lunes, 21 de diciembre de 2015

Cuestión de incentivos



A propósito de la lectura de 'Recuperar el futuro', 
de Luis Garicano y Antonio Roldán

Este libro de Luis Garicano y Antonio Roldán podría ser uno más de los tantos que se han escrito en España en los últimos años pidiendo un reseteo general del país. Sin embargo, viendo las posibilidades de Ciudadanos de estar en primera línea de gobierno, a pesar del relativo batacazo que se llevó en el 20D, la cosa cambia.

Conviene pues prestar atención a las propuestas de Garicano, gurú económico del partido naranja, y a su colaborador, que ya no son sólo las de un par de profesores bien informados en materia económica, sino que se pueden convertir en guía para abordar en la práctica las tantas reformas pendientes que tiene este país.

En Recuperar el futuro nos encontramos buena parte del programa político y económico de Ciudadanos y su justificación: defensa del contrato único y del complemento salarial para los que menos ganan, formación a la carta para los parados, reforma fiscal para descargar a las clases medias, reforma de la administración que supondrá la eliminación de las diputaciones y una reducción drástica del número de ayuntamientos, eliminación de las trabas a la creación de empresas, reducción de las cuotas a la Seguridad Social de los autónomos…

Luis Garicano y Antonio Roldán, quien es hijo, por cierto, de uno de los redactores del primer programa del PSOE, parten de la idea de que no hay que inventar la rueda o echarlo todo abajo para que este país funcione y supere sus problemas, sobre todo el de la vergonzosa tasa de paro que mantiene fuera del sistema a tantos millones de familias y a uno de cada cuatro personas en edad de trabajar. España no está condenada por designio divino -o cosa que se le parezca- a sufrir lacras como ésta, y está en nuestra manos -vienen a decirnos- revertir la situación, siempre y cuando se toquen las teclas adecuadas.

El modelo no hay que buscarlo al otro lado del Atlántico, sino en el norte de Europa, donde el sistema hace compatibles la eficiencia económica y una política de igualdad y redistribución aceptada por todos. Como ya adelantaba Luis Garicano en El dilema de España, mucho mejor Dinamarca que Venezuela, e incluso que los países anglosajones, donde un discurso a favor del estado del bienestar pagado con fondos públicos tiene un recorrido limitado y suele ser boicoteado por políticos de derechas. 

¿Cómo alcanzar la meta? En la línea de Acemoglu y Robinson en el celebrado Por qué fracasan los países, los autores de Recuperar el futuro nos recuerdan que el desarrollo y el bienestar de una nación dependen sobre todo de contar con una población formada y con unas instituciones sanas, unas reglas del juego claras y una atribución correcta de los incentivos que se ofrecen a los agentes, para que florezcan las buenas prácticas y dejen de ser interesantes las malas e ineficientes. Así, por ejemplo, nos advierten Garicano y Roldán de que la corrupción política no será erradicada o llevada por lo menos a niveles tolerables con el simple reemplazo de los viejos dirigentes por unos nuevos cargados de buenas intenciones y despojados de deudas con el sistema.

A la corrupción institucionalizada hay que responder con una combinación de endurecimiento de las penas, rechazo social y moral para el corrupto y beneficios económicos para el que lo hace bien. En fin, que contra la corrupción funciona mejor un buen entramado institucional que el mero recambio generacional o castigos ejemplarizantes que son flor de un día.

Otro ejemplo de que en España lo que fallan son los incentivos lo encontramos en el mundo universitario, que para los teóricos de Ciudadanos bordea la ruina. Para subir el nivel docente e investigador y acercar la oferta de la universidad a la demanda de la sociedad y las empresas, Garicano y Roldán proponen vincular la financiación a los resultados académicos
y las investigaciones de sus miembros. También una mejor distribución de incentivos debería subsanar defectos en los niveles básicos de educación, lastrados por una inasumible tasa de abandono escolar. En este punto, los autores ponen el énfasis la mejora del profesorado a base de mejores retribuciones para los maestros más capaces y más autonomía en los centros también para, entre otras cosas, contratar a los docentes que más destacan.


En fin, Luis Garicano y Antonio Roldán han escrito un libro de fácil compresión y que va al grano, con la dosis de datos justa para ilustrar los problemas y no convertirlo en un trabajo sólo para eruditos o lectores avezados en materia económica. Es interesante el apartado de notas bibliográficas, donde uno puede encontrar bastante de la literatura que en los últimos 6 o 7 años se ha escrito en todo el mundo sobre meritocracia, cooperación, justicia, calidad institucional, corrupción, tributación, mercado de trabajo o innovación. Recuperar el futuro compendia bien estas aportaciones. Sólo por eso convendría echarle un vistazo.  



lunes, 14 de diciembre de 2015

Crónica de una crisis que no ha hecho más que empezar





A propósito de la lectura de 
'Estos años bárbaros', de Joaquín Estefanía


El periodista Joaquín Estefanía ha escrito una crónica bien contada y documentada de una crisis que –y ésta es la tesis del libro- no ha hecho más que empezar y terminará siendo estructural, contrariamente a lo que nos dicen los agoreros de la recuperación y los que sólo ven luces al final del túnel. A pesar del derrumbe económico y social acaecido en España desde 2007, la crisis ha llegado para quedarse una buena temporada. Todo indica que los que han caído al pozo (alrededor de un 30% de la población) difícilmente se va a reenganchar al bienestar en los próximos años.

