jueves, 29 de septiembre de 2016

El fútbol según Valdano











Pese a ser una potencia mundial futbolera, y pese a que el fútbol monopoliza buena parte de las conversaciones de bar de este país, por no hablar de su influencia en la agenda política -todavía resuena el decreto ley de 1997 del ministro Álvarez Cascos declarándolo asunto de “interés general” por motivos interesados y espurios-, la literatura que hay sobre este deporte es más bien escasa y precaria.


Abundan sobre todo en las librerías las biografías autorizadas de las estrellas del Madrid o del Barca. Libros previsibles y un punto edulcorados, escritos por periodistas amigos y destinados a ensalzar la figura del protagonista, y a dar cuenta de su periplo desde el barrio o la aldea humilde al estrellato en un negocio multimillonario y universal. El de este otoño se llama La jugada de mi vida y, como explican sus editores en el material promocional, descubre a la persona que hay detrás del mito de Andrés Iniesta y responde a la necesidad del centrocampista “de explicarse como jugador de fútbol, pero sobre todo como ser humano”. En fin.


A pesar de la omnipresencia del deporte en la vida de la gente y en la televisión, en general no tenemos, como en otros países -pienso en Estados Unidos- ni muchos ni buenos libros de deporte. En una librería grande con suerte daremos con un par de estantes dedicados a la materia, cuando al otro lado del Atlántico uno puede encontrar cientos y cientos de volúmenes casi siempre bien editados y bien ilustrados. Más allá de los cuatro best-sellers futboleros, el hueco aquí lo cubren cuatro editoriales con títulos de diseño y contenido arcaico, y de tiradas paupérrimas.


Fútbol: el juego infinito no pertenece a esta categoría de libros precarios, y tampoco es un best-seller laudatorio de la estrella del momento. El volumen, escrito por Jorge Valdano, habla de la fascinación que este deporte siempre despertó en el autor, pero también es un retrato descreído de un mundo, el del fútbol de alto nivel, que ha traicionado sus esencias para acomodarse a las nuevas reglas que ha impuesto la globalización y la mercantilización -excesiva- del espectáculo.   


Valdano es un cruce de entrenador, comentarista televisivo y conferenciante, y sus reflexiones, siempre sazonadas con metáforas, tienen a ratos enjundia. Eso sí, el libro es por momentos deslavazado y carente de ilación, por cuanto es una reunión casi siempre de artículos de muy diversa índole que el ex jugador de Argentina escribió para diarios de varios países.


Valdano es complaciente y arriesga poco cuando tiene hablar de nombres ilustres. Su libro es una loa a la santísima trinidad+1 del fútbol mundial: Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona. Y también es bastante previsible cuando se dedica a ensalzar a figuras más recientes como Messi, Cristiano, Raúl o Xavi Hernández. En el capítulo de entrenadores, no oculta su admiración por Guardiola, Bielsa o Ancelotti, y renuncia dedicarle una línea a Mourinho, con quien compartió club y jefe, pero nunca una manera de entender el fútbol.


Es más lúcido Valdano cuando se trata de detectar los males que aquejan al fútbol actual: la dictadura del gol y de la victoria, que en muchos sitios ha acabado con el buen juego; el presentismo que hace que un delantero o un centrocampista valga por lo que ha hecho en el último partido y casi por nada más; el fanatismo de las hinchadas y esa idea que los jugadores han asumido sin discusión de que el público siempre tiene razón; la violencia en muchos estadios, sobre todo del Cono Sur; una globalización que ha matado el gusto por lo local y que en algunos sitios ha propiciado una desconexión sentimental con los jugadores, aunque no tanto con el club de toda la vida.

Valdano se presenta como defensor del fútbol atrevido que apuesta por la emoción y la belleza, y deplora aquel que está pendiente de la rentabilidad y el balance financiero, o del cortoplacismo del resultado. En fin, el fútbol según Valdano.




jueves, 8 de septiembre de 2016

Una novela fallida



A propósito de 'La tierra que pisamos',
de Jesús Carrasco

Me emocionó la novela Intemperie, el debut literario de Jesús Carrasco hace un par o tres de años. Una fanfarria de expertos en marketing acompañó la aparición de aquel libro, que adquirió dimensiones planetarias desde un primer momento, y yo suelo desconfiar de los lanzamientos a bombo y platillo. Sin embargo, Intemperie revelaba a un escritor exigente y, en varios sentidos, contracorriente. Intemperie, que para unos recordaba al mejor Delibes y para otros se emparentaba con la literatura descarnada de Cormac McCarthy, era un prodigio por la depuración y fuerza del lenguaje y por la historia subyugante de supervivencia que nos contaba. En un lugar y en un tiempo bastante indeterminado, un niño desvalido era perseguido por un alguacil sin escrúpulos sin que llegáramos a saber muy bien por qué. Y en esas, el niño se topaba con un cabrero con el que establecerá una distante pero creciente sociedad, una amistad silenciosa destinada a llenar el agujero emocional de la orfandad.

