sábado, 26 de septiembre de 2015

El elogio de la vida contemplativa de Byung-Chul Han



A propósito de la lectura de 'El aroma del tiempo', de Byung-Chul Han


Los libros del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, paradigma del divo intelectual contemporáneo, a la vez esquivo y popular, tienen desde hace tiempo un éxito inmediato en las librerías de  todo el mundo, ya que se suelen centrar, desde un punto de vista lúcido y asequible a los lectores medios, en el hastío del hombre contemporáneo ante la época que le ha tocado vivir. En su último ensayo en ser traducido al castellano, El aroma del tiempo, Han analiza las causas de la tiranía de la “vida activa” en nuestra sociedad.

Dejó anotado Pascal, en sus Pensamientos, que  no hay “nada tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin diversiones, sin empleos. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al instante extraerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la tristeza, el pesar, el despecho, la desesperación”.

Parecería que Pascal anticipaba la vorágine hiperactiva de nuestra civilización del espectáculo y la prisa, en la que nadie puede aspirar a una vida “de verdad” sin estar permanentemente ocupado en trabajar o divirtiéndose de forma frenética (o estudiando otro máster en marketing digital o aprendiendo alemán o inglés o haciendo deporte o “relacionándose” compulsivamente en las redes sociales).

Las razones de la crisis temporal que sufrimos residen para Han, en que ya no vivimos conforme a  una “estructura ordenada”. Nuestro tiempo vital sufre lo que él denomina una “disincronía” porque  se ha atomizado en múltiples y dispersos momentos, dominados por la “absolutización de la vida activa” y el “imperativo del trabajo” productivo.

Asimilado al de las máquinas, “el trabajo se totaliza de tal modo que, más allá del tiempo laboral, sólo queda matar el tiempo”. Así, el tiempo libre se ha convertido en el equivalente a las paradas técnicas de los equipos industriales, necesarias para recuperarse pero carentes de sentido profundo. “El tiempo sobrante, que se debe a un aumento de la productividad, se llena con acontecimientos y vivencias superficiales y fugaces” a las que nos dedicamos con fruición. Los productos y las experiencias se consumen sin paradas, “el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve”.

El círculo vicioso del trabajo cada vez más productivo y del consumo desaforado elimina de la vida el sosiego, la duración, lo permanente. Todo es fugaz, caduco y, por tanto, intrascendente, sometido al imperativo del instante. Las reflexiones de Han transitan frecuentemente por Nietzsche, Arendt y Heidegger, mientras recorre alturas filosóficas lejanas para luego bajar al suelo y concretar su pensamiento en frases lapidarias, casi aforismos ("la narración da aroma al tiempo”, concluye Han, en una de sus sentencias más afortunadas).

¿Cuál es la solución? Han nos propone recuperar ese “aroma del tiempo”, combatir la “compulsión a la aceleración moderna” acabar con la hiperactividad para recobrar la “vida contemplativa” y reflexiva y recuperar un tiempo vital estructurado, humano en suma. Hay que incluir elementos apacibles en nuestra vida cotidiana, reconquistar la tranquilidad para tener acceso a lo reposado, rescatar el desvío y lo indirecto, posponer el acto inmediato e irreflexivo…


El librito se lee tan rápido que se echa de menos un poco más de profundidad en el análisis de la banalidad de nuestra vida cotidiana, oscilante entre la alienación del trabajo y la estupidez de nuestro ocio, y algo más de detalle sobre cómo conseguir “parar el tiempo”. Pero, en ese caso, Han habría escrito un libro de autoayuda y no el lúcido ensayo filosófico que es El aroma del tiempo. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

La tragedia del pequeño librero



El otro día anunció su cierre otra librería en España, aunque la clausura de ésta, al contrario de lo que pasa con muchas otras que desaparecen (¡y lo hacen al ritmo de 2,5 al día!), tuvo extraordinaria repercusión mediática. Al parecer, Negra y Criminal, un lugar de peregrinación para los amantes del género policiaco, era un sitio del agrado de los periodistas y blogueros, muy bien surtido y gestionado por unos libreros vocacionales y conocedores de lo que venden (hasta 18.500 fichas de libros tenían disponibles). Pero ni por esas se salvó.  

En la concurrida rueda de prensa de despedida, el dueño del local, Paco Camarasa, reconoció amargamente cómo en un momento de auge de la novela negra él no había podido mantenerse. “Somos referentes, todo el mundo habla de nosotros, la gente nos quiere, se deja aconsejar, pero no nos compran los libros”, dijo en su despedida. Por eso, como recordaba Camarasa, la gente (y los periodistas, los blogueros, los autores que iban allí a presentar sus novedades, todo tipo de influencers...) pensaban que les iba de cine, cuando en realidad estaban siendo protagonistas de una historia de terror.

La historia de Negra y Criminal no es nueva y demuestra que el prestigio y la aclamación social no valen para mantener un negocio. Está bien eso de que te conozcan en el circuito y te recomienden, pero luego hay que vender para dar de comer a los hijos, pagar las facturas, el alquiler o los impuestos... Cosas que, además, en las grandes ciudades, con la dura competencia que hay, se vuelven tareas titánicas para los pequeños, por muchas horas y vocación que le echen.

Camarasa y su socia de Negra y criminal no son los primeros que tienen que cerrar justo en el momento en que gozan de prestigio y reconocimiento. En su momento, muchos lamentaron que el dueño de los cines Renoir, Enrique González Macho, decidiera cerrar gran parte de las 200 salas de versión original que mantenía en varias ciudades del país. En aquella ocasión, el veterano empresario, que sigue al frente de su distribuidora de cine de autor, Alta Films, aunque bajo mínimos, también aprovechó el momento del harakiri para reprochar a los plañideros que si hubieran acudido a las salas en su momento, los cierres, los despidos y los lamentos se habrían podido evitar.  

A todos (o a unos cuantos) nos gusta vivir en barrios alegres y llenos de tiendas cool, coquetos y confortables cafés, cines de autor, teatros de vanguardia y librerías bien surtidas. Sin embargo, luego son pocos los que mantienen con sus compras esta diversidad comercial. Sé de profesionales (abogados, altos funcionarios o empresarios) muy asentados y bien pagados que un día, por amor al libro y a la edición, decidieron abandonarlo todo y montaron una librería, pero finalmente no pudieron salir adelante. 

Librerías como la de Paco Camarasa o cines como los de González Macho eran un feliz contrapunto al monocultivo que se impone en los centros de las ciudades, donde las tiendas de ropa de las grandes cadenas o los restaurantes de comida rápida lo han invadido todo. Y también hacían más rica la vida en barrios donde hoy sólo se abren peluquerías y fruterías, como si no hubiera más cosa que hacer en la vida que cortarse las puntas y comer paraguayas.

