miércoles, 2 de noviembre de 2016

Bibliotecas de escritores


A propósito de la lectura de
'Los reinos de papel', de Jesús Marchamalo

Siento debilidad por las bibliotecas. Cuando era chico, competía secretamente con Chago, mi compañero de pupitre, para ver quién la tenía más grande. La biblioteca, digo. Y si para poner más volúmenes en el estante de casa había que robarlos en una librería o incluso sustraerlos de una biblioteca pública, pues se hacía. Todo fuera por emular a esos escritores que salían en el periódico o en las revistas fotografiados en habitaciones forradas hasta el techo de libros que probablemente nunca leyeron en su totalidad y que en muchos casos acabaron siendo pasto de la humedad.

En las casas de mi infancia -en la mía y en las de mis familiares y amigos- escaseaban los libros. El libro era un objeto de lujo adquirido muchas veces no para ser disfrutado en apacible lectura, sino para simbolizar las aspiraciones de la familia de turno. Igualmente pasaba con los discos y con aquellas primeras y pomposas colecciones de CD de música clásica. El que podía compraba enciclopedias bellamente encuadernadas o colecciones literarias de aire lujoso para aparentar una cultura (libresca) que no tenía. La biblioteca, si existía, era un símbolo de estatus, como lo podía ser el coche, el colegio de los niños o el lugar de vacaciones.

Hoy, el libro ha dejado de ser una marca de estatus social e incluso intelectual porque lo intelectual, hasta cierto punto, ha pasado de moda o está bajo sospecha, o da sopor a nuestros hijos. El prestigio del libro exhibido en la biblioteca familiar, adquirido a plazos a un vendedor a domicilio de la Larousse, o del Círculo de Lectores, simplemente desapareció y no fue reemplazado por nada. Casi sin que lo advirtiéramos, la letra impresa fue pasando a un segundo plano, un declive acentuado en los últimos años por los brillos hipnóticos de las tabletas y los teléfonos móviles.

Los reinos de papel, del periodista y escritor Jesús Marchamalo, recupera este gusto (casi antiguo) por el libro como objeto físico y por las bibliotecas familiares, moldeadas por los gustos y fetichismos de su dueño, pero también por los traslados, las estrecheces o las ausencias de los volúmenes nunca devueltos.  

Marchamalo visita las bibliotecas de escritores como Javier Gomá, Julio Llamazares, Rosa Montero, Juancho Armas Marcelo, Luis Antonio de Villena, Luis Goytisolo o Miguel Delibes, para cuya fundación escribe este volumen. De los libros a la vida, y vuelta a los libros. Somos los libros que hemos leído, como venía a decir Marguerite Yourcenar, pero también los que no hemos leído por prejuicio, por las anteojeras ideológicas que algún día nos pusimos o simplemente por falta de tiempo o la testaruda dejadez.

En el libro de Marchamalo la biblioteca es identidad personal. Rastro del periplo de su dueño o de su familia, de las mudanzas que ha tenido que hacer con los libros a cuestas o de los expurgos obligados por la falta de espacio. También es rastro de su personalidad, más o menos caótica, juguetona o maniática, según se ordenan o no los volúmenes en los estantes, el suelo o el trastero. También son las bibliotecas que visita Marchamalo, cómo no, una muestra de los gustos literarios del propietario, o de sus idolatrías, como esas fotos de actrices de Hollywood que proliferan por las estanterías de la casa de Marta Sanz, o ese ejemplar firmado por Ezra Pound de su propia ‘Antología poética’, que enseña como un tesoro el poeta leonés Antonio Colinas, o esa edición de ‘Impresiones y paisajes’, primer libro de Federico García Lorca, escrito cuando sólo tenía 20 años, que guarda celosamente Luis García Montero en esa biblioteca inmensa que comparte en Madrid con su mujer, la también escritora Almudena Grandes.


Al parecer Marchamalo ha escrito ya dos libros contando sus visitas a las bibliotecas de escritores de renombre. Como sucede en este caso, lo de husmear, de la mano del periodista, en la casa de Julio Llamazares, Bernado Atxaga o Elvira Lindo, conociendo al personaje al tiempo que descubrimos sus referencias literarias, está bien. Pero creo que no estaría mal juntar en un libro las visitas a las casas de lectores anónimos que hayan dedicado un buen dinero y un gran esfuerzo a conformar y mimar la “biblioteca de su vida”. Seguro que tendríamos historias tan buenas (o más) como las que conforman estos reinos de papel.

lunes, 24 de octubre de 2016

El teatro eres tú



A propósito de la representación en Madrid de 
'Cartas de amor', de A. R. Gurney


15 años. O lo que viene siendo, para que perciban la longitud, más tiempo del que marca la escolaridad obligatoria en España. Eso es lo que ha tardado Julia Gutiérrez Caba en volver a representar una obra de teatro. Que no en subirse a las tablas: hace un par de años apenas nos alivió las ganas de verla leyendo textos de Santa Teresa en un bello proyecto para fomentar la lectura de nuestros clásicos llevado a cabo por la Real Academia de la Lengua, y que entre otros genios incluía a la de Ávila. La Caba leía a la Santa y el público veía a Teresa. Apenas una hora le bastaba a la dama del teatro para transmutarse en la doctora de la iglesia o en la mujer rebelde que puso patas arriba la orden carmelita. Así de sencillo y así de espectacular. Magia teatral.