Con muy pocos elementos, y tras un ejercicio de poda ejemplar, Carrasco lograba construir un relato que cautivaba por lo opresivo, pero también por su desbordante humanidad. La peripecia del joven protagonista para salvar su pellejo en las áridas tierras que recorre, un escenario terminal castigado por una sequía bíblica, daba lugar a una historia de soledades y miedos atávicos destinada a permanecer en el recuerdo de muchos lectores una vez terminado el libro.

Con estos antecedentes y con las expectativas muy altas comencé a leer la segunda novela de Carrasco, La tierra que pisamos. Sin embargo, aquí no se repite la emoción ni la congoja de Intemperie, a pesar de narrar también una historia de supervivencia en medio del caos y la barbarie. Si desde la primera línea de Intemperie uno se ponía del lado del chico que corre hasta la extenuación y arriesga su vida con tal de no ser descubierto por el malvado alguacil, en esta novela cuesta compartir los padecimientos y zozobras de unos personajes que también deambulan por un escenario opresivo.

A principios del siglo XX, España es parte de un imperio que se extiende por Europa y buena parte de África. En un pueblo extremeño donde viven retirados las élites militares de ese imperio, la anciana Eva Holman cuida de su esposo, coronel sanguinario en otro tiempo. En el jardín de su casa se encuentra Holman un buen día a un pordiosero, Leva, un hombre devastado y mudo que despierta la compasión y la curiosidad de la mujer, a pesar de que eso no sea del agrado de las estrictas autoridades militares que custodian el pueblo. A partir de ahí, Holman nos cuenta en primera persona los sentimientos que le despierta el desharrapado y, al hilo de sus pesquisas para saber quién es, conocemos la historia de explotación y barbarie sobre la que se sostiene ese imperio al que su marido sirvió tan fielmente.

Otra vez estamos ante una historia extrema, de esas que en teoría nos pondrán los pelos de punta, con elevadas dosis de humillación y con pasajes de un tremendismo que, paradójicamente, neutralizan el poder evocador de la injusticia que relata. Y otra vez estamos ante un escritor con un excelente manejo del idioma. Sin embargo, nos cuesta entender el boquete de perplejidad que viene a despertar en Eva Holman la aparición del desgraciado Leva. Cuesta entender la fascinación que despierta el uno en la otra. Tampoco me llego a identificar con el miserable, a pesar de que se nos informa de que ha aguantado con ilimitado estoicismo infinidad de calamidades y vejaciones en un campo de trabajo que más bien parece de exterminio.
Otra vez Jesús Carrasco vuelve a demostrar el poder luminoso de las elipsis y los saltos temporales. Pero ya no nos pone el corazón en un puño a medida que avanza la narración porque ésta no fluye. La historia terminal del vagabundo de oscuro pasado y que siempre está a punto de perecer no avanza. Curiosamente, el estatismo físico de los personajes -Leva apenas puede ponerse en pie y los años también han restado energías a Eva- acaba contagiando el propio relato, que se hace reiterativo y previsible porque la voz de la narradora adelanta mucho de lo que va a pasar y neutraliza el factor sorpresa. Carrasco no reedita la tensión dramática de Intemperie porque el destino del esclavo no guarda muchos secretos. En su lugar, el escritor extremeño está más interesado en dar cuenta de las zozobras existenciales de una anciana que después de tantos años de forzada fidelidad conyugal se quiere rebelar contra el sistema.

Aunque el estilo y la escritura de Carrasco vuelven a ser contundentes, La tierra que pisamos no llega a funcionar como relato y tampoco llega a convertirse en la epopeya humana que se presagia en las primeras páginas, en otro capítulo en la lucha de la civilización contra la barbarie.


martes, 16 de agosto de 2016

El paisaje como invención


A propósito de la lectura de
'La España vacía', de Sergio del Molino

Pocas veces trasciende uno de los mayores problemas que tiene este país, el de la desploblación y olvido de ese gran donut de tierra que rodea a Madrid y que comprende las dos Castillas, Aragón y Extremadura. Un proceso que, a pesar de la propaganda franquista, que muchas veces buscó las esencias de la nación en los montes de Gredos o en la llanura castellana, se aceleró con el éxodo que tuvo lugar entre 1950 y 1970, y que dejó un desierto humano que hoy, y también a pesar de la retórica de nuestros políticos, no tiene paragón en Europa si se exceptúan los territorios helados de Laponia y del norte de Escandinavia.  