Creo que la mayoría somos culpables de que sitios como Negra y Criminal o los cines Renoir tengan que echar el cierre. En el caso del libro, es irresistible la tentación de acudir a canales potentes como el de Amazon o los de las grandes superficies para comprar el título que muchas veces hemos ojeado en la mesa de novedades de la librería de toda la vida porque un profesional avezado y con instinto nos lo ha puesto al alcance de la mano. Por no hablar de los que se lo bajan todo de Internet -pirata por supuesto-, o de los que esperan a que su primo se lo haga llegar en un pendrive cargado ¡con otros 120.000 títulos!, una auténtica biblioteca de Alejandría por la que no se van a dejar ni un euro. 

Para disfrutar de un buen comercio tiene que haber profesionales arriesgados y con vocación y conocimiento de lo que venden, pero también un público dispuesto a cuidarlo y mantenerlo. Son sitios que tenemos que frecuentar y enriquecer con nuestra presencia. Porque la mejor lectura, la más rica y sugerente, es la compartida. Esa que, de un modo u otro, tenía lugar en la librería de Paco Camarasa.   


jueves, 3 de septiembre de 2015

El ocaso de los poderosos



A propósito de la lectura 'El fin del poder', 
de Moisés Naím 


Cuesta mucho entender ciertas cosas que pasan, y que son titulares de periódico un día sí y otro también. ¿Cómo es posible que llevemos un lustro largo de crisis económica grave en Europa y todavía sigamos enfangados en ella? ¿Cómo es que nadie resuelve el problema migratorio en el norte de África, que cada año deja cientos (quizá miles) de muertos en las costas de España o Italia? ¿Cómo pudo llegar la primera potencia del mundo, Estados Unidos, el país más opulento de la Tierra, al denominado “precipicio fiscal” que dejó momentáneamente al Gobierno de Obama sin capacidad de pago y a los funcionarios sin cobrar sus nóminas? ¿Por qué las cumbres del clima para tratar el calentamiento global, un problema que sólo los muy necios se niegan a reconocer, siguen siendo eventos inútiles que como mucho dan lugar a un comunicado de buenas intenciones? Y así podríamos seguir hasta que nos dieran las uvas.

Son cuestiones que no tienen fácil respuesta. Sin embargo, el excelente libro de Moisés Naim, El fin del poder, fruto de siete años de trabajo y reflexión en compañía de expertos, puede ayudar a entender qué está pasando y por qué las élites políticas, económicas o militares fracasan hoy por inoperancia y parálisis. El punto de partida de Naím es que, al contrario de lo que tendemos a pensar, los poderosos cada vez lo son menos y cada vez tienen menos margen para tomar decisiones. Además, a un líder hoy (de lo que sea: deporte incluido) le cuesta más permanecer en la cima porque tienen más competencia y las barreras de entrada para sus competidores ya no son insalvables o en algunos casos prácticamente han desaparecido. El poder está más fragmentado que nunca, y eso es bueno, pero también complica la resolución de los problemas.

Naím demuestra que los gobiernos cada vez son más frágiles y efímeros, y están más a expensas de las minorías. También que los grandes conglomerados empresariales que durante décadas dominaban un sector de actividad hoy tienen muchas más dificultades para mantener su cuota de mercado, o que los ejércitos de las grandes potencias, preparados para la guerra total, son incapaces de dar una respuesta en un mundo de radicales provistos de bombas caseras o grupos terroristas de bajo presupuesto e integrantes suicidas.  

Mirando a la Primavera Árabe, Naím encuentra muchas de las causas de esa dilución del poder. El auge de las clases medias, cada vez más exigentes con sus representantes, la escolarización universal, la mejora en la alimentación de los jóvenes, las migraciones de millones y millones de seres que buscan una vida más próspera, un sistema financiero internacional o la extensión de nuevas y asequibles tecnologías a amplias capas de la población están detrás de muchas caídas de gobiernos en otro tiempo incontestables.

En todo caso, no creo que estemos, como ha dicho algún analista de postín, en una era “poshegemónica”, donde las jerarquías se han borrado definitivamente. Es más, creo que estamos muy lejos de este escenario. Habría que ser un iluso para pensar que Estados Unidos no sigue dominando el mundo y que otros, como China, aspiran a hacerlo. No conviene llevarse a engaño y Naím no cae en él.

Está claro que los poderosos siguen al mando, pero también es patente que en un tiempo tan multilateral como el actual, de negociaciones farragosas y paralizantes, dominado en muchas ocasiones por la “vetocracia” de los pequeños, ya sean el Tea Party, Finlandia o Taiwán, las decisiones se posponen y efectivamente los problemas quedan sin solucionar.
Nadie quiere un mundo gobernado por líderes que no den cuenta de lo que hacen o por déspotas sin escrúpulos, ni tampoco un sistema económico que fomente el monopolio o el capitalismo de amiguetes. 

La efervescencia de esa juventud educada que está cambiando las reglas del juego ha dado lugar a la Primavera Árabe, el 15-M, la apertura de Irán o la reclamación de más igualdad en las muy injustas sociedades latinoamericanas. Sin embargo, el fin del poder también tiene sus contraindicaciones: gobiernos incapaces de dar respuesta a la demanda de unos ciudadanos frustrados o periodos dominados por la anarquía que para Naím son inevitables.

Llevamos dos o tres décadas en que los políticos del mundo no han llegado a un consenso fundamental y edificante para resolver los problemas de los ciudadanos, y cada día que pasa parecen más ineficaces para la tarea. Sin ir más lejos, en España, el hito que marcó la Transición, hoy puesta en cuestión por algunos, no se ha vuelto a repetir a pesar de que muchos pidan una refundación del país. 

Pero es Europa el mejor exponente de los males a los que se enfrenta un barco sin capitán. La parálisis económica del viejo continente desde que estalló la crisis de la deuda, con el problema griego todavía latente y siempre amenazando, va camino de convertirse en una enfermedad crónica. En lo político, Europa está lastrada por una estructura institucional poco representativa, lenta e ineficaz. A nivel diplomático, pierde relevancia porque cada país hace la guerra por su cuenta, y lo en humanitario, miles de emigrantes (norteafricanos ayer, sirios hoy) nos siguen sacando los colores. En fin, que vamos por mal camino.

En fin, Naím ha escrito un libro sugerente donde condensa en poco más de 300 páginas un aparato impresionante de estadísticas e informes, y lo hace con un estilo cristalino y un lenguaje muy didáctico que evita la jerga del analista especializado, a pesar de que él lo es y se mueve en esos círculos (no en vano fue director de la revista Foreign Policy y ahora trabaja en Washington para una ONG dedicada a promover la seguridad y estabilidad global). Entiendo que Mark Zuckerberg y sus asesores literarios propusieran El fin del poder como primer título a discutir de su multitudinario club de lectura en la red, donde cada semana participan miles de lectores de todo el mundo. 


