domingo, 29 de noviembre de 2015

Elogio de la desilusión



A propósito de la lectura de 
'Biografía del silencio' de Pablo D´Ors
Mi llegada a Biografía del silencio dePablo D´ors no pudo ser más antitética con lo que el propio autor proclama en el libro. Leo una entrevista con D´Ors en El Mundo e inmediatamente voy a Amazon y compro la versión electrónica del mismo (por cierto al ridículo precio de $4,90). Sucumbo al deseo compulsivo y a la gratificación inmediata que es una de las cosas que, implícitamente D´Ors rechaza en su libro.

Bien podría haberse llamado Elogio de la desilusión en lugar de Biografía del silencio este libro acerca de las posibilidades que ofrece meditar para llevar una vida plena. Escrito con una prosa cercana y asequible propone sumergirse, que no refugiarse, en el silencio y en la autoconsciencia como forma de acceder a la realidad.

El libro tiene muchas virtudes pero, en un mundo lleno de falsas promesas, una de las principales sea demostrar que un libro puede ser de autoayuda, aunque el autor probablemente se rebelara con razón contra el uso de esta terminología, sin caer en la indignidad. Para empezar, al contrario que los tradicionales libros de autoayuda, el autor niega la mayor, que no es otra que el hecho de que los problemas que nos plantea la vida tengan solución como sugieren la mayoría de los vendedores del Bálsamo de Fierabrás. Vivir va a seguir consistiendo en sentir que uno no ha desarrollado todo su potencial en la vida, que nuestras mujeres o maridos no nos entienden, que nuestros hijos nos decepcionan o que envejecer es un fastidio. Y eso está bien.

Aparte, o como forma de ajustar las expectativas vitales, Pablo D’ Ors sugiere la meditación, que no es nada más ni nada menos que sentarse en un banco o un cojín en una habitación vacía y en silencio, tal vez a la luz de una vela, durante tiempo indeterminado para observarse a uno mismo. La meditación bien hecha lleva a la persona a aceptar los beneficios que reportan los infortunios como forma eliminarlos ya que su imposible solución no constituye un desafío.

El autor, nieto del filósofo Pablo D’Ors, sacerdote y recientemente elegido por el Papa miembro del Consejo Pontificio de Cultura del Vaticano, se desnuda para contarnos su experiencia en el mundo de la meditación. Aunque no reniega de su condición de cristiano, curiosamente el libro utiliza un lenguaje más zen que bíblico, cosa que fastidia a algunos. Lo realiza con seguridad, pero sin arrogancia, con certezas pero admitiendo numerosas dudas, manifestando su gozo, pero sin desmentir la existencia de aguas procelosas en el intento. De hecho, uno de sus presupuestos es que lograr la absoluta consciencia de ser es casi imposible y solo se manifiesta, lo admite a título personal, en escasas ocasiones. Pese a todo apuesta por seguir intentándolo en lugar de conformarse con las migajas que nos ofrece la vida del hacer.

En un mundo dominado por la cantidad, D´Ors apuesta con valentía por la calidad, con frecuencia por lo mínimo. A mí, que nunca he meditado, me cautiva el pensamiento a contracorriente de D´Ors que confirma mis sospechas, cuestionando los lugares comunes de la época que nos ha tocado vivir. Niega la importancia per se de vivir nuevas experiencias, de viajar, de estar siempre en movimiento, involucrados en nuevos proyectos, planificando el futuro. La meditación propone lo contrario, que el tesoro principal sea haya en no huir de uno mismo en el presente, estar en una habitación vacía (sí, quizás la dichosa habitación vacía a la que se refería Pascal), en disfrutar del silencio, de la quietud, del existir en estado puro. El que prueba mucho, el que está en muchos sitios, el que cambia un montón no sólo no vive sino que se aleja de si mismo y de la vida.

Todo ello, D´Ors lo cuenta con sinceridad, sin amaneramientos y en un lenguaje transparente como el silencio, al que uno escucha de forma distinta cuando acaba la lectura de la obra.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Libro de papel para rato


Buenas noticias para los aficionados al libro en papel o los que, como yo, se convirtieron en su momento en fetichistas del formato y han pasado buena parte de su juventud y de la edad adulta buscando joyitas entre anaqueles.
Los últimos datos nos dicen que el libro en papel ha aguantado el vendaval de Internet. Al contrario de lo que ha pasado con la música o el cine, que han sucumbido a la venta online y han naufragado en ese inmenso mar que es la piratería, el libro de toda la vida sigue siendo hoy la primera demanda de los lectores en todo el mundo.
Ni siquiera en Estados Unidos los e-books van camino de comerse al papel. Un artículo publicado hace poco por Guillermo Altares en El País, que recopilaba datos sobre el tema, recordaba que sólo un 20% de la facturación del negocio editorial en la patria de Amazon es online. En España, estamos en el 10%. Aquí, además, sólo un 17% de los lectores lee sobre una pantalla de tinta electrónica, mientras que un 58% prefiere la celulosa de siempre.

Muchos -y me incluyo- temieron los peor hace unos años, cuando se produjo el boom del libro electrónico. Recuerdo unas navidades en que a Sony se le agotaron literalmente las existencias de e-readers, y no había lector que se preciara que no llevara un Kindle bajo el brazo.

