lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de una sociedad a la deriva


A propósito de la lectura de 
'Sicilia sin muertos', de Guillem Frontera


Tanto hablar de corrupción (y tan poco hacer contra ella) ha dejado un poso de desánimo, entre amargo y fatalista, en la sociedad española. En las charlas de café todos nos declaramos asqueados y deseosos de lograr un país utópico, como imaginamos que son Suecia o Finlandia, en el que las empresas retribuyan a sus empleados con prodigalidad y no se escaqueen de Hacienda, los impuestos sean altos pero redistributivos (y los pague todo el mundo) y los políticos sean, en fin, virtuosos, casi puros, como la propia sociedad. 

Pero, ¡ay!, individualmente seguimos reclamando el pago sin IVA al fontanero, votamos a nuestro partido de toda la vida (con permiso de los nuevos astros mediáticos), por mucho que nos haya demostrado que no es más que una máquina de generar privilegios y mamandurrias para los elegidos que abrazaron sus filas con dieciséis años, e intentamos defraudar al fisco en nuestras declaraciones anuales con perseverancia sin desmayo.

El periodista, poeta y novelista Guillem Frontera lo ha captado a la perfección y nos ofrece una novela que retrata sin compasión la ávida pulsión egoísta y la falta absoluta de escrúpulos que domina, como un cáncer incurable, la sociedad, empezando, cómo no, por los políticos. El escenario escogido por Guillem Frontera es su bien conocida Mallorca, pero él mismo ha reconocido en alguna entrevista que podría haber sido Andalucía, Cataluña o Valencia, porque no existe una corrupción “específicamente mallorquina”.

El hilo conductor del relato es sencillo. El nuevo Presidente de las Islas Baleares ha venido a acabar, o eso vende en su programa electoral, con la ponzoña que corroe la política de la Comunidad Autónoma desde hace un lustro. El hecho de que pertenezca al mismo partido que gobernó el despilfarro y la corrupción institucionalizados no ha hecho mella en el electorado, que no quiere desorden. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, nos advierte el autor en su prefacio.

El Presidente empieza a recibir ratas muertas encofradas en cajas de plomo y poco a poco el relato empieza a desvelar que no es precisamente trigo limpio; el honorable mandatario y las personas de su entorno, sus colaboradores de confianza y los empresarios que influyen en sus decisiones, están atados entre sí por relaciones clientelares y oscuros intereses. 

El relato discurre entre reuniones políticas e investigaciones periodísticas que van destapando la podredumbre que domina la vida pública de Mallorca, donde pasa de todo salvo asesinatos, mientras se desmorona el chiringuito que ha ido creando el Presidente a su alrededor.

La narración comienza de manera casi perezosa, pero se va acelerando según avanza el relato. El estilo de Frontera está tan despojado de adornos que ni siquiera nos describe con precisión el físico de sus personajes, sabemos que son jóvenes o de mediana edad pero poco más. La descripción plana de los hechos parece al principio casi aburrida, pero acaba revelándose como todo un acierto porque no quita protagonismo a las miserias humanas, que atañen a todos casi por igual.

Los que al principio nos parecían héroes exhiben, con el paso de las páginas, algunos comportamientos tan sórdidos como los de los políticos y éstos nos resultan, paradójicamente, tanto más humanos cuanto más mezquinos son sus pensamientos y más esclavos devienen de sus bajos instintos. 

Aunque Sicilia sin muertos se disfrace de novela negra yo la definiría más bien como gris, gris como el alma de los protagonistas, como la interpretación que los políticos hacen de la cosa pública, como la misma sociedad. Puede que el título de la novela esté ya desfasado. El periodista mallorquín Matías Vallés propuso en 2013 que Mallorca debería cambiar su eslogan de “Sicilia sin muertos” a “Rusia sin muertos”, no sólo a causa de la proliferación de los malhechores eslavos en la isla sino porque “en la dura competencia para Mallorca en el mercado criminal”, la propia Sicilia se ha convertido en “Sicilia sin muertos” y ofrece hoy en día un ambiente cosmopolita, sin violencia, muy adecuado para las mafias de todo el mundo. 

Aceptemos o no ese “reajuste de nomenclatura”, la ficción tejida por Guillem Frontera nos recuerda, oportunamente, el alto precio que pagamos por la displicente falta de valores que nos domina.  

domingo, 18 de octubre de 2015

El necesario debate sobre las pensiones



A propósito de la lectura del libro 
'¿Qué será de mi pensión?' de José Ignacio Conde-Ruiz


A todos nos afecta el tema de la pensiones. Bien porque estemos contribuyendo con parte de nuestro salario a pagar a los jubilados de ahora, o bien porque esperemos que en el futuro nuestros hijos también sostengan con sus cotizaciones nuestro poder adquisitivo en la vejez. Además, es un pilar del estado del bienestar que debe ir más allá de coyunturas y partidismos, puesto que está asentado sobre un pacto a muy largo plazo entre generaciones y por eso debería ser fruto del mayor consenso, para evitar incertidumbres y sorpresas.

Sin embargo, un debate público informado sobre las pensiones brilla por su ausencia, a pesar de que los expertos nos avisan de que las cuentas no salen y de que en el futuro las pensiones, como mal menor, van a bajar sí o sí. La razón está en que desde el poder político no se fomenta esta discusión. Al fin y al cabo, los más de siete millones de pensionistas que hay hoy en España son un colectivo muy sensible, que se mueve de forma bastante homogénea y que puede derribar de un plumazo cualquier gobierno, y nadie quiere despertar al dragón. Los efectos políticos de tener a favor o en contra a los pensionistas los vimos claramente en 1993, cuando Felipe González ganó in extremis las generales de aquel año al grito de “que viene la derecha” a quitar la paga de los retirados.

