país. El modelo a seguir debería ser el de los Zaras, Mercadonas y Mangos, obra de emprendedores periféricos que rompieron esquemas en su sector y aportaron valor, llegando a ser líderes incluso mundiales, y no el de las energéticas, los bancos o las grandes constructoras, una oligarquía reminiscencia de tiempos oscuros, una élite extractiva (Acemoglu y Robinson) que a largo plazo empobrece el país. 

Sin embargo, la situación no es irreversible. España no sufre un castigo eterno de raíz bíblica. Si casi de un día para otro acabamos con el tabaco en el trabajo y en los lugares públicos, y la tasa de muertes por accidentes de tráfico cayó un 80%, todo es posible. Al decir de Garicano, este país tiene solución, por más que la gravedad de la crisis nos haga creer que vamos a seguir en el túnel por el resto de los tiempos. Además, la solución está en casa, en la voluntad de cambio de los agentes. No será fácil, pues tristemente, como recuerda Garicano, “las cosas funcionan mal en gran parte porque, simple y llanamente, a los actores clave no les interesa cambiarlas”. Ahí es donde este libro se presenta más movilizador, toda vez que el autor pide la implicación de todos en el cambio. Eso sí, por el tono y las insinuaciones, Garicano parece desdeñar aventuras revolucionarias y propone un proceso de reformas tranquilo, evitando la amalgama de voces y la confusión del 15-M o la lucha callejera de Gamonal.  


Garicano hace un llamamiento a los españoles para que nos rebelemos exigiendo una clase política a la altura del desafío. No estamos ante un libro de recetas para abordar sólo la salida de una crisis económica, ni otras que puedan venir. Su libro, a pesar de estar escrito por un economista y abordar cuestiones como el boom de la construcción, las deficiencias de la unión europea y del euro o los factores que hay detrás del ritmo de crecimiento de los países, va más allá y propone otro modelo de sociedad. Lograrlo no será cuestión de meses, ni de años, sino de décadas. Requerirá trabajo duro, seguridad jurídica e instituciones transparentes y responsables. Garicano cree que es necesario retomar la dirección que había tomado España hasta mediados de los 90, y que el aluvión de dinero barato que trajo el euro hizo saltar por los aires.


Sobre el terreno, Garicano propone cosas que al político que lo lea le dará sarpullido, como reducir el número de ayuntamientos de 8.000 a 600, lo que supondría que no quedara ninguno por debajo de 20.000 habitantes. También propone que las comunidades autónomas sean responsables de sus gastos ante los electores. O cambiar de arriba abajo la educación y sobre todo la universidad, renunciado a la arraigada pero empobrecedora cultura memorística y a los esquemas de oposiciones actuales, siniestro modelo decimonónico que no garantiza la llegada de los más capaces a los puestos clave del servicio público. También aboga por cambios prácticos y asumibles desde mañana mismo, como retrasar la hora y adaptar los horarios a Europa para hacer posible la conciliación familiar.


El momento es crucial.  Garicano nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o, por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable, pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es nuestra.  


El dilema de España es un texto incisivo, pero escrito con elegancia y gran capacidad de síntesis, y donde la elección de datos es acertada. Hay rigor, pero los números no oscurecen los argumentos y las ideas que propone Garicano para mejorar el funcionamiento del país y en definitiva, como se nos dice en el subtítulo, “vivir mejor”, que de eso se trata.





miércoles, 22 de enero de 2014

Inglaterra líquida



A propósito de Capital, de John Lanchaster


El lugar donde se desarrolla Capital, Pepys Road, luce en Google Earth como una de esas calles típicas llenas de casas bajas adosadas de la época victoriana, con su parcelita ajardinada, que ocupan buena parte de Inglaterra. El polifacético periodista y novelista británico John Lanchester nos cuenta en el prólogo de su novela que Pepys Road fue pensada en su origen, a finales del siglo XIX, como un área residencial en el sur de Londres para personas de clase media baja que no se podían permitir nada mejor. 

En los años 90 y principios del milenio la calle se convirtió en uno más de entre los lugares del mundo atacados por la fiebre especuladora que hizo creer a todo propietario que poseía un tesoro en vez de un montón de ladrillos. En la nueva Gran Bretaña de ganadores y perdedores, nos cuenta Lanchester, “quienes vivían en la calle, sólo por vivir allí, habían ganado”.

El título de Capital (editorial Anagrama) no es casual, ya que juega con el doble sentido, eficaz tanto en inglés como en castellano, que nos evoca el Londres financiero y el cosmopolita. Lanchester no sólo es un enamorado de Londres sino que conoce perfectamente los entresijos de la economía de casino que domina la City (y el mundo), como demostró en “¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar”, uno de los populares libros que desentrañan las causas de la crisis.