De repente, en el metro, en el autobús o en la cola del médico, todos cambiaron el periódico en papel y los mamotretos de 1.000 páginas de Ken Follet, Stieg Larsson o Jean Marie Auel por ligeros, aunque siempre arcaicos y poco funcionales, lectores digitales. Lectores digitales cargados, en muchas ocasiones, con decenas de miles de títulos por los que nunca abonaron un euro.
Pero las peores profecías no se han cumplido. Todo indica que el libro en papel no va a ser una reliquia en 2020, o un artículo de lujo para un 10% de lectores caprichosos o nostálgicos. El libro en papel seguirá siendo mayoritario porque es un artilugio estupendo y muy funcional, y además puede ser una excelente obra artesanal que se disfruta con todos los sentidos.
Que conste que uso pantallitas de todo tipo, incluso en el reloj, para organizarme la vida y estar al día de lo que pasa. Pero la lectura reposada y de largo alcance, mejor entre aromas de tinta, papel y cartón.
Incluso Amazon, la mayor librería virtual del mundo y uno de los grandes impulsores en su momento del libro electrónico, gracias a su archiconocido Kindle, el e-reader más logrado hasta la fecha, ha anunciado la apertura de su primera librería física.

La compañía de Jeff Bezos la abrirá en el barrio universitario de Seattle, y en sus estantes albergará 5.000 o 6.000 bestsellers, seleccionados, eso sí, gracias a las opiniones y hábitos de compra de los millones de compradores de Amazon.com.

¿Es un gesto de arrepentimiento de Bezos por haberle dado una buena estocada al negocio editorial tradicional, y sobre todo al de las librerías? Puede ser, como dice mi colega César García, aunque yo diría también que es la constatación de que el lector de papel sigue siendo mayoritario y está dispuesto a gastar más, siempre y cuando no se interponga la piratería.

Y también es la constatación de que una buena librería debe ser algo más que una tienda al uso. Para muchos, entre los que me incluyo, siempre fue un lugar de peregrinación y revelaciones, un lugar necesario donde seguir buscando sentido.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Morir en Nueva York




Dice Gabriela Ybarra en su libro El comensal que la relación con la muerte en Estados Unidos es más natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica “son muy brutos a la hora de decirte las cosas.” 

La autora se basa en la experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días.  Posteriormente un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de estas conversaciones con los profesionales.

La madre de la autora falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una novela como se ha dicho por mucho que realice una reconstrucción del secuestro y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido,  es interesante y merece una lectura. Sin embargo, bajo mi punto de vista, Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva York sino que Nueva York también es América.

Dos cosas distintas. Nueva York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el como se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta y el lenguaje claramente eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. No son, ni muchísimo menos, nada brutos al decir las cosas.

El segundo es pensar que la relación de los americanos con la muerte es natural y de quitarle importancia. Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los americanos es su relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la esfera pública empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos pero que actuan casi como cordon sanitario. 

Cuando alguien muere, la gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio que tienen más problemas para hablar de estos temas. 

El relato de Ybarra pone un especial énfasis en la frialdad a pesar de que los que mueren son familiares muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido de la idea de ver la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cual iba a ser el día de terminación de nuestros días como los replicantes de la película Blade Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que un cura (Ybarra habla de no sucumbir “al arrebato religioso”), un cirujano que un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno. 

El comensal es libro interesante y se lee bien (aunque su estructura no acaba de cuajar y sobre todo la parte final se lee casi como un batiburrillo de notas deslavazadas), pero su tesis principal, la muerte no debe ser importante, sirve hasta cierto punto como coartada a la autora para dejar muchos hilos sueltos.

Su mayor interés reside en ser un obra hasta cierto punto representativo de una nueva forma de corrección política que reivindica, por omisión quizás, el refugio en “el divertimento” (lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma “de llegar insensiblemente a la muerte” (Pascal dixit). Para el tratamiento de los grandes asuntos, como la muerte, ya tenemos a los profesionales.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Morir dos veces



A propósito de la lectura de 'El comensal', 
de Gabriela Ybarra

Algunos lo han presentado como una de las grandes revelaciones literarias del año. No lo sé. Tampoco sé si se trata de uno de esos títulos que cuando el filtro inapelable y a veces sorprendente del tiempo haga de las suyas, va a seguir estando ahí. Sin embargo, sí creo que El comensal, de Gabriela Ybarra, es un libro que conmueve hasta la médula, por cuanto lidia con la mezquindad de la muerte sin razón a manos del terrorismo etarra y con la crueldad de la enfermedad terminal. La muerte, tema tabú tantas veces, aquí aparece por partida doble, y es tratada sin afectación, aunque con hondura.

En la primera parte del libro, la que más me interesa, Gabriela Ybarra, nieta del político y empresario vasco Javier de Ybarra, narra con un estilo muy directo, claro y sin alardes el secuestro y asesinato en 1977 de su abuelo, el político y empresario Javier de Ybarra, un patricio de Neguri que fue alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de Vizcaya durante el franquismo, y presidente del diario El Correo Español. Y, por extensión, nos cuenta la decadencia de la burguesía industrial bilbaína.