Como digo, el libro de Moisés Naím, que también aborda la pérdida de relevancia del catolicismo frente a los más atractivos credos cristianos de nuevo cuño, o el declive de los medios de comunicación de siempre en beneficio de las redes sociales o de las firmas tecnológicas, es iluminador. De lo mejor que he leído últimamente. Y, como dice Bill Clinton en la contraportada de la edición española, una obra que cambiará tu manera de leer las noticias. 


lunes, 17 de agosto de 2015

El reformismo como solución




A propósito de la lectura del libro ‘Mañana será tarde’, de José Antonio Zarzalejos

En los últimos la avalancha de libros con recetas para la regeneración del país ha sido de impresión. Políticos, sociólogos, economistas, urbanistas, literatos, científicos e incluso cocineros y faranduleros han intentado dar con las fórmulas para rehacer un país esquilmado por la crisis económica y descreído y desmoralizado por la inoperancia institucional y la corrupción.

Mañana será tarde, del veterano periodista José Antonio Zarzalejos, director en su día de El Correo Español y del ABC, vuelve a ofrecer un diagnóstico de los males de España. Zarzalejos se centra en cinco puntos: la corrupción, la monarquía, los nacionalismos catalán y vasco y los medios de comunicación. Frente a otros “regeneracionistas” de nuevo cuño que se quedan en vaguedades, el libro del periodista bilbaíno es riguroso. Y eso es de agradecer. Los problemas están bien expuestos y contextualizados, y el libro abunda en datos y referencias a artículos, informes, sentencias judiciales y libros que pueden servir a los que quieran ir más allá, sin por ello quitarle fluidez a la argumentación.

Zarzalejos es un moderado, pero no un tibio. El autor huye del trazo grueso que impone la nueva “democracia mediática” de programas como La Sexta Noche, El gran debate (Telecinco) o La Tuerka (Público TV). Y se moja al analizar el papel hoy de la monarquía, el devenir político en Cataluña o la situación en un País Vasco donde el autor vivió amenazado por los terroristas. Precisamente, el capítulo más sentido es el que dedica al conflicto vasco. En esas páginas Zarzalejos echa la vista atrás para reconocer el Síndrome de Estocolmo que durante un tiempo presidió su relación con los asesinos y la tibieza con que recibió durante años las noticias de las matanzas de los terroristas. Y advierte de que la izquierda independentista trabaja ahora para que se imponga un tratamiento simétrico a las víctimas de ETA y de los GAL, y recuerda que los etarras y su entorno no sólo se retractan, sino que buscan una legitimidad basada en el olvido. Al nacionalismo del PNV le pide que adopte un concepto integrador de ciudadanía, y abandone el excluyente de pueblo.

Para explicar el giro último del nacionalismo catalán, ahora abiertamente independentista, Zarzalejos no entra en debates históricos ni retrocede a la famosa entrada de las tropas de Felipe V en Barcelona, en 1714. El origen del problema, en su opinión, es mucho más reciente. Para el periodista, colaborador de La Vanguardia, es Jordi Pujol el que empieza a preparar en su momento el independentismo actual, abandonando la senda autonomista y de consenso de la Transición. Un proceso en el que Pujol cuenta con la ayuda inestimable de la izquierda catalana y del PSC, que no vieron mejor manera de minar el predominio de Convergencia que asumiendo sus aspiraciones nacionalistas. En cualquier caso, Zarzalejos asume que al día de hoy, el problema ha ido muy lejos, y que no es tiempo de crispar más los ánimos, sino de llegar a un entendimiento político y abandonar la vía judicial como salida.  En el medio plazo, cuando las aguas se calmen, supondrá una reforma de la Constitución.

Zarzalejos abomina de aquellos que quieren derribarlo todo para construir desde cero. Su propuesta es la de un reformismo tenaz y eficaz, una vía inaudita de progreso en un país tan cainita y visceral como España, pero que es la seña de identidad de las democracias avanzadas en el mundo. Esa deberá ser la vía para recuperar al país de los destrozos de una corrupción que se hizo sistémica y vergonzosamente aceptada por todos en los años de las vacas gordas, y ese deberá ser el camino también para que la monarquía recupere la legitimidad perdida en los últimos años. A Felipe VI le pide un desarrollo normativo que dé carpetazo de una vez a discrecionalidad que fomentó su padre, a quien recrimina que durante décadas se haya movido en el limbo legal para campar a sus anchas e interferir veladamente en el devenir político. El objetivo: hacer una monarquía “más transparente, funcional, responsable y austera”.

En fin, José Antonio Zarzalejos ha escrito un libro de actualidad, interesante y bien documentado. Como corresponde a un periodista que se precie. Sus presupuestos son los que, salvando matices, defendería cualquier ciudadano interesado en la modernización del país y en resolver los problemas institucionales que lo ponen en jaque. Estoy de acuerdo con lo que dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo: puestos a analizar los problemas más acuciantes de España, se echan en falta capítulos dedicados a ámbitos como la educación o las desigualdades. Y también creo que, al hablar de la agonía de los medios de comunicación en España, subestima Zarzalejos el efecto de Internet en la crisis del periodismo. Para Zarzalejos, la caída en picado de la profesión tiene más que ver con la pérdida de legitimidad de las grandes cabeceras, que hoy son percibidos como parte del poder que nos ha metido en la crisis, que con la falta de un modelo de negocio para el nuevo entorno online. Creo que es discutible.






lunes, 10 de agosto de 2015

Amy Winehouse o el peso de la fama



Juan Cabrera / C. A. G.

Cuando uno ve el estupendo pero amargo documental de Asif Kapadia sobre Amy Winehouse, le viene a la memoria otro celebrado retrato de músicos, el que compuso hace tres años Malik Bendjelloul sobre la vida de misterioso cantante estadounidense Sixto Rodríguez en Searching for sugar man. Sin embargo, la trayectoria de uno y otro cantautor no tiene mucho que ver. En realidad, Amy hace el camino contrario que Rodríguez. A éste la fama le llega al final de su vida, como la justa y feliz recompensa a una existencia humilde y tranquila. Es la restitución al artista dotado, admirado secretamente por muchos, pero injustamente devorado por el anonimato y el olvido que impone la industria de la música y el star system. 

A Amy el estrellato le llega muy pronto. A los 19 años le ofrecen 250.000 libras sin haber grabado siquiera, para convertirse al poco en un fenómeno musical y mediático de alcance mundial. En Amy, la vida es estridencia, un salto al vacío y a la marginalidad, solo suavizado por la poderosa voz y la capacidad casi mágica para poner en acordes el desgarro de la soledad, la infidelidad amorosa, su adicción y el peso de la fama. De hecho, es sobrecogedor contemplar cómo su vida se va fundiendo en muchos momentos con las letras de sus canciones, demostrando que detrás de la voz hay mucho más, aunque no sea tan idílico como nos hacen creer.