De ese gran desequilibrio, que ni la democracia ni la descentralización autonómica han logrado corregir, y del que habitualmente sólo hablan algunos, como Julio Llamazares, pero que en general ha estado ausente del debate público, y que condiciona sin que nos demos cuenta la economía, la sociedad y la política de este país, trata este espléndido libro Sergio del Molino, un periodista que se crió en un pueblo y que durante años recorrió en coche esa España olvidada.


En realidad, Del Molino hace un ejercicio de restitución, porque fija la mirada en un país “que nunca ha sido dueño de sus propias palabras” y que “siempre ha estado contado por otros”. A desentrañar y darle voz propia a ese paisaje olvidado o, en el mejor de los casos, inventado a base de mitos, sobreentendidos y conveniencias literarias por artistas y escritores urbanos, se aplica Del Molino en un libro que va, sin que nos demos cuenta, del reportaje periodístico y la crónica de viajes al apunte autobiográfico, pasando por el análisis literario o el comentario económico y sociológico.


Del Molino analiza con sabiduría y siempre con la palabra precisa y reposada del que le ha dado muchas vueltas al tema. Y para ello no duda en recurrir a comparaciones audaces y ancladas en la cultura compartida, como cuando habla de la adaptación del tradicionalismo carlista a la España moderna y urbana de los 70 a través de la figura del locutor de radio Joaquín Luqui.


Del Molino escribe un libro bien documentado y ameno que a uno no le gustaría terminar nunca, y que reflexiona sobre la carga de invención y sentimentalismo que nos ha dejado la cultura española que se ha acercado desde las ciudades a esa España desolada, para dar una visión pretendidamente áspera y derrotista. Desde el relato tremendo de Buñuel en su famoso –aunque poco visto- documental sobre Las Hurdes, o la crónica de los asesinatos de Casas Viejas por el joven periodista Ramón J. Sender, a las andanzas del lumpen ibérico que aterriza en el Madrid castizo de la inmediata posguerra –que se pueden ver en la película Surcos- o la Barcelona de los 60, tan bien narradas por Juan Marsé.


La España vacía es un excelente y poliédrico ensayo que repasa un siglo y medio de divorcio entre la realidad de la España olvidada y la imaginación de los intelectuales capitalinos a los que tocó contar su historia, y que casi siempre apuraron su relato para subrayar los tintes más dramáticos de la vida lejos de las ciudades, un mundo –según nos contaron- atenazado por la pobreza, el inmovilismo,  la desconfianza, la brutalidad y la muerte. Ese mundo de violencia latente que tan bien reflejó Sam Peckinpah en Perros de paja y que aquí también sedujo al Lorca de Bodas de sangre o al Cela del Pascual Duarte.


La España vacía está cargado de referencias a la cultura de ceja alta, pero también a la más popular. Para ilustrar el abismo que se ha abierto entre esos dos mundos que se tocan pero que en el fondo marchan por separado, sin fiarse el uno del otro: el de los territorios de aluvión y de barriadas de casas baratas y especulación urbanística en que se convirtieron Madrid y las grandes ciudades costeras, y el del interior, con miles de pueblos que se han quedado sin vecinos y hoy están habitados por fantasmas, Del Molino se retrotrae a la prosa con aires de exaltación patriótica de Azorín, o al esencialismo de Unamuno, y también analiza el redescubrimiento del “gran trauma” rural que, en bajo los brillos cegadores de la movida madrileña, supusieron los libros crepusculares de Julio Llamazares. Pero también habla el periodista del reflejo de ese país imaginario y olvidado en las canciones populares, en las letras provocativas y desinhibidas de Extremoduro o en la iconografía televisiva de una serie como Cuéntame, donde el divorcio campo-ciudad es tan protagonista como los torpes ejercicios de grandeza del patriarca Antonio Alcántara.


Al final del libro de Sergio del Molino hay un sentido homenaje a esos artistas –neorrurales los llama en algún momento- que en los últimos tiempos renunciaron a la aceptación rápida que puede proporcionar una obra cargada de referentes y guiños a códigos urbanos compartidos, y buscaron una voz propia entre las esencias de la tierra, aunque eso supusiera cierto olvido y quedar al margen del gusto dominante. Es el caso del tanguista  Cristóbal Peppeto, del poeta navarro Hasier Larretxea o del novelista extremeño Jesús Carrasco, quien amplía –acompañado de éxito de público y crítica, eso sí- los horizontes del desgastado idioma con la palabra olvidada o en desuso de la llanura para construir un cautivador relato de supervivencia.