En este contexto, vale la pena leer el libro de José Ignacio Conde-Ruiz, economista vinculado a Fedea que lleva estudiando el tema durante dos décadas y que participó en el comité de expertos consultado por el Gobierno para la reforma de las pensiones. ¿Qué será de mi pensión? es un libro clarificador, donde el autor expone de forma comprensible los datos demográficos y económicos que ya anuncian el colapso futuro del sistema y propone reformas para que no se produzca, al tiempo que denuncia precisamente el oscurantismo que rodea a las pensiones y la falta de coraje de los políticos para llevar el asunto, en sus justos términos, a la opinión pública.

Conde-Ruiz es claro. No es posible vivir cada vez más y trabajar menos. No salen las cuentas. Las proyecciones de esperanza de vida (siempre al alza) y natalidad (de las menores del mundo en España) son claras. Como resultado, debemos asumir que las pensiones bajarán sí o sí en el futuro, y además lo harán de forma dolorosa si nos quedamos con los brazos cruzados. En algún momento del libro Conde-Ruiz asegura que la pensión media como porcentaje del salario medio sufrirá un recorte de entre el 35 y el 50%.

Así las cosas, el gran debate que se debe abrir tiene que abordar la cuestión de sobre quién recae la caída. Si se reparte equitativamente entre todos los pensionistas o, como ahora, la factura la pagan las pensiones más altas, congeladas desde hace años. Para Conde-Ruiz, la sociedad española debe decidir si quiere dejar las cosas como están, lo que llevaría a la catástrofe, si prefiere ir a un sistema asistencial de pensión universal donde las retribuciones se igualan a la baja, o si apuesta por mantener el carácter contributivo del sistema actual, que establece una relación entre la cuantía de la pensión y lo cotizado durante la vida laboral. “La sociedad se enfrenta a una decisión crucial, y lo ideal sería que pudiera elegir qué camino tomar tras un debate sosegado, abierto y transparente”, insiste Conde-Ruiz.

El experto se decanta por reforzar el sistema contributivo, aunque reconoce que todos vamos a perder en una u otra media, y propone cambios en los próximos años para precisamente minimizar esas pérdidas. Conde-Ruiz ve con buenos ojos las reformas de 2011 y 2013, que elevaron la edad de jubilación a los 67 años e introdujeron el llamado “factor de sostenibilidad”, que significa que en el futuro variables como la esperanza de vida se utilizarán en el cálculo de la jubilación, lo que significa que cobraremos menos.

También aboga por extender ya el cálculo de la jubilación a toda la vida laboral del trabajador, para evitar la injusticia que se produce con los muchos trabajadores que son despedidos a los 50 y nunca vuelven al mercado laboral. Además, propone diversificar el ahorro (en España mayoritariamente vinculado al ladrillo) y fomentar la inversión en formación y capital humano para mejorar las posibilidades de los españoles de mantener o acceder a un empleo según se acercan a la vejez.

Asimismo, pide el fomento del ahorro a largo plazo, mejorando la fiscalidad de muchos productos y no sólo primando los planes de pensiones, un vehículo de inversión que además favorece a las rentas más altas. Y, por último, cree el autor que sería conveniente afinar productos como el de la hipoteca inversa, ideal en un país como España, donde la mayor parte de las viviendas son de propiedad, o que se pudiera compatibilizar fácilmente el cobro de la pensión y de un salario al mismo tiempo.


En definitiva, José Ignacio Conde-Ruiz apuesta por un sistema de pensiones que tenga como base el sistema público actual, aunque mejorado, al tiempo que cree idóneo que cada jubilado tenga más opciones para complementarlo con sus ahorros e inversiones como forma para compensar las inevitables caídas. Pero sobre todo pide que el debate, ahora soslayado por el cálculo electoral de los políticos, se haga público, transparente e informado. Algo a lo que este libro ya está contribuyendo. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Las infancias de Juan Cruz



En El niño descalzo, el periodista Juan Cruz vuelve a conmover. Este libro –en realidad una larga confesión- está hecho de uno de los materiales literarios que más me gustan, el que gira en torno al tiempo –el perdido y el que tenemos por delante- y la memoria que trabaja para recuperarlo, aunque sea infructuosamente. “Somos el tiempo que nos queda”, recuerda Cruz con un punto de melancolía.

Juan Cruz, omnipresente desde hace décadas en periódicos, radios y televisiones, quizá el tinerfeño más ubicuo e hiperactivo que a uno le quepa imaginar, vuelve con El niño descalzo al tono introspectivo y sincero que tan buenos resultados le dio en libros como Ojalá octubre, dedicado al padre huidizo y enigmático, y La foto de los suecos, recuerdo de la madre siempre vigilante, protectora, la alegría de la casa.

El niño descalzo, en esencia una larga carta a su nieto de tres años, escrita para ser leída por su adorado interlocutor cuando quizá el autor ya haya desaparecido, marca otro capítulo de la cartografía sentimental del periodista y de su familia. La observación atenta de Cruz a los andares inciertos del nieto le sirven para rememorar tres infancias al tiempo: la suya propia, pobre, en un barranco de La Vera, en Tenerife, en los años cincuenta; la de su hija Eva, en el Londres incierto y brumoso de los setenta, y la del pequeño Oliver, un motivo para la alegría y el reencuentro con la familia que no siempre estuvo ahí.

El niño descalzo es un canto a la vida pasada, presente y futura, y a la risa reparadora de la infancia, pero también la constatación de que la vida cobra sentido a base de las ausencias, de las miradas y de los ojos que los ya no están y tanto quisimos y admiramos, discretamente, o de los que simplemente nos dieron calor y protección. Esos que se fueron y que ahora, malamente, la palabra y el recuerdo nos devuelven. 