Ahora, con Cartas de amor, del estadounidense A. R. Gurney, la Caba recuerda que es la mejor actriz de teatro que ha parido este país. Le pese a quien le pese. Durante los tres lustros que han transcurrido desde la última representación de su increíble Madame Raquín, de Zola, en 2001, ella ha explicado que ya no contaba con la energía suficiente para encarar todo lo que supone, día a día, ensayar y, posteriormente, subirse a un escenario para dar vida a un personaje. Sin embargo el milagro ha llegado en forma de un montaje que le viene como anillo al dedo a un genio, como ella, que es capaz de recrear un personaje a través de la lectura de unas cartas. 

Porque la obra se basa en la historia de amor de una pareja a lo largo de 50 años narrada únicamente a través de su correspondencia epistolar: ella es Melissa Gardner, una mujer rica, rebelde, alcohólica y divorciada, y él, Andrew Makepeace, un hombre de clase media, trabajador, responsable y tradicional, que es “leído” por un genial Miguel Rellán, que no se achanta ante la dama.

¿El montaje? Tan espartano como un sillón enorme en el que sentados cada uno de ellos en uno de sus extremos van leyendo (sí, leyendo) las cartas que se van enviando a lo largo de toda una vida. Perfecto para la “falta” de energía de la Caba. Y perfecto también para su talento. Sin moverse, sin dar un paso, sin hacer un aspaviento, Melissa cobra vida en su voz. Y crece en su entonación. Y se cansa en su mirada. Y llora en su modulación. Y a través de su lectura la vemos soñar, madurar, perder, beber, pintar, gritar y reír… vivir, en definitiva; todo un carrusel de emociones provocadas por una señora que permanece sentada casi dos horas y que lee… Sin leer. Y, el público, en el patio de butacas, pendiente hasta de sus silencios. Que en la Caba también hablan.

Es la magia del teatro y la magia de esta dama que siempre se ha revestido de la humildad de los grandes. “No soy buena actriz” decía en el arranque de su carrera, abrumada quizás por ser miembro de una saga que ha hecho grande el oficio de los “cómicos”. Sin pancartas, eso sí, y sobre todo desde las tablas. “Me queda mucho por aprender” dice, ahora, con 83 años, manteniendo incólume su elegancia. Ella es el teatro. Sin más. Ojalá concedieran a algunos el Nobel de la inmortalidad.





miércoles, 12 de octubre de 2016

Buscando a Adelaida García Morales




A propósito de la lectura de 
'Los últimos días de Adelaida García Morales', 
de Elvira Navarro

"¿Qué podemos amar que no sea una sombra?"
Friedrich Hölderlin



Lo reconozco. Yo también me di prisa para descargarme en Amazon este libro en cuanto supe de su existencia. Y lo hice por la contundencia del título y su promesa de revelación. Yo también quería saber qué había sido de Adelaida García Morales, una de las autoras más enigmáticas de la literatura española de los últimos 40 años, musa discreta y anarquista en sus años de formación, de cuya pluma salió el relato El sur, tan bello y enigmático como la película a la que dio lugar, dirigida por su marido durante una época, Víctor Erice, una vaca sagrada del cine con menos películas que los dedos de una mano y también carne de mitomanías y leyendas urbanas varias. Yo también quería saber cómo cayó en el olvido esa belleza aparentemente serena de Adelaida García Morales, olvidada por todos al tiempo que su producción literaria escaseaba y las nieblas de la depresión, según dicen, ahondaban su silencio.

Los últimos días de Adelaida García Morales ha suscitado un cruce de declaraciones entre la autora, Elvira Navarro, joven novelista y colaborada en periódicos, y Víctor Erice, quien no supo del libro hasta que éste estaba acabado. Una defendiendo la soberanía de la ficción para abordar (y trascender) cualquier faceta de la realidad, y el otro reivindicando unos límites para esa ficción: los de la dignidad y el respeto a la intimidad de unos personajes que, como la propia Adelaida, él mismo o los hijos de la escritora, aparecen de soslayo en el texto pero nunca fueron consultados para la elaboración de esta crónica con final anunciado.

El malentendido entre realidad y ficción preside todo el libro de Navarro, aunque ella deja muy claro en un momento del mismo su propósito: “Este libro es una obra de ficción. Todo lo que se narra es falso, y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales”. Así lo cuenta Elvira Navarro en un apartado llamado “aclaraciones”, precedido por otro donde enumera los hitos en la biografía de Adelaida desde su nacimiento hasta su muerte, y seguido por otro, “créditos de las fuentes”, donde cita los materiales periodísticos y bibliográficos a los que le llevó su fascinación por la autora. Sin embargo, si estamos ante una ficción, cabe preguntarse por qué Navarro nos advierte con tanta contundencia, como si no se fiara del criterio del lector o intentara de antemano guardarse las espaldas ante reacciones posteriores como la de Erice. ¿Y por qué ese interés en exhibir las fuentes e informaciones que inspiran su relato? ¿Por qué arropa Navarro su escritura de una objetividad y una asepsia que niega por otro lado al afirmar que debe ser leída como pura fabulación?

Navarro parte en su libro de una anécdota de origen algo incierto. Unos meses antes de morir, Adelaida García Morales pidió a los servicios sociales de la localidad donde vivía (Dos Hermanas, en Sevilla) 50 euros para pagar el autobús a Madrid, donde, según ella, le esperaba un hijo que la necesitaba. A partir de ahí, Elvira Navarro monta dos tramas que va alternando en la primera parte del libro. En una de ellas nos habla de la peripecia de la concejala de cultura que tuvo que enfrentarse a la autora cuando estaba en las últimas, y que intenta más tarde organizarle un homenaje, guiada por un sentimiento a medio camino entre la culpa, la fascinación y el deber burocrático. En la otra, una documentalista también fascinada por la sensibilidad de la autora de El Sur o El silencio de la sirenas (finalista del Premio Herralde en 1985) se aproxima a la escritora a través del testimonio de tres personas que la conocieron, entre ellas el psiquiatra de la Seguridad Social que trató su depresión. Sin embargo, en ambos casos son personajes de cartón piedra sin demasiado interés que le sirven a Navarro para repasar algunos hitos de la vida de García Morales y rendir un tributo a su prosa delicada.