Aunque la Pepys Road real no sea exactamente la descrita por Lanchester, sirve como perfecto paisaje para enmarcar las vidas de un puñado de familias representativas, casi estereotípicas, de la nueva Inglaterra de la globalización. Capital transcurre entre diciembre de 2007 y noviembre de 2008, y utiliza tal contexto, el de los primeros tiempos del colapso financiero mundial, y algunos de los modelos de especulación más típicos (el fútbol, las casas, la City, el arte…) como fondo escénico. Los protagonistas principales están obsesionados por el dinero y lo material.

El tiburón de la City y su caprichosa esposa, siempre pendientes de la revalorización de su exclusiva residencia, la joven niñera húngara en busca de un futuro mejor, la familia de inmigrantes paquistaníes que brega día y noche en su tiendita de oportunidad, el obrero polaco que se gana la vida haciendo chapuzas para los ricos, el joven futbolista prodigio senegalés y su vigilante padre, la refugiada zimbabuense subempleada en el control de los parquímetros, el artista excéntrico especializado en la provocación y las performances, viven, o trabajan, y sueñan con hacerse ricos en Pepys Road, sin que en realidad se traten mutuamente más allá de lo estrictamente indispensable para sus fines prácticos o comerciales. La única residente que ha vivido toda su vida en Pepys Road, ya anciana y muy enferma, parece destinada a desaparecer en un plazo breve…



La estructura de la novela, como la propia vida en el gran Londres, está fragmentada en pequeños y efectistas capítulos protagonizados por los distintos personajes separadamente. Cada hilo argumental es independiente de los demás y todos se van entremezclando, sin tocarse, para construir una especie de álbum narrativo. Lanchester, cual entomólogo, no penetra realmente en los caracteres de los protagonistas, sino que los observa desde cierta distancia, mientras describe, a través de sus actos, sus vidas y sus pensamientos más evidentes, la variopinta mezcolanza de la sociedad londinense y su futilidad. Una fina ironía, muy británica, impregna todo el relato, que muestra, sin crítica manifiesta aunque sí implícita, la voracidad de los grupos sociales que provocaron la crisis financiera.

Capital refleja fielmente el carácter de la líquida sociedad inglesa (y europea) actual, multirracial y heterogénea, materialista, frívola, inestable, poco comprometida y superficial. La propia novela es un producto típico de nuestros tiempos, amena, fácil de leer, ligera e interesante, aunque a la postre tan intrascendente como el suceso con el que comienza la narración (que promete en su inicio mucha más profundidad de la que finalmente ofrece).

Con ello no quiero decir que Capital sea un mal libro, por el contrario, está perfectamente concebido y escrito por el inteligente Lanchester, que ha conseguido un atractivo paquete literario compuesto por pequeños envoltorios rellenos de sabrosas historietas londinenses para degustar en cortos recorridos de metro (doy fe). Una novela tan contemporánea como el London Eye...




lunes, 13 de enero de 2014

Olores de Tenerife




En Aromas, el escritor francés Philipe Claudel rememora capítulos de su vida recurriendo a imágenes, pero también a los olores que algún día le fueron familiares: del campo borgoñés de su infancia, de los primeros cigarrillos que fumó, de las sábanas limpias, de la droguería del pueblo, del colegio, de las chicas que le fascinaron...

Siguiendo el ejemplo de Claudel, en este post buceo un poco en mi memoria a través de olores que creía irrecuperables, pero que siguen ahí: 



Biblioteca

Durante años, los anchos muros de piedra y barro revestidos cal de la biblioteca de La Orotava marcaron los límites de mi mundo, del físico y del imaginario. No fui un ávido lector de novelas de aventuras o, más tarde, de los libros que se supone deben interesar a un adolescente. Pero sí fui un estudiante aplicado y esforzado, y a aquella biblioteca acudía muchas tardes en mis años de EGB y del bachillerato a hacer en silencio los deberes. Me gustaba estudiar en ese patio canario, tan luminoso y amplio, que hoy muchos turistas confunden con un museo y pasan a contemplar con aire despreocupado. Me gustaba estar allí, rodeado de estudiantes de todas las edades que se pasaban el tiempo cuchicheando y de bibliotecarios cuya única función era recortar y clasificar papales y periódicos, y abroncar a los pequeños cuando el bullicio se hacía intolerable. 
   