Otra vez convierte Cruz en protagonistas de su peripecia sentimental a la madre protectora que, como antesala de su final, un día no quiso reírse y enmudeció, o al padre soñador y a ratos ausente. Pero también hay un recuerdo al mentor del joven periodista, el crítico literario Domingo Pérez Minik, o al destierro y la tragedia de Antonio Machado y Federico García Lorca.   

Cruz, periodista compulsivo, incansable, que se va a jubilar haciendo periodismo, lo que no es poco en un país donde la profesión anda de mal en peor, bucea en su pasado y en el de su gente a base de oído y de afinar la mirada. “Mirar, mirar, mirar hasta el último instante. Mirar te salva de estar solo, aún ahora”. Es la palabra como redención, como vía para conjurar la soledad y el silencio, y también la angustia ante la muerte propia y de los seres queridos. 

La literatura más personal de Cruz, de la que esta carta a Oliver es otro capítulo (y casi seguro que no el último), es un intento de conectar a los que se fueron y a los que vendrán, porque unos y otros, sin saberlo, se deben mucho. Y ahí está el periodista -¿o el poeta?- para atestiguarlo y e ir atando cabos a golpe de confesión.  

El oído de Cruz se recrea en la música que dejan las palabras, las inconscientes y ocurrentes de su nieto, mientras juega, ríe y llora, o las casi olvidadas del joven asmático que creció en el Puerto de La Cruz, en el norte de Tenerife, subiendo y bajando por un barranco, con los pies descalzos, y escribiendo las crónicas de los partidos de fútbol que oía por la radio, sin saber que contar iba a ser su profesión, y su razón de ser.

El niño descalzo es también un sutil ejercicio de impudicia, y eso es de agradecer porque, a pesar de barnices varios, seguimos siendo un país demasiado recatado en lo literario. Cruz, confeso admirador de Camus, se muestra temeroso ante la muerte y reconoce los errores del pasado y el olvido de la familia por los brillos momentáneos del éxito profesional o la vida crápula del literato y del editor.


En fin, esta carta, que es memoria, ficción y poema a la vez, arrebata por su sinceridad. Y a pesar de que a ratos se vuelve demasiado tentativa y circular (quizá como este comentario), está hecha de la literatura que más me interesa, la del tiempo que no volverá y la memoria que, en vano, intentará recuperarlo. “Ahora sé que todo es tiempo, este mismo texto es tiempo sobre el tiempo, una manera de atajarlo, el tiempo inevitable es el que lo puebla”. 


sábado, 26 de septiembre de 2015

El elogio de la vida contemplativa de Byung-Chul Han



A propósito de la lectura de 'El aroma del tiempo', de Byung-Chul Han


Los libros del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, paradigma del divo intelectual contemporáneo, a la vez esquivo y popular, tienen desde hace tiempo un éxito inmediato en las librerías de  todo el mundo, ya que se suelen centrar, desde un punto de vista lúcido y asequible a los lectores medios, en el hastío del hombre contemporáneo ante la época que le ha tocado vivir. En su último ensayo en ser traducido al castellano, El aroma del tiempo, Han analiza las causas de la tiranía de la “vida activa” en nuestra sociedad.

Dejó anotado Pascal, en sus Pensamientos, que  no hay “nada tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin diversiones, sin empleos. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al instante extraerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la tristeza, el pesar, el despecho, la desesperación”.

Parecería que Pascal anticipaba la vorágine hiperactiva de nuestra civilización del espectáculo y la prisa, en la que nadie puede aspirar a una vida “de verdad” sin estar permanentemente ocupado en trabajar o divirtiéndose de forma frenética (o estudiando otro máster en marketing digital o aprendiendo alemán o inglés o haciendo deporte o “relacionándose” compulsivamente en las redes sociales).

Las razones de la crisis temporal que sufrimos residen para Han, en que ya no vivimos conforme a  una “estructura ordenada”. Nuestro tiempo vital sufre lo que él denomina una “disincronía” porque  se ha atomizado en múltiples y dispersos momentos, dominados por la “absolutización de la vida activa” y el “imperativo del trabajo” productivo.

Asimilado al de las máquinas, “el trabajo se totaliza de tal modo que, más allá del tiempo laboral, sólo queda matar el tiempo”. Así, el tiempo libre se ha convertido en el equivalente a las paradas técnicas de los equipos industriales, necesarias para recuperarse pero carentes de sentido profundo. “El tiempo sobrante, que se debe a un aumento de la productividad, se llena con acontecimientos y vivencias superficiales y fugaces” a las que nos dedicamos con fruición. Los productos y las experiencias se consumen sin paradas, “el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve”.

El círculo vicioso del trabajo cada vez más productivo y del consumo desaforado elimina de la vida el sosiego, la duración, lo permanente. Todo es fugaz, caduco y, por tanto, intrascendente, sometido al imperativo del instante. Las reflexiones de Han transitan frecuentemente por Nietzsche, Arendt y Heidegger, mientras recorre alturas filosóficas lejanas para luego bajar al suelo y concretar su pensamiento en frases lapidarias, casi aforismos ("la narración da aroma al tiempo”, concluye Han, en una de sus sentencias más afortunadas).