Denuncia Estefanía, socialdemócrata convencido y glosador último de los textos de Keynes, que las políticas de austeridad que están en la base de la gestión que han hecho los Gobiernos durante buena parte de la Gran Recesión se han vuelto permanentes y han mutado el ADN de la economía y de la sociedad. Las consecuencias son de todos conocidas: paro estratosférico, salarios a la baja, precariedad en el empleo y desaparición de las carreras profesionales, recortes en los servicios públicos y en el gasto en el estado del bienestar…

El que vaya buscando nuevos enfoques sobre lo ocurrido en España, en Europa o en el mundo en el último lustro, encontrará el libro de Estefanía decepcionante. Sin embargo, el que fuera en su momento director de El País hace un recuento clarificador de lo acaecido, con una prosa ágil y grandes dosis de divulgación. Y aunque recurre a muchas estadísticas, la lectura no se vuelve por ello farragosa. ¡Todavía se esfuerza Estefanía en explicar con términos muy básicos el colosal embrollo de las subprime que puso al mundo al borde del colapso financiero, en la línea didáctica que inauguró el popular Leopoldo Abadía!

En su demoledora crónica-denuncia de la crisis, da cancha Estefanía a los autores que en los últimos años se han erigido en portavoces de cierto pensamiento crítico, como Stiglitz y Piketty (por su denuncia de la desigualdad), Gaggi y Garduzzi (por la depauperación de las clases medias), Christopher Lasch (por la indiferencia de la élites) o Bárbara Ehrenreich (por el fetichismo de la sonrisa eterna), entre otros muchos. No en vano, Estos años bárbaros es una buena guía de lectura. De hecho, creo su principal interés reside en el índice bibliográfico que figura al final y en cómo el periodista va a introduciendo en su línea argumental las principales aportaciones de sus autores de cabecera. 

En el libro es recurrente una idea que Estefanía ha repetido mucho en estos últimos años. Y es que el primer responsable de la crisis, el capitalismo financiero, se ha ido de rositas. En cuanto la crisis financiera se convirtió en una crisis de deuda, y fueron los políticos los que tuvieron que ponerse al timón del barco en plena marejada, los causantes del colapso pasaron a segundo plano, cuando no fueron olvidados o incluso salvados de la quema en forma de rescates bancarios pagados por los estados y destinados sobre todo a garantizar las posiciones de los acreedores. Estefanía no ahorra tinta para recordar una y otra vez que los desmanes de la élite de Wall Street los han acabado asumiendo los ciudadanos. Y reprocha a los dirigentes que hayan acabado siendo víctimas del “gran engaño” moral (Krugman) perpetrado por los han querido ver los problemas de Grecia y de los países del sur como el justo desenlace a los tiempos de excesos.


En una línea más secundaria en el libro, también valora Estefanía la deriva de la socialdemocracia desde la Caída del Muro de Berlín y desde que se hizo patente el dominio de la política conservadora de Thatcher y Reagan, a partir de los 80. Su análisis no es muy esperanzador. Si de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial salimos con una teoría (el keynesianismo) y un modelo de convivencia potente (la socialdemocracia), de esta crisis vamos a salir sin guía, nos viene a decir. Todo lo más con la irrupción de partidos que al menos van a agitar el statu quo en los próximos años. Menos es nada. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Elogio del padre bueno



A propósito de la lectura de 
'El olvido que seremos', de Héctor Abad Faciolince


Siempre ha tenido buena prensa (literaria quiero decir) la figura del padre autoritario, despótico o adúltero, cuando no simplemente distante, huidizo o ausente. Pienso en la Carta al padre, de Kafka, en origen un centenar de páginas manuscritas que nunca llegaron a su destinatario pero donde Kafka intenta (infructuosamente, en su opinión) verbalizar los miedos que le provocaba su progenitor. Pienso también en el padre protector, pero irascible, neurótico y nada comprensivo, de las tragedias de Arthur Miller, o en el Pedro Páramo de Juan Rulfo, faldero y tiránico. 

Por el contrario, mucho menos predicamento literario ha tenido la celebración de la relación paterno-filial, y, en general, la celebración de la felicidad familiar. Sin embargo, El olvido que seremos es, como dice su autor, el colombiano Héctor Abad Faciolince, el reverso luminoso de la carta kafkiana. Es la exaltación del padre bueno, cariñoso y ejemplar que a todo niño le gustaría tener como espejo. Ese modelo que los padres hoy nos marcamos como meta, sin rubores, pero que en la Colombia machista y reaccionaria de los años 60 desentonaba, despertaba sospechas en los vecinos y dudas en sus más directos beneficiarios.