La ficción de este libro es escueta, postiza, difícil de creer y no trasciende. No sentimos la supuesta perplejidad e inquietud que produce en las dos mujeres la caída y muerte de Adelaida García Morales. El resto del libro son apoyos documentales que van precisamente en la dirección de convertir la novela en un reportaje de la vida, obra, silencios y ausencias de Adelaida. Incluso llega a reproducir Navarro un programa de radio real donde se hace una semblanza de la autora de El sur: lo condujo el periodista Javier del Pino en la SER y contó con la participación de Alfonso Guerra, quien había coincidido con Adelaida en algún momento de las décadas de los 60 y los 70 en Sevilla en un conocido grupo de teatro independiente.

No dudo de que Elvira Navarro está tan fascinada con la figura y las novelas hondas y dolorosas de Adelaida Garcia Morales como sus personajes, y como tantos que, como yo, habrán acudido corriendo a las librerías a comprar el libro. Pero en esta crónica no transmite esa fascinación. Su novela se inserta en esa corriente moderna de obras donde, si las cosas van bien, realidad y ficción conviven en armonía y se retroalimentan. Un género que manejan bien escritores como Javier Cercas o Emmanuel Carrère, y que también se cultiva en la televisión o el cine. Pienso en una de las series de moda, Narcos, sobre la peripecia de Pablo Escobar, o en esos largometrajes cargados de trabajo de documentación que han intentado retratar la vida de Steve Jobs, el ajedrecista Bobby Fischer o del creador de Facebook, Mark Zuckerberg.



Desde luego, esta crónica no apaga la fascinación compartida por Adelaida García Morales, y tengo que reconocer que siempre leí la escueta ficción de Elvira Navarro y su pequeña investigación esperando encontrarme en algún momento con la autora de El Sur y con la magia de sus palabras. Aunque eso no ocurrió. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El fútbol según Valdano











Pese a ser una potencia mundial futbolera, y pese a que el fútbol monopoliza buena parte de las conversaciones de bar de este país, por no hablar de su influencia en la agenda política -todavía resuena el decreto ley de 1997 del ministro Álvarez Cascos declarándolo asunto de “interés general” por motivos interesados y espurios-, la literatura que hay sobre este deporte es más bien escasa y precaria.


Abundan sobre todo en las librerías las biografías autorizadas de las estrellas del Madrid o del Barca. Libros previsibles y un punto edulcorados, escritos por periodistas amigos y destinados a ensalzar la figura del protagonista, y a dar cuenta de su periplo desde el barrio o la aldea humilde al estrellato en un negocio multimillonario y universal. El de este otoño se llama La jugada de mi vida y, como explican sus editores en el material promocional, descubre a la persona que hay detrás del mito de Andrés Iniesta y responde a la necesidad del centrocampista “de explicarse como jugador de fútbol, pero sobre todo como ser humano”. En fin.


A pesar de la omnipresencia del deporte en la vida de la gente y en la televisión, en general no tenemos, como en otros países -pienso en Estados Unidos- ni muchos ni buenos libros de deporte. En una librería grande con suerte daremos con un par de estantes dedicados a la materia, cuando al otro lado del Atlántico uno puede encontrar cientos y cientos de volúmenes casi siempre bien editados y bien ilustrados. Más allá de los cuatro best-sellers futboleros, el hueco aquí lo cubren cuatro editoriales con títulos de diseño y contenido arcaico, y de tiradas paupérrimas.


Fútbol: el juego infinito no pertenece a esta categoría de libros precarios, y tampoco es un best-seller laudatorio de la estrella del momento. El volumen, escrito por Jorge Valdano, habla de la fascinación que este deporte siempre despertó en el autor, pero también es un retrato descreído de un mundo, el del fútbol de alto nivel, que ha traicionado sus esencias para acomodarse a las nuevas reglas que ha impuesto la globalización y la mercantilización -excesiva- del espectáculo.   


Valdano es un cruce de entrenador, comentarista televisivo y conferenciante, y sus reflexiones, siempre sazonadas con metáforas, tienen a ratos enjundia. Eso sí, el libro es por momentos deslavazado y carente de ilación, por cuanto es una reunión casi siempre de artículos de muy diversa índole que el ex jugador de Argentina escribió para diarios de varios países.


Valdano es complaciente y arriesga poco cuando tiene hablar de nombres ilustres. Su libro es una loa a la santísima trinidad+1 del fútbol mundial: Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona. Y también es bastante previsible cuando se dedica a ensalzar a figuras más recientes como Messi, Cristiano, Raúl o Xavi Hernández. En el capítulo de entrenadores, no oculta su admiración por Guardiola, Bielsa o Ancelotti, y renuncia dedicarle una línea a Mourinho, con quien compartió club y jefe, pero nunca una manera de entender el fútbol.


Es más lúcido Valdano cuando se trata de detectar los males que aquejan al fútbol actual: la dictadura del gol y de la victoria, que en muchos sitios ha acabado con el buen juego; el presentismo que hace que un delantero o un centrocampista valga por lo que ha hecho en el último partido y casi por nada más; el fanatismo de las hinchadas y esa idea que los jugadores han asumido sin discusión de que el público siempre tiene razón; la violencia en muchos estadios, sobre todo del Cono Sur; una globalización que ha matado el gusto por lo local y que en algunos sitios ha propiciado una desconexión sentimental con los jugadores, aunque no tanto con el club de toda la vida.