¿Cuál es la solución? Han nos propone recuperar ese “aroma del tiempo”, combatir la “compulsión a la aceleración moderna” acabar con la hiperactividad para recobrar la “vida contemplativa” y reflexiva y recuperar un tiempo vital estructurado, humano en suma. Hay que incluir elementos apacibles en nuestra vida cotidiana, reconquistar la tranquilidad para tener acceso a lo reposado, rescatar el desvío y lo indirecto, posponer el acto inmediato e irreflexivo…


El librito se lee tan rápido que se echa de menos un poco más de profundidad en el análisis de la banalidad de nuestra vida cotidiana, oscilante entre la alienación del trabajo y la estupidez de nuestro ocio, y algo más de detalle sobre cómo conseguir “parar el tiempo”. Pero, en ese caso, Han habría escrito un libro de autoayuda y no el lúcido ensayo filosófico que es El aroma del tiempo

lunes, 14 de septiembre de 2015

La tragedia del pequeño librero



El otro día anunció su cierre otra librería en España, aunque la clausura de ésta, al contrario de lo que pasa con muchas otras que desaparecen (¡y lo hacen al ritmo de 2,5 al día!), tuvo extraordinaria repercusión mediática. Al parecer, Negra y Criminal, un lugar de peregrinación para los amantes del género policiaco, era un sitio del agrado de los periodistas y blogueros, muy bien surtido y gestionado por unos libreros vocacionales y conocedores de lo que venden (hasta 18.500 fichas de libros tenían disponibles). Pero ni por esas se salvó.  

En la concurrida rueda de prensa de despedida, el dueño del local, Paco Camarasa, reconoció amargamente cómo en un momento de auge de la novela negra él no había podido mantenerse. “Somos referentes, todo el mundo habla de nosotros, la gente nos quiere, se deja aconsejar, pero no nos compran los libros”, dijo en su despedida. Por eso, como recordaba Camarasa, la gente (y los periodistas, los blogueros, los autores que iban allí a presentar sus novedades, todo tipo de influencers...) pensaban que les iba de cine, cuando en realidad estaban siendo protagonistas de una historia de terror.

La historia de Negra y Criminal no es nueva y demuestra que el prestigio y la aclamación social no valen para mantener un negocio. Está bien eso de que te conozcan en el circuito y te recomienden, pero luego hay que vender para dar de comer a los hijos, pagar las facturas, el alquiler o los impuestos... Cosas que, además, en las grandes ciudades, con la dura competencia que hay, se vuelven tareas titánicas para los pequeños, por muchas horas y vocación que le echen.

Camarasa y su socia de Negra y criminal no son los primeros que tienen que cerrar justo en el momento en que gozan de prestigio y reconocimiento. En su momento, muchos lamentaron que el dueño de los cines Renoir, Enrique González Macho, decidiera cerrar gran parte de las 200 salas de versión original que mantenía en varias ciudades del país. En aquella ocasión, el veterano empresario, que sigue al frente de su distribuidora de cine de autor, Alta Films, aunque bajo mínimos, también aprovechó el momento del harakiri para reprochar a los plañideros que si hubieran acudido a las salas en su momento, los cierres, los despidos y los lamentos se habrían podido evitar.  

A todos (o a unos cuantos) nos gusta vivir en barrios alegres y llenos de tiendas cool, coquetos y confortables cafés, cines de autor, teatros de vanguardia y librerías bien surtidas. Sin embargo, luego son pocos los que mantienen con sus compras esta diversidad comercial. Sé de profesionales (abogados, altos funcionarios o empresarios) muy asentados y bien pagados que un día, por amor al libro y a la edición, decidieron abandonarlo todo y montaron una librería, pero finalmente no pudieron salir adelante. 

Librerías como la de Paco Camarasa o cines como los de González Macho eran un feliz contrapunto al monocultivo que se impone en los centros de las ciudades, donde las tiendas de ropa de las grandes cadenas o los restaurantes de comida rápida lo han invadido todo. Y también hacían más rica la vida en barrios donde hoy sólo se abren peluquerías y fruterías, como si no hubiera más cosa que hacer en la vida que cortarse las puntas y comer paraguayas.

Creo que la mayoría somos culpables de que sitios como Negra y Criminal o los cines Renoir tengan que echar el cierre. En el caso del libro, es irresistible la tentación de acudir a canales potentes como el de Amazon o los de las grandes superficies para comprar el título que muchas veces hemos ojeado en la mesa de novedades de la librería de toda la vida porque un profesional avezado y con instinto nos lo ha puesto al alcance de la mano. Por no hablar de los que se lo bajan todo de Internet -pirata por supuesto-, o de los que esperan a que su primo se lo haga llegar en un pendrive cargado ¡con otros 120.000 títulos!, una auténtica biblioteca de Alejandría por la que no se van a dejar ni un euro. 

Para disfrutar de un buen comercio tiene que haber profesionales arriesgados y con vocación y conocimiento de lo que venden, pero también un público dispuesto a cuidarlo y mantenerlo. Son sitios que tenemos que frecuentar y enriquecer con nuestra presencia. Porque la mejor lectura, la más rica y sugerente, es la compartida. Esa que, de un modo u otro, tenía lugar en la librería de Paco Camarasa.   


jueves, 3 de septiembre de 2015

El ocaso de los poderosos



A propósito de la lectura 'El fin del poder', 
de Moisés Naím 


Cuesta mucho entender ciertas cosas que pasan, y que son titulares de periódico un día sí y otro también. ¿Cómo es posible que llevemos un lustro largo de crisis económica grave en Europa y todavía sigamos enfangados en ella? ¿Cómo es que nadie resuelve el problema migratorio en el norte de África, que cada año deja cientos (quizá miles) de muertos en las costas de España o Italia? ¿Cómo pudo llegar la primera potencia del mundo, Estados Unidos, el país más opulento de la Tierra, al denominado “precipicio fiscal” que dejó momentáneamente al Gobierno de Obama sin capacidad de pago y a los funcionarios sin cobrar sus nóminas? ¿Por qué las cumbres del clima para tratar el calentamiento global, un problema que sólo los muy necios se niegan a reconocer, siguen siendo eventos inútiles que como mucho dan lugar a un comunicado de buenas intenciones? Y así podríamos seguir hasta que nos dieran las uvas.