Amy es un documental previsible, que se pliega a la cronología del desastre que va envolviendo a su protagonista. Desde el primer minuto, uno masca la tragedia de esa chica espabilada y caprichosa de familia judía en el norte de Londres, una adolescente emocionalmente volcánica, pero dotada de una de las voces más fascinantes de la música en los últimos años y de una capacidad inaudita para convertir el sufrimiento y los reveses en letras dolorosas pero certeras.  

En un momento de la película, Tony Bennet, uno de los ídolos de Amy Winehouse, y con el que grabó algunos clásicos en los míticos Abbey Road de Londres, reconoce que, si la cantante hubiera sido capaz de sobrellevar el peso de la fama, se podría haber convertido en una de las grandes, a la altura quizá de Ella Fitzgerald, Billy Holliday o Sarah Vaughan. 

Como dice uno de los managers de Amy, la fama es una gran ola que todo lo barre, un tsunami económico y emocional, y, por mucho que te digan, no te puedes ni imaginar su efecto arrollador. Y hay que pasar por él, y para eso hay que ir bien pertrechado. Y Amy, la niña vulnerable, caprichosa del norte de Londres, no logró superarlo. Ella, que usó la música para amortiguar la devastación del desamor, las drogas o el alcohol, finalmente fue sepultada por sus éxitos y por el tinglado que se montó a su alrededor. 

El documental del británico Asif Kapadia, que ya tuvo repercusión en su momento contando otra historia trágica, la del piloto de fórmula uno Ayrton Senna, no es un prodigio formal, pero tiene fuerza. Además, sabe lidiar con el problema que supone disponer de muchas horas de grabaciones donde la propia Amy es protagonista, un problema que muchos documentalistas querrían para sí, pero que puede dar lugar a productos excesivamente largos o reiterativos. Gracias precisamente a esta abundancia de cortes con Amy en primera persona, grabados desde su propio entorno, Kapadia se permite renunciar a los clásicos bustos parlantes a la hora de ofrecer los testimonios de la familia, los managers o los amigos de Amy. Eso da agilidad al relato, aunque a veces a uno le cueste identificar quién habla. 

Eso sí, en el debe de Amy hay que señalar que se trata de una historia de héroes y villanos. Los autores recurren a un maniqueísmo sospechoso que cuestiona un tanto el resultado. Dos figuras salen perdiendo: el padre, que siempre vio a Amy como una máquina de hacer dinero y la escalera para ascender socialmente, y el novio drogadicto, presentado como una sanguijuela que se nutre de la debilidad y dependencia de la cantante. La otra cara de la moneda son Nick Shymansky, su primer y paternal productor, la propia productora Universal, que no en vano ha respaldado financieramente el documental, y los amigos de juventud de la protagonista, un grupo al que recurrió cuando peor se le pusieron las cosas.  

Tampoco cuenta demasiado el documental de Kapadia sobre cómo se forja una figura musical como la de Amy Winehouse y en qué fuentes bebe para dar lugar a un disco como Back to Black. Ni de cómo funciona el mundo musical británico para seguir siendo la cuna de solistas y grupos de referencia. Muy de pasada se alude al paso de Amy por los ambientes underground de Camden, de su aversión al pop más estándar y de su amor por el jazz, un música que admiró pero nunca sintió como propia. 

“Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Era lo que decía en aquella conocida serie de los 80 la profesora de baile a sus nuevos alumnos. Ahora sabemos que esa misma fama sencillamente te puede llevar a la tumba.


martes, 28 de julio de 2015

El mundo de ayer, de Stefan Zweig



Stefan Zweig era el modelo del judío europeo culto y acomodado de principios del siglo XX. Nunca pasó por problemas económicos gracias a la posición de su familia vienesa y a sus trabajos literarios, y empleó su desahogada situación en formarse intelectualmente durante largos años, desdeñando la Universidad, en la que se graduó por meros motivos de apariencia, mientras viajaba sin cesar por toda Europa. Con el tiempo, Zweig se hizo dueño, por esforzada voluntad propia, de un estilo literario directo y transparente, muy atractivo para el lector de hoy, y fiel instrumento de la mirada lúcida, culta y cosmopolita de su autor, que lo utilizó en un sinfín de libros de todos los géneros, felizmente disponibles en castellano.
El mundo de ayer es uno de sus libros más recordados, y no sólo por su calidad sino también por las circunstancias en que fue escrito. Zweig lo redactó poco antes de suicidarse en 1942, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, su último refugio en su forzado periplo de apátrida. No pudo soportar la pérdida de todo cuanto amó ni la condena al olvido a que fue sometido por los nazis, que quemaron con saña sus libros.
El subtítulo del libro, memorias de un europeo, es muy esclarecedor. Zweig hablaba fluidamente francés, italiano e inglés, además de su alemán natal, y cultivaba la conversación y la amistad con lo más granado de la intelectualidad europea, a la que consideraba la base de la patria común continental.  
Zweig declara desde un principio que en su libro él no es el protagonista sino el “centro” de la narración y, así, desde su privilegiada situación de testigo consciente e implicado en el devenir de Europa, nos cuenta la vida cultural de la época y sus relaciones sociales con los artistas e intelectuales del momento, con el telón de fondo de los grandes acontecimientos históricos de las primeras décadas del siglo XX. Zweig no oculta su pertenencia a la élite social y esa es una de las mayores virtudes de sus memorias, la íntegra fidelidad a sí mismo de su autor.
Desde su privilegiada atalaya, Zweig no pretende ser objetivo, ya que todo lo filtra por sus ideas europeístas y fraternales, y sus descripciones defienden calurosamente la tolerancia y el entendimiento entre los pueblos europeos mientras utiliza su vida errante como ejemplo del cosmopolitismo que propugna. Sus memorias, despojadas casi por completo de datos relevantes sobre su vida sentimental, ofrecen una visión subjetiva e idealizada de lo que debería ser Europa a partir de la reflexión perpleja sobre el delirio social y político en que acabó sumida.
Aunque Zweig acabó convirtiéndose en un fugitivo del fascismo, nunca tuvo que sufrir en carne propia los horrores de comienzo del siglo XX, y sólo describe, como una muestra de la alucinación belicista y nacionalista sin sentido que se apoderó de Europa en el momento en que más confianza había en el progreso de la Humanidad, aquellos eventos bélicos de la Gran Guerra que conoció personalmente por decisión propia, ya que no tuvo que luchar en el frente.
El mundo de ayer es más que unas memorias al uso; es una tesis sobre las ideas políticas de su autor y el modelo de convivencia que propugna. Su prosa sin artificios, la perspicacia y clarividencia de sus reflexiones, su apasionada defensa de la hermandad europea, la amenidad de las descripciones y el trasfondo trágico de su narración convierten a las memorias de Zweig en una lectura absorbente, de la que se pueden extraer muchas enseñanzas para aplicar en la inquietantemente desnortada Europa de hoy.

miércoles, 22 de julio de 2015

La vida al revés



A propósito del primer volúmen 
de los 'Diarios' de Iñaki Uriarte

El primer volumende los diarios de Iñaki Uriarte es el más “literario” de los tres. Literario en el sentido de que el crítico de libros del periódico vasco El Correo hace constantes referencias a sus autores de referencia y a otros que aconseja leer con cautela o que, simplemente, desecha. En las notas del libro –algunas largas, a modo de pequeños ensayos o disertaciones para el consumo doméstico-, Uriarte airea sus filias y fobias bibliográficas. 