Valdano se presenta como defensor del fútbol atrevido que apuesta por la emoción y la belleza, y deplora aquel que está pendiente de la rentabilidad y el balance financiero, o del cortoplacismo del resultado. En fin, el fútbol según Valdano.




jueves, 8 de septiembre de 2016

Una novela fallida



A propósito de 'La tierra que pisamos',
de Jesús Carrasco

Me emocionó la novela Intemperie, el debut literario de Jesús Carrasco hace un par o tres de años. Una fanfarria de expertos en marketing acompañó la aparición de aquel libro, que adquirió dimensiones planetarias desde un primer momento, y yo suelo desconfiar de los lanzamientos a bombo y platillo. Sin embargo, Intemperie revelaba a un escritor exigente y, en varios sentidos, contracorriente. Intemperie, que para unos recordaba al mejor Delibes y para otros se emparentaba con la literatura descarnada de Cormac McCarthy, era un prodigio por la depuración y fuerza del lenguaje y por la historia subyugante de supervivencia que nos contaba. En un lugar y en un tiempo bastante indeterminado, un niño desvalido era perseguido por un alguacil sin escrúpulos sin que llegáramos a saber muy bien por qué. Y en esas, el niño se topaba con un cabrero con el que establecerá una distante pero creciente sociedad, una amistad silenciosa destinada a llenar el agujero emocional de la orfandad.

Con muy pocos elementos, y tras un ejercicio de poda ejemplar, Carrasco lograba construir un relato que cautivaba por lo opresivo, pero también por su desbordante humanidad. La peripecia del joven protagonista para salvar su pellejo en las áridas tierras que recorre, un escenario terminal castigado por una sequía bíblica, daba lugar a una historia de soledades y miedos atávicos destinada a permanecer en el recuerdo de muchos lectores una vez terminado el libro.

Con estos antecedentes y con las expectativas muy altas comencé a leer la segunda novela de Carrasco, La tierra que pisamos. Sin embargo, aquí no se repite la emoción ni la congoja de Intemperie, a pesar de narrar también una historia de supervivencia en medio del caos y la barbarie. Si desde la primera línea de Intemperie uno se ponía del lado del chico que corre hasta la extenuación y arriesga su vida con tal de no ser descubierto por el malvado alguacil, en esta novela cuesta compartir los padecimientos y zozobras de unos personajes que también deambulan por un escenario opresivo.

A principios del siglo XX, España es parte de un imperio que se extiende por Europa y buena parte de África. En un pueblo extremeño donde viven retirados las élites militares de ese imperio, la anciana Eva Holman cuida de su esposo, coronel sanguinario en otro tiempo. En el jardín de su casa se encuentra Holman un buen día a un pordiosero, Leva, un hombre devastado y mudo que despierta la compasión y la curiosidad de la mujer, a pesar de que eso no sea del agrado de las estrictas autoridades militares que custodian el pueblo. A partir de ahí, Holman nos cuenta en primera persona los sentimientos que le despierta el desharrapado y, al hilo de sus pesquisas para saber quién es, conocemos la historia de explotación y barbarie sobre la que se sostiene ese imperio al que su marido sirvió tan fielmente.

Otra vez estamos ante una historia extrema, de esas que en teoría nos pondrán los pelos de punta, con elevadas dosis de humillación y con pasajes de un tremendismo que, paradójicamente, neutralizan el poder evocador de la injusticia que relata. Y otra vez estamos ante un escritor con un excelente manejo del idioma. Sin embargo, nos cuesta entender el boquete de perplejidad que viene a despertar en Eva Holman la aparición del desgraciado Leva. Cuesta entender la fascinación que despierta el uno en la otra. Tampoco me llego a identificar con el miserable, a pesar de que se nos informa de que ha aguantado con ilimitado estoicismo infinidad de calamidades y vejaciones en un campo de trabajo que más bien parece de exterminio.
Otra vez Jesús Carrasco vuelve a demostrar el poder luminoso de las elipsis y los saltos temporales. Pero ya no nos pone el corazón en un puño a medida que avanza la narración porque ésta no fluye. La historia terminal del vagabundo de oscuro pasado y que siempre está a punto de perecer no avanza. Curiosamente, el estatismo físico de los personajes -Leva apenas puede ponerse en pie y los años también han restado energías a Eva- acaba contagiando el propio relato, que se hace reiterativo y previsible porque la voz de la narradora adelanta mucho de lo que va a pasar y neutraliza el factor sorpresa. Carrasco no reedita la tensión dramática de Intemperie porque el destino del esclavo no guarda muchos secretos. En su lugar, el escritor extremeño está más interesado en dar cuenta de las zozobras existenciales de una anciana que después de tantos años de forzada fidelidad conyugal se quiere rebelar contra el sistema.

Aunque el estilo y la escritura de Carrasco vuelven a ser contundentes, La tierra que pisamos no llega a funcionar como relato y tampoco llega a convertirse en la epopeya humana que se presagia en las primeras páginas, en otro capítulo en la lucha de la civilización contra la barbarie.


martes, 16 de agosto de 2016

El paisaje como invención


A propósito de la lectura de
'La España vacía', de Sergio del Molino

Pocas veces trasciende uno de los mayores problemas que tiene este país, el de la desploblación y olvido de ese gran donut de tierra que rodea a Madrid y que comprende las dos Castillas, Aragón y Extremadura. Un proceso que, a pesar de la propaganda franquista, que muchas veces buscó las esencias de la nación en los montes de Gredos o en la llanura castellana, se aceleró con el éxodo que tuvo lugar entre 1950 y 1970, y que dejó un desierto humano que hoy, y también a pesar de la retórica de nuestros políticos, no tiene paragón en Europa si se exceptúan los territorios helados de Laponia y del norte de Escandinavia.  