La autora, que nació en 1983 y que siempre vivió ese capítulo como un agujero negro en la memoria de su familia, logra revivir con unas pocas pinceladas los años de plomo en el País Vasco en que nadie alzaba la voz y mucho menos se movilizaba en la calle ante las tropelías del terrorismo de ETA. Los años en los que ser víctima no daba derecho a casi nada y en los que las familias que sufrían la pérdida y el acoso asumían resignadamente y en silencio un destino contra el que, según entendían todos, nada se podía hacer. “Lo más que me pueden hacer es darme dos tiros”, recuerda Gabriela que dijo su abuelo cuando sus captores le obligaron a dejar la casa familiar que nunca más habría de pisar.

Esa recreación la logra la autora en unas cuantas decenas de páginas de frases cortas y detalles bien elegidos, a veces procedentes de recortes de hemeroteca y de retales de la memoria familiar, pero también originados en la imaginación de la niña a la que siempre se ocultó la tragedia. Al fin y al cabo, Ybarra no había nacido cuando los encapuchados entraron en la casa del empresario y el relato familiar siempre fue esquivo a la rememoración de los últimos días del patriarca. Gabriela Ybarra cuenta realmente poco, y lo hace sin énfasis, con frases cortas y continuos cambios de escenario, pero su libro deja poso y obliga a lector, liberado de sentimentalismos, a completar por su cuenta el relato de una desgracia tantas veces repetida.

En la segunda parte del libro, que es menos redonda y precisa, Gabriela Ybarra nos cuenta la enfermedad que acabó con su madre en 2011: el cáncer devastador que, ésta vez sí, vivió en primera línea y que la llevó más tarde a mirar para atrás y preguntarse por la desaparición de su abuelo. Y otra vez lo hace sin retóricas, sin alardes, y sin ocultar las miserias, las flaquezas y el desgaste del que tiene que convivir con la destrucción durante meses.


En El comensal hay un interés por plasmar la perplejidad que produce la pérdida y por identificar el dolor. Y también por mantener la memoria de los que tanto supusieron y que al cabo se convierten en una imagen que se cuartea, enmudecida por el tiempo, ese filtro que todo lo iguala.  El comensal es también un libro sobre la soledad, del que va a morir y también del que le acompaña, y sobre la incomunicación y los silencios que marcan la convivencia con los seres queridos cuando ya el final está escrito. Gabriela Ybarra se gana al lector por el camino más difícil, el que está libre de sentimentalismos y autocompasión, y por eso su prosa, distante a veces, cortante casi siempre, descreída, sigue resonando una vez uno ha cerrado el libro. 


lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de una sociedad a la deriva


A propósito de la lectura de 
'Sicilia sin muertos', de Guillem Frontera


Tanto hablar de corrupción (y tan poco hacer contra ella) ha dejado un poso de desánimo, entre amargo y fatalista, en la sociedad española. En las charlas de café todos nos declaramos asqueados y deseosos de lograr un país utópico, como imaginamos que son Suecia o Finlandia, en el que las empresas retribuyan a sus empleados con prodigalidad y no se escaqueen de Hacienda, los impuestos sean altos pero redistributivos (y los pague todo el mundo) y los políticos sean, en fin, virtuosos, casi puros, como la propia sociedad. 

Pero, ¡ay!, individualmente seguimos reclamando el pago sin IVA al fontanero, votamos a nuestro partido de toda la vida (con permiso de los nuevos astros mediáticos), por mucho que nos haya demostrado que no es más que una máquina de generar privilegios y mamandurrias para los elegidos que abrazaron sus filas con dieciséis años, e intentamos defraudar al fisco en nuestras declaraciones anuales con perseverancia sin desmayo.

El periodista, poeta y novelista Guillem Frontera lo ha captado a la perfección y nos ofrece una novela que retrata sin compasión la ávida pulsión egoísta y la falta absoluta de escrúpulos que domina, como un cáncer incurable, la sociedad, empezando, cómo no, por los políticos. El escenario escogido por Guillem Frontera es su bien conocida Mallorca, pero él mismo ha reconocido en alguna entrevista que podría haber sido Andalucía, Cataluña o Valencia, porque no existe una corrupción “específicamente mallorquina”.

El hilo conductor del relato es sencillo. El nuevo Presidente de las Islas Baleares ha venido a acabar, o eso vende en su programa electoral, con la ponzoña que corroe la política de la Comunidad Autónoma desde hace un lustro. El hecho de que pertenezca al mismo partido que gobernó el despilfarro y la corrupción institucionalizados no ha hecho mella en el electorado, que no quiere desorden. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, nos advierte el autor en su prefacio.

El Presidente empieza a recibir ratas muertas encofradas en cajas de plomo y poco a poco el relato empieza a desvelar que no es precisamente trigo limpio; el honorable mandatario y las personas de su entorno, sus colaboradores de confianza y los empresarios que influyen en sus decisiones, están atados entre sí por relaciones clientelares y oscuros intereses. 