Por supuesto, aprovecha para declararse devoto de Borges, muestra admiración por Montaigne y homenajea al paseante solitario de Rousseau. Y también nos advierte de la antología de disparates que uno se puede encontrar en las obras de Baroja, o del tostón que puede resultar el casi siempre alabado Thomas Bernhard. A nadie dejará indiferentes las opiniones de Uriarte sobre tal o cual monumento de la literatura universal y española. Shakespeare, Tolstoi, Kafka, Coetzee, Gil de Biedma, Sánchez Ferlosio, Cioran… son casi siempre despachados con un juicio rápido, aunque convincente y sincero.

También en estas notas pretendidamente desaliñadas, desatendidas, arremete Uriarte contra la literatura del yo que abunda de unos años a esta parte en España y una buena parte del mundo, contra esas “autoficciones” que toman como base novelesca la experiencia vivida por el autor, por irrelevante que sea, y con las que rehuyen los grandes relatos. Un solipsismo literario que, a su juicio, es hijo de la misma moda que ha llenado la televisión de confidencias e intimidades.    

En este primer volumen de los Diarios, Uriarte tiene ganas de hablar, de contar cosas y de cuestionar tantos sermones. Sus entradas son en ocasiones extensas, al contrario de lo que ocurre en los volúmenes posteriores, donde son norma los comentarios condensados y un punto crípticos, hasta adquirir en muchos casos la música y las extensiones del aforismo. En estas notas, tomadas entre 1999 y 2003, relata con detalle algún episodio familiar en Estados Unidos, y también nos habla del placer que le producen sus viajes por Italia o sus estancias en Benidorm, un lugar que, según Uriarte, muestra su belleza en el ángulo que los fotógrafos nunca quisieron plasmar.

Los Diarios de Uriarte son un excelente manual para descreídos y para los que sospechan de los clichés, las frases hechas y las imágenes del mundo demasiado elaboradas y retóricas. “Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo”. Es su manual de estilo: tan fácil de formular como complicado de ejecutar. 

Uriarte es un declarado rentista, defensor a ultranza del dolce far niente y misántropo, un tipo que va contracorriente, aunque de una forma sincera y exenta de las poses antisociales de algunos “modernos”. Y es una pena que haya puesto fin, de forma deliberada, a sus diarios tras 11 años tomando notas. En todo caso, es consecuente, pues siempre amenazó con el silencio. Y eso es lo que nos quedará a menos que, como terapia frente al lugar común y el enmascaramiento, uno opte por releer de vez en cuando sus tres libritos, ligeros, pero deliciosos y siempre esclarecedores. 


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Aquí dejo algunas entradas de Diarios 1999-2003, que está publicado y disponible en Pepitas de Calabaza, editorial de Logroño.


Dice Philippe Lejeune que los diarios que se publican en Internet son mucho menos melancólicos que los diarios íntimos de verdad. Otra vez Pascal: “Lo que menos perdona el mundo es la desventura”.

Mi actitud básica en la vida ha sido la de un “okupa”. Desde siempre pensé que había grietas, intersticios, huecos en los que uno podía instalarse y vivir sin pagar.

Me gusta el tiempo lento, no presionado por ninguna urgencia, casi diría que al borde del aburrimiento.

A medida que voy llenando estos archivos me doy cada vez más cuenta de la cantidad de contradicciones que contienen. Por lo menos sirven para eso, para eliminar de una manera fehaciente la idea de que eres alguien “de una pieza”, “coherente”, con “personalidad propia” y otras tonterías de la misma familia.

Al no haber trabajado, se puede decir que he vivido ocho horas más al día. Por otro lado, está la impresión psicológica. “Es breve la vida de los atareados”, Séneca.

En las revistas de decoración los salones no tienen televisor. Tampoco suelen aparecer en las autobiografías y los diarios.


Además del género policiaco, fantástico, erótico, rosa, de ciencia ficción, histórico, etc., existe otro género en la novela, el de las novelas literarias. En él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas. Este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura. 

martes, 7 de julio de 2015

Gurús económicos

  

A propósito de la lectura de 'La economía no da la felicidad', de José Carlos Díez

En los últimos años, al tiempo que la crisis económica se iba haciendo más virulenta, han aparecido muchos libros de divulgación con el objetivo de que el ciudadano medio, sin grandes conocimientos de economía o finanzas, entendiera qué estaba pasando y qué remedios se podían poner para atajar el desastre. Muy celebrado fue el bestseller del profesor retirado Leopoldo Abadía, que muy al comienzo de la crisis llamó la atención de todo el mundo por su análisis socarrón y accesible de la burbuja inmobiliaria con La crisis ninja.

En esta línea divulgativa está el último trabajo del ubicuo José Carlos Díez, economista, profesor, bloguero y hasta tertuliano televisivo. La economía no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla es un volumen donde el autor aborda con sensatez, y sin los prejuicios que tantas veces malogran el debate público, aspectos clave del sistema económico, como el papel del estado, el sistema de bienestar, el funcionamiento del mercado de trabajo, los mercados de deuda o el papel de los bancos centrales.

En el fondo José Carlos Díez es un socialdemócrata que piensa que el mejor sistema económico ya está inventado y sale de la combinación de un mercado eficiente, pero estrictamente regulado y que puede ser impulsado, si la ocasión es propicia, por el estado. Keynes aparece muchas veces en el libro, casi siempre en un altar.

Sin embargo, falla José Carlos Díez a la hora de analizar las relaciones entre la economía y la felicidad, entre la opulencia o la escasez y el bienestar material, psíquico y moral de los ciudadanos. Lo que, atendiendo al título, debería ser la línea de desarrollo principal, es decir, hasta qué punto la economía nos hace felices (o el mal funcionamiento de la misma nos hace profundamente infelices), es un tema que realmente el autor toca de refilón. Y al final el libro es un batiburrillo de temas de actualidad que, como decía antes, están abordados con sensatez, pero muchas veces de forma superficial, algo apresurada y sin hilazón.