De ese gran desequilibrio, que ni la democracia ni la descentralización autonómica han logrado corregir, y del que habitualmente sólo hablan algunos, como Julio Llamazares, pero que en general ha estado ausente del debate público, y que condiciona sin que nos demos cuenta la economía, la sociedad y la política de este país, trata este espléndido libro Sergio del Molino, un periodista que se crió en un pueblo y que durante años recorrió en coche esa España olvidada.


En realidad, Del Molino hace un ejercicio de restitución, porque fija la mirada en un país “que nunca ha sido dueño de sus propias palabras” y que “siempre ha estado contado por otros”. A desentrañar y darle voz propia a ese paisaje olvidado o, en el mejor de los casos, inventado a base de mitos, sobreentendidos y conveniencias literarias por artistas y escritores urbanos, se aplica Del Molino en un libro que va, sin que nos demos cuenta, del reportaje periodístico y la crónica de viajes al apunte autobiográfico, pasando por el análisis literario o el comentario económico y sociológico.


Del Molino analiza con sabiduría y siempre con la palabra precisa y reposada del que le ha dado muchas vueltas al tema. Y para ello no duda en recurrir a comparaciones audaces y ancladas en la cultura compartida, como cuando habla de la adaptación del tradicionalismo carlista a la España moderna y urbana de los 70 a través de la figura del locutor de radio Joaquín Luqui.


Del Molino escribe un libro bien documentado y ameno que a uno no le gustaría terminar nunca, y que reflexiona sobre la carga de invención y sentimentalismo que nos ha dejado la cultura española que se ha acercado desde las ciudades a esa España desolada, para dar una visión pretendidamente áspera y derrotista. Desde el relato tremendo de Buñuel en su famoso –aunque poco visto- documental sobre Las Hurdes, o la crónica de los asesinatos de Casas Viejas por el joven periodista Ramón J. Sender, a las andanzas del lumpen ibérico que aterriza en el Madrid castizo de la inmediata posguerra –que se pueden ver en la película Surcos- o la Barcelona de los 60, tan bien narradas por Juan Marsé.


La España vacía es un excelente y poliédrico ensayo que repasa un siglo y medio de divorcio entre la realidad de la España olvidada y la imaginación de los intelectuales capitalinos a los que tocó contar su historia, y que casi siempre apuraron su relato para subrayar los tintes más dramáticos de la vida lejos de las ciudades, un mundo –según nos contaron- atenazado por la pobreza, el inmovilismo,  la desconfianza, la brutalidad y la muerte. Ese mundo de violencia latente que tan bien reflejó Sam Peckinpah en Perros de paja y que aquí también sedujo al Lorca de Bodas de sangre o al Cela del Pascual Duarte.


La España vacía está cargado de referencias a la cultura de ceja alta, pero también a la más popular. Para ilustrar el abismo que se ha abierto entre esos dos mundos que se tocan pero que en el fondo marchan por separado, sin fiarse el uno del otro: el de los territorios de aluvión y de barriadas de casas baratas y especulación urbanística en que se convirtieron Madrid y las grandes ciudades costeras, y el del interior, con miles de pueblos que se han quedado sin vecinos y hoy están habitados por fantasmas, Del Molino se retrotrae a la prosa con aires de exaltación patriótica de Azorín, o al esencialismo de Unamuno, y también analiza el redescubrimiento del “gran trauma” rural que, en bajo los brillos cegadores de la movida madrileña, supusieron los libros crepusculares de Julio Llamazares. Pero también habla el periodista del reflejo de ese país imaginario y olvidado en las canciones populares, en las letras provocativas y desinhibidas de Extremoduro o en la iconografía televisiva de una serie como Cuéntame, donde el divorcio campo-ciudad es tan protagonista como los torpes ejercicios de grandeza del patriarca Antonio Alcántara.


Al final del libro de Sergio del Molino hay un sentido homenaje a esos artistas –neorrurales los llama en algún momento- que en los últimos tiempos renunciaron a la aceptación rápida que puede proporcionar una obra cargada de referentes y guiños a códigos urbanos compartidos, y buscaron una voz propia entre las esencias de la tierra, aunque eso supusiera cierto olvido y quedar al margen del gusto dominante. Es el caso del tanguista  Cristóbal Peppeto, del poeta navarro Hasier Larretxea o del novelista extremeño Jesús Carrasco, quien amplía –acompañado de éxito de público y crítica, eso sí- los horizontes del desgastado idioma con la palabra olvidada o en desuso de la llanura para construir un cautivador relato de supervivencia.


Son los nietos de los que abandonaron a mediados del siglo pasado la vida dura del campo y emprendieron camino a la ciudad, en busca de una existencia más confortable, y que ahora hacen el viaje de vuelta, aunque sea artísticamente, recuperando las palabras y los sonidos olvidados. A modo de invocación mágica de esa España que sus padres y sus abuelos han seguido anhelando secretamente, un mundo que habita en la conciencia más íntima de tantas familias de este país.

martes, 9 de agosto de 2016

Para qué leer si podemos vivirlo

En una entrada interesante de su blog American Psique, César García habla de la difícil coyuntura que tiene la lectura en el mundo digital y en un momento en que la experiencia, por muy pobre que sea, casi siempre es preferida al conocimiento.