El relato discurre entre reuniones políticas e investigaciones periodísticas que van destapando la podredumbre que domina la vida pública de Mallorca, donde pasa de todo salvo asesinatos, mientras se desmorona el chiringuito que ha ido creando el Presidente a su alrededor.

La narración comienza de manera casi perezosa, pero se va acelerando según avanza el relato. El estilo de Frontera está tan despojado de adornos que ni siquiera nos describe con precisión el físico de sus personajes, sabemos que son jóvenes o de mediana edad pero poco más. La descripción plana de los hechos parece al principio casi aburrida, pero acaba revelándose como todo un acierto porque no quita protagonismo a las miserias humanas, que atañen a todos casi por igual.

Los que al principio nos parecían héroes exhiben, con el paso de las páginas, algunos comportamientos tan sórdidos como los de los políticos y éstos nos resultan, paradójicamente, tanto más humanos cuanto más mezquinos son sus pensamientos y más esclavos devienen de sus bajos instintos. 

Aunque Sicilia sin muertos se disfrace de novela negra yo la definiría más bien como gris, gris como el alma de los protagonistas, como la interpretación que los políticos hacen de la cosa pública, como la misma sociedad. Puede que el título de la novela esté ya desfasado. El periodista mallorquín Matías Vallés propuso en 2013 que Mallorca debería cambiar su eslogan de “Sicilia sin muertos” a “Rusia sin muertos”, no sólo a causa de la proliferación de los malhechores eslavos en la isla sino porque “en la dura competencia para Mallorca en el mercado criminal”, la propia Sicilia se ha convertido en “Sicilia sin muertos” y ofrece hoy en día un ambiente cosmopolita, sin violencia, muy adecuado para las mafias de todo el mundo. 

Aceptemos o no ese “reajuste de nomenclatura”, la ficción tejida por Guillem Frontera nos recuerda, oportunamente, el alto precio que pagamos por la displicente falta de valores que nos domina.  

domingo, 18 de octubre de 2015

El necesario debate sobre las pensiones



A propósito de la lectura del libro 
'¿Qué será de mi pensión?' de José Ignacio Conde-Ruiz


A todos nos afecta el tema de la pensiones. Bien porque estemos contribuyendo con parte de nuestro salario a pagar a los jubilados de ahora, o bien porque esperemos que en el futuro nuestros hijos también sostengan con sus cotizaciones nuestro poder adquisitivo en la vejez. Además, es un pilar del estado del bienestar que debe ir más allá de coyunturas y partidismos, puesto que está asentado sobre un pacto a muy largo plazo entre generaciones y por eso debería ser fruto del mayor consenso, para evitar incertidumbres y sorpresas.

Sin embargo, un debate público informado sobre las pensiones brilla por su ausencia, a pesar de que los expertos nos avisan de que las cuentas no salen y de que en el futuro las pensiones, como mal menor, van a bajar sí o sí. La razón está en que desde el poder político no se fomenta esta discusión. Al fin y al cabo, los más de siete millones de pensionistas que hay hoy en España son un colectivo muy sensible, que se mueve de forma bastante homogénea y que puede derribar de un plumazo cualquier gobierno, y nadie quiere despertar al dragón. Los efectos políticos de tener a favor o en contra a los pensionistas los vimos claramente en 1993, cuando Felipe González ganó in extremis las generales de aquel año al grito de “que viene la derecha” a quitar la paga de los retirados.

En este contexto, vale la pena leer el libro de José Ignacio Conde-Ruiz, economista vinculado a Fedea que lleva estudiando el tema durante dos décadas y que participó en el comité de expertos consultado por el Gobierno para la reforma de las pensiones. ¿Qué será de mi pensión? es un libro clarificador, donde el autor expone de forma comprensible los datos demográficos y económicos que ya anuncian el colapso futuro del sistema y propone reformas para que no se produzca, al tiempo que denuncia precisamente el oscurantismo que rodea a las pensiones y la falta de coraje de los políticos para llevar el asunto, en sus justos términos, a la opinión pública.

Conde-Ruiz es claro. No es posible vivir cada vez más y trabajar menos. No salen las cuentas. Las proyecciones de esperanza de vida (siempre al alza) y natalidad (de las menores del mundo en España) son claras. Como resultado, debemos asumir que las pensiones bajarán sí o sí en el futuro, y además lo harán de forma dolorosa si nos quedamos con los brazos cruzados. En algún momento del libro Conde-Ruiz asegura que la pensión media como porcentaje del salario medio sufrirá un recorte de entre el 35 y el 50%.

Así las cosas, el gran debate que se debe abrir tiene que abordar la cuestión de sobre quién recae la caída. Si se reparte equitativamente entre todos los pensionistas o, como ahora, la factura la pagan las pensiones más altas, congeladas desde hace años. Para Conde-Ruiz, la sociedad española debe decidir si quiere dejar las cosas como están, lo que llevaría a la catástrofe, si prefiere ir a un sistema asistencial de pensión universal donde las retribuciones se igualan a la baja, o si apuesta por mantener el carácter contributivo del sistema actual, que establece una relación entre la cuantía de la pensión y lo cotizado durante la vida laboral. “La sociedad se enfrenta a una decisión crucial, y lo ideal sería que pudiera elegir qué camino tomar tras un debate sosegado, abierto y transparente”, insiste Conde-Ruiz.