 Aunque como en el caso de Kafka, aquí tampoco las palabras del hijo secretamente agradecido llegan a oídos de su destinatario. “Este mismo libro no es otra cosa que una carta a una sombra”, dice el autor muy al principio del volumen. Y es que Héctor Abad Faciolince necesitó muchos años para contar la historia de su familia, vertebrada en torno a la figura del padre y su asesinato a manos de paramilitares en 1987. Antes lo intentó, pero siempre el relato adquirió un tono lacrimoso y sentimental impropio, según él, para este tipo de literatura. Y fue al cabo de dos décadas de asistir a la muerte de su padre en Medellín, y cuando ya se contaban 35 años de la pérdida prematura de su hermana Marta a causa de un cáncer de piel, cuando Abad Faciolince dio con esa escritura “más seca, más controlada, más distante”. Sólo cuando la herida había cicatrizado del todo, se vio finalmente capaz Abad Faciolince de enfrentarse a sus fantasmas. 

Y lo hizo sin que el ejercicio literario o el lapso de tiempo mermaran el poder evocador de los hechos narrados. El olvido que seremos es un libro absolutamente conmovedor y valiente, escrito desde el dolor de dos tragedias sin sentido ni consuelo posible: la de la muerte de un niño y la de la desaparición de un hombre que enamora, optimista e ingenuo por naturaleza, pero finalmente víctima del mismo terrorismo de Estado que en los años 80 se llevó a casi todos los que como él alzaron la voz para dignificar el país y las condiciones de vida de los más desfavorecidos, y que nunca se plegaron a las exigencias del poder y huyeron con igual ahínco de los extremismos y la demagogia. 

El olvido que seremos es también un libro de una honestidad pavorosa. Una honestidad que le lleva a Abad Faciolince a reconocer sus miedos más inconfesables y también la deriva suicida de su padre a partir de la desaparición prematura de la hija amada y admirada, su huida hacia adelante con la exposición sin cortapisas de sus ideas en un país violento y revanchista, a sabiendas de que de esa manera metía el dedo en el ojo a los militares y a los reaccionarios que mandaban con mano de hierro en Colombia y que, por desgracia, ya le habían incluido en la lista negra. “Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”, dirá Abad Faciolince para ilustrar el martirio cívico en que se convirtió el último tramo de su vida el doctor Abad Gómez, a partir de la pérdida de la pequeña Marta.

El olvido que seremos podría ser la historia de los muchos que allí y aquí han combatido a los pistoleros con palabras y argumentos, y que pagaron con la muerte su civismo y probidad moral, acribillados a balazos en una acera o en el bar donde cada mañana iban a desayunar. Leo el libro de Abad Faciolince casi una década después de su primera publicación, y me alegra comprobar, por lo bien y mucho que se habla de él, que sigue vigente y conmoviendo a lectores de todo el mundo. Tiene aires de literatura imperecedera, aunque eso sea mucho decir en los tiempos que corren.

Foto: Héctor Abad Gómez, procedente de http://www.hectorabadgomez.org

domingo, 29 de noviembre de 2015

Elogio de la desilusión



A propósito de la lectura de 
'Biografía del silencio' de Pablo D´Ors
Mi llegada a Biografía del silencio dePablo D´ors no pudo ser más antitética con lo que el propio autor proclama en el libro. Leo una entrevista con D´Ors en El Mundo e inmediatamente voy a Amazon y compro la versión electrónica del mismo (por cierto al ridículo precio de $4,90). Sucumbo al deseo compulsivo y a la gratificación inmediata que es una de las cosas que, implícitamente D´Ors rechaza en su libro.

Bien podría haberse llamado Elogio de la desilusión en lugar de Biografía del silencio este libro acerca de las posibilidades que ofrece meditar para llevar una vida plena. Escrito con una prosa cercana y asequible propone sumergirse, que no refugiarse, en el silencio y en la autoconsciencia como forma de acceder a la realidad.

El libro tiene muchas virtudes pero, en un mundo lleno de falsas promesas, una de las principales sea demostrar que un libro puede ser de autoayuda, aunque el autor probablemente se rebelara con razón contra el uso de esta terminología, sin caer en la indignidad. Para empezar, al contrario que los tradicionales libros de autoayuda, el autor niega la mayor, que no es otra que el hecho de que los problemas que nos plantea la vida tengan solución como sugieren la mayoría de los vendedores del Bálsamo de Fierabrás. Vivir va a seguir consistiendo en sentir que uno no ha desarrollado todo su potencial en la vida, que nuestras mujeres o maridos no nos entienden, que nuestros hijos nos decepcionan o que envejecer es un fastidio. Y eso está bien.

Aparte, o como forma de ajustar las expectativas vitales, Pablo D’ Ors sugiere la meditación, que no es nada más ni nada menos que sentarse en un banco o un cojín en una habitación vacía y en silencio, tal vez a la luz de una vela, durante tiempo indeterminado para observarse a uno mismo. La meditación bien hecha lleva a la persona a aceptar los beneficios que reportan los infortunios como forma eliminarlos ya que su imposible solución no constituye un desafío.