"No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank, a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajor coste, o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia".

Aquí puedes acceder a la reflexión de César sobre el futuro de la lectura de libros en los tiempos que corren:

http://americanpsique.blogspot.com.es/2016/08/leer-hoy.html

jueves, 4 de agosto de 2016

Sánchez-Cuenca contra los intelectuales españoles



A propósito de la lectura de 'La desfachatez intelectual', de Ignacio Sánchez-Cuenca


Este libro ha levantado algo de revuelo porque su autor, el profesor de políticas Ignacio Sánchez-Cuenca, critica la falta de rigor y profundidad de algunas de las plumas de referencia de la prensa española, sobre todo las del diario El País. Hay que reconocer que La desfachatez intelectual, al contrario de otros acercamientos más generales y “políticamente correctos”, no ahorra en nombres propios y apunta sin disimulo a los perpetradores de la estafa: Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, César Molinas, Luis Garicano, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas...

Uno se pregunta cuando lee este ataque frontal a los figurones del Grupo Prisa si Ignacio Sánchez-Cuenca habría publicado un libro tan pertinaz si siguiera en la nómina de opinadores de El País, un periódico donde siempre le trataron muy bien y del que se fue por su propia voluntad, según él mismo confiesa. 

A la literatura furibunda y visceral característica de los “machos discursivos” –así llama en algún momento el politólogo a los autores caradura que pone en el punto de mira- responde Sánchez-Cuenca con un análisis reposado y pretendidamente amable y constructivo. Y monta su ataque basándose exclusivamente en las contradicciones y fallos de argumentación que encuentra en la palabra publicada, sin importar si esa palabra se aloja en lo más profundo de la hemeroteca y fue pronunciada varias décadas atrás. “Por tus palabras serás condenado”, parece advertirnos a cada momento Sánchez-Cuenca.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, este libro tiene aire de ajuste de cuentas. Y eso es así en parte por ese énfasis en la literalidad. Siempre con una sonrisa en la boca y con trato exquisito, Sánchez-Cuenca enseña los colmillos para desacreditar una línea de pensamiento –la de los opinadores de referencia de El País- que, en su opinión, se ha ido escorando al centro y la derecha con el paso del tiempo, pero sobre todo desde la irrupción en la escena política de José Luis Rodríguez Zapatero, un político al que el autor tiene en alta estima y que “machos” de la palabra como Félix de Azúa han despellejado vivo.  

El ataque “amable”  y bienintencionado de Sánchez-Cuenca no tiene desperdicio. A Fernando Savater le recrimina el giro de sus ideas sobre el terrorismo etarra en las últimas décadas. A base de escarbar en la “maldita hemeroteca”, muestra la incongruencia del filósofo, que pasó de ver con buenos ojos el independentismo en los años de plomo, cuando ETA precisamente hacía más daño, a convertirse en voz y símbolo del españolismo y comulgar con el discurso del PP cuando la situación, paradójicamente, empezaba a mejorar. De Félix de Azúa critica su tono excesivo, apocalíptico y cascarrabias, propio de lo que Jordi Gracia ha llamado en un panfleto recomendable el “intelectual melancólico”, aquel que ve en el mundo de hoy decadencia y banalidad por doquier, y echa de menos tiempos pasados, más geniales y felices.  

En todo caso, y yendo más allá de las referencias personales (que son la verdadera salsa del libro), el libro de Sánchez-Cuenca llama la atención sobre algunos de los vicios del debate público en España y sobre lo poco o nada que contribuyen los medios de comunicación en España a elevar su nivel. A nadie se le escapa que en este país la opinión en los periódicos está dominada por escritores y periodistas todoterreno que llevan siempre la discusión al terreno que más conocen (sobre todo el tema identitario y territorial) y pasan de puntillas por otras muchas cuestiones por el desconocimiento o por el escaso interés en documentarse sobre las mismas. 

No ayuda mucho a tener debates de calidad el hecho de que el mismo opinador de periódico (o televisión, o radio, o a veces de todo a la vez) aparezca por la mañana hablando de la prima de riesgo o la deuda soberana, al mediodía de la guerra en Siria o del último Premio Nobel de literatura y por la noche del sistema de pensiones en España o de los tratados de comercio internacionales. Sánchez-Cuenca añora las prácticas de los medios anglosajones, donde la figura del santón intelectual que opina un día sí y otro sobre casi todo es más rara y donde los medios recurren más a la visión del experto con una visión más analítica y menos apasionada del mundo. Aunque quizá con la calamitosa campaña del Brexit, esta admiración tenga que ser revisada.  

Se detiene Sánchez-Cuenca en el análisis de la crisis económica que sacude España desde 2008, y se lamenta de las simplificaciones a las que han recurrido desde ese momento muchos autores con el traje del regeneracionismo para explicar la catástrofe. “Merecíamos algo mejor”, dice el politólogo, que, por ejemplo, considera un completo disparate lo que cuenta Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, un libro aplaudido por casi todos cuando salió publicado. Para Sánchez-Cuenca, el novelista de Jaén comete una falta grave cuando se conforma con identificar como razón fundamental de la debacle económica la obsesión de la vida política y mediática española por los debates nacionalistas y guerracivilistas, sin entrar mínimamente en los múltiples problemas financieros que originaron la recesión. También censura el tenebrismo, el noventayochismo y el tono excesivamente quejumbroso del autor de El jinete polaco. En este apartado, también desacredita algunas de las argumentaciones de César Molinas en su muy promocionado ¿Qué hacer con España?, o pone en cuestión la excesiva importancia que dan a los incentivos autores como el propio Molinas o Garicano en sus propuestas regeneracionistas.  
  