Son cuestiones que no tienen fácil respuesta. Sin embargo, el excelente libro de Moisés Naim, El fin del poder, fruto de siete años de trabajo y reflexión en compañía de expertos, puede ayudar a entender qué está pasando y por qué las élites políticas, económicas o militares fracasan hoy por inoperancia y parálisis. El punto de partida de Naím es que, al contrario de lo que tendemos a pensar, los poderosos cada vez lo son menos y cada vez tienen menos margen para tomar decisiones. Además, a un líder hoy (de lo que sea: deporte incluido) le cuesta más permanecer en la cima porque tienen más competencia y las barreras de entrada para sus competidores ya no son insalvables o en algunos casos prácticamente han desaparecido. El poder está más fragmentado que nunca, y eso es bueno, pero también complica la resolución de los problemas.

Naím demuestra que los gobiernos cada vez son más frágiles y efímeros, y están más a expensas de las minorías. También que los grandes conglomerados empresariales que durante décadas dominaban un sector de actividad hoy tienen muchas más dificultades para mantener su cuota de mercado, o que los ejércitos de las grandes potencias, preparados para la guerra total, son incapaces de dar una respuesta en un mundo de radicales provistos de bombas caseras o grupos terroristas de bajo presupuesto e integrantes suicidas.  

Mirando a la Primavera Árabe, Naím encuentra muchas de las causas de esa dilución del poder. El auge de las clases medias, cada vez más exigentes con sus representantes, la escolarización universal, la mejora en la alimentación de los jóvenes, las migraciones de millones y millones de seres que buscan una vida más próspera, un sistema financiero internacional o la extensión de nuevas y asequibles tecnologías a amplias capas de la población están detrás de muchas caídas de gobiernos en otro tiempo incontestables.

En todo caso, no creo que estemos, como ha dicho algún analista de postín, en una era “poshegemónica”, donde las jerarquías se han borrado definitivamente. Es más, creo que estamos muy lejos de este escenario. Habría que ser un iluso para pensar que Estados Unidos no sigue dominando el mundo y que otros, como China, aspiran a hacerlo. No conviene llevarse a engaño y Naím no cae en él.

Está claro que los poderosos siguen al mando, pero también es patente que en un tiempo tan multilateral como el actual, de negociaciones farragosas y paralizantes, dominado en muchas ocasiones por la “vetocracia” de los pequeños, ya sean el Tea Party, Finlandia o Taiwán, las decisiones se posponen y efectivamente los problemas quedan sin solucionar.
Nadie quiere un mundo gobernado por líderes que no den cuenta de lo que hacen o por déspotas sin escrúpulos, ni tampoco un sistema económico que fomente el monopolio o el capitalismo de amiguetes. 

La efervescencia de esa juventud educada que está cambiando las reglas del juego ha dado lugar a la Primavera Árabe, el 15-M, la apertura de Irán o la reclamación de más igualdad en las muy injustas sociedades latinoamericanas. Sin embargo, el fin del poder también tiene sus contraindicaciones: gobiernos incapaces de dar respuesta a la demanda de unos ciudadanos frustrados o periodos dominados por la anarquía que para Naím son inevitables.

Llevamos dos o tres décadas en que los políticos del mundo no han llegado a un consenso fundamental y edificante para resolver los problemas de los ciudadanos, y cada día que pasa parecen más ineficaces para la tarea. Sin ir más lejos, en España, el hito que marcó la Transición, hoy puesta en cuestión por algunos, no se ha vuelto a repetir a pesar de que muchos pidan una refundación del país. 

Pero es Europa el mejor exponente de los males a los que se enfrenta un barco sin capitán. La parálisis económica del viejo continente desde que estalló la crisis de la deuda, con el problema griego todavía latente y siempre amenazando, va camino de convertirse en una enfermedad crónica. En lo político, Europa está lastrada por una estructura institucional poco representativa, lenta e ineficaz. A nivel diplomático, pierde relevancia porque cada país hace la guerra por su cuenta, y lo en humanitario, miles de emigrantes (norteafricanos ayer, sirios hoy) nos siguen sacando los colores. En fin, que vamos por mal camino.

En fin, Naím ha escrito un libro sugerente donde condensa en poco más de 300 páginas un aparato impresionante de estadísticas e informes, y lo hace con un estilo cristalino y un lenguaje muy didáctico que evita la jerga del analista especializado, a pesar de que él lo es y se mueve en esos círculos (no en vano fue director de la revista Foreign Policy y ahora trabaja en Washington para una ONG dedicada a promover la seguridad y estabilidad global). Entiendo que Mark Zuckerberg y sus asesores literarios propusieran El fin del poder como primer título a discutir de su multitudinario club de lectura en la red, donde cada semana participan miles de lectores de todo el mundo. 


Como digo, el libro de Moisés Naím, que también aborda la pérdida de relevancia del catolicismo frente a los más atractivos credos cristianos de nuevo cuño, o el declive de los medios de comunicación de siempre en beneficio de las redes sociales o de las firmas tecnológicas, es iluminador. De lo mejor que he leído últimamente. Y, como dice Bill Clinton en la contraportada de la edición española, una obra que cambiará tu manera de leer las noticias. 


lunes, 17 de agosto de 2015

El reformismo como solución




A propósito de la lectura del libro ‘Mañana será tarde’, de José Antonio Zarzalejos

En los últimos la avalancha de libros con recetas para la regeneración del país ha sido de impresión. Políticos, sociólogos, economistas, urbanistas, literatos, científicos e incluso cocineros y faranduleros han intentado dar con las fórmulas para rehacer un país esquilmado por la crisis económica y descreído y desmoralizado por la inoperancia institucional y la corrupción.