El autor, nieto del filósofo Pablo D’Ors, sacerdote y recientemente elegido por el Papa miembro del Consejo Pontificio de Cultura del Vaticano, se desnuda para contarnos su experiencia en el mundo de la meditación. Aunque no reniega de su condición de cristiano, curiosamente el libro utiliza un lenguaje más zen que bíblico, cosa que fastidia a algunos. Lo realiza con seguridad, pero sin arrogancia, con certezas pero admitiendo numerosas dudas, manifestando su gozo, pero sin desmentir la existencia de aguas procelosas en el intento. De hecho, uno de sus presupuestos es que lograr la absoluta consciencia de ser es casi imposible y solo se manifiesta, lo admite a título personal, en escasas ocasiones. Pese a todo apuesta por seguir intentándolo en lugar de conformarse con las migajas que nos ofrece la vida del hacer.

En un mundo dominado por la cantidad, D´Ors apuesta con valentía por la calidad, con frecuencia por lo mínimo. A mí, que nunca he meditado, me cautiva el pensamiento a contracorriente de D´Ors que confirma mis sospechas, cuestionando los lugares comunes de la época que nos ha tocado vivir. Niega la importancia per se de vivir nuevas experiencias, de viajar, de estar siempre en movimiento, involucrados en nuevos proyectos, planificando el futuro. La meditación propone lo contrario, que el tesoro principal sea haya en no huir de uno mismo en el presente, estar en una habitación vacía (sí, quizás la dichosa habitación vacía a la que se refería Pascal), en disfrutar del silencio, de la quietud, del existir en estado puro. El que prueba mucho, el que está en muchos sitios, el que cambia un montón no sólo no vive sino que se aleja de si mismo y de la vida.

Todo ello, D´Ors lo cuenta con sinceridad, sin amaneramientos y en un lenguaje transparente como el silencio, al que uno escucha de forma distinta cuando acaba la lectura de la obra.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Libro de papel para rato


Buenas noticias para los aficionados al libro en papel o los que, como yo, se convirtieron en su momento en fetichistas del formato y han pasado buena parte de su juventud y de la edad adulta buscando joyitas entre anaqueles.
Los últimos datos nos dicen que el libro en papel ha aguantado el vendaval de Internet. Al contrario de lo que ha pasado con la música o el cine, que han sucumbido a la venta online y han naufragado en ese inmenso mar que es la piratería, el libro de toda la vida sigue siendo hoy la primera demanda de los lectores en todo el mundo.
Ni siquiera en Estados Unidos los e-books van camino de comerse al papel. Un artículo publicado hace poco por Guillermo Altares en El País, que recopilaba datos sobre el tema, recordaba que sólo un 20% de la facturación del negocio editorial en la patria de Amazon es online. En España, estamos en el 10%. Aquí, además, sólo un 17% de los lectores lee sobre una pantalla de tinta electrónica, mientras que un 58% prefiere la celulosa de siempre.

Muchos -y me incluyo- temieron los peor hace unos años, cuando se produjo el boom del libro electrónico. Recuerdo unas navidades en que a Sony se le agotaron literalmente las existencias de e-readers, y no había lector que se preciara que no llevara un Kindle bajo el brazo.

De repente, en el metro, en el autobús o en la cola del médico, todos cambiaron el periódico en papel y los mamotretos de 1.000 páginas de Ken Follet, Stieg Larsson o Jean Marie Auel por ligeros, aunque siempre arcaicos y poco funcionales, lectores digitales. Lectores digitales cargados, en muchas ocasiones, con decenas de miles de títulos por los que nunca abonaron un euro.
Pero las peores profecías no se han cumplido. Todo indica que el libro en papel no va a ser una reliquia en 2020, o un artículo de lujo para un 10% de lectores caprichosos o nostálgicos. El libro en papel seguirá siendo mayoritario porque es un artilugio estupendo y muy funcional, y además puede ser una excelente obra artesanal que se disfruta con todos los sentidos.
Que conste que uso pantallitas de todo tipo, incluso en el reloj, para organizarme la vida y estar al día de lo que pasa. Pero la lectura reposada y de largo alcance, mejor entre aromas de tinta, papel y cartón.
Incluso Amazon, la mayor librería virtual del mundo y uno de los grandes impulsores en su momento del libro electrónico, gracias a su archiconocido Kindle, el e-reader más logrado hasta la fecha, ha anunciado la apertura de su primera librería física.

La compañía de Jeff Bezos la abrirá en el barrio universitario de Seattle, y en sus estantes albergará 5.000 o 6.000 bestsellers, seleccionados, eso sí, gracias a las opiniones y hábitos de compra de los millones de compradores de Amazon.com.

¿Es un gesto de arrepentimiento de Bezos por haberle dado una buena estocada al negocio editorial tradicional, y sobre todo al de las librerías? Puede ser, como dice mi colega César García, aunque yo diría también que es la constatación de que el lector de papel sigue siendo mayoritario y está dispuesto a gastar más, siempre y cuando no se interponga la piratería.