El libro de Sánchez-Cuenca es interesante por cuanto cuestiona con datos y trabajo de hemeroteca el discurso de algunas de las vacas sagradas del escenario mediático y editorial de este país. Y, sobre todo, porque más allá del acierto y pertinencia de sus críticas y puntualizaciones, pone en evidencia algunas de las carencias del debate público en España, dominado en muchos casos por una literatura frentista, maniquea y ensimismada, y de atufado aire decimonónico a ratos. Una retórica simplificadora empeñada en perpetuar los fantasmas del pasado, pero que nos aleja de los debates más actuales y carece del rigor analítico que debería dominar en una opinión pública de altos vuelos.


lunes, 18 de julio de 2016

Las vidas anónimas de Vivian Maier




Mientras uno ve alguna de las más de cien fotografías de Vivian Maier que se exponen estos días en la Fundación del Canal de Isabel II, en Madrid, se pregunta cómo pudo esta señora morir en la indigencia después de haberse pasado décadas retratando la América urbana con un lenguaje propio y una perseverancia inaudita.

En los últimos años, Maier se ha convertido en un fenómeno en el mundo de la fotografía callejera, y de ella ya no sólo hablan los entendidos, sino también el público en general que acude a las exposiciones que se organizan con su trabajo y que queda subyugado por su historia personal y seducido por las instantáneas de esa gente corriente que Maier se fue encontrando a su paso, y que son el reverso sin pretensiones del glamour neoyorquino que tantas películas nos han dejado en la retina.

La historia de Vivian Maier es ciertamente novelesca, y bien podría ser el guión de alguno de esos celebrados documentales que siguen los pasos de la estrella que acabó en el anonimato o que simplemente nunca brilló, a pesar de atesorar todas las dotes para llegar a lo más alto. Pienso en el magnífico y emotivo Looking for Sugarman.

Y es que Maier se ganó humildemente la vida trabajando como institutriz para familias de Nueva York y Chicago durante 40 años. Y era en sus tardes y días libres, o incluso en sus paseos con los niños, cuando aprovechaba para dar rienda suelta a su pasión, con una cámara Rolleiflex colgada a la altura del pecho, dispuesta siempre a retratar a los vecinos, a los niños y padres que llenaban los parques infantiles, a los vagabundos que encontraba cuando se adentraba en barrios alejados de las calles más populosas y elegantes que solía transitar para airear a los niños acomodados que le tocaba cuidar.

Así, en secreto y probablemente sin un plan preconcebido, Vivian Maier fue atesorando un archivo colosal. Se le calculan más de 120.000 negativos, aparte de cintas de magnetofón en las que grababa conversaciones que mantenía con desconocidos o de películas de super 8 en las que se ven a colegiales que juegan en un patio u obreros trabajando. Una producción que iría dejando en los trasteros de las casas en las que sirvió y que en 2007, y por casualidad, un amante de la fotografía, John Maloof, encontró parcialmente en un mercadillo cualquier, uno de esos que andan abarrotados de los objetos que en otro tiempo lo fueron todo para sus dueños y que con el paso de los años dejaron de interesar sus propietarios y casi al resto de la humanidad.

Aunque durante años, Maier paseó su cámara por los centros de dos de las ciudades más admiradas, visitadas y retratadas del mundo, los paisajes que muestran son íntimos. Rara vez se para a fotografiar las muchedumbres que uno se espera en la gran urbe americana, y ni siquiera le interesa a Maier el colosalismo arquitectónico que dejó en ellas el capitalismo industrial de la primera parte del siglo XX.

Su mirada se detiene, en cambio, en los conciudadanos que se va encontrando en sus caminatas, mientras empuja el carrito del bebé y carga con disciplina inquebrantable su cámara al cuello. Un grupo de niños que juega en Central Park, una vecina armenia de un barrio periférico que discute airadamente con un policía, un limpiabotas que se columpia en su taburete mientras espera distraído al próximo cliente, un tendero del que sólo vemos los zapatos y que parece ordenar el escaparate de su establecimiento, un grupo de ancianas que parecen esperar el autobús con asumido estoicismo…

Maier fotografiaba lo que se iba encontrando en sus paseos, y nunca iba más allá. Casi siempre se quedaba al margen de la escena, lo suficientemente lejos para que nada disipara la naturalidad de las cosas. El hecho de llevar la cámara al pecho, aparentemente inerte y camuflada por la rutina, le iba a permitir siempre mirar a los ojos sin ser vista. Aunque, eso sí, en ocasiones rompía el guión y era capaz de empujar deliberadamente a los paseantes con tal de sacarles un gesto de sorpresa o de rabia contenida.

En una de las salas de la Fundación del Canal de Isabel II nos topamos con la propia Maier. La vemos en varios momentos de su vida, pero siempre con el mismo rostro inexpresivo y un punto triste. Maier fue un misterio, y observando sus autorretratos poco podemos decir de la institutriz que se volcó durante décadas en la fotografía callejera, para convertirla en su pasión secreta. Quizá que fue una mujer de carácter austero y sobria en el vestir, pero poco más. Quizá poco sociable cuando se despojaba de su cámara. La vemos reflejada en un espejo con el se cruza en una acera de Nueva York, o en los cristales de las tiendas y las cafeterías que probablemente frecuentaba con los niños que tenía a su cargo. O la intuimos en las sombras que deja su cuerpo ligero pero abrigado en la hierba de un parque.