Mañana será tarde, del veterano periodista José Antonio Zarzalejos, director en su día de El Correo Español y del ABC, vuelve a ofrecer un diagnóstico de los males de España. Zarzalejos se centra en cinco puntos: la corrupción, la monarquía, los nacionalismos catalán y vasco y los medios de comunicación. Frente a otros “regeneracionistas” de nuevo cuño que se quedan en vaguedades, el libro del periodista bilbaíno es riguroso. Y eso es de agradecer. Los problemas están bien expuestos y contextualizados, y el libro abunda en datos y referencias a artículos, informes, sentencias judiciales y libros que pueden servir a los que quieran ir más allá, sin por ello quitarle fluidez a la argumentación.

Zarzalejos es un moderado, pero no un tibio. El autor huye del trazo grueso que impone la nueva “democracia mediática” de programas como La Sexta Noche, El gran debate (Telecinco) o La Tuerka (Público TV). Y se moja al analizar el papel hoy de la monarquía, el devenir político en Cataluña o la situación en un País Vasco donde el autor vivió amenazado por los terroristas. Precisamente, el capítulo más sentido es el que dedica al conflicto vasco. En esas páginas Zarzalejos echa la vista atrás para reconocer el Síndrome de Estocolmo que durante un tiempo presidió su relación con los asesinos y la tibieza con que recibió durante años las noticias de las matanzas de los terroristas. Y advierte de que la izquierda independentista trabaja ahora para que se imponga un tratamiento simétrico a las víctimas de ETA y de los GAL, y recuerda que los etarras y su entorno no sólo se retractan, sino que buscan una legitimidad basada en el olvido. Al nacionalismo del PNV le pide que adopte un concepto integrador de ciudadanía, y abandone el excluyente de pueblo.

Para explicar el giro último del nacionalismo catalán, ahora abiertamente independentista, Zarzalejos no entra en debates históricos ni retrocede a la famosa entrada de las tropas de Felipe V en Barcelona, en 1714. El origen del problema, en su opinión, es mucho más reciente. Para el periodista, colaborador de La Vanguardia, es Jordi Pujol el que empieza a preparar en su momento el independentismo actual, abandonando la senda autonomista y de consenso de la Transición. Un proceso en el que Pujol cuenta con la ayuda inestimable de la izquierda catalana y del PSC, que no vieron mejor manera de minar el predominio de Convergencia que asumiendo sus aspiraciones nacionalistas. En cualquier caso, Zarzalejos asume que al día de hoy, el problema ha ido muy lejos, y que no es tiempo de crispar más los ánimos, sino de llegar a un entendimiento político y abandonar la vía judicial como salida.  En el medio plazo, cuando las aguas se calmen, supondrá una reforma de la Constitución.

Zarzalejos abomina de aquellos que quieren derribarlo todo para construir desde cero. Su propuesta es la de un reformismo tenaz y eficaz, una vía inaudita de progreso en un país tan cainita y visceral como España, pero que es la seña de identidad de las democracias avanzadas en el mundo. Esa deberá ser la vía para recuperar al país de los destrozos de una corrupción que se hizo sistémica y vergonzosamente aceptada por todos en los años de las vacas gordas, y ese deberá ser el camino también para que la monarquía recupere la legitimidad perdida en los últimos años. A Felipe VI le pide un desarrollo normativo que dé carpetazo de una vez a discrecionalidad que fomentó su padre, a quien recrimina que durante décadas se haya movido en el limbo legal para campar a sus anchas e interferir veladamente en el devenir político. El objetivo: hacer una monarquía “más transparente, funcional, responsable y austera”.

En fin, José Antonio Zarzalejos ha escrito un libro de actualidad, interesante y bien documentado. Como corresponde a un periodista que se precie. Sus presupuestos son los que, salvando matices, defendería cualquier ciudadano interesado en la modernización del país y en resolver los problemas institucionales que lo ponen en jaque. Estoy de acuerdo con lo que dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo: puestos a analizar los problemas más acuciantes de España, se echan en falta capítulos dedicados a ámbitos como la educación o las desigualdades. Y también creo que, al hablar de la agonía de los medios de comunicación en España, subestima Zarzalejos el efecto de Internet en la crisis del periodismo. Para Zarzalejos, la caída en picado de la profesión tiene más que ver con la pérdida de legitimidad de las grandes cabeceras, que hoy son percibidos como parte del poder que nos ha metido en la crisis, que con la falta de un modelo de negocio para el nuevo entorno online. Creo que es discutible.






lunes, 10 de agosto de 2015

Amy Winehouse o el peso de la fama



Juan Cabrera / C. A. G.

Cuando uno ve el estupendo pero amargo documental de Asif Kapadia sobre Amy Winehouse, le viene a la memoria otro celebrado retrato de músicos, el que compuso hace tres años Malik Bendjelloul sobre la vida de misterioso cantante estadounidense Sixto Rodríguez en Searching for sugar man. Sin embargo, la trayectoria de uno y otro cantautor no tiene mucho que ver. En realidad, Amy hace el camino contrario que Rodríguez. A éste la fama le llega al final de su vida, como la justa y feliz recompensa a una existencia humilde y tranquila. Es la restitución al artista dotado, admirado secretamente por muchos, pero injustamente devorado por el anonimato y el olvido que impone la industria de la música y el star system

A Amy el estrellato le llega muy pronto. A los 19 años le ofrecen 250.000 libras sin haber grabado siquiera, para convertirse al poco en un fenómeno musical y mediático de alcance mundial. En Amy, la vida es estridencia, un salto al vacío y a la marginalidad, solo suavizado por la poderosa voz y la capacidad casi mágica para poner en acordes el desgarro de la soledad, la infidelidad amorosa, su adicción y el peso de la fama. De hecho, es sobrecogedor contemplar cómo su vida se va fundiendo en muchos momentos con las letras de sus canciones, demostrando que detrás de la voz hay mucho más, aunque no sea tan idílico como nos hacen creer.