El experto se decanta por reforzar el sistema contributivo, aunque reconoce que todos vamos a perder en una u otra media, y propone cambios en los próximos años para precisamente minimizar esas pérdidas. Conde-Ruiz ve con buenos ojos las reformas de 2011 y 2013, que elevaron la edad de jubilación a los 67 años e introdujeron el llamado “factor de sostenibilidad”, que significa que en el futuro variables como la esperanza de vida se utilizarán en el cálculo de la jubilación, lo que significa que cobraremos menos.

También aboga por extender ya el cálculo de la jubilación a toda la vida laboral del trabajador, para evitar la injusticia que se produce con los muchos trabajadores que son despedidos a los 50 y nunca vuelven al mercado laboral. Además, propone diversificar el ahorro (en España mayoritariamente vinculado al ladrillo) y fomentar la inversión en formación y capital humano para mejorar las posibilidades de los españoles de mantener o acceder a un empleo según se acercan a la vejez.

Asimismo, pide el fomento del ahorro a largo plazo, mejorando la fiscalidad de muchos productos y no sólo primando los planes de pensiones, un vehículo de inversión que además favorece a las rentas más altas. Y, por último, cree el autor que sería conveniente afinar productos como el de la hipoteca inversa, ideal en un país como España, donde la mayor parte de las viviendas son de propiedad, o que se pudiera compatibilizar fácilmente el cobro de la pensión y de un salario al mismo tiempo.


En definitiva, José Ignacio Conde-Ruiz apuesta por un sistema de pensiones que tenga como base el sistema público actual, aunque mejorado, al tiempo que cree idóneo que cada jubilado tenga más opciones para complementarlo con sus ahorros e inversiones como forma para compensar las inevitables caídas. Pero sobre todo pide que el debate, ahora soslayado por el cálculo electoral de los políticos, se haga público, transparente e informado. Algo a lo que este libro ya está contribuyendo. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Las infancias de Juan Cruz



En El niño descalzo, el periodista Juan Cruz vuelve a conmover. Este libro –en realidad una larga confesión- está hecho de uno de los materiales literarios que más me gustan, el que gira en torno al tiempo –el perdido y el que tenemos por delante- y la memoria que trabaja para recuperarlo, aunque sea infructuosamente. “Somos el tiempo que nos queda”, recuerda Cruz con un punto de melancolía.

Juan Cruz, omnipresente desde hace décadas en periódicos, radios y televisiones, quizá el tinerfeño más ubicuo e hiperactivo que a uno le quepa imaginar, vuelve con El niño descalzo al tono introspectivo y sincero que tan buenos resultados le dio en libros como Ojalá octubre, dedicado al padre huidizo y enigmático, y La foto de los suecos, recuerdo de la madre siempre vigilante, protectora, la alegría de la casa.

El niño descalzo, en esencia una larga carta a su nieto de tres años, escrita para ser leída por su adorado interlocutor cuando quizá el autor ya haya desaparecido, marca otro capítulo de la cartografía sentimental del periodista y de su familia. La observación atenta de Cruz a los andares inciertos del nieto le sirven para rememorar tres infancias al tiempo: la suya propia, pobre, en un barranco de La Vera, en Tenerife, en los años cincuenta; la de su hija Eva, en el Londres incierto y brumoso de los setenta, y la del pequeño Oliver, un motivo para la alegría y el reencuentro con la familia que no siempre estuvo ahí.

El niño descalzo es un canto a la vida pasada, presente y futura, y a la risa reparadora de la infancia, pero también la constatación de que la vida cobra sentido a base de las ausencias, de las miradas y de los ojos que los ya no están y tanto quisimos y admiramos, discretamente, o de los que simplemente nos dieron calor y protección. Esos que se fueron y que ahora, malamente, la palabra y el recuerdo nos devuelven. 

Otra vez convierte Cruz en protagonistas de su peripecia sentimental a la madre protectora que, como antesala de su final, un día no quiso reírse y enmudeció, o al padre soñador y a ratos ausente. Pero también hay un recuerdo al mentor del joven periodista, el crítico literario Domingo Pérez Minik, o al destierro y la tragedia de Antonio Machado y Federico García Lorca.   

Cruz, periodista compulsivo, incansable, que se va a jubilar haciendo periodismo, lo que no es poco en un país donde la profesión anda de mal en peor, bucea en su pasado y en el de su gente a base de oído y de afinar la mirada. “Mirar, mirar, mirar hasta el último instante. Mirar te salva de estar solo, aún ahora”. Es la palabra como redención, como vía para conjurar la soledad y el silencio, y también la angustia ante la muerte propia y de los seres queridos. 

La literatura más personal de Cruz, de la que esta carta a Oliver es otro capítulo (y casi seguro que no el último), es un intento de conectar a los que se fueron y a los que vendrán, porque unos y otros, sin saberlo, se deben mucho. Y ahí está el periodista -¿o el poeta?- para atestiguarlo y e ir atando cabos a golpe de confesión.  