Y también es la constatación de que una buena librería debe ser algo más que una tienda al uso. Para muchos, entre los que me incluyo, siempre fue un lugar de peregrinación y revelaciones, un lugar necesario donde seguir buscando sentido.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Morir en Nueva York




Dice Gabriela Ybarra en su libro El comensal que la relación con la muerte en Estados Unidos es más natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica “son muy brutos a la hora de decirte las cosas.” 

La autora se basa en la experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días.  Posteriormente un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de estas conversaciones con los profesionales.

La madre de la autora falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una novela como se ha dicho por mucho que realice una reconstrucción del secuestro y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido,  es interesante y merece una lectura. Sin embargo, bajo mi punto de vista, Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva York sino que Nueva York también es América.

Dos cosas distintas. Nueva York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el como se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta y el lenguaje claramente eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. No son, ni muchísimo menos, nada brutos al decir las cosas.

El segundo es pensar que la relación de los americanos con la muerte es natural y de quitarle importancia. Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los americanos es su relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la esfera pública empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos pero que actuan casi como cordon sanitario. 

Cuando alguien muere, la gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio que tienen más problemas para hablar de estos temas. 

El relato de Ybarra pone un especial énfasis en la frialdad a pesar de que los que mueren son familiares muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido de la idea de ver la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cual iba a ser el día de terminación de nuestros días como los replicantes de la película Blade Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que un cura (Ybarra habla de no sucumbir “al arrebato religioso”), un cirujano que un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno. 

El comensal es libro interesante y se lee bien (aunque su estructura no acaba de cuajar y sobre todo la parte final se lee casi como un batiburrillo de notas deslavazadas), pero su tesis principal, la muerte no debe ser importante, sirve hasta cierto punto como coartada a la autora para dejar muchos hilos sueltos.

Su mayor interés reside en ser un obra hasta cierto punto representativo de una nueva forma de corrección política que reivindica, por omisión quizás, el refugio en “el divertimento” (lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma “de llegar insensiblemente a la muerte” (Pascal dixit). Para el tratamiento de los grandes asuntos, como la muerte, ya tenemos a los profesionales.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Morir dos veces



A propósito de la lectura de 'El comensal', 
de Gabriela Ybarra

Algunos lo han presentado como una de las grandes revelaciones literarias del año. No lo sé. Tampoco sé si se trata de uno de esos títulos que cuando el filtro inapelable y a veces sorprendente del tiempo haga de las suyas, va a seguir estando ahí. Sin embargo, sí creo que El comensal, de Gabriela Ybarra, es un libro que conmueve hasta la médula, por cuanto lidia con la mezquindad de la muerte sin razón a manos del terrorismo etarra y con la crueldad de la enfermedad terminal. La muerte, tema tabú tantas veces, aquí aparece por partida doble, y es tratada sin afectación, aunque con hondura.

En la primera parte del libro, la que más me interesa, Gabriela Ybarra, nieta del político y empresario vasco Javier de Ybarra, narra con un estilo muy directo, claro y sin alardes el secuestro y asesinato en 1977 de su abuelo, el político y empresario Javier de Ybarra, un patricio de Neguri que fue alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de Vizcaya durante el franquismo, y presidente del diario El Correo Español. Y, por extensión, nos cuenta la decadencia de la burguesía industrial bilbaína.

La autora, que nació en 1983 y que siempre vivió ese capítulo como un agujero negro en la memoria de su familia, logra revivir con unas pocas pinceladas los años de plomo en el País Vasco en que nadie alzaba la voz y mucho menos se movilizaba en la calle ante las tropelías del terrorismo de ETA. Los años en los que ser víctima no daba derecho a casi nada y en los que las familias que sufrían la pérdida y el acoso asumían resignadamente y en silencio un destino contra el que, según entendían todos, nada se podía hacer. “Lo más que me pueden hacer es darme dos tiros”, recuerda Gabriela que dijo su abuelo cuando sus captores le obligaron a dejar la casa familiar que nunca más habría de pisar.

Esa recreación la logra la autora en unas cuantas decenas de páginas de frases cortas y detalles bien elegidos, a veces procedentes de recortes de hemeroteca y de retales de la memoria familiar, pero también originados en la imaginación de la niña a la que siempre se ocultó la tragedia. Al fin y al cabo, Ybarra no había nacido cuando los encapuchados entraron en la casa del empresario y el relato familiar siempre fue esquivo a la rememoración de los últimos días del patriarca. Gabriela Ybarra cuenta realmente poco, y lo hace sin énfasis, con frases cortas y continuos cambios de escenario, pero su libro deja poso y obliga a lector, liberado de sentimentalismos, a completar por su cuenta el relato de una desgracia tantas veces repetida.