La biblioteca olía (y todavía huele) a humedad, papel viejo y madera barnizada, y a tinta de periódico. Aunque los estudiantes que hoy siguen abarrotándola van cargados con ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, ese aroma a celulosa acartonada y macerada por las brumas de los alisios sigue presente en todas sus estancias y mantiene las frías salas ajenas al devenir de unos tiempos metálicos e inodoros. 

Durante muchos años, no hubo quien encontrara un libro en la biblioteca de La Orotava. Ni los volúmenes estaban en orden, ni las viejas fichas que debían dar fe de ellos estaban al día. Por supuesto, la informática no había aterrizado como método de clasificación. Aquel desbarajuste era consentido por el bibliotecario, un hombre con fama de crápula y bohemio, y siempre atacado por algún mal de amores. Aquel bibliotecario, hombre de buena familia venida a menos, siempre vio aquel sitio, donde tan a gusto yo me encontraba, como un destierro burocrático por el que no valía la pena mover un dedo.  



El Reflex

Durante años soñamos con convertirnos en una estrella del Barça o el Madrid, o en aquellos jugadores de los cromos de Panini que tanto mercadeo generaban en el patio del colegio. Los que no vivíamos en una capital y no tuvimos la suerte de tener un padre o un tío aficionado que nos llevara al estadio, no nos quedaba más remedio que buscar héroes entre los jugadores del pueblo, aquellos rudos futbolistas de tercera división que teníamos a la vista cada domingo, en el campeonato regional. Tan barbudos y melenudos (era la moda) como los de la televisión, reconcentrados mientras estiraban en la banda, a un palmo de nuestras narices, desafiantes, con la mirada perdida en la línea de gol o en empeine de la bota. 

Aquellos héroes de tercera iban perfumados de Reflex, un antiinflamatorio al que recurrían a la mínima los viejos masajistas y utilleros del campo de fútbol municipal. En un intento de llevar la épica del dolor a nuestros juegos infantiles, y emular las luchas que veíamos en los campos de césped, también nosotros nos llevábamos el Reflex a los improvisados partidos que disputábamos en el descampado contra chicos de otros barrios. También nosotros, mequetrefes soñadores, nos hicimos con un botiquín, precario, pero debidamente provisto de un par de botes de aquel spray milagroso, mezcla de mentol, esencia de trementina y alcanfor, y con el que los grandes aliviaban el escozor de los golpes. En nuestro caso, las dosis de aerosol para los lesionados debían ser mínimas, pues se trataba de un producto caro y no recomendado para los niños. Había que "condutarlo", al decir extraño de mi padre. Como debíamos "condutar" la Coca-Cola que nos pedían en el bar o las papas fritas que nos compraban en los días de feria. Aquel Reflex nos ponía a la altura de nuestros héroes, por lo menos a la hora de lidiar con el dolor. 




El cloro

Al cabo de los años lo vi materializado en las tabletas blancas que, como si de una medicina se tratara, los conserjes de las urbanizaciones y los propietarios de chalets suministran periódicamente a sus piscinas. Sin embargo, durante mucho tiempo, el cloro fue un nombre en la tabla periódica y un químico ubicuo, pero esquivo e inasible. El cloro arruinó el agua corriente que antes bebíamos despreocupadamente. Su pastosa presencia nos advertía de que la enfermedad podía llegar por el grifo y nos obligó en casa a tener que comprar a diario botellas de agua mineral. Esas botellas de líquido virgen de manantial que eran una promesa de frescura y vida sana, el reverso de la química y el laboratorio  cuya metáfora diaria era el cloro onmipresente en el agua corriente.
  
El cloro me embriagaba nada más llegar a la piscina del colegio salesiano de La Orotava, el único sitio del pueblo donde uno podía a nadar. Mi madre me llevó allí, a tomar clases, durante un par de veranos. Hoy asocio con el miedo la pestilencia que le daba a uno la bienvenida no más atravesaba la puerta de aquella piscina, una mezcla de cloro, sudor y champú infantil, potenciada por el calor asfixiante que creaba la techumbre de uralita del recinto en los meses de julio y agosto. También revive el cloro el pavor que me daban las profundidades imprecisas de la piscina, y el cansancio en los brazos y la desesperación de los primeros largos, travesías oceánicas que mi madre seguía con atención y cierto desespero desde la grada.




[Aromas, de Philippe Claudel, está publicado en España por la editorial Salamandra]

jueves, 2 de enero de 2014

La buena literatura nos hace mejores



Los americanos son muy dados a llevar la precisión de la ciencia y la estadística a todos los aspectos de la vida, incluso a aquellos que, aparentemente, menos se someten al rigor de la observación sistemática y la estadística, como la lectura de una novela. Hace un par de meses nos enteramos por la prensa de que dos investigadores han publicado un trabajo donde demuestran los efectos benéficos que produce la literatura buena (y compleja), frente a la que no lo es tanto y está más destinada a engordar las arcas de las editoriales y el bolsillo de los autores.