El oído de Cruz se recrea en la música que dejan las palabras, las inconscientes y ocurrentes de su nieto, mientras juega, ríe y llora, o las casi olvidadas del joven asmático que creció en el Puerto de La Cruz, en el norte de Tenerife, subiendo y bajando por un barranco, con los pies descalzos, y escribiendo las crónicas de los partidos de fútbol que oía por la radio, sin saber que contar iba a ser su profesión, y su razón de ser.

El niño descalzo es también un sutil ejercicio de impudicia, y eso es de agradecer porque, a pesar de barnices varios, seguimos siendo un país demasiado recatado en lo literario. Cruz, confeso admirador de Camus, se muestra temeroso ante la muerte y reconoce los errores del pasado y el olvido de la familia por los brillos momentáneos del éxito profesional o la vida crápula del literato y del editor.


En fin, esta carta, que es memoria, ficción y poema a la vez, arrebata por su sinceridad. Y a pesar de que a ratos se vuelve demasiado tentativa y circular (quizá como este comentario), está hecha de la literatura que más me interesa, la del tiempo que no volverá y la memoria que, en vano, intentará recuperarlo. “Ahora sé que todo es tiempo, este mismo texto es tiempo sobre el tiempo, una manera de atajarlo, el tiempo inevitable es el que lo puebla”. 


sábado, 26 de septiembre de 2015

El elogio de la vida contemplativa de Byung-Chul Han



A propósito de la lectura de 'El aroma del tiempo', de Byung-Chul Han


Los libros del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, paradigma del divo intelectual contemporáneo, a la vez esquivo y popular, tienen desde hace tiempo un éxito inmediato en las librerías de  todo el mundo, ya que se suelen centrar, desde un punto de vista lúcido y asequible a los lectores medios, en el hastío del hombre contemporáneo ante la época que le ha tocado vivir. En su último ensayo en ser traducido al castellano, El aroma del tiempo, Han analiza las causas de la tiranía de la “vida activa” en nuestra sociedad.

Dejó anotado Pascal, en sus Pensamientos, que  no hay “nada tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin diversiones, sin empleos. Entonces siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Al instante extraerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la tristeza, el pesar, el despecho, la desesperación”.

Parecería que Pascal anticipaba la vorágine hiperactiva de nuestra civilización del espectáculo y la prisa, en la que nadie puede aspirar a una vida “de verdad” sin estar permanentemente ocupado en trabajar o divirtiéndose de forma frenética (o estudiando otro máster en marketing digital o aprendiendo alemán o inglés o haciendo deporte o “relacionándose” compulsivamente en las redes sociales).

Las razones de la crisis temporal que sufrimos residen para Han, en que ya no vivimos conforme a  una “estructura ordenada”. Nuestro tiempo vital sufre lo que él denomina una “disincronía” porque  se ha atomizado en múltiples y dispersos momentos, dominados por la “absolutización de la vida activa” y el “imperativo del trabajo” productivo.

Asimilado al de las máquinas, “el trabajo se totaliza de tal modo que, más allá del tiempo laboral, sólo queda matar el tiempo”. Así, el tiempo libre se ha convertido en el equivalente a las paradas técnicas de los equipos industriales, necesarias para recuperarse pero carentes de sentido profundo. “El tiempo sobrante, que se debe a un aumento de la productividad, se llena con acontecimientos y vivencias superficiales y fugaces” a las que nos dedicamos con fruición. Los productos y las experiencias se consumen sin paradas, “el ciclo de aparición y desaparición de las cosas es cada vez más breve”.

El círculo vicioso del trabajo cada vez más productivo y del consumo desaforado elimina de la vida el sosiego, la duración, lo permanente. Todo es fugaz, caduco y, por tanto, intrascendente, sometido al imperativo del instante. Las reflexiones de Han transitan frecuentemente por Nietzsche, Arendt y Heidegger, mientras recorre alturas filosóficas lejanas para luego bajar al suelo y concretar su pensamiento en frases lapidarias, casi aforismos ("la narración da aroma al tiempo”, concluye Han, en una de sus sentencias más afortunadas).

¿Cuál es la solución? Han nos propone recuperar ese “aroma del tiempo”, combatir la “compulsión a la aceleración moderna” acabar con la hiperactividad para recobrar la “vida contemplativa” y reflexiva y recuperar un tiempo vital estructurado, humano en suma. Hay que incluir elementos apacibles en nuestra vida cotidiana, reconquistar la tranquilidad para tener acceso a lo reposado, rescatar el desvío y lo indirecto, posponer el acto inmediato e irreflexivo…


El librito se lee tan rápido que se echa de menos un poco más de profundidad en el análisis de la banalidad de nuestra vida cotidiana, oscilante entre la alienación del trabajo y la estupidez de nuestro ocio, y algo más de detalle sobre cómo conseguir “parar el tiempo”. Pero, en ese caso, Han habría escrito un libro de autoayuda y no el lúcido ensayo filosófico que es El aroma del tiempo

lunes, 14 de septiembre de 2015

La tragedia del pequeño librero



El otro día anunció su cierre otra librería en España, aunque la clausura de ésta, al contrario de lo que pasa con muchas otras que desaparecen (¡y lo hacen al ritmo de 2,5 al día!), tuvo extraordinaria repercusión mediática. Al parecer, Negra y Criminal, un lugar de peregrinación para los amantes del género policiaco, era un sitio del agrado de los periodistas y blogueros, muy bien surtido y gestionado por unos libreros vocacionales y conocedores de lo que venden (hasta 18.500 fichas de libros tenían disponibles). Pero ni por esas se salvó.  

En la concurrida rueda de prensa de despedida, el dueño del local, Paco Camarasa, reconoció amargamente cómo en un momento de auge de la novela negra él no había podido mantenerse. “Somos referentes, todo el mundo habla de nosotros, la gente nos quiere, se deja aconsejar, pero no nos compran los libros”, dijo en su despedida. Por eso, como recordaba Camarasa, la gente (y los periodistas, los blogueros, los autores que iban allí a presentar sus novedades, todo tipo de influencers...) pensaban que les iba de cine, cuando en realidad estaban siendo protagonistas de una historia de terror.

La historia de Negra y Criminal no es nueva y demuestra que el prestigio y la aclamación social no valen para mantener un negocio. Está bien eso de que te conozcan en el circuito y te recomienden, pero luego hay que vender para dar de comer a los hijos, pagar las facturas, el alquiler o los impuestos... Cosas que, además, en las grandes ciudades, con la dura competencia que hay, se vuelven tareas titánicas para los pequeños, por muchas horas y vocación que le echen.

Camarasa y su socia de Negra y criminal no son los primeros que tienen que cerrar justo en el momento en que gozan de prestigio y reconocimiento. En su momento, muchos lamentaron que el dueño de los cines Renoir, Enrique González Macho, decidiera cerrar gran parte de las 200 salas de versión original que mantenía en varias ciudades del país. En aquella ocasión, el veterano empresario, que sigue al frente de su distribuidora de cine de autor, Alta Films, aunque bajo mínimos, también aprovechó el momento del harakiri para reprochar a los plañideros que si hubieran acudido a las salas en su momento, los cierres, los despidos y los lamentos se habrían podido evitar.  

A todos (o a unos cuantos) nos gusta vivir en barrios alegres y llenos de tiendas cool, coquetos y confortables cafés, cines de autor, teatros de vanguardia y librerías bien surtidas. Sin embargo, luego son pocos los que mantienen con sus compras esta diversidad comercial. Sé de profesionales (abogados, altos funcionarios o empresarios) muy asentados y bien pagados que un día, por amor al libro y a la edición, decidieron abandonarlo todo y montaron una librería, pero finalmente no pudieron salir adelante. 

Librerías como la de Paco Camarasa o cines como los de González Macho eran un feliz contrapunto al monocultivo que se impone en los centros de las ciudades, donde las tiendas de ropa de las grandes cadenas o los restaurantes de comida rápida lo han invadido todo. Y también hacían más rica la vida en barrios donde hoy sólo se abren peluquerías y fruterías, como si no hubiera más cosa que hacer en la vida que cortarse las puntas y comer paraguayas.

Creo que la mayoría somos culpables de que sitios como Negra y Criminal o los cines Renoir tengan que echar el cierre. En el caso del libro, es irresistible la tentación de acudir a canales potentes como el de Amazon o los de las grandes superficies para comprar el título que muchas veces hemos ojeado en la mesa de novedades de la librería de toda la vida porque un profesional avezado y con instinto nos lo ha puesto al alcance de la mano. Por no hablar de los que se lo bajan todo de Internet -pirata por supuesto-, o de los que esperan a que su primo se lo haga llegar en un pendrive cargado ¡con otros 120.000 títulos!, una auténtica biblioteca de Alejandría por la que no se van a dejar ni un euro. 

Para disfrutar de un buen comercio tiene que haber profesionales arriesgados y con vocación y conocimiento de lo que venden, pero también un público dispuesto a cuidarlo y mantenerlo. Son sitios que tenemos que frecuentar y enriquecer con nuestra presencia. Porque la mejor lectura, la más rica y sugerente, es la compartida. Esa que, de un modo u otro, tenía lugar en la librería de Paco Camarasa.   


jueves, 3 de septiembre de 2015

El ocaso de los poderosos



A propósito de la lectura 'El fin del poder', 
de Moisés Naím 


Cuesta mucho entender ciertas cosas que pasan, y que son titulares de periódico un día sí y otro también. ¿Cómo es posible que llevemos un lustro largo de crisis económica grave en Europa y todavía sigamos enfangados en ella? ¿Cómo es que nadie resuelve el problema migratorio en el norte de África, que cada año deja cientos (quizá miles) de muertos en las costas de España o Italia? ¿Cómo pudo llegar la primera potencia del mundo, Estados Unidos, el país más opulento de la Tierra, al denominado “precipicio fiscal” que dejó momentáneamente al Gobierno de Obama sin capacidad de pago y a los funcionarios sin cobrar sus nóminas? ¿Por qué las cumbres del clima para tratar el calentamiento global, un problema que sólo los muy necios se niegan a reconocer, siguen siendo eventos inútiles que como mucho dan lugar a un comunicado de buenas intenciones? Y así podríamos seguir hasta que nos dieran las uvas.

