domingo, 26 de febrero de 2017

Los nativos digitales son menos de lo que parecen


¿Quién no se ha encontrado algunas vez con uno de esos padres que, entre desnortado y acomplejado por las supuestas habilidades tecnológicas de su hijo, presume de cómo su vástago se maneja por los menús del iPad o de Android, o explica embelesado cómo, por sí sólo, su pequeño superman digital le instaló una app en su móvil para calcular el número de calorías que se deja subiendo escaleras o corriendo por el autobús?
Los padres tendemos a pensar que los chicos, sólo por el hecho de haber nacido rodeados de ordenadores, tabletas, teléfonos inteligentes, consolas o televisores smart, y por respirar por los cuatro costados Internet y las indefectibles redes sociales, tienen las necesarias competencias digitales, es decir, que saben sacarle todo el partido a la tecnología y además la usan con criterio.
Sin embargo, creo que eso es mucho suponer. Y si no, pidan a su hijo que envíe un e-mail con un fichero adjunto, prepare una tabla de Excel o trabaje un documento de texto en grupo con Google Docs. Muchos no tendrán ni idea. Y es que subir selfies a Instagram o dejar ocurrencias en Snapchat no es, ni mucho menos, lo único que se puede hacer en Internet.
Un libro que acaba de salir, y que se presenta con el provocativo título de Los nativos digitales no existen, pone en cuestión la idea extendida de que los chicos de hoy traen de serie la digitalización, saben usar la tecnología y conocen sus implicaciones. Y es que no por nacer en un país donde se habla el español, un niño habla español. Al contrario, para dominar la lengua, el pequeño tendrá que ir al colegio y leer mucho y estudiar gramática, ortografía y vocabulario también durante muchos años. Pues lo mismo pasará si queremos que los pequeños se conviertan en usuarios competentes de Internet o de tanto gadget a su disposición.
Los nativos digitales no existen es en realidad una guía para que esos padres superados por el tsunami de Internet y de las pantallitas que han robado el alma a sus hijos y los han dejado mudos. Un llamamiento para que superen miedos y complejos y se impliquen en la educación tecnológica de la progenie. No se trata de prohibir, nos vienen a decir los autores del volumen, coordinado por Susana Lluna y Javier Pedreira "Wicho", creador del blog Microsiervos, sino de enseñar a los más pequeños a andar (con cuidado) por el mundo virtual. Y es que de la misma forma que cualquier padre con dos dedos de frente enseñará a su hijo a cruzar la calle cuando el semáforo está en verde, y le advertirá para que no se vaya muy lejos cuando anda solo, así también tendrá que hacer cuando el chico navega por su cuenta o intercambia fotos y datos personales en las redes sociales.
Manejarse en Internet y en las redes sociales requiere un cierto aprendizaje y también prudencia, para saber, por ejemplo, qué contenidos e informaciones conviene compartir, cómo se mantiene un cierto nivel de privacidad en Facebook o Instagram, cuándo una tienda online es de fiar o cómo se mantiene el ordenador o el teléfono actualizado y libre de malware. Por no hablar de la capacidad para distinguir la buena de la mala información en Internet. Y es que no conozco "nativo digital" que se cuestione, mientras hace los deberes, lo que le presenta Google en la primera página de resultados.

Son cosas que los profesores en la escuela y los padres en casa debemos abordar. Porque, no lo olvidemos, aunque nuestros hijos sean los reyes del mambo en Instagram o Snapchat, o se pasen la vida enganchados a los canales de youtubers millonarios como Elrubius, Vegetta777 o Fernanfloo, siguen siendo unos críos y no tienen idea de casi nada. Nos necesitan.

jueves, 19 de enero de 2017

Las memorias de Juan Luis Cebrián



A propósito de la lectura de 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988', de Juan Luis Cebrián

De un tiempo a esta parte, y por los intereses mediáticos y políticos de cierta parte de la izquierda española, Juan Luis Cebrián, el primer director del diario El País, se ha convertido en un personaje sospechoso, controvertido. Su condición de primer ejecutivo del Grupo Prisa y sus supuestas conexiones con el poder político y económico durante las dos últimas décadas le han convertido en blanco de críticas de todo tipo.


Juan Luis Cebrián hoy gestiona un grupo empresarial que sigue siendo significativo en términos de influencia, empleo y facturación, pero que emocionalmente es el rescoldo de lo que supuso en las dos primeras décadas de la democracia. Por que El País de finales de los 70 y de los 80 fue una historia de éxito, la del periódico que aglutinó a las clases medias españolas deseosas de cambio y modernidad a la muerte de Franco. Pero hoy, se puede decir que El País ya no es lo que era. Por una parte, la evolución política ha llevado a que el relevo generacional de aquellos primeros e incondicionales lectores no lo vean como un medio de referencia y, por otra parte, las nuevas tecnologías también han hecho que se multipliquen los competidores y que sus mensajes se diluyan.   


Primera página. Vida de un periodista 1944-1988 está escrito con el ritmo ágil de una novela de aventuras. Cebrián renuncia a las notas a pie de página y al habitual glosario de nombres, y en las primeras páginas reconoce que abordó el recuerdo de su peripecia profesional “a pelo”, hurgando únicamente en su memoria y ayudándose de consultas a Internet y sólo en ocasiones de alguna agenda de trabajo repleta de citas por otro lado indescifrables. Es decir, que estamos ante unas memorias con ritmo narrativo pensadas para mantener el interés del lector.