En su haber tiene el autor que es un gran comunicador y que es capaz de hacer sencillas y entendibles situaciones muchas veces complejas del mundo financiero. Sin embargo, da la impresión a ratos que este volumen es una reedición de sus mejores artículos en prensa o en Internet, o de las conclusiones de las mesas de discusión a las que ha acudido últimamente en Latinoamérica o Canarias. Como resultado, Díez ha conformado un libro de ágil lectura, pero que adolece precisamente de hilo argumental y ambiciones analíticas.  

Me temo que, como en tantas ocasiones en los últimos años, autor y editorial intentan aprovechar el tirón mediático del primero para poner otro título en el mercado. El tiempo es ciertamente propicio. Al fin y al cabo, en momentos de tanta incertidumbre, y en el que hemos descubierto que la economía de mercado que nos hemos dado es mucho más enrevesada de lo que suponíamos, necesitamos a gurús o divulgadores sagaces del enredo económico como José Carlos Díez.


La elocuencia de Díez, entrenada durante más de un lustro como autor del blog El economista observador, no encubre, sin embargo, las carencias de un libro escrito a vuela pluma y que, a estas alturas, no aporta demasiado a un lector medianamente avisado y al tanto de la actualidad. 

lunes, 29 de junio de 2015

Jim Campbell: cazador de sombras



Este año los chicos de primaria se han afanado en el cole por entender los fundamentos físicos -y quizá las implicaciones poéticas- de la luz. Han construido circuitos sencillos para ver cómo se propaga la electricidad y también han experimentado con prismas para descomponer los rayos del sol.  Estamos en el Año Internacional de la Luz, un iniciativa que promueve la ONU, para, según dicen sus organizadores,  “comunicar a la sociedad la importancia de la luz y sus tecnologías asociadas”. Por eso, en los últimos meses encuentro en los cuadernos y blocs de mis hijos más soles y bombillas que nunca.

En la Fundación Telefónica, en Madrid, no han querido quedarse atrás y han acogido una exposición de Jim Campbell, que estudió ingeniería electrónica y matemáticas en el famoso MIT de Boston antes de convertirse en artista conceptual y recalar en la costa oeste de Estados Unidos, en San Francisco. La exposición de Campbell en el viejo edificio de Telefónica de la Gran Vía se ve pronto; no va más allá de tres o cuatro instalaciones y 20 o 30 creaciones. Pero el recorrido que nos propone es interesante, y nos obliga a desandar el camino impuesto por ese papanatismo digital que prescribe que a más píxeles, más felicidad.



Frente al ruido de los videojuegos y las películas en alta definición, y a esa recurrencia eterna de sus creadores a los clichés y las narrativas gastadas, Campbell desconstruye las imágenes de las pantallas que nos asedian para dejarlas en sus elementos esenciales: píxeles silenciosos y borrosos cuyas intermitencias sugieren presencias que sólo llegamos a intuir. Sus imágenes en baja resolución, donde la electrónica y la circuitería quedan a la vista, nos llevan a preguntarnos por el origen de la imagen y por su poder de seducción, pero también por lo transitorio de la representación, y, por qué no, de la vida.

Los LED y las bombillas que parpadean en las obras de Jim Campbell que han estado expuestas estos meses en la Fundación Telefónica le llevan a uno a preguntarse por el mecanismo de construcción de la realidad que nos proponen las onmipresentes pantallas. Esas sombras que pueblan sus paneles de luces no serían nada sin un cerebro que les dé forma o una sensibilidad que les dé sentido. Esos seres que rescata Campbell gracias al destello sincronizado de cientos, miles de puntos de luz, somos nosotros, piezas labradas a base de memoria y recuerdos. Si las pantallas en alta resolución de los modernos televisores, las tabletas o el móvil son sobre todo una propuesta de evasión, los ingenios de baja resolución de Campbell son una invitación a la introspección, al autoconocimiento.



Fotografías degradadas que recuerdan los lienzos vaporosos de Turner, realidades desenfocadas que limitan con la abstracción. Una vista de la fachada de la Biblioteca Pública de Nueva York donde la solidez de la piedra contrasta con la fragilidad de unos viandantes que son sombras que casi no vemos, fantasmas que entran y salen del edificio y que son pura metáfora de lo transitorio. Como también lo son esas presencias fugaces en el vestíbulo de la Grand Central Station, que van y vienen al ritmo endiablado del transporte ferroviario en la gran ciudad, pero que los circuitos artesanales de Jim Campbell nos muestran una y otra vez, para que nos encontremos en ellas.

En una sala, Campbell recuerda el día de la muerte de su hermano. Allí cada una de las 26 lámparas suspendidas en el techo brillan y se desvanecen al ritmo de los acontecimientos del fatídico dia, construyendo una crónica pormenorizada, y quizá por eso desdramatizada, del fallecimiento. Jim Campbell es un cazador de sombras. Esos paneles, hechos a base de cientos de bombillitas LED, circuitos y planchas de metracrilato, nos muestran las siluetas amorfas de los viandantes anónimos en la gran ciudad. En algún punto, las figuras anónimas de Campbell, construidas a base del parpadeo de la electrónica, me recuerdan las multitudes desorientadas de los lienzos de Juan Genovés. 




lunes, 22 de junio de 2015

Ficciones y clichés en torno a la Reconquista



'El ejército de Dios', de Sebastián Roa
La novela histórica ha vuelto a florecer en el último decenio, aunque su recorrido viene de lejos y en España cuenta con prebostes como Benito Pérez Galdós, que relató una parte de la Historia moderna del país en sus Episodios nacionales. En la actualidad, nombres como el de Santiago Posteguillo son citados para demostrar que las letras hispanas siguen pariendo escritores especializados en este género. La novela El ejército de Dios (Ediciones B,2015), de Sebastián Roa, podría integrarse dentro de este movimiento, si no fuese porque abusa de la ficción. Hace unos meses, Roa reconoció que en sus novelas no duda en primar la creación literaria frente al hecho histórico, incluso retocando estos últimos. 
Es una postura respetable, si se es honesto reconociendo cuáles han sido las licencias que se han tomado, como hace Roa al final de su extenso libro. Comprendemos la necesidad de la inventiva literaria, pero nuestra opinión es que el desarrollo de este tipo de obras debe ceñirse escrupulosamente a los hechos históricos. Quizá el matiz se encuentre en el marketing editorial, que cataloga como histórica determinadas novelas que no alcanzan esta consideración.
 El escritor aragonés se sumerge en un momento capital y poco conocido por los españoles y europeos: la Reconquista. En el siglo XII, la Península ibérica se encontraba dividida en dos mitades. Desde Toledo hacia el norte, los reinos cristianos se repartían diferentes dominios, guerreando entre ellos por distintas cuitas. De la ciudad imperial hacia el sur, el Imperio almohade era el gran dominador, imponiendo una fe islámica férrea y fanática. 
La Reconquista es un periodo largo, de cerca de 800 años, que se inicia alrededor del año 750, cuando los visigodos que se alojaron tras la cornisa cantábrica empiezan a recuperar las tierras que los musulmanes les habían arrebatado decenios antes. Y el proceso finaliza en 1492, en el momento en que los Reyes Católicos desalojan a rey nazarí Boabdil de Granada. Sebastián Roa decide centrarse en un episodio clave: los años previos a la batalla de Alarcos (1195), perdida por el rey Alfonso VIII de Castilla.
La novela de Roa tiene mucho de ficción y la Historia pasa a un segundo plano. Debemos reconocer el trabajo de Roa, que se ha documentado de forma exhaustiva y hace una recreación exquisita del momento histórico y del contexto. Uno de los puntos positivos de la novela es que relata con precisión la forma de vida medieval en la Península. Sin embargo, la trama discurre lentamente hasta que, pasada la mitad del libro, empieza a descabalgarse y llega a la funesta batalla de Alarcos. 
En un libro de 800 páginas, la demora en estimular el ansia del lector por seguir avanzando puede ser imperdonable. Por otro lado, que la ficción predomine frente a los hechos históricos tiene algunos peligros, como la creación de personajes que acaban siendo estereotipos. Por ejemplo, Urraca López de Haro, la típica femme fatale que es capaz de todo por conseguir sus fines, o Pedro de Castro, el caballero-político enajenado, que acabará siendo uno de los más lúcidos de toda la novela. El problema y la polémica se plantean con el uso de personajes históricos, con vidas delimitadas y esclarecidas por la historiografía, para crear una imagen desligada de sus vicisitudes reales.