Son cuestiones que no tienen fácil respuesta. Sin embargo, el excelente libro de Moisés Naim, El fin del poder, fruto de siete años de trabajo y reflexión en compañía de expertos, puede ayudar a entender qué está pasando y por qué las élites políticas, económicas o militares fracasan hoy por inoperancia y parálisis. El punto de partida de Naím es que, al contrario de lo que tendemos a pensar, los poderosos cada vez lo son menos y cada vez tienen menos margen para tomar decisiones. Además, a un líder hoy (de lo que sea: deporte incluido) le cuesta más permanecer en la cima porque tienen más competencia y las barreras de entrada para sus competidores ya no son insalvables o en algunos casos prácticamente han desaparecido. El poder está más fragmentado que nunca, y eso es bueno, pero también complica la resolución de los problemas.

Naím demuestra que los gobiernos cada vez son más frágiles y efímeros, y están más a expensas de las minorías. También que los grandes conglomerados empresariales que durante décadas dominaban un sector de actividad hoy tienen muchas más dificultades para mantener su cuota de mercado, o que los ejércitos de las grandes potencias, preparados para la guerra total, son incapaces de dar una respuesta en un mundo de radicales provistos de bombas caseras o grupos terroristas de bajo presupuesto e integrantes suicidas.  

Mirando a la Primavera Árabe, Naím encuentra muchas de las causas de esa dilución del poder. El auge de las clases medias, cada vez más exigentes con sus representantes, la escolarización universal, la mejora en la alimentación de los jóvenes, las migraciones de millones y millones de seres que buscan una vida más próspera, un sistema financiero internacional o la extensión de nuevas y asequibles tecnologías a amplias capas de la población están detrás de muchas caídas de gobiernos en otro tiempo incontestables.

En todo caso, no creo que estemos, como ha dicho algún analista de postín, en una era “poshegemónica”, donde las jerarquías se han borrado definitivamente. Es más, creo que estamos muy lejos de este escenario. Habría que ser un iluso para pensar que Estados Unidos no sigue dominando el mundo y que otros, como China, aspiran a hacerlo. No conviene llevarse a engaño y Naím no cae en él.

Está claro que los poderosos siguen al mando, pero también es patente que en un tiempo tan multilateral como el actual, de negociaciones farragosas y paralizantes, dominado en muchas ocasiones por la “vetocracia” de los pequeños, ya sean el Tea Party, Finlandia o Taiwán, las decisiones se posponen y efectivamente los problemas quedan sin solucionar.
Nadie quiere un mundo gobernado por líderes que no den cuenta de lo que hacen o por déspotas sin escrúpulos, ni tampoco un sistema económico que fomente el monopolio o el capitalismo de amiguetes. 

La efervescencia de esa juventud educada que está cambiando las reglas del juego ha dado lugar a la Primavera Árabe, el 15-M, la apertura de Irán o la reclamación de más igualdad en las muy injustas sociedades latinoamericanas. Sin embargo, el fin del poder también tiene sus contraindicaciones: gobiernos incapaces de dar respuesta a la demanda de unos ciudadanos frustrados o periodos dominados por la anarquía que para Naím son inevitables.

Llevamos dos o tres décadas en que los políticos del mundo no han llegado a un consenso fundamental y edificante para resolver los problemas de los ciudadanos, y cada día que pasa parecen más ineficaces para la tarea. Sin ir más lejos, en España, el hito que marcó la Transición, hoy puesta en cuestión por algunos, no se ha vuelto a repetir a pesar de que muchos pidan una refundación del país. 

Pero es Europa el mejor exponente de los males a los que se enfrenta un barco sin capitán. La parálisis económica del viejo continente desde que estalló la crisis de la deuda, con el problema griego todavía latente y siempre amenazando, va camino de convertirse en una enfermedad crónica. En lo político, Europa está lastrada por una estructura institucional poco representativa, lenta e ineficaz. A nivel diplomático, pierde relevancia porque cada país hace la guerra por su cuenta, y lo en humanitario, miles de emigrantes (norteafricanos ayer, sirios hoy) nos siguen sacando los colores. En fin, que vamos por mal camino.

En fin, Naím ha escrito un libro sugerente donde condensa en poco más de 300 páginas un aparato impresionante de estadísticas e informes, y lo hace con un estilo cristalino y un lenguaje muy didáctico que evita la jerga del analista especializado, a pesar de que él lo es y se mueve en esos círculos (no en vano fue director de la revista Foreign Policy y ahora trabaja en Washington para una ONG dedicada a promover la seguridad y estabilidad global). Entiendo que Mark Zuckerberg y sus asesores literarios propusieran El fin del poder como primer título a discutir de su multitudinario club de lectura en la red, donde cada semana participan miles de lectores de todo el mundo. 


Como digo, el libro de Moisés Naím, que también aborda la pérdida de relevancia del catolicismo frente a los más atractivos credos cristianos de nuevo cuño, o el declive de los medios de comunicación de siempre en beneficio de las redes sociales o de las firmas tecnológicas, es iluminador. De lo mejor que he leído últimamente. Y, como dice Bill Clinton en la contraportada de la edición española, una obra que cambiará tu manera de leer las noticias.