En la segunda parte del libro, que es menos redonda y precisa, Gabriela Ybarra nos cuenta la enfermedad que acabó con su madre en 2011: el cáncer devastador que, ésta vez sí, vivió en primera línea y que la llevó más tarde a mirar para atrás y preguntarse por la desaparición de su abuelo. Y otra vez lo hace sin retóricas, sin alardes, y sin ocultar las miserias, las flaquezas y el desgaste del que tiene que convivir con la destrucción durante meses.


En El comensal hay un interés por plasmar la perplejidad que produce la pérdida y por identificar el dolor. Y también por mantener la memoria de los que tanto supusieron y que al cabo se convierten en una imagen que se cuartea, enmudecida por el tiempo, ese filtro que todo lo iguala.  El comensal es también un libro sobre la soledad, del que va a morir y también del que le acompaña, y sobre la incomunicación y los silencios que marcan la convivencia con los seres queridos cuando ya el final está escrito. Gabriela Ybarra se gana al lector por el camino más difícil, el que está libre de sentimentalismos y autocompasión, y por eso su prosa, distante a veces, cortante casi siempre, descreída, sigue resonando una vez uno ha cerrado el libro. 


lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de una sociedad a la deriva


A propósito de la lectura de 
'Sicilia sin muertos', de Guillem Frontera


Tanto hablar de corrupción (y tan poco hacer contra ella) ha dejado un poso de desánimo, entre amargo y fatalista, en la sociedad española. En las charlas de café todos nos declaramos asqueados y deseosos de lograr un país utópico, como imaginamos que son Suecia o Finlandia, en el que las empresas retribuyan a sus empleados con prodigalidad y no se escaqueen de Hacienda, los impuestos sean altos pero redistributivos (y los pague todo el mundo) y los políticos sean, en fin, virtuosos, casi puros, como la propia sociedad. 

Pero, ¡ay!, individualmente seguimos reclamando el pago sin IVA al fontanero, votamos a nuestro partido de toda la vida (con permiso de los nuevos astros mediáticos), por mucho que nos haya demostrado que no es más que una máquina de generar privilegios y mamandurrias para los elegidos que abrazaron sus filas con dieciséis años, e intentamos defraudar al fisco en nuestras declaraciones anuales con perseverancia sin desmayo.

El periodista, poeta y novelista Guillem Frontera lo ha captado a la perfección y nos ofrece una novela que retrata sin compasión la ávida pulsión egoísta y la falta absoluta de escrúpulos que domina, como un cáncer incurable, la sociedad, empezando, cómo no, por los políticos. El escenario escogido por Guillem Frontera es su bien conocida Mallorca, pero él mismo ha reconocido en alguna entrevista que podría haber sido Andalucía, Cataluña o Valencia, porque no existe una corrupción “específicamente mallorquina”.

El hilo conductor del relato es sencillo. El nuevo Presidente de las Islas Baleares ha venido a acabar, o eso vende en su programa electoral, con la ponzoña que corroe la política de la Comunidad Autónoma desde hace un lustro. El hecho de que pertenezca al mismo partido que gobernó el despilfarro y la corrupción institucionalizados no ha hecho mella en el electorado, que no quiere desorden. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, nos advierte el autor en su prefacio.

El Presidente empieza a recibir ratas muertas encofradas en cajas de plomo y poco a poco el relato empieza a desvelar que no es precisamente trigo limpio; el honorable mandatario y las personas de su entorno, sus colaboradores de confianza y los empresarios que influyen en sus decisiones, están atados entre sí por relaciones clientelares y oscuros intereses. 

El relato discurre entre reuniones políticas e investigaciones periodísticas que van destapando la podredumbre que domina la vida pública de Mallorca, donde pasa de todo salvo asesinatos, mientras se desmorona el chiringuito que ha ido creando el Presidente a su alrededor.

La narración comienza de manera casi perezosa, pero se va acelerando según avanza el relato. El estilo de Frontera está tan despojado de adornos que ni siquiera nos describe con precisión el físico de sus personajes, sabemos que son jóvenes o de mediana edad pero poco más. La descripción plana de los hechos parece al principio casi aburrida, pero acaba revelándose como todo un acierto porque no quita protagonismo a las miserias humanas, que atañen a todos casi por igual.

Los que al principio nos parecían héroes exhiben, con el paso de las páginas, algunos comportamientos tan sórdidos como los de los políticos y éstos nos resultan, paradójicamente, tanto más humanos cuanto más mezquinos son sus pensamientos y más esclavos devienen de sus bajos instintos. 

Aunque Sicilia sin muertos se disfrace de novela negra yo la definiría más bien como gris, gris como el alma de los protagonistas, como la interpretación que los políticos hacen de la cosa pública, como la misma sociedad. Puede que el título de la novela esté ya desfasado. El periodista mallorquín Matías Vallés propuso en 2013 que Mallorca debería cambiar su eslogan de “Sicilia sin muertos” a “Rusia sin muertos”, no sólo a causa de la proliferación de los malhechores eslavos en la isla sino porque “en la dura competencia para Mallorca en el mercado criminal”, la propia Sicilia se ha convertido en “Sicilia sin muertos” y ofrece hoy en día un ambiente cosmopolita, sin violencia, muy adecuado para las mafias de todo el mundo. 