Según el estudio de David Comer Kidd y Emanuele Castano, dos investigadores de The New School for Social Research, de Nueva York, la literary fiction -supongo que bajo ese epígrafe podrían aparecer Flaubert, Kakfa, Cervantes, Bernhard, Borges o Faulkner- nos mejora como personas, pues nos da capacidad para  reconocer emociones y pensamientos en los demás, lo que nos hace más sociables y, en última instancia, más felices. No está mal que de vez en cuando nos recuerden que  la lectura de un buen libro, ese acto solitario y muchas veces amigo de la misantropía, puede ir más allá del placer íntimo y hacernos más compasivos y favorecer incluso la convivencia. Estos psicólogos que han publicado en Science nos vienen a decir que una buena lectura no es, como algunos se temían, un sustituto de la vida y de las relaciones sociales, sino la vida misma.      

El mundo y la vida nunca son blanco o negro, a pesar de lo que los tertulianos de la radio o la televisión nos quieren hacer creer. Comer Kidd y Emanuele Castano realizaron hasta cinco experimentos en los que participaron un millar de lectores que se enfrentaron a libros de Danielle Steel o Gillian  Flynn, por un lado, y Don DeLillo o Anton Chejov, por otro. El estudio de Comer Kidd y Castano, publicado en octubre en la revista Science, demuestra que los libros que presentan personajes complejos y paradójicos, y que, por lo tanto, requieren esfuerzo intelectual, nos ayudan a enfrentarnos a situaciones difíciles y a leer mejor los estados emocionales del vecino que aquellos libros en los que, por requerimientos de la mercadotecnia, los protagonistas se presentan sin aristas y oscuridades y donde, por el contrario, reinan los chichés. No conviene olvidarlo, la literatura popular, esa hamburguesa chorreante de ketchup que tantas veces apetece, nos hará pasar un buen rato, pero no nos hará más perspicaces y juiciosos.

Tanto en la forma como en el contenido, la literatura y el arte popular suele llevar a un resultado unívoco. No es lo que pasa con la otra literatura. ¿A qué conclusiones nos llevan la lectura de El Quijote de Cervantes, El proceso de Kafka, El extranjero de Camus, las autobriografías de Thomas Bernhard o un cuento de Carver o Chejov? Es difícil decirlo, tan difícil como que las impresiones de dos lectores coincidan.      

La grandeza de la mejor literatura, como la de la buena filosofía, está en las preguntas que suscita, y no tanto en las respuestas que ofrece. El capitalismo casa mal con la contemplación y el pensamiento tentativo que la buena literatura y arte ambicioso proponen. La perplejidad y el cuestionamiento están mal vistos -o no son entendidos- en una sociedad donde el debate se reduce al trazo grueso de un razonamiento alborotado y casi siempre interesado.  

jueves, 19 de diciembre de 2013

Autobiografía olfativa de Philippe Claudel





Afirman los científicos que en la parte más arcaica de nuestro cerebro residen las funciones instintivas y fisiológicas, las radicalmente genuinas de nuestra condición animal. En esa porción irreductible de nuestro mente, que no se atiene a la razón puesto que es puro instinto, es donde registramos los olores, el olfato es el más antiguo de nuestros sentidos. No es, por tanto, de extrañar que algunos aromas posean más fuerza evocadora que estímulos tan poderosos como la música o las imágenes fotográficas. ¿Quién no ha recordado vivamente momentos concretos de su pasado al percibir de repente el olor de una comida o de un perfume?

Con un planteamiento aparentemente simple, casi frívolo, un catálogo alfabético de olores (desde “Abeto” hasta “Viaje”) asociados a instantes concretos de su vida, Philippe Claudel logra en Aromas mover algunos de nuestros más íntimos recuerdos, alojados en el oscuro desván de nuestro cerebro primitivo, a través de la evocación olfativa de los suyos.

Claudel vivió su niñez en la misma Francia rural que acoge todavía su hogar. En ese mundo, mucho más cercano a la medida del hombre que el páramo aséptico de la ciudad, los olores forman parte intrínseca de la vida cotidiana. Una cita del capítulo denominado “Urinarios” ilustra a la perfección la importancia que Claudel concede a los olores“Nuestro mundo sueña con ser inodoro, es decir, inhumano. En los siglos que precedieron a éste, todo olía, mejor o peor. Acorralamos los olores, los de nuestros cuerpos y nuestras ciudades, como a peligrosos delincuentes que nos recuerdan que producimos humores y que éstos apestan. Siendo un crío, entro en un urinario, y hiede. Ni me sorprende ni me molesta…”

En cada capítulo, incitado por el olor evocado, el autor desgrana los momentos más significativos de su niñez, su juventud y sus primeros años de madurez y reflexiona sobre la relación entre los sentimientos, los sueños y el mundo real.