La novela histórica, aunque incorpore ficción, es un medio de comunicación y de enseñanza para quien la lee. Muy pocos lectores se pararán a comprobar hechos o datos y darán por verídico lo que encuentren en la obra. Por eso, no es raro que muchos se lleven la impresión de que Urraca López de Haro fue la mayor prostituta del reino de León en el siglo XII. Pero, desde el punto de vista histórico, ¿quién puede aseverar eso? Sebastián Roa es honesto, ya que al final de la novela incluye una nota aclaratoria sobre cuáles han sido las invenciones que ha incorporado a la misma. Sin embargo, el daño ya está hecho y, tras leer la novela y crear una opinión sobre cada uno de los personajes, es difícil desligarse de ese prejuicio.
Con todo, el libro de Roa plantea temas interesantes. Por ejemplo, el paralelismo que se puede establecer entre la radicalidad almohade y la actual amenaza del terrorismo de corte islámico para las sociedades occidentales. Desde luego, los momentos y el contexto histórico son diferentes, pero el fondo del asunto sigue siendo el mismo: la incapacidad del pensamiento islamista más radicalizado para aceptar que puedan existir sociedades y personas que piensen de manera diferente. Y la religión como excusa bastarda de los asesinatos en masa. Otra cuestión importante, y que se ha tratado poco fuera de los círculos académicos, es la vida y riqueza de Al-Andalus, que se intuye en el transcurso de la novela y que Roa insinúa muy bien. Buena muestra de esa cultura islámica racional que imperó en el sur de España se encuentra en los manuscritos de la época y en la arquitectura que preña la geografía del país mediterráneo.
En definitiva, El ejército de Dios es un libro entretenido, con respeto en general por la Historia, pero que peca en variadas, y quizá excesivas, ocasiones de tomarse licencias inadecuadas. No obstante, detrás se adivina la mano de un escritor que todavía tiene mucho potencial y que puede generar obras todavía más interesantes y con un desarrollo más trepidante. Incluso con una extensión por debajo de las 800 páginas.

Originalmente, este post apareció en el portal de viajes Revista 80 días, que dirige David Fernández. 

jueves, 11 de junio de 2015

Corbalán en la Feria del Libro



No sé qué me gusta más de la Feria del Libro. Si la feria en sí misma, con esa promesa de gozosa lectura que trae el ver expuestos miles y miles de títulos de tantas librerías y editoriales diferentes, muchos muy difíciles de encontrar por otros medios; o ese entorno de bosque mediterráneo en plena efervescencia que es el Retiro en junio, cuando el calor aprieta y uno empieza a acariciar unas vacaciones largamente esperadas. Quizá la combinación de todo ello sea lo que hace la Feria del Libro de Madrid uno de los momentos más felices del año, y por tanto de la vida.

Juan Antonio Corbalán, el exjugador de baloncesto, un hombre inquieto en la cancha y también fuera de ella, donde ha hecho carrera como cardiólogo y empresario de proyectos pioneros que aúnan medicina y deporte, firmaba en la feria Tú cuerpo. Manual de instrucciones (editorial Espasa). Por supuesto, Corbalán no congregaba allí ni una décima parte de los fans que a escasos metros esperaban una dedicatoria de Alessandra Neymar, autora de novelas románticas y adolescentes. Pero la figura del baloncestista, un tío afable y muy conservado sigue llamando la atención. Una señora que andaba por allí le certificaba a otra el hallazgo de la vieja estrella del deporte: "Sí hombre. Ése es Corbalán, el de toda la vida".

Por los libros que leemos o apilamos en la mesa de noche nos reconocerán, se podría decir. Sin embargo, yo, por los libros que hojeo en la Feria del Libro, sopesando una posible compra, cada vez me reconozco menos. Este año me sorprendí en las manos con uno del corredor de maratones Chema Martínez que llevaba en la portada el revelador título de No pienses, corre (Espasa). También estuve a punto de echarme a la mochila otro de la escuela de negocios ESIC donde a uno le dan las claves para conseguir los 10.000 seguidores en Twitter, marca a partir de la cual, entiendo, se empieza a ser alguien en el mundo de las redes sociales. 

Y, también editado por ESIC, me interesó un manual de autoayuda escrito por María Ángeles Chavarría donde la autora te da consejos para sacarle partido a tu tiempo, y, por lo tanto, a tu vida. Supongo que el running y una cierta vigorexia propios de mi edad, las exigencias del trabajo o esa sensación de que la vida se consume irremediablemente, y cada vez más rápido, me han cambiado definitivamente como lector. Espero que sea transitorio, o que la cosa, al menos, no vaya a más.

Se acabaron los tiempos en los que uno se paraba en la caseta de Hiperion con el firme propósito de llevarse un poemario de Rilke, o hurgaba en los stands de las librerías especializadas en busca de algún tratado de cine trascendental o de un sesudo análisis de la sociedad contemporánea escrito por el neomarxista de moda. O incluso estaba dispuesto a llevarse a casa y leer un clásico con todo el aparato de notas de las ediciones de Cátedra.

Afortunadamente, al final me reencontré conmigo mismo en la caseta de la editorial Pepitas de Calabaza, donde no pude resistirme y me lancé de cabeza a por el primer volumen de los diarios de Iñaki Uriarte, hedonista posmoderno y descreído que hace una literatura aparentemente ligera y vaporosa, socarrona, pero a la que uno se engancha irremediablemente. Y es que Uriarte, sin quererlo, aporta toda una visión del mundo, que dirían.