Son los nietos de los que abandonaron a mediados del siglo pasado la vida dura del campo y emprendieron camino a la ciudad, en busca de una existencia más confortable, y que ahora hacen el viaje de vuelta, aunque sea artísticamente, recuperando las palabras y los sonidos olvidados. A modo de invocación mágica de esa España que sus padres y sus abuelos han seguido anhelando secretamente, un mundo que habita en la conciencia más íntima de tantas familias de este país.

martes, 9 de agosto de 2016

Para qué leer si podemos vivirlo

En una entrada interesante de su blog American Psique, César García habla de la difícil coyuntura que tiene la lectura en el mundo digital y en un momento en que la experiencia, por muy pobre que sea, casi siempre es preferida al conocimiento.

"No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank, a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajor coste, o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia".

Aquí puedes acceder a la reflexión de César sobre el futuro de la lectura de libros en los tiempos que corren:

http://americanpsique.blogspot.com.es/2016/08/leer-hoy.html

jueves, 4 de agosto de 2016

Sánchez-Cuenca contra los intelectuales españoles



A propósito de la lectura de 'La desfachatez intelectual', de Ignacio Sánchez-Cuenca


Este libro ha levantado algo de revuelo porque su autor, el profesor de políticas Ignacio Sánchez-Cuenca, critica la falta de rigor y profundidad de algunas de las plumas de referencia de la prensa española, sobre todo las del diario El País. Hay que reconocer que La desfachatez intelectual, al contrario de otros acercamientos más generales y “políticamente correctos”, no ahorra en nombres propios y apunta sin disimulo a los perpetradores de la estafa: Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, César Molinas, Luis Garicano, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas...

Uno se pregunta cuando lee este ataque frontal a los figurones del Grupo Prisa si Ignacio Sánchez-Cuenca habría publicado un libro tan pertinaz si siguiera en la nómina de opinadores de El País, un periódico donde siempre le trataron muy bien y del que se fue por su propia voluntad, según él mismo confiesa. 

A la literatura furibunda y visceral característica de los “machos discursivos” –así llama en algún momento el politólogo a los autores caradura que pone en el punto de mira- responde Sánchez-Cuenca con un análisis reposado y pretendidamente amable y constructivo. Y monta su ataque basándose exclusivamente en las contradicciones y fallos de argumentación que encuentra en la palabra publicada, sin importar si esa palabra se aloja en lo más profundo de la hemeroteca y fue pronunciada varias décadas atrás. “Por tus palabras serás condenado”, parece advertirnos a cada momento Sánchez-Cuenca.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, este libro tiene aire de ajuste de cuentas. Y eso es así en parte por ese énfasis en la literalidad. Siempre con una sonrisa en la boca y con trato exquisito, Sánchez-Cuenca enseña los colmillos para desacreditar una línea de pensamiento –la de los opinadores de referencia de El País- que, en su opinión, se ha ido escorando al centro y la derecha con el paso del tiempo, pero sobre todo desde la irrupción en la escena política de José Luis Rodríguez Zapatero, un político al que el autor tiene en alta estima y que “machos” de la palabra como Félix de Azúa han despellejado vivo.  

El ataque “amable”  y bienintencionado de Sánchez-Cuenca no tiene desperdicio. A Fernando Savater le recrimina el giro de sus ideas sobre el terrorismo etarra en las últimas décadas. A base de escarbar en la “maldita hemeroteca”, muestra la incongruencia del filósofo, que pasó de ver con buenos ojos el independentismo en los años de plomo, cuando ETA precisamente hacía más daño, a convertirse en voz y símbolo del españolismo y comulgar con el discurso del PP cuando la situación, paradójicamente, empezaba a mejorar. De Félix de Azúa critica su tono excesivo, apocalíptico y cascarrabias, propio de lo que Jordi Gracia ha llamado en un panfleto recomendable el “intelectual melancólico”, aquel que ve en el mundo de hoy decadencia y banalidad por doquier, y echa de menos tiempos pasados, más geniales y felices.  

En todo caso, y yendo más allá de las referencias personales (que son la verdadera salsa del libro), el libro de Sánchez-Cuenca llama la atención sobre algunos de los vicios del debate público en España y sobre lo poco o nada que contribuyen los medios de comunicación en España a elevar su nivel. A nadie se le escapa que en este país la opinión en los periódicos está dominada por escritores y periodistas todoterreno que llevan siempre la discusión al terreno que más conocen (sobre todo el tema identitario y territorial) y pasan de puntillas por otras muchas cuestiones por el desconocimiento o por el escaso interés en documentarse sobre las mismas. 