El heterodoxo catálogo olfativo de Claudel no desdeña ningún aroma, por desagradable que por sí mismo pudiera parecer (“Estiércol”, “Carroña”…), ni se atiene a las reglas de lo políticamente correcto (“Vejez”, “Sexo femenino”…), porque todos los olores que cita (su lista original constaba de cien aromas, que redujo al final a los sesenta y tres que recoge el libro) tienen un significado para él.

Claudel va, así, dibujando una autobiografía sensitiva en la que, recién llegado a la cincuentena, revisa su vida íntima de forma casi poética (no en vano cita con frecuencia a Baudelaire) y consigue que el lector, embebido con las sugerencias de cada aroma, se quede soñando con sus propios recuerdos.

Claudel, cuya maestría literaria se ha puesto de manifiesto en novelas brillantes, como Almas grises o El informe de Brodeck, que desnudan los entresijos y las miserias del alma humana, nos regala con Aromas un bellísimo libro, de una exquisita sensibilidad.




jueves, 12 de diciembre de 2013

Los recuerdos de Pedro Solbes



Muchos libros firmados (que no escritos) por políticos han aparecido en los últimos meses. Aznar y González, que vuelven a la carga, Anguita, Guerra, Solbes, Zapatero... Por lo general los libros de políticos en España suelen ser decepcionantes. Uno espera que el autor aproveche la distancia y el sosiego que da el tiempo y el retiro para alumbrar episodios que en su momento, por las obligaciones e intereses en juego, y por la discreción que se le supone a un mandatario, quedaron sin explicación o entre brumas. Sin embargo, no suele ser así, y los  políticos metidos a memorialistas o analistas nos suelen dejar unos textos bastante anodinos y donde prima la justificación, cuando no el ensalzamiento personal.

Hasta cierto punto, Recuerdos, 40 años de servicio público, el libro donde Pedro Solbes hace repaso de sus 40 años como funcionario y dirigente público, se mueve en esta línea. El excomisario europeo y exministro de Economía con Felipe González y José Rodríguez Zapatero hace poca autocrítica, a pesar de haber llevado las riendas de la economía española desde que tocó techo hasta casi su quiebra. Solbes, que una y otra vez se presenta como adalid de la "ortodoxia" económica y el control del gasto público, no asume su parte de responsabilidad por no haber pinchado cuando hacía falta la burbuja de los pisos y el suelo, eliminando por ejemplo la deducción por vivienda. 

Solbes no tomó medidas cuando, por los datos que le llegaban, la salud de la economía empeoraba con rapidez, a pesar de que tantos siguiéramos pensando que la fiesta iba a ser eterna. Tampoco asume el error de haber apoyado la designación de Miguel Ángel Fernández Ordoñez como gobernador del Banco de España, un puesto para el que, como luego se ha visto, no estaba preparado.

Solbes nos recuerda, por activa y por pasiva, que durante años abogó por reformas de calado para cambiar el patrón de crecimiento de la economía española, pero que siempre se encontró con la negativa o el desinterés de Zapatero, de los sindicatos o de la patronal. Nadie quiso quitar la música de aquella fiesta, y Solbes tampoco.

Los capítulos que más llamarán la atención a los que se acerquen a este libro son los dedicados a los cinco años que estuvo a cargo de la cartera de Economía con Zapatero. Solbes confirma en Recuerdos lo que era un secreto a voces en sus años de vicepresidente; nunca se entendió con Zapatero y con Miguel Sebastián, al que veía como un competidor.  Cierto es que Sebastián y su equipo hacían la batalla por su cuenta desde la Oficina Económica del Presidente, una entidad que acabo convirtiéndose en un Ministerio de Economía en la sombra. Solbes relata los consejos de ministros de aquellos años como un gallinero donde los jóvenes e impetuosos, pero inexpertos, políticos de la órbita de Zapatero querían gastar por encima de sus posibilidades, al calor de los crecientes ingresos fiscales procedentes del inmobiliario. Solbes carga especialmente contra 
Caldera, ministro de Trabajo en el primer Gobierno de Zapatero. En uno de los pasajes más controvertidos del libro habla Solbes de un documento (desconocido hasta la fecha) que presentó a Zapatero en enero de 2010, con una retahíla de reformas profundas para enderezar la maltrecha economía, y al que el presidente hizo caso omiso, alegando que de tomarlo en consideración su gobierno se habría enfrentado a dos huelgas generales.  