Aceptemos o no ese “reajuste de nomenclatura”, la ficción tejida por Guillem Frontera nos recuerda, oportunamente, el alto precio que pagamos por la displicente falta de valores que nos domina.  

domingo, 18 de octubre de 2015

El necesario debate sobre las pensiones



A propósito de la lectura del libro 
'¿Qué será de mi pensión?' de José Ignacio Conde-Ruiz


A todos nos afecta el tema de la pensiones. Bien porque estemos contribuyendo con parte de nuestro salario a pagar a los jubilados de ahora, o bien porque esperemos que en el futuro nuestros hijos también sostengan con sus cotizaciones nuestro poder adquisitivo en la vejez. Además, es un pilar del estado del bienestar que debe ir más allá de coyunturas y partidismos, puesto que está asentado sobre un pacto a muy largo plazo entre generaciones y por eso debería ser fruto del mayor consenso, para evitar incertidumbres y sorpresas.

Sin embargo, un debate público informado sobre las pensiones brilla por su ausencia, a pesar de que los expertos nos avisan de que las cuentas no salen y de que en el futuro las pensiones, como mal menor, van a bajar sí o sí. La razón está en que desde el poder político no se fomenta esta discusión. Al fin y al cabo, los más de siete millones de pensionistas que hay hoy en España son un colectivo muy sensible, que se mueve de forma bastante homogénea y que puede derribar de un plumazo cualquier gobierno, y nadie quiere despertar al dragón. Los efectos políticos de tener a favor o en contra a los pensionistas los vimos claramente en 1993, cuando Felipe González ganó in extremis las generales de aquel año al grito de “que viene la derecha” a quitar la paga de los retirados.

En este contexto, vale la pena leer el libro de José Ignacio Conde-Ruiz, economista vinculado a Fedea que lleva estudiando el tema durante dos décadas y que participó en el comité de expertos consultado por el Gobierno para la reforma de las pensiones. ¿Qué será de mi pensión? es un libro clarificador, donde el autor expone de forma comprensible los datos demográficos y económicos que ya anuncian el colapso futuro del sistema y propone reformas para que no se produzca, al tiempo que denuncia precisamente el oscurantismo que rodea a las pensiones y la falta de coraje de los políticos para llevar el asunto, en sus justos términos, a la opinión pública.

Conde-Ruiz es claro. No es posible vivir cada vez más y trabajar menos. No salen las cuentas. Las proyecciones de esperanza de vida (siempre al alza) y natalidad (de las menores del mundo en España) son claras. Como resultado, debemos asumir que las pensiones bajarán sí o sí en el futuro, y además lo harán de forma dolorosa si nos quedamos con los brazos cruzados. En algún momento del libro Conde-Ruiz asegura que la pensión media como porcentaje del salario medio sufrirá un recorte de entre el 35 y el 50%.

Así las cosas, el gran debate que se debe abrir tiene que abordar la cuestión de sobre quién recae la caída. Si se reparte equitativamente entre todos los pensionistas o, como ahora, la factura la pagan las pensiones más altas, congeladas desde hace años. Para Conde-Ruiz, la sociedad española debe decidir si quiere dejar las cosas como están, lo que llevaría a la catástrofe, si prefiere ir a un sistema asistencial de pensión universal donde las retribuciones se igualan a la baja, o si apuesta por mantener el carácter contributivo del sistema actual, que establece una relación entre la cuantía de la pensión y lo cotizado durante la vida laboral. “La sociedad se enfrenta a una decisión crucial, y lo ideal sería que pudiera elegir qué camino tomar tras un debate sosegado, abierto y transparente”, insiste Conde-Ruiz.

El experto se decanta por reforzar el sistema contributivo, aunque reconoce que todos vamos a perder en una u otra media, y propone cambios en los próximos años para precisamente minimizar esas pérdidas. Conde-Ruiz ve con buenos ojos las reformas de 2011 y 2013, que elevaron la edad de jubilación a los 67 años e introdujeron el llamado “factor de sostenibilidad”, que significa que en el futuro variables como la esperanza de vida se utilizarán en el cálculo de la jubilación, lo que significa que cobraremos menos.

También aboga por extender ya el cálculo de la jubilación a toda la vida laboral del trabajador, para evitar la injusticia que se produce con los muchos trabajadores que son despedidos a los 50 y nunca vuelven al mercado laboral. Además, propone diversificar el ahorro (en España mayoritariamente vinculado al ladrillo) y fomentar la inversión en formación y capital humano para mejorar las posibilidades de los españoles de mantener o acceder a un empleo según se acercan a la vejez.

Asimismo, pide el fomento del ahorro a largo plazo, mejorando la fiscalidad de muchos productos y no sólo primando los planes de pensiones, un vehículo de inversión que además favorece a las rentas más altas. Y, por último, cree el autor que sería conveniente afinar productos como el de la hipoteca inversa, ideal en un país como España, donde la mayor parte de las viviendas son de propiedad, o que se pudiera compatibilizar fácilmente el cobro de la pensión y de un salario al mismo tiempo.