Uno lee con creciente interés la peripecia del joven periodista de familia bien franquista que asciende rápido en el escalafón de la prensa franquista madrileña -en Pueblo y en Informaciones- y que, después de pasar brevemente por la dirección de informativos de TVE, acaba, casi por casualidad, dirigiendo el periódico clave de la Transición. Primera página es un testimonio del sometimiento explícito de los periodistas y de los medios de comunicación a los dictámenes de la dictadura, y también de cómo en ese ambiente hostil, los profesionales se las ingeniaban para hacer en ocasiones un periodismo más moderno y contestatario.


Sin embargo, lo mejor llega con el relato de la gestación de El País, un proyecto liberal liderado intelectualmente por la familia Ortega y Gasset, pero muy fragmentado a nivel accionarial. Cebrián da cuenta de las tensiones que se vivían casi a diario en el consejo editorial del periódico, y en el consejo de administración, donde directa o indirectamente pugnaban por el control personajes del franquismo como Manuel Fraga o José María de Areilza, o empresarios como el propio Jesús Polanco. Un forcejeo que fue a menos con los años y que, ya a mediados de los 80, dejó el periódico en manos del binomio Cebrián-Polanco, eso sí, con la ayuda de algún banquero amigo, como Luis Valls Taberner, a la sazón presidente del Popular.

Cebrián vuelve a hacer el viaje que llevó a El País desde el liberalismo inicial a la socialdemocracia felipista, y que con los años iba a convertir a Prisa, la empresa matriz, en el primer grupo de comunicación de España, con intereses en el el mundo editorial, radiofónico o televisivo. Como era de esperar, Cebrián se recrea en ese momento culminante del relato fundacional del periódico que supuso la publicación de una edición exprés la tarde del 23-F, apoyando sin ambages la Constitución y condenando el golpe de Estado. Un episodio que también le permite rebajar la figura del eterno competidor, Pedro J. Ramírez, en aquel momento director de Diario 16 y que no se atrevió a sacar aquel infausto día su periódico a la calle.


Creo que Cebrián acierta a la hora de describir ese ambiente de las redacciones en los estertores del franquismo y los primeros años de la democracia. También su relato ayuda a ver hasta qué punto los poderes políticos y económicos sofocaban a unas empresas periodísticas dependientes por decreto o incapaces por estructura empresarial para hacer una labor de contrapoder, problemas que con el paso de los años no se han acabado de resolver. Sin embargo, también creo que unas buenas memorias son la oportunidad perfecta para reconocer errores. Y ahí Cebrián ha escatimado. En sus 13 años al mando del periódico Cebrián reconoce haber tomado decisiones erróneas y censurables desde el punto de vista deontológico sólo un par de veces: cuando por la presión del nacionalismo catalán metió en el cajón y dejó sin publicar una crónica con información de Banca Catalana que comprometía a Jordi Pujol; y cuando permitió la publicación de un reportaje que intentaba demostrar que la banca y los poderes más oscuros de la derecha estaban detrás del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976.


Cebrián promete el segundo volumen de sus memorias para cuando se jubile al frente de Prisa, algo que, según él, será más pronto que tarde. Creo que si sigue la línea de éste, será un libro sin desperdicio. La guerra de las plataformas digitales y el enfrentamiento de Prisa con el binomio Aznar-Villalonga/Telefónica, y después la llamada “guerra del fútbol”, que le ha enfrentado a Mediapro y Jaume Roures, un conflicto no sólo empresarial sino también por un bocado del lectorado de centro izquierda en España, son cuestiones que no deberían faltar en ese volúmen, por no hablar de la grave crisis financiera en la que entró el grupo hace unos años y de la que todavía no ha salido. Aunque todo eso será otra historia.

martes, 10 de enero de 2017

La patria rota de Fernando Aramburu


A propósito de la lectura de 'Patria',
de Fernando Aramburu

Hubo en tiempo, a finales de los 70, en que los asesinatos de guardia civiles y militares a manos de ETA casi no tenían repercusión en la prensa. Más tarde, la escalada de los atentados y la sinrazón del fanatismo ideológico en el País Vasco hizo a muchos percibir que aquello era intolerable y que, además, de una u otra manera, nos afectaba a todos. Sin embargo, y a pesar de la crudeza de los coches bomba que sembraban de cadáveres calles y plazas de todo el país, de los artefactos detonados en las casas-cuartel o de los secuestros con final trágico, como el de Miguel Ángel Blanco, en el País Vasco se instaló durante décadas una violencia silenciosa que siguió pasando desapercibida, una guerra civil larvada entre los autoproclamados defensores de la patria y los que, por no compartir su fanatismo, quedaban al otro lado y eran marcados con la cruz eterna de la sospecha y la ignominia.

Este libro de Fernando Aramburu nos habla de esa herida abierta, lacerante, que no ha sido tan protagonista en los medios de comunicación, pero que, como una lluvia fina que acaba calando, ha terminado por devastar la vida de tanta gente corriente en tantos pueblos de Guipúzcoa o Vizcaya, y ha obligado a callar a muchos y a dejar su tierra a otros que no pudieron con el miedo y el amedrentamiento.
   