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Ese enfrentamiento, que Solbes circunscribe al ámbito de la economía, y donde un gestor austero tiene que vérselas con un político menos riguroso, simboliza en el fondo el choque de la vieja guardia del PSOE, la heredera de los gobiernos de Felipe González, con aquellos jóvenes, sin experiencia, pero con ganas, que liderados por Zapatero dieron un vuelco en el congreso del PSOE del año 2000, y que supusieron un verdadero relevo generacional en el partido y, por extensión, en la política nacional. Tanto en 2004 como en 2008, a Zapatero no le quedó más remedio que recurrir a Solbes para dar con ese punto de experiencia y legitimidad política y ante los mercados que un neófito nunca le habría aportado. Sin embargo, nunca trabajó codo con codo con su ministro de Economía. En varios momentos del libro, echa de menos Solbes el estilo de González, que, siguiendo los consejos de Olof Palme, casi siempre se ponía del lado de su ministro de Hacienda.

Hay que reprocharle a Solbes que, ante tanto desplante de Zapatero, y ante la aprobación de tantas medidas electoralistas, pero de escasa justicia social y dudoso efecto económico, como la deducción de los 400 euros o el cheque-bebé, no dimitiera. Solbes, el guardián de la ortodoxia, justifica esta permanencia en el puesto apelando a su compromiso y lealtad como servidor público, pero ¿no habría sido más probo y recto en este caso el haber aireado sus diferencias antes y haber salido honrosamente del Gobierno?  Pudiendo haber sido mucho más, Solbes acabó actuando como tantos otros políticos a los que la dimisión les produce urticaria.





jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo que cuenta es la ilusión, de Ignacio Vidal Foch



Este libro es un cajón de sastre. Es un diario, pero al contrario de lo que pasaba en el de Inaki Uriarte, uno que me ha interesado mucho últimamente y que estaba dominado por los planos cortos, el autor es aquí un personaje más, secundario durante mucho rato. Como resultado, Lo que cuenta es la ilusión es un libro muy dispar, pero casi siempre interesante. Como nos advierten en la solapa del libro, Ignacio Vidal Foch huye de la tiranía de la frase ingeniosa. Su pensamiento es errático y su escritura no está hecha para rematar, sino para sugerir las paradojas de su vida de hombre de letras y de la vida de otros, personajes olvidados y decadentes, como el viñetista Boldú, el poeta Cirlot, la poetisa búlgara Vasilka Filípova, el César González Ruano que se enfurece con la concesión del Nadal a la legendaria Carmen Laforet, los habitantes de la costa improbable del Mar de Aral o los pobres desarrapados y repulsivos que acuden cada día a una cervecería de Praga.

En Lo que cuenta es la ilusión (de mirar y anotar la vida sin descanso, pero sin renunciar a cierta melancolía, añadiría yo), Ignacio Vidal Foch escribe entradas que muy bien podrían ser el armazón de un cuento o una novela futura, pero también chascarrillos del mundo literario y de la cultura barcelonesa, reportajes periodísticos o confesiones personales (insisto: no tantas como esperaba) expuestas siempre con un audaz escepticismo y donde predomina la mirada compasiva y donde de vez en cuando aparece el exabrupto.

Me compré el libro movido por el interés algo morboso de conocer de primera mano los pensamientos nunca confesados de un escritor de difícil encaje en su medio natural, la burguesía catalana, y que llega ahora a su madurez vital y literaria. Pero Vidal Foch no se mira mucho el ombligo y más bien proyecta esa mirada en los demás y en lo que le rodea. "Lo que de verdad me ocupa y preocupa y constituye no lo puedo comentar ni escribir, y no porque no quiera sino porque es indecible", dice en un momento. Así, no tiene empacho en relatar con detalle su periplo por las tiendas de colchones de Barcelona, las de toda la vida y las más modernas, o en contarnos cómo intercede para liberar a una emigrante del Raval de su violento marido. Otra vez, literatos y gentes corrientes se mezclan en su periplo diario por la ciudad.

Reproduzco a continuación algunos de los extractos de este libro que me han llamado la atención. Aunque podrían leerse en algunos casos como aforismos, no deben ser tenidos como tales. Hay que tener en cuenta que los fragmentos que he entresacado están inmersos en piezas más largas y que, como comenté antes, Vidal Foch huye de la frase brillante y concluyente.