En la exposición de Maier en Madrid, uno recupera un trozo de la vida de esa América urbana, pero no de la glamorosa que tantas veces retrató el cine, la literatura o la propia fotografía, la de los edificios singulares y los rascacielos desafiantes, la de las estrellas de Hollywood posando en el vestíbulo de un hotel o en un coche de lujo. En la selección de fotos traídas de Maier que han viajado a Madrid sólo reconocemos a Kirk Douglas a la entrada de un cine donde se estrena Espartaco, quizá porque a Vivian Maier le gustaba el actor, o quizá porque se topó con la muchedumbre que lo esperaba mientras daba uno de sus paseos, en busca del gesto torcido o la mirada distraída de la gente corriente.  

lunes, 11 de julio de 2016

'Léxico familiar', de Natalia Ginzburg




Recuperar el tiempo que se fue gracias a la palabra compartida en casa, gracias a esas frases tantas veces escuchadas en familia y en las que en otro tiempo, cuando nos creíamos eternos, no reparamos, y que al cabo de los años regresan cargadas de significado y emoción. Volver a la infancia y la juventud rememorando las protestas del padre colérico y autoritario, pero tierno en el fondo, los consejos de la madre generosa, pero desganada, las riñas de los hermanos que acabaron en violencia física y llantos desconsolados, o las conversaciones con los vecinos y los amigos con los que compartimos tantas tardes de verano.


Eso es Léxico familiar, quizá el libro más celebrado de la escritora italiana Natalia Ginzburg. Y se entiende que así sea porque, por la cercanía e intimidad de su prosa, al que lo lee no le queda más remedio que asumir como propio el universo familiar de la autora, a pesar de la distancia en el tiempo, pues al fin y al cabo Ginzburg nos habla de los avatares de una familia acomodada turinesa, la suya, durante las primeras décadas del siglo XX, cuando las alegrías de la modernidad se mezclaban con los oscuros augurios de los extremismos en Europa.   


Ginzburg se gana al lector con un estilo sereno, libre de artificios, atento al detalle y a la música de las palabras, cómplice y tierno, pero no melodramático ni enfático. Cuando la narración invita a un pico dramático, Ginzburg lo rehúye y, como en otros libros suyos (pienso en Las pequeñas virtudes), depura la vida de una familia para contarla toda y con todas sus complejidades en no más de 200 páginas. Y podía haber optado Ginzburg por el subrayado, pues razones no le faltaron. Y es que los Levi sufrieron la persecución del fascismo de Mussolini, y el primer marido de Natalia, el editor Ginzburg, del que finalmente adoptará el apellido, murió en una cárcel por sus ideas políticas.


Sin embargo, Ginzburg no levanta la voz ni muestra acritud, y por eso es más convincente su relato. Es más, la joven Natalia se quita de en medio como personaje y sólo la intuimos a través de esa mirada tierna, amorosa y socarrona que sostiene a los que ya no están. Léxico familiar nos habla del infierno de la muerte y la ausencia, de los tiempos grises de la guerra, pero con las palabras cálidas y desinhibidas del hogar.


Como decía Gabriel García Márquez, la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos. Más aún, la vida, si es algo, es memoria y esa memoria sólo encuentra asidero en las palabras y las frases compartidas en la cocina, el cuarto de los niños o el salón de casa, pronunciadas despreocupadamente tantos años atrás, pero que luego quedan como el único vínculo con el pasado añorado. Ginzburg reinventa a la familia que se fue o que está irremediablemente desmembrada con el fraseo íntimo de las bromas o las regañinas que en otro tiempo formaron la lengua de la tribu. “Soy aquellos que fueron antes de mí”, dice Natalia Ginzburg.


El costumbrismo de Ginzburg recuerda al del neorrealismo italiano. A ratos esa polifonía de voces evoca el paisaje familiar de Amarcord, de Fellini, pero donde en Fellini reina el exceso y la autoría, en Ginzburg hay discreción y, todo lo más, una mirada compasiva.  


Como pasa con las buenas películas, que uno empieza a comprender o a apreciar del todo una vez ha abandonado la sala oscura del cine, Léxico familiar también empieza a crecer una vez cerramos el libro. De hecho, antes causa cierta fatiga su lectura porque uno debe andar muy atento para no perderse en la sucesión imparable de situaciones y personajes (cuesta llamarlos así cuando en realidad fueron presencias reales rescatadas por el recuerdo): Beppo Levi, el padre ateo y amante de las caminatas de montaña; Lidia, la madre aficionada a Proust y a la ópera; Gino, el hermano estudioso y modélico; Alberto, el otro hermano que acabó como médico de familia; Mario, emigrado a una Francia que admira y convertido a la lucha contra el fascismo; el amigo Cesare Pavese, que “había hablado durante años de suicidarse” y al que “jamás nadie le creyó”; Adriano Olivetti -el fabricante de las máquinas de escribir-, que se casa con Paola, la hermana mayor de Natalia; los compañeros de la editorial Einaudi...


Para no desequilibrar el relato y mantener la polifonía de voces, Ginzburg opta por cerrar abruptamente cualquier episodio si es necesario. Y es que en realidad, en Léxico familiar lo que importa no es tanto lo que nos cuenta en cada momento, sino la música de la memoria construida a base de esas palabras íntimas que una vez se compartieron, y que ahora sólo habitan en el olvido. “La de veces que he oído contar esa historia”, se despide Ginzburg.  


La literatura de Ginzburg tiene la aparente liviandad de lo cotidiano. Pero las cosas pequeñas son, al final del día o de la vida, las que más importan, por mucho que nos intentemos convencer de lo contrario. Como decía John Lennon en una canción, “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Y esa vida que tiene lugar mientras tanto es la que llena las páginas de este libro.