Me alegró descubrir que los de la editorial Pepitas de Calabazas no sólo viven del reconocimiento último que han tenido los libros de Uriarte, que, por cierto, ya ha dicho que no publicará ni una línea más de sus diarios, lo que es una verdadera pena. En el catálogo de la editorial de Logroño los libritos de Uriarte se mezclan con los de decenas de autores entre los que andan Julio Camba, Jaime de Armiñán, Manuel Jabois, José Luis Cuerda, Rafael Azcona y hasta el Marqués de Sade. Espero que les vaya bien a los de Pepitas.

Antes de llegar a Uriarte, un valor seguro en los tiempos que corren, me tentó laautobiografía de Felicidad Blanc, la abnegada y sufriente matriarca del clan de los Panero. Siempre me he asomado con una mezcla de morbo y necesidad al precipicio de la familia Panero. Siempre me sedujo esa mezcla de tortura existencial y delirante y provocativa puesta en escena que les sirvió para hablarnos del abismo -del suyo y del nuestro, no nos engañemos-. Sin embargo, en este caso no cedí, y Espejo de sombras, que publica ahora Cabaret Voltaire, y que se presenta como "un texto fundamental" para entender a la familia más famosa de la poesía española, al final se quedó en la caseta de la editorial. Quizá, y sin darme cuenta, esté empezando a desengancharme de la droga dura de los Panero.


Hace unos años, casi todos pensamos que el libro en papel casi tenía los días contados ante el empuje del formato electrónico y de Amazon, la poderosa multinacional que lo promueve. Yo creí a los agoreros que daban por muerto al libro tal como lo conocíamos desde Gutenberg. Sin embargo, hoy no creo que sean muchos los que mantengan ese pesimismo. Son innegables las ventajas del libro electrónico, sobre todo a la hora de dar con títulos olvidados o que nadie se atreve a reeditar, lo que ya es bastante. Pero, como dice el fino y concienzudo editor Jacobo Siruela, el libro de papel es "un objeto tecnológicamente perfecto". Un artefacto con 500 años que, además, mantiene la diversidad editorial y tantas y tantas librerías que hacen de nuestras ciudades un sitio menos triste en el que vivir.




domingo, 31 de mayo de 2015

La vuelta del Conde de Montecristo




Todos recordamos una novela que nos dejó marcados y que supuso el comienzo de nuestra afición a la lectura cuando éramos muy jóvenes. Cuando los libros eran aún una promesa incierta y la pasión por la literatura estaba intacta, esa novela única, que nos transportó durante unas pocas tardes a un mundo tan etéreo pero, a la vez, tan real como el de los mejores sueños, nos dejó satisfechos y ávidos por volver a encontrar, en otros libros, esa limpia felicidad del primer lector, aquel que no sabe nada de modas ni de críticas.

Para mí esa referencia ineludible es El Conde de Montecristo. Recuerdo todavía con una sonrisa el placer con el que leí, a los trece o catorce años, esa tremebunda historia por la que renunciaba a todo, incluso a comer, y que escogí, por casualidad, de la estantería de las colecciones de tapa dura y canto dorado que amontonaban mis padres. En aquel momento no sabía nada del autor, ni me importaba lo más mínimo.

Hace poco cayó en mis manos El Conde negro. Gloria, revolución, traición y el verdadero conde de Montecristo, premio Pulitzer de Biografía en 2013, libro en el que Tom Reiss nos promete desde el mismo título revelarnos el origen de la inspiración de Alejandro Dumas cuando escribió su folletón al alimón con Auguste Maquet, y que no es otro que la vida de su propio padre, Alex Dumas. Reiss es un periodista de gran reputación que ha trabajado para algunos de los periódicos más importantes de Estados Unidos y es autor de otros libros de investigación como El orientalista.

El Conde negro es una especie de biografía mítica del primero de los tres Alejandros Dumas (el tercero, como habréis deducido, es su nieto, autor de La Dama de las camelias, entre muchas otras novelas). El padre de Alex Dumas (Alexandre-Antoine Davy de la Pailleterie) era un noble francés que, huyendo de la justicia y de su propio hermano, se internó en los confines del área controlada por la metrópoli gala en la colonia de Saint-Domingue, la parte oriental de la isla de La Española, hoy Haití. Allí, en la pequeña población de Jérémie, acabó conviviendo con una esclava negra, fruto de cuya relación nació Alex en 1762. 

Pese a sus orígenes y el color de su piel, el gigantón Alex Dumas tenía a su favor su portentoso físico y su valor, y no desperdició su oportunidad cuando su padre, tras lograr su propio regreso a Francia ocultando su identidad y gracias a los beneficios de la venta del resto de sus hijos como esclavos, le reclamó. Alex Dumas medró rápidamente al servicio del ejército francés en los tiempos en que la Revolución Francesa no sólo predicaba la igualdad sino que la practicaba y acabó convirtiéndose en el primer general negro (mulato) de la Historia, famoso en toda Francia por sus hazañas militares e ídolo entre sus hombres por su espíritu fraternal, antes de que los vientos del Terror empezaran a soplar en contra de los héroes revolucionarios. 

Al contrario que muchos de ellos y pese a su tenaz fidelidad a los ideales originales de la Revolución, Alex conservó la cabeza sobre sus hombros, aunque sólo para caer en desgracia ante el regreso del racismo a la política francesa y la desmedida ambición de otro general de fulgurante carrera, Napoleón. 

Alejandro Dumas perdió a su padre con cuatro años, pero conservó un recuerdo imborrable de su imponente figura. La tesis de Reiss es que Alex Dumas sirvió de modelo para el Edmundo Dantès del Conde de Montecristo y para otros muchos personajes creados por su hijo (por él o por los diversos “negros”-¡paradójico apelativo en el caso de un hombre de sangre haitiana!- que le ayudaron a lo largo de su carrera literaria). Reiss se basa en diversos datos de la vida del general Dumas, que obtuvo en una difícil búsqueda de documentación en los prolijos archivos franceses y que contrastó con muchos detalles de la trama del Conde de Montecristo.


El Conde negro es un libro muy ameno, casi una novela de aventuras adornada de reseñas curiosísimas sobre la historia de la Revolución y sobre el mismo proceso de redacción de la obra. La narración va perdiendo fuelle según transcurren sus páginas, tanto que uno llega a dudar de que la interpretación de Reiss sea cierta, o la única posible, pero ello no desmerece el conjunto. Y, lo que es más importante, nos invita a releer ese prodigioso novelón donde un desdichado inocente que es encarcelado de forma infame durante años por pura envidia, se regodea en una orgía de venganza y muerte para acabar redimiéndose por amor, tras más de mil inverosímiles páginas de aventuras sin cuento que se quedaron a vivir en el desván de nuestra memoria para siempre.