miércoles, 2 de mayo de 2012

Ortega en Santo Domingo de Silos




Un mal guía puede arruinar un espléndido día de turismo. Me pasó el otro día en el impresionante Monasterio de Santo Domingo de Silos, levantado en el siglo XI. Casi sin presentarse, una señorita, con chaqueta y con la preceptiva identificación en la solapa, dirigió nuestros ojos a uno de los más de sesenta capiteles que sostienen desde hace mil años la techumbre de madera de la primera planta y ahí empezó su retahíla de nombres, fechas y elementos de decorativos. De esa manera, los muchos que la oíamos tuvimos que soportar una odiosa letanía de informaciones propias de la Wikipedia y expuestas con una desgana proverbial.

Fue una distracción imposible de evitar, por cuanto el monasterio se ve con guía o no se ve, y que hacía muy difícil apreciar la belleza de un lugar que durante cientos de años aguantó el embate de musulmanes, desamortizadores y arquitectos sin escrúpulos, pero que ahora se ahoga cada tarde en la cháchara mecánica de estos bustos parlantes.

Muchos guías turísticos en España reviven lo peor de la educación de nuestra infancia. Cantan las excelencias del monumento o del edificio de turno como loros, trufan su perorata de términos arquitectónicos o escultóricos que saben en muchos casos incomprensibles para su audiencia y casi nunca ponen en contexto sus comentarios sobre arcos de medio punto, capiteles jónicos o contrafuertes y arbotantes góticos. Un guía, como un profesor, puede ser más o menos brillante, pero debe intentar transmitir la belleza y el alma del sitio que muestran. Pienso en Ortega y Gasset.

Muchos guías turísticos siguen siendo herederos de esa educación exclusivamente memorística y magistral, enemiga del diálogo y la deliberación y que rehúye una visión más global de la cultura y la vida de los hombres que hicieron posible tanta maravilla. ¿Para cuándo una visita que nos diga algo de los hombres que levantaron las catedrales, los palacios y los caminos de España, sobre cómo se organizaban y qué penurias tuvieron que soportar para vencer la resistencia de esos inmensos pedruscos que estuvieron en el origen de las columnas y las bóvedas que hoy nos dejan boquiabiertos? Es solo un ejemplo, porque en Silos también me quedé con las ganas de saber algo más de esos monjes que hoy desafían al mundo con su recogimiento.  

El problema es más general y tiene que ver con el hecho de que el conocimiento en España está muy compartimentado. Se suele decir que nos faltan universidades e investigadores de élite. Pero también faltan en España divulgadores que consoliden una clase media verdaderamente ilustrada y crítica, capaz de vencer la pereza mental que promueve el cliché y la opinión de la mayoría. Escasean los guías que introduzcan al hombre corriente, de una forma amena, pero rigurosa, en un saber sin tener que obligarle a hacer una carrera de cinco años. Nos hacen falta puentes con el conocimiento riguroso y profundo que nunca ha salido del coto vedado de la universidad o de la comunidad de especialistas.

La carestía de buenos divulgadores tiene raíz probablemente en una doble sospecha: por un lado, está la del purista que considera que democratizar su conocimiento supone mancillarlo y traicionarlo; y, por otro, está la del lego que ve al divulgador como un oportunista que se aprovecha de los hallazgos de los demás.

Sin embargo, una sociedad que quiera tener un debate público de cierta altura, o cuando menos exento de malentendidos y lugares comunes, requiere de profesionales que hagan de enganche entre el exclusivo mundo del especialista, la avanzadilla, y el hombre corriente. Es una labor que hasta cierto punto han hecho algunos medios de comunicación, pero que, con redacciones a la baja, no está del todo garantizada. 

Necesitamos divulgadores de la economía, la política, las complejidades de la producción industrial, la medicina, la genética, la energía nuclear, el medio ambiente… para elevar el bajo nivel de la discusión pública en España. Y los necesitamos ahora más que nunca, que el país y sus dirigentes, por la crisis económica, trabajan en la incertidumbre. Vuelvo a pensar en Ortega y Gasset.   

Necesitamos en este país más divulgadores, así como editoriales y medios de comunicación que los apoyen. Estoy pensando en gentes como Fernando Savater, José Antonio Marina y Javier Gomá Lanzón (en pensamiento), Fernando García de Cortázar (historia), Jorge Wagensberg y Eduardo Punset (ciencia), Enrique Dans (nuevas tecnologías), Paul Krugman (economía), Mario Vargas Llosa (literatura), Alex Ross (música), Juan Luis Arsuaga (antropología), Jorge Valdano (fútbol)… Sé que hay muchos más nombres. Si los conocéis, decídmelos. 





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