En definitiva, José Ignacio Conde-Ruiz apuesta por un sistema de pensiones que tenga como base el sistema público actual, aunque mejorado, al tiempo que cree idóneo que cada jubilado tenga más opciones para complementarlo con sus ahorros e inversiones como forma para compensar las inevitables caídas. Pero sobre todo pide que el debate, ahora soslayado por el cálculo electoral de los políticos, se haga público, transparente e informado. Algo a lo que este libro ya está contribuyendo. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Las infancias de Juan Cruz



En El niño descalzo, el periodista Juan Cruz vuelve a conmover. Este libro –en realidad una larga confesión- está hecho de uno de los materiales literarios que más me gustan, el que gira en torno al tiempo –el perdido y el que tenemos por delante- y la memoria que trabaja para recuperarlo, aunque sea infructuosamente. “Somos el tiempo que nos queda”, recuerda Cruz con un punto de melancolía.

Juan Cruz, omnipresente desde hace décadas en periódicos, radios y televisiones, quizá el tinerfeño más ubicuo e hiperactivo que a uno le quepa imaginar, vuelve con El niño descalzo al tono introspectivo y sincero que tan buenos resultados le dio en libros como Ojalá octubre, dedicado al padre huidizo y enigmático, y La foto de los suecos, recuerdo de la madre siempre vigilante, protectora, la alegría de la casa.

El niño descalzo, en esencia una larga carta a su nieto de tres años, escrita para ser leída por su adorado interlocutor cuando quizá el autor ya haya desaparecido, marca otro capítulo de la cartografía sentimental del periodista y de su familia. La observación atenta de Cruz a los andares inciertos del nieto le sirven para rememorar tres infancias al tiempo: la suya propia, pobre, en un barranco de La Vera, en Tenerife, en los años cincuenta; la de su hija Eva, en el Londres incierto y brumoso de los setenta, y la del pequeño Oliver, un motivo para la alegría y el reencuentro con la familia que no siempre estuvo ahí.

El niño descalzo es un canto a la vida pasada, presente y futura, y a la risa reparadora de la infancia, pero también la constatación de que la vida cobra sentido a base de las ausencias, de las miradas y de los ojos que los ya no están y tanto quisimos y admiramos, discretamente, o de los que simplemente nos dieron calor y protección. Esos que se fueron y que ahora, malamente, la palabra y el recuerdo nos devuelven. 

Otra vez convierte Cruz en protagonistas de su peripecia sentimental a la madre protectora que, como antesala de su final, un día no quiso reírse y enmudeció, o al padre soñador y a ratos ausente. Pero también hay un recuerdo al mentor del joven periodista, el crítico literario Domingo Pérez Minik, o al destierro y la tragedia de Antonio Machado y Federico García Lorca.   

Cruz, periodista compulsivo, incansable, que se va a jubilar haciendo periodismo, lo que no es poco en un país donde la profesión anda de mal en peor, bucea en su pasado y en el de su gente a base de oído y de afinar la mirada. “Mirar, mirar, mirar hasta el último instante. Mirar te salva de estar solo, aún ahora”. Es la palabra como redención, como vía para conjurar la soledad y el silencio, y también la angustia ante la muerte propia y de los seres queridos. 

La literatura más personal de Cruz, de la que esta carta a Oliver es otro capítulo (y casi seguro que no el último), es un intento de conectar a los que se fueron y a los que vendrán, porque unos y otros, sin saberlo, se deben mucho. Y ahí está el periodista -¿o el poeta?- para atestiguarlo y e ir atando cabos a golpe de confesión.  

El oído de Cruz se recrea en la música que dejan las palabras, las inconscientes y ocurrentes de su nieto, mientras juega, ríe y llora, o las casi olvidadas del joven asmático que creció en el Puerto de La Cruz, en el norte de Tenerife, subiendo y bajando por un barranco, con los pies descalzos, y escribiendo las crónicas de los partidos de fútbol que oía por la radio, sin saber que contar iba a ser su profesión, y su razón de ser.

El niño descalzo es también un sutil ejercicio de impudicia, y eso es de agradecer porque, a pesar de barnices varios, seguimos siendo un país demasiado recatado en lo literario. Cruz, confeso admirador de Camus, se muestra temeroso ante la muerte y reconoce los errores del pasado y el olvido de la familia por los brillos momentáneos del éxito profesional o la vida crápula del literato y del editor.


En fin, esta carta, que es memoria, ficción y poema a la vez, arrebata por su sinceridad. Y a pesar de que a ratos se vuelve demasiado tentativa y circular (quizá como este comentario), está hecha de la literatura que más me interesa, la del tiempo que no volverá y la memoria que, en vano, intentará recuperarlo. “Ahora sé que todo es tiempo, este mismo texto es tiempo sobre el tiempo, una manera de atajarlo, el tiempo inevitable es el que lo puebla”.