No ayuda mucho a tener debates de calidad el hecho de que el mismo opinador de periódico (o televisión, o radio, o a veces de todo a la vez) aparezca por la mañana hablando de la prima de riesgo o la deuda soberana, al mediodía de la guerra en Siria o del último Premio Nobel de literatura y por la noche del sistema de pensiones en España o de los tratados de comercio internacionales. Sánchez-Cuenca añora las prácticas de los medios anglosajones, donde la figura del santón intelectual que opina un día sí y otro sobre casi todo es más rara y donde los medios recurren más a la visión del experto con una visión más analítica y menos apasionada del mundo. Aunque quizá con la calamitosa campaña del Brexit, esta admiración tenga que ser revisada.  

Se detiene Sánchez-Cuenca en el análisis de la crisis económica que sacude España desde 2008, y se lamenta de las simplificaciones a las que han recurrido desde ese momento muchos autores con el traje del regeneracionismo para explicar la catástrofe. “Merecíamos algo mejor”, dice el politólogo, que, por ejemplo, considera un completo disparate lo que cuenta Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, un libro aplaudido por casi todos cuando salió publicado. Para Sánchez-Cuenca, el novelista de Jaén comete una falta grave cuando se conforma con identificar como razón fundamental de la debacle económica la obsesión de la vida política y mediática española por los debates nacionalistas y guerracivilistas, sin entrar mínimamente en los múltiples problemas financieros que originaron la recesión. También censura el tenebrismo, el noventayochismo y el tono excesivamente quejumbroso del autor de El jinete polaco. En este apartado, también desacredita algunas de las argumentaciones de César Molinas en su muy promocionado ¿Qué hacer con España?, o pone en cuestión la excesiva importancia que dan a los incentivos autores como el propio Molinas o Garicano en sus propuestas regeneracionistas.  
  
El libro de Sánchez-Cuenca es interesante por cuanto cuestiona con datos y trabajo de hemeroteca el discurso de algunas de las vacas sagradas del escenario mediático y editorial de este país. Y, sobre todo, porque más allá del acierto y pertinencia de sus críticas y puntualizaciones, pone en evidencia algunas de las carencias del debate público en España, dominado en muchos casos por una literatura frentista, maniquea y ensimismada, y de atufado aire decimonónico a ratos. Una retórica simplificadora empeñada en perpetuar los fantasmas del pasado, pero que nos aleja de los debates más actuales y carece del rigor analítico que debería dominar en una opinión pública de altos vuelos.


lunes, 18 de julio de 2016

Las vidas anónimas de Vivian Maier




Mientras uno ve alguna de las más de cien fotografías de Vivian Maier que se exponen estos días en la Fundación del Canal de Isabel II, en Madrid, se pregunta cómo pudo esta señora morir en la indigencia después de haberse pasado décadas retratando la América urbana con un lenguaje propio y una perseverancia inaudita.

En los últimos años, Maier se ha convertido en un fenómeno en el mundo de la fotografía callejera, y de ella ya no sólo hablan los entendidos, sino también el público en general que acude a las exposiciones que se organizan con su trabajo y que queda subyugado por su historia personal y seducido por las instantáneas de esa gente corriente que Maier se fue encontrando a su paso, y que son el reverso sin pretensiones del glamour neoyorquino que tantas películas nos han dejado en la retina.

La historia de Vivian Maier es ciertamente novelesca, y bien podría ser el guión de alguno de esos celebrados documentales que siguen los pasos de la estrella que acabó en el anonimato o que simplemente nunca brilló, a pesar de atesorar todas las dotes para llegar a lo más alto. Pienso en el magnífico y emotivo Looking for Sugarman.

Y es que Maier se ganó humildemente la vida trabajando como institutriz para familias de Nueva York y Chicago durante 40 años. Y era en sus tardes y días libres, o incluso en sus paseos con los niños, cuando aprovechaba para dar rienda suelta a su pasión, con una cámara Rolleiflex colgada a la altura del pecho, dispuesta siempre a retratar a los vecinos, a los niños y padres que llenaban los parques infantiles, a los vagabundos que encontraba cuando se adentraba en barrios alejados de las calles más populosas y elegantes que solía transitar para airear a los niños acomodados que le tocaba cuidar.

Así, en secreto y probablemente sin un plan preconcebido, Vivian Maier fue atesorando un archivo colosal. Se le calculan más de 120.000 negativos, aparte de cintas de magnetofón en las que grababa conversaciones que mantenía con desconocidos o de películas de super 8 en las que se ven a colegiales que juegan en un patio u obreros trabajando. Una producción que iría dejando en los trasteros de las casas en las que sirvió y que en 2007, y por casualidad, un amante de la fotografía, John Maloof, encontró parcialmente en un mercadillo cualquier, uno de esos que andan abarrotados de los objetos que en otro tiempo lo fueron todo para sus dueños y que con el paso de los años dejaron de interesar sus propietarios y casi al resto de la humanidad.

Aunque durante años, Maier paseó su cámara por los centros de dos de las ciudades más admiradas, visitadas y retratadas del mundo, los paisajes que muestran son íntimos. Rara vez se para a fotografiar las muchedumbres que uno se espera en la gran urbe americana, y ni siquiera le interesa a Maier el colosalismo arquitectónico que dejó en ellas el capitalismo industrial de la primera parte del siglo XX.

Su mirada se detiene, en cambio, en los conciudadanos que se va encontrando en sus caminatas, mientras empuja el carrito del bebé y carga con disciplina inquebrantable su cámara al cuello. Un grupo de niños que juega en Central Park, una vecina armenia de un barrio periférico que discute airadamente con un policía, un limpiabotas que se columpia en su taburete mientras espera distraído al próximo cliente, un tendero del que sólo vemos los zapatos y que parece ordenar el escaparate de su establecimiento, un grupo de ancianas que parecen esperar el autobús con asumido estoicismo…

Maier fotografiaba lo que se iba encontrando en sus paseos, y nunca iba más allá. Casi siempre se quedaba al margen de la escena, lo suficientemente lejos para que nada disipara la naturalidad de las cosas. El hecho de llevar la cámara al pecho, aparentemente inerte y camuflada por la rutina, le iba a permitir siempre mirar a los ojos sin ser vista. Aunque, eso sí, en ocasiones rompía el guión y era capaz de empujar deliberadamente a los paseantes con tal de sacarles un gesto de sorpresa o de rabia contenida.

En una de las salas de la Fundación del Canal de Isabel II nos topamos con la propia Maier. La vemos en varios momentos de su vida, pero siempre con el mismo rostro inexpresivo y un punto triste. Maier fue un misterio, y observando sus autorretratos poco podemos decir de la institutriz que se volcó durante décadas en la fotografía callejera, para convertirla en su pasión secreta. Quizá que fue una mujer de carácter austero y sobria en el vestir, pero poco más. Quizá poco sociable cuando se despojaba de su cámara. La vemos reflejada en un espejo con el se cruza en una acera de Nueva York, o en los cristales de las tiendas y las cafeterías que probablemente frecuentaba con los niños que tenía a su cargo. O la intuimos en las sombras que deja su cuerpo ligero pero abrigado en la hierba de un parque.

En la exposición de Maier en Madrid, uno recupera un trozo de la vida de esa América urbana, pero no de la glamorosa que tantas veces retrató el cine, la literatura o la propia fotografía, la de los edificios singulares y los rascacielos desafiantes, la de las estrellas de Hollywood posando en el vestíbulo de un hotel o en un coche de lujo. En la selección de fotos traídas de Maier que han viajado a Madrid sólo reconocemos a Kirk Douglas a la entrada de un cine donde se estrena Espartaco, quizá porque a Vivian Maier le gustaba el actor, o quizá porque se topó con la muchedumbre que lo esperaba mientras daba uno de sus paseos, en busca del gesto torcido o la mirada distraída de la gente corriente.  

lunes, 11 de julio de 2016

'Léxico familiar', de Natalia Ginzburg




Recuperar el tiempo que se fue gracias a la palabra compartida en casa, gracias a esas frases tantas veces escuchadas en familia y en las que en otro tiempo, cuando nos creíamos eternos, no reparamos, y que al cabo de los años regresan cargadas de significado y emoción. Volver a la infancia y la juventud rememorando las protestas del padre colérico y autoritario, pero tierno en el fondo, los consejos de la madre generosa, pero desganada, las riñas de los hermanos que acabaron en violencia física y llantos desconsolados, o las conversaciones con los vecinos y los amigos con los que compartimos tantas tardes de verano.


Eso es Léxico familiar, quizá el libro más celebrado de la escritora italiana Natalia Ginzburg. Y se entiende que así sea porque, por la cercanía e intimidad de su prosa, al que lo lee no le queda más remedio que asumir como propio el universo familiar de la autora, a pesar de la distancia en el tiempo, pues al fin y al cabo Ginzburg nos habla de los avatares de una familia acomodada turinesa, la suya, durante las primeras décadas del siglo XX, cuando las alegrías de la modernidad se mezclaban con los oscuros augurios de los extremismos en Europa.   


Ginzburg se gana al lector con un estilo sereno, libre de artificios, atento al detalle y a la música de las palabras, cómplice y tierno, pero no melodramático ni enfático. Cuando la narración invita a un pico dramático, Ginzburg lo rehúye y, como en otros libros suyos (pienso en Las pequeñas virtudes), depura la vida de una familia para contarla toda y con todas sus complejidades en no más de 200 páginas. Y podía haber optado Ginzburg por el subrayado, pues razones no le faltaron. Y es que los Levi sufrieron la persecución del fascismo de Mussolini, y el primer marido de Natalia, el editor Ginzburg, del que finalmente adoptará el apellido, murió en una cárcel por sus ideas políticas.


Sin embargo, Ginzburg no levanta la voz ni muestra acritud, y por eso es más convincente su relato. Es más, la joven Natalia se quita de en medio como personaje y sólo la intuimos a través de esa mirada tierna, amorosa y socarrona que sostiene a los que ya no están. Léxico familiar nos habla del infierno de la muerte y la ausencia, de los tiempos grises de la guerra, pero con las palabras cálidas y desinhibidas del hogar.


Como decía Gabriel García Márquez, la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos. Más aún, la vida, si es algo, es memoria y esa memoria sólo encuentra asidero en las palabras y las frases compartidas en la cocina, el cuarto de los niños o el salón de casa, pronunciadas despreocupadamente tantos años atrás, pero que luego quedan como el único vínculo con el pasado añorado. Ginzburg reinventa a la familia que se fue o que está irremediablemente desmembrada con el fraseo íntimo de las bromas o las regañinas que en otro tiempo formaron la lengua de la tribu. “Soy aquellos que fueron antes de mí”, dice Natalia Ginzburg.


El costumbrismo de Ginzburg recuerda al del neorrealismo italiano. A ratos esa polifonía de voces evoca el paisaje familiar de Amarcord, de Fellini, pero donde en Fellini reina el exceso y la autoría, en Ginzburg hay discreción y, todo lo más, una mirada compasiva.  


Como pasa con las buenas películas, que uno empieza a comprender o a apreciar del todo una vez ha abandonado la sala oscura del cine, Léxico familiar también empieza a crecer una vez cerramos el libro. De hecho, antes causa cierta fatiga su lectura porque uno debe andar muy atento para no perderse en la sucesión imparable de situaciones y personajes (cuesta llamarlos así cuando en realidad fueron presencias reales rescatadas por el recuerdo): Beppo Levi, el padre ateo y amante de las caminatas de montaña; Lidia, la madre aficionada a Proust y a la ópera; Gino, el hermano estudioso y modélico; Alberto, el otro hermano que acabó como médico de familia; Mario, emigrado a una Francia que admira y convertido a la lucha contra el fascismo; el amigo Cesare Pavese, que “había hablado durante años de suicidarse” y al que “jamás nadie le creyó”; Adriano Olivetti -el fabricante de las máquinas de escribir-, que se casa con Paola, la hermana mayor de Natalia; los compañeros de la editorial Einaudi...


Para no desequilibrar el relato y mantener la polifonía de voces, Ginzburg opta por cerrar abruptamente cualquier episodio si es necesario. Y es que en realidad, en Léxico familiar lo que importa no es tanto lo que nos cuenta en cada momento, sino la música de la memoria construida a base de esas palabras íntimas que una vez se compartieron, y que ahora sólo habitan en el olvido. “La de veces que he oído contar esa historia”, se despide Ginzburg.  


La literatura de Ginzburg tiene la aparente liviandad de lo cotidiano. Pero las cosas pequeñas son, al final del día o de la vida, las que más importan, por mucho que nos intentemos convencer de lo contrario. Como decía John Lennon en una canción, “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Y esa vida que tiene lugar mientras tanto es la que llena las páginas de este libro.

martes, 28 de junio de 2016

A mí el Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

El Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

lunes, 20 de junio de 2016

Las tribulaciones de Dmitri Shostakóvich



A propósito de la lectura de
'El ruido del tiempo', de Julian Barnes

Desde su muerte, en 1975, hay un debate abierto entre historiadores y especialistas en el mundo de la música que intenta aclarar hasta qué punto Dmitri Shostakóvich fue sobre todo un compositor disidente en toda regla o más bien aprovechó su cercanía al régimen soviético para vivir en los beneficios de la cultura oficial, a pesar de no comulgar con ella ni en lo estético ni en lo político.


Lo que sí es verdad, y ese es el punto de partida de 'El ruido del tiempo', la última novela de Julian Barnes, es que Shostakóvich vivió siempre vigilado y amenazado, y eso se notó en su peripecia vital y en música, escrutada al detalle y censurada por el régimen, y autocensurada por el autor, quien en muchas ocasiones mandó al cajón las piezas que componía para no levantar las sospechas de los guardianes de la ortodoxia. Shostakóvich alternó la audacia de sus cuartetos de cuerda con el compromiso que le demandaba el aparato estalinista, y que le llevó a componer música para películas oficiales y sinfonías que, como la Quinta, fueron entendidas por el stablishment soviético como un loa al sistema.


‘El ruido del tiempo’ es un monólogo interior –en tercera persona- que se detiene en varios momentos clave de la vida de Shostakóvich y que nos dan idea del alcance de sus tribulaciones. El primer episodio es el del estreno en el Bolshoi de Moscú de su ópera 'Lady Macbeth de Mtsensk', con el demoledor editorial posterior del diario Pravda -quizá escrito por el propio Stalin- que tacha al joven y dotado músico de San Petersburgo de decadente y le acusa de producir “caos en lugar de música”. Un encontronazo que marcará de por vida la relación de Shostakóvich con el dictador y con el poder soviético.


Más tarde, en 1948, Barnes relata el viaje forzado a Nueva York que hace el músico para representar a su país en un congreso internacional sobre cultura y ciencia, una encerrona que le lleva a leer ante los muchos admiradores extranjeros de su obra un discurso propagandístico escrito por los burócratas del régimen para poner en evidencia a las democracias occidentales. Y, ya en tiempos Nikita Jrushchov, cuando “los tiempos difíciles” habían acabado y el régimen se afanaba en legitimarse ante el mundo rehabilitando a algunas de las figuras que Stalin condenó, Barnes sitúa las páginas finales de su novela. Como colofón nos cuenta el tira y afloja de la burocracia oficial con Shostakóvich para que éste aceptara la presidencia de la Unión de Compositores Rusos, algo que finalmente hizo muy a regañadientes porque llevaba como condición previa su afiliación al partido comunista, un gesto que había evitado toda su vida y que a partir de ese momento iba a quedar como una muestra inasumible de su cobardía.


Este libro, que algunos han tachado de fallido, banal e ingenuo, nos deja en la memoria una estampa inquietante, la del músico atemorizado que cada noche, durante meses y años, se viste y sale, maleta en mano, al rellano de la escalera del piso donde vive para esperar, en la oscuridad interrumpida por la brasa de un cigarrillo nervioso, la llegada del agente que lo detendrá y lo apartará para siempre de su familia y de sus seres queridos. Dmitri Shostakóvich vivió, como tantos otros, el miedo eterno de los que no se dedicaron en cuerpo y alma a cantar con su arte las grandezas de la revolución obrera, y, sólo bajo amenaza, se avinieron a mostrar su adhesión al régimen sanguinario de Stalin.


Es posible que la imagen del Shostakóvich inconformista y atormentado en lo íntimo que nos deja Barnes sea rebatible. Al fin y al cabo, el músico, admirador confeso de Stravinsky, tuvo cintura siempre para adaptarse y vivir cómodamente. Lo hizo componiendo una música asequible para la que en realidad estaba demasiado dotado, o firmando unos artículos complacientes que no salieron de su puño y letra, o evitando amistades que lo habrían puesto en el punto de mira de unos burócratas sin escrúpulos. De hecho, el compositor de sinfonías que hoy se tocan regularmente en todo el mundo y son admiradas por muchos, murió apaciblemente, pero con todos los honores, en un hospital de Moscú, aquejado de un cáncer de pulmón que le dejó su adicción al tabaco. Su obituario fue firmado por 85 personalidades entre las que estaba el jefe supremo en ese momento del régimen, Leonidas Brezhnev.


Es verdad que muchos otros, cientos de miles o millones, fueron maltratados y exterminados anónimamente en campos de trabajo. En el mundo de la cultura, también fueron muchos los compañeros de Shostakóvich que no tuvieron suerte y desaparecieron una noche, sin despedirse, mientras quizá esperaban vestido y, con maleta en ristre, en el rellano de la escalera. Sin embargo, las tribulaciones y los miedos de Dmitri Shostakóvich, referidos por Barnes con precisión y sin subrayados, son un buen recordatorio de lo difícil que pueden ser las relaciones entre el poder y el arte. Y, a pesar de su aparente frialdad, el libro nos transmite ese aire opresivo que se cierne sobre los que no sucumben al fanatismo y luchan por guardarse un gramo de dignidad en medio del oprobio, aunque sea en la intimidad más inconfesable y oscura.      

lunes, 13 de junio de 2016

Lo sensato es dejar de escribir


"Lo sensato es dejar de escribir", dice Vicente Verdú en este certero artículo sobre las miserias del mundo editorial, donde unos pocos se hacen de oro y los más van "empobreciéndose hasta acercarse a la exclusión social".

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html