“Cecilia, que ha estado viviendo en casa desde hace un año, se fue ayer. Un desacostumbrado silencio, la atmósfera particular de la ausencia. Esta mañana me ha despertado la inquietud del silencio de la casa…” (página 78)

“A fuerza de coherencia, uno va subrayando su propio perfil y dibujando su caricatura” (página 138)

“Ya decía Baroja que ‘vivir fuera del presupuesto del Estado es vivir en el error” (página 153)

“A los 20 años es sana y profiláctica la crítica sistemática del mundo, y considerar mediocre a todo el mundo, y no tomar prisioneros. A los cuarenta años, a menos que seas Flaubert redivivo, a nadie puedes llamar 'idiota'. Y a los cincuenta es imperdonable hablar mal de nadie; ni siquiera de ti mismo" (página 219)

"El primer amor y el primer desengaño tienen un prestigio exagerado. No, cuando al muchacho se le parte el espinazo de verdad y de manera irreparable es cuando pierde el segundo amor: cuando el desengaño se ha convertido en pauta" (página 280)

Y para terminar, una extravagante teoría sobre las angustias de la finitud y la muerte: "El trabajo es lo único que evita que pensemos en la inminente catástrofe. Hay que sobrecargar a los viejos de trabajo, por su propio bien. Hay que someterles a jornadas extenuantes, implacables, esclavistas. Pero, en vez de eso, hemos organizado las cosas de la manera menos lógica y más dañina: se le sustrae al joven sus mejores años, que ha de votar a los altares sacrificiales de la oficina, el taller y la cadena de producción insensata, y cuando alcanza los sesenta y cinco años se le arrebata ese opio anestesiante, para que en adelante, veinticuatro horas al día, se enfrente, 'jubilado', a la contemplación de la arena en el reloj..." (pagina 213)











martes, 19 de noviembre de 2013

Vargas Llosa y los héroes discretos del Perú





Dos ideas acompañan al lector durante y después de la lectura de El héroe discreto. Por una parte, la necesidad que existe en estos tiempos tan grises de encontrar gente corriente que consiga brillar gracias a pequeños actos de heroicidad; por otra, la riqueza de nuestro idioma, con una base común que une a cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico, y términos, expresiones o modismos que se imponen en algunos países y se desconocen en el resto.

Pese a la singularidad del título, El héroe discreto cuenta la historia paralela de dos personajes: Felícito Yanaqué, un pequeño empresario dueño de Transportes Narihualá, en Piura, que es extorsionado por la mafia; e Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, propietario de una aseguradora en Lima, que urde una venganza contra sus dos hijos holgazanes deseosos de verle muerto para heredar. Ambos son, a su modo, discretos rebeldes que intentan vivir según sus ideales y deseos. Pero no son los únicos. Mario Vargas Llosa ha pasado del "¿En qué momento se había jodido el Perú?", de Conversación en la Catedral, a reflejar en su último texto un país más moderno y próspero, en el que se vislumbran, frente a hienas y chantajistas, algunos héroes cotidianos, comunes y corrientes, que no se dejan pisotear por nadie.

Otra peculiaridad en cuanto a los personajes es que aparecen viejos conocidos del mundo literario del escritor, como el sargento Lituma o don Rigoberto, doña Lucrecia y Fonchito. Preguntado sobre las razones de volver a incorporarlos en su obra, Vargas Llosa ha contado, con el buen humor que le caracteriza, que hay personajes que no desaparecen. “Desaparecen las historias, pero ellos se quedan allí, un poco en la memoria y al empezar otra comparecen como ofreciéndose, como diciendo: 'yo no fui suficientemente aprovechado en esa historia. Aquí estoy. Corrige tu error. Aprovéchame de nuevo. Saca todas las posibilidades que hay en mí (…)”.

De hecho, al principio iba a ser una sola historia, la del empresario extorsionado, pero, al empezar a trabajar en ella, le surgió la idea de enriquecerla, complementarla con una especie de contraste anecdótico entre dos personajes, dos familias, dos mundos, dos ciudades, dos sectores sociales… Y así es como aparecen don Rigoberto, doña Lucrecia y el hijo de él, Fonchito, una familia que ya ha protagonizado otras de sus historias. No es de extrañar, pues, el epígrafe que Vargas Llosa ha escogido de El hilo de la fábula, de Borges: "Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo". Y, aunque la puntada final llega, uno tiene la sensación de que el autor podría seguir relatando y cosiendo durante infinidad de páginas.