Amy es un documental previsible, que se pliega a la cronología del desastre que va envolviendo a su protagonista. Desde el primer minuto, uno masca la tragedia de esa chica espabilada y caprichosa de familia judía en el norte de Londres, una adolescente emocionalmente volcánica, pero dotada de una de las voces más fascinantes de la música en los últimos años y de una capacidad inaudita para convertir el sufrimiento y los reveses en letras dolorosas pero certeras.  

En un momento de la película, Tony Bennet, uno de los ídolos de Amy Winehouse, y con el que grabó algunos clásicos en los míticos Abbey Road de Londres, reconoce que, si la cantante hubiera sido capaz de sobrellevar el peso de la fama, se podría haber convertido en una de las grandes, a la altura quizá de Ella Fitzgerald, Billy Holliday o Sarah Vaughan. 

Como dice uno de los managers de Amy, la fama es una gran ola que todo lo barre, un tsunami económico y emocional, y, por mucho que te digan, no te puedes ni imaginar su efecto arrollador. Y hay que pasar por él, y para eso hay que ir bien pertrechado. Y Amy, la niña vulnerable, caprichosa del norte de Londres, no logró superarlo. Ella, que usó la música para amortiguar la devastación del desamor, las drogas o el alcohol, finalmente fue sepultada por sus éxitos y por el tinglado que se montó a su alrededor. 

El documental del británico Asif Kapadia, que ya tuvo repercusión en su momento contando otra historia trágica, la del piloto de fórmula uno Ayrton Senna, no es un prodigio formal, pero tiene fuerza. Además, sabe lidiar con el problema que supone disponer de muchas horas de grabaciones donde la propia Amy es protagonista, un problema que muchos documentalistas querrían para sí, pero que puede dar lugar a productos excesivamente largos o reiterativos. Gracias precisamente a esta abundancia de cortes con Amy en primera persona, grabados desde su propio entorno, Kapadia se permite renunciar a los clásicos bustos parlantes a la hora de ofrecer los testimonios de la familia, los managers o los amigos de Amy. Eso da agilidad al relato, aunque a veces a uno le cueste identificar quién habla. 

Eso sí, en el debe de Amy hay que señalar que se trata de una historia de héroes y villanos. Los autores recurren a un maniqueísmo sospechoso que cuestiona un tanto el resultado. Dos figuras salen perdiendo: el padre, que siempre vio a Amy como una máquina de hacer dinero y la escalera para ascender socialmente, y el novio drogadicto, presentado como una sanguijuela que se nutre de la debilidad y dependencia de la cantante. La otra cara de la moneda son Nick Shymansky, su primer y paternal productor, la propia productora Universal, que no en vano ha respaldado financieramente el documental, y los amigos de juventud de la protagonista, un grupo al que recurrió cuando peor se le pusieron las cosas.  

Tampoco cuenta demasiado el documental de Kapadia sobre cómo se forja una figura musical como la de Amy Winehouse y en qué fuentes bebe para dar lugar a un disco como Back to Black. Ni de cómo funciona el mundo musical británico para seguir siendo la cuna de solistas y grupos de referencia. Muy de pasada se alude al paso de Amy por los ambientes underground de Camden, de su aversión al pop más estándar y de su amor por el jazz, un música que admiró pero nunca sintió como propia. 

“Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Era lo que decía en aquella conocida serie de los 80 la profesora de baile a sus nuevos alumnos. Ahora sabemos que esa misma fama sencillamente te puede llevar a la tumba.


martes, 28 de julio de 2015

El mundo de ayer, de Stefan Zweig



Stefan Zweig era el modelo del judío europeo culto y acomodado de principios del siglo XX. Nunca pasó por problemas económicos gracias a la posición de su familia vienesa y a sus trabajos literarios, y empleó su desahogada situación en formarse intelectualmente durante largos años, desdeñando la Universidad, en la que se graduó por meros motivos de apariencia, mientras viajaba sin cesar por toda Europa. Con el tiempo, Zweig se hizo dueño, por esforzada voluntad propia, de un estilo literario directo y transparente, muy atractivo para el lector de hoy, y fiel instrumento de la mirada lúcida, culta y cosmopolita de su autor, que lo utilizó en un sinfín de libros de todos los géneros, felizmente disponibles en castellano.
El mundo de ayer es uno de sus libros más recordados, y no sólo por su calidad sino también por las circunstancias en que fue escrito. Zweig lo redactó poco antes de suicidarse en 1942, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, su último refugio en su forzado periplo de apátrida. No pudo soportar la pérdida de todo cuanto amó ni la condena al olvido a que fue sometido por los nazis, que quemaron con saña sus libros.
El subtítulo del libro, memorias de un europeo, es muy esclarecedor. Zweig hablaba fluidamente francés, italiano e inglés, además de su alemán natal, y cultivaba la conversación y la amistad con lo más granado de la intelectualidad europea, a la que consideraba la base de la patria común continental.  
Zweig declara desde un principio que en su libro él no es el protagonista sino el “centro” de la narración y, así, desde su privilegiada situación de testigo consciente e implicado en el devenir de Europa, nos cuenta la vida cultural de la época y sus relaciones sociales con los artistas e intelectuales del momento, con el telón de fondo de los grandes acontecimientos históricos de las primeras décadas del siglo XX. Zweig no oculta su pertenencia a la élite social y esa es una de las mayores virtudes de sus memorias, la íntegra fidelidad a sí mismo de su autor.
Desde su privilegiada atalaya, Zweig no pretende ser objetivo, ya que todo lo filtra por sus ideas europeístas y fraternales, y sus descripciones defienden calurosamente la tolerancia y el entendimiento entre los pueblos europeos mientras utiliza su vida errante como ejemplo del cosmopolitismo que propugna. Sus memorias, despojadas casi por completo de datos relevantes sobre su vida sentimental, ofrecen una visión subjetiva e idealizada de lo que debería ser Europa a partir de la reflexión perpleja sobre el delirio social y político en que acabó sumida.
Aunque Zweig acabó convirtiéndose en un fugitivo del fascismo, nunca tuvo que sufrir en carne propia los horrores de comienzo del siglo XX, y sólo describe, como una muestra de la alucinación belicista y nacionalista sin sentido que se apoderó de Europa en el momento en que más confianza había en el progreso de la Humanidad, aquellos eventos bélicos de la Gran Guerra que conoció personalmente por decisión propia, ya que no tuvo que luchar en el frente.
El mundo de ayer es más que unas memorias al uso; es una tesis sobre las ideas políticas de su autor y el modelo de convivencia que propugna. Su prosa sin artificios, la perspicacia y clarividencia de sus reflexiones, su apasionada defensa de la hermandad europea, la amenidad de las descripciones y el trasfondo trágico de su narración convierten a las memorias de Zweig en una lectura absorbente, de la que se pueden extraer muchas enseñanzas para aplicar en la inquietantemente desnortada Europa de hoy.