No sé si Patria es el mejor libro del año en España, pero entiendo que a muchos les hayan enganchado y emocionado hasta la médula las peripecias y los sentimientos encontrados de esas dos familias de un pueblo de Donostia, amigas en otro tiempo, y condenadas a enfrentarse por la deriva fanática de algunos de sus miembros. Aramburu da muestras de un excelente oído para dar cuenta del discurso interior de los muchos personajes de su novela, tan variados como pueden ser las opciones vitales y políticas en una sociedad compleja, por más que algunos se hayan afanado durante décadas para imponer un discurso de buenos y malos, de integrados y periféricos, de purasangres y maquetos/españolitos.

El relato se articula en torno a la complicidad primero y el enfrentamiento más tarde de Miren y Bittori, las dos amas que en primer plano o en la sombra marcan el tono emocional del relato y que en ocasiones me recuerdan a aquella espléndida Carmela Soprano de la popular serie de televisión. El drama en Patria es más sentido y cercano porque Aramburu no nos habla de militares o políticos que, sabedores de las consecuencias, aceptaron el riesgo de llevar la contraria, sino de gente corriente que va a trabajar, que cultiva el huerto y que se divierte montando en bici o preparando un pescado al horno en una sociedad gastronómica, y que, por la sinrazón y el resentimiento de clase de algunos, amigos antaño, tendrán que sufrir años de escarnio, humillaciones y pintadas premonitorias antes de acabar con sus huesos en la tumba de un cementerio que no es el suyo, para no levantar suspicacias entre los matones.

Patria es un cuento de 600 páginas sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón, una historia inolvidable y que uno no quiere que se acabe a pesar del dolor contenido.  Un cuento que parte de la realidad más cotidiana y creíble, pero que, en algún momento, y por exigencia de un guión que vuelve al punto de retorno, consigue trascender, suspender esa oscura de realidad de partida y convencernos de que después de tantos años de lluvia y ventarrón, el sol sigue estando ahí arriba.  

Muchos dicen que, ahora que ETA ha dejado de matar y que se vislumbra un futuro en paz en el País Vasco, está por escribirse el relato que va a quedar a nuestros hijos de los años negros de terrorismo independentista. Que está en juego el recuerdo que va a quedar para la posteridad de estos tiempos de barbarie. Si es así, el libro de Aramburu llega en buen momento. Con su prosa cristalina y recurriendo siempre a personajes y situaciones creíbles y emotivas, Patria va a contar a los que vengan el drama oculto del terrorismo en el País Vasco.


martes, 13 de diciembre de 2016

Aquellos gloriosos años 80



Los 80 han vuelto como un tsunami que todo lo invade. O quizá nunca se fueron del todo, porque, al fin y al cabo este país, tal como lo conocemos, se refundó en aquella década, y el capitalismo global que gobierna el mundo también hunde sus raíces en aquellos años. Los 80 están en cada esquina. Un libro de título bien anodino, Yo fui a EGB, se reedita una y otra vez para recordarnos que una vez fuimos seducidos por Los Ángeles de Charlie, lloramos con la muerte de Chanquete, hacíamos mecanografía en una Olivetti o calzamos unas Yumas.

En el cine se han dado cuenta del filón emocional (y comercial) que puede suponer cada capítulo de este eterno revival ochentero. Pienso en el remake de Cazafantasmas. También la vuelta al mundo guerrero y galáctico de Star Wars tiene mucho de esa recuperación que tantos frutos económicos promete a sus promotores. No me extrañaría nada que en breve tengamos una continuación de aquella Loca academia de policía que llevó a millones de españoles a los cines en busca de la risa desenfrenada. Aquí, Almodóvar, que se nos vende como el producto más irreductible y ambicioso de aquellos años rebosantes de aparente locura y descaro, va camino de convertirse en un monumento nacional, por más que a algunos el director manchego les produzca urticaria.

En la televisión, la eterna serie Cuéntame es un género en sí mismo y ha enganchado a millones de nostálgicos de cuando los niños jugaban en la calle, nos abrigábamos con parkas recias y piadosas e íbamos toda la familia de excursión en un Seat 127. En la música que hoy más suena también están los 80. Los Secretos, el grupo del malogrado Enrique Urquijo, da ahora más conciertos y hace más giras que en sus primeros tiempos. Loquillo se desprendió de los Trogloditas, maduró y ahora va vendiendo mesura y sensatez. Por no hablar de la indefectible Alaska (y Mario Vaquerizo), que está hasta en la sopa y es fija en cualquier programa de televisión o fiesta que se organiza en Madrid. Precisamente, ahora en la capital los promotores del musical Hole Zero llenan cada noche con un espectáculo, mezcla de circo, buslesque y cabaret, que nos traslada a la nochevieja de 1979 y donde se nos promete un viaje cargado de drogas y liberación sexual.

Me pregunto si realmente fueron tan brillantes los fabulosos 80. Yo más bien los recuerdo grises. Al fin y al cabo, el país salía de una dictadura cargando unos lastres que nos ha costado mucho soltar, y que, en algunos casos, todavía siguen impidiendo que cojamos vuelo. En aquella época del golpe de estado de Tejero, del naranjito o de los GAL, los profesores seguía zurrando a los alumnos díscolos, las mujeres que trabajaban todavía eran una excepción y viajar al extranjero, con nuestra devaluada peseta, era un timo. Éramos, por más que nos pese, un país más pobre y paleto.

Me pregunto quién está detrás de este revival de los años 80. No sé si se trata de un grupo de astutos empresarios que recurren a la nostalgia para meter la mano en la cartera de esa legión de cuarentones y cincuentones faltos de referentes y acomplejados por los displicentes millennials que se dejan las pestañas en la pantalla del móvil y el corazón en las redes sociales. O si más bien tiene que ver con la habitual vuelta a los orígenes que ha hecho cualquier generación de hombres y mujeres desde que estamos en la tierra, ese comprensible echar la vista atrás para explicarnos mejor el presente, o para resguardarnos de esa fina lluvia que es el paso del tiempo, y que acaba calando.

Hace poco me emocionó ver unreportaje del exfutbolista Michael Robinson en el Canal Plus sobre la vida de Nate Davis, un jugador de baloncesto estadounidense que brilló en los 80 y pulverizó récords en España y en su club del Ferrol, con sus mates y su juego atlético, nunca visto antes por estos pagos. Luego, cuando acabó el reportaje me di cuenta de que, más que la emotiva historia de Davis, que se retiró para cuidar de su mujer enferma y que acabó ganándose la vida limpiando oficinas, me emocionó sobre todo la vuelta que proponía el reportaje a una época en que fuimos jóvenes y soñadores, y todo nos podía pasar. O eso pensábamos.





martes, 15 de noviembre de 2016

Propuesta para desactivar el turbocapitalismo


A propósito de la lectura de ‘Contra el tiempo’,
de Luciano Concheiro, y de 'Ser sin tiempo', de Manuel Cruz

El joven profesor de filosofía mexicano Luciano Concheiro ha quedado finalista del Premio Anagrama de Ensayo con un librito excelentemente escrito y que detecta un mal silencioso, pero tan extendido como dañino: el de la aceleración del tiempo. Sabedor de que sus potenciales lectores también sufren esa aceleración vital, Concheiro ha escrito un ensayo exprés donde va al grano desde la primera línea y evita largas argumentaciones y exhibicionismos de erudición.

Concheiro, nieto intelectual de Karl Marx, considera en Contra el tiempo que la aceleración de la vida que experimentamos desde hace dos siglos, desde los tiempos de la Revolución Industrial, tiene un origen claro: el capitalismo y su ansia insaciable de beneficios permanentes. Consumimos más: cambiamos el sofá o el coche antes de que agoten su ciclo vital, tiramos la vieja nevera antes de que dé su último servicio y renovamos armario cada dos meses, siguiendo el ritmo trepidante que impone Zara. Vivimos más atropelladamente porque al capitalismo, con los almacenes siempre repletos de supuestas novedades, le interesa este ritmo frenético de reposición, nos recuerda Concheiro.  

Concheiro es un marxista clásico por cuanto para explicar el fenómeno del tiempo hipermoderno recurre en primer lugar a la economía, que es la que luego modela la subjetividad, la cultura o la política. El estrés moderno no es psicológico ni cultural, sino que tiene su origen en los balances de resultados de las grandes corporaciones, esas que cada trimestre tienen que sorprender a los analistas de mercado con ventas y beneficios al alza. Es el turbocapitalismo.

Todos vivimos obligados por “el imperativo social de lo nuevo”. Las consecuencias de esta vida acelerada se dejan ver por todas partes. Sin ir más lejos, el flujo informativo trepidante que proponen Internet y los medios de comunicación erosiona la memoria y complica la elaboración de un relato coherente. Las políticas también son cada vez más cortoplacistas, por no hablar de los planes industriales e incluso educativos.

Como dice Giorgio Agamben, no es posible una nueva cultura sin una modificación de la experiencia del tiempo. Luciano Concheiro identifica el problema y se atreve a proponer una guía de acción para parar este tiempo desenfrenado de la modernidad. Pero el mexicano, traductor de autores como Slavoj Zizek, no es amigo de grandes resistencias organizadas y premeditadas. En su opinión, cualquier transformación radical corre el peligro de ser engullida por el propio capitalismo, como hasta cierto punto ha ocurrido con el movimiento slow que pregonan gurús como Carl Honoré.

Concheiro, en cambio, propone cambiar las cosas desde el ámbito privado, simplemente viviendo el instante, que es lo que nos aparta de la realidad circundante y que, precisamente por eso, es pura subversión. La risa, la danza, la música o la contemplación de una fotografía de Gabriel Orozco son puro instante, que congelan el turbocapitalismo.

En fin, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante es un libro sugerente por cuanto identifica una de las notas más definitorias de la sociedad contemporánea y de la vida de cualquier hijo de vecino, y también es sugerente por la propuesta de contemplación meditativa que nos hace. Una revolución silenciosa para acabar con un mal asumido por todos.

Un librito de Manuel Cruz

Otro libro reciente que toca en algún momento este tema es Ser sin tiempo, del filósofo y ahora político socialista catalán Manuel Cruz. Para Cruz, la aceleración de la vida moderna también responde a un cambio estructural que tiene sus raíces en el primer capitalismo. Un giro que, en su opinión, ha multiplicado hasta tal punto las vidas posibles que nos ha vuelto seres profundamente insatisfechos precisamente por la imposibilidad de experimentarlas todas. Para Cruz, la combinación de este tiempo vertiginoso con las nuevas tecnologías también ha dinamitado la memoria y los planteamientos a largo plazo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Bibliotecas de escritores


A propósito de la lectura de
'Los reinos de papel', de Jesús Marchamalo

Siento debilidad por las bibliotecas. Cuando era chico, competía secretamente con Chago, mi compañero de pupitre, para ver quién la tenía más grande. La biblioteca, digo. Y si para poner más volúmenes en el estante de casa había que robarlos en una librería o incluso sustraerlos de una biblioteca pública, pues se hacía. Todo fuera por emular a esos escritores que salían en el periódico o en las revistas fotografiados en habitaciones forradas hasta el techo de libros que probablemente nunca leyeron en su totalidad y que en muchos casos acabaron siendo pasto de la humedad.

En las casas de mi infancia -en la mía y en las de mis familiares y amigos- escaseaban los libros. El libro era un objeto de lujo adquirido muchas veces no para ser disfrutado en apacible lectura, sino para simbolizar las aspiraciones de la familia de turno. Igualmente pasaba con los discos y con aquellas primeras y pomposas colecciones de CD de música clásica. El que podía compraba enciclopedias bellamente encuadernadas o colecciones literarias de aire lujoso para aparentar una cultura (libresca) que no tenía. La biblioteca, si existía, era un símbolo de estatus, como lo podía ser el coche, el colegio de los niños o el lugar de vacaciones.

Hoy, el libro ha dejado de ser una marca de estatus social e incluso intelectual porque lo intelectual, hasta cierto punto, ha pasado de moda o está bajo sospecha, o da sopor a nuestros hijos. El prestigio del libro exhibido en la biblioteca familiar, adquirido a plazos a un vendedor a domicilio de la Larousse, o del Círculo de Lectores, simplemente desapareció y no fue reemplazado por nada. Casi sin que lo advirtiéramos, la letra impresa fue pasando a un segundo plano, un declive acentuado en los últimos años por los brillos hipnóticos de las tabletas y los teléfonos móviles.

Los reinos de papel, del periodista y escritor Jesús Marchamalo, recupera este gusto (casi antiguo) por el libro como objeto físico y por las bibliotecas familiares, moldeadas por los gustos y fetichismos de su dueño, pero también por los traslados, las estrecheces o las ausencias de los volúmenes nunca devueltos.  

Marchamalo visita las bibliotecas de escritores como Javier Gomá, Julio Llamazares, Rosa Montero, Juancho Armas Marcelo, Luis Antonio de Villena, Luis Goytisolo o Miguel Delibes, para cuya fundación escribe este volumen. De los libros a la vida, y vuelta a los libros. Somos los libros que hemos leído, como venía a decir Marguerite Yourcenar, pero también los que no hemos leído por prejuicio, por las anteojeras ideológicas que algún día nos pusimos o simplemente por falta de tiempo o la testaruda dejadez.

En el libro de Marchamalo la biblioteca es identidad personal. Rastro del periplo de su dueño o de su familia, de las mudanzas que ha tenido que hacer con los libros a cuestas o de los expurgos obligados por la falta de espacio. También es rastro de su personalidad, más o menos caótica, juguetona o maniática, según se ordenan o no los volúmenes en los estantes, el suelo o el trastero. También son las bibliotecas que visita Marchamalo, cómo no, una muestra de los gustos literarios del propietario, o de sus idolatrías, como esas fotos de actrices de Hollywood que proliferan por las estanterías de la casa de Marta Sanz, o ese ejemplar firmado por Ezra Pound de su propia ‘Antología poética’, que enseña como un tesoro el poeta leonés Antonio Colinas, o esa edición de ‘Impresiones y paisajes’, primer libro de Federico García Lorca, escrito cuando sólo tenía 20 años, que guarda celosamente Luis García Montero en esa biblioteca inmensa que comparte en Madrid con su mujer, la también escritora Almudena Grandes.


Al parecer Marchamalo ha escrito ya dos libros contando sus visitas a las bibliotecas de escritores de renombre. Como sucede en este caso, lo de husmear, de la mano del periodista, en la casa de Julio Llamazares, Bernado Atxaga o Elvira Lindo, conociendo al personaje al tiempo que descubrimos sus referencias literarias, está bien. Pero creo que no estaría mal juntar en un libro las visitas a las casas de lectores anónimos que hayan dedicado un buen dinero y un gran esfuerzo a conformar y mimar la “biblioteca de su vida”. Seguro que tendríamos historias tan buenas (o más) como las que conforman estos reinos de papel.

lunes, 24 de octubre de 2016

El teatro eres tú



A propósito de la representación en Madrid de 
'Cartas de amor', de A. R. Gurney


15 años. O lo que viene siendo, para que perciban la longitud, más tiempo del que marca la escolaridad obligatoria en España. Eso es lo que ha tardado Julia Gutiérrez Caba en volver a representar una obra de teatro. Que no en subirse a las tablas: hace un par de años apenas nos alivió las ganas de verla leyendo textos de Santa Teresa en un bello proyecto para fomentar la lectura de nuestros clásicos llevado a cabo por la Real Academia de la Lengua, y que entre otros genios incluía a la de Ávila. La Caba leía a la Santa y el público veía a Teresa. Apenas una hora le bastaba a la dama del teatro para transmutarse en la doctora de la iglesia o en la mujer rebelde que puso patas arriba la orden carmelita. Así de sencillo y así de espectacular. Magia teatral.

Ahora, con Cartas de amor, del estadounidense A. R. Gurney, la Caba recuerda que es la mejor actriz de teatro que ha parido este país. Le pese a quien le pese. Durante los tres lustros que han transcurrido desde la última representación de su increíble Madame Raquín, de Zola, en 2001, ella ha explicado que ya no contaba con la energía suficiente para encarar todo lo que supone, día a día, ensayar y, posteriormente, subirse a un escenario para dar vida a un personaje. Sin embargo el milagro ha llegado en forma de un montaje que le viene como anillo al dedo a un genio, como ella, que es capaz de recrear un personaje a través de la lectura de unas cartas. 

Porque la obra se basa en la historia de amor de una pareja a lo largo de 50 años narrada únicamente a través de su correspondencia epistolar: ella es Melissa Gardner, una mujer rica, rebelde, alcohólica y divorciada, y él, Andrew Makepeace, un hombre de clase media, trabajador, responsable y tradicional, que es “leído” por un genial Miguel Rellán, que no se achanta ante la dama.

¿El montaje? Tan espartano como un sillón enorme en el que sentados cada uno de ellos en uno de sus extremos van leyendo (sí, leyendo) las cartas que se van enviando a lo largo de toda una vida. Perfecto para la “falta” de energía de la Caba. Y perfecto también para su talento. Sin moverse, sin dar un paso, sin hacer un aspaviento, Melissa cobra vida en su voz. Y crece en su entonación. Y se cansa en su mirada. Y llora en su modulación. Y a través de su lectura la vemos soñar, madurar, perder, beber, pintar, gritar y reír… vivir, en definitiva; todo un carrusel de emociones provocadas por una señora que permanece sentada casi dos horas y que lee… Sin leer. Y, el público, en el patio de butacas, pendiente hasta de sus silencios. Que en la Caba también hablan.

Es la magia del teatro y la magia de esta dama que siempre se ha revestido de la humildad de los grandes. “No soy buena actriz” decía en el arranque de su carrera, abrumada quizás por ser miembro de una saga que ha hecho grande el oficio de los “cómicos”. Sin pancartas, eso sí, y sobre todo desde las tablas. “Me queda mucho por aprender” dice, ahora, con 83 años, manteniendo incólume su elegancia. Ella es el teatro. Sin más. Ojalá concedieran a algunos el Nobel de la inmortalidad.





miércoles, 12 de octubre de 2016

Buscando a Adelaida García Morales




A propósito de la lectura de 
'Los últimos días de Adelaida García Morales', 
de Elvira Navarro

"¿Qué podemos amar que no sea una sombra?"
Friedrich Hölderlin



Lo reconozco. Yo también me di prisa para descargarme en Amazon este libro en cuanto supe de su existencia. Y lo hice por la contundencia del título y su promesa de revelación. Yo también quería saber qué había sido de Adelaida García Morales, una de las autoras más enigmáticas de la literatura española de los últimos 40 años, musa discreta y anarquista en sus años de formación, de cuya pluma salió el relato El sur, tan bello y enigmático como la película a la que dio lugar, dirigida por su marido durante una época, Víctor Erice, una vaca sagrada del cine con menos películas que los dedos de una mano y también carne de mitomanías y leyendas urbanas varias. Yo también quería saber cómo cayó en el olvido esa belleza aparentemente serena de Adelaida García Morales, olvidada por todos al tiempo que su producción literaria escaseaba y las nieblas de la depresión, según dicen, ahondaban su silencio.

Los últimos días de Adelaida García Morales ha suscitado un cruce de declaraciones entre la autora, Elvira Navarro, joven novelista y colaborada en periódicos, y Víctor Erice, quien no supo del libro hasta que éste estaba acabado. Una defendiendo la soberanía de la ficción para abordar (y trascender) cualquier faceta de la realidad, y el otro reivindicando unos límites para esa ficción: los de la dignidad y el respeto a la intimidad de unos personajes que, como la propia Adelaida, él mismo o los hijos de la escritora, aparecen de soslayo en el texto pero nunca fueron consultados para la elaboración de esta crónica con final anunciado.

El malentendido entre realidad y ficción preside todo el libro de Navarro, aunque ella deja muy claro en un momento del mismo su propósito: “Este libro es una obra de ficción. Todo lo que se narra es falso, y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales”. Así lo cuenta Elvira Navarro en un apartado llamado “aclaraciones”, precedido por otro donde enumera los hitos en la biografía de Adelaida desde su nacimiento hasta su muerte, y seguido por otro, “créditos de las fuentes”, donde cita los materiales periodísticos y bibliográficos a los que le llevó su fascinación por la autora. Sin embargo, si estamos ante una ficción, cabe preguntarse por qué Navarro nos advierte con tanta contundencia, como si no se fiara del criterio del lector o intentara de antemano guardarse las espaldas ante reacciones posteriores como la de Erice. ¿Y por qué ese interés en exhibir las fuentes e informaciones que inspiran su relato? ¿Por qué arropa Navarro su escritura de una objetividad y una asepsia que niega por otro lado al afirmar que debe ser leída como pura fabulación?

Navarro parte en su libro de una anécdota de origen algo incierto. Unos meses antes de morir, Adelaida García Morales pidió a los servicios sociales de la localidad donde vivía (Dos Hermanas, en Sevilla) 50 euros para pagar el autobús a Madrid, donde, según ella, le esperaba un hijo que la necesitaba. A partir de ahí, Elvira Navarro monta dos tramas que va alternando en la primera parte del libro. En una de ellas nos habla de la peripecia de la concejala de cultura que tuvo que enfrentarse a la autora cuando estaba en las últimas, y que intenta más tarde organizarle un homenaje, guiada por un sentimiento a medio camino entre la culpa, la fascinación y el deber burocrático. En la otra, una documentalista también fascinada por la sensibilidad de la autora de El Sur o El silencio de la sirenas (finalista del Premio Herralde en 1985) se aproxima a la escritora a través del testimonio de tres personas que la conocieron, entre ellas el psiquiatra de la Seguridad Social que trató su depresión. Sin embargo, en ambos casos son personajes de cartón piedra sin demasiado interés que le sirven a Navarro para repasar algunos hitos de la vida de García Morales y rendir un tributo a su prosa delicada.

La ficción de este libro es escueta, postiza, difícil de creer y no trasciende. No sentimos la supuesta perplejidad e inquietud que produce en las dos mujeres la caída y muerte de Adelaida García Morales. El resto del libro son apoyos documentales que van precisamente en la dirección de convertir la novela en un reportaje de la vida, obra, silencios y ausencias de Adelaida. Incluso llega a reproducir Navarro un programa de radio real donde se hace una semblanza de la autora de El sur: lo condujo el periodista Javier del Pino en la SER y contó con la participación de Alfonso Guerra, quien había coincidido con Adelaida en algún momento de las décadas de los 60 y los 70 en Sevilla en un conocido grupo de teatro independiente.

No dudo de que Elvira Navarro está tan fascinada con la figura y las novelas hondas y dolorosas de Adelaida Garcia Morales como sus personajes, y como tantos que, como yo, habrán acudido corriendo a las librerías a comprar el libro. Pero en esta crónica no transmite esa fascinación. Su novela se inserta en esa corriente moderna de obras donde, si las cosas van bien, realidad y ficción conviven en armonía y se retroalimentan. Un género que manejan bien escritores como Javier Cercas o Emmanuel Carrère, y que también se cultiva en la televisión o el cine. Pienso en una de las series de moda, Narcos, sobre la peripecia de Pablo Escobar, o en esos largometrajes cargados de trabajo de documentación que han intentado retratar la vida de Steve Jobs, el ajedrecista Bobby Fischer o del creador de Facebook, Mark Zuckerberg.



Desde luego, esta crónica no apaga la fascinación compartida por Adelaida García Morales, y tengo que reconocer que siempre leí la escueta ficción de Elvira Navarro y su pequeña investigación esperando encontrarme en algún momento con la autora de El Sur y con la magia de sus palabras. Aunque eso no ocurrió. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

El fútbol según Valdano











Pese a ser una potencia mundial futbolera, y pese a que el fútbol monopoliza buena parte de las conversaciones de bar de este país, por no hablar de su influencia en la agenda política -todavía resuena el decreto ley de 1997 del ministro Álvarez Cascos declarándolo asunto de “interés general” por motivos interesados y espurios-, la literatura que hay sobre este deporte es más bien escasa y precaria.


Abundan sobre todo en las librerías las biografías autorizadas de las estrellas del Madrid o del Barca. Libros previsibles y un punto edulcorados, escritos por periodistas amigos y destinados a ensalzar la figura del protagonista, y a dar cuenta de su periplo desde el barrio o la aldea humilde al estrellato en un negocio multimillonario y universal. El de este otoño se llama La jugada de mi vida y, como explican sus editores en el material promocional, descubre a la persona que hay detrás del mito de Andrés Iniesta y responde a la necesidad del centrocampista “de explicarse como jugador de fútbol, pero sobre todo como ser humano”. En fin.


A pesar de la omnipresencia del deporte en la vida de la gente y en la televisión, en general no tenemos, como en otros países -pienso en Estados Unidos- ni muchos ni buenos libros de deporte. En una librería grande con suerte daremos con un par de estantes dedicados a la materia, cuando al otro lado del Atlántico uno puede encontrar cientos y cientos de volúmenes casi siempre bien editados y bien ilustrados. Más allá de los cuatro best-sellers futboleros, el hueco aquí lo cubren cuatro editoriales con títulos de diseño y contenido arcaico, y de tiradas paupérrimas.


Fútbol: el juego infinito no pertenece a esta categoría de libros precarios, y tampoco es un best-seller laudatorio de la estrella del momento. El volumen, escrito por Jorge Valdano, habla de la fascinación que este deporte siempre despertó en el autor, pero también es un retrato descreído de un mundo, el del fútbol de alto nivel, que ha traicionado sus esencias para acomodarse a las nuevas reglas que ha impuesto la globalización y la mercantilización -excesiva- del espectáculo.   


Valdano es un cruce de entrenador, comentarista televisivo y conferenciante, y sus reflexiones, siempre sazonadas con metáforas, tienen a ratos enjundia. Eso sí, el libro es por momentos deslavazado y carente de ilación, por cuanto es una reunión casi siempre de artículos de muy diversa índole que el ex jugador de Argentina escribió para diarios de varios países.


Valdano es complaciente y arriesga poco cuando tiene hablar de nombres ilustres. Su libro es una loa a la santísima trinidad+1 del fútbol mundial: Di Stefano, Pelé, Cruyff y Maradona. Y también es bastante previsible cuando se dedica a ensalzar a figuras más recientes como Messi, Cristiano, Raúl o Xavi Hernández. En el capítulo de entrenadores, no oculta su admiración por Guardiola, Bielsa o Ancelotti, y renuncia dedicarle una línea a Mourinho, con quien compartió club y jefe, pero nunca una manera de entender el fútbol.


Es más lúcido Valdano cuando se trata de detectar los males que aquejan al fútbol actual: la dictadura del gol y de la victoria, que en muchos sitios ha acabado con el buen juego; el presentismo que hace que un delantero o un centrocampista valga por lo que ha hecho en el último partido y casi por nada más; el fanatismo de las hinchadas y esa idea que los jugadores han asumido sin discusión de que el público siempre tiene razón; la violencia en muchos estadios, sobre todo del Cono Sur; una globalización que ha matado el gusto por lo local y que en algunos sitios ha propiciado una desconexión sentimental con los jugadores, aunque no tanto con el club de toda la vida.

Valdano se presenta como defensor del fútbol atrevido que apuesta por la emoción y la belleza, y deplora aquel que está pendiente de la rentabilidad y el balance financiero, o del cortoplacismo del resultado. En fin, el fútbol según Valdano.




jueves, 8 de septiembre de 2016

Una novela fallida



A propósito de 'La tierra que pisamos',
de Jesús Carrasco

Me emocionó la novela Intemperie, el debut literario de Jesús Carrasco hace un par o tres de años. Una fanfarria de expertos en marketing acompañó la aparición de aquel libro, que adquirió dimensiones planetarias desde un primer momento, y yo suelo desconfiar de los lanzamientos a bombo y platillo. Sin embargo, Intemperie revelaba a un escritor exigente y, en varios sentidos, contracorriente. Intemperie, que para unos recordaba al mejor Delibes y para otros se emparentaba con la literatura descarnada de Cormac McCarthy, era un prodigio por la depuración y fuerza del lenguaje y por la historia subyugante de supervivencia que nos contaba. En un lugar y en un tiempo bastante indeterminado, un niño desvalido era perseguido por un alguacil sin escrúpulos sin que llegáramos a saber muy bien por qué. Y en esas, el niño se topaba con un cabrero con el que establecerá una distante pero creciente sociedad, una amistad silenciosa destinada a llenar el agujero emocional de la orfandad.

Con muy pocos elementos, y tras un ejercicio de poda ejemplar, Carrasco lograba construir un relato que cautivaba por lo opresivo, pero también por su desbordante humanidad. La peripecia del joven protagonista para salvar su pellejo en las áridas tierras que recorre, un escenario terminal castigado por una sequía bíblica, daba lugar a una historia de soledades y miedos atávicos destinada a permanecer en el recuerdo de muchos lectores una vez terminado el libro.

Con estos antecedentes y con las expectativas muy altas comencé a leer la segunda novela de Carrasco, La tierra que pisamos. Sin embargo, aquí no se repite la emoción ni la congoja de Intemperie, a pesar de narrar también una historia de supervivencia en medio del caos y la barbarie. Si desde la primera línea de Intemperie uno se ponía del lado del chico que corre hasta la extenuación y arriesga su vida con tal de no ser descubierto por el malvado alguacil, en esta novela cuesta compartir los padecimientos y zozobras de unos personajes que también deambulan por un escenario opresivo.

A principios del siglo XX, España es parte de un imperio que se extiende por Europa y buena parte de África. En un pueblo extremeño donde viven retirados las élites militares de ese imperio, la anciana Eva Holman cuida de su esposo, coronel sanguinario en otro tiempo. En el jardín de su casa se encuentra Holman un buen día a un pordiosero, Leva, un hombre devastado y mudo que despierta la compasión y la curiosidad de la mujer, a pesar de que eso no sea del agrado de las estrictas autoridades militares que custodian el pueblo. A partir de ahí, Holman nos cuenta en primera persona los sentimientos que le despierta el desharrapado y, al hilo de sus pesquisas para saber quién es, conocemos la historia de explotación y barbarie sobre la que se sostiene ese imperio al que su marido sirvió tan fielmente.

Otra vez estamos ante una historia extrema, de esas que en teoría nos pondrán los pelos de punta, con elevadas dosis de humillación y con pasajes de un tremendismo que, paradójicamente, neutralizan el poder evocador de la injusticia que relata. Y otra vez estamos ante un escritor con un excelente manejo del idioma. Sin embargo, nos cuesta entender el boquete de perplejidad que viene a despertar en Eva Holman la aparición del desgraciado Leva. Cuesta entender la fascinación que despierta el uno en la otra. Tampoco me llego a identificar con el miserable, a pesar de que se nos informa de que ha aguantado con ilimitado estoicismo infinidad de calamidades y vejaciones en un campo de trabajo que más bien parece de exterminio.
Otra vez Jesús Carrasco vuelve a demostrar el poder luminoso de las elipsis y los saltos temporales. Pero ya no nos pone el corazón en un puño a medida que avanza la narración porque ésta no fluye. La historia terminal del vagabundo de oscuro pasado y que siempre está a punto de perecer no avanza. Curiosamente, el estatismo físico de los personajes -Leva apenas puede ponerse en pie y los años también han restado energías a Eva- acaba contagiando el propio relato, que se hace reiterativo y previsible porque la voz de la narradora adelanta mucho de lo que va a pasar y neutraliza el factor sorpresa. Carrasco no reedita la tensión dramática de Intemperie porque el destino del esclavo no guarda muchos secretos. En su lugar, el escritor extremeño está más interesado en dar cuenta de las zozobras existenciales de una anciana que después de tantos años de forzada fidelidad conyugal se quiere rebelar contra el sistema.

Aunque el estilo y la escritura de Carrasco vuelven a ser contundentes, La tierra que pisamos no llega a funcionar como relato y tampoco llega a convertirse en la epopeya humana que se presagia en las primeras páginas, en otro capítulo en la lucha de la civilización contra la barbarie.