Aunque no es la obra por la que pasará a la posteridad, ni la que más recomendarán sus incondicionales, sí es una buena muestra del gran poder narrativo de Vargas Llosa. En este sentido, hay que volver a subrayar la riqueza de un vocabulario que nos traslada hasta Perú (guayabera, colerón, cremolada, cachaco, yanacón, tamalito, chicherías…); el juego que plantea al lector con esas dos historias paralelas (la de Yanaqué y la de Carrera/don Rigoberto), que no parece que vayan a converger nunca; y esas dificultosas yuxtaposiciones que nos trasladan de una conversación a otra, con saltos de tiempo incluido, y que tanto y tan bien ensayó en Conversación en La Catedral.

Al margen de la prosa, no faltará quien aprecie el cariño que el escritor muestra por sus personajes. Los dota de la sabiduría que da la edad, pero también de una libertad que les cuesta caro y una integridad que mueve todas sus acciones. “Nunca dejó que nadie lo pisoteara. Era, según él, lo que hacía que un hombre valiera algo o fuera un trapo. Ése había sido el consejo que le dio antes de morir en una cama sin colchón del Hospital Obrero: Nunca te dejes pisotear, hijito”. Un consejo que Felícito Yanaqué y muchos de los personajes parecen seguir.


domingo, 10 de noviembre de 2013

El desconcertante Limónov y la Rusia de hoy



Mariano Oliveros

El escritor y político ruso Eduard Limónov es un personaje real, muy
influyente en su país, donde reside actualmente, aunque es
relativamente poco conocido en Centroeuropa y mucho menos en España.
Su disparatada y “literaria” vida ha inspirado al escritor francés
Emmanuel Carrère una biografía novelada (ed. Anagrama) que le sirve,

a su vez, de subterfugio para reflexionar sobre la Rusia contemporánea y sus
excesos. El libro ha tenido un gran éxito en Francia (entre otros
premios logró el muy respetado Renaudot, en 2011).

En las primeras páginas, el protagonista se nos aparece como una
suerte de síntesis del ruso prototípico de las leyendas  de su tierra,
bebedor, charlatán, indisciplinado, en muchas ocasiones macarra y,
como no podía ser de otra forma, melancólico. Pero Limónov nunca fue
un tipo del montón, y, desde sus modestísimos orígenes en Dzerzhinsk,
a orillas del Oka, y a lo largo de su azarosa vida en distintos países
como Estados Unidos, Francia, Serbia y, finalmente, Rusia, se va
reencarnando en formas variopintas como mendigo, criado de un
millonario, soldado en los Balcanes a favor del genocida Karadzic,
literato de éxito, político provocador nostálgico de Stalin, aspirante
a revolucionario y preso político.

El pícaro Limónov no es ningún angelito y su carácter egoísta y
mezquino, hasta patético, sólo se contrapesa por su evidente valor
para vivir sin componendas. Carrère utiliza la clásica técnica de
introducir datos de su propia biografía para documentar su interés por
un personaje tan cínico, contradictorio y caótico, y consigue que este
enfant terrible nos caiga simpático, incluso cuando consuma sus
barrabasadas.

El hilo biográfico conductor de la trama, rigurosamente verídico (al
menos en apariencia), se pierde en digresiones sobre política e
historia de Rusia para reencontrarse varias veces a lo largo del
libro. Aderezando la peripecia vital de su personaje y aprovechando
sus hitos, Carrère nos ofrece su interpretación de los acontecimientos
vividos en la Rusia reciente, sin obviar dramas como el asesinato de
AnnaPolitkóvskaya o el encarcelamiento de los opositores al peculiar
régimen de Putin.

La historia oficial de Rusia se parece poco a las descripciones que
nos ofrece Carrère, que da fe de los latrocinios perpetrados por la
oligarquía postcomunista rusa y su absoluto desprecio por el porvenir
de su pueblo. Las opiniones de Carrère sobre los políticos rusos
contemporáneos (empezando por el mismísimo Gorbachov) son demoledoras,
no deja títere con cabeza.

El lenguaje de la obra es siempre preciso y contundente, pero la forma
y el estilo, en coherencia con la trama, son erráticos y pasan sin
transición por la biografía canónica, el ensayo de tesis sobre las
complejidades y los escándalos de la política rusa y la pura
provocación literaria. El resultado final se puede entender como un
curioso, heterodoxo y, en muchos momentos, brillante alegato en contra
de las verdades absolutas en la vida y en la política, disfrazado, en
parte, de novela de aventuras.

La verdad es que la novela tradicional, con toda su grandeza, ha sido
tan explorada que los soplos de aire fresco como el que nos regala
Carrère se agradecen.




Aquí dejo un vídeo para acercarnos un poco más a Eduard Limónov
http://www.youtube.com/watch?v=7ouNDEfnfQg