miércoles, 22 de julio de 2015

La vida al revés



A propósito del primer volúmen 
de los 'Diarios' de Iñaki Uriarte

El primer volumende los diarios de Iñaki Uriarte es el más “literario” de los tres. Literario en el sentido de que el crítico de libros del periódico vasco El Correo hace constantes referencias a sus autores de referencia y a otros que aconseja leer con cautela o que, simplemente, desecha. En las notas del libro –algunas largas, a modo de pequeños ensayos o disertaciones para el consumo doméstico-, Uriarte airea sus filias y fobias bibliográficas. 

Por supuesto, aprovecha para declararse devoto de Borges, muestra admiración por Montaigne y homenajea al paseante solitario de Rousseau. Y también nos advierte de la antología de disparates que uno se puede encontrar en las obras de Baroja, o del tostón que puede resultar el casi siempre alabado Thomas Bernhard. A nadie dejará indiferentes las opiniones de Uriarte sobre tal o cual monumento de la literatura universal y española. Shakespeare, Tolstoi, Kafka, Coetzee, Gil de Biedma, Sánchez Ferlosio, Cioran… son casi siempre despachados con un juicio rápido, aunque convincente y sincero.

También en estas notas pretendidamente desaliñadas, desatendidas, arremete Uriarte contra la literatura del yo que abunda de unos años a esta parte en España y una buena parte del mundo, contra esas “autoficciones” que toman como base novelesca la experiencia vivida por el autor, por irrelevante que sea, y con las que rehuyen los grandes relatos. Un solipsismo literario que, a su juicio, es hijo de la misma moda que ha llenado la televisión de confidencias e intimidades.    

En este primer volumen de los Diarios, Uriarte tiene ganas de hablar, de contar cosas y de cuestionar tantos sermones. Sus entradas son en ocasiones extensas, al contrario de lo que ocurre en los volúmenes posteriores, donde son norma los comentarios condensados y un punto crípticos, hasta adquirir en muchos casos la música y las extensiones del aforismo. En estas notas, tomadas entre 1999 y 2003, relata con detalle algún episodio familiar en Estados Unidos, y también nos habla del placer que le producen sus viajes por Italia o sus estancias en Benidorm, un lugar que, según Uriarte, muestra su belleza en el ángulo que los fotógrafos nunca quisieron plasmar.

Los Diarios de Uriarte son un excelente manual para descreídos y para los que sospechan de los clichés, las frases hechas y las imágenes del mundo demasiado elaboradas y retóricas. “Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo”. Es su manual de estilo: tan fácil de formular como complicado de ejecutar. 

Uriarte es un declarado rentista, defensor a ultranza del dolce far niente y misántropo, un tipo que va contracorriente, aunque de una forma sincera y exenta de las poses antisociales de algunos “modernos”. Y es una pena que haya puesto fin, de forma deliberada, a sus diarios tras 11 años tomando notas. En todo caso, es consecuente, pues siempre amenazó con el silencio. Y eso es lo que nos quedará a menos que, como terapia frente al lugar común y el enmascaramiento, uno opte por releer de vez en cuando sus tres libritos, ligeros, pero deliciosos y siempre esclarecedores. 


------------------------
Aquí dejo algunas entradas de Diarios 1999-2003, que está publicado y disponible en Pepitas de Calabaza, editorial de Logroño.


Dice Philippe Lejeune que los diarios que se publican en Internet son mucho menos melancólicos que los diarios íntimos de verdad. Otra vez Pascal: “Lo que menos perdona el mundo es la desventura”.

Mi actitud básica en la vida ha sido la de un “okupa”. Desde siempre pensé que había grietas, intersticios, huecos en los que uno podía instalarse y vivir sin pagar.

Me gusta el tiempo lento, no presionado por ninguna urgencia, casi diría que al borde del aburrimiento.

A medida que voy llenando estos archivos me doy cada vez más cuenta de la cantidad de contradicciones que contienen. Por lo menos sirven para eso, para eliminar de una manera fehaciente la idea de que eres alguien “de una pieza”, “coherente”, con “personalidad propia” y otras tonterías de la misma familia.

Al no haber trabajado, se puede decir que he vivido ocho horas más al día. Por otro lado, está la impresión psicológica. “Es breve la vida de los atareados”, Séneca.

En las revistas de decoración los salones no tienen televisor. Tampoco suelen aparecer en las autobiografías y los diarios.


Además del género policiaco, fantástico, erótico, rosa, de ciencia ficción, histórico, etc., existe otro género en la novela, el de las novelas literarias. En él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas. Este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura.